martes, 3 de diciembre de 2013

208. Lo que se juega en Ucrania

Los países que tiene la mala fortuna de quedar situados geográficamente entre dos grandes potencias, suelen ser el escenario de batallas interminables entre sus poderosos vecinos, que toman por costumbre invadir y destruir por turno al pobre territorio que tienen en medio. Le sucedió durante años a Polonia, estrangulada entre Alemania y Rusia, y le ocurre ahora a Ucrania, un país muy grande, pero que, en el reparto estratégico actual, ha quedado entre la Unión Europea y Rusia. Este escenario se proyecta sobre sus ciudadanos, sometidos a una doble presión que amenaza con destruir al propio país, desgarrado entre las provincias orientales, vertebradas en torno a la ciudad de Donetsk y afines al vecino ruso, y la parte occidental, alrededor de la capital Kiev, donde ha anidado el sentimiento europeo.

El gran analista político norteamericano Zbigniew Brzezinski, que llegó a formar parte del Consejo de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter, ya anticipaba el problema en su libro más conocido El gran tablero mundial (Paidos, 1997), en el que asimila el juego de las grandes potencias a un gigantesco tablero de ajedrez. Brzezinski ponía a Ucrania como ejemplo de lo que él llama pivotes geopolíticos. Unos años antes, la desintegración de la Unión Soviética, había hecho emerger este asunto de forma dramática. En 1991, ante la lucha por el poder que tiene lugar en Rusia entre Gorbachov y los líderes comunistas de las facciones más conservadoras, el parlamento de Kiev declara unilateralmente la independencia, ratificada unos meses más tarde en referéndum. Y las potencias occidentales se apresuran a reconocer al nuevo Estado, como hacían por esas fechas con todos los restos de la URSS.

Desde entonces, Ucrania se debate en el dilema de echarse en brazos de uno u otro de sus pretendientes. Su relación con ambos es, sin embargo, diferente, lo mismo que los intereses de éstos. Ucrania es un país tradicionalmente vinculado a Rusia, por lazos históricos muy estrechos. De hecho comparten un origen común, el llamado Rus De Kiev, el Estado más grande y poderoso de Europa durante los siglos X y XI, del que se dice que proceden rusos, ucranianos y bielorusos, que tienen también fuertes lazos religiosos (ortodoxos), así como lingüísticos. A partir de ese momento de esplendor, Ucrania estuvo siempre ocupada por Rusia, Austria-Hungría, Polonia y hasta Lituania. Tras la Primera Guerra Mundial, Ucrania queda dividida entre Polonia y Rusia, convirtiéndose la parte oriental en una de las repúblicas fundadoras de la URSS, en 1922.

A continuación, el país hubo de sufrir la locura de las colectivizaciones de Stalin, que destruyeron todo el sistema productivo rural, basado en cultivos familiares de pequeños propietarios de la tierra. El desastre de esta idea desencadenó el holodomor, la hambruna de 1932-1933, en la que murieron millones de ucranianos, además de los miles que fueron deportados a Siberia por oponerse a estas políticas. El holodomor  está considerado en la mayor parte del mundo como un genocidio. Así lo ha calificado el actual parlamento del país y así se estudia en sus colegios. En ese momento, parte del pueblo ucraniano empezó a ver a los rusos más como unos ocupantes, que como a hermanos.

Esa dicotomía se manifiesta en la Segunda Guerra Mundial, donde una parte (minoritaria) de los ucranianos recibe con alborozo a los nazis y combate con ellos contra los rusos, mientras que el resto hace lo contrario. Después, los largos años de dominación soviética agudizan esa especie de sentimiento ambivalente. En 1991, Ucrania se independiza en la onda de otros países como Polonia, Checoslovaquia o Hungría, mucho más afines a occidente y con estructuras socioeconómicas mejor preparadas para organizar regímenes democráticos. Ucrania no se incorpora de entrada a ese primer pelotón que se apresura a pedir el ingreso en la OTAN y queda ya relegada en esa carrera. Y, ahora que Rusia está reconstruyendo su viejo Imperio de la mano de Putin, las cosas ya no son tan fáciles.

En 2004, la Unión Europea recién ampliada a 25 miembros pone en marcha la llamada Política Europea de Vecindad. Una estrategia que tiene por objeto garantizar la seguridad de sus fronteras exteriores, apoyando en ellas la instalación de regímenes democráticos, eventuales candidatos a convertirse en miembros de pleno derecho, siempre que hagan sus deberes en el terreno de los derechos humanos. Por entonces, Ucrania dejaba bastante que desear en este terreno, como evidencian las elecciones generales que se celebran ese mismo año. El prorruso Viktor Yanukovich, nacido en el oblast (provincia) de Donetsk, gana por el procedimiento del pucherazo. La cosa es tan descarada que genera la llamada Revolución Naranja. Las multitudes salen a la calle y después de varios días de revueltas consiguen que el Tribunal Supremo anule las elecciones y ordene su repetición. Esta vez, no se puede ignorar el triunfo abrumador de otro Viktor, este apellidado Yushchenko, y decididamente proeuropeo.



Durante esas elecciones, a Yushchenko lo intentan envenenar con dioxinas y le dejan la cara como ven en la segunda de estas fotos comparativas, separadas por apenas unos meses. El presidente de la cara destrozada nombra primera ministra a Yulia Timoshenko, una rubia muy vistosa que ha sido el rostro visible de las manifestaciones callejeras. Pero la sociedad entre estos dos líderes bien considerados en occidente salta por los aires a los dos años. Yulia es cesada, procesada por acusaciones mucho menos claras que las de Fabra o Correa y condenada a siete años de cárcel, en un juicio que no pasa la prueba del algodón y aleja aun más a Ucrania de los estándares democráticos que le exige Europa. Yanukovich vuelve a ganar y Rusia empieza a enseñar la patita.

Para Putin, el tener a Ucrania de su lado le convierte en líder de una especie de nuevo Imperio con el que lleva años soñando. Los ucranianos son sus hermanos y no quiere que le dejen de lado. Tiene medios con qué presionarles. Ucrania está muy lejos de ser un país eficiente desde el punto de vista energético. Es el segundo país del mundo en consumo de gas natural, que necesita para caldear sus edificios en los gélidos inviernos que soporta. Eso le hace importar dos tercios del gas que consume (de Rusia). Por su país corren también los gaseoductos que llevan el gas ruso a los países de Centroeuropa. Y eso que Ucrania tiene petróleo, gas natural y riqueza minera y agrícola en abundancia. A Rusia le interesa Ucrania para ser más fuerte.

Europa lo que quiere es implantar allí un régimen democrático estable, que le permita asegurar su frontera oriental. Quiere que sea su nuevo pivote geoestratégico, liberando de este incómodo papel a Polonia, que no quiere volver a desempeñarlo de ninguna manera. Por si fuera poco, Rusia tiene la flota del Mar Negro estacionada en el puerto ucraniano de Sebastopol, en la península de Crimea. Desde su independencia, Ucrania se lo tiene alquilado. Un régimen amigo en este país, permitiría a Rusia mejorar su acceso al Mar Negro a través del puerto de Odessa, como hacía en los tiempos soviéticos.

Esto es, en grandes líneas, lo que se está jugando estos días en las calles de Kiev y las demás ciudades ucranianas. Ya les he recomendado el libro El maestro Juan Martínez que estaba allí. Manuel Chaves Nogales, a través de su antihéroe, un bailarín de flamenco de Burgos, relata el advenimiento de la Revolución rusa, las luchas por el dominio de Kiev, entre los rojos y los blancos, y finalmente el horror del holodomor, que el pobre ha de sufrir en el puerto de Odessa, hasta que por fin consigue huir a Estambul. El pueblo de Kiev tiene todos estos horrores muy cercanos todavía. Por eso quieren ser europeos. Lo llevan crudo. Les dejo con la imagen de uno de los monumentos más bonitos de la capital: el Monasterio de San Miguel de las Cúpulas Doradas. Duerman, si es que pueden.



     

2 comentarios:

  1. Tengo una asistenta ucraniana y no quiere ni oír hablar de Europa. Dice que, para que vengan luego a rescatarlos, como han hecho con España, que mejor se quedan en la órbita rusa, donde han estado siempre y no les ha ido tan mal.

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    1. Supongo que tiene sus razones. El problema es que hay una parte grande de los ucranianos que piensan lo contrario. Y que ni unos ni otros parecen dispuestos a ceder. Aquí en el lado occidental tenemos tendencia a ver a Putin como a un ogro, pero yo no creo que sea peor que otros, simplemente es un tipo que está jugando sus bazas en el ajedrez planetario. En el libro "Limonov" del que ya les he hablado, Emmanuel Carrière no lo trata muy mal, incluso encabeza el texto con una cita suya. veremos por donde deriva la situación.

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