viernes, 24 de febrero de 2017

611. De vuelta al redil/Cuestiones sanitarias

Bueno, aquí me tienen, de nuevo en casa tras mi viaje de 23 días por tierras birmanas con escala final de tres días en Pekín. Esta escala está directamente relacionada con mi silencio bloguero de los últimos días, porque, por si ustedes lo ignoraban como yo, les diré que el maravilloso Gobierno del Pueblo de China tiene literalmente capao el entorno Google, lo que incluye Blogger, Facebook, Gmail y algunos medios como El País digital. Curiosamente, se abren sin problemas El Mundo, Marca, La Razón, Expansión y otros. Así que uno entra en China y se puede despedir de Facebook, del blog, del correo electrónico y de efectuar búsquedas por temas, salvo que utilice el buscador chino que se usa a nivel local y cuyo alcance está debidamente delimitado por la censura que opera en ese país.

Para conseguir eso, han puesto en marcha lo que llaman El Gran Cortafuegos, efectivo desde 2003, elemento que da una idea precisa del nivel de calidad democrática y derechos humanos que impregna la que ya es considerada la primera economía del mundo, en donde la plaza de Tiananmen se cierra en torno a las cuatro de la tarde cada día y los viandantes son desviados por una serie de laberintos limitados por vallas de obra, que te obligan a pasar tus mochilas por sucesivos escáneres de la Policía del Pueblo. También es revelador que exista un mercado negro de moneda, donde te ofrecen un cambio más favorable que el oficial, o que se siga regateando de forma compulsiva en todos los mercados. Por lo demás, tres días en Pekín me han bastado para comprender por qué los chinos son detestados en Corea, Japón, Thailandia, Vietnam y Birmania, por citar sólo los países en los que me consta ese rechazo.
Pero no nos adelantemos, que hay mucho que contar de Birmania. De momento, conténtense con unas imágenes de Pekín bajo la nieve, una ciudad indudablemente muy interesante de visitar. La nieve es un fenómeno no muy frecuente en esta ciudad de 17 millones de habitantes, que incluye entre sus atractivos la Ciudad Prohibida, el Palacio de Verano, el Palacio del Paraíso, o la citada plaza de Tiananmen, por no hablar de la obligatoria visita al tramo más cercano de la Muralla China (antecedente del muro de Trump), o los maravillosos hu-tongs, callejones tradicionales plenos de actividad comercial, en los que cada número es en realidad el acceso a un intrincado laberinto de otros callejones que se entrecruzan sin fin, donde están las viviendas de los comerciantes.

 




Para viajar a un país subdesarrollado y tropical como Myanmar, es preciso asesorarse debidamente en cuanto a las precauciones médicas a adoptar. Como ya les conté, acudí el 4 de enero a la llamada Unidad del Viajero, del Hospital Carlos III para una consulta al respecto. Me tocó una doctora que era partidaria de viajar, y que me prescribió una vacuna contra el tifus y un recordatorio de la del tétanos-difteria. Respecto a la malaria, me dijo que la incidencia en las zonas de Birmania que yo iba a visitar (y que ella conocía perfectamente), era muy baja, por lo que no estimaba necesario tomar el Malarone, medicamento preventivo contra el paludismo, a menos que yo insistiera mucho por ser del tipo preocupón e hipocondríaco. Por el contrario, a mis compañeros de viaje les tocó un especialista de Ciudad Real, al parecer no muy partidario de viajar a determinados países, que le aconsejó el Malarone.

Así que todos iban tomándose un comprimido diario, ingesta que ha de comenzarse unos días antes del viaje y prolongarse una semana después de volver a casa. Un coñazo. De mis viajes a Sri Lanka yo conservaba una enseñanza: el mosquito pica solamente al amanecer y al anochecer. Si uno se da un antimosquitos de manera sistemática en esos dos momentos del día, es altamente improbable que te piquen. Yo utilicé el Relic Extreme (también es muy recomendable el Goibi) y ya les digo que no me picó un solo mosquito en todo el viaje. Mis compañeros en cambio, sufrieron el coñazo de la pastilla diaria, que además tiene algunos efectos secundarios molestos. Mi amigo M.A., que es un despistado, se olvidaba casi siempre de tomarse la píldora (él le llamaba el Maradone). Para acordarse, se ponía el reloj en la muñeca contraria, pero luego no lo miraba hasta que estábamos en la calle y empezábamos a andar. Entonces veía el reloj y decía: –Me cachis, ya se me ha vuelto a olvidar el Maradone.

También hay que ser riguroso en cuanto a no tomar agua del grifo, ensaladas, fruta que no haya que pelar y hielos en los refrescos. Con esas elementales precauciones se evitan las cagaleras, aunque he de decirles que cuatro de los ocho del grupo sufrieron esa dolencia, que se trataron por consejo mío con Vitanatur, con efectos bastante rápidos. En Birmania, como en todo el sudeste asiático, la comida es bastante monótona: pollo y pollo. También se puede variar a cerda o vaca, pero con la misma preparación: con arroz salteado, con noodles o con fideos de arroz, aquí llamados vermicelli. Cualquiera de las tres formas puede tomarse en sopa, o seca; más o menos picante, y eso es todo. Los pescados no son muy frecuentes y cuando encuentras algún restaurante con pescado, frecuentemente lo estropean pasándolo demasiado tiempo por la plancha.

Esto es en cuanto a los restaurantes y chiringuitos normales, por los que nos movíamos nosotros. En Birmania, como en cualquier otro país subdesarrollado, hay hoteles de superlujo que son verdaderas fortalezas aisladas del pueblo llano y en donde te ofrecen un estatus gastronómico que no tiene nada que ver con lo que se come en la calle. Vean AQUÍ un artículo destinado a esos paladares exquisitos. El efecto de esta gilipollez sobre un país tan pobre y subdesarrollado como Birmania es lo que les conté de los hoteles de lujo en el lago Inle, con sus embarcaderos privados y el hecho de que algunos pescadores hayan dejado su oficio para esperar cada día el paso de las canoas con motor fuera borda, para fingir que pescan, hacer un poco el payaso (incluso enseñando un pez de plástico) y poner la gorra para ganar seguramente mucho más de lo que sacan sus colegas menos venales.

Huyendo de esos medios prostituidos por el turismo más tóxico, tomamos un microbús desde Nyaung Shwe hasta el pequeño pueblo de Kalaw, donde dormimos dos noches, tras lo que nos fuimos a Pindaya, lugar aun más pequeño, a orillas de un lago muy bonito. En ambos lugares, existe una infraestructura hotelera mínima, porque por allí no llegan más que los mochileros y algunos senderistas veteranos como nosotros. En nuestras excursiones en esos dos lugares, contamos con diferentes guías de montaña, ambos masticando todo el rato hojas de betel, el auténtico vicio nacional. Las hojas de betel se compran en los mercados, en donde las vendedoras las disponen de la bonita manera que se ve en la foto.



Cada usuario toma una de esas hojas en su mano izquierda, como si se fuera a preparar un canuto, y la carga con raíz de betel molida y tabaco, además de algún saborizante a su gusto. Luego la cierra por encima haciendo un paquetito cuadrado que se lleva a la boca. Algunos se traen ya los paquetitos preparados de casa y los llevan envueltos en un periódico. Eso se masca durante todo el día y se convierte en una pasta marrón-morada ciertamente asquerosa. El betel tiene un efecto similar al de la hoja de coca, es decir, permite aguantar todo el día en trabajos o actividades que requieren un cierto esfuerzo y a la vez te ayudan a olvidarte de tus penurias o a que te den igual. El usuario, descansa de mascar de vez en cuando, dejando la bola en un carrillo. Hasta que me explicaron esa práctica, yo estaba sorprendido de la cantidad de gente con flemones que había en Yangón.

Además, los mascadores de betel (toda la población masculina) suelen largar al suelo unos salivazos morados repugnantes (los conductores abren su puerta para escupir a la calzada). Pero lo peor de todo es que los dientes se ponen negros y se acaban cayendo, con lo que entre la gente mayor abundan los desdentados y cuñaaaaos. Dejando aparte cuestiones estéticas, les hago una pregunta. ¿Es lícito defender una práctica con unos efectos tan malos para la dentadura y la salud en general, en aras de la conservación de las tradiciones y la pureza de las costumbres ancestrales? También la ablación de clítoris es una costumbre ancestral. Y el toro de Tordesillas. Y las mujeres jirafa de esta zona, que se ponen anillos de acero en el cuello. Yo tengo la respuesta a esta pregunta muy clara. Por lo que oigo, no todo el mundo la tiene. Pero ya saben que soy un moderno, urbanita y desarraigado. Un descastado. Y tan contento. Sean felices, pero no dejen de pensar y plantearse dilemas. 

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