domingo, 12 de febrero de 2017

609. Algunas reflexiones apresuradas

Bien, en las condiciones en las que me voy moviendo por Birmania, no puedo mantener una actividad bloguera como la que había imaginado para este viaje, por lo que les pido disculpas. Les diré que el viaje está saliendo fenomenal, por ahora; que me lo estoy pasando en grande y que voy tomando nota de todo para cuando tenga un mayor margen de utilizar un Internet medianamente pasable y un poco de privacidad para escribir. Me gustaría hacer en el futuro más viajes con este grupo, con el que me siento muy integrado, pero ya he decidido que será con una condición innegociable: no compartir habitación. Mi compañero es una persona llevadera, con sus cosas como cualquiera, pero yo necesito disponer de algún momento de soledad a lo largo del día por puro descanso mental.

Lo último que les conté hablaba sobre todo de Yangón, 8 millones de habitantes, la capital económica del estado de Myanmar. Allí pasamos el primer día de estancia en este país, en un ambiente urbano y asiático bastante atractivo y con monumentos un tanto impactantes. Al día siguiente, cogimos un minibús al aeropuerto de Yangón y nos plantamos en la terminal de vuelos nacionales, tan enmoquetada como su hermana internacional. Allí nos subimos a un avioncito de dos hélices de las líneas aéreas de Myanmar, similar a los antiguos Fokker que volaban de La Coruña a Madrid. Estos, sin embargo, están nuevecitos, recién estrenados, como lo revela el hecho de que no tengan ceniceros ni señales de prohibido fumar. Además tienen unas azafatas guapísimas y muy amables y profesionales. Abajo la imagen de nuestro avión.


Entre los pasajeros que llenamos el avioncito, destacaba el angelito cuya imagen pueden ver abajo, y cuya oronda humanidad rebosaba ampliamente de la capacidad de su asiento, algo que compensaba la delgadez de su pareja.


Tras un vuelo de unas dos horas, el avión aterrizó como un mosquito en el minúsculo aeropuerto de Heho, puerta de acceso a la zona del lago Inle. Si les ha venido a la mente lo mismo que a mí cuando vi el nombre del aeropuerto, pinchen AQUÍ y rememoren aquello de ¡He, Ho, Let’s go! El aeropuerto está, digamos, en medio de la nada y muy pronto nos dimos cuenta de la realidad birmana. Saliendo por la puerta de la terminal, accedimos a una carreterita, en donde había una serie de personajes así como sin hacer nada, además de algunos vehículos: taxis y microbuses. Todos los conductores estaban a las órdenes de una especie de gangster local que fijaba unos precios abusivos. Le dijimos a nuestro guía (Khine o Jaime) que regateara, pero el tipo se mantuvo en sus trece: era precio fijo. Los turistas llegan a esta zona anunciada en todas las guías y han de sufrir un primer desplume.

Decidimos llamar al hotel. Allí nos dijeron que nos podían enviar un par de taxis, casi a mitad de precio, pero que tardaban una hora. Aceptamos y caminamos hacia un lado, en donde había un chiringuito hecho con caña de bambú y techumbre de hierba y tierra, en el cual nos amenizamos la hora de espera con unas cervezas Myanmar de medio litro bien fresquitas. Llegaron los taxis y nos llevaron al pueblo de Nyaung Shwe, en donde estaba nuestro hotel, que se llamaba nada menos que Remember Inn. La zona del lago Inle sufre ya la presión del turismo y aquí la gente está bastante resabiada. La gracia del lugar consiste en alquilar una o dos canoas fuera borda, que salen de un embarcadero súper cutre y te trasladan a través del lago a diferentes lugares de interés: un mercado tradicional, un restaurante flotante, las ruinas de un antiguo templo budista.

En el lago, los lugareños pescan en barcas minúsculas, con unas redes cónicas que manejan con ambas manos mientras mueven el remo con el pié, en una postura que sale en todas las postales. Algunos han encontrado ahora una ocupación más lucrativa fingiendo que pescan delante de las canoas de los turistas. La barca se para un instante y ellos hacen su payasada antes de pasar la gorra. Uno de ellos, incluso tenía un pez de plástico que mostraba como si lo acabara de pescar. Todo esto es bastante patético, aunque les diré que, una vez sorteada la barrera de estos listillos del progreso, divisamos bastantes lanchas en las que se pescaba de verdad.

Después del lago Inle hemos visitado otras zonas del interior, en concreto los pueblos de Kalaw y Pindaya, en donde hemos tomado contacto con la Birmania profunda y más auténtica. Estos lugares tienen el atractivo para el turista de la práctica de senderismo, una característica que acota bastante el tipo de visitantes, desanimando al turismo más invasivo. Pero sobre esto ya les hablaré otro día. En Nyaung Shwe visitamos también un lugar curioso: unas bodegas en donde se fabrica un vino que no está nada malo, tanto tinto como blanco. Es un mercado que están empezando a explotar en este país, pobre pero no mísero como Bangla Desh o ciertas zonas de la India. En Birmania todo el mundo tiene comida suficiente, hay recursos naturales y sólo necesitan consolidar el tiempo de la paz y crecer en todos los sectores. Los militares siguen ostentando el poder real, pero han abierto la mano a la democracia formal.

No es poco avance en un lugar en donde conviven numerosas etnias que siempre se han estado peleando. En realidad, los birmanos son sólo una de esas etnias, que dominó a las demás tras una cruenta época de luchas civiles. Por cierto, los birmanos consiguieron derrotar a los demás con ayuda de los ingleses que establecieron una especie de protectorado y crearon el reino de Birmania a mediados del siglo XIX. Por suerte para el pueblo, sólo hubo dos reyes, padre e hijo, y no tuvieron tiempo de esquilmarles demasiado. El hijo fue a su vez derrotado por el ejército inglés y acabó sus días preso en una cárcel india. El general Aung San liberó a su país del yugo inglés y estableció las bases del nuevo Myanmar, nombre elegido precisamente para subrayar la integración de todas las etnias del país. De este paraguas protector siempre se han quedado fuera los pueblos no budistas, como los rohingya, musulmanes que viven junto a la frontera de Bangla Desh.

No me da para escribir mucho más. Hoy estoy en Mandalay, la segunda ciudad birmana y antigua capital real, adonde llegamos ayer desde Pindaya. Mañana nos trasladaremos a Hsipaw, en donde nos espera otro recorrido senderista. Ya les contaré más cosas.

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