sábado, 3 de octubre de 2020

981. En estado de sitio

No hay que dramatizar, más bien quiero decir que estamos condenados a quedarnos en el sitio, como forma de defendernos del virus de los cojones. Para mí no es un gran problema, yo ya estaba prácticamente así y creo que es lo que toca, a ver si mejoramos un poco la curva de contagios. Por cierto, la Organización Mundial de la Salud ha declarado que no tiene ni puta idea de por qué esta segunda ola está pegando más fuerte en España que en los demás países. Hombre, yo creo que la calidad de nuestros políticos, de uno y otro signo, algo ha de tener que ver, pero es sólo una sensación. El resto de los países tampoco es que anden muy boyantes, quitando Nueva Zelanda y algunos otros lugares del mundo adelante. Pero vamos a lo nuestro.

Esta semana he roto mi ritmo de publicar un post cada tres días, porque no disponía del tiempo necesario para ello. Y esto por varias razones. El miércoles día 30 de septiembre fue mi primer día oficial de trabajo, después de un mes de vacaciones. Ya les he contado que, en mi dinámica diaria, no se distinguen apenas los días de trabajo y vacaciones; tampoco los de diario y los festivos. De hecho, durante las vacaciones participé en un par de reuniones con equipos finalistas de Reinventing, consulté mi correo cada día, asistí a los encuentros informativos de los jueves a primera hora y estuve todo el tiempo al tanto. Así que creía que mi reincorporación iba a ser tranquila, sin percibir ningún tipo de solución de continuidad.  

No contaba con que formo parte de un equipo. Y que los demás me estaban esperando para endosarme una serie de tareas, que no me habían pasado antes por respetar mis vacaciones. Algunas de ellas ya iban retrasadas respecto a los plazos previstos. Así que tuve que ponerme a ello en serio. En segundo lugar, he tenido el Curso Intensivo de Iniciación a la Novela, que terminé anoche y que es un tema bastante absorbente, porque es un curso teórico-práctico, en el que se requiere participación e implicación, te ponen deberes que tienes que llevar hechos cada noche y no son tareas rutinarias sino que suponen un esfuerzo intelectual bastante agotador. He salido del curso con un proyecto de novela bastante avanzado, que no creo que pueda desarrollar hasta que me jubile, si bien puede que empiece a trabajarlo en los ratos libres. De esto no les puedo contar nada, obviamente, que, si se lo saben, ya no irán a comprar mi libro en el caso de que un día saliera a la luz.

Para colmo, en una demostración palpable del Principio de Peter, el jueves me levanté y comprobé que me había quedado sin Internet. Llamé al servicio técnico de Orange, intentamos varias maniobras, ninguna funcionó y me dijeron que tardarían entre 24 y 72 horas en resolver el problema. Era una chica sudamericana muy simpática. Empezó a explicarme cómo poner mi móvil como antena WiFi de forma provisional, pero la corté, porque ya sé cómo se hace. Con eso me la gané. Le dije que me preocupaba gastar muchos datos y consultó mi contrato. Tengo un límite de 50 gigas y me aseguró que, por si se me acababan, inmediatamente me asignaba un bono gratuito por otras 35, con lo cual creía ella que tendría de sobra. Al final le pedí permiso para adivinar su nacionalidad. Dijo que adelante y, sin dudarlo, proclamé: Colombia. Celebró con muchas risas mi acierto y añadió que ella estaba tratando de que no se notara su acento, pero era evidente que sin mucho éxito.

En fin, que me entraron ganas de que se me estropeara el router de vez en cuando para ver si me atendía la misma chica (Milena, me dijo que se llamaba). Esta mañana me ha entrado un sms indicándome que ya me lo habían arreglado. Era cierto. He cerrado mi sesión de móvil como antena y he comprobado el uso de datos: ando en torno a 7 gigas consumidas. No está mal, teniendo en cuenta que la cosa incluyó dos sesiones en Zoom de tres horas para la clase literaria, dos mañanas de conexión al trabajo y algunas otras actividades. Todo esto muestra la fragilidad de nuestras conexiones a la red, de la que somos tan dependientes. Yo me paso todo el día Samanthing, como definió con precisión mi hijo Kike, tengo un Spotify Premium para escuchar música de fondo cuando quiero y veo muchos vídeos de Youtube, además de consultar de vez en cuando las noticias.

Eso me ha permitido seguir puntualmente el combate entre Young Sánchez y Lollipop Ayuso, que ha acabado con victoria del primero, como no podía ser de otra manera. La salud de los ciudadanos parece ser un mero pretexto para la gresca y la pendencia de nuestros políticos. Dentro de la incuria moral y mental de nuestra clase política, Lollipop parece ir unos grados más adelante. Yo creo que es un claro ejemplo de mujer-florero de esas que el PP promociona para no parecer tan jodidamente misógino, basándose sobre todo en lo guapas que son, una saga inaugurada hace años por Isabel Tocino. ¿Cómo? ¿Que si Lollipop me parece guapa? Pues hombre, yo creo que, de frente es muy guapa. De perfil ya no tanto, a mí me recuerda a las caras que sobresalían del muro en las casas modernistas coruñesas de mi infancia.

Y lo que decididamente no me enamora demasiado es su tipo, a menudo disimulado por amplios vestidos blancos o floreados. Los franceses tienen una expresión deliciosa para designar este tipo de figuras: une femme aux cuisses hospitalaires. Una mujer de caderas acogedoras. Su nivel mental ya lo ha dejado claro en muchas de sus declaraciones públicas, podríamos empezar a elaborar un diccionario con ellas. Pero lo extraño es ese empecinamiento, esa contumacia, ese carácter terco, que parece llevarla a veces al borde de la locura, algo que yo creo que le pone al fraCasado (y al del Bigote). No me dirán que la mirada que aparece en esta imagen que tienen a la izquierda, no parece contener unos gramos de locura. 

Pero la noticia bomba de esta semana es lo de que Trump se ha contagiado del SARS-CoV-2. No es muy de mi estilo alegrarme de la desgracia de nadie, y menos si implica algo tan serio como el Covid-19, pero no me negarán que hay algo de justicia poética en este asunto. Y luego está el hecho de que le ha contagiado una asesora personal que se llama Hope Hicks y que tiene el aspecto que pueden ver abajo. Una imagen vale más que mil palabras y todos ustedes están pensando lo mismo que yo. A Trump no le gustan precisamente les femmes aux cuisses hospitalaires.



Las implicaciones del contagio del presidente son imposibles de prever. ¿Habrá que suspender los debates? Por cierto, Trump se pasó todo el primer debate gritándole a Biden, lo que es algo no muy recomendable a efectos de prevención de contagios. Biden ha sido muy hábil, deseándole un pronto restablecimiento, pero subrayando el hecho de que Trump ha andado por ahí sin mascarilla y metiéndose en actos electorales multitudinarios sin precaución alguna. En el debate, Trump bromeó: yo nunca he dicho no a la mascarilla, lo que pasa es que sólo me la pongo cuando afronto una situación de riesgo, no como el señor Biden, que no se la quita ni para acostarse en la cama. Un caso típico de alguacil alguacilado, como el de Boris Johnson. A los fanfarrones les pasan estas cosas. Yo le deseo también un rápido restablecimiento, si bien, me van a permitir que sugiera que, para el próximo debate y en aras de evitar la propagación del virus, al señor Trump lo lleven al set de televisión en jaula, como a King Kong.

Si Trump con lo protegido que debe de estar (en realidad es un cagón, como todos los fanfarrones) se ha contagiado, creo que nadie estamos ya a salvo, el virus campa por sus respetos y está por todas partes. Y esto es algo que incide en nuestra vida cotidiana de una forma tremenda. Por ejemplo, ¿recuerdan que mi curso de literatura era presencial? Pues el lunes por la mañana, Ronaldo nos mandó un correo urgente. Uno de los profesores de Billar de Letras se había puesto muy malito y estaban pendientes del resultado de la PCR, con lo cual el primer día sería por Zoom. El segundo y el tercer día, seguía sin saberse el resultado. El cuarto se confirmó el positivo, así que todo el curso ha sido telemático. También se nos dijo que a partir del lunes próximo hemos de acudir a la oficina de la Isla de Alcatraz dos días por semana. Yo voy a procurar no ir más que cuando me lo pida mi jefa por algún asunto concreto, además de los días que necesite para recoger mi despacho. El resto del tiempo que me queda, me parece absurdo arriesgarme a un contagio para contentar el ego de los de Asuntos Internos que, como siempre, se creen que lo que no queremos es trabajar.

Por lo demás el curso de novela fue fascinante, Ronaldo nos calificó enseguida como grupo intenso y al final nos confesó que se había divertido mucho a lo largo de las quince horas lectivas impartidas. A mí me fue muy bien. Encontré ahí todos los defectos de pardillo que habían convertido en fallida mi novela sobre Tijuana (y que me condujeron a abrir un blog, y a ustedes a disfrutarlo). Les pongo sólo un ejemplo. El tramo de clase destinado a aprender a sintetizar y resumir, venía encabezado por esta entradilla de Ronaldo: Del personaje Fulanito sabemos mucho, desde dónde y cómo nació, hasta el último de sus pelos. Y vamos a contarlo todo, para que el lector sepa que se trata de Fulanito y no de un perchero. ¿Realmente es necesario? A mí me hubiera venido muy bien dar este curso antes de ponerme a escribir una novela larga. Pero pensé que, si dominaba el relato corto, no tendría mayores problemas.

Así que esta semana he estado muy ocupado y prácticamente encerrado. Y, desde mi terraza, estoy percibiendo cómo el sol va cada día más bajo. He tenido tres días de curso on line con un tiempo veraniego y otros dos tormentosos y con chaparrones esporádicos. Los primeros los seguí desde la terraza, los últimos ya me tuve que refugiar dentro. ¿Cómo dicen? ¿Que si esto se debe al cambio climático? Nada de eso. En realidad, esto es un fenómeno que está descrito desde siempre en la sabiduría popular. Lo primero que hemos vivido es el Veranillo de San Miguel (que es el 27 de septiembre). Y que normalmente va seguido por el Cordonazo de San Francisco (cuya festividad se celebra mañana). Cuenta la leyenda que San Francisco era de natural tranquilo y pacífico, pero que el demonio se dedicaba a tocarle los cojones, a pulular a su alrededor como mosca borriquera, hasta que el hombre se hartaba, se quitaba el cordón y empezaba a dar cordonazos a ciegas, para espantar al diablo, origen de esas tormentas dispersas de esta época del año. En La Coruña anoche menudeaban los rayos y centellas.  

En fin, que no les he puesto nada de música y yo creo que es una buena forma de cerrar. Ya les conté que Sheryl Crow había dado dos conciertos en su rancho de Nashville. Finalmente no pagué por verla en streaming. Y ahora ha colgado el concierto más electrificado, el primero, para que se pueda ver gratis en Youtube. Lo tienen abajo. Es un vídeo de hora y media, delicioso, para que ustedes se lo negocien como quieran. Pueden verlo a trozos. Pueden ver sólo el principio, para comprobar qué guapa está esta mujer con sus 58 tacos, qué bien toca y canta, qué contenta está y cómo saluda a la audiencia televisiva gritando: Hey gente, hemos sobrevivido por ahora. O pueden no abrirlo y pasar de todo. Son ustedes libres de hacer lo que les pete. Entre canción y canción, Sheryl habla del virus, de cómo ha tenido que ceder y permitir a sus hijos el uso del móvil y la X-box por el encierro y recomienda las medidas de distancia social que los cuatro músicos aplican a rajatabla. En un momento dado, pide una cerveza y dice: venga, tíos, no pasa nada, es viernes por la noche.

Si quieren una sugerencia, pueden ponerse en el minuto 30. A partir de ahí vienen tres canciones que me gustan mucho y que ella no suele tocar en sus conciertos. La primera, Run, baby, run, cuenta cómo su padre le dijo que corriera siempre que se viera acuciada por una situación difícil (Sheryl entrena todos los días y está en plena forma). La segunda se titula I can’t cry anymore, no puedo llorar ya más, un tema que le sirvió para dar por finalizada su relación con el ciclista tramposo Lance Armstrong. Su letra es bastante explícita: coge tu coche, vuélvete a Texas, lo siento, cariño, pero ya no me fío de ti, etc. La tercera se llama Home, hogar. y es una preciosidad. Las tres han sonado en el blog. Así que disfruten del finde. Hoy no les he hablado de Samantha Fish, pero no se confíen: como el bebé de mi historieta, sólo estoy descansando. Y pónganse la pantalla grande, que Sheryl se lo merece.


lunes, 28 de septiembre de 2020

980. Dos mujeres

En medio de esta situación inaudita de pelea política absurda, mientras el virus avanza sin que nadie le ponga freno, quizá lo más prudente sería que nos quedásemos todos en casa hasta que pasara la tormenta. Pero ya saben que yo no soy un modelo de prudencia extrema. Por eso iré estos cinco días a partir de hoy a la sede de Billar de Letras a seguir mi curso de iniciación a la novela. Pero no me tomen como ejemplo. Ustedes quédense en casa bien calentitos, con el cerrojo echado y a resguardo de contagios. Lo que no les recomiendo es escuchar los noticiarios de la radio ni de la TV, esto es bastante perjudicial para la salud, porque contribuye a extender el otro virus: el del miedo y la paranoia. Mucho menos leer El País, que ayer alcanzó el clímax de su orgía de tremendismo. 

Según me levanté, conecté el ordenador mientras me preparaba el café y el gran titular a toda plana me saltó a los ojos: Un millón de muertos. No importa que aún faltaran 5.000 muertos para llegar a esa cifra, que probablemente se alcance el miércoles o jueves próximos, la cosa era sacar el titular el domingo, el día de más audiencia, para seguir dando miedo y adelantar la primicia, los Cebrián's boys a toda marcha. Por cierto, a media mañana el titular se cambió por Un millón de vidas menos, otra vez la intención de manipular y alguien que se da cuenta de que se han pasado y suaviza el mensaje. De manual. Así que yo les recomiendo que se olviden de las noticias y se dediquen a leer y escuchar música. Para ello les voy insistir en dos figuras de las que les he hablado en estos últimos posts, Bernardine Evaristo y Samantha Fish, a título de sugerencias para amenizar este encierro que amenaza con empezar de nuevo. 

La novela Niña, mujer, otras, de Bernardine Evaristo, creo que es lo mejor que he leído en mucho tiempo. Como saben, esta señora se llevó en 2019 el Man Booker, el premio literario más prestigioso de las islas británicas. Su novela tiene cerca de 500 páginas y carece de puntos, pero el otro día en nuestro Club de Lectura varios de los tertulianos coincidimos en que su lectura nos había resultado más fácil que la de un libro de puntuación ortodoxa. Esta señora escribe párrafos cortos, separados por saltos de renglón, un poco como pensamientos que se van enlazando cada uno con el anterior y el resultado es sorprendente. Por lo demás, el libro cuenta las historias de 12 mujeres, que tienen relación entre ellas a veces intensa o en otras ocasiones más episódica, de modo que cada una opina de vez en cuando sobre las otras. Todo ello compone una historia en puzzle realmente magistral.

Para que vean cómo está escrito este libro, con qué sentido del humor, con qué vitalidad, con qué tolerancia y con qué cariño por los personajes, les voy a transcribir un fragmento. Debo confesarles que los gestores de la página Blogger.com han eliminado ya la vieja interfaz, por lo que he de ajustarme a la nueva, que tiene sus limitaciones, por las que les pido disculpas. El fragmento corresponde a la historia de Amma, una de las doce protagonistas. Es esta una mujer de origen africano, que se mueve por el Londres de la gran movida rockera, Carnaby street, etc. Integrada en un mundo de artistas y escritores bohemios que van dando tumbos, acaba compartiendo un enorme edificio okupado, con un montón de gente que vive allí, desarrollando actividades culturales y lúdicas diversas, un lugar que han dado en llamar Freedomia.

Cuando parece que los van a echar, aparece en escena el dueño del inmueble, que resulta ser un antiguo combatiente antifascista de la guerra española, que luego se forró y vive en Montecarlo para no pagar impuestos. El tipo se siente progre y magnánimo y hace saber por escrito a las autoridades que da su permiso para que la casa siga siendo un centro alternativo, a cambio de que los okupas se responsabilicen de su mantenimiento y asuman las reparaciones que necesite. A partir de ahí, hacen contratos de agua y luz, que hasta entonces obtenían de pinchazos en las redes, y empiezan a funcionar. Y surge la necesidad de organizarse de alguna manera, para lo cual convocan una asamblea general en el patio. Así relata Bernardine dicha asamblea.

los marxistas exigieron que se instaurara un Comité Central de la República de los Trabajadores de Freedomia, lo que era echarle un poco de cara, pensó en su momento Amma, puesto que la mayoría de ellos había aprovechado su “fundamentada postura contra los perros de presa del capitalismo” como excusa para no dar golpe

los hippies sugirieron que se formara una comuna en la que lo compartieran todo, pero eran tan pánfilos y tranquilones que en cuanto empezaban a hablar les interrumpían

los ecologistas quisieron prohibir los aerosoles, las bolsas de plástico y los desodorantes, cosa que volvió en su contra a todo el mundo, incluidos los punkies, que no se caracterizaban precisamente por oler a eucalipto

los vegetarianos exigieron una política de carne cero, los veganos eran partidarios de extenderla a lácteos cero, los macrobióticos sugirieron que todos comieran repollo al vapor para desayunar

los rastafaris pidieron la legalización del cannabis y que se les destinara una parcela del solar de detrás en exclusiva para sus reuniones nyanbinghi

los hare krishnas quisieron que todos se les unieran esa misma tarde para aporrear sus tambores por Oxford Street

los punkies querían permiso para poner su música a todo volumen y fueron debidamente callados a voces

los gais querían que la constitución del edificio contemplara una legislación antihomófoba, a lo que todo el mundo respondió ¿qué constitución?

las feministas radicales querían dependencias sólo para mujeres, con su cooperativa autogestionada

las feministas lesbianas radicales querían sus propias dependencias lejos de las feministas radicales no lesbianas, también con su cooperativa autogestionada

las feministas radicales negras querían lo mismo pero sumando la condición de que a las suyas no se les permitiera el acceso a blancos de ningún sexo

los anarquistas se largaron porque cualquier forma de gobierno suponía una traición a todo en lo que creían

Fin de la cita. Un poco más abajo termina aclarando que, finalmente, se decidió crear un comité de gestión, con un sistema sencillo de rotación a la manera de las comunidades de propietarios. Este comité se reunió enseguida y emitió unas pocas normas que todo el mundo aceptó, cuyo objeto era prohibir terminantemente tres cosas: el menudeo de drogas, el acoso sexual y el voto al partido conservador. En fin, esto que les he transcrito es una sola de las 500 páginas de este libro extraordinario. Vamos, que me están entrando ganas de empezar a escribir así mis posts, sin puntos. He de decir que todos los personajes sin excepción (incluidos los varones) están tratados con un cariño exquisito; que a algunas de las protagonistas les suceden cosas terribles, pero que todas encuentran la forma de superarlo y, en definitiva, de redimirse y alcanzar una cierta estabilidad vital, a partir de su tenacidad y su mirada femenina. Por si con todo esto no les han entrado ganas de bajar a la librería y comprarse esta maravilla, les voy a poner un vídeo con una interesante entrevista con la escritora, presentada por su editor español y conducida por dos autoras también españolas.


Bernardine Evaristo y Samantha Fish son dos personajes de universos distintos, una es una intelectual que se mueve en el mundo de las letras y la otra es una artista que se desempeña en el ámbito de la música. Pero ambas comparten una mirada femenina y son un indicativo de cómo las mujeres van conquistando terrenos hasta ahora exclusivos de los hombres. Ambas se han abierto paso a codazos, con un suplemento de esfuerzo, de dedicación, de disciplina, hasta llegar al lugar que buscaban. Bernardine se lo lleva currando mucho tiempo, tiene 61 años, ha escrito con ésta ocho novelas y es la primera mujer negra que gana el Man Booker. Samantha tiene 31 y ha sacado ocho discos de estudio, más alguno en directo. Lleva más de diez años trabajando muy duro y su octavo disco Kill or be kind, publicado a finales de 2019, se presentó a los Blues Awards de este año y se llevó diez de los premios en juego, algo nunca sucedido anteriormente, por ningún artista del blues, hombre o mujer.

He leído algunas de las críticas de este disco, que gusta a la mayoría de los que lo escuchan. Uno de los críticos menos entusiastas describe a Samantha como una guitarrista prodigiosa, extraordinaria, una vocalista más que correcta y una compositora con muy buenos fundamentos y un largo recorrido de creación pendiente. Yo enfatizaría aún más, hace años que no escuchaba una guitarra como la suya, me parece muy buena cantante y puedo coincidir en que aún no ha compuesto todo lo que se puede esperar de ella. Pero, en realidad, lo que me maravilla de esta mujer no son sus discos sino su directo. Sobre un escenario es donde muestra su personalidad, su presencia única y toda su energía. Lo mismo me pasaba con Sheryl Crow. Los discos son correctos, hasta brillantes, pero lo bueno de Samantha es verla en directo.

Igual que he hecho con Bernardine, voy a ponerles una de sus letras con mi traducción, aunque con la nueva interfaz ya no puedo hacer dos columnas como antes y tendré que poner la traducción debajo. Las letras de Samantha no son un prodigio, pero su discurso es también el de las mujeres. Suelen tener un punto sombrío, en contraste con su talante siempre alegre, son poéticas y sencillas y, desde luego, está muy bien que esta mujer toque en lugares como Kansas City y les diga cosas como estas a los garrulos de la zona, que se acercan al lugar a ver si le ven el culo. Vean por ejemplo, una escogida al azar. Se llama Dirty, que vamos a traducir por sucio, aunque también podría ser cochino o guarro.

Dirty

Alone in a hotel room, your footsteps fade away

My love and misery couldn’t make you stay

A light shining thru my window illuminates you’re gone

Shadows I been running from hurt more than I let on


How can you sleep at night, by her side, when I’m on your mind?

How can you wash away the mess you made of me?

Your love is dirty

Taint my heart you made me feel unworthy

Pollute my mind with lies, baby it hurts me

Obscene the way your love it has no mercy

Your love is dirty


I was clean as a whistle babe, ‘til you came inside

Throwing dirt on my name like a cruel pesticide

Well I stayed and I prayed and I laid There so holy in your arms

But you took the fruit that I bear and left me in the dark


How can you walk away, unashamed, your love careless ways?

How can you take the best and leave the rest of me?


Your love is dirty

Taint my heart you made me feel unworthy

Pollute my mind with lies, baby it hurts me

Obscene the way your love it has no mercy

Your love is dirty

Aquí mi traducción

Sucio

Sola en un cuarto de hotel, mientras tus pasos se desvanecen

Mi amor y mi pena no pudieron hacer que te quedaras

Un destello de luz en mi ventana me confirma que te has ido

Las sombras de las que he estado huyendo hacen más daño del que muestro


¿Cómo puedes dormir por la noche a su lado, cuando soy yo la que está en tu mente?

¿Cómo puedes arreglar el desastre que me has causado?


Tu amor es sucio

Mancha mi corazón y me hace sentir indigna

Contamina mi mente con mentiras, tío, me duele

Es obscena la forma en que tu amor no tiene piedad de mí

Tu amor es sucio


Yo estaba limpia como un silbato nuevo, tío, hasta que entraste

Ensuciando mi nombre como un pesticida cruel

Bueno, me quedé y recé y me acurruqué tranquila en tus brazos

Pero tú tomaste el fruto que te daba y me dejaste en la oscuridad


¿Cómo puedes irte sin vergüenza por tu camino descuidado?

¿Cómo puedes tomar lo mejor y dejar el resto de mí


Tu amor es sucio

Mancha mi corazón y me hace sentir indigna

Contamina mi mente con mentiras, tío, me duele

Es obscena la forma en que tu amor no tiene piedad de mí

Tu amor es sucio

Bueno, no es Dylan o Springsteen, pero a mí me parece que es una letra que está muy bien (y así son todas las suyas). Pero, como les digo, el valor de esta mujer está en su presencia en el escenario. En 1980 yo viajé a Barcelona a ver a Bruce Springsteen (un completo desconocido entonces en España). Bruce era el rock, en aquel momento. Ahora, el rock es Samantha y yo viajaría a verla a cualquier lugar si no fuera por el maldito virus. Les dejo de propina un vídeo de esta mujer, si bien no corresponde a la letra que les he puesto. Con toda su banda, metales incluidos, Samantha termina de esta forma una actuación en un festival de blues de 2017. El vídeo está bien pensado, dado que Samantha enlaza casi siempre una canción con la siguiente (como hacía Springsteen). Así que empezamos por ver el final de la penúltima canción del día. Y ya sigue hasta la conclusión del show, probablemente después de más de hora y media dejándoselo todo en el escenario.

Y aquí está todo Samantha, una mujer que interpreta su música con todo el cuerpo, que consigue un sonido de guitarra único, que lleva con la lengua fuera a toda la banda. Una mujer mandando en un mundo de hombres y frente a un público redneck también mayoritariamente masculino. Aquí vemos todos sus tics: la presentación de sus músicos, la atención obsesiva por los botoncitos del sonido, el gusto por quitarse los incómodos zapatos de tacón, por salir a los medios y subirse en cualquier lugar, el final apoteósico con salto de la cabra incluido, el gusto por lanzar su púa al público a ver quién se la queda y, en general, sus formas de provocar el entusiasmo de la audiencia. Disfrútenlo. El virus no va a poder con la literatura ni con el rock. Sólo hay que tener paciencia. Y suerte. Si mis recomendaciones literarias y musicales les ayudan a ir pasando esta jodida situación, habré logrado mi objetivo. Y ojo, que mañana es el primer debate de las elecciones USA. A ver si el anciano Biden da la talla. Crucemos los dedos.

                       

viernes, 25 de septiembre de 2020

979. Ganemos a los garrulos

Una cosa que me gusta es empezar un post en donde acabé el anterior. Como el otro día concluí con la noticia de que Estrella Galicia había sido elegida la mejor cerveza del mundo, les voy a completar esta información con el mapa de preferencias de cerveza por comunidades autónomas, recientemente publicado en el ABC, después de un sondeo encargado a una empresa colaboradora habitual de ese provecto, monárquico y tradicional diario. El mapa es espectacular, y no se trata de que la cervecera de mi tierra esté haciendo unas campañas de marketing especialmente certeras: es que de todas las cervezas nacionales es la más rica con diferencia y los españoles empiezan a saber de cervezas (los gallegos ya sabíamos hace mucho). Vean, vean y asómbrense.

Pasan los días y estamos otra vez encerrados. Esta semana, la rentrée de Billar de Letras fue finalmente telemática, igual que las dos reuniones que teníamos programadas, inicialmente como presenciales, con equipos finalistas de Reinventing Cities, a las que me sumé a pesar de estar de vacaciones. Para cuando tenga que reincorporarme formalmente al curre tras estas supuestas vacaciones, es posible que ya hayan desistido de que vayamos a la ofi dos días por semana y un viernes de cada dos. La semana anterior la tuve llena de actividades sociales, culminadas con una salida al teatro con cerveza posterior, pero esta está siendo de encierro total. ¿Total? Bueno, les confesaré que el miércoles hice una escapada a Casa Tomás, a comer con mi amigo Ramón, como anuncié. Pasamos un buen rato, comimos fenomenal y, al final, mi amiga Jo, colega de muchas carreras que lleva la barra del lugar, quiso hacerse una foto con los dos, que les muestro abajo. 

Sin duda, Ramón es mucho más guapo y más famoso que yo, pero ya ven que Jo, por si las dudas, se acerca más a mí y parece señalar con quién se quedaría, si se viera forzada a elegir entre ambos. El caso es que estos son días de encierro, a la espera de empezar mi Curso Intensivo de Iniciación a la Novela, que he pedido hacer de forma presencial, porque nos han dado la opción de elegir modalidad. Como ya he contado, se trata de cinco sesiones de tres horas, de 19.00 a 22.00. Si finalmente es presencial, tengo el plan de ir y volver caminando a Malasaña, donde está Billar de Letras. No sé si mi producción bloguera se resentirá con esta carga adicional, pero ustedes sabrán entenderlo. De momento, en esta especie de calma chicha a la espera de días más movidos, es buen momento de pararse a pensar en las elecciones USA.

Veamos. Según los principales sondeos, Biden mantiene una ventaja holgada sobre Trump. Pero todo el mundo contiene la respiración a la espera de los debates, el primero dentro de cuatro días en Cleveland. Biden es hombre de larga experiencia política, pero está mayor y nunca se le han dado bien los debates. Pudiera ser que la elección la pierda él solito, si no da la talla en estos duelos. Porque ya está claro que Trump está haciendo todo lo posible para que haya un nivel de abstención y votos nulos alto, su mejor opción. Parece que el presidente sólo contempla dos posibilidades: ganar, o perder por muy poco, en cuyo caso ya ha proclamado que no aceptará el resultado, denunciará a Biden por pucherazo y puede llevar a su país a una situación realmente peligrosa, tal como están las revueltas callejeras contra el racismo.

El otro día leí una entrevista con Laurie Anderson, neoyorkina de pro y artista total, que fue la mujer de Lou Reed hasta su muerte. La entrevista era telemática desde su encierro en su casa de Long Island. Preguntada por las elecciones, contestó primero con ironía: Los chinos y los rusos tienen tan grandes intereses en mi país, que deberían poder votar. Y a continuación concluyó: Pero sobre todo hay que dejar clara una cosa: la Administración Trump no es de derechas, es fascista. Nos encontramos en una situación política que va más allá de la emergencia. No podemos seguir repitiéndonos: “¿cómo ha podido ocurrir esto?”. Ya no cabe ninguna duda de que ha ocurrido y está siendo una experiencia que le ha bajado los humos a muchos de mis paisanos. Es una apreciación bastante certera.

En general todos los intelectuales americanos están igualmente horrorizados. Lo de Trump es una cosa nunca vista. Ya no es una cuestión de que sea de derechas o de izquierdas. Es que es el fascismo, cruzado con el mundo de la telerrealidad. El tipo no se ha tomado apenas en serio su puesto, sigue haciendo el payaso sin gracia, como si tuviera una audiencia televisiva a su alrededor, manifestándose a través de Twitter. Es maleducado, basto, grosero. Mosqueón, prepotente, destemplado. Yo creo que mucha gente de bien que le votó, ha de estar asqueada. Un ejemplo. ¿Saben que este señor se plantea modificar una Ley que limita el volumen de agua que sale por los grifos y las duchas (por motivos de ahorro ambiental), porque dice que no se puede lavar bien la cabeza y él necesita llevar el pelo impecable? Parece una noticia de El Mundo Today. No lo es. Yo la leí hace un mes en el ABC. Pueden comprobarlo pinchando AQUÍ

Podríamos pensar que el descrédito de este señor decantaría claramente la elección del próximo 3 de noviembre, pero lo cierto es que va a estar reñida. ¿Por qué? Pues porque hay dos Américas. La gente que conocemos, los que salen en las series yanquis, los que pasean por Nueva York, Chicago o San Francisco, los guionistas de Hollywood, los profesores de Harvard, mis amigos de la red C40, todos estos son los americanos urbanos. Pero luego están los americanos rurales. La América profunda está formada por un montón de estados básicamente dedicados a la agricultura y la ganadería. Y las gentes de estos estados son tradicionales, ignorantes, puritanas, individualistas, obtusas y sin más horizonte que el que se ve desde sus ranchos. En una palabra: unos garrulos. Y estos garrulos, mayoritariamente blancos, descendientes de colonos europeos, miembros de comunidades religiosas retrógradas y partidarios del libre uso de armas, votan en masa a Trump.

Por ejemplo, en todos los estados sureños, como Louisiana, Missouri, Mississippi, Arkansas, la zona por donde se mueve Samantha Fish, los sondeos muestran a Trump por delante. Desde luego que Nueva Orleans es una urbe importante, cosmopolita, culta, abierta al mar y con un alto porcentaje de población negra. Pero Louisiana no es sólo Nueva Orleans. Además incluye grandes extensiones de campos de cultivo y zonas rurales. Y en estas zonas viven los cajun, de los que ya les hablé, descendientes de colonos franceses que fueron expulsados del Canadá y se instalaron en la región. Constituyen una comunidad cerrada, impermeable a la cultura, a cualquier evolución, a cualquier cambio en su cotidianeidad de licenciados en escardar cebollinos. Tienen su propia cocina, sus propias vestimentas y su propia música. Vean este ejemplo, que no es de hace cincuenta años, sino de ahora mismo.

¿Lo han visto entero? ¡Joder, qué paciencia! Yo no soy capaz. Y ahora, díganme: ¿Creen que uno solo de los que salen en el vídeo dejará de votar a Trump? Y esto es sólo un ejemplo local. En fin, este es un tema en el que reconozco que no soy imparcial. Yo soy de asfalto, como saben, odio el modo de vida y la forma de pensar de la gente del campo, a mí me darían los siete males si tuviera que vivir en una comunidad agrícola o ganadera, las veo como lugares con un control social agobiante, en los que, si te sales un poco de la vereda, al día siguiente todo el mundo te hace bromas al respecto: así que ayer, ¿eh?, que ya me he enterado. La ciudad es cultura, es progreso y es anonimato. Yo me siento libre en las ciudades, a pesar de la contaminación. Y ya me han visto llegar a urbes, como Hamburgo, San Francisco o San Petersburgo, que no había pisado en mi vida y orientarme perfectamente desde el primer momento. En cambio, si a mí me sueltan en paracaídas en una pradera de Arkansas, creo que me volvería loco.

Pero volvamos a un tema que hemos mencionado de pasada. Lo de que Trump, si pierde, no lo va a aceptar. ¡Joder, es que esto sí que es el fascismo! Esto es ponerse al nivel de Putin y otros autócratas vitalicios. Es increíble, e impresentable, pero suponiendo que sucediera, ¿cómo se soluciona? Pues está previsto en la Constitución. El Tribunal Supremo tiene la competencia para solucionar el conflicto jurídico creado, con una decisión en un sentido o en otro, contra la que no cabe recurso. Y debe hacerlo antes del 1 de febrero, día en que toma posesión el presidente que sea. Esto explica el follón que se ha montado con motivo de la muerte de la juez progresista Ruth Bader. Resulta que Trump se ha apresurado a decir que va a proponer a una juez conservadora, con lo que la proporción de jueces conservadores sería de seis a tres, frente a los progresistas. Una proporción muy interesante para Trump, si decide no aceptar los resultados electorales.

Los jueces del Supremo, que son vitalicios, los propone el presidente y los nombra el Senado. Y el jefe de la mayoría republicana del Senado ya ha dicho que hará el nombramiento antes del cambio de presidente. Resulta que este jefe de la mayoría republicana, es el mismo que, en situación similar, le negó esa misma deferencia a Obama. Obama se iba y propuso a un juez progresista para sustituir a uno que se acababa de morir. Y este señor ni siquiera permitió que el Senado lo discutiera. Directamente dijo que era más lógico esperar a que el nuevo juez lo nombrara el presidente entrante, que finalmente fue Trump. Jugada redonda. ¿Y quién es ese señor modelo de coherencia? Pues se llama Mitch McConnell y tiene el aspecto que ven aquí abajo (ya saben que la cara es el espejo del alma). No, no. No se le está cayendo la cara de vergüenza, es que la tiene así. La forma de actuar de este caballero sólo puede calificarse con un nombre: desfachatez. Des-facha-tez.

Pero el problema no es de una sola persona; es más de fondo. En realidad, el Senado USA ha estado casi siempre en manos de los republicanos, con excepciones contadas. ¿Saben por qué? Pues es sencillo. En el Senado tiene el mismo número de representantes Wyoming (580.000 habitantes) que California (39,5 millones). Naturalmente, la proporción de red-necks (o, dicho en cristiano: garrulos blancos con sombrero de cowboy y pistola al cinto) es abrumadora frente a los que provienen de las zonas urbanas de los grandes estados. Y ese sesgo rural del Senado, incide directamente en la composición del Tribunal Supremo. Eso es algo que está estudiado estadísticamente. De hecho, los demócratas, cuando han estado en el poder, se han planteado añadir como estados nuevos a Puerto Rico y Washington DC, además de dividir California en dos estados, para disminuir su desventaja de base, pero nunca se han atrevido a hacerlo.

Además de los estados sureños que hemos enumerado arriba, Trump domina en Alabama, Idaho, Oklahoma o Kentucky, cuyos mismos nombres tienen resonancias rurales míticas. En cambio, los demócratas van por delante en los estados de la costa Oeste: Washington, Oregón y California. También en Illinois y Minnesota. Y, por supuesto, en toda la zona Este: Nueva York, New Jersey, Massachusetts, Maryland, Pennsylvania. La elección puede que se juegue en estados dudosos, como Florida, Ohio, Georgia o hasta la misma Arizona. Arizona, tradicionalmente republicana, ha tenido una gran entrada de población inmigrante hispana, incluso tienen una potente emisora de TV en castellano, de la que ya les he puesto más de un vídeo. Además, curiosamente, en Arizona los hispanos son de origen mexicano. Y los que vienen de México son emigrantes económicos, de tendencia natural demócrata. Al contrario que los cubanos de Florida, emigrantes políticos, tirando a fachas y automáticamente inclinados a votar republicano.

La contienda que viene va a ser reñida y apasionante. Nos jugamos mucho. La anterior elección de Trump fue la culminación de una serie de movimientos en contra del progreso de la Humanidad, como el Brexit, los nacionalismos identitarios y los neofascismos en Europa, por no hablar del acceso al poder de personajes como Putin o Bolsonaro. Todos estos hechos suponen el triunfo de la ignorancia sobre la cultura, del autoritarismo frente a la democracia, de los localismos contra la hermandad mundial, de los garrulos frente a la población urbana. Los garrulos británicos inclinaron la balanza del Brexit y los del Ampurdán han llevado en volandas a los Puigdemont y Torra. Si ahora los electores americanos le dieran a Trump una patada en el culo, sería quebrar una tendencia regresiva mundial. Es una batalla entre la población urbana más culta y la masa rural inculta. Por eso es importantísimo ganarla. Vamos, que, si eso sucede, yo lo pienso celebrar por todo lo alto. Hasta con unos percebes.

El mundo de la cultura USA se ha pronunciado de forma unánime. Y, dentro del mundo de la cultura, también el del rock. Neil Young, Bruce Springsteen, Sheryl Crow, los Stones y tantos otros, han dejado clara su postura. En relación con Bruce Springsteen, he de decirles que anteayer cumplió 71 años. Y que sigue colgando en Youtube vídeos de los temas de su nuevo álbum, a punto de ponerse a la venta. El otro día vimos el correspondiente a la canción que da título al álbum: Letter to you. Ayer mismo colgó esta maravilla que les dejo de despedida. El Boss grita a todo pulmón que está vivo y que vuelve a casa. Está en plena forma física y creativa. Es una canción maravillosa y el video intercala imágenes actuales con antiguas escenas del joven Springsteen, todo lo cual compone un conjunto verdaderamente grandioso, impresionante, emocionante. Disfrútenlo. Y cuídense, que el virus está por todas partes y nos acecha en cada esquina. Que pasen un buen finde.