domingo, 6 de septiembre de 2020

973. De cosecha propia

Bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno. Pues resulta que, aquí donde me tienen, estoy de vacaciones. En realidad lo estaba ya formalmente esta semana que termina hoy, pero tenía algunos temas que resolver y he seguido conectado al trabajo, para lo que hiciera falta. Una vez terminados los asuntos pendientes, paso al estatus de funcionario de vacaciones. Que, en este momento, apenas es una variación mínima de mis rutinas. Si hasta ahora me conectaba al trabajo en cuanto desayunaba, a partir de mañana dedicaré la mayor parte de mi tiempo a otros menesteres. Aunque tengo algunas citas de trabajo que intercalaré en el tiempo de descanso, como un webinar el día 9 sobre las ventajas ambientales de la reutilización de edificios, frente a la demolición, y una reunión de trabajo, seguramente presencial, a finales de mes. Y lo que surja. En octubre vuelvo al estatus de funcionario activo, para los cuatro meses y pico que me restan hasta el día D.

Dada la situación sanitaria general, no veo conveniente acercarme a la playa o a la montaña, y tampoco lo echo tanto de menos, yo soy hombre de asfalto, como saben, y estoy bien situado en Madrid, puedo ir al Museo del Prado, o al Jardín Botánico, ambos a cinco minutos de mi casa, y tengo una casa con una estupenda terraza, en la que puedo estar en bañador, o incluso sin, porque nadie me ve. Para qué me voy a mover, si tengo que andar por ahí con mascarilla y encima a los que venimos de Madrid nos miran feo. Los últimos años tampoco había disfrutado de unas vacaciones familiares estándar; siempre las cambiaba por viajes allende los mares, que este año están vetados. Así que mis vacaciones, en principio, en casita, aunque no descarto alguna escapada por el entorno. Cada uno es como es, yo me crié en el asfalto, me formé en futbolines y billares y confieso que lo que sí me hacía mucha compañía era el mar, pero después de más de 50 años en la meseta he aprendido a no echarlo mucho de menos. En este momento, hay que ser prudentes, que lo primero es salvar el pellejo. Ya habrá tiempo de hacer otras cosas cuando la situación se normalice, si-es-que.

Otros, en cambio, son de campo y disfrutan como enanos en medio de los prados y los sembrados. Por ejemplo, el bueno de Neil Young sigue confinado en su rancho canadiense a orillas del lago Ontario. Allí está rodeado de sus pastos y sus animales y, cuando quiere, se graba un vídeo artesanal y lo cuelga en Youtube. Lo escuchamos el otro día cantando Looking for a leader, con la letra alterada para meterse con Trump, a tiempo de incidir en la campaña electoral (¡menos de dos meses ya para el gran día!). Hoy lo vamos a ver con sus gallinas y sus patos, cantando Homegrown, que podemos traducir como De cosecha propia. Les pido que se fijen en su desaliño general, los agujeros de sus pantalones y, de nuevo, el artilugio artesanal para sujetar la armónica, con la ayuda de un par de piedros del lago. Y su última mueca, poniendo cara de pollo.


Neil Young, a sus 74 años sigue siendo, sin duda, uno de los grandes. Y ahí lo tienen tan feliz, con sus gallinas y su vieja guitarra, pasando del progreso y sus comodidades. Hombre, también hay que tener en cuenta que su encierro lo está pasando con su guapa compañera Daryl Hannah, la inolvidable Priss de Blade Runner y la no menos inolvidable sirena de Un, dos, tres, splash. Es normal que Young esté feliz, con semejante mujer a su lado, una dama que luce este aspecto a sus 59 tacos.

El otro día les hablaba yo de Neil Young como alguien cercano a Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez. Es posible que lo sea, pero un lector de los que me hace comentarios por detrás me ha recordado que Young ha ido siempre a su bola, es una especie de ácrata imprevisible, muy condicionado por sus cambios de humor. Deben ustedes saber que ese carácter imprevisible le llevó a apoyar sin condiciones a Ronald Reagan para la presidencia, cosa que puedo entender, yo también creo que fue un buen presidente, muy de derechas pero con cabeza. Más adelante, a raíz del 11-S lanzó mensajes de apoyo al presidente Bush (esto aún lo entiendo más), si bien la absurda guerra de Irak le hizo recapacitar y volverse contra él, hasta el punto de editar una canción que se llamó Let’s impeach the President. Pero estos bandazos hacen que no sea demasiado del agrado de los izquierdistas de manual. 

Para completar el cuadro, en 2015 fue a ver a Donald Trump a pedirle apoyo financiero para sus campañas y giras. Es también comprensible, el rancho hay que mantenerlo y, aunque no te compres pantalones nuevos, tiene muchos gastos. Trump no pensaba por entonces ni dedicarse a la política. Era sólo un empresario de éxito y tenía ya esa tendencia al histrionismo que le hace confundir el mundo con un reality show, como sentenció con precisión Obama. Así que su mayor interés fue hacerse una foto con el músico, que rápidamente colgó en su perfil de Instagram (Young no la publicó en ningún lado). Desconozco si finalmente le ayudó o no.

Por todo eso creo que es muy importante el pronunciamiento anti-Trump de este señor, con su canción Looking for a leader. Porque a nadie le sorprende la postura de Springsteen o la de los Stones. Pero Young podría haber salido por peteneras y no lo ha hecho. Los que queremos que Trump no sea reelegido, no lo deseamos porque sea de derechas. Eso es casi lo de menos. Lo deseamos porque es un racista, machista, grosero y sin control sobre sus emociones. En fin, que les voy a poner aquí la foto de marras. Discúlpenme, ya sé que duele a la vista, pero también intento adelantarme a que algún listillo me la recuerde en sus comentarios. Neil Young será siempre para mí uno de los grandes.  

¡Qué fuerte, gente!. En fin, que hay que echar al del pelo naranja de la presidencia como sea. Esta mañana le he mandado un Whatsapp a mi amiga Shannon de LA, en el que le digo (entre otras cosas de las que no se cuentan aquí): C’MON, LET’S VOTE HIM OUT, it’s crucial for the rest of the world that American voters get it right this time. Aún no me ha contestado. Están las cosas que arden en los USA. Cuando aún no se habían apagado los ecos de la protesta por la muerte de George Floyd bajo la rodilla asesina de un policía de Minneapolis, en Kenosha (Wisconsin) otro policía disparó siete tiros por la espalda a Jakob Blake, otro negro (por cierto, las pistolas de los policías ¿no tenían siempre seis balas?). No se sabe aún por qué acosaban a este señor, sólo que le siguieron dando la vuelta por delante a su coche y le dispararon cuando abrió la puerta delantera. En el asiento trasero estaban sus tres hijos, de 3, 5 y 8 años. Se dice que quien llamó a la policía fue la madre de los críos, en medio de una pelea de pareja.

Lo que yo tengo muy claro es que, si llega a ser un blanco, a lo mejor habían disparado primero al aire. Los disturbios diarios se han exacerbado en Portland, donde nunca se acabaron del todo, y han brotado en Chicago, Nueva York y todo el estado de Wisconsin. Ya saben que un chaval de 17 años, seguidor ferviente de Trump, se fue una noche a Kenosha provisto de un rifle de asalto, comprado en cualquier colmado, para ayudar a la policía en los disturbios. Resultado, disparó a tres manifestantes, matando a dos de ellos. También habrán leído que la protesta estuvo a un tris de acabar con la NBA, la liga de baloncesto, cuyos jugadores se plantaron. Y Trump fue a Kenosha y ni siquiera visitó a la familia de Blake (que está en estado muy grave en un hospital de la ciudad, en donde lo esposaron a los barrotes de la cama para que no se escapara, cuando tiene la columna vertebral rota y no podrá volver a andar salvo milagro). En cambio defendió al del rifle.

Trump se acerca en las encuestas a Biden, que va por delante. No sé, a mí me cuesta creer que un solo negro o una sola mujer le voten, pero hay que esperar a ver qué pasa. El racismo es un ingrediente estructural en la sociedad norteamericana, algo impreso en sus genes desde los tiempos del esclavismo. Tal vez las nuevas generaciones se estén quitando de encima esa lacra, pero hay mucho que trabajar todavía en pos de la igualdad. Les voy a hablar de dos libros que he leído recientemente y que creo que desmenuzan al milímetro el tema del racismo. Y los dos escritos por mujeres negras y galardonados con premios prestigiosos. Dos recomendaciones de cosecha propia. El primero, americano: La canción de los vivos y los muertos (Jesmyn Ward, 2017). Jesmyn Ward es una escritora nacida en Delisle (Mississippi) hace 43 años. Y esta novela le valió ganar el National Book Award, tal vez el premio literario de mayor prestigio de los USA, siendo la primera mujer de la historia que lo gana dos veces, porque ya se lo dieron en 2011 por su segunda novela Quedan los huesos, que no he leído.

Jesmyn Ward, cuya imagen tienen a la izquierda, desarrolla en su novela una historia tremenda, dividida en capítulos contados por diferentes narradores, que se indican en cada encabezamiento. Jojo, el primero, es un chaval de 13 años que vive, junto a una hermana muy pequeña, con sus abuelos maternos, dos negros mayores y súper correctos, dedicados a la agricultura. La madre de los niños, Leonie, es una semi-delincuente, drogadicta recurrente, que no puede con la situación y por eso le ha dejado los niños a sus padres. Todo se torció para esta familia cuando al hermano de Leonie lo matan unos amigos blancos, en medio de una discusión durante una partida de caza. Es decir, ya no estamos en tiempos de linchamientos, ahora hay un chaval negro que forma parte de un grupo de adolescentes blancos y se va con ellos de caza. Pero el accidente se tapa y el culpable, un gilipollas que le ha disparado adrede, nunca es castigado.

Ese incidente es lo que ha llevado a Leonie al mal camino y a sus padres a la tristeza eterna. Para colmo, Leonie, en su desvarío, se enrolló con un blanco, colega de colocones y primo del asesino de su hermano, que es el padre de sus dos hijos. Sus suegros ni les hablan. Y el padre de las criaturas está en la cárcel, por posesión y venta de drogas. Esta es la situación de partida del libro. La acción comienza cuando se anuncia que al preso lo van a poner en libertad. Leonie decide ir a recogerlo en su viejo coche a la cárcel, que está a muchos kilómetros de distancia del pueblo, y llevarse con ella a los niños, contra la opinión furiosa de los abuelos. Más adelante, se va sabiendo que, además de ir a esperar a su marido a la salida de la cárcel, Leonie transporta un alijo importante de droga a distribuir a lo largo del camino, y por eso quiere llevarse a los niños, para que los policías de carretera no la paren para registrarla.

El libro es una extraordinaria road-story, con momentos de una tensión extrema, que se lee del tirón. Y con aspectos sobrenaturales, como no podía ser de otra manera en una historia de negros del sur USA. Richie, el hermano asesinado de Leonie, se le aparece de vez en cuando, en medio de sus ensoñaciones inducidas por la droga y hasta es el narrador de algunos de los capítulos. En conclusión, eso es Estados Unidos ahora, los negros están integrados, los hay que llegan lejos, pero colectivamente son ciudadanos de segunda. Imagino que habrán leído que la incidencia de la Covid-19 es mucho más alta entre la población negra. Jesmyn Ward proviene de una familia humilde, de campo, pero se graduó en arte en Stanford y trabaja y vive en Nueva Orleans, en cuya universidad es profesora de escritura creativa. 

El racismo es un sentimiento fuertemente arraigado, importado de los colonos ingleses. Como dice Spike Lee, Estados Unidos es una nación fundada sobre el genocidio de los indígenas indios y el esclavismo. Pero ya había racismo en Gran Bretaña y de eso va el segundo de los libros de cosecha propia de los que les quiero hablar hoy. Y este se lo recomiendo encarecidamente, les va a encantar. Se trata de Niña, mujer, otras (Bernardine Evaristo, 2019). Este es el libro que vamos a analizar en la sesión inaugural de Billar de Letras 20-21, que será el 22 de este mes, pero ya me lo he terminado, porque no podía parar de leer. Bernardine es británica, 61 años, hija de padre nigeriano y madre inglesa blanca. Es una mujer de una actividad incansable, también licenciada en literatura y profesora de escritura creativa, pero con producción de ensayo, poesía, teatro, crítica literaria en los principales periódicos del país, activista por la igualdad racial, tertuliana, editora y todo lo que se puedan imaginar.

A la derecha, una imagen suya. Dentro de esa actividad frenética, hay que incluir ocho novelas publicadas. Pero esta, que es la última, es sin duda la cumbre de su producción y, como tal, fue premiada con el Man Booker, el premio literario británico de más prestigio. Lo recibió el año pasado, a medias con Margareth Atwood y es la primera mujer negra que se lo lleva, si bien, ya les dije que en los 90 lo recibió Arundathi Roy, india. La novela habla de doce personajes, a los que están dedicados sucesivamente los doce primeros capítulos, al final hay otros dos en los que se remezclan todos ellos. En todos los casos, mujeres. En todos los casos, negras (menos una). O sea, doblemente marginadas. Y, para colmo, algunas de ellas lesbianas, lo que induce un tercer factor de marginación (sorprende que haya también racismo entre las lesbianas blancas y negras).

Se habla de mujeres desde adolescentes hasta nonagenarias, todas las historias están relacionadas, aunque en algunos casos la relación se descubre novela adelante. Y, a medida que vas leyendo, compruebas que cada historia es mejor que la anterior, contadas con un cariño y un optimismo básico invencible: estas mujeres luchan todo el rato por su dignidad, por hacerse un hueco en la sociedad de los blancos, bien estudiando, o bien trabajando como negras (nunca mejor dicho) o buscándose un marido o la compañía de alguien que alivie su soledad. Y algo sorprendente. La autora no usa puntos. Los párrafos se separan con simples saltos de renglón. Algunas comas sí que emplea. Pero el texto tiene una continuidad admirable y no cansa, compuesto por párrafos pequeños, con estructura casi de poema. 

Hala, bájense a la librería más cercana y cómprenselo ya, no sé a qué están esperando. No se van a arrepentir. Bueno, y como hemos empezado con música, vamos a acabar igual. Como no, con Samantha Fish, otra recomendación de cosecha propia. Esta mujer no es muy dada al activismo, pero podría jurar que no es racista. Se ha criado en el estado de Missouri, en el Medio Oeste, que no tiene mucho que ver con el sur profundo. De hecho, desde 2012 hasta 2016 su amigo negro el batería Go Go Ray fue parte de su banda. Durante un lapsus desde mediados de 2016 hasta mediados de 2017 estuvo como en stand by. Y entonces volvió con una big band, como saben, con teclista, sección de viento y, en ocasiones, violinista. 

De esta segunda época es la canción que les dejo de propina. Les advierto que es de las de arrimar cebolleta, así que, si tienen con quién, no se corten. Samantha se ha quitado los zapatos y ya saben que, cuando Samantha se descalza, no hay límite de intensidad. Ella canta con su pasión habitual, expresando toda la frustración del enamorado que quiere tener a su pareja cerca, que no soporta la separación. Hay un momento en que la voz no es bastante para expresar todo ese sentimiento devastador y es entonces cuando ella usa su inimitable técnica con la guitarra solista, con un fraseo en crescendo que lleva al éxtasis, casi a que se te salten las lágrimas. Y lo tiene todo organizado para que le traigan al final la kerosene can guitar, para seguir a toda pastilla con la canción siguiente del show. Disfrútenla. Y sean felices. La vida merece la pena, en todo caso.


jueves, 3 de septiembre de 2020

972. What the fuck's going on?

O dicho en cristiano: qué cojones está pasando. Pues eso digo yo. No se sabe qué pasa con el virus, no nos podemos fiar de la prensa, aun menos de los políticos. Queda poco por hacer: esperar y ver. Ya saben que yo no me quejo, sigo aquí a mi teletrabajo, a mis lecturas, a mis series, a mis cervezas con amigos, a mis carreras por el parque del Retiro, a mis ensueños diversos. Y a mi blog, desde luego. Hace unos días, rebuscando entre mis viejos vinilos encontré este que ven en la foto de abajo, un disco ciertamente histórico: el Electric Warrior de T.Rex, publicado en 1971, hace casi 50 años. Un tesoro que aún conservo.


Por cierto, observarán que la camiseta que llevo acredita mi participación en su día en el Medio Maratón de Fuenlabrada. Esto es para los que dicen que le tengo manía a los de ese pueblo, cuyo equipo ha causado la ruina del Dépor. Falso, falso, yo no les tengo ninguna manía, pobrecitos, bastante tienen con ser de semejante lugar. En cuanto a T.Rex, fueron la banda que acuñó el concepto de glam rock en los 70 y la más brillante de esa tendencia. Y este es su mejor disco, en mi modesta opinión. Empezaron, cuando la moda era ponerles a los grupos nombres largos y pomposos, bajo la denominación Tyrannosaurus Rex, que supieron abreviar a tiempo. El artista barcelonés Loquillo tiene una canción que se llama El Rey del Glam, cuyo estribillo dice: te has quedado en el 73, con Bowie y T.Rex. Es exactamente el punto en el que yo me quedé. ¿Cómo dicen? ¿Que todo esto se la bufa, que lo que quieren es oír la música? No hay problema. Vean como sonaba este vinilo emblemático. Hacer eso en 1971 tiene bastante mérito.


Bien, hecha esta introducción, voy a seguir hablando de mí mismo. ¿Cómo? ¿Que es lo que hago todo el rato? No, no, eso es un infundio, cómo pueden pensar que me gusta hablar de mí mismo, si yo soy un tímido, por favor… Además, en este caso es sólo para mostrarles un ejemplo que les va a ayudar a entender lo que voy a explicarles después. Bueno, va, váyanse a paseo. El caso es que, con motivo de los períodos de confinamiento y desescalada, llevo seis meses seguidos entrenando, primero haciendo 50 minutos en mi casa y luego recorriendo mi circuito de 6,5 kms. por el Retiro. Un día de cada tres, con puntualidad kantiana. No había fallado un solo día. Hasta ahora. El miércoles 26 de agosto terminé mi carrera con un dolor importante en la planta del pié izquierdo. A lo largo de mi carrera de corredor he tenido diversas molestias en rodillas y espalda, que es lo que más procuro cuidar ahora, pero nunca un problema plantar.

Revisé la zona dañada y no me pareció que hubiera ningún callo o dureza de los que suelen llamarse un clavo. Era más adentro. Una contusión en el hueso, o una tendinitis o algo similar. ¿Remedio? Obviamente, lo primero, dejar de correr. Reposo y bien de Traumel, aplicado con el secador de pelo, para que entre más profundamente. ¿Cómo dicen? ¿Que por qué no fui a un médico? Vamos a ver, que yo tengo muchos trucos de veterano, que sé cómo tengo que actuar. Además, los médicos en este momento no están para tonterías. Vale, con el Traumel me mejoró, lo que venía a indicar que la cosa no era demasiado grave. Reposo y a esperar. Me tocaba volver a correr el sábado 29, pero me salté ese entrenamiento. Iban pasando los días y la molestia iba remitiendo muy lentamente. Y ahora van a ver por qué les cuento esto.

El lunes por la noche, me acosté con un dilema en la cabeza. El martes me tocaba correr otra vez. Y la planta me seguía cantando aunque cada vez menos. El dilema es el siguiente. Yo puedo seguir descansando hasta que la molestia haya desaparecido del todo. A lo mejor eso sucede en un mes (si es una tendinitis, más). Dentro de un mes habré perdido la forma (joder, que tengo casi 70 años, no es como si tuviera 30). Es decir, todo este entrenamiento no habrá servido de nada, porque partiré de nuevo prácticamente de cero. Y aquí aparece la otra posibilidad a contemplar. Recuperar el entrenamiento aunque me duela e ir viendo qué pasa. Como hacen los deportistas profesionales, los futbolistas, los tenistas. Es algo que tiene sus riesgos, uno puede hacerse una avería más seria y lo sé, pero ahí entran la veteranía y la intuición.

Decidí que el martes correría otra vez. Antes de salir, me di otra vez bien de Traumel, con mucho masaje y el secador, y me puse enseguida el calcetín, para que no se evaporara. Salí con cautela. Durante el calentamiento hasta el lugar donde hago estiramientos, he de admitir que me dolía bastante, iba prácticamente cojo, pero llegué. Hice mis quince minutos de estiramiento y arranqué. Y ya me dolía menos (buena señal). La zona dañada había entrado en calor y la cosa iba mejor. Un riesgo suplementario de hacer lo que hice es que te lesiones en la pierna contraria, por pisar protegiendo la zona que te duele. Nada de esto sucedió. Completé bien el recorrido (por fallar un día no se pierde forma), llegué a casa, me di una larga ducha y mantuve un rato la cebolla apuntando directamente a la planta dañada, al máximo de temperatura que soportaba. Luego, con el pie aun en caliente, repetí la operación del Traumel. Y, con el desayuno, me tomé un ibuprofeno que es anti-inflamatorio.

Ahora, la dolencia sigue su curso, continúa mejorando lentamente, pero ya he recuperado el ritmo de entrenamiento. Arriesgué, y me ha salido bien. Por cierto, si yo hubiera visto que con esa carrera la lesión empeoraba, entonces hubiera pasado al plan B: parar del todo y probablemente hablar con algún médico. Pero mi remedio funcionó. Y les cuento todo esto para que comparemos con lo que está pasando con el virus. El período de encierro severo fue muy eficaz para frenarlo. Si llegamos a estar un año encerrados así, a lo mejor el virus desaparece del todo Pero, en ese caso, la economía se habría venido aún más abajo, la sociedad se hubiera ido a la mierda, habríamos acabado pasando hambre y a hostias entre nosotros. Por eso había que ir abriendo la mano, arriesgando y haciendo un seguimiento estrecho de lo que iba sucediendo. Así se ha hecho en todos los países. Salvo que ciertos políticos a veces han manejado además otros conceptos, digamos, de oportunidad.

¿Y qué está pasando en España? Pues eso me gustaría saber a mí, y de ahí el título del post. A quién creer. Circulan fake news a cientos, mensajes alarmistas firmados, por ejemplo, por el Jefe del Servicio de Inmunología de la Clínica Puerta de Hierro, por decir algo. Consultas el organigrama de dicho Hospital y resulta que ese señor no existe. A lo mejor ni siquiera existe el servicio. Yo, que por naturaleza soy más dado a los mensajes optimistas, me creo más gráficos como este que les pongo abajo. Es un cuadro comparativo oficial de la Comunidad de Madrid, del número de ingresos por Covid en los hospitales de la provincia en marzo y agosto. Creo que habla por sí solo. 

Que sí, que después del 25 de agosto ha seguido subiendo y todo lo que quieran. No es mi intención entrar en una polémica de cifras con ustedes, queridos lectores, muchos seguro que infinitamente mejor informados que yo. Lo que quiero decir es sólo que no sabemos nada, que no hay de dónde sacar una información fiable. ¿Revisamos la prensa? ¿Para qué? El inMundo, el ABC y la sinRazón exagerarán todo lo que puedan el drama, porque lo que quieren es que se vaya Sánchez, por definición; haga lo que haga estará mal, porque es un okupa de La Moncloa y además se ha aliado con Iglesias, a quién le huele mal la coleta, signo inequívoco de que es un chavista y un bolivariano. Si tienen que mentir, mienten, no pasa nada. El País, tres cuartos de lo mismo, ha caído en manos de la otra banda del PSOE, los felipistas, susanistas y similares, bien conectados con el poder económico, y ya no se puede creer lo que diga.

Un inciso. Todo esto es lamentable. Y lo que produce es que desde el extranjero se nos vea como un país bananero, al que no hay que darle ni agua. Los suizos, los austriacos, los nórdicos y ya no digamos los holandeses, piensan que somos una panda de vagos e imprudentes y encima que estamos todo el día dándonos abrazos y besos, bebiendo y bailando el tirititran-tran-tran. Y luego, a la hora de las ayudas nos las regatean para ahorrarse el dinero, porque son unos usureros y unos roñas. El perverso cainismo patrio alimenta la famosa leyenda negra, hagamos lo que hagamos los de a pie. No digo que no estemos mal con el virus, pero en todas partes cuecen habas. En Francia también, aunque las llamen cassoulet. Pero en Francia no hay unos políticos tan nefastos como los nuestros, ni una prensa tal mala.

Y lo mismo sucede en el resto de países de Europa. Por cierto, los que las van a pasar canutas son los británicos, porque al covid tienen que sumarle otro virus horroroso: el del Brexit. Se acordarán siempre de cómo dejaron que una decisión tan importante se adoptara a partir de un 51% de votos favorables en un referéndum con trampa. Y, también por cierto, en Alemania hubo el otro día una manifestación monstruosa de negacionistas pedorros, sin que los demás países miren a los alemanes en su conjunto como apestados. Algo parecido hubo en Madrid, pero no fue ni el Tato. Ni siquiera fue Miguel Bosé. Aaaaayyyy, cómo se le ha ido la olla a este hombre ¿verdá-usté payo? Con lo sensato y lo leído que parecía. Porque el Bumbury ya era tonto de origen... ¿pero el Bosé? Qué pena, qué pena.

Pero volvamos a la línea por la que íbamos. ¿Es posible saber algo de lo que está pasando de verdad? Pues, como ya saben que soy un proyanqui de mierda, me he acercado a ver qué dice el New York Times, que siempre es una referencia. Y que por la lejanía no tiene interés concreto de jodernos o regatearnos ayudas. Que conste que a mí no me gusta Pedro Sánchez, como he escrito muchas veces en el blog, lo único que digo es que las críticas que se le hacen desde la derecha, desde los nacionalismos y desde la prensa local no me valen. Así que me he acercado al New York Times, limpio de prejuicios, con la sana intención de ver qué dicen y contárselo a ustedes. Les resumo el reportaje que publicaron el martes.

Titular del artículo: Una segunda ola de coronavirus azota España. Subtítulo: Si Italia fue la avanzadilla de la primera ola de la pandemia, España parece serlo de la segunda. Datos: España es uno de los países más afectados de Europa. La semana pasada se registraron 53.000 nuevos casos y se alcanzó un ratio de 114 nuevas infecciones por cada 100.000 habitantes. El virus se está expandiendo ahora mismo algo más rápido que en los USA, unas ocho veces más rápido que en Francia o en Italia y diez veces más que en Alemania. Hasta aquí la información con los datos de la última semana, piensen que esto cambia por días. Pero lo más importante: ¿Por qué España está peor que los otros países de nuestro entorno? Pues el diario aventura cuatro posibles causas principales.

1.- Una desescalada prematura y quizá precipitada. 2.- La proliferación de reuniones familiares grandes: familias extensas, mucha afectividad, carácter latino, etc. 3.- La apertura al turismo. Y 4.- Las malas condiciones de vivienda y sanidad de la población inmigrante, de los que trabajan en el campo como temporeros. Sólo después de estas cuatro causas principales sitúa como un motivo adicional la vuelta de la vida nocturna, el botellón, etc. que no considera tan significativo.  Muy bien. Todo esto nos lo podemos creer, pero no porque lo vocifere el fraCasado, lo escupa Abascal, lo eructe Rufián o lo magnifiquen los panfletos de la derechona y de Cebrián y Felipe. Sino porque lo dice un periódico serio del extranjero, sin interés de jodernos como algunos europeos.

¿Tiene la culpa de esto el gobierno? Pues sí, en buena parte, por no aplicar unas normas más estrictas y vigilar su cumplimiento. Y también la gente que se cree que el problema ha pasado y ya podemos vivir como antes. Pero recuerden: a Sánchez se le sometió a una verdadera tortura con las prórrogas del estado de alarma, sólo por joderle (no sé si lo saben, pero en Italia el estado de alarma se mantiene, hoy, ahora, mientras ustedes leen este post). Le atacaron por todos los lados los de siempre: la derecha y los nacionalistas de todo signo, haciendo pinza. Que si quería tenernos encerrados para crear una sociedad comunista, que si quería recentralizar el estado (mejor nos iría sin duda con una sanidad y una enseñanza centralizadas). Con esto no quiero exculparlo de haberse precipitado con el desconfinamiento (si es que se dictamina que así ha sido). Si tuviera un poco más de talla política y de fondo ideológico hubiera resistido las presiones. ¿No tiene un libro que se llama Manual de resistencia? Pues resista, coño.

Por ejemplo, al alcalde de Madrid lo estuvieron presionando de todas las formas imaginables para que abriera los grandes parques. La presión venía de su propio partido, de Vox  y de los revoltosos de Núñez de Balboa, que pedían a gritos libertad. Pues el tipo aguantó la presión, y no abrió el Retiro hasta que el gobierno central cambió de fase, a pesar de que uno de estos energúmenos que querían correr por el parque o tomarse el vermú en una terraza, lo denunció en un juzgado por prevaricación. Es lo mínimo que se pide a un político. Por cierto, como yo no soy igual que el fraCasado, no estoy predispuesto a que me tenga que parecer mal todo lo que hace. Así que, sin ningún problema, aplaudo que le haya dado una patada en el culo a Cayetana y haya mejorado la posición de Ana Pastor y de Almeida. A ver si ahora empieza a hacer caso de sus consejos. 

En cualquier caso, igual que con mi dolencia plantar, había que arriesgar. Lo están haciendo todos los países. Si nos quedamos un año encerrados, nos vamos a la mierda, el virus y nosotros. Todavía no se sabe si la hemos cagado o no del todo. Según el New York Times, ahora vamos de farolillo rojo. Pero esto del virus cambia de un día para otro. Nos movemos sobre un delgado filo. Y otra cosa en que todos los agoreros están de acuerdo: el sitio más horrible del país es Madrid. ¡Hala, a por nosotros! Esa es otra variante del cainismo hispano, el odio a la capital. Pues aquí me tienen a mí, en el puto centro de la ciudad más horrible del país más lamentable, y tan contento. Haciendo la misma vida desde que se acabó el confinamiento severo. Salgo a hacer los recados que tengo que hacer, me tomo mis cervezas con amigos y corro por el parque. Salvo para correr, me pongo siempre mascarilla. Y doy abrazos con cuidado a quien se los tengo que dar.

Y procuro ventilar bien mi casa y relajarme leyendo o escuchando música. Sigo enganchado a Samantha Fish, pero no me olvido de Sheryl Crow, ya saben que soy partidario acérrimo del poliamor. Sheryl continúa con su producción de nuevos vídeos rescatando sus canciones de más claro mensaje político. Las suele publicar en dos versiones, una de animación y otra con sus músicos en multipantalla. Yo, en general prefiero verla en persona. Esta nueva actividad frenética, claramente enfocada a la carrera hacia las elecciones presidenciales, parece haber revivido a esta mujer espléndida de 58 años, que ya no tiene la cara de mala uva de alguno de sus vídeos intermedios del encierro. Les dejo su última producción. Cuídense y procuren ser felices. Y no tengan miedo. El miedo es un virus más letal que el Covid 19.



lunes, 31 de agosto de 2020

971. Llegan brisas otoñales

Sí señor, los primeros aires fresquitos cayeron sobre Madrid el viernes, al poco de publicar mi post anterior. Eso ha traído un fin de semana muy agradable, en el que mi terraza ha dejado de ser una sauna apenas protegida por los toldos nuevecitos, para convertirse en un lugar grato al aire libre, ideal para leer, escribir y completar mis trabajos pendientes. Tenía dos temas a terminar antes de hoy lunes, en teoría mi primer día de vacaciones, pero ya les he dicho a mi jefa y a mi compañera M. que no los tengo listos, pero que a cambio voy a seguir en activo toda esta semana, con el compromiso de terminarlos. Y les ha parecido bien. No podía ser de otra manera, si tenemos en cuenta que estoy a menos de seis meses de que me den una patada en el culo y me manden a casa (donde, por otro lado, ya estoy, porque esto del teletrabajo  no es más que una transición tranquila a la jubilación). A ver quién me dice nada. 

Una de las tareas a las que tendré que dedicarme en estos meses venideros, es recoger mis efectos personales del despacho. Ya he hecho la parte digamos virtual. Empecé por subir a la FNAC a comprarme un disco duro externo para copiar todos mis archivos. Tenía ya uno de esos discos duros externos, comprado hace años, en ese momento el de más capacidad: 500 gigas. Lo tengo medio lleno y pensé que no sería suficiente. Ahora hay discos de un tera, de dos, de cinco y hasta de 14 teras (ahí debe de caber todo el conocimiento mundial desde la Edad de la Piedra). Los precios también varían: 40 euros el de un tera, 50 el de dos y más de 300 el de 14. Pedí consejo a un empleado de la tienda y le expliqué para qué lo necesitaba, mi próxima jubilación y bla-bla-bla. Quiso saber a qué me dedico. Al urbanismo. ¿Y guarda usted planos? ¿Archivos de Autocad o de Arc-Gis? Le dije que algunos sí, pero pocos, lo que más conservo son documentos de texto. Entonces con el de un tera le sobra.

La verdad es que los planos y los documentos más pesados los guardábamos de costumbre en los archivos comunes. Con mi flamante disco externo, me acerqué un día a la oficina, completamente vacía y desangelada. Me descargué todos mis archivos personales. Tal como dejé mi ordenador de mesa ya lo pueden tirar o formatear para dárselo a otro. No creo que lo vuelva a encender nunca más. Lo siguiente, para estas próximas semanas, será ir con unas cajas de cartón para llevarme los libros y los objetos de mesa que no quiera tirar. Tengo que hacerlo en varias veces. Quizá se despejen pronto las dudas sobre si voy a volver algún día al trabajo presencial. Si, como me temo, es que no, hablaré con mi jefa para ver si quiere que me dé prisa y así puede darle mi despacho a algún compañero. Pero tenemos que coordinarnos bien, no sea que se lo quiten, que hay mucho buitre al acecho.

Ya lo ven: los nuevos tiempos han llegado. Más que llegar, nos han arrollado, con esto del virus. Yo estoy feliz en mi encierro, me encuentro bien en mi casa, con la terraza recién arreglada. Lo del teletrabajo me encanta y no tengo ninguna nostalgia de volver a la Isla de Alcatraz, lo único que me tira es el bar de mis amigos y puedo ir a visitarlos cuando quiera, de hecho ya lo hago, ahora que se aparca sin problemas por la zona. Entre ustedes y yo, lo único que echo de menos es la posibilidad de hacer viajes por el mundo, eso es lo que me jode. Les recuerdo que, cuando se desató esta calamidad, yo tenía ya hasta los billetes para ir a Paris y Lille, a dar dos clases en sus universidades respectivas que ya tenía apalabradas y visitar a mis hijos, viaje que habría completado con un encuentro en Rotterdam con mi amiga indonesia Tantri, a la que no sé si volveré a ver algún día y con quien ya tenía hasta el restaurante elegido para cenar. Tendría, pues, motivos para estar amargado, pero no me da la gana.

La verdad es que no me puedo quejar. He sobrevivido a la primera andanada de la epidemia sin grandes daños y me sigo cuidando para aguantar las sucesivas. Y sólo añoro la posibilidad de pillar un avión y largarme a dar una vuelta por el mundo adelante. Algún día eso se podrá volver a hacer. Una de mis ilusiones es combinar alguno de esos viajes con la posibilidad de ver un concierto de Samantha Fish en vivo. Ahora mismo no me movería por ningún otro artista. Entre los lugares en que actúa fijo esta mujer, está el Cigar Box Guitar de Nueva Orleans, que es cada mes de enero, como saben, y para el que recibí una oferta de un pack-VIP. Y también el Blues and Brews Fest, el festival de la cerveza y el blues de Telluride (Colorado), que suele ser en septiembre y que este año se ha suspendido.

Telluride es un lugar de montaña con una estación de esquí. Y los artistas que se prestan a ello, pueden tocar una canción en acústico en una de las cabinas del teleférico que te sube a los remontes de la pista. Los vídeos los usan luego para propaganda de la estación de esquí y del pueblo. Como se pueden imaginar, Samantha aceptó el reto y cantó a pelo una de las canciones que suele interpretar con la cigar box. Este es el resultado. Ella misma se presenta con su impagable acento sureño y, como no tiene batería, lleva el ritmo con los golpes de su tacón izquierdo, como lo hacía Neil Young en el vídeo que les traje el otro día. Primerísimos planos de nuestra diva preferida.


Esta mujer lleva la música en la sangre. A diferencia de muchos artistas del rock, que están publicando vídeos grabados en Zoom con multipantalla o produciendo otros con técnicas de animación, como Sheryl Crow, Samantha permanece callada, seguramente descansando, reflexionando y componiendo nuevas canciones. Está en su querida ciudad de Kansas y prepara su vuelta a los conciertos, si el Covid lo permite, para el próximo día 8 de octubre en la sala Knuckleheads (cabezas huecas) de Kansas City. Como no mejoren las cosas, tendrá que retrasarlo otra vez y dejarlo ya para después de las elecciones. Pero de momento, este es el cartel anunciador del evento, que ya está a la vista en todos los colmados y centros comerciales de la ciudad.


Los americanos llevan cinco meses confinados (nosotros, seis) y no ven la salida cerca. En una interesante entrevista (por Zoom) que se publica en El País, el escritor negro Colson Whitehead (curioso esto de que un negro se apellide cabeza blanca), ganador de dos Pulitzer seguidos por sus dos últimas novelas, reflexiona sobre esto del encierro. Él lo está pasando en Nueva York y lo lleva bien, es una fase más de la vida, dice, que se puede aprovechar para cosas como escribir una novela, o hacer la tesis, trabajos que serían más difíciles de afrontar en otras circunstancias. No pierde de vista la importancia de las próximas elecciones, dice que cuatro años más de Trump serían una verdadera catástrofe para su país. Pero lo que más me interesa: preguntado sobre cómo hacer para no desanimarse en esta situación tan anómala, viene a decir que no podemos perder tiempo con lamentos ni caer en la autocompasión.

Que ahora mismo hay mucho trabajo para conseguir que la gente no tenga impedimentos para votar libremente (ya saben los intentos de Trump de evitar el voto por correo). Que, una vez que se consiga (en su caso) elegir un presidente mejor que Trump, habrá que ocuparse del virus, la devastación económica, la atención a las vidas destrozadas, la lucha contra el racismo. Y, suponiendo que avancemos en eso, habrá que volver a pensar en el medio ambiente. Así que, concluye, estamos jodidos. Pero hay que seguir en la lucha. Como dice Arundhati Roy: somos hormigas cruzando una autopista y tenemos que seguir adelante como podamos, es nuestra obligación.

Y nos queda confiar en la ciencia. Hoy las ciencias (verdaderamente) adelantan, que es una barbaridad. Les pongo unos ejemplos. Me cuenta un amigo que están probando una nueva quimioterapia experimental contra algunos tipos de cáncer, como el de pulmón. El producto, que se ingiere por boca, potencia de forma increíble a los leucocitos. Los leucocitos ya son de por sí unos hijos de puta, que devoran elementos patógenos, células cancerígenas o lo que les pongan por delante. Pero este producto los hace todavía más malvados: ya ni siquiera tienen que devorar a las células cancerígenas, sencillamente, las convencen de que se suiciden. Algo así como cuando a Woody Allen le pisaban las gafas cada vez que metía la pata (en Toma el dinero y corre) y en la última escena de la película, directamente se da cuenta de que la ha vuelto a cagar y él mismo tira las gafas al suelo y se las pisa. Parece que el tratamiento está resultando muy efectivo, sólo hay que vigilarlo de cerca para que los leucocitos no extiendan su poder de convicción a las células sanas.

Otro caso. Como saben, tengo una jungla en mi terraza, en la que hay abundante fauna: mariposas, mosquitos (espero que no del Nilo), abejas, avispas, moscas y dípteros diversos. Las salamanquesas están eufóricas, todo el día de fiesta, después de las privaciones que han sufrido durante años. Pues entre los organismos que han aparecido por ahí, ya les conté que estaban unos bichos repulsivos, con pinta de mini tartaletas de nata y fresa con merengue. Les he dado duro con diversos insecticidas, y nada. Busco información en Internet y me aclaran que se trata de la cochinilla acanalada. Es una plaga muy difícil de erradicar con insecticidas. Lo único que acaba con ella es un depredador natural que se llama el rodolia cardinalis, una especie de mariquita, que se las come una a una. A veces aparece espontáneamente, si no, se puede comprar. Por ahora no he visto ninguna en mi jungla terracera, pero no desespero. Y no hay que perder la esperanza de que, por medio de la manipulación genética, se consiga crear un bicho que las convenza de suicidarse.

Con esto del encierro hemos descubierto cosas que desconocíamos, ya ven que en mi propia terraza se está librando una guerra biológica de la hostia. En Galicia hace años que se lucha a brazo partido contra la vespa velutina, esa avispa asiática asesina que se come a las abejas y que construye unos nidos gigantes, hasta de 90 centímetros, duros como de piedra y con un solo agujero de acceso. La Xunta tiene un servicio de lucha contra la velutina, al que se puede avisar cuando se descubre uno de esos nidos. Acuden siempre de noche, porque las avispas se recogen a la caída del sol para dormir. Les enchufan por el agujero un gas tóxico (espero que no sea gas mostaza) y lo tapan fuertemente con arcilla. No queda ni una. Es una guerra sin cuartel, que de momento vamos perdiendo. También aquí habría que encontrar algún insecto que las convenciera de suicidarse. Vean al paisano sosteniendo un nido desmontado y con la superficie seccionada con un machete para mostrar la estructura interior.


Acojonante. Y, ya que estamos por mi tierra, pues creo que algo tendré que decir del Dépor, que ha dado con sus huesos en la Segunda B, antiguamente llamada Tercera División. Durante más de un mes el club se ha embarcado en una guerra temeraria, para recuperar en los despachos lo que perdió en el campo. A cuatro jornadas del final estaba prácticamente a salvo del descenso. Pero a los jugadores y entrenador les entró la cagalera, jugaron fatal y perdieron los tres partidos penúltimos. En la última jornada no pudieron jugar, porque el Fuenlabrada, su contrincante, se presentó en La Coruña con 28 positivos por Covid. El presidente de la Liga Javier Tebas decidió que se jugaran todos los partidos menos ese, alterando la norma de que todos los encuentros de la última jornada se jueguen a la vez. Un asunto lamentable.

Debo decir que el descenso se lo han ganado en el césped a pulso. Los jugadores de que se disponía eran todos muy malos, auténticos fichajes del feirón. Hace unos años pasó por el club el peor jugador de fútbol que he visto nunca en un campo. Era brasileño y se llamaba Evaldo. Yo me divertía en los partidos observando lo mal que se posicionaba en el campo, su nulo sentido táctico, lo absurdo de sus evoluciones con y sin balón. Pues este año, el equipo salía cada domingo al campo con 11 evaldos. Tienen que echarlos a todos, yo creo que no sirven ni siquiera para Segunda B. La lucha por evitar el descenso en los despachos seguirá ahora en los tribunales ordinarios, pero estos ya se sabe que no resuelven antes de tres o cuatro años. El Dépor sostiene que el Fuenlabrada se merece el descenso administrativo por haberse desplazado a Coruña sabiendo que portaban un brote y poniendo en peligro la salud de toda una ciudad. Y que la Liga autorizó el viaje porque el hijo de Tebas es el consejero jurídico del Fuenlabrote, como le llaman ya por allí.

Tebas es un gángster de estirpe velutina, que está devorando a las abejas de nuestro fútbol. Ha logrado salvar económicamente la competición, con el sistema de que sólo se juegue un partido a la vez y las televisiones no den ningún encuentro en abierto. Pero eso es pan para hoy y hambre para mañana. Yo no estoy dispuesto a pagar por ver un partido por la tele, es una cuestión cultural y generacional. Y conozco a mucha gente que está en la misma posición. Al fútbol hay que sostenerlo como competición y como espectáculo en el campo, como hacen en Alemania e Inglaterra. Si no hay espectadores, el fútbol irá languideciendo, como los toros, porque la gente joven ya no se interesa mucho por el tema. El Dépor se ha arrogado el papel de depredador natural de gangsters velutinos y creo que lo lleva crudo, a menos que encuentre la fórmula de convencerlos para que se suiciden. De momento, sus esfuerzos con los organismos de la justicia deportiva han sido un fracaso. Pero lo que no tenemos que hacer es caer en el victimismo, como suele hacer el Barcelona.

Si dentro de cuatro años se gana el juicio, lo único que lograremos será, en el mejor de los casos, una indemnización económica. O sea que nos toca pasar el purgatorio de la Segunda b, al menos un año, y mejor que nos vayamos haciendo a la idea. Hay que formar un equipo con gente de la cantera y futbolistas que sirvan para esa categoría. Yo tengo confianza plena en que volveremos. El club se sostiene sobre dos pilares sólidos. Una afición superior en número a la de muchos clubes de primera. Y el apoyo económico de la entidad Abanca, que es el accionista mayoritario. Sólo hay que despedir a todos los evaldos, hacer un buen equipo y tener paciencia. En base a esa confianza, ya les anuncio que he procedido a duplicar mi paquete de acciones del club, posibilidad que tenía abierta hasta el 4 de septiembre, dentro del proceso de ampliación de capital en curso, que tutela Abanca.

Yo voy a seguir siendo del Dépor, porque eso es algo que se lleva en la sangre, como Samantha el blues. Y estoy dispuesto a seguir apoyando y peleando. Vale, lo primero es que se vaya Trump, después hay que seguir con la guerra biológica hasta que consigamos cagarnos en el virus. Y entonces ocuparnos de levantar la situación económica, ayudar a las familias rotas o depauperadas por el virus y la crisis,  acabar con el racismo, trabajar contra las diversas desigualdades del mundo y finalmente cuidar el medio ambiente. Un trabajo ingente. Pero no por eso debemos olvidar al Dépor (o al equipo de cada uno). Estamos bien jodidos, dice Colson Whitehead. Somos hormigas cruzando una autopista, añade Arundhati Roy. Así que mucho ánimo y a por ellos-oé-oé-oé. A los del Dépor nos toca ahora sentir el blues. Y para salir de esa morriña, la mejor receta es la que nos proporcionan el gran Jon Cleary y su banda de caballeros absolutamente monstruosos. Cuídense.