Bueno, aquí me tiene reincorporado
a la rutina laboral. El lunes llegué a la hora, pasé mi tarjeta de fichar por
el lector de códigos y los tornos se abrieron para mí. Era el 19 de septiembre,
siete meses justos tras mi accidente en el Metro. Mi sensación en ese momento
fue que el 19 de febrero, día de mi 65 cumpleaños, salí de mi casa en dirección
al trabajo, con mi bolsita de chocolates Cadbury y me había costado siete meses
llegar a mi destino. Por ahora las cosas van bien. Me sorprende lo largas que
son las mañanas y lo que cunden. Y hay algunas novedades positivas. Tengo
despacho propio. A mi horario le han quitado la media hora extra que nos
impusieron en el marco de los recortes de Rajoy, que no servía para nada pero
daba por culo, como he explicado mil veces. Por ejemplo, si ahora llego un día
a las 8.15, me puedo ir a casa a las 15.15, una hora civilizada. También nos
han devuelto la reducción horaria veraniega durante tres meses, aunque yo no la
disfrutaré hasta el año que viene. Dicho esto, continúo con el relato de mis aventuras
petersburguesas, que tengo a medio
contar.
El jueves 14, como ya sabía que
hasta las 10 no empezaban las conferencias, me quedé remoloneando en la cama y no bajé a desayunar hasta las 9.30. Mi sorpresa fue que en la breakfast
room me encontré a la mayor parte de mis colegas: los canadienses con sus señoras,
Evasio el italiano también con señora, los dos de Singapur, mi amigo japonés
Kishii y hasta los dos vieneses, que desayunaban juntos con su gesto tétrico.
Todos habían tenido la misma idea. Por cierto, al mayor de los dos vieneses, el
calvo, ya no lo volví a ver más, yo creo que se volvió a su país después de
desayunar. Este segundo día era en formato panel,
es decir, que había tres series simultáneas de speakers, cada una en una pequeña sala, equipada con traducción
simultánea, pero sin la solemnidad del salón de actos. Los conferenciantes de
los panels contaban sólo con 15
minutos. Menos mal que a mí me catalogaron de keynote speaker; yo con 15 minutos no tengo ni para empezar.
Elegí el panel 1, siguiendo la sugerencia del israelí de los cementerios
subterráneos y me encontré que todos mis amigos del día anterior habían hecho
la misma elección, tal vez era el más interesante. Prescindo de contarles todas
las intervenciones y me centraré en cuatro de ellas. El moderador y primer
interviniente, era un ruso de aire respetable, satisfecho de su propia
respetabilidad, completamente rapado y con una papada digna de Manuel Azaña. Se
llama Vladimir Korotaev y en el programa figuraba como meritorious architect of Russia. Estaba allí sentado el primero,
enfundado en un traje gris impecable, con una pierna cruzada sobre la otra y
mostrando una cierta impaciencia por empezar, trufada de miradas irritadas a
los que seguían entrando retrasados, como yo.
Localicé a mi amigo de Hong Kong,
Ian Li Kam Wa, me senté a su lado y me puse los auriculares de la traducción
simultánea. A mi otro lado llegó el japonés Kishii Takayuki y Korotaev lo
fulminó con una mirada glacial, antes de decir en inglés que empezaba ya,
porque estábamos perdiendo un tiempo precioso. Vladimir Korotaev hizo una
presentación magnífica, en un ruso sonoro y grave, con imágenes de operaciones
en Moscú, sobre todo, pero también en otras
partes del mundo, entre ellas una larga mención a Madrid Río, que
presentó como ejemplo de buen resultado urbano. Creo que la traductora no
conseguía transmitir la complejidad de los razonamientos de este señor, sobre
todos los aspectos del urbanismo subterráneo.
Aspectos legales y normativos,
inserción en el planeamiento urbanístico, retos técnicos, resolución de los
temas de seguridad y otros. Korotaev no duda de que la ciudadanía ha de ser
consultada y que la administración ha de controlar el diseño del espacio
recuperado en superficie, pero (pregunta clave) ¿debe la administración
financiar estas operaciones? Lo de los aspectos normativos es curioso. En
España, todo el espacio subterráneo que queda debajo de un edificio se
considera parte de la propiedad del inmueble. Pero el número de plantas que se
permite construir hacia abajo suele estar limitado a cuatro. En cambio, en
Rusia tú puedes construir todo lo que quieras, pero a partir de 5 metros de profundidad es
propiedad pública. Si quieres profundizar más
de 5 metros ,
has de pagar por ello a la administración titular.
Cuando terminó, me acerqué a
felicitarle y le di las gracias por mencionar el proyecto de Madrid (ya es raro
que un tipo de tan lejos sepa algo de una ciudad española que no sea
Barcelona). Hablamos un rato (maneja un inglés excelente) y me dio una tarjeta
suya, en la que se lee: Vladimir Korotaev, Meritorious Architect of Russia.
Debe de ser un nivel honorífico que se concede oficialmente. Korotaev siguió
como moderador muy pendiente de los tiempos de cada speaker. Entre los oradores, el bueno de Evasio Lavagno. Este
caballero italiano entrado en años, tenía su presentación escrita en imágenes
sucesivas y se limitaba a leer lo que salía en la pantalla. Cuando terminaba de
leer una imagen, pasaba a la siguiente y también la leía. No añadía ni quitaba
nada. Hacía años que no veía una conferencia así, propia de los primeros
usuarios de power point, que no dominaban este medio. El resultado para el
oyente es soporífero. No obstante, al final le felicité, porque me cae bien y
me suscita una cierta ternura. Espero que no me creciera mucho la nariz.
También intervino el gran Raschid
Mangushev, que desarrolló con su voz tronante y su talante apasionado una
presentación llena de imágenes de obras desmesuradas, con enormes máquinas
trabajando. Se iba a la pantalla a señalar algo con el dedo y su voz se seguía
oyendo sin micrófono, apoyada por gestos expresivos de sus manazas, que
parecían emular el trabajo de las excavadoras. Y, finalmente, el israelí Arik
Glazer, con su pinta de comercial de empresa de pompas fúnebres, salió a la
palestra a contar su historia. Este tétrico personaje, trabaja para una empresa
privada que ahora mismo está construyendo un enorme cementerio subterráneo en
Jerusalén, donde parece que ya no tienen sitio libre para honrar a sus muertos.
Además, se ve que les sobra el dinero, porque la obra es muy cara.
Y ahora sé que me abordó después
de mi speach, de forma totalmente
interesada, para intentar venderle el invento a la ciudad de Madrid, porque ya
me ha escrito diciéndome que quiere venir aquí a hablar conmigo y con algún
responsable de cementerios. Estamos nosotros como para endeudarnos otra vez con
semejante idiotez, con la cantidad de suelo libre que hay por La Mancha adelante. Ya veré
cómo me lo quito de encima. Por lo demás, la presentación le salió fatal,
porque le fallaron los medios, era el último y tal vez el aparato se había
recalentado, porque las imágenes cambiaban solas a toda velocidad, adelante y
atrás, sin que él tocara nada. Tal vez eran máquinas inteligentes y le
boicotearon adrede. El tipo mostró su fastidio con gestos bastante
desagradables: él estaba por encima de estas minucias.
Svetlana andaba por allí todo el
tiempo, atenta a todos los detalles del congreso. Svetlana se mueve siempre
corriendo de lado a lado con sus pasitos cortos y llevando unas cuantas
carpetas sujetas contra su pecho. A veces ha de pasar por delante del
conferenciante de turno y entonces corre agachadita para no estorbar la
proyección, como un gorrión estremecido. En una de esas pasadas, me encontró y
me dijo que la visita al Ermitage, que yo había pedido y pagado, era a las 12.
Me llevé una alegría, porque así me libraba del resto de panels del día, ya había tenido bastante con el primero. Así que,
después del break coffee, me fui a la
recepción. Y allí estaban otra vez todos: los dos matrimonios canadienses y el
italiano, mi amigo Kishii y hasta el triste austriaco joven, ya liberado de su
cenizo compañero el calvo.
Repetimos con Natasha de guía,
que nos enseñó el edificio principal del museo a lo largo de 2 horas,
seleccionando los cuadros a su gusto. Allí hay de todo: Goya, Velázquez,
Murillo. Los italianos: Fra Angélico, Botticelli, Leonardo. Una sala entera de
Rembrandt. El Ermitage es la segunda colección de cuadros más extensa del
mundo, después de la del Louvre. El edificio es precioso, puesto que se trata
nada más y nada menos que del famoso Palacio de Invierno, el que asaltaron los
bolcheviques al mando de Lenin y Trotsky en la Revolución de octubre de 1917,
obligando a salir por piernas a Kerensky, que a su vez había echado a los zares
en febrero de ese año. El palacio, perfectamente restaurado, está también
entonado en blanco, añil y oro. La pena es que no vimos la colección de arte
moderno, impresionismo incluido, que está localizada al otro lado de la gran
plaza donde estaba la concentración de camiones rojos.
Natasha es una mujer feliz, está
siempre sonriente, hace bromas todo el rato, que ella misma celebra con sonoras
carcajadas con su voz potente, lo que no le impide estar muy pendiente del
grupo que pastorea. El bueno de Evasio estaba bastante despistado, flotaba en
el museo entre la inevitable masa de chinos ruidosos e invasivos y se quedaba
retrasado, absorto en algún cuadro. Un par de veces me quedé en un recodo para
levantar una mano e indicarle por dónde había seguido el grupo. Al final,
salimos a la calle por la fachada trasera, junto a la orilla del Neva. Natasha
hizo recuento y faltaba uno. Salió corriendo hacia adentro a buscarlo. La
esperamos un buen rato. Todos estábamos preocupados por Evasio, menos su señora,
que estaba impasible. Seguro que se había visto más veces en similar tesitura.
Cuando llegaron, Evasio le echó una sonora bronca en italiano a su mujer, que
ni se inmutó: Che cosa succede? Tu dici:
andiamo vedere queste rivistine, riesco a guardare le rivistine e poi, non eri
più.
Me senté adelante con Natasha en
el autobús de vuelta y hablamos de varias cosas. Me contó que trabaja para una
empresa dedicada al turismo, con la que habían contactado los del congreso. Al
día siguiente no nos acompañaría, porque libraba. Ahora venía con nosotros al
hotel para liquidar lo que le debían. Le di las gracias por toda su atención
con nosotros y dije que al día siguiente echaríamos de menos sus informaciones,
sus risas y su alegría. Me contestó que la que la iba a sustituir era también
muy buena. Al bajar del bus, le propuse que nos hiciéramos un selfie juntos y dijo ¿por qué no? Le di
dos besos de despedida y, cuando se iba, le grité desde atrás: ¡keep being as you are! Sin volverse,
respondió: I will.
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