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martes, 4 de enero de 2022

1.112. Pónganle un poco de salsón

Nada, aquí estamos de nuevo, terminando ya la travesía de las navidades, a falta sólo del último puerto de la ruta, la ya descafeinada Fiesta de Reyes, que ha perdido la guerra con Papá Noel, conservando únicamente la sana costumbre del roscón (tal vez me dé un repente y me acerque a La Duquesita, en la calle Fernando VI, a comprar uno de los buenos). Hoy a mediodía he llevado a mis hijos al aeropuerto, de vuelta a sus hogares franceses tras estar por aquí con más o menos continuidad desde el 15 de diciembre y ya tengo la casa para mí. Afrontamos pues estos días, los más fríos del año según las estadísticas, si bien el arranque del año ha sido moderadamente templado de momento. En este primer post del año, nos enfrentamos a diversas incertidumbres, empezando por la propia permanencia del Covid, que pronto iniciará su tercer año de coñazo y a mí me tiene con la duda de si finalmente podré ir a París a ver a Samantha Fish o no.

La incertidumbre es una de las características intrínsecas de este tiempo líquido y azaroso que nos ha tocado vivir. Por ejemplo, en otro orden de cosas, hasta hace muy poco los USA eran el guardián del mundo: si un país se ponía farruco, le mandaban rápidamente los marines y santas pascuas. Ese statu quo se quebró ligeramente en Vietnam, pero más o menos seguía funcionando hasta el año pasado. Pero, tras la vergonzante retirada de Afganistán, nada se puede esperar ya de los yanquis, sin recursos para oponerse a China, el nuevo gigante geoestratégico, a cuyo rebufo se apunta el señor Putin para rescatar del olvido los viejos sueños imperiales soviéticos que tanto añoran algunos rusos, sobre todo ancianos, inmersos en una invencible nostalgia del pasado glorioso.

Pero los rusos son un actor secundario en esta película. Los que verdaderamente mandan son los chinos ya. Esta es una guerra que tienen ganada. Igual que la guerra de las mujeres, que ya nos han vencido en todos los terrenos, porque han ganado la batalla del relato. En los últimos posts del año pasado les puse diversos ejemplos de mujeres que dominan sus campos respectivos con una soltura pasmosa. Pero es que, si ya sumamos a la condición de mujer, el atributo de china, estamos ante casos directamente portentosos. ¿Han oído hablar de la pianista china Yuja Wang? Pues el arte de Khatia Buniatishvili palidece ante el virtuosismo de esta joven intérprete china de la que les empiezo poniendo una foto, para que vean que encima es guapísima. 

Yuja es una niña prodigio, que empezó a dar conciertos a los nueve años (ahora tiene treinta y pocos). Y les voy a pedir que vean un vídeo suyo para que comprueben que no exagero. Ella sola se lanza a interpretar la famosa toccata de Prokofiev y lo hace sin partitura ni nada, la tiene toda en la cabeza. Los músicos de la orquesta la observan admirados. Y no dejen de fijarse en la simpatía que derrocha y en su forma de saludar, como si tuviera una bisagra en los riñones. Si hago yo una reverencia como esa, a pesar de mi yoga y mi running, me quedaría seguramente doblado de por vida, como aquellos viejos agricultores de los que se comentaba: es que le dio un viento y ya se quedó así. Pónganse la pantalla grande para ver este portento. De verdad, merece la pena.

En fin: impresionante. Lo dicho: las mujeres y los chinos son invencibles ya. Es este un vídeo para empezar el año bien tonificados. La situación del mundo es incierta, como les decía. La nueva variante Ómicron, parece producir patologías más leves, pero tiene una capacidad infectiva extraordinaria. Y su expansión puede ser igual de dañina que las anteriores variantes porque, si infecta cinco veces más que la Delta, aunque sea cinco veces menos dañina, acabará por colapsar las UCIs y los hospitales. Vean un gráfico de hoy mismo que yo creo que es muy ilustrativo. Comparen las curvas de infectados, ingresados, pacientes en UCI y muertos. Las curvas son muy expresivas, los contagios se han disparado, mientras que el reflejo en las otras tres gráficas es mucho menos acusado que el de las anteriores olas.

En cualquier caso, esto no son más que estadísticas. Ahora hay menos muertos, pero al que le toca le da igual que las estadísticas sean mejores. Así que hagan el favor de cuidarse y ser prudentes, que esto no se ha acabado todavía, aunque muchos hagan como si. Pero, sin perder esto de vista, no debemos olvidar que estamos en un mundo desigual, injusto y muy cabrón y que hemos de estar bien informados al respecto y ayudar en lo que podamos, cada uno en la medida de sus posibilidades y su conciencia solidaria. Por ejemplo, mi admirado José Ovejero ha despedido el año con un post que me parece muy bueno y muy oportuno, en el que habla del vergonzante tema de los paraísos fiscales. Este es un señor muy ventilado, que durante años vivió en Bruselas, como traductor del Parlamento Europeo (allí fue donde yo lo conocí, como ya he contado), así que tiene información de primera mano. Para leer ese texto han de pinchar AQUÍ.

Al lado de temas como estos, qué pequeñito resulta el señor Almeida y la tontería que ha dicho sobre Almudena Grandes y que le ha valido que el viudo de la escritora y actual director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, lo haya calificado acertadamente de mezquino. Es que con esas declaraciones ha demostrado ser muy tonto, porque vale que lo pienses así, pero, coño, cállate. Ya sabíamos que era pequeñito y feo. Ahora hay que añadir que es tonto. Recapitulemos, porque el tema de los presupuestos municipales madrileños es interesante y tiene mucha enjundia. Hace unos meses, se planteó el tema de qué hacer con Madrid Central, tal como se reseñó en detalle en el blog. El plan estaba recurrido por el PP cuando estaba en la oposición, y la Justicia, tiene cojones, lo anuló porque le faltaban unas pólizas, sin siquiera entrar en el fondo. No sólo eso sino que envió una providencia al Ayuntamiento recordando que la sentencia era para cumplirla y que, si el 15 de septiembre no estaba anulado Madrid Central, incurrirían en desacato.

Dejando a un lado ese acoso que yo calificaría de bullying judicial, Almeida se vio en un apuro que pretendió solventar aprobando a la carrera una Ordenanza de Movilidad que prácticamente dejaba igual Madrid Central (con una hora más para las motos y regularizando la posibilidad de que entraran los comerciantes, que ya antes estaban entrando con diferentes trucos y artimañas más o menos legales). Fueron a aprobar esa ordenanza y ahí apareció Vox diciendo que votaría en contra, porque el PP se había comprometido a anular Madrid Central y esta ordenanza lo mantenía vivo (cierto). A ellos se les sumó la izquierda de la fraCasada Rita Maestre y el inexistente PSOE del desaparecido Pepu. Estos votarían en contra porque la ordenanza se cargaba Madrid Central (falso).

Si la votación hubiera salido así, Madrid Central se habría anulado y en mi barrio entrarían hasta los camiones, que es lo que quiere Vox, ya saben: libertad-libertad-libertad. La izquierda y el PSOE lo que querían es desgastar al gobierno de Almeida, sin importarle nada el bienestar y la salud respiratoria de los ciudadanos del centro urbano, en una estrategia idéntica de la del fraCasado contra Sanchez. De ahí el mote que le he asignado a la señora Maestre, que, en un alarde de demagogia, cifra en 15.000 el número de comerciantes del centro (cierto), cuenta que cada uno tiene derecho a inscribir tres coches, obviando el hecho de que no puede conducir los tres a la vez, lo que le da 45.000 nuevos coches que entran al centro y, ya puestos a arrimar el ascua a su sardina, redondea al alza elevando la cifra a 50.000 vehículos que entran en Madrid Central ¡todos los días! Los que vivimos aquí comprobamos cada día que esos 50.000 coches brillan por su ausencia, pero estamos ante un ejemplo de libro de crear una noticia falsa y que luego se dé por hecho que es cierta.

Entonces, en la votación final, Almeida recibió el apoyo de los cuatro concejales carmenistas escindidos de Más Madrid, a los que la prensa de izquierda (que ha comprado el relato de los 50.000 coches de más) califica de traidores, tránsfugas, díscolos y pedorros. Estos señores, que se hacen llamar Recupera Madrid, verificaron que la ordenanza suponía de facto el mantenimiento de Madrid Central con unos mínimos retoques y votaron a favor salvándonos a los vecinos de la tropelía que pretendía Vox, en pinza con Más Madrid y PSOE. Todo esto ya se contó en el blog. Pero la historia continúa. Porque, a cuenta de esto, Vox se ha cogido un cabreo monumental y se ha propuesto torpedear a Almeida, al que acusa de hacer una política comunista (sic) por haber salvado Madrid Central.

Y llegó el momento de aprobar los presupuestos 2022. Almeida fue a mendigar el voto de Vox, pero este grupo le anunció que se opondría, sin siquiera leerlos (les va sonando, esto es lo que hace el fraCasado con la reforma laboral de Yolanda). A Ortega Smith aún no se le había pasado el berrinche. Con el rabo entre las piernas, Almeida fue a ver a los de Recupera Madrid y estos le pusieron unas condiciones para dar su apoyo. De entrada, Almudena Grandes tenía que ser nombrada hija predilecta de la ciudad. Eso para empezar a hablar. Esto tiene también su historia. Porque Almudena es una seña de identidad del madrileñismo y de una forma de ser de izquierdas sin casarse con nadie. Pero es además una gran escritora que ha publicado muchas novelas, algunas buenísimas, y en conjunto una obra monumental, de raíz galdosiana, que se desarrolla toda ella en nuestra ciudad.

Ante su muerte, se votó en el Ayuntamiento que le dedicaran una calle, y salió que sí, y que se la declarase hija predilecta de la ciudad y salió que no. Votaron en contra PP, Vox y los mamporreros de Ciudadanos. He dicho mamporreros con toda propiedad, porque en este negocio la polla la ponen PP y Vox, mientras que Ciudadanos únicamente se ocupa de aguantarla en alto y cuidar que entre en el agujero pertinente. Le preguntaron a García Montero qué opinaba de esto y dijo que estaba muy agradecido por la calle y que prefería no comentar lo otro. El gran Fernando Aramburu, compañero de editorial de Grandes y bastante amigo, le dedicó una preciosa necrológica en El País, llena de cariño y ternura, se nota que estaba muy afectado por su muerte. Y, con su singular prosa, terminaba su artículo con la siguiente frase: He oído que el Ayuntamiento le ha denegado a Almudena el título de hija predilecta, hace falta ser tarugos.       

Bien, pues los de Recupera Madrid, dijeron que en este tema el Alcalde debía decir Diego donde había dicho digo, para que empezaran a hablar de los presupuestos. Esto es una cosa puramente simbólica, pero que a mí me parece bien. Porque, además, en la negociación le sacaron al equipo de gobierno una serie de cesiones bastante más sustanciosas. Por ejemplo, que el centro de salud de mi barrio, que está en un sótano infecto, se traslade al edificio donde estuvieron los okupas de La Ingobernable, que Almeida se apresuró a desahuciar en cuanto tomó posesión. O por ejemplo, que se aumente la dotación presupuestaria para diversas actividades culturales y sociales de Madrid.

Ya he dicho que estos cuatro de Recupera Madrid son amigos míos. No obstante, cuando se escindieron de Más Madrid, mostré en el blog mi consternación por la manía de la izquierda de subdividirse continuamente como amebas. Y pronostiqué que más adelante se dividirían en otros dos grupúsculos: Recu y Pera. Pues ha sucedido. Porque uno de los cuatro, Felipe Llamas, abrumado por el mal rollo que le produce apoyar los presupuestos de Almeida, ha dimitido y deja su acta de concejal. Conozco a Felipe, es un tipo muy colega, al que no es infrecuente encontrar tomando cañas por las terrazas de Lavapies y entiendo perfectamente que se haya largado de la política asqueado. A veces uno tiene que salvaguardar su imagen ante los colegas y ante sí mismo.

Pero con los tres votos restantes, Almeida tenía bastante para sacar adelante los presupuestos. Yo estaba contento con eso; precisamente lo que le reclamamos a los políticos es que negocien entre sus programas y sus objetivos y lleguen a acuerdos. No que digan que van a votar que no, sin leer lo que se va a votar. Almeida hubiera quedado muy bien y hasta García Montero declaró que antes no había querido hacer comentarios, pero ahora daba las gracias al alcalde por el nombramiento de Almudena como hija predilecta. Todo estaba bien. Pero Almeida no ha sido capaz de mantenerse callado. Y ha salido diciendo que Almudena no se merece ese título, pero que ha tenido que ceder ante la izquierda de Recupera Madrid, porque era muy importante sacar adelante los presupuestos, que son buenos para Madrid.

Conociendo un poco al personaje, me cuesta creer que cometa un error de ese calibre. Yo creo que es algo que le han dicho que diga, desde la camarilla del fraCasado. Ese punto chulesco tiene el toque del campeón mundial de lanzamiento de güitos de aceituna, lo que Cayetana llama la teodorocracia. Una estrategia nefasta, que trata de atraer a Vox y lo que hace es engordarlo y que cada vez tenga más votos, porque toda la caverna sabe ya que Abascal es menos tonto que el fraCasado. Esta es, por supuesto, mi interpretación de lo sucedido y respeto a los que tengan otras. Esta vez, García Montero no se pudo callar y dijo que el comentario del Alcalde era muy mezquino. Estoy de acuerdo. Almeida se ha dejado muchos puntos por esta tontería final.

Como ven, hay muchos temas que comentar en este inicio de año que tiene pinta de ser apasionante. Yo tengo algunos amigos del tipo cenizo y negativo que miran el año con una pereza invencible: ¡ay! que todavía nos quedan 361 días de calvario, con el Covid y la crisis económica. Ya les he dicho que conmigo no cuenten para ese discurso lúgubre y victimista. Lo que pasa es que a la vida hay que ponerle interés y esforzarse un poco. Y es importante ponerle un poco de salsón, como la gran Celia Cruz. Es principio de año y no viene mal empezarlo bailando. Así que súbanle el volumen y ¡a bailar! Y sean buenos, por supuesto.

jueves, 19 de agosto de 2021

1.077. Carcamales insignes

Vaya, mira que son retorcidos algunos de mis seguidores, más de uno ha unido mi mensaje final del último post, en el que les pedía que no olviden llevar unas rosas a mi tumba, con el hecho cierto de que me acabo de hacer una analítica de cuyo resultado no he contado nada en el blog a pesar de que, obviamente, lo conozco desde hace días. De ambas circunstancias deducen estos desconfiados que me pasa algo grave, o no tan grave, por lo que se preocupan y me mandan mensajes indagatorios. A ver: la analítica ha dado buen resultado, pero esto es sólo una primera parte del chequeo que me estoy haciendo y que no pienso contar minuciosamente, porque aquí, se lo crean o no, sólo se cuentan cosas que tengan algún aspecto o matiz por el que merezcan ser contadas en el blog. Por eso relaté mi salida nocturna a buscar una farmacia de guardia para que me dieran un recipiente para la orina.

En los tiempos que corren, con 70 años uno puede seguir estando muy bien y pasárselo pipa. En el post anterior, hablábamos de Keith Richards. Con 77 años se mantiene en forma, con su sentido del humor de siempre. Hace pocos días nos regaló otra de sus típicas muestras de humor negro, cuando le dijo a un periodista que le entrevistaba que le sigue encantando el sexo, que a su edad le resulta todavía más excitante, porque no sabe si va a terminar con un orgasmo o con un infarto. Genio y figura. Los Stones están preparando gira por los Estados Unidos, pendientes de cómo vaya la pandemia, pero ya han anunciado que tendrán que buscar un suplente para la batería, porque Charlie Watts acaba de pasar una operación quirúrgica para solucionar un problema leve que le fue detectado en un chequeo como el que yo me estoy haciendo, operación de la que se está recuperando satisfactoriamente. Por si no lo saben, el gran Charlie Watts tiene nada menos que 80 años.

No hace mucho les hablé de Clint Eastwood que, con 91 años, está a punto de estrenar su nueva película que se llama Cry Macho, de la que es director y protagonista. Ya saben cuál es el secreto de este hombre, que no ha dejado de trabajar ni en pandemia: Don’t let the old man in, no dejen entrar al viejo en su alma. Sigan teniendo el ánimo de un joven. Eso es lo que yo pretendo, convertirme como estos personajes que son mis referentes en un insigne carcamal, al que sus propios hijos le dicen que funciona como un quinceañero (sic). Otro de mis referentes es, como ya he contado, Arnold Swarzenegger, que en estos días se ha cansado de llamar idiotas a los que no se vacunan o no quieren llevar mascarilla. ¡A la mierda vuestra libertad! les ha dicho. Aquí abajo les pongo el vídeo. Por cierto, el Papa Francisco, otro ilustre carcamal, ha pedido a los católicos que se vacunen como un acto de amor. Como ven, todos los carcamales estamos en línea, cada uno a su manera. 

Tiene razón Schwarzenegger, es cabreante que haya gente que no le haga caso a los expertos, a los sabios en cada materia, y en cambio se traguen toda la bazofia que les llega por las redes o lo que les cuenta el cuñao de turno en un bar cualquiera. Pero de esto ya se ha hablado bastante en posts anteriores y yo hoy quiero centrarme en esto de los carcamales que siguen dando guerra a su edad, en vez de estar todo el día tristes y hundirse en la autocompasión, como hacen algunos. La clave de todo está en la cabeza. No puede uno desanimarse, porque entonces se las dan todas en el mismo papo. Desde luego, lo de Afganistán es un desastre de unas dimensiones que aun no acabamos de ver (ya hablaremos otro día de esto, menos en caliente) y el terremoto de Haití y todo lo demás, sin olvidar el puto virus que sigue chuleándonos desde hace año y medio, sin que se vea todavía el fin.

Antes de la pandemia, mi mayor ilusión era viajar por el mundo adelante, visitando a mis amigos y amigas de todas las ciudades en donde tengo algún contacto. ¿Que no puedo viajar? Pues a joderse y a viajar por dentro de mi casa, como el autor de un famoso libro ya comentado en el blog. Juan Carlos Onetti no solo no salía de casa, sino que ni siquiera se levantaba de la cama. Habla Keith Richards del sexo a los 77. Hombre, uno no tiene las mismas energías ni las mismas ansiedades, pero hay un margen para disfrutar. Ya saben que el gran Compay Segundo, en una entrevista que le hicieron en el año 2000, cuando contaba 92 años, declaró que él tenía ya cinco hijos, pero que estaba intentando esforzadamente tener un sexto con su última esposa, de 40 años. No lo logró, finalmente, pero seguro que disfrutó de intentarlo. Compay murió a los 95, después de más de 80 años fumando como un carretero.

Otro al que parece que no le va mal es mi también admirado Richard Gere, cuyos andares en American Gigolo he tratado de copiar toda mi vida, como expliqué en el blog y le confesé también al podólogo que me vio hace poco, quien basó su diagnóstico en ese dato decisivo. Gere tiene 71 años y se ha buscado una esposa jovencita, para más datos originaria de Oleiros (La Coruña). Han vivido en Madrid bastantes años, discretamente radicados en la colonia Fuente del Berro, lo sé porque tengo al menos dos amigos que viven en esa colonia. Y este verano se han ido a pasar unos días a la casa de sus suegros junto a la playa de Bastiagueiro, estancia de la que se ha hecho eco toda la prensa local. Muy bien, pues este señor tiene con mi paisana dos hijos de tres y un año. No es de extrañar que se le vea tan feliz en las escasas fotos que se deja tomar la pareja, muy celosa de su privacidad. Vean un par de ellas.

Más o menos la misma cara tiene de costumbre mi amigo José Félix, arquitecto unos años mayor que yo, que tiene el estudio por aquí por el Reina Sofía y del que ya he contado que me lo encontré con una pareja bastante joven y un par de críos muy pequeños, que me presentó: este es mi nieto, de 3 años, y este es mi hijo, de 2. Al ver mi cara de asombro, la pareja mostró una sonrisa al unísono prácticamente calcada de la de Gere y su señora. ¿Adónde quiero llegar con todo esto? Pues a que disfruten, coño. Cada día que uno se despierta en su cama, sin demasiados dolores ni grandes preocupaciones, es un regalo del cielo. Aprovechémoslo, que esto no es para siempre.

Miren, esta semana en que no he tenido inglés, ni yoga el lunes, he aprovechado para intensificar mi entrenamiento, recuperando mi ritmo de una salida cada tres días. Eso me llevó a correr el lunes, después de haberlo hecho el viernes anterior. La siguiente carrera me tocaba hoy jueves, pero hoy volvía de sus cortas vacaciones mi profesora de yoga, así que se me juntaban las dos cosas. Además de la obligación de hacer un post para ustedes. Pues ningún problema. He madrugado para salir a hacer mis 6,5 kilómetros de carrera por el Retiro, luego he desayunado bien, me he duchado y me he tumbado en el sofá a empezar a escribir este post. A las 13.40 he echado a andar hacia la plaza del Conde de Barajas, he hecho mi hora y cuarto de yoga y he salido a comerme unas tapas en el Ricla, un bar mítico, que ya ha abierto también después de sus vacaciones. Luego otros veinte minutos de camino de vuelta bajo el sol, una merecida siesta y a terminar el post. Y luego cenaré moderadamente. La edad no es un obstáculo para seguir haciendo una vida activa, y si no me creen, vean esta imagen de una corredora yanqui de 103 años llegando a la meta tan contenta.



Estos días me ha llegado al Whatsapp un resumen de las recomendaciones que daba para la vejez el filósofo chino Lin Yutang. Nacido en 1895 en el suroeste de China, estudió en Shanghai y luego se consiguió una beca para estudiar en el extranjero. Vivió primero en Francia, luego en Leipzig, donde se doctoró, y finalmente en Estados Unidos, en donde sus libros se hicieron muy populares, además de desarrollar una amplia tarea como traductor de grandes obras de la literatura china al inglés. Durante muchos años vivió en Nueva York y, lógicamente, era más apreciado en Taiwan que en la China comunista. En Taiwan es precisamente donde murió, durante un viaje, y donde tiene una estatua. Podemos decir que los libros de Lin Yutang son un antecedente de los actuales manuales de autoayuda, el más famoso La importancia de vivir (1937). Las recomendaciones de Lin se basan en el sentido común y en el placer de las cosas sencillas. En concreto, estas para los mayores, es como si las hubiera escrito yo mismo, o las conociera de antes. Son la fórmula perfecta para conseguir ser un carcamal insigne. Con ellas les dejo. Disfruten de la vida.

Tú ya no tienes muchos años para vivir, y además no podrás llevarte nada cuando te vayas, por lo cual debes ser ahorrativo pero sin sacrificar tu bienestar.

Gasta el dinero que deba ser gastado, disfruta lo que deba ser disfrutado, y dona lo que te sea posible.

No te preocupes por lo que pasará cuando te hayas ido, porque cuando te vuelvas polvo, no notarás si te alaban o te critican, si te visitan al cementerio o te olvidan.

El tiempo para disfrutar la vida es este momento, y los bienes que tan difícilmente ganaste debes gozarlos.

No te preocupes mucho por tus hijos, porque ellos tendrán su propio destino y encontrarán su propio camino.

Cuida en especial a tus nietos, ámalos, consiéntelos, y también trata de disfrutarlos mientras puedas.

La vida debe tener más cosas que trabajar desde la cuna hasta la tumba.

Despiértate diariamente a disfrutar un día más de vida sin peleas con nadie ni rencores.

No esperes mucho de tus hijos.

Los hijos aunque se preocupen por sus padres, también estarán continuamente ocupados con sus trabajos, sus compromisos y con su propia vida.

Muchos hijos que no se han preocupado de sus padres, luego pelean por sus bienes aún cuando todavía estén vivos, y desearán que pronto dejes esta vida para poder heredar sus propiedades y riqueza.

Si ya tienes 65 años ó más, no intercambies tu salud por riqueza trabajando en exceso, ya que estarás cavando tu temprana sepultura.

De mil hectáreas sembradas de arroz, sólo puedes consumir 1/2 taza diaria, y de mil mansiones, sólo necesitas un espacio de 8 metros cuadrados para descansar en las noches, así que si tienes alimento y algo de dinero para tus necesidades, no necesitas más.

Trata de vivir feliz, pues solo tienes una vida.

No te compares con otros midiendo tu fama, tu dinero o tu status social, o ufanándote por ver los hijos de quiénes tienen más éxito y, en lugar de eso, reta a tus hijos a que logren felicidad, salud, gozo, y calidad de vida.

Acepta las cosas que no puedes cambiar, pues si te preocupas demasiado, puedes estropear tu salud.

Crea tu propio bienestar y encuentra tu propia felicidad, haciendo cosas que te diviertan y alegren diariamente.

Un día sin felicidad, es un día que pierdes.

Teniendo buen ánimo, la enfermedad se curará, pero teniendo un espíritu alegre, la enfermedad se curará más rápido, o nunca se acercará.

Con buen carácter, adecuado ejercicio, alimentos sanos, y un consumo razonable de vitaminas y minerales, tendrás vida saludable y placentera.

Pero sobre todo, aprende a apreciar la bondad en todo, en la familia y amigos, pues ellos te harán sentir joven, reviviendo los buenos momentos, y los pasajes interesantes de tu vida.

Dicen que, en la vida quien pierde el techo, gana las estrellas y así es.

El tiempo y las oportunidades son como el agua de un río, que nunca podrás tocarla dos veces, porque ya pasó y nunca pasará de nuevo.

Aprovecha cada minuto de tu vida y no rechaces las oportunidades de conocer el mundo y disfrutar las cosas buenas de la vida, pues es posible que nunca se te vuelvan a presentar.

Nunca te fijes en la apariencia, porque ésta cambia con el tiempo. 

No busques a la persona perfecta, porque ésta no existe.

Busca si lo deseas, a alguien que te valore como persona y, si no la hallas, disfruta tu soledad que es mucho mejor que una mala compañía.

Trata de gozar la vida que es muy corta, disfrutando la familia y los amigos, pues te irás tarde ó temprano de este mundo, y nadie te dará las gracias.

Que la salud y el bienestar te acompañen siempre.


martes, 30 de marzo de 2021

1.036. Need you more

Bien,  el sábado cambiaron la hora y ya estamos en el ritmo cochinero veraniego que tanto me gusta, con esas tardes interminables que van oscureciéndose desde mi terraza. A mí nunca me ha gustado esto de que cambien el horario, me parece una gilipollez, pensada más para explotar al personal que para procurarle un mayor bienestar. Además, el cambio afecta a los seres más sensibles, por ejemplo los ancianos, o los bebés, que se ponen irritables, y algunas mujeres especialmente proclives a sufrir por estas alteraciones. Yo tuve un gato que se pasaba varios días enfurruñado hasta que se acostumbraba al nuevo horario, y estoy seguro que a mi buganvilla (que, por cierto, va como un tiro) tampoco le gusta lo más mínimo. Yo dejaría el mismo horario todo el año y parece que los gobiernos europeos ya están en esa idea, lo que pasa es que no saben si quedarse con el de verano o con el de invierno. 

Desde luego que para mí es mucho mejor el de verano, o lo era cuando era funcionario activo: no tenía el menor problema en atravesar la ciudad de noche por las mañanas; lo que me molestaba era salir algunos días del curre a las seis y que ya estuviera oscuro. Los que quieren imponer el horario de invierno, pretenden que nuestras tardes se acaben pronto para que nos entre la murria de la oscuridad y no salgamos tanto a la calle, que es precisamente lo que me gusta a mí. En muchos países de Europa, a las cuatro ya es de noche y por eso son tan siesos, aunque luego, cuando vienen a España se desmadran. Por mí, que dejen el horario de verano o, si no, el de invierno, pero que acaben con estos cambios. Total, yo no uso ya el despertador.

Eso no quiere decir que me dedique a vaguear. Ya les conté que el viernes a las 10.00 había quedado con un grupo de chavales en Príncipe Pío, al pie de la gran bandera europea, para dirigir una visita guiada de tres horas por el Madrid Río. Llegué, como suele ser habitual, el primero, salí del Metro y me dirigí al punto de cita. Pero no se podía pasar, porque había como seis ambulancias del Samur y otras tantas lecheras de la pasma rodeando un autobús estacionado en la parada. La bandera me quedaba al otro lado. Pregunté a un poli qué tenía que hacer para llegar y me dijo que diera toda la vuelta a la glorieta. Me quedé por allí remoloneando. En ese momento vi como sacaban a una mujer joven del bus, en una camilla medicalizada, toda envuelta en esas mantas plateadas y doradas que le ponen a los heridos para que no se enfríen. Me dirigí a un policía municipal y le pregunté si me permitía pasar bordeando el exterior del mogollón por el centro de la glorieta, para no dar toda la vuelta. Me dijo que vale, pero que fuera muy despacio y, si alguien me decía algo, obedeciera las órdenes.

Al otro lado había un grupo de indigentes, la mayoría extranjeros, bastante jóvenes. Otras veces que he quedado en ese sitio por la mañana ya he advertido la presencia de vagabundos en el lugar, pero no sabía a qué se debía. Mientras esperaba a los chavales, me infiltré entre los sin techo y les pregunté qué había pasado. Y me enteré de que, desde que desplazaron el albergue municipal para indigentes al PAU de Carabanchel, allá por el final de la ciudad, se estableció un servicio de bus gratuito que los trae cada mañana al centro urbano y los deja en Príncipe Pío. En ese bus y casi llegando a término, se había producido un apuñalamiento. Un chino había apuñalado tres veces en el pecho a una checa. El conductor del bus había llamado al 091 antes de aparcar. Parece ser que el bus les deja en Príncipe Pío cada día y desde allí se distribuyen por los semáforos o lugares de mendicidad que tienen asignados. Ese día no se podían ir todavía porque les estaban tomando declaración, lo que los tenía fastidiados, además de un poco sobrecogidos por lo que acababan de ver.

Una rumana dijo que seguramente la chica checa había muerto, a lo que un polaco arguyó que a los muertos no se los llevan enseguida, hay que esperar a que venga el juez. Esta gente apaleada por la vida que son los desterrados del progreso, parecen ya curados de espanto, de tanto como han visto. Leí en la prensa luego que el chino tiene 30 años y un montón de antecedentes violentos. La chica checa tiene 49 y fue ingresada en un hospital en estado grave. No se conocían de nada. Sus compañeros aventuraban que el tipo lo había hecho adrede, para que lo metieran en la cárcel, porque estaba amenazado de expulsión del albergue por su comportamiento violento. Si es cierto, pienso que podría haberse apuñalado a sí mismo y no joderle la vida a nadie.

Esta historia me trae a la cabeza dos reflexiones. El chino debe de ser un pieza de cuidado, porque la comunidad china de Madrid cuida de sus miembros y los arropa. Es muy raro que un chino joven tenga que ir a dormir a un albergue municipal. La otra es que suele decirse que los chinos son gente normalmente tranquila, que aguantan siempre las situaciones difíciles con mucha paciencia, hasta que llegan al límite. Pero que, el día que eso sucede, van con todo. Recuerdo un relato de Dashiel Hammet en el que el detective protagonista deduce que quien ha matado al tipo cuyo cuerpo aparece al principio es un chino, por el hecho de que había descargado completamente su revólver. Los chinos no disparan nunca pero, si llegan a hacerlo, descargan el revólver entero. También la novela El chino (Henning Mankell 2007) narra la investigación de un crimen en Finlandia en la que la policía llega a la misma conclusión a la vista de la brutalidad de las heridas del cuerpo, orientando sus pesquisas a la comunidad china.

Por lo demás, en mi visita al parque comprobé lo que ha cambiado el río con la política de renaturalización que empezó la señora Carmena y que el equipo actual mantiene (se decidió en Pleno por unanimidad, desde Más Madrid hasta Vox). Todas las presas intermedias están abiertas, el río corre libre, han aparecido numerosas islas intermedias y en ellas brota la vida, incluyendo toda clase de patos y peces y unos árboles espontáneos que están alcanzando alturas que superan la de los que se plantaron encima de los túneles. Merece la pena visitarlo. Los chicos se lo pasaron muy bien conmigo (mayoría de chicas, of course) y acabamos en la terraza del Matadero con unas cervezas. Allí pudimos comprobar que coincidíamos en nuestras preferencias políticas y que todos vamos a votar lo mismo, o eso al menos me dijeron. No hice ninguna foto del río renaturalizado, pero he encontrado un vídeo que les pido que vean para que capten el tema en todo su esplendor.

Si consideramos la visita a Madrid Río como mi sarao número 7 de este año, les diré que esta mañana he cumplido con el número 8, tal vez el de más compromiso hasta ahora. Mi amiga Eva Gil, profesora en un curso de arquitectura de la Escuela de Lausanne, me invitaba a conectarme a la una para una clase de una hora sobre la historia de Madrid y su relación con el agua. Es la misma que di hace poco en formato presencial en la ETSAM, pero era la primera vez que la contaba en inglés. Además, normalmente, esa charla termina de manera natural en Madrid Río, mientras que en este caso debía céntrarme en el Distrito Centro, puesto que el objeto del curso es una actuación sobre un edificio cercano a Sol. Total, que me he pasado el fin de semana preparando esta clase y al final ha salido aceptablemente. Como una demostración viviente del principio de Peter, a poco de empezar mi charla ha empezado a sonar insistentemente el timbre de mi casa, al que nunca llama nadie. Era el portero con un curreta que estaba instalando videoporteros en las casas. He tenido que interrumpir mi parlamento en inglés para decir a voces CARLOS, ABRE TÚ CON TU LLAVE Y ENTRA. Y POR FAVOR, NO HABLÉIS ALTO. A pesar de la distracción, he salido del apuro con dignidad. Como suele decirse, son los inconvenientes del directo.

Como ven, estoy ocupadísimo, porque además sigo revisando proyectos de Reinventing para mi jefa y saliendo por ahí moderadamente, aprovechando el oasis de la señora Ayuso, antes de que pierda las elecciones (ojalá), llegue el comunismo y nos vuelvan a encerrar a todos para que no nos sigamos contagiando. Y también continúo progresando con la guitarra, como van a comprobar en el vídeo que les pongo abajo, con mis nuevos adminículos recién comprados. Todavía no he llamado a ninguno de los profesores de guitarra que me sugirió mi amigo Guitar Man Juanmi, es algo que dejaré para la vuelta de la Semana Santa. Con quien sí he conectado es con el bueno de Ed, el mejor profesor de inglés de Madrid, con quien empezaré en una semana. Respecto a la guitarra, para mí cantar una canción compuesta por Samantha Fish, aunque sea más de la vena country, es como cerrar un círculo temático. La canción se llama Need you more. Vean, vean, cómo me las apaño. Pantalla grande, porfa.

Samantha Fish cerró el otro día su gira texana en Houston con notable éxito. Su programa para abril incluye nada menos que 18 conciertos por todo Estados Unidos, los seis primeros con Tab Benoit. A este ritmo es posible hasta que recupere su figura de antes de la pandemia. Ahora es una gordita feliz, que se mantiene ágil y conserva su espectacular toque de guitarra y su forma especial de cantar, arropada sólo por los dos negros de su trío con los que está cada vez más compenetrada. Vean un par de fotos de hace unas semanas.  



La siguiente corresponde al concierto de Houston. Yo creo que ya ha empezado a adelgazar con tanto trajín.


Joder, y ahora leo en la prensa que a los de 70 nos dejan para el final en la vacunación, que después de los de 80 van a empezar por los más jóvenes. La generación sándwich, nos llaman. Para empezar, sándwich será su puta madre, hombre, que ya le cabrean a uno. Si hay un orden, se sigue y punto. Vale, ya está dicho. De todas formas, los septuagenarios tenemos una cantidad de entretenimientos muy amplia, entre ellos por supuesto el rock y el blues. Esta es una música que alumbró nuestra generación y sigue vigente. Lo único es que nos hemos hecho mayores. Pero conservamos la misma marcha que entonces.

Les voy a poner un vídeo que lo demuestra. Esta es una pareja americana que se han abierto un canal de Youtube y todo. Tocan en su casa, con una guitarra y una percusión formada por una tabla de lavar y unas escobillas de las del wáter. Su aspecto es como el de cualquier vecindonga de las que salen en bata al rellano de cualquier bloque de Usera o Villaverde. Pero, así sin darse más importancia, se marcan una fabulosa versión del Walking Blues de Robert Johnson. Ya saben: me levanto por la mañana y me pongo a buscar mis zapatos, tengo que encontrarlos, si no, no podré practicar el walking blues. Disfruten de ello.

Vaya, son bastante mejores que yo, a mí aun me falta mucho para poder montarme un canal de Youtube. De momento ya tengo bastante con el blog y lo demás. A la espera de llegar a la vacunación, desde mi casa contemplo el mundo y me sorprendo de asuntos como el del buque varado en pleno canal de Suez, por fin felizmente desatascado. Ya se ha escrito todo respecto a este asunto y no merece mucho la pena insistir. El accidente les ha revelado a algunos el absurdo del montaje comercial del mundo globalizado, que nos permite entrar en una Web, comprar cualquier cosa (yo, por ejemplo, mi rodillera aerodinámica) y que nos la traigan desde China en pocos días. Pues no sé cómo pensaban que venían esas compras, ¿por arte de magia? Otros se hacen cruces con la fragilidad del mundo en que vivimos. Yo descubrí esa fragilidad el día del 11S, hace casi veinte años ya, y he aprendido a convivir con ella, disfrutando de cada día en el que no pase una putada cósmica. En vez de estas interpretaciones tremendistas y autocompasivas, yo prefiero los memes humorísticos, como este que sugería una solución vasca al problema del barco.


De todas formas, yo tuve claro desde el primer día que lo de la tormenta de arena era un cuento chino. En Egipto las tormentas de arena son continuas y estos mastodontes deben de tener instrumentos de navegación que permiten avanzar sin visibilidad. La cosa parece apuntar a un fallo humano, un técnico que se queda dormido o está borracho. Por el Canal de Suez los barcos pasan despacio y en hilera. Y el trayecto es perfectamente recto. No como el que te ponen para hacer el psicotécnico para renovar el carné de conducir. Ahí tienes que llevar dos barcos a la vez por unos canales que cambian todo el rato de forma. Primero te dejan hacer un intento de prueba. Después ya viene el de verdad. Yo toqué en los lados apenas dos o tres veces. Y le dije al chico que, si me dejaba hacer un tercer intento, era capaz de hacerlo sin ningún fallo. Me contestó que no era necesario, que ya había superado con mucho la media.

Vamos acabando. Ya sé lo que están esperando: la versión de Sam de la canción que yo les he regalado, para comparar. Les dejo de propina un vídeo en el que la canta, en el que pueden ver cómo esta mujer camaleónica es capaz de portarse como una señora: quedarse sentadita, no dar todo el rato voces diciendo ¡EH! ni hacer gestos exagerados. Y al final sonreír educadamente, como si le sorprendieran los aplausos que recibe. Pero esa contención no le quita pasión a su interpretación. Que pasen una estupenda Semana Santa.

viernes, 28 de agosto de 2020

970. El pepinazo y sus nuevas claves

Les debo una reseña del libro La nieta de Pushkin, de mi admirado amigo y próximo profesor Ronaldo Menéndez, escritor contrastado que me gusta mucho. Me lo terminé hace ya tiempo y creo que es oportuno que les traiga aquí una crítica sincera. En suma, decirles la verdad, como siempre hago en el blog, este no es un foro para el peloteo. El libro reúne una colección de 9 cuentos, seguidos de un epílogo. Los cuentos son todos muy personales, habla de sí mismo en primera persona, es autoficción pura y dura, algo que Ronaldo no había hecho nunca hasta ahora. Su prosa anterior era normalmente muy brutalista, suele narrar escenas a las que la fatalidad encamina a situaciones límite, que derivan en el absurdo, bordeando lo fantástico y la ciencia-ficción, con ribetes kafkianos y un componente de humor marcado, a menudo humor negro, que domina con maestría, bastará decir que su primer y premiado libro se tituló El derecho al pataleo de los ahorcados. Por eso sorprende el tono evocador, intimista, personal de este su último libro, que bebe de sus recuerdos.

Los nueve relatos forman tres grupos de tres (aunque eso no se evidencie de ninguna forma en el libro), pero, conociendo como conozco también al editor Juan Casamayor, reconozco su mano en la composición del libro. A mí los tres del centro no me han gustado especialmente, son demasiado abstractos y los dejas correr esperando que se acaben, por ver si se repiten las explosiones de brillantez que aparecen en los tres primeros y por fortuna vuelven en los tres últimos (todo esto es una valoración mía personal, por supuesto, es posible que haya lectores que prefieran los tres centrales). Y en cada uno de estos tríos inicial y final hay dos muy buenos relatos y uno extraordinario, situado en el centro del trío. Puestos a seleccionar lo que más me ha gustado del libro, yo me quedaría en primer lugar con el cuento nº 2, seguido del epílogo y el cuento nº 8. Los cuentos 1, 3, 7 y 9 son muy buenos, cariñosos, entrañables, escritos con el corazón. Y los 4, 5 y 6 más flojos en mi opinión.

El epílogo es brutal, en la línea del mejor Ronaldo. Un tipo acaba de morir, pero se ve que se disocia de su cuerpo, que queda tendido en el suelo, y echa a andar sin rumbo. Descubre pronto que hay muchos otros muertos vivientes que caminan despacio, todos en una misma dirección, como guiados por un propósito colectivo. El tipo se suma a esta especie de caravana de zombies que se dirigen a la costa norte de la isla de Cuba. Allí se van embarcando en una especie de pateras del horror en dirección a Miami. El protagonista se ha incorporado al macabro cortejo sin saber el objeto de esa diáspora. Lo que sigue es un retrato alucinado, con unos diálogos horribles y desternillantes a la vez, que transcurre en medio del mar y en plena noche. Cuando el protagonista descubre que todos van a Miami para reunirse allí con sus parientes muertos y poder por fin descansar con ellos, decide cambiarse a una barca que va en sentido contrario: sus muertos están en la isla. Un relato magnífico, cuajado de simbolismos, que casi podría ser el epílogo de toda una época creativa de este escritor.

¿Y qué tiene el relato número 2 para que yo lo sitúe incluso por encima de este epílogo extraordinario? Pues el cuento se llama Al diablo con Borges y narra la breve estancia del autor en Teherán, invitado a un congreso de escritura latinoamericana, de tintes tercermundistas, solidarios y anti-imperialistas. A Ronaldo lo han invitado en calidad de cubano y por tanto seguidor de Fidel, cuando la realidad es que lleva ya diez años fuera de la isla, primero en Perú y luego en Madrid, lo que ha dado a sus opiniones sobre el régimen un sesgo crítico irreversible. Pero aun conserva el pasaporte cubano, le invitan y acepta, porque es, como yo, un enrredica que se apunta a un bombardeo con tal de observar contextos para luego escribir sobre ello.

La descripción de las sucesivas sesiones del congreso y recepciones oficiales es buenísima. Nada más llegar, les asignan unos acompañantes jóvenes de ambos sexos, estudiantes de español en la universidad de Teherán, para que estén con ellos todo el tiempo y les ayuden ante cualquier problema. Se describe también otro grupo de acompañantes omnipresentes, todos hombres, con ternos oscuros, zapatos de punta, mirada torva y gesto adusto e inquisidor, que tienen otra función muy clara. Ronaldo encuentra allí reflejadas algunas de las actitudes y rutinas que recuerda de su pasado cubano, como la forma en que los estudiantes se abalanzan sobre las bandejas de canapés en las recepciones, mirando a todas partes con disimulo, porque tienen un hambre de la hostia y no suelen tener a mano exquisiteces como las que se sirven en estas recepciones para invitados extranjeros. También cuenta las formas de conseguir que te pongan un whisky en tales saraos, en un país en el que el alcohol está prohibido. Y allí surge una historia de amor imposible con una chica local, que ha de burlar el escrutinio constante de los del zapato de punta, encargados de que eso no suceda de ninguna manera. Una delicia de cuento.

Sobre Irán hace tiempo que tenía pendiente un post en relación con un hecho insólito que tuvo lugar el 3 de enero y que no pude desarrollar (aunque amenacé varias veces) porque la actualidad del virus nos arrolló como un tsunami. Ahora hay una novedad que podría explicar el asunto, así que vuelvo sobre ello. Vayamos por partes. Los hechos. El día de autos, el poderoso general iraní Qasem Soleimani se dirige con siete acompañantes en dos coches oficiales tintados de negro hacia el aeropuerto internacional de Bagdad, parece que con intención de coger un avión de vuelta a su país. Lleva un tiempo en Irak coordinando las acciones de las milicias proiraníes, entre las que está la infiltración de provocadores en las manifestaciones callejeras que se extienden por el país, para darles un tinte más violento, además de otras actividades directamente enmarcables en el espionaje político y militar. Nunca llegará al aeropuerto. Un misil impacta sobre la comitiva y mata instantáneamente a los ocho.

El misil ha sido lanzado desde un dron y guiado por la señal del móvil del general. El gatillo lo ha apretado un soldado, seguramente sentado ante una multipantalla en una instalación militar de Nevada o Arizona, después de cumplir un amplio protocolo de autorizaciones de sus superiores. El caos es instantáneo, en Irán la noticia se extiende como pólvora prendida, todos imaginan quién está detrás y empiezan las revueltas. No han transcurrido ni 24 horas cuando el Pentágono confirma su autoría, de la que nadie dudaba. El ataque ha sido autorizado personalmente por el presidente Trump y buscaba cargarse a un grupo que proyectaba realizar atentados contra intereses USA, dicen. Es, por tanto, un ataque preventivo, cuyo objetivo último es la paz en la región. O sea, lo mismo que dijo Truman sobre las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Veamos quién era este general tan peligroso como para que lo mataran de esa forma. Aquí lo tienen en un gesto tan característico suyo como significativo.

Soleimani no era desde luego ningún angelito. Salvando las distancias y la diferencia de culturas, podríamos considerar que era una especie de comisario Villarejo en versión iraní. Adquirió notoriedad durante la larga guerra Irán-Iraq (1980-1988, un millón de muertos y dos millones de heridos y lisiados de por vida, además de la economía de ambos países devastada para siempre). En esa interminable y cruenta guerra de desgaste, en la que Sadam Hussein usó armas químicas como el gas sarín y el gas mostaza incluso sobre la población civil, Soleimani se distinguió como un joven e intrépido capitán, que no conocía la palabra miedo y mostraba una increíble capacidad de infiltrarse en territorio enemigo en misiones imposibles, casi suicidas. A partir de ahí adquirió la vitola de héroe nacional, siempre cerca del ayatollah Jomeini y, después, de su sucesor Alí Jamenei, con quien le vemos en la imagen de abajo.  

Soleimani era un antiyanqui furibundo, desde los tiempos en que tanto USA como Rusia apoyaron a Sadam contra Irán. Supongo que saben que la población iraní es mayoritariamente chiita, igual que una parte de la irakí. A Sadam le apoyaba Rusia por ser un régimen laico homónimo del sirio, y también los USA para tratar de cargarse al hostil régimen de los ayatollahs sin derramar sangre americana. La guerra fue parada por la ONU por la fuerza y Jomeini dijo que firmar el acuerdo de paz había sido para él como tomarse un veneno. Antes del alto el fuego se supo que el gobierno Reagan, mientras apoyaba a Sadam, le estaba vendiendo armas a Jomeini por detrás, en lo que se llamó el Irangate. Ya en tiempo de paz, Soleimani reaparece al frente de la fuerza llamada Quds, una especie de paramilitares que operaban en el extranjero, reclutados entre los cuerpos de élite de la Guardia Islámica Revolucionaria. Tuvieron importancia clave en la derrota del Estado Islámico en Siria e Iraq, apoyaron al régimen sirio y aparecían por medio en todos los conflictos regionales.

El pepinazo contra Soleimani fue el punto álgido de una escalada de actos violentos en la zona. En junio, hace poco más de un año, las defensas antiaéreas iraníes derribaron un dron espía americano no tripulado sobre su espacio aéreo. En respuesta al derribo, se preparó un ataque masivo contra Irán que hubiera desencadenado una guerra terrible. Pero Trump no dio al final su autorización. Días después declaró que las armas americanas estaban cargadas y apuntando a objetivos clave de Irán. Sólo faltaba que él lo autorizara. Pero no lo hizo porque pensó que la respuesta no era proporcional al ataque sufrido. Trump me cae fatal, como es notorio, pero reconozco que, en esta ocasión, estuvo a la altura, tanto en su actuación como a la hora de explicarlo. Pero en el otoño se empezó a agitar el cotarro de nuevo.

En Irak empezó una ola de movilizaciones masivas contra su corrupto gobierno y el desastre de administración que sufren desde la agresión yanqui promovida por Bush y Blair y apoyada por Aznar. Se generalizó la violencia callejera y, al hilo del mogollón, las milicias proiraníes empezaron a atacar la embajada norteamericana y otros objetivos occidentales. Desde una plataforma medio artesanal, se lanzaron 30 cohetes Katiusha contra una base americana. Estos cohetes son una porquería, poco más que pirotecnia, y seguramente no buscaban causar bajas, pero la mala suerte quiso que matasen a un contratista civil norteamericano que andaba por allí despistado. Sucedió esto el 27 de diciembre. Al otro día, Estados Unidos contraatacó bombardeando 5 instalaciones militares vinculadas a las milicias Quds en Irak y Siria, con el resultado de 25 milicianos muertos.

La escalada continuó con el asalto a la embajada yanqui en Bagdad el día de Nochevieja, que fue repelido a duras penas. Y ese fue el momento en que se produjo el pepinazo, el 3 de enero de este año, como ya se ha dicho. Hasta aquí todo entra dentro de lo explicable. Hasta el propio pepinazo, discúlpenme la barbaridad que estoy diciendo. De acuerdo, una cosa como esa no se puede hacer en un mundo civilizado, la ONU no aprueba este tipo de acciones que, seguramente, tampoco contribuyen a solucionar los conflictos, sino al contrario. Lo que quiero decir es que, hasta aquí, todo tiene una lógica acción-reacción. Lo raro es lo que viene después. Veámoslo. En Irán se organizan grandes muestras de dolor, se declaran tres días de luto nacional y un entierro multitudinario en el que despiden a Soleimani como un mártir de la revolución. Aquí una imagen tomada durante ese entierro.

En los discursos y los comunicados oficiales se amenazaba con una respuesta terrible, se decía que los yanquis serían atacados en cualquier país del mundo y sus cuerpos destrozados se podrían contemplar a lo largo y ancho del universo. Los medios de comunicación occidentales contenían el aliento. Si las hostilidades habían estado a un tris de saltar en junio, por un triste dron no tripulado, ¿qué era lo que estaba por venir? La respuesta se supo rápido. El 8 de enero, baterías antiaéreas iraníes lanzan una lluvia de misiles sobre dos bases americanas en Irak: Irbil y Al-Asad. La televisión iraní informa detalladamente del ataque y habla de 80 muertos, cifra que contenta el malestar y deseo de venganza de la población. Pero tanto USA como Irak contradicen esta información: el número de víctimas es cero. Trump, cerca de la media noche, no puede reprimirse y tuitea: tranquilos, estamos bien. ¿No les va pareciendo todo esto muy extraño?

La explicación se filtra poco después: Irán avisó mediante su contraespionaje de dónde iban a caer los misiles y a qué hora. El aviso se hizo con tiempo, para que los soldados se pudieran guarecer en los refugios subterráneos. Esto parece creíble, lo que aún no sabemos es por qué. Pero se han pasado en la teatralización del ataque, en el hacer-como-si. La cosa es tan descarada, que a los dos días, las bases americanas lanzan un comunicado desmintiendo que no haya habido víctimas y hablan de 17 heridos, la mayoría con problemas auditivos por las bombas y uno que se resbaló al correr al bunker (esto último ya es coña mía, lo de los sordos no, lo dijeron así, con lo que fue peor el remedio que la enfermedad, como suele decirse). La respuesta de Estados Unidos a este último ataque fueron unas sanciones económicas suplementarias de las que ya llevan aplicando al país desde que llegó Trump. Y la tensión se desinfló como un suflé malogrado.

En enero yo pensaba escribir algo sobre este asunto tan turbio. Si a Jomeini firmar un tratado de paz que ponía fin a ocho años de cruel guerra le había resultado difícil y doloroso, cómo explicar que sus herederos se traguen un atentado a un personaje como Soleimani sin perpetrar una respuesta proporcionada, por seguir con la terminología de Trump. Pensaba yo por entonces aventurar una explicación sencilla: Irán está lo suficientemente depauperado y con la población muy revuelta y crítica con el régimen, como para meterse en una guerra desigual con Estados Unidos. Por eso había cantado la gallina (no otra cosa es lanzar un montón de misiles con preaviso para dar tiempo a que los atacados se protejan). El ataque era exclusivamente para consumo interno y no querían cabrear más al gigante yanqui que, con Trump a la cabeza, ya había dado muestras de hasta dónde podía llegar. No escribí entonces sobre esto y ahora, siete meses después, nos llega una noticia que puede aportar nuevas claves a lo sucedido.

Resulta que Irán y China llevan casi cuatro años negociando en secreto un acuerdo de colaboración económica, política y militar sin precedentes, que puede dar un vuelco a la situación geoestratégica mundial. Como saben, Irán tenía un acuerdo con Obama, para renunciar a su programa de armas nucleares, supervisado por la ONU y apoyado también por Rusia y por la Unión Europea. Llegó Trump a la presidencia y se salió de dicho acuerdo, que aún mantienen los demás pero que no sirve ya para nada, porque el propio Irán ha declarado que retoma su programa nuclear. Y Estados Unidos rescató las sanciones económicas anteriores a tal acuerdo. Pero Irán no se ha quedado quieto y estaba preparando el tratado con los chinos, al que podría sumarse también Rusia, con lo cual dejarían a USA fuera de juego en la zona. Parece que la CIA ni se ha enterado. Estaban tan entretenidos con el acuerdo de Israel con los Emiratos, cocinado por el yerno de Trump, que no se han dado cuenta de que se la estaban metiendo cuadrada.

Para llevar adelante un acuerdo como ese de forma civilizada y ajustada al derecho internacional, se requiere que el texto del tratado sea ratificado por los parlamentos de ambos países. En China hasta ahora no se ha sabido nada al respecto, pero en Irán se ha filtrado un borrador que estaba empezando a estudiar el Congreso de la Revolución. Según lo filtrado, China invertiría en Irán 400.000 millones de dólares (lo nunca visto). A cambio, Irán proporcionaría a China una salida al Golfo Pérsico y autorizaría la presencia de 5.000 soldados chinos en su territorio. El tratado incluye la construcción de numerosas carreteras por todo el país y la entrada de productos comerciales chinos. Y los acuerdos comerciales se harían en las dos monedas nacionales, y no en dólares.

El tratado, de firmarse, supondría un golpe mortal a entidades como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, en el fondo títeres de las finanzas yanquis. Los chinos quieren mostrar al mundo una nueva forma de cooperación (que ya han ensayado en África) y su voluntad de no entrar en conflictos armados. Y evidenciar que empiezan ya a ser los gallos del cotarro geoestratégico. Así que, a lo mejor por eso se achantaron los ayatollahs y no entraron a la gresca con un estado agresor que se había cargado de un pepinazo a todo un número dos en la sombra del régimen. Irán calló, porque tenía esta negociación en marcha. En fin, no es más que una hipótesis mía, pero parece posible. Y, como sé que les gusta comprobar las cosas que les cuento y verificar que no les he metido una bola, pueden comprobar los detalles del acuerdo en ciernes, pinchando AQUÍ.

Respecto a esto de las bolas, les vuelvo a recordar lo que dijo el gran Truman Capote cuando le preguntaron si lo que contaba en A sangre fría era cierto: Hay que saber distinguir entre lo que es verdad y lo que es rigurosamente cierto. Tiene razón. Yo digo la verdad siempre en mi blog. Lo rigurosamente cierto, queda para los periodistas. El 25 de agosto, hace tres días, se cumplieron 36 años de la muerte de este genial escritor, una de mis referencias literarias y vitales, parece que fue ayer. Les voy a dejar con una foto suya, en la que está muy guapo. Pero antes, un último comentario. A la ciudadanía china no le ha llegado una sola noticia del acuerdo con Irán que prepara su gobierno, ya saben que es un país hermético. Y el gobierno chino, como de costumbre, no tiene prisa. Se dice en los mentideros políticos que es muy posible que esperen un par de meses más, hasta saber quién gana las elecciones USA y así ya sabrán a qué atenerse. Otra característica de este blog: que todos los temas están interrelacionados, que en realidad yo siempre escribo sobre lo mismo. Cuídense.





jueves, 13 de febrero de 2020

910. El Covid-19 y la triste historia del doctor Li

Ese es el nombre que le ha puesto la Organización Mundial de la Salud a lo que hasta ahora se llamaba coronavirus: Covid-19, que es la abreviatura del inglés Corona virus disease 2019. Es el asunto del que todo el mundo habla estos días, la crisis sanitaria mundial que tiene a media humanidad acojonada, un problema, desde luego, muy serio, como ha alertado la propia OMS. A mí ya saben que me preocupan más los virus mentales, como el nacionalismo, que trasciende la cualidad de virus para convertirse en bacteria, o mejor, en ameba comecerebros, como la hemos bautizado en el blog. Hablaremos del Covid-19, pero antes, les conmino a que lean el último articulo del gran Jaume Reixach, cuyo enlace les voy a poner abajo y que hay que leer ya, no se puede dejar para después. Es que este señor es un genio, un monstruo del periodismo y, además, hasta empiezo a temer por su integridad física, porque ya saben que se dedica a repartir su mensaje por los pueblos de Cataluña, en edición papel en catalán, distribuyéndolo con motos y bicicletas. Han de pinchar AQUÍ.

¿Ya lo han leído? Venga hombre, no me engañen. No, no, es que tienen que leerlo ahora, es que no se puede hacer un análisis más acertado del momento que vive Cataluña. Me están haciendo enfadar. Cómo decirlo de otra manera: ¡¡Que lo lean, coño!! Bueno, es que, hasta que no lo lean, no sigo escribiendo. Yo iba a hablarles del coronavirus, pero hasta que no me confirmen que han leído el artículo de Reixach, no sigo. No, no, que no sigo, ustedes verán. Que los tengo vigilados. Que me he quedado con la cara de todos ustedes.


¿Cómo dicen? ¿Que ya? Bueno, no me digan que no es un artículo cojonudo. Vamos ya con la crisis del Covid-19. El tema es muy serio, sólo hay que ver que ha forzado a suspender el Mobile World Congress de Barcelona, lo que supone que un montón de empresas y particulares van a tener unas pérdidas millonarias, porque las aseguradoras no les cubren, salvo que España declare la emergencia sanitaria. La empresa de mi hijo Kike ha suspendido todas las auditorías presenciales a sus delegaciones asiáticas, que ahora pasarán a hacerse on line, de modo que durante un tiempo mi hijo sólo va a viajar por Europa. El tema es grave, pero debemos mantener la calma. En general, parece difícil, que no imposible, que la epidemia salte fuera del gigante chino. Pero hay mucha gente que está aterrorizada, porque tienen impreso en lo más hondo de sus almas el viejo terror de las pestes medievales, o hasta el miedo de pandemias más recientes, como la tuberculosis que afectó a nuestros abuelos antes de que se descubriera y comercializara la penicilina.

Ese terror se expresa de diferentes maneras. Una de ellas es tragarse las teorías conspiranoicas que circulan como peces en el agua por el proceloso mar de las redes mal llamadas sociales. Una chica de mi curre me confesó que estaba plenamente convencida de que el coronavirus era el resultado de unos experimentos con animales que estaban haciendo en un laboratorio de Wuhan, para encontrar una vacuna contra el SARS, la temible gripe aviar, y que se les habían escapado de control. Esta mujer quizás ha visto las películas más recientes de la saga El Planeta de los Simios, que parten de una tesis similar. Tal vez en sus pesadillas imagina a un pollo con el cuello a medio rebanar, que se escapa sangrando por una ventana del laboratorio y echa a correr por las calles de la ciudad, poniéndolo todo perdido de virus.

Otra teoría disparatada: una amiga me cuenta que ha decidido no leer ninguna de las informaciones al respecto, porque está convencida de que El Sistema de vez en cuando decide difundir este tipo de historias para que nos aterroricemos y ese terror nuble nuestro sentido crítico, de forma que nos traguemos todo lo que nos quieran contar, nos distraigamos de los temas verdaderamente importantes y no nos fijemos en cómo nos están robando a manos llenas. Además, El Sistema viene luego con la solución al problema, nos libra de todo mal y encima logra que nos sintamos agradecidos. No sé cuál de las dos paranoias es más delirante. Pero hay una tercera forma de afrontar este tema: el humor. De acuerdo, esto es como la risa nerviosa del tipo al que están a punto de clavar un puñal en el corazón, pero es una reacción mucho más gratificante que las otras. Los mexicanos, como siempre, van por delante y juegan con el nombre de la cerveza Corona, la más popular de su tierra. Vean la imagen.


En algunos países vecinos del gigante chino, usan también el sentido del humor como arma defensiva, como revela esta imagen que viene de Corea del Sur.


Pero por aquí no nos quedamos a la zaga y hemos creado un buen surtido de memes. El mejor de todos me lo hizo llegar el amigo Alfred. Se titula "Desinfectando el hospital de Jerez para prevenir el coronavirus.


El humor no debe perderse nunca, pero lo mejor es informarse debidamente, de fuentes fiables, para no tragarse cualquier explicación espuria. Así que vamos a ello. Sobre este asunto hay una premisa de contexto que no debemos olvidar: la higiene en general y, en especial, la higiene alimentaria, brilla por su ausencia en muchas zonas de China, y no sólo en las áreas rurales. Hace años, mucho antes del gran salto adelante de la sociedad china a caballo del capitalismo de estado, un amigo mío viajero (que no turista) estuvo un par de meses recorriendo las zonas centrales de China, trabajando de pinche de cocina, sirviendo mesas o lo que saliera. Se trata de un tipo que ha estado por todo el mundo, incluidos diversos países africanos. Pero esta vez llegó a casa que ni le conocían, de tan flaco. Su familia le preguntó si había estado enfermo. No. Es que casi no había comido, por la nausea invencible tras ver cómo preparaban la comida en los comedores baratos de los pueblos en los que trabajó.

Una anécdota que ya se contó en el blog. Hace tres años, pasé tres días en Pekín, de vuelta de mi viaje a Birmania. Paseando por la zona más céntrica de la capital, al lado de la mismísima Ciudad Prohibida, descubrimos un lugar indicado como aseos públicos. Era una especie de chamizo, adosado a la propia muralla del conjunto monumental. Mi compañero Rafa decidió entrar un momento a hacer pis. Al instante salió escopetado y con cara de alucine. El aseo, nos contó, era una especie de establo con tres tazas turcas separadas por tabiquillos de aglomerado, sin puertas, y sin rastro de papel higiénico ni nada. Y estaba enteramente ocupado. Es decir, que había tres chinos cagando, convenientemente agachados y espatarrados, con sus vergüenzas a la vista, uno de ellos consultando el móvil mientras hacía ganas. Y un cuarto chino de pie, esperando turno, inmune al pestazo y también mirando su móvil. Parece increíble pero es real. Primera conclusión: los chinos son unos co-chinos. Los mercados de los pueblos y ciudades están llenos de animales muertos, troceados de cualquier manera, con las vísceras por ahí desparramadas, expuestos al calor y las moscas. Así que no es casualidad que, tanto el SARS, como el Covid-19, hayan saltado al humano precisamente en esos lugares. 

Y esto nos lleva a la forma en que todo sucedió y a la triste historia del doctor Li, que tal vez hayan leído ya (esta vez no me he adelantado), pero que no la van a encontrar mejor contada que aquí. El doctor Li Wenliang era (el uso del tiempo verbal pretérito ya les anticipa el final de esta historia, cual cruel spoiler) un joven y animoso oftalmólogo que atendía a sus pacientes en su consulta del Hospital Central de Wuhan, una ciudad de más de 11 millones de habitantes, casi cuatro veces Madrid. Wuhan es la capital del estado de Hubei en el centro de China. Li tenía 33 años, estaba casado y tenía un niño pequeño y otro en camino, porque China hace años que desterró la política del hijo único. Era de otra ciudad lejana, pero había conseguido una beca para estudiar en la Facultad de Medicina de Wuhan.

Tras siete años de carrera y con su licenciatura en el bolsillo, Li encontró un trabajo en Xiamén, en donde estuvo tres años hasta que pudo volver a Wuhan. Xiamén, a más de 1.000 kilómetros de Wuhan, es una ciudad costera, más pequeña y agradable, situada frente a la isla de Formosa, ahora llamada Taiwan. Pero todo su anhelo era volver a Wuhan, el lugar donde había sido feliz como estudiante, donde tenía a todos sus amigos y donde le esperaba la mujer que amaba, a la que había conocido cuando estudiaba. Así que, en cuanto quedó libre una plaza en el Hospital Central, la pilló, aunque fuera en Oftalmología. Se casó, fundó un hogar, tuvo su primer hijo y se convirtió en un hombre otra vez feliz, orgulloso padre de familia, miembro del Partido desde el bachillerato y con un sueldo que le daba para mantener a su familia, aunque sus inquietudes médicas sobrepasaban ampliamente el campo de la oftalmología.

Por eso estaba atento a lo que sucedía y se comentaba en el hospital. A finales del pasado diciembre, llegó a sus oídos que, en los últimos días, se estaban produciendo una serie de ingresos de pacientes con síntomas similares a los del SARS, un coronavirus que quince años atrás había brotado en una zona no muy lejana y cuyas características había estudiado Li en detalle. Se acercó por el servicio de urgencias e hizo algunas averiguaciones. Había siete casos confirmados de infectados por coronavirus. No  se sabía aun qué tipo de coronavirus era, se creía que podía ser el del SARS. Y un dato clave: todos los pacientes vivían, trabajaban o eran clientes del gigantesco Huanan Seafood Market, el mercado central del pescado y el marisco de Wuhan. No puedo evitar la nausea y el escalofrío horripilado sólo de imaginar el aspecto, la peste y las condiciones higiénicas de ese lugar: un mercado de pescado a 1.000 kilómetros de la costa.

Li se sintió éticamente obligado a alertar a sus amigos, el grupo de médicos que había conocido en la facultad y con los que estaba conectado a través del equivalente chino del Whatsapp. Porque han de saber que China tiene sus propias aplicaciones y redes informáticas, diferentes de las que operan en el resto del mundo. Yo lo comprobé cuando estuve en Pekín. Allí no funciona el Google, ni el Outlook, ni el Whatsapp, ni el Gmail, ni el Facebook, ni el Twitter, ni el Instagram. Y, por supuesto, tampoco se puede entrar en mi blog. En vez de Twitter hay Weibo, en vez de Whatsapp hay WeChat y en vez de Facebook hay Renren. Y todas estas redes nacionales, en las que los chinos están tan enganchados como nosotros, están protegidas por lo que el propio Partido denomina El Gran Cortafuegos, una barrera insalvable para toda la información que viene de Occidente. El Partido controla además la información que surge del interior de China, que es vigilada, sometida a una férrea censura y regulada por unas leyes que incluyen severas penas para los que las infrinjan.

Li Wenliang sabía todo esto, pero tenía que alertar a sus amigos, porque eso era lo que su conciencia le dictaba (ya saben, la diferencia entre los significados en inglés de los términos ética y moral). Así que, el pasado 30 de diciembre, subió un mensaje al grupo de WeChat que compartía con sus colegas. Allí habló de la existencia de un brote de coronavirus aún sin etiquetar y de la relación meridiana con el mercado de pescados y mariscos. En un segundo mensaje, pedía a sus compañeros que fueran prudentes, que a ver si se iban a meter todos en un lío, que él les daba la información exclusivamente para que tomaran precauciones y alertaran a sus familias. Entre médicos se sabe el alcance exacto que puede tener un brote como este. Pero parece que alguno de los del grupo se dejó llevar por el pánico y, de forma muy imprudente, difundió el mensaje fuera del reducido grupo de WeChat. Y la cosa se viralizó. Una captura de pantalla del mensaje de Li, sin siquiera ocultar su nombre, empezó a circular por Weibo y el asunto se volvió imparable, algo que enojó mucho al doctor Li.

Por ponerles un ejemplo próximo, este blog tiene entre 40 y 50 seguidores, más o menos fijos. Si yo lo asociara a una cuenta de Twitter, como me han ofrecido varias veces, mi número de followers subiría automáticamente a varios miles, algo que me da mucho miedo y que para nada quiero. Si yo supiera que me siguen 3.000 lectores que, en cuanto publico algo, lo leen, no podría escribir con la misma libertad que lo hago. Una cuenta de Twitter con 40 seguidores, se considera una cuenta zombie. Esto mío es un foro modesto, donde yo voy anotando una especie de diario de mis aventuras y mis obsesiones, con un grupo de lectores reducido, un reducto mucho más discreto que una cuenta de Twitter, red que, además, no admite textos tan largos como los míos. O sea, que cada cosa tiene su escala y su utilidad específica. Pero volviendo al doctor Li, la información viral se extendió imparable por todo el planeta. Li sabía lo que le esperaba. Al día siguiente, sus supervisores del hospital lo llamaron a capítulo y le regañaron severamente. Por entonces, las autoridades no se habían preocupado de dar la alarma, ni alertar a los colegios y las escuelas, ni siquiera prescribir a los propios médicos medidas de precaución para evitar contagios.

El 3 de enero, la policía política le fue a buscar a su casa y se lo llevaron a una comisaría en donde estuvo varias horas. El asunto no era baladí, la condena por difundir rumores anticomunistas o malévolos puede llegar a los siete años de prisión. Li se disculpó sinceramente, él era un ciudadano ejemplar, miembro antiguo del Partido y en ningún caso había querido alarmar gratuitamente a nadie, ni tener el protagonismo que estaba teniendo. Los policías no se dieron por contentos y le sacaron un impreso con un texto pidiendo disculpas al pueblo chino y prometiendo que no lo haría más. Li lo firmó a la primera y le dejaron irse. Regresó a casa, donde le esperaba su preocupada familia (sus padres vivían también con ellos), y al día siguiente reanudó su trabajo en el hospital.

El 8 de enero, Li atendió en su consulta a un paciente aquejado de glaucoma agudo o de ángulo cerrado, un tipo poco frecuente de glaucoma, que constituye una urgencia oftalmológica, porque, literalmente, te puede estallar el ojo, por la presión extrema que se genera. Li le aplicó el tratamiento correspondiente, le solucionó el problema, y no adoptó con él ninguna precaución adicional, aunque el tipo trabajaba en el mercado de Huanan, porque las autoridades seguían ocultando la gravedad del brote, a pesar de que en Occidente la información corría ya incontenible. El día 9, el pescadero del glaucoma empezó a tener fiebre alta, tos seca y dificultad para respirar y volvió al hospital, donde quedó ingresado e incomunicado. Li fue informado de esta circunstancia y supo lo que se le venía. Esa noche no regresó a su casa, sino que alquiló una habitación en un hotel, para no contagiar a su familia. Desde allí les telefoneó con instrucciones precisas: debían acudir cuanto antes al hospital, a que les hicieran las pruebas pertinentes para saber si estaban o no infectados (así lo hicieron, resultando que su hijo y su mujer embarazada estaban sanos. No así sus padres, cuya suerte, ahora mismo, es desconocida, espero que estén bien).

El día 12 Li ingresó voluntariamente en el hospital, donde fue inmediatamente aislado y puesto en cuarentena. Estaba en una especie de UVI, pero disponía de su móvil y seguía conectado a las redes sociales, en donde prosiguió con su actividad incesante. Así se enteró de que la CCTV, la televisión estatal china, había publicado los nombres de ocho ciudadanos, entre ellos el suyo, a los que se acusaba de propagar rumores falsos graves. La televisión estatal es como el boletín oficial del estado y esa información confirmaba el respaldo gubernamental a la crítica a los ocho acusados. Pero hasta en un lugar tan hermético como la China actual, algunas cosas están cambiando. Unos días más tarde, el Tribunal Popular Superior de China (digamos el Tribunal Supremo) emitió un dictamen histórico. Allí se dejaba claro que los ocho ciudadanos de Wuhan no debían ser castigados, porque lo que habían difundido no era del todo falso (sic). La resolución fue publicada en la cuenta de Weibo de la justicia china y contenía párrafos tan extraordinarios como este: Podría haber sido una suerte que el público hubiera creído los "rumores" difundidos por estos ciudadanos, comenzando a usar máscaras, llevando a cabo medidas de saneamiento y evitando el mercado de animales salvajes. Ciertamente acojonante. 

Li se sintió aliviado, en medio de su fiebre y sus padecimientos, por esta decisión que certificaba su inocencia y volvió a hacer uso de la red Weibo para difundir algunos mensajes en los que daba cuenta de su evolución médica e informaba de que los primeros análisis que le habían hecho daban un resultado negativo en coronavirus, aunque él seguía teniendo unos síntomas preocupantes. Hasta se animó a hacer un par de comentarios sobre la sentencia del supremo: Creo que en una sociedad sana tiene que haber más de una voz y este otro: No me parece bien que el poder público interfiera demasiado en el ámbito privado. Impresionante. El 31 de enero le confirmaron definitivamente su positivo por coronavirus. Ese día, conocedor como médico de la suerte que le esperaba, utilizó por última vez la red Weibo para anunciar su diagnóstico y subir dos imágenes: una foto de su copia del escrito que le obligaron a firmar en la comisaría y un selfie que se hizo en la propia UVI. Abajo pueden ver ambas.

El 5 de Febrero Li entró en estado crítico, si bien siguió dos días más comunicándose por teléfono con su mujer y sus amigos, a pesar de que le costaba mucho respirar. El día 7 se informó de su muerte y una ola de indignación recorrió las redes sociales de China. Unas horas más tarde hubo un desmentido: Li estaba en estado crítico, pero aun con vida. Finalmente, al caer la noche se confirmó su fallecimiento y la indignación se redobló, porque nada irrita más al pueblo que la constatación de que les están mintiendo en circunstancias tan críticas (que se lo pregunten a Aznar y Acebes a cuenta del 11-M). El cuerpo de Li fue incinerado deprisa y corriendo, sin permitir a la familia que se despidiera de él, aduciendo razones de seguridad frente a la epidemia.

Desde entonces, los mensajes en Weibo sobre el caso Li superan la capacidad material de la censura de borrarlos. Li Wenliang es ya un héroe nacional. La OMS ha alabado su conducta, lo mismo que las universidades y colegios médicos de toda China. En la ciudad de Wuhan, los ciudadanos apagaron todas las luces cinco minutos la misma noche de su muerte, en señal de duelo y protesta por la gestión de la crisis. El padre de Li no se cortó de hablar con el corresponsal de la BBC, quejándose del trato que se le había dado a la familia. Y un clamor unánime inunda China: el país necesita libertad, no puede seguir en las condiciones de censura y limitación de derechos básicos que sufre, porque, si algo ha quedado claro, es que, en una situación diferente, como la que disfrutan los países occidentales, la reacción frente al brote del Covid-19 hubiera sido mucho más ágil y eficaz.

En fin, sobre la evolución de la epidemia tienen ustedes información fehaciente a diario. Yo sólo quería contarles la historia de Li Wenliang, un relato que es pura literatura y que además proporciona una información muy precisa de lo que está sucediendo y del contexto sociopolítico chino. La catástrofe del Covid-19 es una catástrofe específicamente china, lo mismo que la catástrofe de Chernobyl fue una catástrofe específicamente soviética (les insisto en que vean la serie de TV al respecto; es espeluznante). Pueden creerme si les digo que, mientras escribía esto, las lágrimas han pugnado por brotar de mis ojos varias veces. Me he contenido a duras penas. Este es un foro normalmente humorístico y positivo, pero uno a veces tiene sus momentos bajos como todo el mundo. Les pido disculpas y les insisto: no se crean los bulos. La realidad es tozuda y al final se impone, aunque resulte increíble. Un periodista preguntó en una ocasión a García Márquez si su realismo mágico estaba basado en hechos reales. La respuesta de Gabo es magistral: Es justo al revés; yo reflejo fielmente la realidad latinoamericana, mi trabajo se limita a intentar hacerla creíble. Que disfruten del finde que ya asoma detrás de la noche.