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domingo, 24 de marzo de 2024

1.275. Voy a cerrar el blog

¡¡¡HALAAA!!! No lo hagas, piénsatelo, con lo bien que nos lo pasamos todos leyéndote. Tranquilos. Tengo una solución que va a compensar de sobra su pérdida. En realidad, lo que voy a hacer es suspenderlo por un tiempo, mientras afronto otro proyecto, del que les voy a ir dando cuenta. Hace tiempo que vengo observando una cierta tendencia decadente en esta tribuna, en la que cada vez escribo menos, cada vez me parece más aburrido, monótono y repetitivo lo que publico y, de una manera natural e inevitable, cada vez tengo menos visitas. De verdad, ¿creen ustedes que tiene algún interés que les siga contando mi vida de jubilado, del inglés al yoga, del yoga a la guitarra, del Ricla al bacalao de la Revuelta, todo ello salpicado con algunos viajes no demasiado espectaculares últimamente? Yo creo que no.

Este blog cumplió su cometido; durante casi doce años me ha permitido expresarme y que ustedes me conozcan mejor y a la vez tengo la sensación de haber creado en torno a mí un pequeño club de seguidores muy fieles, que el año pasado sufrió la pérdida de dos de los más queridos, y algunos otros que no les he contado para no agobiarles en exceso. La situación política nacional e internacional es penosa y está llena de negros augurios, lo que deja más fuera de lugar una tribuna optimista como esta. Muy bien, yo podría mantener esta línea indefinidamente, aburriéndoles con confidencias del tipo: me empezó a picar el culo y me tuve que parar a rascármelo (con perdón). Pero las cosas cambian, el tiempo es un tren que no se detiene y yo creo llegada la hora de dar un volantazo.

Es lo mismo que ha pensado mi admirada Samantha Fish que, tras más de un año de compartir escenarios, discos, composiciones y proyecto vital con Jess Dayton, ha decidido que sus carreras se separen. Ya les he contado que a mí me gustaba más la música que hacía con su formación anterior, con Sarah Tomek a la batería y Matt Wade a los teclados. Con ese grupo yo la he visto en tres conciertos: Cazorla, Jerez de la Frontera y Bruselas. Y les juro que fueron extraordinarios, especialmente el de Jerez. Después, la he visto con Jess en París y en Bexhill (Gran Bretaña). Buenos shows, pero no comparables con los otros tres. Jess Dayton tiene 58 años y está de vuelta en una carrera en la que ha acompañado a Willy Nelson, Kris Kristofferson, Lucinda Williams y otras celebridades del country, además de acercarse al mundo del punk con un grupo bastante canalla.

Durante su carrera, tocó una vez en el Knuckleheads Saloon de Kansas City y una por entonces adolescente Samantha, que servía pizzas en el lugar, se llevó su guitarra ese día y estuvieron un rato improvisando temas juntos después del concierto. Siglos después, Sam descubrió que pertenecía a su misma compañía discográfica, lo fue a buscar y le propuso unir sus grupos. O sea, que al tipo, que estaba en plena decadencia musical y vital, se le abrieron los cielos. Desde entonces han grabado un disco y lo han promocionado por todo el mundo. Tanto en París como en Bexhill estuve charlando con ellos y me pareció que Jess era un tipo estupendo, además de un gran guitarrista. No sé lo que va a hacer ahora Sam, esta chica es imprevisible, pero Jess ya ha anunciado que comienza una gira en solitario por los USA, que interrumpirá brevemente para acompañar a Sam a Australia, para una serie de bolos que tenían contratados de antes.

De este tiempo que ahora termina, se lleva muchas cosas, desde un número uno en el Billboard hasta una nominación a los Grammys con la que nunca había soñado, más el trato cotidiano con Samantha, que debe de ser una gozada. En el anuncio de su gira en solitario, incluye un mensaje que aclara mucho la relación de respeto entre ambos. El último concierto que dieron juntos tuvo lugar en Nueva York. Con ese motivo, fueron a hacerse una foto ante el mural de homenaje a Joe Strummer, un lugar de peregrinación de los rockeros que visitan la ciudad, cuya historia se contó en el blog. Es la foto que ven abajo, seguida del mensaje de marras, que me he entretenido en traducir para ustedes.


Presentando nuestros respetos en el mural Joe Strummer en Nueva York. Después de 14 meses de escribir, grabar, filmar y viajar por el mundo, todo ha llegado a un pseudo-final en el Beacon Theatre (aunque todavía tenemos una gira por Australia en mayo). Después de tocar y trabajar con leyendas de todos los géneros, desde rock hasta country, folk y blues, es esta guitarrista Samantha Fish quien ha tenido un efecto más profundo en mi vida. Su mayor activo no es su talento, su belleza o su sentido del humor, sino lo mucho que se preocupa por la gente. Innumerables veces la he visto exhausta y con un jet-lag brutal, esperando en el calor, en el frío o en la lluvia para dedicarle un buen rato al último fan en la fila después del espectáculo. El único músico al que he visto hacer eso de forma constante fue Willie Nelson, cuando hice de telonero de sus shows. Así que la moraleja, al menos para mí, es que la vida es corta. Arriésgate y trabaja con tus amigos, incluso cuando los detractores van a lo seguro y te advierten que no lo hagas. Oye, quién sabe, ¿podrías conseguir un disco número uno en Billboard y una nominación al Grammy? Pero lo más importante es trabajar con alguien que me ha inspirado a ser mejor y a quien extrañaré cuando no esté trabajando con ella. Vale, lanzaré un nuevo disco en solitario a finales de mayo, así que es hora de empezar los ensayos para mi gira con la banda en solitario en abril. Saludos.

Muy emotivo, como ven. Esa emotividad se desbordaba en sus actuaciones en directo. Yo les vi en Bexhill acompañado de mi hijo Lucas y su chica, que se quedaron bastante impresionados. El disco que grabaron hace ya un año es muy particular, Jess Dayton impone mucho su rollo rockero y punk, pero hay algunas baladas de Sam realmente preciosas, como la que les voy a pedir que oigan. Habla de una ruptura amorosa y ella le dice al chico No apologies, es decir, nada de disculpas. Por favor, cero disculpas, no quiero ser tu enemigo ni nada parecido. Sam deja el peso de la guitarra a Jess y se lanza a una interpretación vocal llena de matices, en la que se vacía y acaba tan emocionada, que su compañero le agarra el brazo como para darle ánimos. Pongan la pantalla grande y el volumen al máximo. Merece la pena.

Menuda explosión de emociones. Así que ya lo saben. Las cosas empiezan y se terminan y en el momento de la ruptura es importante intentar no hacerse daño ni convertirse en enemigos, como pide Sam. Pero volvamos a las explicaciones pertinentes. Habrán notado que en estos últimos tiempos cada vez escribía menos y estaba como un poco desganado. Esto de los blogs es como el amor: no le ponía atención a Reflexiones a la carrera, porque ya tenía en mente un nuevo blog. Un blog que se va a llamar The Road Runner Trip, es decir, el viaje del Correcaminos. Porque eso es lo que me dispongo a emprender: un viaje de vuelta al mundo. Es una vieja idea que tenía cuando todavía trabajaba: en cuanto me jubile, me voy a visitar a todos mis contactos internacionales. Pero ese momento llegó en plena pandemia y hube de suspenderlo.

Además, mi plan pasaba por visitar a algunas personas en Francia, Holanda y Alemania, antes de acudir a San Petersburgo a ver a mi amiga Svetlana, y saltar luego a Pekín, en donde tenía el contacto de la guía que nos atendió cuando paramos allí en 2017, camino de Birmania. Comenzada la guerra de Ucrania, a Svetlana le han cortado todas las redes y contactos con occidente, yo ya no me puedo comunicar con ella y además, en este momento me da miedo ir a Rusia, porque, como me comentaron los estonios que recibí el año pasado, puede que te dejen entrar, pero lo difícil es salir. Y en cuanto a la chica de Pekín, resulta que ha conseguido salir a USA con una visa de estudios y ya se ha quedado. Así que el camino para llegar a Seúl y Tokio donde tengo buenos amigos, estaba cerrado.

Realmente, casi había descartado el plan, hasta mi penúltimo viaje a París, en mayo, para ver a Samantha en el Bataclan. Mi hijo Kike me volvió a despertar el gusanillo. Kike, ya saben que no es de mucho hablar, pero lo que dice es de una precisión milimétrica. Y esto es lo que me dijo. Papá, lo primero que tienes que hacer es decidir si lo quieres hacer o no. Si es que sí, hazlo cuanto antes; si lo vas dejando, se te quitarán las ganas o las energías. Pensé que sí lo quería hacer, pero empecé a poner excusas (o apologies). 1.- Es que el camino que tenía previsto está cortado. Respuesta: no pasa nada, puedes ir por Italia, saltar a Estambul y la India y llegar a Seúl/Tokio por ahí. 2.- Es que hay muchas ciudades por esa ruta en las que no conozco a nadie. Respuesta: no hace falta que conozcas a alguien en TODAS las ciudades que visites; tal como te mueves tú por el medio urbano puedes parar en cualquier ciudad que te interese ver. 3.- Es que me voy a gastar un pastal. Respuesta: ¿Y qué quieres, ser el más rico del cementerio?

Como ven, no me quedaban muchas más excusas. Pero este plan es algo de un tamaño descomunal y lo primero que hay que hacer es prepararse mentalmente. Esto es como un maratón. Cuando yo corría maratones, en especial el de Madrid que es a finales de abril, yo tomaba la decisión al final del verano anterior y me pasaba cuatro meses preparándome psicológicamente. Únicamente después de navidad es cuando empezaba a intensificar el entrenamiento. Pues esto ha sido así. En Navidad, tomada la decisión, empecé a preparar cosas para este viaje. Por eso se me notaba un cierto desinterés por el blog, como se le nota al marido infiel, que no sabe cómo salir de la situación en la que se ha metido.

Porque el primer plan era haber salido en febrero, después de mi cumpleaños, pero aquí surgió Alain Sinou con su invitación a dar mi última clase en su máster de la París-8 (ya les he dicho que se jubila en junio) y la visita a Madrid con sus alumnos en la primera semana de abril. Así que no puedo emprender viaje hasta después de eso. Y una segunda interferencia: mis problemas con la Brigada Precrimen Dermatológica que, por cierto, todavía no me ha hecho llegar los resultados de la anatomía patológica, casi dos meses después de mi intervención. Mientras no tuviera ese resultado, no quería comprar ningún billete de avión ni reservar ningún hotel. Ni, por supuesto, decir nada en el blog, que ya saben que trae mala suerte. Pero el tiempo se me iba echando encima, porque no me quiero meter mucho en el verano, tiempo en el que la gente se va de vacaciones y no es momento de visitarlos.

Ante una situación que se iba estrangulando, recurrí a mi gurú Kike que, como siempre, me ofreció una solución prudente. Siguiendo su consejo y dado que pretendo iniciar mi gira visitando tres ciudades italianas, me he sacado un primer billete de avión y he reservado hoteles en las tres, con cancelación gratuita. Yo creo que la parte italiana del viaje la haré en todo caso. Si para entonces me llegan malas noticias y me tengo que volver, pues nada, mala suerte. Pero los augurios son en general positivos. Me dicen los médicos que los cirujanos mandan a analizar lo extraído por tres posibles vías: la de urgencia, la preferente (de pronóstico intermedio) y la ordinaria. No tengo dudas de que en mi caso han optado por la ordinaria. Así que paciencia. Pero, una vez que ya tengo un vuelo y tres hoteles (en Italia me moveré en trenes, que hay cada media hora), ya lo puedo contar en el blog y eso es lo que estoy haciendo.

Pero este plan mío no es sólo un proyecto vital, filosófico o existencial, que también, sino una iniciativa esencialmente literaria. Así pues, saldré de Madrid el 14 de abril, domingo, y ya estoy preparando el nuevo blog, que inauguraré seguramente el 6 de dicho mes. Porque es cierto que esto de Reflexiones a la carrera había entrado un poco en bucle y cada vez me visitaba menos gente. Es momento también de refrescar el mailing con el que les aviso de cada nueva publicación o post. En ese mailing había últimamente 32 direcciones de correo. Pues voy a suprimir 10, de gente que me consta que no me leen nunca. Con los otros 22 y más de 30 nuevos iniciaré esta tribuna diferente, que tiene fecha de caducidad: cuando se acabe el viaje, la cierro. Tal vez regrese luego a mis reflexiones a la carrera, aunque no se lo aseguro al 100%. Con 50 o 60 visitas a cada nuevo post, este será también un blog zombie, pero mantengo mi veto a asociarlo a una cuenta de Twitter, para tener miles de visitas. Cuanto más amplías la audiencia, más posibilidades hay de que te entren energúmenos, haters, trolls y similares. Quita, quita.

En estos casi doce años de blogger he aprendido muchas cosas y voy a tratar de aplicarlas en el nuevo producto. Por ejemplo, no voy a incluir etiquetas por temas, que creo que casi ninguno de mis lectores habituales utiliza. Esto, hace doce años era una modernidad, pero lo cierto es que no es de mucha utilidad. Tampoco voy a informar anticipadamente de mis planes y propósitos, para que los lectores se vayan llevando sorpresas. Por ejemplo, yo les explique lo que iba a hacer con los coreanos en Jaén y luego, a toro pasado, se lo conté otra vez. Esto es un rollo. Mi plan es visitar muchas ciudades, pero no pasar en cada lugar más de cinco días, por aquello de que el huésped y la pesca al tercer día apestan. No quiero dar el coñazo a mis amigos y contactos. Y me gustaría dedicar un post a cada ciudad visitada, lo que es un reto para mí, que no me caracterizo por mi capacidad de síntesis. Veremos. Y, ya que les he citado a los coreanos, aquí tienen unas fotos que me han mandado desde su tierra.



En la última, de izquierda a derecha pueden ver a la encantadora Mía Li, los dos becarios, el ex-alcalde de Jaén con jersey azul, el bueno de Woo Chung, mi amigo Santi y el Menda flanqueado por dos pesos pesados del grupo socialista jienense. Abajo una foto más, de nuestra comida en el restaurante. Falta uno de los becarios que fue el que tomó la foto.

Por cierto, mi amigo Woo me envió estas fotos por Whatsapp y después añadió un mensaje que no entendí: Olvidé comentarle que la señorita Sa me dio recuerdos muy cariñosos para usted. Le contesté diciendo que si no se habría equivocado en el destinatario. Me dijo que no, que la señorita Sa trabaja con él, le había acompañado en el viaje a Madrid de 2017 y guardaba un recuerdo imborrable de mí. Entonces me acordé y le pedí disculpas. Y recurrí a mis entradas de blog de 2017. Allí estaba yo con la señorita Sa Ji-won, una mujer guapísmia con la que conecté muy bien. No la había olvidado a ella, sólo su nombre. Y me dijo Woo que acaba de tener un niño. Aquí tienen la foto que nos hicimos en 2017, en un puente de Madrid Río.

Ese gesto que hacen las mujeres coreanas representa un corazón, un mensaje difícil de olvidar. Por lo demás yo estaba mucho más joven que ahora, aunque llevaba gafas porque aún no me había operado de cataratas. El tiempo pasa inexorablemente. Pero, volviendo al presente, esto de los coreanos lo he contado en tres posts. Con el criterio adoptado para el nuevo blog, lo habría contado una sola vez, a toro pasado. Dijo Voltaire que el secreto para ser un pesado consiste en contarlo todo. Pues imaginen si se lo cuentan tres veces. La escapada a Jaén, con todo, es de las peripecias más interesantes del blog en este año, junto con el viaje a París. El resto, un plomo.

Lo que pasa es que la preparación del viaje ocupaba todo mi tiempo y eso no se lo podía contar en el blog. Como les digo, en resumidas cuentas, voy a suspender cautelarmente este blog (como hacen ciertos jueces) y mi plan es presentar el nuevo el 6 de abril, después de que se vayan los franceses. Mientras tanto, les iré detallando los diferentes matices que tiene la preparación de un viaje como el que voy a emprender, además de mis andanzas cotidianas, como hasta ahora. Así que, como de costumbre, sean buenos.

jueves, 19 de octubre de 2023

1.252. ¡Terviseks!

Pues aquí me tienen en medio del cargado programa que les detallé al final del post anterior. Por suerte, he encontrado un hueco para escribirles un post, gracias a que mi amigo y profesor de inglés Ed ha tenido que cancelar la clase de hoy por una cita médica. Así que estoy refugiado en mi casa con el bueno de Tarik, dado que hoy está lloviendo si Dios tiene qué, expresión que solía usar mi padre y que se la brindo al Ateo Piadoso para que la incluya en su diccionario de dimes y diretes que tantas entradas debe ya de tener. Mis actividades de esta semana son el preludio de mi salida para Londres el lunes que viene, viaje del que ya voy teniendo un programa más o menos esbozado, a pesar de que los pronósticos anuncian que estará casi todo el tiempo lloviendo si Dios tiene qué.

Para iniciar el relato de los días transcurridos desde mi post anterior, empezaré por reseñar la visita inesperada de mi amigo Alfred, seguidor ilustre del blog, que me llamó el viernes pasado cerca del mediodía, para decirme que andaba por abajo, en el entorno del Reina Sofía. No teniendo yo otros compromisos en ese momento, acordamos aprovechar la hora para ir a comer en las Bodegas Rosell, donde nos apretamos sendas raciones de bacalao al horno, después de unos entrantes no menos contundentes y todo ello acompañado con buena cerveza de presión. Tras tan grata colación y sobremesa, lo que correspondía era la reglamentaria siesta, asunto que solucionamos subiendo a mi casa, en donde Tarik Marcelino hizo buenas migas con el visitante, como pueden ver en la imagen de más abajo, al pie del selfie que nos hicimos en la terraza.


Tarik es fotogénico y lo sabe, como muy bien ha observado mi amiga África, a la que le tocará quedarse con él durante mi estancia en Londres bajo la lluvia. Por lo demás, la visita de Alfred fue el preludio de un finde bastante tranquilo. El domingo acudí a una sesión mañanera de yoga, que esta vez no continué con el habitual desayuno en La Casa de las Torrijas, sino que lo sustituí por un café y una tostada con tomate en el Four, un café muy agradable que está en la Plaza del Biombo, un recóndito lugar del centro a cubierto de la avalancha de turistas, en donde casi siempre hay sitio y se puede uno obsequiar con diversas delicatesen, sacar el ordenador portátil y quedarse por allí todo el tiempo que se quiera, atendido por una panda de chavales jóvenes, alternativos y tranquilos de diferentes nacionalidades. Un lugar delicioso que les recomiendo visitar.

El motivo del cambio de bar radicaba en que luego quería pasarme por la Biblioteca municipal Iván de Vargas, en la calle Sacramento, para ver la exposición de acuarelas de mi amiga Sonia de Gregorio. La reforma de la antigua Casa de Iván de Vargas está hecha con mucho mimo y buen gusto, organizando las diferentes plantas en torno al llamado Patio de los Magnolios, un espacio central angosto en el que dos magnolios posiblemente centenarios pugnan por subir a recibir la luz solar adoptando una forma poco habitual en esta especie arbórea. Las acuarelas de Sonia son catorce, todas de pequeño formato, sobre paisajes recordados de sus viajes a Italia, que dibuja con un enfoque subjetivo que en ocasiones le lleva a una forma de abstracción. La expo se distribuye en las propias ventanas que dan al patio y realmente creo que merece la pena visitarla. Aquí tienen el cartel de la muestra.

Con el ánimo confortado tras una mañana plena de experiencias exquisitas, regresé a casa para comer y dar una cabezada. Porque después me tocaba bajar a sumarme a la manifestación de protesta contra los bombardeos israelíes sobre Gaza. No es que me sintiera totalmente concernido por esta muestra unidireccional de repulsa de la guerra que se está montando, teniendo en cuenta que el tema en España se ha politizado, de forma que la izquierda apoya a los palestinos, mientras que la derecha y la ultraderecha apoyan a los israelíes. Yo hubiera preferido manifestarme por la paz, el alto el fuego inmediato y la creación de dos estados que puedan convivir, aunque desconfíen entre ellos. Pero me llamaron diversos amigos para que me sumara y, dado que la marcha empezaba a unos cien metros del portal de mi casa, no encontré excusas para escabullirme. Vean el cartel de la mani. 

Lo cierto es que había muchísima gente, más de la que yo esperaba. Pero era un personal de únicamente cuatro perfiles, como muy bien diagnosticó mi querida África, que en estas cuestiones es afilada como un bisturí: la manifestación se componía de A perro flautas, B viejos comunistas, C viejos a secas y D musulmanes a cascoporro. Es exactamente lo que había. Los musulmanes, vestidos a su manera habitual, es decir, los hombres con cómodos chándales y las señoras con pañuelo a la cabeza, formaban el subgrupo más numeroso. Yo me encontré a mis amigos pero luego me perdí de ellos, lo que aproveché como excusa para retirarme rápido, que tenía yo que dedicar tiempo a prepararme mi conferencia del martes. Pero me gustó encontrarme con mis amigos de dos generaciones, con los que me hice algún selfie para dejar testimonio de que, al menos durante un rato, estuve por allí apoyando. 

El lunes me pasé casi toda la mañana en la ETSAM, adonde acudí en coche para escuchar la lectura de tesis de mi amiga Eva Gil, que desarrolló una brillante presentación sobre la historia de los dispositivos electrónicos y su aplicación al diseño arquitectónico y urbanístico. Es curioso el concepto de shrinking, encogimiento, que estos artilugios han sufrido, desde los primeros computadores que requerían una gran habitación para ellos (como los que salen en el film 2001, una odisea del espacio) hasta los actuales I-phones. Como yo no soy ni siquiera doctor arquitecto, no le pude hacer algunos comentarios, pero se los he mandado luego por escrito, por si le sirven de algo, en caso de que su tesis se convierta en un libro. Por ejemplo, que, para ese proceso de shrinking fue clave la aparición de los minúsculos micro-chips y que estos artilugios pudieron fabricarse a partir del descubrimiento de los semiconductores.

Cuando yo empecé a estudiar la carrera en 1968, los semiconductores ya se habían descubierto y empezaban a mostrar el potencial de sus aplicaciones. Pero en la Escuela de Telecomunicaciones, el viejo catedrático de Tecnología se negaba a reconocer ese fenómeno emergente. Por el contrario, decía que eso era imposible y que los semiconductores eran arte de brujería (sic). Como las cátedras en este país son vitalicias, al tipo no lo podían echar, había que espera a que se jubilara. Mientras tanto, el claustro decidió que otro profesor explicara a los alumnos los semiconductores durante el primer trimestre del curso, mientras el viejo cátedro esclerótico les machacaba durante el resto del curso con sus enseñanzas antediluvianas. Estas cosas resultan difíciles de creer ahora.

El mundo ha cambiado un montón, en estas décadas frenéticas que hemos tenido la suerte de vivir en paz. Ahora, el último refugiado saharaui, gazatí o ucraniano, dispone de un móvil de última generación, aunque no tenga para comer, lo que le permite estar conectado con el mundo. Para mí esto es un adelanto, aunque también es cierto que con ese dispositivo te tienen localizado y te pueden enviar un pepinazo en forma de misil que te acierte de lleno en el cocoroto. Esto lleva a la gente de mente más paranoide a pensar que están permanentemente vigilados, algo que les inquieta. No es mi caso, ya ven que yo lo canto todo, tal vez porque no tengo nada que ocultar, e incluso me siento más protegido por el hecho de que mi historial clínico o académico esté por ahí en la nube, lo que puede facilitar que me ayuden si tengo necesidad de ello.

Más me jode el hecho que denuncia el filósofo coreano/alemán Byung Chul Han, en su libro Infocracia, cuya lectura les recomiendo encarecidamente: que al facilitarnos un terminal a cada ser humano, nos han convertido en consumidores compulsivos de información, recibida en tiempo real. Ya no podemos vivir sin el móvil, como demuestra el triste final del chico cordobés que se quedó sin batería y no supo cómo valerse para volver a casa. ¿Será creyente su familia? En tal caso, ¿cómo explicarán que Dios haya tomado esa decisión cruel sobre un chaval que era modélico? Los musulmanes dicen que Alá es siempre justo y que lo que pasa es que a veces no entendemos sus designios. En fin, sin comentarios.

El martes, después de mi clase de inglés, me maqueé adecuadamente en modo conferenciante y acudí a la Torre Norte del Real Madrid. Allí, en el piso 33 (la torre tiene 57) está situado el restaurante Elkar, en cuyo vestíbulo estaba preparada la gran pantalla a la que yo debía conectar mi ordenador para recibir al grupo de promotores inmobiliarios, arquitectos y gestores urbanos de Estonia, que mi amigo Werner está pastoreando por Madrid durante toda esta semana. Cuando llegué, había ya un par de estonios gigantescos y con la nariz colorada. Al parecer, la noche anterior se habían pillado un pedo monumental y por la mañana no había habido forma de despertarlos para que se sumaran a las visitas del día, de modo que venían directamente al restaurante, en donde lo primero que hicieron fue pedir una botella de vino tinto para los dos, de la que empezaron a dar cuenta, mientras yo instalaba mi ordenador, lo conectaba a la pantalla y probaba mi presentación.

Llegó por fin el grueso de la delegación estonia, con Werner cerrando el grupo. Di un paso al frente y me presenté como el speaker, a lo que respondieron sonriendo y diciéndome nice to meet you, pero sin darme la mano, debe de ser lo habitual en esas gélidas tierras. Los estonios son primos hermanos de los finlandeses pero, no sé si por los años de dominación rusa y antes alemana, son gente bastante fría. Es lo opuesto al temperamento latino. Todos son unos armarios de buen tamaño, con aires de luchadores de lucha libre, ojos invariablemente grises que parecen reflejar las estepas de su tierra, y beben como cosacos. Por cierto, el grupo sería de unos veinte, entre los cuales había unas cinco mujeres, todas de edades medianas. Les conté mi presentación, sobre los nuevos barrios que van a surgir en la operación Nuevo Norte y también les expliqué someramente el proyecto Bosque Metropolitano.

Aguantaron estoicamente mi hora de charla e hicieron algunas preguntas sobre cómo se iba a solucionar el suministro de agua en ambas operaciones, algo muy típico de estos grupos que vienen de lejos con la idea, no del todo equivocada, de que aquí estamos en pleno desierto. Lo que nos llevó directamente al restaurante, en donde nos sentaron a Werner y a mí en los extremos. Empezaron con el vino e inmediatamente rompieron a hablar en estonio muy animadamente, sin consideración alguna con los dos anfitriones que no sabemos una palabra de ese idioma. Creo que unos latinos nunca hubieran hecho eso. A ratos miraba a hurtadillas a Werner, que todo el rato estaba consultando su teléfono móvil sin hablar con nadie. Pero yo no me doy por vencido en estas situaciones, así que forcé a mis vecinos más próximos a contestarme algunas preguntas en inglés y acabé confraternizando con alguno, especialmente con un arquitecto que se llama Allan Tull, con el que intercambié tarjetas.

Supe así que Estonia tiene en total millón y medio de habitantes y que tiene cuatro ciudades principales. Tallin, la mayor, donde se concentra el 40% de la población, es la capital administrativa, yo la he visitado y he cogido desde ella el ferry a Helsinky, al otro lado de la embocadura del golfo de Finlandia, en cuyo extremo interior oriental se sitúa San Petersburgo, conformando un triángulo mágico de ciudades maravillosas. Luego están Tartu, el mayor centro universitario del país, Parnu, en la costa sur, que es el lugar de veraneo y playa y por último Narva, al norte de la frontera con Rusia, donde se concentran las tropas de la OTAN que protegen el país de su vecino más feroz y poderoso. El resto del país es una estepa bastante improductiva, por un clima que impide la agricultura o la ganadería extensivas. Es en cambio un país puntero en tecnologías de la información.

Cuando nos sirvieron los primeros vinos, les propuse un brindis y les pregunté cómo se decía ¿prosit?. Con cierto sonrojo, Allan me dijo que no, que eso era ruso. Yo creo que es más bien alemán (los rusos dicen nash darovia), pero no quise contradecirle y le pedí disculpas. Me contó entonces que en Estonia se brinda diciendo ¡Terviseks! Me explicaron también que el significado de esa exclamación es algo así como ¡al diablo!. O a la mierda. O a tomar por culo. Me interesé también por saber si yo podría viajar a Tallin y pasar de allí a San Petersburgo. Me dijeron que necesitaría un visado, desde luego , y que la situación varía de mes en mes. Normalmente, no es muy difícil cruzar a Rusia, lo que es a menudo muy complicado es volver de allí, así que el capricho te puede salir caro. Todos me señalaron a un ingeniero, del que me dijeron que trabaja al otro lado y entra y sale sin dificultad porque la especialización que él ofrece se considera muy valiosa y procuran no molestarle.

Al final hablé también un rato, mientras esperaban su autobús, con Virve, la rubia teñida de amplias carnes que parecía comandar el grupo. En un momento dado empezó a hablar en español. Ante mi sorpresa, me dijo que ella vive hace muchos años en Denia, donde regenta una agencia que organiza viajes a sus compatriotas por nuestro país. Le dije que seguramente sentiría nostalgia de volver a su tierra. Me contestó que para nada. Y añadió: yo soy más cálida. Efectivamente, aquí el clima es más benigno, le dije. No me refería al clima, cerró la conversación. Yo ya sabía a qué se estaba refiriendo, sólo quería asegurarme. Tomaron ellos el autobús para continuar el tour por la ciudad, y yo bajé al Metro para volver a casa, donde luego tenía sesión de Billar de Letras, que esta vez no fue especialmente interesante.

Ayer miércoles por la mañana, cogí el coche para ir a recoger los análisis que me había hecho. Estas cosas siempre las abordo con cierta inquietud, a la espera de que un día mi suerte se quiebre, pero no fue esta vez: los resultados son excelentes, estoy como un león y la suerte me ha dado una tregua o prórroga de un año más. Ya en casa, bajé a un chino de mi barrio a pedir que me cambiaran la batería del móvil, para evitar lo que me pasó en mi último viaje a París, que debía salir por la mañana con el cargador, porque a mediodía ya se me había agotado la carga. Mientras me lo reparaban me acerqué a tomarme un manzanilla en La Venencia y tras recoger el móvil me fui al Ricla, en donde me habían anunciado que la madre había cocinado calamares en su tinta con arroz, a lo que me apunté con entusiasmo. Terminé este día venturoso con mi clase  de guitarra en Palomeras, la última antes de mi viaje. Y dejé en la academia la guitarra eléctrica, por si Henry la quiere utilizar en estos días.

Esta mañana, al fallarme la clase de inglés, me he puesto a escribir para ustedes, tarea que he interrumpido dos veces. La primera, para bajar a ponerme la vacuna contra el Covid y la gripe, para lo que he tenido que recurrir al paraguas si no quería calarme al recorrer los cien metros que me separan del Centro de Salud. En el portal de al lado, tres mujeres con bata blanca se resguardaban del diluvio mientras fumaban con fruición, como hace una buena parte del personal médico, que luego te recomiendan encarecidamente dejar el tabaco. La segunda interrupción ha sido para tomarme un par de tostadas con tomate y jamón, que luego tengo yoga de nuevo y he de acudir con el estómago no muy lleno. Antes de eso, a las 17.00 me conectaré on line con un seminario de la red C40 sobre vivienda asequible y ciudades inclusivas. Mi amiga Costanza me sigue pasando los enlaces a estos encuentros a pesar de estar jubilado.

Como ven, estoy entretenido con múltiples tareas, además de todo lo que implica la preparación de mi periplo londinense, que ya les iré contando. Con esta ocupación a tiempo completo, intento olvidarme de lo mal que está el mundo y de los problemas internacionales que nos abruman: Gaza, Ucrania, la posibilidad de que vuelva Trump. Desde nuestra atalaya aparentemente segura a pesar del diluvio, observamos todo ello con mucha desconfianza. La misma que muestra el presidente chino Xi Jinping, a quien no le interesa nada que el mundo vaya mal, porque necesita vendernos sus productos. Abajo les dejo de propina una foto de este señor, bastante explícita. Yo sigo teniendo mi móvil Huawei, que con la batería nueva va como un tiro, y aquí en mi refugio en el centro de Madrid, le digo a la situación: ¡Terviseks! Sean buenos.  

miércoles, 9 de agosto de 2023

1.240. De Mammoth Lakes al conflicto de Niger

Como les conté, tengo guardadas en mi casa las guitarras con las que Ghalia Volt suele actuar en Europa acompañada por su grupo (bajo, batería y teclista), mientras la chica cumple con algunos compromisos en USA en su versión one woman band. Entre esos bolos destaca el Mammoth Festival of Beers and Bluesapallooza de este año. Es este un festival que se viene celebrando desde 1986 en el pequeño pueblo de montaña del interior californiano conocido como Mammoth Lakes. El festival de este año se ha celebrado ya entre los días 3 y 6 de agosto, con un cartel espectacular: Kenny Wayne Shepherd, Larkin Poe, Samantha Fish, Christone Kingfish Ingram, Ally Venable, Shemekia Copeland y muchos más artistas del nuevo blues americano. Pueden ver el elenco del festival pinchando AQUÍ. El evento está consagrado a la cerveza y el blues, en un entorno campestre en el que los músicos confraternizan y renuevan sus contactos (y sus contratos). De allí me llega la foto que les muestro abajo: Ghalia y mi querida Sam flanquean a otro de los artistas del cartel, que se llama Eddie 9V.

Ghalia Volt está anunciada con su grupo para tocar este sábado, 12 de agosto, en Torreperogil (Jaen) y estoy a la espera de sus instrucciones para ver cómo le hago llegar las guitarras. Todo esto, mientras cae la tercera ola de calor sobre mi casa del barrio de Atocha, en la que nos refugiamos mi gato Tarik y yo, esperando tiempos más relajados climáticamente. Por cierto, ayer se celebró en todo el mundo el Día Internacional del Gato, dedicado a estos inteligentes animalitos, que han logrado domesticar al hombre (y no al revés) y que eran protegidos y amados por culturas tan ancestrales y desarrolladas como la egipcia. Tarik me recibió el lunes de vuelta de mi viaje imaginario (digamos que, como no me encontró nadie callejeando por la Plaza de Santa Ana, hemos de convenir en que estuve en Ámsterdam), con una sarta de maullidos entre los que se podía traducir fácilmente una queja: ¡no hay derecho, hombre, a que le dejen a uno solo tres días! Ya saben, supongo, que los diferentes maullidos de los gatos son un código de lenguaje que han desarrollado exclusivamente para relacionarse con los humanos; entre ellos no se maúllan. Vean cómo se acomoda Tarik para echarse la siesta sobre mis tobillos.

¿Cómo dicen? ¿Que lo que quieren es saber más detalles de mi viaje relámpago por tierras holandesas? Pero mira que son ustedes cotillas. Vamos a ver. Desde el primer post les he dicho que este es un blog eminentemente literario. Para darle vida y gracia, me he inventado un Emilio imaginario, un personaje literario de mí mismo, una especie de heterónimo o sosias. Pero además hay un Emilio real, que sigue su vida. El Emilio bloguero es un personaje que nunca se viene abajo, que es inasequible al desaliento y al que todo el rato le suceden cosas dignas de ser contadas en el foro. El Emilio real, en cambio, es un tipo algo más taciturno, con sus bajones y, por supuesto con su vida privada como cualquier otro ser humano. Durante bastantes años de blog, yo mantuve una relación de pareja, pero aquí no se contaba nada al respecto. Esa relación terminó, y tampoco supieron ustedes nada de ello. Ahora hay un tema incipiente, todavía en estado larvario, del que no les voy a dar muchos detalles.

Lo que pasa es que, como ya les he dicho también, el Emilio bloguero y personaje literario se va poco a poco apoderando del Emilio real. Es así como, en esta historia incipiente de la que les hablo arriba, me sucedieron un par de episodios de farmacia, cuyo potencial para el blog capté enseguida. Tenía que contarlos aquí, no podía dejar de aprovecharlos. Así que, haciendo de la necesidad virtud, los arropé con una parafernalia ad hoc, para ponerlos en contexto y de paso darle vidilla al blog, con un punto picante. Me limitaré a decirles que, en Ámsterdam, era la fiesta grande del Orgullo Gay, que dura toda una semana y tiene su día grande el sábado, el día en que llegamos. Y estaba lloviznando todo el tiempo, con temperaturas por debajo de los 20 grados. Así que la vuelta al horno madrileño ha sido especialmente dura, si bien ya les he comentado que este año el calor no está siendo tan agobiante como el pasado. Para bien o para mal, hemos tenido tres picos de ola de calor, separados por alivios tangibles y, así a lo tonto, estamos casi a mediados de agosto y esto está ya vencido.

Con escapadas como las que he tenido en estos últimos fines de semana, la cosa se soporta aún mejor. Como no tengo yoga en la academia hasta el día 17 y además llevaba más de un mes sin bajar a correr al Retiro, me he organizado un programa de ciclos de tres días: running, descanso y yoga en casa. Ayer estuve descansando del viaje, comprando algo de comer para las próximas semanas y fui a regar las plantas de una amiga que me ha dejado el encargo. Hoy he empezado mi programa bajando al Retiro muy tempranito para evitar los calores posteriores. Por fortuna, el parque no estaba cerrado, riesgo que se corre en Madrid, donde nos gobierna el único alcalde del mundo que cierra los parques por el calor (y ahora también las piscinas públicas a mediodía). Después de tanto tiempo, me he encontrado bien y he completado el circuito intermedio de 6,5 kms sin mayores agobios.

La verdad es que no puedo entender que haya gente que niegue todavía el cambio climático, hace falta ser tarugo. Cada vez hace más calor y eso es una evidencia. Y cualquier política inteligente ha de transitar por dos vías: la lucha contra y la adaptación a. Para irse adaptando al cambio climático, las ciudades se dotan de medios como parasoles, toldos y sobre todo muchos árboles. En este momento, reformar una plaza como la Puerta del Sol de la forma en que se está haciendo, es de ser muy paletos. Hace ya años que recibí a un curso de la escuela de arquitectura de Frankfurt. Venían los estudiantes para ver qué tipo de vegetación utilizábamos nosotros en las plazas, en el convencimiento de que, en pocas décadas los espacios libres en Alemania tendrían unas condiciones climáticas como las nuestras actuales.

Hace poco he tenido la ocasión de asistir a un seminario sobre el nuevo Plan Urbanístico de París, ahora mismo en tramitación y discusión. En los primeros párrafos de su memoria se formula la hipótesis de que París, en 2050, tendrá un clima similar al actual de Sevilla. No nos queda otra que adaptarnos. Pero hay una segunda línea de trabajo: la lucha contra el cambio climático. Aquí sí que entra ya la disidencia de los grupos negacionistas. Porque sostienen estos que el calentamiento global que sufrimos no se debe a la actuación del hombre, sino a variaciones cíclicas que se producen periódicamente de forma natural, como sucedió con las diferentes glaciaciones. Gentes como Donald Trump sostienen esta teoría, contra el 95% de los científicos del mundo. Dicen estos negacionistas que esto del calentamiento global es una excusa para que determinadas empresas, digamos ecológicas, se forren haciéndose las modernas y las preocupadas por el planeta, a costa de joder a la industria tradicional dependiente del petróleo.

Esto es lo que lleva a borricos como los alistados en Vox a suprimir las concejalías dedicadas al cuidado del medio ambiente. Pero es una teoría que no se sustenta. Porque, precisamente las grandes industrias, son las que se están decantando por transformarse y depender menos del petróleo que de las otras fuentes de energía más ecológicas, entre otras razones, porque se sabe que el petróleo del mundo no es infinito. Por ejemplo, cada vez son más los coches eléctricos e híbridos que circulan por las carreteras y cada vez menos los diesel. Cierto que en este sector hay mucho de postureo y funciona lo que en inglés se llama el green washing, el lavado de imagen ecológico. Las marcas compiten en la producción de vehículos eco-chachis, algo que se puede comprobar en los anuncios que nos asedian en la tele y en el cine.

Respecto a esto de los coches, quiero contarles un tema concreto y desmentir una afirmación que hice en su día en el blog y que he verificado que no es cierta. Recuerdan que yo tengo un acuerdo con la marca Toyota por el que cada cuatro años me renuevan mi coche híbrido. De hecho, el último de estos coches me lo dieron en junio y tiene ya unos 3.000 kms, tras mis viajes a Béjar y La Coruña. El cambio de coche me tocaba en abril pero, como en navidades, me enteré de que tenía que pedirlo ya, porque se estaban retrasando. A pesar de empezar los trámites en enero, incluyendo el pago de una señal, finalmente se retrasaron dos meses en darme el coche nuevo, por lo que incluso tuve que pasar la ITV del viejo, como les conté.

Bien, pues, cuando yo llamé a mi amigo de Toyota en Navidad, me explicó vagamente que ahora había que pedir los coches con mucho tiempo, porque la situación de la industria había cambiado mucho en estos últimos cuatro años. Yo entendí que me estaba diciendo que la industria del automóvil pasaba por momentos malos, porque ya no había tanta demanda, hilando lo que me decía con el hecho de que la gente joven ya no quiere coches, por motivos de cuidado del planeta. Ante eso, las marcas habían desechado la vieja práctica de fabricar continuamente para tener siempre un stock del que ir tirando, y habían empezado a fabricar coches bajo pedido: tú compras un coche y te lo empiezan a fabricar entonces. Incluso te facilitan una aplicación desde la que puedes ir siguiendo el proceso de fabricación.

Eso es lo que yo interpreté, ingenuo de mí, de lo que sibilinamente me contaba mi amigo de Toyota. La realidad es muy diferente y ha tenido que ser mi hijo Kike, muy puesto en los temas de la economía mundial, quien me sacara del error. La industria del automóvil está más pujante que nunca. A partir del tema del cambio climático, han centrado toda su inversión en construir coches eléctricos e híbridos, en parte por ayudar al planeta y en parte por el citado green washing. El problema es que los coches ahora son electrónicos, están gobernados por circuitos digitales, para los cuales se necesitan materias primas como el litio, básico para las baterías, lo mismo que para las de los móviles, tablets y ordenadores. Y en este momento hay escasez de esos productos y cuellos de botella en las cadenas de distribución.

Estos materiales preciosos, que son el nuevo oro, se obtienen sobre todo en países del tercer mundo, en condiciones lamentables, y conflictos como el de Ucrania, o la pasada pandemia, han generado retrasos en la llegada de componentes para las baterías, o circuitos integrados que se montan en China y tampoco llegaban por el cierre de fronteras del Covid. No soy un experto de estos asuntos, pero parece claro que son complejos y están detrás de muchos de los problemas geoestratégicos actuales. Por ejemplo, el conflicto de Níger. En este remoto y pobre país africano, unos generales han depuesto al presidente elegido democráticamente (en teoría), que es un peón de occidente. Por ello cuentan con bastante respaldo de la población. Níger sigue la línea abierta por sus vecinos Burkina Faso y Mali, que han tenido golpes militares apoyados por la población y están echando a los occidentales.

En Níger hay petróleo, oro, carbón y fosfatos, además del preciado uranio, que se necesita para las centrales nucleares, sobre las que se sustenta toda la economía de países como Francia. Hablo de todo esto con mi amigo Habib, que es de Ghana. Habib lleva 20 años en España, ha criado aquí a sus tres hijos y es hombre siempre ponderado. Le digo que Ghana es, para mí, uno de los países más democráticos y presentables de África. Dice que es así, pero que no escapa a los males y las corruptelas de todos los demás (las que les pude explicar del Congo Brazzaville, por ejemplo). Me cuenta Habib que, en Ghana, ha habido un reciente escándalo. Han entrado a robar a casa de una ministra del gobierno y, según la denuncia, se han llevado un millón de dólares que esta señora tenía en su casa y no en el banco. No huele muy bien.

Habib se marchó de su tierra hace mucho y dice que lo que está pasando en Niger, Burkina Faso y Mali no es otra cosa que una muestra de que la gente ya se ha hartado. También en Senegal, otro modelo de estabilidad democrática, hay un lío gordo: hay elecciones el año que viene y acaban de encarcelar al jefe del principal partido de la oposición, que ha sido disuelto formalmente, generando una gran contestación en la calle. Los países más potentes, unidos en la OUA, tratan de contener el descontento, para no perder el beneplácito de occidente y sus toneladas de ayuda humanitaria, pero el tema se está desbordando. Hace unos días ha circulado por ahí un vídeo de una africana, imagino que guineana por lo bien que habla español, que explica algunas claves del conflicto de Níger.   

Complicado mundo. Cada vez me reafirmo más en mi teoría: la mayor putada que se le hizo a los países africanos fue la colonización, pero la segunda mayor putada fue la descolonización. Los occidentales salieron por piernas, pero aseguraron sus negocios y dejaron a la gente en manos de tiranos y cabrones, sin la suficiente preparación para organizar democracias mínimamente solventes, con una división en países totalmente artificial y difícil de implantar en una región con muchos pueblos nómadas. Lo de Níger puede sumarse a Mali y Burkina, en donde rusos y chinos ya tienen una preponderancia apoyada en el grupo Wagner y otros. En esa situación, el que puede se pira, aunque se arriesgue a morir en la patera. Este tipo de historias está también detrás del cambio brusco de política de España en relación con el Sáhara.

Está claro que a Sánchez no se le ha ocurrido dar ese volantazo, es algo que le han soplado desde arriba. ¿Quién? ¿Biden? El Mohamed está ahora a partir un piñón con USA e Israel, además de los Emiratos. Las empresas yanquis y europeas pueden esperar un trato de favor en la región. Y no se olviden de que en el Sahara hay también petróleo, gas, fosfatos y uranio. Si no fuera así, a quién le iba a interesar semejante secarral. Y ya que hablamos de Sánchez, yo creo que vamos a nuevas elecciones. El enredo es de tal magnitud que ni siquiera un titiritero acreditado como el presidente parece capaz de ponerle el cascabel al gato. Y no descarten que el PNV no haga una de las suyas y empiece a decir que a Abascal no le huele el culo tan mal. En este país, sólo hay una cosa cierta: el PNV es el partido más fiable. Puede traicionar igual a unos que a otros. Eso, que sean buenos.

domingo, 25 de junio de 2023

1.231. El mundo sigue girando

Soy consciente de que en estos últimos tiempos he disminuido bastante el ritmo de publicaciones, pero no puedo avivar el tema mucho más porque estoy ocupadísimo, como les cuento. Sólo con hacer una mera enumeración de mis actividades, ya relleno un texto del tamaño crítico de mis posts y apenas me queda espacio para alguna de esas viejas reflexiones a la carrera que a veces sobrevolaban mis textos. La vida del mundo y sus habitantes sigue a su ritmo esperado y lo acojonante es cómo nos vamos haciendo cada día más viejos y nos vamos acercando a esa línea que nos iguala a todos. Como ya he escrito, yo, cada vez que me levanto por la mañana y compruebo que no me duele nada y que puedo prepararme mi café triple y mi zumo de naranja salteado con arándanos, doy gracias encarecidamente a mi suerte al ver que no he avanzado más hacia esa línea inevitable y estoy más o menos como el día anterior.

Pero yo, ahora mismo, tengo a dos amigos muy queridos y fieles seguidores de este blog, que han dado sendos acelerones en esta carrera y están ya cerca de la meta. Es muy duro ver consumirse a un amigo, pero estos dos simplemente se han adelantado en una deriva en la que detrás vamos todos los demás; yo no conozco a nadie que no se vaya a morir un día. Y nuestro deber es hacerles compañía en ese trance tan tedioso para ellos y tan doloroso para los que les rodeamos. Y a vivir mientras podamos. Este post es, pues, un homenaje sentido a estos dos colegas, cuyos nombres no digo para respetar su privacidad. Pero, mientras tanto, nos llegan algunas imágenes que ilustran lo que les digo. Por ejemplo, hace unos días tocó en Bilbao la inigualable Chrissie Hinde, la vocalista y líder de los Pretenders, una mujer de la que todos estábamos enamorados en su día. Vean qué aspecto tiene ahora.

Chrissie es, como yo, de la quinta del 51 y está por tanto a punto de cumplir los 72, porque ella es de septiembre. Y se mantiene en plena forma, como se puede observar, si bien los estragos físicos de la vejez se pueden constatar a primera vista. Yo he visto a los Pretenders al menos tres veces, que recuerde, en el Bernabeu, como teloneros de U2, en la sala Aqualung, ahora mismo a punto de ser demolida para posibilitar un pelotazo de la era Almeida en la Ermita del Santo, y una tercera en La Riviera, con un sonido infame que apenas lograba elevarse por encima del murmullo del personal, que nunca he entendido por qué van a los conciertos para seguir contando a voces sus penurias mentales, en vez de dedicarse a escuchar la música. Otro que muestra los estragos de la edad, es el gran Keith Richards, el alma de los Stones, aquí ven una imagen de sus manos, que siguen tocando primorosamente su histórica Telecaster. 

En fin, la vida es un proceso de deterioro progresivo, que, según unos, se inicia muy pronto y es imparable. Por ejemplo, mi hijo Kike dice que la cosa empieza en torno a los 25 años; que él, antes de esa edad, podía rematar de chilena y darse la costalada contra el suelo sin mayores quebrantos y, desde que cumplió los 25, ya no se atreve a hacerlo porque le da miedo. Y luego están los extremistas más revirados hacia el pesimismo existencial, que dicen que el proceso empieza en el momento mismo del nacimiento, que la verdadera vida es la que se vive en el seno uterino, flotando en ese líquido maravilloso que nos arropa y nos da de comer, y que por eso los recién nacidos lloran muy fuerte, para expresar su protesta por la pérdida del paraíso. Yo que, como saben, soy un optimista inveterado, sostengo que cada edad tiene su punto y que, una vez superada la adolescencia (tiempo en que te empieza a crecer la clavícula y no sabes qué te está pasando) cada período de la vida tiene sus cosas interesantes y hay que saber disfrutarlas.

En este momento, yo estoy disfrutando de esta nueva juventud de solitario urbano que me ha tocado y en la que me lo estoy pasando bastante aceptablemente. Dicho todo esto, les haré mi habitual crónica de estos días transcurridos desde mi anterior post, que escribí en la tarde del domingo 18 de junio. Lo cierto es que el lunes 19 no tenía nada anotado en mi agenda, porque era luna nueva y ya saben que en mi línea de Ashtanga Yoga, los días de luna nueva o llena no se hace ejercicio de ningún tipo. Y lo cierto es que fue una jornada en la que llegué a sentir una especie de vacío existencial: y ahora qué coño hago yo, aquí con mi gato mientras el calor se va adueñando de estos días, los más largos del año. Pero sobreviví viendo alguna serie de Netflix y haciendo sudokus difíciles, ocupaciones típicas del jubilado proverbial que no soy.

El martes 20 ya me incorporé a mi rutina hiperactiva con todos los honores. A las 10.30 tenía una cita para terminar de hacer la Declaración de la Renta en una gestoría en la calle Cartagena, ya cerca de la Avenida de los Toreros. Me fui andando atravesando el Retiro que estaba precioso y luego por la calle Alcalá hasta Manuel Becerra. Llegué con tiempo de sobra, que aproveché para acercarme a la tienda Kiwoko a comprarle unos juegos a Tarik, que en pocos días destroza los que le voy sacando. El tipo que me ayudó con la renta, es muy bueno, me cobró 80€ que doy por bien pagados porque este es un tema que me genera mucha angustia y necesito apoyarme en alguien que me dé seguridad. Volví caminando y apenas pude descansar un ratito, porque luego tenía una cita para comer con tres amigas que se mantienen activas en sus diferentes puestos del Ayuntamiento.

Nos habíamos citado en La Tavernetta Siciliana, un lugar delicioso de la calle Orellana, donde nos obsequiamos con unas pastas fabulosas, después de compartir una caponata, que es una especie de pisto de las regiones sureñas de Italia. Tuvimos margen de comentar la actualidad municipal, a punto de empezar la segunda legislatura de Almeida, que manda carallo que haya sacado mayoría absoluta siendo el alcalde más petardo de la historia de la ciudad, lo que viene a indicar el nivel del personal e infunde verdadero miedo de cara a estas inminentes elecciones generales de nuestros penares. A este respecto les diré que, aunque me considero yolandista irredento, como ya proclamé en el blog, al menos tres amigos que no se conocen de nada entre ellos me han dicho que esta vez el voto útil es a Pedro Sánchez, por poco que nos guste, si queremos evitarnos el bochorno de tener que sufrir a Abascal-tu-culo-huele-mal, nada menos que de vicepresidente del país.

En las locales, ya saben que yo voté a Recupera Madrid, con otros 6.000 incautos y ya he tenido que sufrir diversos regaños, e incluso lecciones de izquierdismo de tipos que iban en pañales cuando yo me andaba peleando con los grises en la universidad. Seguí a mi corazón y no me importa reconocer que me equivoqué. Quede esto como una sincera autocrítica. Como yo no soy el Papa, puedo equivocarme y, como tampoco soy Pablo Iglesias ni Irene Montero, puedo hacer autocrítica y reconocer mi error. No quisiera recaer de nuevo en el error y, aunque no me hace mucha ilusión votar a Sánchez, pues como que me ha entrado la duda. Ya hablaremos de esto. Mis tres contertulias del martes afrontan con verdadera desgana este tiempo que viene en el que no pueden todavía jubilarse como yo. Como suele suceder, los equipos técnicos no se constituirán hasta septiembre.

Pero, después de la comida, apenas pude descansar, porque a las 19.30 tenía la sesión de cierre de Billar de Letras hasta septiembre, en torno a un libro delicioso, Alberte y Jakob, escrito en los años 20 del siglo pasado por una señora noruega llamada Cora Sandel. Es un texto de una delicadeza extrema en el que se cuentan las penas de una adolescente que no es muy agraciada y a la que le gustaría estudiar una carrera universitaria, pero sus padres han decidido que su dinero es para que estudie su único hermano, que es un zote reconocido. Así se funcionaba entonces: las chicas estudiaban el bachiller y, por brillantes que fueran, les tocaba empezar a mostrarse por el paseo, arriba y abajo, para pescar un marido. Mi madre, sin ir más lejos fue un ejemplo de eso: su único hermano estudió para ingeniero de Caminos, mientras a ella se le vetaba la vía universitaria y se la condenaba a buscar marido. Menos mal que dio con mi padre, que le dio una vida bastante plena para los parámetros de esa época.

El miércoles madrugué y salí a correr al Retiro. Por pitos o por flautas, llevaba como un mes sin bajar a correr, desde antes de mi viaje a Cáceres por el Womad. Y me encontré un poco fuera de forma, pero bastante bien. Luego, me preparé una comida, me eché una siesta y me fui a Palomeras, por última vez en Metro, porque la Línea 1 la cierran hasta finales de octubre. Sólo me queda una clase de guitarra, la que haremos el miércoles que viene, en forma de audición para los familiares de los alumnos más jóvenes. Hicimos el último ensayo y comprobamos que estamos listos para la audición. El jueves tuve mi habitual clase de inglés, hice algunas gestiones pendientes y me fui al yoga, una sesión agotadora por el calor y las agujetas por la carrera del día anterior. Comí en el Ricla unas albóndigas excepcionales, me acerqué a La Mexicana a reponer café para mi cafetera y aproveché para subir a la FNAC y comprarme los libros para el Billar de Letras de otoño.

Y volví caminando a casa, donde pasé la tarde descansando, porque me encontraba bastante matado de la carrera, el yoga y lo demás. Y además debía recuperar fuerzas para el viernes, que venía fino. Una vez libre de la Declaración de Hacienda y con dos meses de descanso de clases de guitarra y de Billar de Letras, espero tener más tiempo para correr y para escribir más seguido en el blog. Pero anteayer viernes, madrugué y me calcé en ayunas un té de ginseng rojo coreano, que es para mí como las espinacas de Popeye y que no dejo de tomarme cada vez que tengo un sarao profesional que implique hablar a un grupo y mantener una actividad continuada. Desayuné y caminé hasta el Puente de Toledo, donde estaba citado con la delegación coreana: la Expressway Korean Corporation, encabezada por su CEO el señor Jingyu Ham, con los tres que habían venido una semana antes y otros dos muy jovencitos que no decían nada, hasta el punto de que llegué a pensar que eran hijos de Ham.

Les dejó allí un minibús de la empresa Spainbus, conducido por una chica que se llamaba Mónica y a la que le pedí una tarjeta, por si tenemos que tirar de ella en algún sarao futuro. Los coreanos venían con una intérprete-guía, diferente de mi amiga Mía Li, que atendía por Kim y era muy graciosa. Dimos un paseo de apenas una hora, porque el jefe no era mucho de andar. Ya me había advertido mi amigo el señor Chung de que este señor era muy diferente a él, aunque eran amigos y tenían una buena relación. El señor Ham es bastante autoritario y los tres que yo conocía de la semana anterior y con los que había hecho muchas risas, estaban ahora bastante envarados y atentos a ver qué demandaba el sumo pontífice. Por ejemplo, Ham llevaba una botellita de agua y, cuando había que subir alguna escalera ayudándose de una barandilla, únicamente hacía un gesto con la botella hacia un lado y enseguida había alguien que se la cogía, para que tuviera las dos manos útiles. Ese gesto lo hacía sin mirar al costado, como Laudrup cuando centraba.

Después de una hora de andar, nos sentamos en una terraza a tomar unas tónicas y cafés y allí yo les seguí hablando del proyecto Madrid Río, atendiendo a las cuestiones que me planteaban los tres técnicos más mayores. El jefe se mostraba displicente, como un marqués, y miraba en torno, como si no le interesara nuestra charla. Y los dos semiadolescentes estaban como medio empanados. Llamamos a Mónica a que nos viniera a recoger y nos llevara a la sede de Madrid Calle 30. Allí nos recibieron cordialmente y pasamos a una sala donde yo les mostré mi presentación del proyecto. A continuación visitamos el Centro de Control de Túneles y nos internamos en las profundidades para visitar los sistemas de ventilación y filtrado de aire del túnel conocido como el By-pass sur. Este doble túnel, de 3,5 kms, discurre a 60 metros de profundidad y fue realmente la parte más interesante de la mañana. No había estado en ese lugar desde una visita durante las obras gallardónicas de la tuneladora.

Allí, a las profundidades de la tierra, vino a recogernos Mónica con su minibús para llevarnos a la superficie, después de cerca de 4 kilómetros de circular por la vía de emergencia que discurre por debajo de los carriles útiles del by-pass. Terminamos en la puerta del restaurante Oviedo, un asturiano que está cerca del paseo de la Chopera, en donde comimos los coreanos, la interprete, la conductora del bus y yo. El técnico de Calle 30 que había dirigido la visita se excusó diciendo que tenía que ir a recoger a sus niños al cole. Entré al quite diciendo que yo me quedaba, que no tenía que recoger a mis niños porque ambos pasan de los treinta, chiste que fue debidamente traducido por Kim y celebrado por los tres más majos con grandes carcajadas, entre la sonrisa torcida del jefe y la indiferencia estulta de los dos chavales.

Lo mejor de todo fue la entrega de regalos que hicimos en Calle 30 con los típicos posados y fotos de las que no tengo imagen todavía, espero que me las manden. A mí me tocó una nueva remesa de té de ginseng rojo coreano, aunque una semana antes me habían traído otra. Esta nueva no es en forma de solubles, como las que yo me he tomado siempre, sino en ampollas de extracto, que he de averiguar cómo se toman, que esto del té de ginseng rojo es una bomba y hay que administrarlo con cautela. Al final de la comida, Kim me regaló un par de dulces coreanos, también a base de ginseng rojo, un detalle personal suyo, que agradecí debidamente. Y me despedí de todos. Ellos tenían todavía unas tres horas del contrato del bus y decidieron que se iban a Toledo, para ver al menos la panorámica desde el Parador.

Volví a casa en Metro porque estaba cansado, pero mi jornada de viernes no terminaba todavía. A las siete tenía teatro en el Español. El sueño de la razón, de Buero Vallejo. Por distintas circunstancias, me sobraba una entrada así que, tras ofrecérsela en vano a un par de chicas de esas que me gustan pero no me hacen ni caso, se la brindé a Miguel, mi nuevo amigo al que me presentó Gonzalo López, el hombre de San Diego. Me había dicho que sí con entusiasmo, pero luego resultó que el hombre estaba medio malo y se pasó la obra entre cabezadas y ratos mirando al suelo sujetándose la cabeza con los codos sobre las rodillas. Me explicó que le han quitado la próstata hace unos días y que estaba tomándose unos antibióticos que le hacen polvo el estómago. Le regañé: podía habérmelo dicho y yo hubiera vendido la entrada. Pero se disculpó diciendo que le daba rabia no corresponder a mi amabilidad. El caso es que, aunque la obra era en parte una castaña (en mi opinión, no en la de otros del grupo), a mi pobre amigo le dio una especie de bajón hipoglucémico y se encontraba fatal.

Le pregunté qué quería hacer y me dijo que necesitaba tomarse una sopa o algo caliente. Así que le llevé a un asiático del entorno en donde se tomó una sopa de wantún que le sentó maravillosamente. Yo le acompañé con una cerveza japonesa Asahi, porque tenía la comida asturiana de los coreanos en las amígdalas. Dimos luego una pequeña vuelta y lo acompañé hasta el Metro Banco, de vuelta a su casa. En fin, esta historia cierra un poco el círculo del post, hemos empezado hablando de las calamidades que sufrimos los mayores y rematamos con otra versión de lo mismo. Así que, lo dicho, a celebrar la vida los que estemos de momento con buena salud y a tratar de hacer cuantas más cosas mejor. 

Viene el calor, acabamos de sobrepasar el solsticio y estamos en los días más largos. Para estas olas de calor es muy bueno dedicarse a la lectura. Yo he parado un rato de escribir para ponerme a cocinar para los que estamos aquí cuidando al doliente. Ahora terminaré el post, me echaré una siestecita por aquí y me pondré seguramente a leer. Mientras va cayendo la tarde madrileña al ritmo habitual. Tengo un par de imágenes para cerrar este texto animándoles a la lectura. La primera  está relacionada con el Ulises, la obra maestra de James Joyce, que yo me he leído ya dos veces y sin embargo conozco a bastante gente que ha sido incapaz de terminársela por una sola vez. Como mi amiga África, que dice que es una castaña pilonga. La primera de las imágenes que les traigo, muestra a Marilyn Monroe leyéndolo y da fe de que se lo estaba ya terminando.                                       

La otra imagen, muestra una práctica común de los libreros de Bagdad, a día de hoy. El caso es que, cada noche, estos libreros sacan a la calle sus libros y los dejan allí a la intemperie, para que estén más ventilados y no críen moho. Parten de una doble convicción: los lectores no roban y los ladrones no leen. Curioso, ¿verdad? Pues eso, que sean buenos, como mi gato, y soporten el calor con estoicismo. No queda otra.



domingo, 18 de junio de 2023

1.230. El aterrizaje del ánade real

Les dije que a la vuelta de París había aterrizado en mi realidad de abuelo hiperactivo con la misma velocidad que los ánades cuando caen sobre una superficie de agua y siguen hacia delante a toda velocidad. Para que entiendan a qué me refiero, les pido que vean un breve vídeo en el que se observa al principio lo que yo les digo. Después se puede ver llegar a un par de gaviotas que empiezan a joder a los pacíficos patos. También a mí me han aparecido algunas de estas gaviotas cansinas. Pero vamos por partes. Primero vean el vídeo. Para eso han de pinchar AQUÍ.

Empecemos por el viaje de vuelta, un ejemplo de que, a veces, una cosa que está yendo fenomenal, de pronto empieza a ir mal y no hay forma de enderezarla. Las cosas empezaron a fallar en el tren de vuelta de Ámsterdam, un tren de la compañía belga de ferrocarriles que ya en otras ocasiones les he mostrado que no son un ejemplo de eficiencia. El recorrido tenía dos trayectos, uno Ámsterdam-Bruselas y otro Bruselas-París. Tenía 45 minutos para hacer el cambio de tren. Pero nuestro convoy estuvo parado en la estación de Amberes más de una hora. Así que perdimos el transfer. Ya en la estación de Bruselas, un grupo de frustrados viajeros nos arremolinamos con nuestros equipajes en torno a un interventor o jefe de estación con su uniforme azul oscuro impecable.

El mayor problema lo tenían los que regresaban a Londres, con el llamado Eurostar. A esos los separaron hacia la estación, mientras que a los que íbamos a París nos dirigieron a un andén en donde estaba por llegar otro tren. Éramos pocos, pero nos encomendaron a que negociáramos individualmente con el jefe del tren, que llegó enseguida. Era un francés atildado, de barba entrecana bien recortada y aire general de savoir-faire. Cuando me llegó el turno, le dije a mi modo torrencial que yo necesitaba llegar a París esa tarde, que no quería pagar ni un euro extra, puesto que no había sido culpa mía perder el tren y que a cambio declaraba que no me importaba lo más mínimo viajar de pie o sentarme en el suelo con tal de que me llevaran a París. Me escuchó con paciencia y, con un gesto inequívocamente afirmativo, me contestó que estaba muy bien que no me importase ir de pie, porque así era como iba a viajar: el tren tenía todos sus asientos ocupados y sólo me podía ofrecer viajar en el bar con todos mis compañeros de viaje de Ámsterdam, como pudiéramos acomodarnos.

De Bruselas a Paris es un viaje corto, en el que hicimos por colocarnos, con la ventaja de que podíamos pedirle una cerveza a la señora del bar. Llegué a casa de Kike a media tarde y, como les conté, esa noche invité a cenar a mis anfitriones en el restaurante Le Petit Marché, en el Marais, a modo de despedida y agradecimiento por su hospitalidad. El tema de la pérdida de la conexión en Bruselas era ya un signo de que no estaba precisamente en una buena racha, pero no esperaba que la cosa fuera tan grave. El martes 6 de junio me despedí de Kike y su chica y bajé con tiempo a coger el RER al aeropuerto Charles De Gaulle. El RER está últimamente bastante mal, con interrupciones continuas por obras y huelgas puntuales. Kike me contó que, cuando él tiene que salir en viaje de trabajo, su empresa le paga un taxi al aeropuerto, porque no se quieren arriesgar a que pierda un vuelo por los problemas en el RER.

Mi amigo Alain me contó que los sindicatos franceses son muy potentes, que tienen mucho dinero lo que les permite disponer de unas cajas de resistencia poderosas para las huelgas estas interminables que están organizando contra Macron por el tema de la edad de jubilación. Y me pronosticó que en cuanto llegue el verano la cosa se parará, porque los trabajadores querrán cogerse sus vacaciones, y volverá a arreciar en el otoño (recuerden los proverbiales otoños calientes de antes). También me viene a la memoria la frase demoledora de mi amigo Philippe Billot: Francia es un país en vías de subdesarrollo. Bien, todo va mal en Francia, especialmente en sus servicios públicos y yo perdí bastante tiempo en el RER, pero llegué a tiempo al aeropuerto. Había hecho el check-in on line el día anterior, contaba con mi tarjeta de embarque y me dirigí a la zona en la que te hacen la revisión de seguridad. Pero para acceder a ella, había que pasar por un lugar en el que una señora con el uniforme de Air France te daba o no paso, un poco aleatoriamente: tú sí, tú no. Y me tocó que no.

La cosa no es aleatoria del todo, la señora le echa un ojo a tu equipaje y decide si tienes pinta de ir o no demasiado cargado. Yo llevaba lo mismo que había traído desde Madrid, con el añadido de un par de regalos para África, tres o cuatro libros que le había prestado a Kike y me traía de vuelta, un libro sobre Le Havre que me había regalado Lluis y alguna cosa más. Me pasaron a un lugar de medida y pesaje. La maleta cumplía las dimensiones y peso requerido, pero al añadir mi maletín con el ordenador y los libros, el peso se pasaba en tres kilos. ¿Solución? Tenía que facturar la maleta. Lo cual me suponía salirme de allí y acudir al mostrador de facturación, donde había la cola previsible. Pensé que el tema se solucionaría pagando un recargo, como suele hacer Ryan Air, pero la cosa me salió gratis. Yo tenía derecho a facturar mi maleta y el maletín que me quedaba ya cumplía los estándares de peso y tamaño.

Volví donde la señora de ojo de águila, que esta vez me dirigió hacia los muelles de la seguridad. Aquí todo fue bien, llegué a la puerta de embarque y, como aun tenía un poco de tiempo, me acerqué a un Paul a tomarme un gran bocata con una cerveza Heineken de 50cc. Y volví a la puerta de embarque, donde ya se montaban las colas de los impacientes por entrar los primeros. Diez minutos antes de la hora prevista para empezar el embarque, el tipo al mando del tema cogió el micro y anunció una información importante para los pasajeros del vuelo a Madrid. La información era que el vuelo se acababa de anular por una huelga inesperada de los controladores aéreos. ¿Saben por qué? Sí, han acertado: por la ley de Macron que retrasa la jubilación a los 64. Protestas, viajeros indignados, gritos. El tipo mantuvo la calma y dijo que los vuelos de esa tarde a Madrid estaban todos llenos. Que los pasajeros que tuvieran domicilio en París se fueran por favor a sus casas, donde en unas horas les mandarían un e-mail con instrucciones al respecto. Los otros, que esperaran.

Yo le informé que mi domicilio está en Madrid y, por tanto, me quedaba por allí. Un mexicano con aires de experto en estas lides y cierto punto de liderazgo, proclamó que a partir de ahora nos pondrían diversos anzuelos para ver si nos íbamos, y así ahorrarse el hotel de cuanta más gente mejor. Por el contrario, el empleado de Air France, una vez que se fueron los parisinos, nos guio a una cinta de esas por las que suelen salir los equipajes, para recuperar lo facturado. Mi maleta salió enseguida y el tipo me mandó a la ventanilla 1, que estaba en el piso de arriba. Al llegar, resultó que el número de vuelos anulados en aquel momento era como de quince y había una cola única para los pasajeros de todos ellos. Me puse a la cola y, un rato después, detrás de mí había una hilera como de un kilómetro de viajeros chasqueados y cabreados. Había cinco puestos de atención, pero la cola apenas avanzaba.

Media hora después, me sonó el móvil. Mensaje de Air France. La compañía me ofrecía un billete para el vuelo del día siguiente a la una. Si me parecía bien, podía sacar allí mismo la tarjeta de embarque en papel, o pedirla on line. Inmediatamente me salí de la cola y fui a por esa tarjeta de embarque. La alternativa era estar toda la tarde allí haciendo cola, para que luego me llevaran a un hotel impersonal, de esos que hay al lado de los aeropuertos para estas contingencias. Otra persona, quizá se hubiera quedado: no, no, que se jodan y que me paguen una noche de hotel. Pero yo no soy de esa clase. Avisé a Kike que me volvía, cogí el RER, que esta vez fue como la seda, y a media tarde estaba de nuevo en la casa de mi hijo. Ellos habían quedado para cenar fuera con unos amigos y la chica me propuso anular la cita para quedarse conmigo. Me negué en redondo. Pero es que me da rabia dejarte solo. Me puso la respuesta a huevo: yo estoy solo todo el año, querida.

Descansé un rato, me cambié de camisa y salí a pasear por París. Me acerqué a la zona más ancha del Canal de Saint Martin, llena de terrazas de bares y restaurantes a los dos lados. Encontré una terraza italiana y me senté a tomar un Aperol Spritz, mi coctel favorito. Como el sitio me gustó, ya me quedé allí y me pedí un risotto con pollo y setas que estaba bastante aceptable. Ya anocheciendo, terminé la vuelta completa al canal y regresé a casa. Mis anfitriones llegaron tarde procurando no despertarme. Y el miércoles repetí la historia, como en el día de la marmota. En previsión del tema del exceso de peso, repartí mis cosas en tres equipajes, utilizando la mochila que tenía y que había usado en mis escapadas a Normandía, a Lille y a Ámsterdam. Facturé la maleta y me quedé con el maletín y la mochila como equipaje de cabina. El vuelo se retrasó una hora y yo ya estaba de los nervios, pero al final salimos. Por cierto, en el pasaje no descubrí a ninguno de mis compañeros del día anterior.

El problema con el retraso de un día es que el miércoles había quedado en recoger mi coche nuevo por la mañana y a comer con una amiga a mediodía. Tuve que anular ambas citas. Mi vuelo llegó con retraso y encima tuve que esperar una hora a que saliera mi maleta facturada por la cinta correspondiente. Así que, me cogí el Metro-tren-Metro (ya saben que soy alérgico a los taxistas) y llegué a casa con el tiempo justo de ducharme, cambiarme y salir cagando leches a Palomeras, en donde tenía clase con Henry Guitar. Como les he dicho, estamos preparando una audición para las familias de los alumnos, con tres guitarras y batería. Yo me había perdido dos clases, pero me incorporé con energía y Henry se quedó muy contento. Y por la noche llevé a mi amiga, la de la comida fallida, a cenar a las Bodegas Rosell. Volví a casa reventado.

El jueves 8 tenía programa completo, así que no pude acercarme a recoger a Tarik. Tuve inglés por la mañana, yoga a mediodía, comida en el Ricla y, a renglón seguido, la inauguración de la exposición de dibujos de mi amigo Mauro Gil-Fournier, arquitecto y humanista, autor del libro Las casas que me habitan, en el que le hice una corrección ortográfico-sintáctica y cuyas ilustraciones, con otros dibujos posteriores, constituyen el grueso de la exposición. El artista habló un buen rato explicando y presentando la exposición y luego sacaron unas cervezas y unos sándwiches. Pasé una velada muy agradable. Y, por cierto, esta exposición está junto al Palacio del Duque de Liria, en Argüelles, a donde fui y volví a pie. Ya van comprendiendo por qué les digo que he aterrizado en mi realidad a la manera de los ánades reales.

El viernes 9 fue otro día bien completito. Por la mañana cogí el Metro para ir a casa de África a recoger a Tarik. Más de una semana después de eso, ya les puedo confirmar que el gato se ha adaptado a las rutinas de mi casa como si nada, después de 17 días de exilio. Un exilio en el que yo creía que Ulises y Mina le habían marginado y zurrado a conciencia y resulta que fue al revés: era él quien se iba a por los otros a montar pendencias, de las que salía a veces escaldado, de hecho lo recogí con un buen arañazo en el morrito. Lo llevé de vuelta en un taxi (no es cosa de que el pobre animal pague mi alergia a los taxistas). No pude hacerme comida, así que bajé al Matilda, que siempre te saca de un apuro. A primera hora de la tarde cogí mi coche viejo y me dirigí al concesionario de Doctor Esquerdo a cambiarlo por el nuevo. El tema me llevó una hora más o menos. Con mi flamante Toyota Corolla volví al garaje y lo dejé allí aparcado. Entonces caminé hasta la calle Cervantes.

Allí, en la pensión Cervantes, me esperaba mi amigo Gonzalo López, residente en San Diego (California). Es un trotamundos incansable, pero desde la pandemia no había vuelto por Madrid. Y se iba ya de vuelta al día siguiente. Subí un momento a saludar a su mujer Judy, que no se venía con nosotros, ocupada como estaba con la confección de las maletas. Ellos habían estado primero en París y luego nos habíamos cruzado. Con un tercer amigo, que se llama Miguel, nos dirigimos primero a La Venencia, a tomarnos unos manzanillas. Luego nos acercamos a la Plaza de Santa Ana, que estaba petada de gente (el Friday night) y con un barullo considerable, por lo que buscamos una alternativa más tranquila en la Plaza de Matute. Allí la seguimos con unos verdejos de Rueda bien fríos y algunas cosas de picar. No acabamos cantando el Asturias patria querida de milagro. Aquí pueden ver una foto mía con mi querido Gonzalo y otra de los tres.


El aterrizaje del ánade seguía a todo trapo. Sin dejar de deslizarme por el agua, el sábado 10, conjuré la resaca con un triple café y me dirigí a la academia de yoga, para una sesión de recuperación de la clase perdida el lunes. Luego me fui a casa a ver el último partido del año del Dépor femenino, en el que el equipo se quedó a falta de un gol para subir a Primera, un destino que parecen llevar predeterminado todos los equipos del Dépor. Y dediqué la tarde a escribir mi post sobre la conexión holandesa, que terminé ya de noche. El domingo por la mañana cociné un pollo al ras el hanout y con ese guiso me monté en mi brand new car y me dirigí al norte de la ciudad. Allí me pasé el resto del día haciéndole compañía a un amigo que está bastante malito, por lo que los colegas hemos organizado un turno para que no esté nunca solo ni le falte de comer mientras transcurre el duro trance.

Por cierto, esa tarde seguí por redes el partido del Dépor de chicos, que también se quedó sin ascenso, en este caso a Segunda, después de que le sucedieran todas las desgracias que se pueda uno imaginar. Así que seguirá un año más penando en Tercera. Nuestros rivales ya se cachondean y nos han rebautizado como el Depresivo de La Coruña. Este asunto habría que englobarlo ya en la parte de las gaviotas cansinas que me andan picoteando una vez que he logrado estabilizar el aterrizaje. En este apartado reluce con brillo especial la mierda de tener que hacer la Declaración de Hacienda. Como todos los años, se me ha quedado para el final (esta vez por el viaje) y entre juramentos y maldiciones sigo proclamando que no entiendo por qué hemos de hacer cada año logaritmos neperianos para esta gilipollez. ¿No podrían descontarnos lo que corresponda a lo largo del año?

Ya sé que no y también sé por qué. Esto es muy complicado por la misma razón que las licencias de edificación. Porque en medio de ese barullo, surgen listillos y poderosos que sacan ventaja. Y hasta gente que vive de eso. Yo este año he encontrado por fin  alguien que me la hará por 70 euros. Por lo demás, mi segunda semana ha sido ya algo más tranquila, aunque he tenido yoga, inglés y guitarra. Hasta el viernes, que abajo les cuento. La verdad es que lo de Hacienda y algunos otros temas que no cuento en el blog, me inducen un estrés suplementario que me tiene bastante harto. Menos mal que el gato me ayuda a tranquilizarme. Incluso hace conmigo las cucharitas, como pueden comprobar en la foto de abajo. Digo yo: ¿no podría enseñarle a Tarik a hacer la Declaración de la Renta? Es muy listo y podría. Llegará un día en que esto lo haga un robot y tan panchos. Desde luego, como tengan que esperar a que aprenda yo a hacerla, van dados.

Anteayer viernes, bajé caminando hasta la puerta del Matadero, donde estaba citado con mi amiga la traductora del coreano Mia Li. La acompañaban tres ingenieros de la Korean Expressway Corporation, una empresa pública de construcción de autopistas que tiene en proyecto una especialmente contestada por la población (según me contaron), por lo que han decidido venir a Madrid a ver cómo fue eso de la Calle 30 y Madrid Río. Estos tres son en realidad una avanzadilla con los que hice un ensayo de la visita al parque. Desde aquí se van a Paris a visitar otras obras y proyectos. Y el viernes que viene, volverán a Madrid, esta vez con el CEO de la empresa, señor Jingyu Ham, y otros cuatro o cinco. Alquilarán un minibús que los llevará a Pirámides, donde yo les esperaré a las 9.00. Y haremos el paseo al revés.

En Legazpi, el minibús nos recogerá a todos y nos llevará a la sede de Madrid Calle 30. Allí yo dispondré de media hora para mostrarles una presentación general sobre el proyecto. Luego, alguien de la empresa les explicará un enfoque más técnico e ingenieril. Y, por último, visitaremos todos el Centro de Control de Túneles y diversas instalaciones de la infraestructura. Para terminar la jornada, nos vamos todos a comer. El señor Ham es amigo del señor Chung, que nos visitó en 2017 y se quedó encantado conmigo. A través de Mia Li me ha localizado de nuevo y hemos vuelto a intercambiar mensajes, en los que le he dicho que tal vez me vaya a verle a Seúl. Pero no adelantemos. Con los del viernes pasado estuvimos dos horas recorriendo el parque. Y al final, me hicieron entrega de mi regalo: un fastuoso paquete de té de ginseng rojo coreano. Le había dicho a Mía que si me traían uno y me contestó que ya contaban con ello, que se acordaba de que en 2017 les había pedido lo mismo.

Volví a casa en Metro, descansé un poco y luego eché a andar en dirección al teatro La Abadía en donde tenía una sesión con mi peña de teatreros. La obra no me entusiasmó, aunque en el grupo hubo división de opiniones. Pero lo importante fue la caña de después. Y que no dudé en volver a casa también andando. Ese día me había tomado a primera hora uno de estos tés coreanos y ya saben que me convierto en supermán. Cuando llegué a casa, mi contador de pasos marcaba más de 25.000. Hasta Tarik se dio cuenta de lo cascado que volvía. Ayer sábado volví a acompañar a mi amigo en malos pasos. Y esta mañana he tenido otra vez yoga de recuperación y torrija con vinito dulce al salir. Después he completado la información que necesito para la Declaración de Hacienda, que espero dejar lista este martes. Y me he puesto a escribir para ustedes. Mientras estoy ocupado con esta hiperactividad, la vida sigue y, por ejemplo, suceden cosas como que se muera Berlusconi. El rey del bunga-bunga. Les dejo de despedida una imagen idealizada del entierro que hubiera deseado este caballero lamentable. Sean buenos como mi gato.