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martes, 7 de febrero de 2023

1.205. Una bendición papal

Mi vida es un blog, como ya he repetido muchas veces. Un blog que no da tregua. Apenas me da tiempo a contar lo que me va pasando, sin mucho margen para comentar otros asuntos. El miércoles 1 de febrero publiqué mi último post tempranito, acudí luego al mercado a reponer provisiones, comí algo que ya no recuerdo y me di mi cabezadita habitual. Me estaba ya preparando para ir a la clase de guitarra cuando me llamó Werner desde Asturias. Había noticias del grupo de Brazzaville. Y las noticias no eran buenas. Les recuerdo que el tema estaba en el siguiente punto: les habíamos mandado la enésima carta de invitación con la lista ampliada a doce nombres de los señores que querían venir a Madrid. Con esa lista, ellos tenían que negociar el visado para que les dejaran salir del país. Y ese visado debían sellárselo en la embajada de España. Un problema no menor: en Brazzaville no hay embajada de España.

La embajada que se ocupa de los asuntos de los españoles en el Congo-Brazzaville, es la de Kinshasa, en el otro Congo, al otro lado del río. Desesperados por la lentitud de los trámites, los dos principales impulsores del viaje decidieron cruzar el río Congo en alguna de las precarias barcas que unen sus dos orillas y pasar una rigurosa aduana entre dos países que desconfían uno del otro, lo que les permitió llegar a la embajada. Luego dejaron de atender nuestras llamadas, comportamiento típico africano, aunque también explicable por el alto costo de las llamadas a España desde un país extranjero. Y, según nos contaron finalmente cuando regresaron a Brazzaville, estaban a-puntito-a-puntito de que les dieran los doce visados. Les faltaba un último trámite rutinario, la firma de algún capitoste de la embajada. ¿Y qué fue lo que pasó? Pues que llegó el Papa.

Llegó el Papa Francisco a Kinshasa, como habrán podido ustedes saber por las noticias, y todo el Congo ex-belga se paralizó para recibirle. Se cerraron los edificios administrativos, el comercio y, por supuesto, las embajadas, entre ellas la española. El Congo es un país en guerra civil desde hace décadas y no se podían permitir que el Papa sufriera el menor incidente. Así que todo el mundo dejó sus trabajos, afanes y ocupaciones, para ir a vitorear al jefe de la iglesia católica, cuya piel y vestiduras blancas inmaculadas destacaban poderosamente entre la multitud negra, tono bakelita (el famoso negro teléfono) y sus coloridas vestimentas étnicas. Así pues la visita de la ONG Eveil d’Afrique se pospone sin fecha y veremos cuándo se puede reprogramar. No es una mala noticia para mí: con tanta incertidumbre estábamos organizando el programa de los africanos con cierta improvisación y bastante estrés y mejor será que lo hagamos con más tiempo. Así que, por mi parte, recupero esta tonadilla apócrifa que solíamos entonar en los tiempos gloriosos con el Coronel Groucho.

A la vuelta de mi clase de guitarra, me puse a mandar correos y whatsapps a todos los implicados, para que el jueves por la mañana anularan las reservas de sala y autobús y dejaran de agobiarse con las presentaciones en francés y todo lo demás, hasta que tengamos la nueva fecha. No se lo había contado, pero yo había contactado con mi amigo César Hernández, que controla el mundo de los activistas climáticos de Madrid (él mismo pertenece al colectivo Arriba Las Ramas, que cada fin de semana organiza y coordina a grupos vecinales que quieren plantar árboles), para que se reunieran con los africanos una tarde, de cara a establecer redes de contactos con ellos y explicarles sus prácticas habituales. Le escribí también para informarle del aplazamiento y el motivo que lo había causado. Su respuesta: Qué alivio, iba muy retrasado con la organización del acto, casi nadie me había contestado, el retraso me viene muy bien, para mí esto ha sido una bendición papal. Pues ya tenía el título para este post.

También con cierto alivio me acosté yo el miércoles tras la intervención oportuna de la divinidad. Pero ya saben que mi sinvivir no da tregua y el jueves hube de madrugar para estar a las diez en punto en la cafetería de la universidad Antonio de Nebrija, en el edificio rehabilitado para ese uso en un antiguo complejo militar detrás del cuartel del Conde Duque. La escuela de arquitectura de esta universidad privada se ha trasladado allí después del verano y debía reunirme en el bar con la investigadora urbanística sueca Jenny Stenberg y mi amiga Alexandra Delgado, que da clases en la citada escuela. Había una cuarta persona citada pero no apareció, al parecer había confundido la fecha. El bar era un lugar bastante ruidoso, así que le pedimos a Alexandra que buscara un aula. Y estuvimos allí buena parte de la mañana.

Jenny es una mujer no mucho más joven que yo, muy agradable, catedrática de urbanismo de la facultad de Goteborg recién jubilada de la enseñanza, pero que continúa con una amplia y nutrida tarea de activista urbana. Con unos colegas pretende montar un sistema de participación ciudadana digital desde la sociedad civil para colaborar con las administraciones. De su bolsillo se había pagado una semana en Barcelona y otra en Madrid para estudiar bien sus sistemas municipales de participación ciudadana y aplicar lo aprendido en Goteborg. Aunque justo es decir que se trata de una señora que adora nuestro país, que tiene numerosos contactos por aquí y que maneja un castellano bastante apañado, lo que facilitó nuestra tarea.

Yo le di mis opiniones al respecto. Para mí, la participación por medios digitales no puede sustituir nunca a la presencial. Sí puede complementarla. Para temas sencillos puede resultar más ágil, pero es más manipulable y deja fuera a mucha gente por la famosa brecha digital. Le puse diversos ejemplos de procesos desarrollados en Madrid, a partir del sistema https://decide.madrid.es/ creado por Carmena y funcionando al tran tran con el nuevo equipo del señor Almeida. Le conté que el primer proceso puesto en marcha fue el de la Plaza de España y que ahí el equipo pecó de novato. Se preguntó a la ciudadanía primero qué preguntas debían hacerse para empezar a hacer la participación. Votaron cuatro gatos, que tuvieron que elegir entre una serie de preguntas que se les planteaban. Algo bastante kafkiano, como ven. Luego se hizo una segunda encuesta en la que los ciudadanos debían responder a estas preguntas.

En esta segunda consulta ya entraron unos pocos más. Con sus respuestas se elaboró un documento de condiciones para un concurso de anteproyectos, al que se presentaron una docena de propuestas. Estos anteproyectos fueron examinados por un jurado profesional del COAM, que eligió dos finalistas. Y sobre estos dos volvió a votar la ciudadanía. En realidad, los esforzados ciudadanos votaban entre dos renders, planos de imagen hechos por ordenador, que salen siempre muy verdes y llenos de árboles, porque, si el papel lo aguanta todo, el render ya ni les cuento. Tampoco estos ciudadanos tenían una formación arquitectónica o urbanística que les permitiera tener un criterio bien formado para estudiarse el resto de la documentación presentada.

El caso es que la competición final fue ganada por el equipo de mi amigo Fernando Porras, a quien mi querida África bautizó hace años muy acertadamente como Don Porras, y así lo vamos a llamar en adelante en el blog. Don Porras había contratado a un equipo de delineantes digitales que le hicieron unos renders de lo más vistoso, pero tenía poco más avanzado el tema. Tuvo entonces que ponerse a redactar el proyecto de ejecución, algo que requiere mucho trabajo y tiempo. Y luego, con ese proyecto, hay que licitar, procedimiento obligatorio establecido por la Ley de Contratos de las Administraciones Públicas, para evitar que los concejales y otros especímenes similares, le contraten la obra a su hermano o al cuñao de su prima hermana. La Ley establece un proceso prolijo y desesperante que no les voy a detallar aquí.

¿Por qué les estoy contando todo esto? Pues porque eso explica el hecho cierto de que, cuando se celebraron las siguientes elecciones locales, en la Plaza de España, proyecto estrella del equipo Carmena, únicamente se habían llegado a colocar las vallas perimetrales de la obra. Se lo puedo jurar. Menos mal que El Topillo decidió seguir adelante con la obra, a él le da igual de dónde venga el proyecto: con tal de meter la taladradora en el suelo, tira para adelante. Gracias a eso, ahora tenemos una plaza reformada, en la que yo encuentro más aspectos positivos que negativos, aunque no se parezca al render sobre el que se votó. En resumen, que a la señora Jenny Stenberg este proceso se lo puse como un ejemplo de cómo no se debe organizar la participación. No quiero cansarles con más detalles de nuestra entrevista. A la salida, le pedimos a una alumna del centro que nos hiciera unas fotos y aquí tiene una.

Supongo que no tienen ninguna duda sobre cuál es la sueca y cuál la española entre mis dos compañeras. También les destaco que yo iba perfectamente maqueado con mi abrigo de skater fabricado en cordura y mi mochila para ir después al yoga. Jenny pidió ver algún ejemplo de resultado de procesos de participación y estábamos cerca de la Plaza de España. Alexandra se despidió y yo acompañé a nuestra invitada a recorrer la Plaza de España, los jardines del Templo de Debod y los diseñados por Sabatini junto al Palacio Real. Estos tres espacios públicos están ahora interconectados gracias al proyecto. La acompañé finalmente al Metro, no sin antes decirle que me encantaría encontrarme con ella en Goteborg, ciudad que he visitado dos veces, en ambas ocasiones cruzando en tren el puente internacional que la une a Copenhague.

Y me fui caminando por el centro en dirección a la escuela de yoga. Tomé Bailén hasta Mayor y atajé por Sacramento. Pasando ante la Basílica Pontificia de San Miguel, descubrí que estaba abierta, algo bastante infrecuente. Y decidí entrar a verla (nunca la había visitado), porque tenía tiempo y además, este post está centrado en temáticas vaticanas. Había una misa en curso a la que me sumé, incluso simulando que me santiguaba cuando tocaba. Asistían a la ceremonia exactamente diecisiete personas, contándome a mí. Todos bastante mayores, si bien detecté un par de varones jóvenes con aires de meapilas. He leído luego que la iglesia pertenece a la Nunciatura, cuya sede está enfrente, y que esta institución encargó a mediados del siglo pasado su custodia y mantenimiento al Opus Dei. Lo cierto es que es una iglesia barroca preciosa, con planta de cruz latina, fachada convexa y con una conservación perfecta.

Tras la misa se dispusieron a cerrar la Basílica y yo caminé hasta la cercana academia de yoga. Tras la habitual colación en el Ricla con mis amigos (garbanzos con pie de cerdo y setas) bajé a casa para un descanso breve, porque a las siete quería estar en el COAM para la presentación del libro España Fea, escrito por un periodista de El País especializado en viajes, que ha reunido diversos ejemplos de malos resultados de la praxis urbanística en España. Estaba interesado en asistir a esta presentación, porque en ella ejercía de moderador mi amigo Jesús Sanvicente y en el coloquio participaban además Enrique Bardají, que fuera Gerente de Urbanismo en los mejores años de Tierno Galván, el arriba citado Don Porras, Amparo Berlinches experta en conservación de patrimonio y una arquitecta catalana que se definió como activista urbana y que asegura que, nada más acabar la carrera, hizo una especie de juramento hipocrático comprometiéndose a no hacer ningún proyecto de obra nueva, sólo rehabilitaciones, ya ven qué personaje.

El acto estuvo bien, al final me compré el libro porque tengo curiosidad por leerlo, pero no me puse en la cola para que me lo firmara el autor. Me pareció un tipo de esos que va escarbando por ahí a ver si encuentra mierda, que ha encontrado obviamente mucha y que, desde el punto de vista editorial, ha acertado poniéndole al libro un título resultón y un subtítulo bastante tramposo y exagerado, como verán abajo. El personal que acudió al acto no era el típico de arquitectos, sino más bien de esa gente ceniza que está encantada de que descubramos que somos un país de impresentables y chapuzas y refocilarse en ese sentimiento negativo, al que ya saben que no me adhiero para nada. Nos iría mejor como colectivo si nos quitáramos de encima ciertos complejos. Vean la portada que les digo y seguimos.

Respecto a esto, está claro que la parte nueva de todas las ciudades y pueblos de nuestra geografía es muy desacertada y fea (con una excepción que luego les digo), pero es más o menos lo que sucede en muchos otros países. En cuanto el negocio inmobiliario encuentra un nicho del que extraer valor, prima el negocio sobre cualquier otra característica. Pero hay desastres urbanísticos donde no se vive tan mal y no es muy correcto mezclar el mal urbanismo con lo feo o bonito, que es un concepto estético y subjetivo. En general, el autor me pareció un tipo encantado de haberse conocido a sí mismo, muy ufano con los casos que había descubierto él solo y nadie más y en resumen, un personaje cercano a lo que en la novela negra se conoce como el huelebraguetas: el buscador de mierda profesional.  

Yo que me he movido por el mundo, más bien sostengo que es una gilipollez que nos creamos la leyenda negra que nos han colgado desde fuera de forma interesada. Yo tengo claro que los franceses trabajan menos que nosotros, que los alemanes no son tan perfectos y ordenados como se dice, que los belgas son unos bolos, los holandeses unos prepotentes, los británicos un poco insoportables y encima todos aguantan climas mucho peores que el nuestro. Aquí hacemos barrabasadas y no nos quitamos de encima el estigma de la corrupción, pero somos un país cojonudo, al que no hacen el suficiente honor sus políticos (ni sus periodistas). Se habló de cambiar la legislación, idea que alguien puntualizó: lo que hay que hacer es cumplirla. 

La Ley del Suelo de 1956 era fabulosa, lo mismo que su reforma de 1975. El problema es que nadie la cumplía y el ejemplo del que antes les hablaba como excepción es Vitoria. Allí, en pleno franquismo, hubo un alcalde del régimen que ordenó que, si la Ley era esa, se cumpliera a rajatabla. Hoy Vitoria es una ciudad cuya parte nueva es tan agradable para vivir como la antigua. Y además se ha creado una cultura urbanística que les ha permitido desarrollar un anillo verde que es hoy una referencia mundial. Se metieron también con la administración en general, tildada de madre de todos los desmanes, y tuvo que ser Bardají quien saliera a decir que hay que diferenciar a nuestros excelentes funcionarios de los políticos que les ponen por encima. Podría yo hablar mucho al respecto.

Con mi libro bajo el brazo caminé hasta la taberna de Ángel Sierra en Chueca para tomarme un vermú y quitarme el mal sabor de boca. Y dormí como un Papa tras un día tan largo y lleno de cosas. El viernes estuve toda la mañana haciendo gestiones con el ordenador, tanto en relación con la cancelación de la visita de Brazzaville como con la programación de las semanas próximas. A medio día me acerqué al edificio APOT, donde había quedado con mi compañera M. para comer en torno a unas cervezas y comentar con ella diversos aspectos que necesitaba contrastar de cara a prepararme mi clase del día 17 con Alain. Aproveché para felicitarla por el éxito de las jornadas de difusión del Bosque Metropolitano, que resultaron redondas. Y volví con el coche, directo a una breve siesta.

Porque a las siete de la tarde estaba citado con mi grupo de forofos de la farándula para ver la adaptación del clásico de Óscar Wilde La importancia de llamarse Ernesto. Es una función extraordinaria, que les recomiendo sin dudarlo. La obra, que tiene más de 100 años, es maravillosa (Oscar Wilde era un genio) y la adaptación es fabulosa, transmutada en una especie de musical americano, con unos actores que cantan y tocan diferentes instrumentos y con una escenografía y un ritmo escénico soberbios. Abajo una foto del elenco. Para colmo, nos juntamos luego algunos de los contertulios y nos tomamos unas raciones con unos dobles de cerveza en la Cervecería Santa Ana, con presencia especial de mi amigo X, el Ateo Piadoso y otros ilustres amigos y seguidores de mi blog.

El sábado tuve una clase de inglés de dos horas, de diez a doce, para recuperar las dos clases perdidas en la semana. Por la tarde vi entero un reciente concierto de Samantha Fish que acababan de colgar en Youtube y luego seguí el partido del Dépor en el que finalmente ganó por un penalti en los últimos minutos. El domingo salí a correr por el Retiro e hice una buena marca en mis 6,5 kms. El resto de la mañana estuve tranquilo, en casa y por la tarde tuve que coger el coche para acercarme a Coslada para un asunto de los que no se cuentan en el blog. Ayer lunes me acerqué por la mañana al APOT a intentar concretar una nueva fecha para el grupo de Brazzaville, fecha que les hemos enviado ya por Whatsapp. De allí me fui al yoga, comí algo en el Ricla y me volví a casa a escribir este post. Pero a las 9 hube de dejar de escribir, porque había quedado para salir a tomar algo con Werner, que anda por aquí porque ya tenía sus billetes y no los ha podido devolver.

Y queda resumir rápidamente el sinvivir prospectivo, mi programa para los días venideros. Hoy será mi último día de tranquilidad, para ir pensando en la preparación de mi charla y también en mi equipaje. Mañana miércoles he quedado a comer en La Llorería con dos amigas vinculadas a uno de los proyectos de Reinventing Cities que se están desarrollando y a las que hace casi dos años que no veo. Por la noche tengo clase de guitarra. El jueves tengo clase de inglés y yoga. A lo largo del día vienen mis hijos, Kike con su novia y Lucas solo. Vienen para asistir a una boda que será el sábado. El viernes estaremos todos juntos y por la noche tengo teatro de nuevo: Amistad, dirigida por Juan Mayorga esta vez en el Matadero. El sábado salgo en avión a París. Voy a casa de Kike que tiene que darme la llave.

El domingo, Lucas vuela a Paris por la mañana, así que comeré con él en alguna brasserie, antes de que coja el tren a Lille por la tarde. Y por la noche llega su hermano con su chica. El lunes he quedado a cenar con un paisano que se llama Alexandre Pillado, coruñés nacionalista que estudió en Paris e hizo una especie de tesis sobre el modelo Reinventing, para lo que sostuvimos varias charlas on line y desde entonces estamos conectados. El martes posiblemente me encuentre con Alain a comer y dar una de sus vueltas largas por la ciudad, mientras concretamos los términos de mi clase. El miércoles me he citado con Hélène Chartier, la directora de Reinventing Cities, con la que tengo muy buena sintonía. Imagino que comeremos juntos.

El jueves tal vez esté en casa centrado en prepararme mi clase. He de añadir que pienso cumplir con mis clases de inglés y yoga en versión on line, de forma que sólo me pierdo el running y la guitarra. El viernes estaré todo el día centrado en la clase, la posterior comida y el previsible gin-tonic. El sábado, mis anfitriones y yo cogeremos un tren a Lens, para ver la extensión del Louvre, un edificio construido según el proyecto del estudio japonés SANAA, ganadores del Pritzker hace unos diez años, un lugar que tengo muchas ganas de visitar. Nos reuniremos allí con Lucas, que bajará desde Lille, para ver el museo y comer por allí. Por la tarde cogeremos todos el tren a Lille, donde al día siguiente, domingo, celebraremos mi 72 cumpleaños. El domingo por la tarde me vuelvo con Kike y su chica a París y el lunes cojo el vuelo de vuelta a Madrid. Un plan fabuloso, como ven.



Después tengo el concierto de Ghalia Volt el día 23, cuyo cartel de anuncio de gira tienen aquí arriba. Esta gira la organiza Jose Peinado, mi amigo y organizador de festivales de Jerez de la Frontera y estoy implicado en el tema, porque la chica viene en una furgoneta desde Bélgica con todos sus amplis y aparatos diversos y he de ser yo quien le facilite el permiso para entrar en Madrid Central y descargarlo todo en la sala. Y aún me queda la posible llegada de los de Brazzaville del 25 hasta el 5 de marzo y a continuación la visita de Alain con los alumnos de su máster. Hasta el día 12 de marzo no tendré un poco de tranquilidad. Y he de decirles que ya tengo un gatito apalabrado, pero he pedido que me lo retengan hasta el día 12, porque quiero estar en casa para darle la bienvenida, que nos conozcamos mutuamente y que aprenda a vivir conmigo. De momento sólo tengo un vídeo que les dejo de despedida. Ya que hemos hablado del Papa, en vez del tradicional Que sean buenos, me despediré diciendo Podéis ir en paz

viernes, 4 de diciembre de 2020

1.000. Inaugurando una nueva era

Hete aquí, queridos seguidores y allegados a este blog, que finalmente llega el post #1.000. Lo de allegados lo digo a ver si cuela, porque no tengo yo muy claro lo que significa. Cada vez que veo a una amiga después del largo tiempo de encierro, me lanzo a darle un abrazo (con mascarilla). Si veo que me sigue el rollo se lo doy. Si, por el contrario, intuyo que me va a hacer la cobra, entonces me freno a tiempo. Y digo yo: ¿la que me admite el abrazo es una allegada? ¿O la allegada es la otra, la de la cobra? Nuevas categorías que aparecen en esta época incierta, como la de conviviente. Para las presentaciones va a ser un lío: mira Fulano, te presento a mi conviviente. Porque además, pronto habrá que especificar: conviviente con o sin derecho a roce, con autorización de tocamiento de culo, etcétera. 

Todo se complica, esto es como las llamadas identidades de género, algo que en mi infancia no existía, al menos oficialmente, y que cada vez se vuelve más enrevesado. A ciertos tipos les preguntas por ello y te pueden soltar: verás, yo es que soy transexual, transgénero y bisexual fluctuante no binario. Y estos no son los más radicales; los hay que terminan su letanía definiéndose como no binarie. La primera vez que oí el término, pensé que era como se decía en Cataluña, pero no, resulta que hay tipos tan extremistas que entienden que aplicarse a sí mismos un adjetivo acabado en o es una muestra de machismo insufrible y decadente, por lo que recurren a una terminación neutra que no se identifique con los géneros de toda la vida, esos del mundo binario en el que algunos hemos vivido casi 70 años sin sentirnos mal dentro de nuestro cuerpo.

Pero volvamos a lo primero. Me he demorado en escribir este texto porque ya les conté lo ocupado que estoy últimamente. Esta mañana hemos tenido la tercera sesión del Jurado del Bosque Metropolitano, que ha seguido a las del lunes y el miércoles. El martes entregué por fin mis facturas y documentos a Hacienda y comprobé que aquí también han cambiado las cosas. La última vez que tuve un rifirrafe con ellos, te recibía un tipo en persona y discutías con él si el sello de la factura x era válido o no. Ahora no te puedes ni acercar. Entregas tu tocho por un agujero bajo la mampara plástica y allí mismo te lo escanean y te lo devuelven. Me tocó un funcionario cuidadoso, que desgrapó los documentos que traía grapados, extrajo los post-it que pegó en folios en blanco en su sitio, hizo el escáner de todo y lo volvió a dejar como estaba antes de devolvérmelo. Al final, la cosa es que te toque un tipo amable. Veremos si el que ha de examinar la documentación aportada es de la misma cuerda.

Pero, bueno, inauguramos el segundo milenio del blog y parece obligado hablar de la pandemia. Las cifras españolas van mejorando, lo mismo en Cataluña que en Ayusolandia, lo que viene a demostrar que el bicho es imprevisible y le da igual que cerremos o no los bares. Yo sigo comiendo de forma intermitente en restaurantes de mi confianza, ya he comido tres veces en el Papúa-Colón y, por ejemplo, esta semana he comido en el bar de mis amigos los tres días que me ha tocado ir a la ofi para el Jurado de marras. En general, sigo comiendo y cenando en casa, pero ya he salido dos noches a tomarme cañas, una a La Platería, en mi barrio, y otra al Frida de Chueca.

Han sido mis primeras salidas nocturnas, en ambos casos por invitación de sendas jóvenes amigas de las que no me hacen la cobra. Ya me conocen ustedes y saben que, si me llama una chica y me dice que si quiero tomarme algo con ella, voy a entrar siempre al trapo, sea la hora que sea. Les diré que el día del Frida estaba lloviendo bastante y la noche de La Platería la llamada de mi amiga me pilló en pijama y ya cenado. Algunos me siguen diciendo que soy un imprudente y todo eso, pero es que, ahora que empieza el mal tiempo, si seguimos con la tontuna de salir sólo a terrazas, nos puede pasar como al gallego del vídeo que les pongo abajo.

Sin saber cómo lo hemos hecho, ahora las cifras de contagios y muertos en España van mejorando y hasta se dice que somos el país que mejor va en Europa. La forma de percibir esto en gráficos es con los datos acumulados de los últimos siete días. Cada día se anota esa cifra y se hace la gráfica. Acabo de comprobar en la prensa los cuadros de ahora mismo y aquí pueden verlos, arriba el de casos y abajo el de muertos, que siempre va un poco retrasado respecto al otro.

De todas formas, este es un problema mundial y, mientras no mejoren los datos a nivel global, vamos a estar jodidos, porque será muy difícil evitar rebrotes si no lo erradicamos de las zonas del tercer mundo, en las que tiene pinta de quedarse acantonado por una larga temporada. ¿Y cómo son esos gráficos a nivel mundial? Pues aquí se los muestro, en este caso no los acumulados, sino los diarios, recién copiados de la página Arc-Gis que mantiene la Johns Hopkins University, de Baltimore (Maryland). A nivel mundial, las cosas no acaban de estar tan claras.



A esto hay que echarle muuuuuuuucha paciencia. Mis amigos de Ciudad Real quieren ir organizando el viaje de 2021, pero yo les freno: hasta 2022 no vamos a poder viajar como antes, y eso con suerte. No se trata sólo de que baje la incidencia del virus a niveles tolerables, sino que se nos quiten los miedos de la cabeza. Yo, particularmente, hasta que no vea que empezamos a tirar las mascarillas a la basura, no daré el tema por resuelto. Lo que pasa es que es posible que algunos de los hábitos que hemos adquirido en estos tiempos tal vez se queden para siempre. Algunos para bien, como el teletrabajo. Yo los días que trabajo desde mi casa estoy en la gloria. Y los días en que voy a la ofi, los disfruto mucho más que antes, en que había que ir todos los días, lo que constituía una especie de obligación resultante de una maldición bíblica. En esto hemos mejorado. Y en la progresiva desaparición del dinero suelto.

Si recuerdan cómo se viajaba antes del 11-S y cómo cambiaron las cosas después, entenderán lo que les quiero decir: que algunas cosas nunca volverán a ser como antes. Antes del 11-S nadie hubiera imaginado que, para entrar en un avión, todos consentiríamos que nos humillaran de la forma que se generalizó después. Esto de las pandemias es algo que incide mucho en las costumbres y los hábitos, el sida también alteró los parámetros del sexo, de una forma inimaginable unos años antes. El problema es que nuestra generación ha tenido la suerte de no vivir una pandemia similar, hasta esta. Pero en la antigüedad eran cosa más frecuente y también cambiaron muchos hábitos de la población. Lo que les cuento a continuación es un extracto del artículo publicado por el profesor Andrew Latham en la revista científica The Conversation el pasado 1 de octubre, como pueden comprobar AQUÍ.

Según este señor, en la Historia de Europa ha habido al menos tres pandemias mucho más graves y arrasadoras que esta, que indujeron cambios profundos en las sociedades de su tiempo, en sus hábitos cotidianos y en las relaciones de poder. Entre los años 165 y 262 de nuestra era tuvieron lugar dos pestes sucesivas que asolaron el Imperio Romano, conocidas como la Peste Antonina y la Peste de Cipriano. Ahora se tiende a creer que ambas no fueron sino dos oleadas de la misma enfermedad, una cepa letal de la viruela. Entre ambas supusieron la muerte de entre un cuarto y un tercio de la población romana. Acojonante, pero cierto. Y dice el profesor Latham que su llegada estuvo directamente relacionada con la adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio.

Antes de la llegada de la peste, los cristianos eran unos 40.000, apenas un 0,07% de la población romana, en su mayoría pagana. Una generación después, tras la peste de Cipriano, el imperio se hace cristiano. ¿Por qué? Pues porque los cristianos primitivos tenían una cultura de la caridad y el cuidado de los enfermos, que no tenían los paganos, quienes reaccionaron a la pandemia por el procedimiento de sálvese quien pueda. Los cristianos tenían una sólida red solidaria cimentada en las catacumbas y su religión les impulsaba a cuidarse entre ellos y también a los paganos. Con su tradición de cuidados paliativos, lograban mejorar el estado general de los enfermos, aunque la viruela era incurable. Eso hizo que lo llevaran mejor y que lograran antes la inmunidad de grupo. En aquellos tiempos de ignorancia, muchos paganos se convirtieron creyendo que tenían poderes mágicos y, a la vez, la cultura del cuidado les daba a los cristianos la oportunidad de extender sus creencias y propagar su fe. Así que porcentualmente sobrevivieron más cristianos que paganos y lograron un prestigio que les llevó a dominar el Imperio en poco más de una generación.

Años después, la llamada Peste de Justiniano (causada por la bacteria de la peste bubónica) asoló los imperios Bizantino y Persa (Sasánida) entre los años 541 y 549. Mató entre 25 y 50 millones de personas y se quedó luego remoloneando por el Mediterráneo hasta el año 755, más de dos siglos. Bizantinos y persas andaban a la greña por el control del Mediterráneo pero, ante la depauperación de ambos imperios, fueron los árabes los que se aprovecharon y se hicieron con el control de toda la orilla sur, donde antes no habían estado nunca (en Marruecos los que vivían eran los bereberes). Parece que los árabes no contaban con grandes ciudades, eran una cultura más rural y guerrera y se vieron menos afectados por la peste. Lo mismo que visigodos y demás bárbaros (el imperio romano de Occidente ya había caído mucho antes). Pero dice el profesor que hasta entonces la economía europea se sustentaba en la esclavitud. Y, al ser los esclavos, por sus condiciones de vida, diezmados por la enfermedad, la oferta disminuyó y los señores se vieron obligados a dar parcelas a trabajadores nominalmente libres, que entregaban parte de la cosecha al señor a cambio de protección militar y ciertos privilegios. Había nacido el feudalismo.

Por último, la Peste Negra, que diezmó a la población europea entre 1347 y 1350, mató a unos 80 millones de personas y estuvo en el origen del final de la Edad Media. La pérdida masiva de mano de obra, otorgó un mayor poder de negociación a los trabajadores del campo que sobrevivieron. Se generalizó el uso de determinados inventos que ya existían, como el arado de hierro, la técnica del barbecho, el uso de estiércol para abono, la imprenta, las bombas de agua y las armas de fuego. Muchos campesinos, al verse liberados, se trasladaron a las ciudades y se dedicaron a la artesanía, la albañilería, la cocina y otros oficios. Florecieron el comercio, la vida urbana y la cultura, algunos nobles se convirtieron en mecenas y ya saben cómo se llama, en definitiva este fenómeno: el Renacimiento.

Hasta aquí lo que cuenta el profesor Latham. He de añadir que este señor es un experto en la investigación histórica de epidemias y tiende a explicar todos los fenómenos históricos en clave de pandemias. Igual que los expertos en investigación meteorológica explican todo en clave climática, el Óptimo Climático Medieval, que genera la llegada del Renacimiento, y la Pequeña Edad del Hielo que llegó hasta finales del XIX, como clave del mundo moderno. No quiero decir con esto que echemos en saco roto las enseñanzas de este caballero. Probablemente, la deriva de la Historia está influida por una serie de factores que han de contemplarse globalmente, porque actúan en sinergia y se realimentan unos a otros. Y, por suerte o por desgracia, en este momento estamos en una circunstancia que nos ha hecho cambiar nuestros hábitos y no sabemos a dónde nos conduce.

Pero el mundo está ahora mucho mejor preparado para afrontar cosas como esta. Yo creo firmemente en el progreso y estoy convencido de que ganaremos esta guerra. Con bajas, desde luego, pero la ganaremos. El otro día hablé después de mucho tiempo con mi amigo francés Alain Sinou, el hombre que me invitó dos veces a dar clase en su máster de la Universidad Paris Huit, la segunda frustrada por la pandemia. Le pregunté cómo estaba y lo primero que me dijo en su español chapurreado fue: ¡Oh! Yo me despierto cada día y digo: qué bien, estoy sano, aprovechemos. Eso es lo que tenemos que hacer todos. Esa es la actitud. Cada día sin covid es un regalo del cielo. Hay que cuidarse, por supuesto, pero, como le oí decir a una señora el otro día en el Alcampo, no confundamos los churros con las Meninas. En el próximo post volveremos con el blues. No se crean que he dejado ese tema. Es que, como el bebé de mi chiste, estoy descansando. Que pasen un buen finde. Y abríguense.

jueves, 15 de octubre de 2020

985. Impasible el alemán

Bueno, seguimos aquí al pie del cañón, pendientes de los temas que más interesan en este blog, la campaña USA, que yo creo que va bien y la vamos a dejar para otro día, la gira de Samantha Fish, que sigue viento en popa y por supuesto, el maldito virus. Yo tengo una idea clara: el virus está por todas partes y nadie tiene ni puta idea de cómo opera, por qué unos se contagian y otros no, por qué unos se ponen muy malitos y otro no se enteran, y por qué de pronto se ven seriamente afectadas unas zonas y otras no. España ha liderado esta segunda ola de contagios, pero ahora la siguen los demás, Francia, Alemania, Italia, Portugal, Bélgica, Holanda. Siempre he pensado que a nosotros nos ha tocado ir ahora en cabeza, igual que antes le tocó a Italia, y que esto no era por tener en el gobierno a Sánchez y al de la coleta, como sostiene el fraCasado, con su habitual des-facha-tez. 

Pero eso no quita para que investiguemos si estamos haciendo algo mal y cómo podemos mejorarlo. Por lo que yo veo, la respuesta al virus es bastante poderosa en países autoritarios, como China, donde funciona el ordeno y mando. Allí han derrotado al virus a garrotazos, y al que levante un poco la voz, le dan hasta que se calle. Extremo de esta tendencia son lugares como Corea del Norte, donde está prohibido tener la Covid-19, al que se le ocurra decir que está malo lo rematan ya directamente. Como ya se contó en el blog, el presidente de Turkmenistan ha prohibido incluso hablar de ello bajo pena de cárcel. Y el de Bielorrusia, que sigue en el poder tras el reciente pucherazo, recomienda lavarse las manos con vodka y echarse luego un trago, como medida terapéutica infalible.

Pero hay otros lugares en donde el virus se ha controlado con sistemas inteligentes y sin perder su carácter democrático. Por ejemplo, ¿saben ustedes cuantos casos y muertos ha habido en Uruguay? Se lo desvelo: 2.388 casos y 51 muertos. Un país que está metido en el sándwich mortífero que forman Argentina y Brasil. La BBC le dedica a este curioso caso un reportaje que pueden consultar AQUÍ. Yo se lo resumiría, pero para eso primero tendría que entenderlo. Tal vez el mayor éxito en la lucha contra el coronavirus es el que muestra Nueva Zelanda. Pero es que aquí tienen a la presidenta Jacinda Ardern, otro de los ídolos de este blog.

Jacinda y su gobierno han logrado detener las dos olas del virus, una detrás de la otra. En cuanto han aparecido casos, han iniciado su estrategia hasta que no ha quedado un solo infectado. Preguntada por cómo lo hace, lo resume en una frase: to do hardly, to do early. Es decir: darle duro y darle pronto. Está bien claro. Justo lo que no hacemos aquí. Por cierto, aprovecho para recordarles que pasado mañana hay elecciones generales en Nueva Zelanda. Nadie duda de que esta señora estupenda revalidará la presidencia. La única duda es si necesitará hacer alianza con los verdes como hasta ahora o tendrá mayoría absoluta. Abajo tienen una foto suya, de uno de estos días finales de su campaña electoral. Jacinda está feliz en un mundo sin covid, donde no se necesitan mascarillas. Y pueden ver también cómo la quiere su pueblo, de rasgos inequívocamente maoríes.

Pero no hay que irse tan lejos para encontrar estrategias exitosas. Por ejemplo, en Italia se están haciendo las cosas bien, no es casualidad que les vaya mejor. Mi hijo Kike, que está estos días en Milán por trabajo, me da algunos datos. Allí, ahora mismo, si quieres ir a un bar (sólo en terraza), además de tomarte la temperatura, hacerte lavar las manos con gel y todo lo demás, te toman los datos, nombre, DNI y domicilio. Por si se registra algún contagio posterior. El rastreo de contactos no es una técnica a posteriori, sino una tarea preventiva. Ya ven que aquí no actuamos correctamente. Pero es triste que el fraCasado y compañía digan que es por culpa de Sánchez. Yo estoy convencido de que, con ellos en el gobierno, se haría igual de mal. El otro día les dije que el gobierno de Ayuso no había acometido ninguna iniciativa legislativa. Falso. Han elaborado una ley. Hoy mismo se ha publicado. ¿Saben cuál? Sí, han acertado: la nueva Ley del Suelo. La que va a casi suprimir las licencias y que cada uno haga lo que le dé la gana. Venían con esa idea en la cabeza, y no les para ni el covid.

Mierda, que yo no quería hablar de política. ¡Joder! En realidad, yo quería hablarles hoy de literatura. Este martes tuvimos el segundo club de lectura de la temporada, del grupo Billar de Letras, y fue sensacional. Les aclaro algo. El club de septiembre, el primero, giró en torno al libro Niña, mujer, otras, la extraordinaria novela de Bernardine Evaristo, que ya les he recomendado por activa y por pasiva, les va a encantar. Pero la sesión del club, en sí misma, me resultó un poco bluff. Esta vez ha sucedido lo contrario. El libro es cojonudo, pero yo no se lo voy a recomendar, ahora veremos por qué. Pero la sesión fue sensacional.

El libro se llama Todo en vano (Walter Kempowsky, 2006, Libros del Asteroide). Se trata de la última novela de este escritor alemán, muy valorado en su tierra, que falleció un año después de su publicación. La obra nos cuenta las horas angustiosas que vive una familia aristocrática de la Prusia Oriental, en 1945, mientras esperan que lleguen los rusos, que supuestamente arrasarán con todo, como ya hicieron en la Primera Guerra Mundial. Por la mansión campestre de esta familia pasan sucesivos personajes, que dan diferentes visiones de lo que está ocurriendo. Es una novela tenebrosa, depresiva, en la que lo más que se percibe de los rusos que vienen es el bramido que se oye a lo lejos, que uno de los personajes identifica como fuego de cobertura. Y que viene acompañado por un resplandor rojizo.

Ya les adelanto dos cosas (disculpen el spoiler, pero no creo que se animen a leerla). Una: los rusos no llegan nunca, son como el Godot de la obra teatral. Dos, la presión llega a tal nivel, que los de la casa huyen finalmente, sumándose a una caravana caótica de carros que atasca la carretera, en busca de un lugar llamado La Albufera, en donde esperan subirse a un barco y huir. Y de los personajes del libro, no queda ni el apuntador, algunos mueren por bombardeos sobre la columna de vehículos, otros atropellados en el caos, ahorcados por ladrones y otras barbaridades. Bien, se trata de un libro que se inserta en una nueva, relativamente, tendencia de la literatura alemana. Después de la Guerra Mundial, el pueblo alemán asumió colectivamente el papel de malos de esta película, de verdugos que debían purgar su culpa. Pasó mucho tiempo hasta que algunos escritores empezaron a reivindicar también el papel de víctimas: Gunter Grass, Heinrich Böll y este Kempowsky.

El libro tiene para mí un interés suplementario. Es una crónica de un mundo que está a punto de desaparecer. Pero literalmente: la Prusia Oriental ya no existe hoy en día. Toda la población alemana fue deportada al oeste. La capital Köningsberg, fue bombardeada por los ingleses y arrasada completamente. Y este territorio fue colonizado por rusos que se implantaron allí, atraídos por las subvenciones que les ofrecía el régimen soviético por trasladarse. En el lugar de Köningsberg se edificó una nueva ciudad: Kaliningrado. Hace un par de años, conocí a un escritor de esta ciudad, el gran Yuri Buida, autor de dos libros que me encantaron: El tren cero y Helada sangre azul, que ya les recomendé en este blog. 

Asistí a una entrevista que le hizo Ronaldo en el FNAC. Y recuerdo dos cosas. Una, que, tal como nos contó, él era hijo de una de esas parejas que se desplazaron a la zona desde el centro de Rusia. De modo que él tenía una memoria de su pasado que se interrumpía hacia atrás en un punto, a partir del cual nadie hablaba. La otra, que, como la ciudad de Kaliningrado fue construida desde cero durante el período soviético, no había iglesias. Todos eran ortodoxos y rezaban donde podían. Sólo tras la caída del mundo soviético se construyeron las primera iglesias. Si buscan ustedes Kaliningrado en el mapa de Europa, verán que es una ciudad a orillas del Báltico, que forma parte de un trozo de Rusia separado del resto del país. 

Por lo demás, me encantó la sesión del club porque contamos con el traductor del libro, Carlos Fortea, un veterano que fue hasta decano de la Escuela de Traducción de Salamanca y que sabe mucho de la cultura alemana. En un momento dado, comentó un tema. Los personajes de la novela pueden huir a tiempo, pero no lo hacen. Esperan hasta el caos final, cuando ya la situación les arrasa. Según Fortea esto es algo muy alemán. El alemán es un tipo que tiene una confianza ciega en la autoridad, que espera a que le digan lo que tiene que hacer, porque no le gusta improvisar. Y esto, siempre según Fortea, es una expresión de esa mentalidad cuadriculada, que se instauró cuando los alemanes de Prusia la impusieron a los de la parte más occidental, los del entorno del Rhin, que eran más cachondos y más creativos.

Nunca había oído eso de las dos Alemanias y me quedé impresionado. Yo he viajado por muchas ciudades alemanas y me encanta ese orden que tienen, esa sensación de seguridad que se transmite. Los alemanes cumplen las normas que se les imponen, por naturaleza, porque son así, obedientes. Esa es la idea que yo me traje de mis viajes a Berlín, Hamburgo, Munich, Leipzig, Friburgo, Dresde y otras ciudades. Pero conozco a dos alemanes que viven en Madrid. Uno es mi querida cuñada mayor, 85 años. El otro es mi peluquero Jurgen, del que ya les he hablado varias veces. Y los dos me dicen lo mismo: que los alemanes cumplen las normas, no porque esa sea su naturaleza, sino porque al que se sale de la norma lo crujen a multas, le imponen unos castigos muy severos, que la sociedad en su conjunto aprueba, una sociedad que es la primera en denunciar los comportamientos atípicos.

Mi cuñada lleva en España cerca de 60 años y que nadie le hable de volver a Alemania. Jurgen está también feliz aquí. Al escuchar a Fortea, caí en la cuenta de que ambos son de la zona más occidental. Mi cuñada es de la zona de Mannhein-Auerbach. Y Jurgen, de Friburgo, una ciudad en la que hay hasta naranjos y limoneros. Ambos comparten ese carácter un poco gamberro, esa sonrisa ingeniosa con un punto travieso. Le pregunté a Fortea por esas dos Alemanias originales y cómo fue que la del este había impuesto su carácter prusiano a la otra.

Me dijo que la diferencia entre ambas la marca la Reforma de Lutero, que fue en el Este. Para los protestantes, el pecado original es algo que no se borra nunca. Y, en consecuencia, se pasan toda su vida siendo muy correctos y muy rígidos para compensar esa culpa primigenia que nunca lavan del todo. En cambio, los católicos de Roma, vivimos de puta madre, hacemos toda clase de tropelías, porque bastan unos segundos de arrepentimiento al final de nuestras vidas para que se nos perdone y consigamos ese cielo que tanto les cuesta a ellos. Los calvinistas, protestantes más extremos, dicen que eso es un cachondeo, que para ganarte el cielo tienes que ser bueno y correcto todos los segundos de tu vida. Acojonante.

Hablamos también del carácter japonés, que es parecido, pero distinto. Los japoneses son un pueblo que funciona de manera colectiva y han aprendido a hacerlo después de calamidades como terremotos, guerras y epidemias. El japonés es un sujeto que disfruta haciendo lo correcto, lo tiene interiorizado. Y, cuando no lo ve nadie, sigue actuando correctamente. Así se lo manda Confucio. A este respecto, recordé una anécdota que conté en el blog. Yendo en tren de Hamburgo a Lübeck, la patria de Gunter Grass, se desencadenó una huelga de ferroviarios. A la hora que tocaba, pararon el tren y nos dejaron en medio de la nada, muy cerca de nuestro destino (pero nosotros no lo sabíamos). No había autobuses (paraban también en solidaridad con la reivindicación de los ferroviarios).

Y conseguimos llegar a una pequeña estación, desde donde nos ofrecieron taxis gratuitos para llegar a Lübeck. Entonces empezaron a llegar los taxis de uno en uno y los pasajeros alemanes se abalanzaron sobre los primeros, disputándoselos a puros codazos. Esto es algo que contradice ese carácter organizado que se suele adjudicar a este pueblo. Y algo que nunca sucedería en Japón. Según Fortea, eso sucede entre alemanes cuando no hay una autoridad que dirija el cotarro. Y es lo que sucede también al final de la historia que se narra en Todo en vano. Por otro lado, Kempowsky narra ese desastre con frialdad absoluta, con lo que algunos del club denominaron desapego. Impasible el alemán. Es ciertamente un libro de lectura difícil, aunque te engancha en su espiral hacia la ruina.

Les dejo. El 23 de este mes se publica el nuevo disco de Bruce Springsteen con la E-Street Band, que todo el mundo dice que es fabuloso y que llevaba más de 30 años sin hacer un disco como este. Pero ustedes tiene la suerte de seguir este blog y ya han escuchado las dos canciones que el Boss ha publicado en Youtube: Letter to you y Ghost, realmente extraordinarias. Las chicas de Larkin Poe, las encantadoras hermanas Rebecca y Megan Lovell también publicarán próximamente, en concreto el 20 de noviembre, un disco de versiones de clásicos. Han aprovechado el confinamiento para grabar en su casa estas versiones (covers, que decimos los elegantes). El otro día les traje el Nights in white satin. Hoy les voy a dejar con una deliciosa versión del clásico In my life de John Lennon para los Beatles. Por cierto, Rebecca se atreve a reproducir con su guitarra el solo de piano con que el productor George Martin le quiso dar un punto barroco a la canción. Es algo muy meritorio y le sale muy bien. Que ustedes lo pasen bien. Y ya saben: denle duro y denle rápido.


sábado, 18 de noviembre de 2017

684. Come il cacio sui maccheroni

Después de mi semana romana he vivido unos días enloquecidos con unas mañanas frenéticas apurando a la carrera la preparación de la conferencia de prensa de lanzamiento del Reinventing Cities, que tuvo lugar finalmente el jueves, y unas tardes también súper ocupadas. El lunes salí a correr y regresé cansado, pero aun con fuerzas para escribir mi post napolitano, que terminé al borde de la medianoche. El martes tuve el club Billar de Letras. El miércoles volví a nadar y luego sufrí una soporífera e interminable reunión de la comunidad de propietarios de mi casa. Y ayer jueves, sesión de dentista, presentación en la sede del COAM del acuerdo para desbloquear la Operación Chamartín y unas cañas a la salida. Cada día de esta semana he salido tempranito de mi casa y he estado por ahí hasta las tantas, retirándome con la noche bien cerrada y algunos días bastante cansado. A este ritmo, la expresión “fin de semana” ha vuelto a recuperar para mí un significado y un valor que hace tiempo no experimentaba. Hoy he ido en Metro al trabajo, por evitarme el atasco de los viernes, he quedado a comer con mi hijo Kike y luego me he tirado en la cama a descansar.

Pero no me olvido de que les debo al menos algunas referencias romanas y me pongo a ello, aunque no creo que me dé tiempo a terminarlo esta noche. Sé que algunos de mis seguidores guardan las informaciones sobre restaurantes y monumentos a visitar, para utilizarlas en sus eventuales viajes futuros, lo que me parece muy bien. Mi amigo X incluso me sospecho que tiene una base de datos con todo ello, o al menos una tabla Excel, que por algo es ingeniero. Desde esta tribuna le mando un fuerte abrazo. Lo cierto es que, después del caos de Nápoles, Roma es como un bálsamo, una ciudad magnífica donde se puede pasear despacio, casi al albur que marquen tus pasos, porque en cada rincón hay cosas que ver, vestigios de una trayectoria larga y llena de historia. La grandeza de Roma parte de sus impecables trazados barrocos, sus grandes avenidas muy rectas, que siempre terminan en un hito visual (una fuente o un obelisco), con un palacio detrás que le sirve de fondo compositivo. 

Hay innumerables cosas que ver, que se relacionan en cualquier guía. La zona del Coliseo y los Foros es impresionante, a pesar de que está atestada de turistas organizados en hordas detrás de una chica paraguas en alto. Pululan también por allí buhoneros diversos vendiendo baratijas y zascandiles que se te ofrecen como guías a cambio de la voluntad, con dominio de varios idiomas y un sexto sentido para captar tu acento y saber de dónde eres para seguir dándote la matraca en tu lengua (matraca no identitaria: dice Andrés Trapiello que el preso compañero de celda de Jordi Sànchez –con acento al revés– que pidió el traslado porque no soportaba la matraca, se merece de largo el indulto, como premio por su hallazgo lingüístico). La escena se repetía: te entra un tipo que se ofrece de guía; con tu mejor acento napolitano le dices no, grazie mille, e inmediatamente te replica: –¡Ah! ¡Español! Y te sigue dando la brasa en un castellano bastante aceptable. La presión del turismo masivo es especialmente asfixiante los fines de semana. De diario es soportable y el Coliseo, la Columna de Trajano y los arcos de Constantino y de Tito merecen una visita.


Lo que ven aquí arriba es el Memorial a Vittorio Emanuelle II, el rey de la unificación de Italia, un monumento mayestático, opulento y presuntuoso, no muy del gusto de los romanos, que lo llaman irónicamente la macchina da scrivere, la máquina de escribir. Está en la Piazza Venecia, de donde parte la Vía del Corso, eje norte-sur que vertebra todo el centro de Roma, hasta terminar por el norte en la Piazza del Popolo. Callejeando en torno a este eje uno puede darse de bruces con la Fontana di Trevi, por cuyas aguas corría Anita Ekberg en la famosa escena de La Dolce Vita (una película, por otra parte, que siempre me resultó difícil de ver y de descifrar, como todo Fellini). La fuente es magnífica, pero el espectáculo está ahora en observar las muecas que hacen las jóvenes generaciones para tomarse selfies y fotos, sobre todo los asiáticos y los sudamericanos. Por entre ellos pululan también numerosos ociosos locales, al descuido de cualquier cartera no muy bien guardada. Aquí no hay tanto borseggiatore como en Nápoles, pero tampoco hay que descuidarse. En fin, la Plaza de España, la Escalinata de la Trinidad del Monte, la columna de Marco Aurelio, el Panteón y tantas y tantas iglesias a cual más hermosa. ¡Qué quieren que les cuente!

Es maravilloso deambular por el entramado de callejuelas del antiguo gueto judío, o recorrer el mercadillo de alimentación de la plaza del Campo de Fiori, o contemplar las espléndidas fuentes de la Piazza Navona. También es inexcusable un recorrido por las iglesias que albergan cuadros del Caravaggio, del que ya les hablaré más en detalle. Luego, puede ser buena idea cruzar el Tíber por el puente Garibaldi para ir al Trastévere a tomarse un spritz-aperol o un campari en cualquiera de sus terrazas. Y después comer en Da Enzo al 29, por ejemplo unas alcachofas a la romana y unos spaguetti cacio e pepe, preparados con queso pecorino y pimienta negra. O bien una pizza calzone en el Carlo Menta. Y una visita inexcusable: la Basílica de Santa María in Trastévere, con su ábside de mosaico del siglo XII. Se puede continuar con un expreso, o un ristretto, en el Caffè Sant’Eustachio, o en el Antico Caffè Greco, con su decoración decadente. Y acudir a la All Saints’ Anglican Church, al fondo de la Vía del Babuino, cerca de la Piazza del Popolo, a escuchar a un cuarteto de cuerda interpretando Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Para una cena ligera, tal vez ir al viejo restaurante popular Dar Filettaro, cerca del Campo de Fiori a tomar un bacalao rebozado y una ensalada de puntarelle, raíces de achicoria cortadas en finos hilos y aliñadas con una vinagreta de anchoas. Y rematar con un helado de pistacho en la heladería Old Bridge. En fin, dejo cargándose unas imágenes elegidas al azar y me voy a dormir.

Vista del Coliseo desde una calle lateral.


Una de las cuádrigas que coronan la máquina de escribir.


La escalinata de la Trinidad del Monte.

Ambiente en el Campo de Fiori.


Un puente sobre el Tíber.


Detalle en penumbra del ábside de Santa María in Trastévere.

Ya en sábado por la mañana. La mayoría de los monumentos que les he citado, los había visitado en la prehistoria de mi vida y apenas me quedaban unos vagos recuerdos. Pero hay dos lugares que he visto por primera vez: las Termas de Caracalla (impresionantes) y el Vaticano. El Vaticano se merece algunas reflexiones específicas. Estamos ante una anomalía geográfica e histórica. Un Estado de 44 hectáreas incrustado en el centro de una ciudad (por tener una comparación, la Casa de Campo de Madrid, un parque grande, pero un parque al fin y al cabo, mide 1.700 hectáreas). Un Estado, además, que no puede formar parte de la Unión Europea, porque está formalmente gobernado por una monarquía absoluta electiva teocrática (esta es la definición técnica del papado) y con un sistema electoral claramente predemocrático. Ya saben que los cardenales se encierran en la Capilla Sixtina, donde se instala en cada ocasión una chimenea portátil para la ceremonia de las fumatas, lo que obliga a limpiar luego los frescos de Miguel Ángel para quitarles el hollín. La visita a sus museos es recomendable hacerla con un guía, preferentemente en español, y yo creo que la Capilla Sixtina hay que verla al menos una vez en la vida. Pero creo que no la repetiría si vuelvo otra vez a Roma.

La anomalía tiene un origen muy antiguo y diversos hitos. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre qué fue exactamente lo que decidió el emperador Constantino en el archifamoso Edicto de Milán, año 313, cuya misma existencia cuestionan incluso algunos estudiosos. Parece claro que se decretó la libertad religiosa, por lo que los cristianos dejaron de ser perseguidos. Pero se dice que también el emperador hizo entrega al patriarca de la iglesia Melquiades de unos ciertos derechos sucesorios sobre el Imperio. Los sucesivos dirigentes de la Iglesia, que pronto empezaron a llamarse Papas, se convirtieron en uno más de los poderes que luchaban por la preeminencia en la gobernación del convulso Imperio de los últimos tiempos. No se puede explicar en un breve texto un asunto complejo del que se han escrito numerosos tratados y del que existen fuentes muy difusas. Pero, en este orden de simplificación, digamos que, a la caída definitiva del Imperio Romano, emerge un papado guerrero, con territorio propio y capital en Roma, que pasa a ser conocido como Los Estados Pontificios, cuya creación se remonta formalmente al año 751.

Estos estados pontificios duran hasta la unificación de Italia, en 1870, momento en que son derrotados por el ejército de Vittorio Emanuelle II. A partir de aquí, el Papa se autoproclama prisionero en el Vaticano, en medio de una Italia unificada que tiene su capital en Roma. El tira y afloja tiene un trasfondo fiscal, puesto que la iglesia se niega a pagar impuestos al nuevo estado por sus numerosas propiedades. La situación se resuelve a favor de los intereses eclesiásticos en 1929, mediante el acuerdo que firma el Papa Pio XI con Mussolini, por el cual el suelo de las iglesias sigue siendo fiscalmente propiedad del Vaticano, que es reconocido como Estado. Un acuerdo que se reproducirá en España, con el famoso Concordato. Es decir, que además de sus 44 hectáreas, la Iglesia cuenta con la propiedad de facto del suelo de todas las iglesias de Italia, por las que no paga ningún tipo de IBI, lo mismo que le sucede en España. No soy un experto en este tema, por lo que ruego que, si entre mis lectores hay alguno, UNO, no se ofenda por mis ignorancias y DOS aporte aquí cuantas correcciones estime pertinentes.

La anomalía se palpa nada más ingresar en los territorios vaticanos, por el simple procedimiento de cruzar una calle. No hay aduanas, el euro sigue siendo la moneda oficial y lo único es que se observa una sobreabundancia de curas y monjas entre las masas de turistas que acuden a expresar su fe. El Papa tiene cada día unas horas de audiencia matinal para apuntarse a las cuales hay una cola de varios meses. En realidad estamos en una especie de Estado virtual, evanescente, superpuesto sobre la realidad geopolítica mundial. Algo bastante interesante como fenómeno y como exponente de la peculiar mentalidad del ser humano, este singular bípedo implume capaz de crear cosas tan sofisticadas. Visitando el Vaticano, tuve una especie de revelación: ¡Coño! Esta es la solución para el problema de Cataluña. Les viene como anillo al dedo, o come il cacio sui maccheroni, que dicen en Italia. Al fin y al cabo, los independentistas se sienten tan maltratados y aporreados como los primitivos cristianos en la Roma pagana.

Digo yo que se les podría habilitar un pequeño barrio de Barcelona, por ejemplo, en torno a la Sagrada Familia, para que dispusieran allí de unos Estados Pontificios del Prusés. El Papa Junqueras podría ejercer su pontificado sin ataduras, el unurabla Jordi Pujol se encargaría de montar una especie de Banco Ambrosiano, la señora Forcadell podría dirigir a los cardenales sin el engorro de tener que cumplir unas mínimas normas democráticas y la seguridad se encomendaría a una guardia pretoriana de mossos de esquadra comandada por el mayor Trapero. Los 200 alcaldes tendrían un sitio fijo adonde acudir los domingos, para lanzar siete hurras al Papa con sus bastones en alto, lo que se convertiría en una atracción turística única en el mundo. También podrían mostrar a Rufián interpretando el Rap del Franquismo. Este nuevo país colmaría las ansias de dos millones de creyentes que sueñan con tener un estado propio. Podrían seguir usando el euro y hasta quedaría margen para proporcionarle un empleo a Lluis Llach, como compositor de motetes laudatorios. Desde luego que, si se organizara un referéndum nacional para la creación de un estado de este tipo, yo no tendría ninguna duda de ejercer mi derecho a decidir votando que sí. Incluso me apuntaría a salir a correr al Retiro gritando VUTAREM, VUTAREM, VUTAREM, que ya han visto que se me da de maravilla.

Bien, aunque no tiene nada que ver, les voy a dejar con un poquito de rock’n roll, que esa es la marca de la casa. Supongo que no ignoran que los diferentes miembros de los Stones cultivan sendas carreras en solitario, donde se expresan libremente sin tener que aguantar el coñazo de unos compañeros a los que tienen ya muy vistos. No les sorprenderá tampoco saber que el más brillante de todos ellos es Mick Jagger, como no podría ser de otra manera. Entre la larga lista de canciones en solitario que este hombre ha publicado, hay una que me gusta especialmente y que me pongo una y otra vez en el coche cuando estoy acelerado como en estos últimos tiempos. Les hablo de God gave me everything I want, Dios me ha dado todo lo que quiero, de 2001. Consciente de que tenía entre manos un tema grandioso, Jagger grabó un vídeo promocional a la altura, que les dejo de despedida. Junto a él, participa la guapísima Shannyn Sossamon, cantante, baterista, actriz y modelo de Reno (Nevada). También pueden reconocer en ese energúmeno gesticulante con chándal barato, gafas negras y gorro de lana, nada menos que al rockero neoyorkino Lenny Kravitz, que es el autor de la música, sobre letra de Jagger. Para poder verlo con nitidez, caprichos del Youtube, han de pinchar AQUÍ. Ojo que la cosa tiene truco porque, después de la canción te calzan publicidad y más música, pero pueden cerrar la página si no quieren seguir. Así que, pónganselo en pantalla grande, súbanle el volumen y a disfrutar. Siempre adelante. 

Que pasen un buen finde.  

miércoles, 30 de noviembre de 2016

582. A Dios para ser bueno le falta una O

El título hace referencia a un tema suscitado la semana pasada. Arranqué dicha semana, con un post que empezaba con un chiste infame, seguía con la presentación del libro de mi amigo Ronaldo Menéndez en la librería Tipos Infames y terminaba con un poema de mi buen amigo Juancho Peñafiel. Tras colgar ese texto el lunes, entré en una dinámica enloquecida en la que, por diversos asuntos de los que no se cuentan en este blog (personales y de trabajo), no pude escribir nada más. El viernes me había comprometido a darles una charla sobre la historia de Madrid a mis compañeros del viaje a Japón y otros amigos. La cita era en Aularte a las 12 (me tomé el día de permiso en el curre) y seguía con un paseo didáctico por Madrid Río, con parada intermedia a comer en el Café del Río. El tema salió muy bien, hablé casi 2 horas y parece que la mayoría del auditorio no tuvo bastante, porque se vinieron conmigo al río, donde acabamos a las 7, ya de noche, aunque el tiempo no acompañaba, puesto que nos llovió todo el rato.

De vuelta a casa, tras descansar un rato, caí en la cuenta de que llevaba tiempo sin alimentar el blog. Tenía la mente fresca y me puse a escribir, pero se me echó la hora encima y me empeñé en terminar antes de las 12, lo que me impidió darle al texto la última vuelta acostumbrada. Al final me salió un post más a la carrera de lo normal, del que no estoy demasiado satisfecho. De hecho, un mínimo repaso me hubiera avisado de que mi referencia a Ronald Reagan iba a levantar merecidas suspicacias y la hubiera matizado o suprimido. En esa tesitura, el bueno de Alfred, seguidor impenitente del blog, me hizo un comentario con el enigmático texto que hoy me sirve de título. Sin saber qué me quería decir, busqué sin éxito referencias a Dios en mi texto. Al final di con la clave: tenía una errata en el título. En vez de God save America, había escrito Good save America. En más de 500 posts, es la primera vez que meto una errata en el título. Lo corregí al instante, pero entonces vislumbré un efecto colateral inesperado: mi amigo me acababa de dar sin saberlo el título del post que andaba cocinando hace tiempo.

El tema no es otro que este: ¿existe Dios o no? Sí, sí, ya sé que nadie cree en un Dios anciano, de barbas y melenas blancas como las de Ricardo Aroca, sentado en un sillón que flota por el cielo adelante, soltando rayos y truenos a capricho. Más bien me estoy refiriendo a una idea, a una especie de fuerza que gobernara el universo con alguna intencionalidad. Porque la ciencia, que cada vez explica más temas de los que antes resultaban incomprensibles, no ofrece una solución incuestionable sobre temas como la cualidad del alma, el origen del mundo o qué coño sucede con nuestras almas después de la muerte, con el esfuerzo que nos tomamos a lo largo de nuestras vidas. Creo que prácticamente toda la gente con la que tengo relación se rige por un ateísmo básico, resultado de una mínima reflexión y de los vientos que corren por nuestro avanzado mundo occidental. Vale. Pero queda una serie de preguntas sin respuesta.

A este respecto, he de hacer una referencia al contexto familiar del que provengo. Mi padre era un ateo convencido. Había llegado a ese concepto como resultado de un razonamiento científico profundo y bien fundamentado. Sin embargo, mi madre era muy creyente, rezaba el rosario a diario, no se perdía una misa y hablaba con Dios cada noche antes de acostarse. Eran un tipo de pareja, en este aspecto, bastante común en su tiempo. Pero ambos respetaban escrupulosamente las creencias del otro, algo que para mí fue una enseñanza de tolerancia y de priorización de lo importante, que siempre les agradeceré. Su respeto mutuo era tal que, en sus últimos años, mi padre acompañaba siempre a misa a mi madre, que se sentaba en la primera fila, porque veía muy mal. Y allí se aguantaba toda la misa, con gesto serio y simulando santiguarse cuando tocaba, de forma tan convincente como la mía en las iglesias ortodoxas.

A la recíproca, cuando mi padre murió (1990) y decidimos velar su cuerpo en casa, para que toda la ciudad viniera a despedirle, mi madre presidió el interminable duelo con una calma y una autoridad que impresionaba a la larga comitiva de visitantes. Sólo perdió los nervios una vez: cuando vio a un cura con sotana pululando por allí. Inmediatamente nos llamó a capítulo a los hijos y preguntó muy enfadada qué hacía allí un cura. –Mama, por Dios –le contestamos–, es que venía en el pack, todas las ofertas de la funeraria incluían la lectura de un responso por un sacerdote (así era en esos años). –Pues que haga su trabajo rápido y se vaya con viento fresco, que a él no le gustaba eso y hay que respetar su memoria. Nunca olvidaré esta escena, tan hermosa como para contarla en una tribuna abierta al público como esta.

Mi madre intentaba que fuéramos creyentes, pero todos los hermanos fuimos cayendo en el ateísmo como parte de las verdades que se descubren a lo largo de la adolescencia, algo que a ella le disgustaba y le servía para proclamar desolada:  –¡Claro! Con el ejemplo que tienen en casa… La verdad es que había que ser muy pánfilo para seguirse tragando eso del infierno en el que te quemabas por los siglos de los siglos. Si usted, querido lector, se ha quemado alguna vez, aunque sea una fracción de segundo, sabrá lo imposible de ese infierno eterno que nos pretendían calzar como amenaza. Por no hablar del milagroso embarazo de la Virgen María. Cuando cualquiera de nuestras amigas se quedaba embarazada y se escudaba en una explicación similar, nadie la creía. Me viene a la mente la frase mítica de uno de los enanos delirantes que aparecen en El milagro de P.Tinto (la película más surrealista del cine español, que hubiera hecho reír a carcajadas a Buñuel), que le dice a su compañero con énfasis: –Vale, lo del tres-en-uno, todavía lo puedo admitir, pero que uno de ellos sea paloma… eso ya no.

Así que yo, desde mi adolescencia estoy convencido de que fue el hombre quien creó a Dios a su imagen y semejanza, y no al revés. Pero vamos a lo que íbamos. Si usted, querido lector, me preguntase a día de hoy si soy creyente o ateo, probablemente le contestaría a bote pronto con la segunda de las alternativas. Pero no lo haría con la seguridad de mi padre. Me explico. Determinadas cosas que suceden cotidianamente parecería que tienen detrás una voluntad oculta, una intención, una especie de diseño o guión escrito por alguien. Piensen por ejemplo en mi accidente en el Metro de hace casi un año (y este era el epílogo que me reservaba, según anuncié cuando les hablé del tema de la trazabilidad). Este incidente es el resultado de un sinfín de casualidades. Para empezar, resulta que yo iba en Metro al trabajo, porque los señores de Ahora Madrid decidieron sortear las plazas de parking disponibles y perdí el sorteo (a partir de mañana, 1 de diciembre, vuelvo a tener plaza hasta el 1 de junio ¡¡Hurra!!).

En segundo lugar, un factor del que no les he hablado. Hace como un año, me tuve que poner gafas de lejos. Estas gafas me permiten ver bien de frente, pero me dejan alrededor un círculo de visión deficiente, una especie de ángulo muerto circundante. En febrero, todavía no me había hecho del todo al uso de estas gafas y creo que fue por ese ángulo muerto por donde me entró el tipo que me hizo tropezar. Por eso no lo vi a tiempo. Luego ya saben el resto de las casualidades: un tipo que viene rezagado y distraído con el móvil, una sincronización perfecta de las trayectorias, una caída hacia delante pero con un empuje lateral que me lleva a sufrir una especie de hachazo con el borde de la puerta, cuando soy una persona acostumbrada a caerme corriendo y no hacerme daño. No sigo. Cualquiera medianamente desconfiado podría pensar que todo esto fuera un guión escrito por alguien decidido a darme por culo, que estaba yo muy crecido en ese tiempo, tras intervenir en mi congreso de Londres.

Un dios, en cualquier caso, perverso y cabrón. Porque eso es algo que tengo muy claro: si existe algún dios, sin duda está lejos del estereotipo del ser bondadoso y magnánimo que nos han vendido. A Dios, para ser bueno, le falta una O. Y muchas otras letras. Cómo explicar si no, que haya niños que enferman de leucemia, como la hija de un compañero mío, que por fortuna se curó. Cómo admitir que detrás de dramas como el de Siria, los refugiados o la aparición del Daesh se esconda la mano de una voluntad divina que así lo haya decidido. Es que un dios de verdad magnánimo, haría que el cáncer afectara a las malas personas y a mí me consta, dolorosamente, que afecta igual a las más buenas. Lo siento si ofendo la sensibilidad de algún lector pero, para mí, si hay un dios, se trata de un ser malvado. Ni siquiera eso; más bien un dios como los griegos: frívolo y travieso, cruel y juguetón, capaz de tomar sus decisiones sólo por fastidiar y por dejar claro quién manda aquí.

En esta línea de inquietud filosófica más que religiosa, hace poco que he encontrado un inesperado asidero, una explicación alternativa. Hablo del mundo de los cátaros. Para quien lo desconozca, los cátaros o albigenses fueron un movimiento religioso surgido en el seno de la Iglesia Católica en el siglo X, que arraigó especialmente en el sur de Francia (Languedoc), donde duró hasta comienzos del XIII, en que fueron literalmente aniquilados en la única de las cruzadas promovidas por el Vaticano que no iba dirigida contra el mundo musulmán, sino contra cristianos disidentes.  Como los cátaros ya se olían lo que les venía, se refugiaron en castillos como los de Carcassonne, Termes, Peyrepertuse, Montsegur y otros que ahora pueden visitarse en una ruta de los cátaros, que cualquiera de las agencias de viajes incluye en sus ofertas. Pero no les sirvió de nada. El papa Inocencio III envió sus tropas y los arrasó.

¿Y cuál era la doctrina de los cátaros? Pues algo que me parece muy razonable y brillante. Los cátaros diferencian el mundo material del mundo espiritual. En el primero están las piedras, los árboles, los animales y los cuerpos de los seres humanos. Forman el segundo las almas, el espíritu, el pensamiento, la inspiración artística o musical, que son lo que nos diferencia de los demás seres vivos. Según los cátaros, Dios creó el mundo del espíritu, pero el mundo de la materia es una creación del Diablo. Dios, que es por definición bueno, creó el mundo del espíritu precisamente para luchar contra la maldad del mundo material, diseñado y construido por el Diablo para hacernos sufrir. En fin, he de indagar en este tipo de explicaciones duales del mundo (el Yin y el Yang), pero ahora mismo las suscribo. Mi accidente sería entonces el resultado de un momento en que Dios se descuidó y dejó al Diablo hacer de las suyas. En cualquier caso, es un concepto que te impulsa a luchar sin descanso por hacer el bien, algo que cuadra con mi carácter. No en vano, los cátaros se llamaban a sí mismos los hombres buenos.

En este rango de reflexiones y juegos mentales, sobrevive una cuestión fundamental sin resolver y es la que expresa una pintada, descubierta en un muro anónimo de una ciudad sin nombre. Les dejo con la foto correspondiente. Sean buenos, coño, miren que siempre se lo digo.



domingo, 23 de agosto de 2015

417. La Polonia soviética II

He de hacer un par de aclaraciones. Primero, cuando un texto me sale muy largo, suelo partirlo en dos. A veces no lo hago, como en el reciente post sobre Auschwitz, porque me parece que cortar un clímax como el de ese texto es hacerle una faena al lector, similar a la que producen los anuncios de Telecinco interrumpiendo lo mejor de la película. Por otro lado, este fin de semana he estado fuera y he encontrado un rato para escribir y subir el post anterior con el Ipad, artefacto con el que no me manejo muy bien. Eso produjo un resultado deficiente, con una letra más pequeña de la habitual, unas cuantas erratas que no supe cómo corregir y la imposibilidad de subir la foto de Nova Huta. Una vez en mi casa (domingo por la noche), he subsanado todos los errores y les emplazo a revisar ese texto, al menos para ver la foto, que es muy expresiva de lo que los soviéticos entendían por urbanismo.
  
Nos habíamos quedado en que con la Iglesia habíamos topado. El catolicismo es una seña de identidad de los polacos fuertemente arraigada en sus mentes. En los años que nos ocupan, la iglesia polaca era muy potente y tenía a la cabeza al poderoso cardenal de Varsovia Stefan Wyszynski, cuyo retrato tienen a la izquierda. Como ven, también en este caso, una imagen vale más que mil palabras. Wyszinsky era un anticomunista feroz, que soñaba con sacar a Polonia del Pacto de Varsovia, para incorporarla a Occidente y cuyas relaciones con el gobierno habían sido siempre muy tensas. En 1978, Wyszynski ve su ocasión y se dispone a aprovecharla. A la muerte de Pablo VI, se convoca el cónclave para elegir a su sucesor. Wyszynski acude puntual y mueve sus hilos y sus influencias.

No sé lo que opinan ustedes pero, para mí, la elección papal es uno de los tres procesos más antidemocráticos que sobreviven en el mundo, junto con la elección de sede olímpica y la del país organizador del Mundial de Fútbol. Como la FIFA y el Comité Olímpico Internacional, el Vaticano es en los días de cónclave un bullicio de intrigas, de clientelismo, de sobornos, de presiones y de lobbies. Wyszynsky se mueve en ese ambiente como pez en el agua y contacta con todos los cardenales centroeuropeos. Les cuenta que los países del otro lado del telón de acero se están viniendo abajo económicamente. Que bastaría un impulso, como el que podría dar él desde el papado, para derribar el castillo de naipes. Sin embargo, encuentra serias reticencias. Algunos de estos cardenales tienen buena relación con los gobiernos socialistas de sus países y saben por ellos que el régimen polaco nunca aceptaría a Wyszynski como Papa, que lo considerarían como una declaración de guerra. Por otro lado, la idea es tomada por descabellada por muchos de los primados: desde 1523, todos los Papas han sido italianos.

Ya saben lo que sucedió. Salió elegido Albino Luciani, un hombre firmemente dispuesto a acabar con las corruptelas y los tejemanejes que desarrollaban el arzobispo Marzinkus y el Banco Ambrosiano, en colaboración con Roberto Calvi, el llamado banquero de Dios. Luciani se corona como Juan Pablo I, un guiño a la bondad de Juan XIII y a la eficacia de Pablo VI, sus antecesores. Inmediatamente se pone manos a la obra. Y un mes más tarde aparece muerto. Oficialmente es un síncope, pero todo el mundo entiende que (con perdón) le han dado chicharrón. F.F.Coppola lo sacó así en su película El Padrino III y, que yo sepa, no lo han excomulgado ni nada. Se convoca un nuevo cónclave y Wyszynski se encuentra ante una segunda oportunidad. Pero ahora trae un plan B.

Aunque los cardenales del poderoso looby centroeuropeo han entendido que la idea de Wyszynski es brillante, no quieren que él sea el Papa, porque creen que eso puede ser contraproducente. Pero hay otro obispo polaco en cartel: el joven Wojtyla, animoso y popular cardenal de Cracovia, que desarrolla una labor pastoral incansable y es adorado por sus feligreses con los que hace senderismo por los Tatras y los Pieniny. Es un hombre que empieza a ser conocido en la curia y de hecho en la votación de un mes antes ha sacado ya un número significativo de votos, resultado de la vehemencia de Wyszynski. Este hombre, que es mejor visto por el gobierno polaco, sería perfecto para el proyecto. Sólo hay un problema: Wojtyla no quiere ser Papa. Está feliz en su tierra guiando a su amplia parroquia por el camino de Dios, haciendo lo que realmente le gusta. Y aquí tiene lugar la jugada maestra de Wyszynski. Haciendo uso de su autoridad moral como cardenal primado de Polonia, aborda a su compañero en un descanso de las votaciones y le dice estas palabras: Sólo voy a pedirte un favor. Si te proponen para Papa, acepta. Hazlo por Polonia y por Dios.

Este encuentro en los pasillos del Vaticano está documentado y se relata en todas sus biografías. Lo siguiente es conocido. Los cardenales votaron a Wojtyla quien, según los testigos, cuando se supo el resultado, se echó ambas manos a la cabeza, desolado. Ahora sabía que nunca más sería un hombre libre. Era mucho lo que Polonia se jugaba en el envite. Los movimientos de oposición al régimen necesitaban dinero para estructurar una alternativa sólida, como muy pronto sería el sindicato Solidaridad. Mucho dinero. Y el nuevo Papa, Juan Pablo II, anuló inmediatamente las disposiciones de su breve antecesor que ponían en riesgo la supervivencia del sistema bancario del Vaticano. El nuevo Papa estaba dispuesto a mirar hacia otro lado, a cambio de apoyo para la oposición de su país. Marzinkus continuó en su puesto y lo mismo Roberto Calvi, aunque éste con fortuna diferente: años después, su cadáver apareció colgado de un puente en Londres.

Se han escrito libros enteros sobre este asunto, más o menos con tesis como esta. Y pronto se vieron los resultados. Aunque la economía polaca sigue estancada, el sindicato Solidaridad empieza enseguida a funcionar, al mando de Lech Walesa. En agosto de 1980, el sindicato responde a una subida general de precios declarando la huelga general en los astilleros de Gdansk. Gierek negocia con Walesa y acepta sus condiciones. Solidaridad ha ganado su primera huelga y ese hecho inaugura los llamados Dieciséis meses de la estabilidad. En ese tiempo, se produce una apertura cierta del régimen, con mayor libertad de expresión, actividad sindical y asociativa sin restricciones, prensa libre y un florecimiento cultural recibido con ilusión. Pero la economía sigue en picado y el ejército da un paso al frente para intentar revertir esa deriva ruinosa. Es el tancazo del general Jaruzelsky. En diciembre de 1981, el hasta entonces Ministro de Defensa, acaba con las efímeras libertades, declara ilegal el sindicato, saca el ejército a la calle y decreta la Ley Marcial.

A mis amigos polacos les sorprende mucho que la figura de Jaruzelsky sea bien valorada en Occidente, como el hombre que pilotó la transición a la democracia y fue su primer presidente. Para ellos sigue siendo la persona que decretó la Ley Marcial. En esos años difíciles, los soldados te pedían el carnet todo el rato y te detenían por cualquier minucia. Uno debía retirarse de las calles a las 8 de la tarde, si no quería que le disparasen. Polonia quedó aislada y gobernada como un cuartel. Y para colmo, se implantó el racionamiento, como forma de enderezar la economía. Cada persona tenía derecho a 1 kilo de carne (con hueso) al mes. 1 kilo de azúcar. Medio litro de vodka. Una pastilla de jabón, del malo. Todo estaba racionado, menos la verdura y la fruta. Pero, encima, empezó a haber escasez de los productos más básicos, de forma que uno debía hacer largas colas ante las tiendas, que muchas veces abrían completamente desabastecidas.

Hace dos días de todo esto. Mi amiga Dorota me contó algunos de sus recuerdos del racionamiento. Por ejemplo, cuando debía levantarse a las 4 de la mañana, en una Varsovia helada, para coger buen lugar en la cola del ultramarinos. Bien abrigada, esperaba allí hasta las 7.30. En ese momento la relevaba una tía suya, porque ella debía ir a la Universidad para dar clase a sus alumnos de español. Daba su clase de 8 a 9 y regresaba a la cola. A las 11, abría el tendero y sólo entonces se sabía si tenía algo que vender y en qué cantidad. Los que, como ella, no bebían vodka, podían utilizar su medio litro para el sistema de trueque que inmediatamente se estableció. En el campo, recordemos que no colectivizado, la situación era sin embargo más llevadera. Y, en la ciudad, quien más quien menos tenía algún primo con una granja o huerto. Así que, si disponías de vehículo, aunque fuera uno de los minúsculos FIAT 500, podías ir a visitar a tu familia en el fin de semana para cargar comida. Pero entonces te esperaba la policía en las entradas de la ciudad y te lo quitaba todo. Ante eso, la gente utilizaba los autobuses, que normalmente no eran revisados. El pestazo a queso, a chorizo y a carne que se notaba al subir a estos autobuses, es algo que todos recuerdan todavía. 

La Ley Marcial se mantuvo hasta el mes de julio de 1983. El resto de la historia es más conocido y tiene relación directa con la designación del señor Gorbachov al frente de la URSS en 1985. El proceso era ya imparable. El mundo soviético se derrumbaba, incapaz de competir con Occidente en la carrera de las nuevas tecnologías, lastrado por la rigidez de su estructura industrial y económica centralizada, la esclerosis de sus dirigentes políticos y el malestar de sus propios pueblos. Era sólo cuestión de tiempo y Polonia preparaba ya sus estructuras políticas de recambio para adaptarse al cambio que venía. Por eso, su proceso fue pacífico y tranquilo. Ahora, nadie añora aquellos viejos y convulsos tiempos. A los rusos se les sigue teniendo verdadero terror y, al parecer, hace unos cinco o seis meses, hubo momentos de psicosis a cuenta de la situación ucraniana. Pasado el susto, vuelven a sentirse seguros y aliviados bajo el paraguas de la OTAN. Que duerman bien.