Alcanzo por fin el final de una
semana de mucho trabajo, con el aderezo de dos días especialmente duros: el
lunes y el jueves. El lunes celebramos el Meet Up, jornada de difusión
internacional del Reinventing Cities. La convocatoria era a las 9.00 en La Nave,
el centro de promoción de la innovación que ocupa el contenedor de la antigua
nave de fundición de la industria Boetticher, en Villaverde. Quiere decir que
yo estaba allí a las ocho en punto, remangado, colocando sillas, mesas,
escenario, pancartas, tótems, etc. El programa empezaba con dos itinerarios alternativos para visitar los cuatro lugares que
se someten al concurso. Los desplazamientos se hacían en autobuses eléctricos
de la EMT, a estrenar (los presentó Inés Sabanés hace unos días), con regreso a
las 11.00.
Tras media hora para un café y
unos bollitos, empezaba la parte institucional con dos panels en los que participaron los concejales de Urbanismo de
Madrid y París, el segundo del área correspondiente de Oslo, un director
general de Milán, el Decano del Colegio de Arquitectos y otras personalidades.
Y la propia directora de Reinventing Cities, Hélène Chartier, que vino
expresamente para el evento desde Nueva York. Tras esta parte, había un
almuerzo con un catering buenísimo y luego empezaba la fase de talleres, uno por cada uno de los solares y edificios del concurso, manejados por unos
dinamizadores profesionales. Al final, se cerraban las conclusiones y se
terminaba la jornada, exactamente a las 18.00.
Tuve tiempo de descansar un rato
en mi casa, cambiarme de ropa y quitarme la corbata. Y enseguida salí de
nuevo para cenar con Hélène y otros de los ilustres participantes en el Meet
Up. Joder, si alguien viene desde Nueva York para apoyarte, qué menos que
llevarle a cenar a un buen restaurante. En este apartado seguí la
recomendación de mi amigo Mariano: el Moncalvillo, en Chueca, donde se cena de
maravilla. Llegué a casa a las once de la noche. El martes estaba, pues, agotado y a mediodía me fui a casa a
echarme una siesta con el teléfono en modo avión, de la que ya les hablé en el
último post y sobre la que les voy a completar la información más abajo. Porque
antes quiero contarles lo que hice el otro día duro, el jueves. Ese día, salí de mi oficina a las 13.30 en un coche oficial, en
dirección a la Escuela de Arquitectura.
Allí me invitaban a comer en el
restaurante del Museo del Traje, mis amigos José Miguel Fernández Güell, actual
Jefe de Estudios, y Ester Higueras, directora del Máster de Planeamiento Urbano
y Territorial. Nos acompañaba una cuarta comensal: María Arquero, española que
ejerce de profesora en la Escuela homónima de la Universidad de Michigan,
cercana a Detroit. Después de la comida impartí una clase de dos horas en
inglés, sobre el desarrollo urbanístico de Madrid y el proyecto Madrid Río, al grupo de 15 alumnos que esta señora se
ha llevado de viaje y que están en Madrid toda esta semana. Pero aun nos
faltaba lo más arduo. Desde allí cogimos todos el autobús 46 hasta Príncipe Pío,
donde iniciamos el recorrido del parque del río, en dirección sur.
No sé si han visto la información
del tiempo, pero estaba literalmente diluviando, con rachas de viento helado y
encima a punto de anochecer. Los chicos pedían de vez en cuando suspender el
camino, pero María era dura y les decía que si flojeaban les pondría una nota
más baja en la evaluación. En cuanto a mí, ya saben que soy coruñés. Le dije a
María que, si ella seguía, yo también. Ella llevaba un paraguas que se le dio
la vuelta a medio recorrido y tuvo que tirarlo a una papelera. Yo me protegía
con una capucha y unos zapatos de gore-tex. Pero llegamos al Matadero
empapados, con las perneras de los pantalones heladas y pegadas a las pantorrillas.
En el bar del Matadero, pedimos cervezas, whiskys, gimlets, dry martinis y otras
exquisiteces. Todos menos los seis orientales, que se fueron enseguida al
Metro. María me explicó que los demás días también se habían empapado, y que
los chinos no soportan estar mojados; que, por una cuestión cultural relacionada con la protección de la salud, necesitan ir enseguida a cambiarse,
para ponerse ropa seca. Cada día aprende uno una cosa nueva.
Pero volvamos a la tarde del
martes. Al despertar de la siesta conecté el teléfono y me entró la llamada en
espera de Sarah van Lindt, con la que tuve una larga conversación que ya les he
contado. A media conversación, llamaron a la puerta. Me traían un paquete. Sin
dejar de hablar, pulsé el portero automático. Subió el chico, me entregó el envío y
me dio un bolígrafo. Interrumpí mi conversación: –Un segundo Sarah, ¿dónde
tengo que firmar? Vale, gracias. Respuesta al otro lado de la línea: –¡Emilio!
No me digas que estás trabajando todavía a estas horas… Aclaré el malentendido
y sentí su alivio al otro lado de la línea.
Me traían unas nuevas zapatillas
para correr que he comprado por Internet. Se trata de unas Nike Epic React Flyknit, que son una verdadera revolución en el mundo del running,
puesto que incorporan un sistema de amortiguación sólo usado antes en el
baloncesto. A finales de enero me enteré de su inminente salida al mercado, en
un artículo de Expansión que pueden consultar AQUÍ.
Y me puse en la cola de espera de venta on line, para hacerme con unas, antes de
que se empezaran a vender en las tiendas. El martes me llegó el pedido, me las
probé y me quedan como un guante. Son ultraligeras y ya he empezado a
pisarlas, es decir a ponérmelas por la tarde para estar en casa y bajar a
alguna compra rápida. Un par de imágenes.
Ya sé lo que están pensando. Que
soy un pijotero que se pirra por las novedades y las marcas. No, señores. No
soy un pijotero. Un pijotero no se hubiera hecho una excursión por el río de
tres horas en una noche tormentosa. Lo que yo soy es un exquisito, que es diferente.
La exquisitez es algo relacionado con una exigencia de calidad, de precisión,
de puntualidad, de elegancia y de muchas otras características, que yo busco en
mi trabajo y en mi vida. Cuando le preguntaban a Arsenio (otro exquisito) cual
era el secreto del fútbol del Superdepor, respondía invariablemente: –Orden y
talento. No hay mejor definición. Ya les expliqué que talento no es lo mismo
que genio. Que el talento también se trabaja. Yo nunca me he considerado genial
en nada, pero podría admitir un cierto grado de talento en algunos campos. Por ejemplo,
como blogger. Pero, si se les ocurre revisar mis posts más antiguos, seguro que
observarán cuánto han evolucionado mis textos. Más de cinco años trabajándome este tema, se tienen
que notar. Yo mantengo todo el tiempo una exigencia de calidad. No digo que la consiga (eso lo tienen que decir otros), pero esa exigencia, ese perfeccionismo que impregna todo mi esfuerzo, es una cierta forma de exquisitez.
La exquisitez se puede expresar a
veces en pocos segundos y les voy a poner un ejemplo muy claro. Quince segundos
es lo que dura exactamente la introducción de la canción Out of time, que grabaron los Stones en 1966, hace más de 50 años y
que les pido que escuchen. Empieza con el bajo de Bill Wyman, marcando el
compás 4x4 con la ayuda de alguien que marca el contrapunto restallando los dedos
(tal vez Jagger). Enseguida se suma la marimba, un instrumento inhabitual en el
rock y en los Stones, que maneja Brian Jones, un tipo realmente exquisito. Y
antes de los quince segundos, entra la batería de Charlie Watts, que pone en
suerte a la voz de Jagger. Esto es lo que yo llamo exquisitez. Pueden dejarse
la canción de fondo y seguir leyendo: los Stones se gustaron y alargaron el
tema más de lo habitual en aquellos tiempos.
Por cerrar el tema de las
zapatillas, he de aclarar que la noticia de Expansión me llegó cuando ya estaba
yo pensando en comprarme un nuevo calzado para el running. Porque, aunque no he corrido de manera
muy regular en los últimos tiempos, mis Brooks Adrenaline, estaban ya bastante
gastaditas, como pueden ver en la imagen de abajo. Ahora, las he dejado para caminar por el monte y llevaré las que tenía para eso a un punto limpio.
Pero, ya que hemos entrado
lateralmente en el tema del genio, el talento, la excelencia y la exquisitez,
voy a recordarles una figura que ciertamente reunía todos estos atributos. Hablo del gran Fred
Astaire. Mañana se celebrará en el Dolby Theatre de Los Ángeles la ceremonia
anual de entrega de los Oscars. En el acto de 1970, entre los actores encargados de
entregar las estatuillas, apareció una pareja legendaria: Bob Hope y Fred
Astaire. Eran otros tiempos. Les tocó entregar los premios al mejor documental,
o algo así. Hay que decir que Fred Astaire tenía 71 años. Tras la entrega, Bob
le hace algunas preguntas: –Hey, Fred, ¿tú ya no bailas?
Fred estaba retirado y, como todos los genios, fue siempre una persona humilde y tímida, a pesar de su
búsqueda constante de la perfección. Contesta que lleva un año jubilado, que
sólo puede hacer un par de pasos (y los hace) y que eso no es suficiente. Bob
le pregunta si ha recibido alguna vez un Óscar y la respuesta es también
negativa. Y, tras unos comentarios más, Bob da paso a traición a la orquesta,
que dirige nada menos que Elmer Bernstein. Fred pone cara de fastidio: –¿Qué me
has hecho, Bob? Y luego sucede lo que pueden ver en el vídeo. Algo inaudito en
una persona de 71 años.
Pero es que Fred Astaire era un
auténtico genio y, para que lo comprueben, les voy a dejar de regalo un segundo vídeo, que corresponde a
la película The damsel in distress, nada menos que de 1937. Aquí es que ya se queda uno sin
palabras. Que pasen ustedes un buen finde.
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