martes, 10 de mayo de 2016

504. La señora Ashton se resiste

Bueno, pues esta mañana he acudido a la consulta del doctor Gárate y ya tengo el resultado: es, más o menos, como si hubiera pasado consulta con Rajoy. Es decir: sí, pero no, pero sí; no obstante, no vaya a ser el demonio, no por mucho madrugar amanece más temprano, ya sabemos que el húmero es uno de los huesos más difíciles de soldar, a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga, habremos de ser prudentes y patatín y patatán. O sea, que me ha hecho la picha un lío, por decirlo de forma medianamente educada (existen expresiones todavía más bastas). Y yo con mis preguntas de lego en la materia: me estás diciendo que el proceso de formación de la señora Ashton no va bien. No, no, yo no he dicho eso. ¿Puede entenderse entonces que va bien? Sí, claro. Y, siendo así, ¿por qué no me das el alta? No, es que yo no puedo hacer eso, porque Santa Marta, Santa Marta tiene tren, Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía.

No se  preocupen, yo tampoco entiendo nada. Ya que hablamos de trenes, he tomado el de vuelta en San Fernando de Henares con la cabeza como un bombo. Luego, a medida que iba entrando en Madrid, he ido viendo un poco la luz, aunque no se crean que las tengo todas conmigo. Veamos. Para empezar, resulta que Konrad Adenauer (también conocido como el general De Gaulle), está sujeto a mi húmero, no por dos tornillos como yo creía, sino por tres. Acojonante ¿no? Pues así son las cosas. En la parte más cercana al hombro, tengo un tornillo, digamos, apretado en una tuerca ósea redonda y ajustada (¿La habrán hecho con una barrena o un berbiquí? Porque esto es pura carpintería). Sin embargo, en la parte del codo tengo dos. Uno igualmente ajustado y apretado, y un segundo, que entra en un agujero alargado, elíptico. Es decir que, si me extraen a su compañero y vecino, pasará a tener una holgura longitudinal, en el sentido del propio húmero.

Eso es lo que probablemente me hagan (aún han de decidirlo en una sesión clínica, a modo de cónclave de todos los traumatólogos). ¿Por qué? Pues porque parece que el general De Gaulle durante los primeros meses ayuda a la formación de la señora Ashton, pero después puede trabajar negativamente, impidiendo su desarrollo completo. No, si ya el verdadero De Gaulle, a mí siempre me pareció un tipo un poco estirado, un militar aquejado de rigidez excesiva, con aquellas gorras de la guerra de África que gastaba. Si le hubieran aflojado los tornillos, habría sido un poco más flexible con los organizadores del Mayo del 68 y no habría tenido que dimitir de su cargo. El problema es que aquella revuelta le pilló un poco mayor. Tal vez es eso lo que me pasa a mí, que estoy algo mayor y no puedo andar por ahí rompiéndome huesos.

De todas formas, esa parafernalia de los tres tornillos revela premeditación y alevosía. Gárate y sus secuaces ya sabían, más o menos, lo que iba a pasar en una fractura como la mía. Por eso me han puesto dos tornillos en el codo, para guardarse la baza de quitar luego el apretado y dejar sólo el de la holgura. Sin contar con que el propio clavo viene ya de serie con los agujeros precisos para esa secuencia. Otra duda que me surge. En el agujero que me quede en el hueso, digo yo que pondrán un poco de masilla, no me lo irán a dejar sin tapar, para que se cuele por ahí cualquier cosa. Como ven, estoy destinado a seguir con el bricolaje, caso de que el cónclave dé su visto bueno (imagino que lo dará; todo esto no es más que un protocolo, para un problema médico leve, que cualquier residente puede resolver sin despeinarse). Independientemente de lo que se decida, a mí me han dado otra cita para una nueva consulta el 10 de junio. El cuento de nunca acabar.

Pero la cosa tiene más derivadas. Porque está claro que yo tengo un problema en el brazo izquierdo, que no me invalida para hacer un trabajo de oficina, como el mío. Eso es lo que le he planteado a Gárate y sus ayudantes. Respuesta: la baja médica no tiene por qué coincidir con la baja laboral. Es decir, yo puedo pedir el alta laboral cuando me dé la gana. O sea que me pasan a mí la decisión. El problema es que, ahora mismo, no sé si quiero pedirla. De momento no voy a hacerlo. Lo más probable es que aguante hasta disponer del alta médica. Pero voy a hacer algunas averiguaciones. Si, en esa situación intermedia (alta laboral, baja médica), se me permitiera salir de la Comunidad de Madrid y conducir mi coche, entre otras liberaciones de mis limitaciones actuales, sería un factor a tener en cuenta. Sobre todo, si en el sorteo de plazas de parking que, normalmente, debe hacerse este mes, tengo la suerte de que me toque una y puedo volver a aparcar en el trabajo. Veremos.

Aparte estos pequeños detalles, estoy en una situación envidiable, como ya les he contado. Sigo haciendo la parte de mi trabajo que más me gusta, sin estar obligado a tener que ir al destierro y fichar cada día. Y las tareas que no me gustan tanto, las pueden hacer otros si son urgentes y, si no, pueden esperar hasta que tenga todas las altas habidas y por haber. El otro día les dije que ya había recuperado mi costumbre de correr para pasar semáforos en ámbar o coger un Metro a punto de irse. Los primeros meses no lo hacía, pero no por sentido común, sino por simple miedo. Ahora que ya me he quitado el miedo del cuerpo, vuelvo a moverme por la ciudad como toda la vida. A este respecto, quiero contarles un fragmento de la excelente serie de TV Los Soprano, algunos de cuyos capítulos estoy viendo en estos días.

En uno de los episodios, aparece un joven violento y desquiciado, al que se conoce como Mustang Sally. Este tipo, por una pequeña discusión con un currante que está haciendo su trabajo en la acera, saca un palo de golf de su coche y le sacude al otro pobre hasta que lo  mata. Toda la calle lo ha visto. El problema es que el muerto es un empleado del capo mafioso Tony Soprano, protagonista de la serie, que controla toda la ciudad y no puede consentir que maten así a uno de los suyos. Averigua quién es el matón y descubre que el tal Mustang Sally es nada menos que el ahijado de otro capo, muy mayor, jubilado y con el que no tiene mala relación. Entonces busca encontrarse con él en el funeral de un tercer gangster. El abuelo mafioso se pasa todo el funeral tosiendo. Parece ser que tiene cáncer de pulmón avanzado. Se encuentran en la puerta de la iglesia y Tony le cuenta lo que hay, le dice que tiene que cargarse a Sally y le pregunta si eso le molesta y, en definitiva, si le da su autorización para hacerlo sin que ello suponga iniciar una guerra de bandas.

El decano de los capos, que no para de toser y utilizar un inhalador de asmático para suavizar sus pulmones, le dice a Tony que le parece bien, que Sally es hijo de un empleado suyo al que apadrinó cuando se quedó huérfano, pero que está loco y ha causado ya varios problemas similares. Añade que quiere ser él mismo quien se encargue de eliminarlo, puesto que Sally está loco pero no es tonto y no va a dejar que nadie se le acerque, excepto él, que es su padrino. Tony le dice que no hace falta que él mismo asuma tan delicada tarea, que le ve mayor y enfermo, que no está ya para semejantes trotes, que cualquiera de sus matones puede hacerlo con garantías, pero el abuelo insiste, diciendo que lleva mucho tiempo retirado y que le apetece mucho hacer una cosa como esa, para volver a sus tiempos jóvenes que tanto añora. Tampoco le asusta el riesgo porque, dice, total ya está medio muerto.

Sally está atrincherado en su apartamento con un socio, ambos armados hasta los dientes y dispuestos a no dejar entrar a nadie en la casa. Pero cuando llama su padrino a la puerta, le abren y le ofrecen un té. Cuando están preparando el té, el abuelo saca la pistola y les dispara, pero le sale una chapuza, porque no los mata del todo, se le revuelven, se arma una carnicería y lo ponen todo perdido de sangre. Finalmente consigue matar a ambos y sale del edificio, ensangrentado pero sin un rasguño. Entonces, se sube a su coche, pone la radio a todo volumen y acelera, feliz de recuperar las viejas sensaciones. Encima, se enciende un pitillo y aspira el humo con fruición, riendo mientras tararea la canción de la radio. (Bueno, el resto se lo pueden imaginar: le da una tos terrible, trata de sacar el inhalador del bolsillo, se le cae, intenta buscarlo por el asiento sin bajar la velocidad, etc.)

Bueno: pues esa sensación de plenitud que experimenta el gangster retirado cuando acelera por las calles de New Jersey con el pitillo en la boca, es la misma que siento yo cada vez que echo a correr para atravesar la calle Atocha por algún lugar prohibido, o esprinto para que no se me escape el bus de vuelta de la rehab. Toda mi vida he funcionado igual, sobreviviendo en la gran ciudad. Me considero una persona prudente, que no corre riesgos innecesarios, pero no soy un anciano. Mi accidente fue una cosa de mala suerte que le podría haber pasado a cualquiera y, no por haberlo sufrido, me voy a volver un caguetas a estas alturas de la vida. Así que, mientras el doctor Gárate no apruebe la formación completa de la señora Ashton, tendré que seguir sus instrucciones pero, en cuanto me autoricen, volveré a nadar, a correr y a hacer senderismo. A ciertas edades, estas actividades son muy divertidas, aunque tienen sus riesgos, como pueden ver en el vídeo que les dejo de despedida. Pero: ¿qué es la vida sin un poquito de riesgo?



viernes, 6 de mayo de 2016

503. El ramen y los perros en un mundo de locos

Pues lo cierto es que llevo una semana de locos y no sé ni cómo he podido escribir algo en el blog. El miércoles me pasé toda la mañana en mi oficina echando una mano en una serie de trabajos que se estaban retrasando por encima de los plazos admisibles, aproveché para comer por allí y por la tarde no me quedó demasiado espacio hasta el momento en que tuve que salir otra vez en busca de mi taller de conversación inglesa. Para poder hacer eso, había llegado a la rehab a las 9 en vez de a las 10.15, que es mi horario normal. Lo del jueves era aun peor, porque ese día tenía lugar la primera de las tres Jornadas que se han programado dentro de la colaboración establecida entre el Ayuntamiento y el Programa Hábitat, de la ONU. Antes de mi accidente, yo estaba trabajando en el comienzo de la organización de estos eventos, pero luego la cosa pasó a manos de otras personas que, por cierto, lo están haciendo fenomenal.  

Se decidió que esas tres jornadas se celebren en tres jueves sucesivos, en equipamientos de barrio, que para cosas como estas se han construido. El evento de ayer tenía lugar en un centro cultural de Canillejas, cerca ya de Barajas, empezaba a las 9.30 y duraba todo el día, hasta las 8 de la tarde, con una pausa para comer en un mesón de la zona. Así que mi única posibilidad de asistir al acto era presentarme a las 8 en el gimnasio de ASEPEYO en Legazpi. Allí estuve, como un clavo, esperando en la calle a que abrieran. Nada más entrar, me cayó una bronca. Yo no estoy autorizado a llegar cada día a la hora que me salga de las pelotas, a ver qué me he creído. Yo tengo mi turno a las 10.15. De forma excepcional puedo cambiarlo un día por un asunto bien fundamentado y siempre avisando el día antes, pero lo que no puedo hacer es que la excepción se convierta en norma o, mejor, en ausencia de norma. Tiene razón, la verdad es que esta semana sólo he ido a mi hora un día y las anteriores más o menos lo mismo. Suelo avisar, pero esta vez no lo había hecho.

Además, ellos saben que yo cambio la hora por asuntos de trabajo, cosa que no puedo hacer mientras esté de baja. Si la cosa es esporádica y muy de vez en cuando, hacen la vista gorda, pero si se convierte en un cachondeo, pues ya no es lo mismo. También puede ser que el tipo que me echó la bronca a las 8 de la mañana, hubiera dormido mal ese día, o su señora no le hubiera hecho todo el caso que él esperaba la noche anterior. Pero el caso es que la razón estaba de su parte y a mí no me quedó otra que pedir disculpas y, como el rey padre, decir: no volverá a suceder. Al acabar la rehab, cogí el Metro de Legazpi a Canillejas, seguro de que en un taxi tardaría más en llegar con el atasco de la hora punta. Entré al salón de actos pasadas las 10, me perdí la conferencia inicial de mi concejal y aquí nadie me regañó, porque no se atreven, pero coseché unas cuantas miradas sesgadas, entre ellas la del propio concejal, que me vio perfectamente entrar al tiempo que rompían los aplausos del personal a su discurso. La semana que viene tendré el mismo problema el jueves, a menos que el doctor Gárate me dé el alta el martes en la nueva consulta que tengo programada con él. Veremos.

La moraleja es clara, queridos lectores: no intenten contentar a todo el mundo. A veces es imposible y lo que uno consigue es quedar mal con todos. Esta mañana he sido puntual y cumplidor del horario, he hecho todos mis ejercicios y me he marchado cabizbajo (estaba muy cansado después de la paliza de ayer). He dedicado el resto de la mañana a hacer algunos recados y luego he llamado a mi amigo Mariano y me he citado a comer con él en el Chuka, el primer ramen bar de Madrid. Era la segunda vez en mi vida que entraba en un ramen bar. La otra fue en Leipzig, con mis dos hijos y por consejo de mi amigo y anfitrión Michael Shölz-Hansen. El ramen es un tipo de comida japonesa de influencia china, muy popular en los barrios de Tokio. Los personajes de Murakami resuelven muchas veces la comida o la cena entrando en un ramen bar, una opción barata que les permite salir del paso y continuar sus apasionantes aventuras urbanas. Por lo que respecta al Chuka, está en la calle Echegaray, pared con pared con La Venencia, el bar protagonista de uno de mis posts más visitados y celebrados, que pueden consultar AQUÍ.

El ramen es una especie de sopa con fideos japoneses y diferentes tropezones, en función de las distintas modalidades. O sea, que es casi como un potaje oriental, que está muy bueno. No se lo recomiendo a quien no sea un poco imaginativo en esto de la comida. Los de esa cuerda, mejor que, como mi padre, se coman unos huevos fritos con patatas. Mariano y yo no sólo hemos disfrutado de nuestros cuencos de ramen, sino que hemos hecho la machada de engullirlo utilizando los palillos chinos y la mini cuchara de las sopas de miso. Eso ya es para nota. Para celebrarlo hemos rematado con un carajillo en el bar del Círculo de Bellas Artes. Y ese ha sido mi primer rato de relax en toda una semana de locos, especialmente impropia en alguien que está de baja médica. Pero ya les he comentado que, en la gran ciudad, estamos todos majareta y, sin ir más lejos, aquí me tienen a mí, todo el día de la Ceca a la Meca y otra vez corriendo para no perder el Metro o no esperar al siguiente semáforo.

Otra muestra de que estamos todos locos, es la forma en que algunos les hablan a sus perros por la calle, delante de los demás transeúntes. El otro día me tocó presenciar la siguiente escena. Una señora llevaba de la correa a un bulldog francés, que iba tirando como un poseso, hasta el punto de que la doña caminaba inclinada hacia atrás, medio cayéndose para hacer contrapeso. En un momento dado, la señora dio un tirón brutal, el perro se paró y se dio la vuelta para mirarla. Entonces (lo juro), la señora le dijo a gritos: –¡¡No tires tanto, coñe!! Ya te he dicho que, como sigas tirando así, no te llevo donde la yaya. Levantó entonces el dedo índice, en señal de advertencia, y añadió: –No te lo digo más veces. Lo más extraordinario era la expresión contrita del perro, que miraba fijamente a los ojos a su ama, consciente de haber hecho algo mal, aunque (supongo) sin saber exactamente qué. Una expresión bastante similar a la que yo le puse al tipo que me echó la bronca en la rehab.

Esta escena me ha traído a la memoria un pequeño fragmento de mis diarios de Sri Lanka, de los que ya expliqué que empezaron siendo realistas y fieles a lo que me iba sucediendo de verdad y, poco a poco, empezaron a llenarse de morcillas imaginarias que, para mi sorpresa, la gente leía con la misma devoción que las partes reales, camino que me llevó finalmente a la literatura (al amigo Julián, seguidor intermitente de este blog, le hizo mucha gracia eso de llegar a escritor a partir de la morcilla de ficción). Así que voy a transcribirles una de estas morcillas. Hombre, ya sé que, al lado del Quijote, esto desmerece mucho, pero viene a cuento y es gracioso, yo creo.

Como de costumbre, les pongo en situación. Yo llego al aeropuerto de Barajas para tomar un vuelo de Air France a París, donde he de reunirme con Philippe para viajar juntos a Colombo. El vuelo es a una hora intempestiva (Philippe administraba el presupuesto europeo con mano de hierro, era de la llamada cofradía del puño, y eso nos llevaba a viajar en vuelos un tanto estrambóticos) y encima con los controladores franceses en huelga. Para colmo, he debido previamente recoger una documentación en mi oficina, entonces en Arturo Soria, donde he dejado mi coche aparcado y me ha recogido un taxi al que he llamado por teléfono (no hay taxis a las 5 de la mañana en Arturo Soria). Les dejo con el texto. Que pasen ustedes un gran fin de semana, que llueva a cántaros y que se salve el Dépor.

Con la documentación completa, estaba en Barajas a las 5.30, veinte minutos antes de la hora fijada. El aeropuerto estaba vacío excepto una larga cola que había al fondo. Tras consultar una de las pantallas de horarios, me encaminé al mostrador que allí se me indicaba. Sí, lo ha adivinado el lector: a pesar de mi adelanto, la única y gigantesca cola era la del mostrador de Air France, como consecuencia de la huelga de los controladores franceses.

Me incorporé a la cola detrás de una señora de pelo rojo, con abrigo de pieles, maletas elegantísimas y un caniche mediano con un jersey de lana roja y negra precioso. Al ver por allí pululando a un empleado de Air France con el membrete en la solapa, lo llamé para asegurarme de que era la cola correspondiente al vuelo de París, lo que me confirmó. La señora del caniche, con un acento inequívocamente argentino, preguntó entonces –¿Y, supongo, es también la cola para Lyon? El tipo palideció y, muy azorado, le  anunció a la señora que el vuelo a Lyon estaba suspendido hasta el día siguiente. En ese instante, la señora se puso histérica y empezó a gritar y a llorar. ¡La reputa madre que los parió –decía– y perdóneme la expresión, joven, pero es que no hay derecho, mi vuelo era ayer y ya es el segundo madrugón que me obligan a darme para nada y yo solo quería ir a Lyon a pasar el puente con mi hermano y estoy pasando el puente de acá para ashá! El empleado intentaba balbucear alguna disculpa, reculando, ante la señora que le empujaba y avanzaba despotricando ahora sobre que encima se había pasado años en su tierra teniendo que aguantar toda esa mierda de la puntualidad europea y lo bien que funciona todo acá en el viejo continente, ché.

Captando la tensión de la situación, el perro, que se había quedado guardando la cola a mi lado, atado a los equipajes, se puso a ladrar como un poseso. Intenté calmarlo diciéndole calla bonito, tranquilo pequeño, esas cosas que suelen decirse a los perros, en parte por echar una mano y también por ver si disminuía el volumen de la escandalera que montaban entre la doña y su perro, que ya tenía polarizadas todas las miradas del vestíbulo. Pero no había modo. La señora iba aumentando el nivel sonoro de sus reivindicaciones y el perro el de sus ladridos.

En un momento dado, como en un climax operístico, la señora se dio la vuelta como un rayo y, dirigiéndose al perro, subió un tono más, hasta un agudo imposible, para chillarle: –Tais-toi, Fifí, qu’est ce que tu veux, me rendre folle ou quoi? El sobreagudo tuvo la virtud de producir un silencio inmediato, definitivo, absoluto, que duró unos cuantos segundos. Después la señora, con la compostura recobrada, recogió el carro de sus maletas y la correa de su perro y, con mucha dignidad, se fue tras el empleado, rumbo a las oficinas de la compañía Air France, supongo que a hacer su reclamación.

Al otro lado del hueco que quedó en la cola, había una pareja de cholos que se habían dado vuelta para ver mejor la escena y que, como estaban medio dormidos, se quedaron mirándome por pura inercia. Abriendo los brazos en un gesto de disculpa les dije: –Joder, cómo iba yo a saber que al perro había que hablarle en francés para que atendiera. El de la izquierda subió apenas un milímetro una de las comisuras de la boca, por cortesía; no les había hecho ni pizca de gracia mi chiste y hay que reconocer que no eran horas para esa clase de chanzas

En fin, pensé, no sé para qué me voy a Colombo, con la cantidad de cosas que me pasan aquí.

miércoles, 4 de mayo de 2016

502. Para morirse de risa

Ayer vi una película tremenda que se llama Trumbo. Cuenta la lucha de Dalton Trumbo, uno de los mejores guionistas de Hollywood, que fue prácticamente machacado por el Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy, que lo incluyó en la llamada lista negra, le obligó a pasar unos años en la cárcel y luego prohibió a los estudios que lo contrataran, por lo que hubo de trabajar de incógnito y con seudónimos, lo que no le impidió firmar varias maravillas como Vacaciones en Roma, El bravo (ambas obtuvieron el Oscar al mejor guión), Espartaco, donde Kirk Douglas impuso que apareciera por fin con su nombre, Exodo, Johny cogió su fusil y otras. Les recomiendo que vayan a verla, es muy buena. En la escena en que Trumbo se despide uno a uno de su mujer y sus tres hijos pequeños en el jardín de su casa, antes de subir al automóvil que lo trasladará a la prisión, le dice en susurros a su hijo varón que, mientras él no esté, queda especialmente encargado de hacer reír a su madre, al menos una vez al día.

Realmente la risa es algo fundamental en nuestras vidas, deberíamos reírnos todos los días un rato. Así que, como me dicen algunos de mis seguidores que llevo unos cuantos textos muy serios, hablando del ISIS, la desidia de los políticos españoles, las Elecciones americanas y la pena por la desaparición de Prince, pues hoy vamos a ver si nos reímos todos con ganas. Los beneficios de reírse a carcajadas de vez en cuando, están descritos médicamente. Está demostrado que la risa actúa en sinergia con otras técnicas terapéuticas, colaborando en la curación de muchas enfermedades de componente psicosomático. En Madrid existe hace más de diez años una Escuela de Risoterapia cuya página tienen AQUÍ. Y hay también una técnica de Laughter Yoga (yoga de la risa), muy extendida en Inglaterra y que seguramente se podrá practicar en más de un taller de por aquí. Voy a empezar por ponerles un simpático vídeo acústico o desenchufado del grupo de Pop-rock británico McFly. No hace falta que lo vean entero si no les gusta. Son bastante payasos, pero se lo pongo sólo para que se fijen en el tipo de las gafas de pasta.


Bien, el tipo de las gafas de pasta, se llama Tom Fletcher, lleva unos quince años viviendo del rock y está bastante contento; al grupo no le va nada mal, les salen muchas actuaciones locales en las que se ganan al público con su alegría contagiosa. Pero además, Fletcher es feliz porque hace poco tuvo un niño al que ha llamado Buzz y que, ahora mismo, es casi más famoso que su padre, gracias al vídeo que él mismo le grabó en una salida al campo. Resulta que a Tom se le ocurrió cargar al bebé en su mochila y enseñarle esas flores llamadas en inglés dandelión (diente de león, sería su traducción). Son esas que, cuando las soplas, pierden todas sus semillas, que se esparcen planeando como minúsculos paracaidistas. Al crío le da una risa tan extraordinaria que el padre, que no se la esperaba, se parte igualmente de risa y repite la jugada varias veces. El vídeo se ha vuelto viral y ha recibido muchas más visitas que cualquiera de las canciones del grupo McFly. Aquí se demuestra que la risa es una reacción orgánica, impresa en lo más hondo de nuestro código genético, que empezamos a manifestar casi desde que nacemos.


Lo malo es cuando la risa te ataca de forma incontenible en un lugar indebido y has de intentar reprimirla. A mí me ha pasado alguna vez y les puedo asegurar que se pasa un rato bastante malo. Es el caso del vídeo que ya les puse en una ocasión, del alcalde de un pueblo de Kansas que, en medio de un Pleno que se está transmitiendo por la televisión local a toda la población, da la palabra a su concejala de servicios sociales y aprovecha el lapsus para ir al baño, olvidando apagar su micrófono. La chica empieza su discurso pero, en seguida se empiezan a oír por la megafonía los ruidos que hace su jefe al mear. La chica pasa un mal rato, pero al final consigue remontar y, a duras penas, recobrar la seriedad un instante para proponer que el Pleno apruebe la propuesta que ella ha intentado explicar. Si lo vieron en su día (en mi blog o por su cuenta), se lo pueden saltar. Les recuerdo que el alcalde se hizo muy famoso, sobre todo después de tomárselo con humor y declarar a la prensa que el asunto había sido una demostración palmaria de la política de transparencia que había prometido en su campaña. 


La concejala de Kansas llega en algunos momentos al borde del llanto, pero se repone y sale relativamente bien parada del trance. Otro caso curioso, con final similar, lo encontramos en la intervención ante su parlamento del veterano Ministro de Finanzas de Suiza, Hans-Rudolph Merz. La intervención es en alemán y no tengo yo muy claro por qué le da la risa. Me malicio que le han escrito el discurso y que de pronto se da cuenta de que está leyendo un auténtico rollo patatero, que no le está interesando a nadie (parece escucharse el murmullo de los asistentes hablando de sus cosas), un texto cuajado de cifras y datos técnicos, que a nadie importan. Imagino que por eso se ríe, no creo que sea por la seguridad de que no va a cumplir nada de lo que está prometiendo, una explicación de su conducta de la que saldría todavía peor parado. En cualquier caso, se trata de un político veterano, con tablas, que logra enderezar la situación y recobrar la compostura hasta terminar su discurso. 


Existen en cambio casos documentados de oradores que no han conseguido remontar y han tenido que irse del estrado. Hay uno muy conocido del Parlamento Andaluz de 1994, en el que la secretaria que ha de ir nombrando a los parlamentarios, para que estos digan cuál es su voto, no consigue hacerlo porque sufre un ataque de risa que se lo impide y ha de ser sustituida. Pero yo les traigo uno también famoso, y además de mi tierra. Creo que fue en 2004 cuando Carlos González-Garcés, a la sazón concejal de seguridad del Ayuntamiento de La Coruña, se puso a hablar de los uniformes y los nuevos medios técnicos que se acababan de adquirir para los bomberos. A partir de un doble sentido que le viene a la cabeza, se empieza a reír y es como si se sumergiera en las arenas movedizas de la hilaridad incontenible, de las que no consigue salir. Por cierto, el concejal ostenta un guión entre sus dos apellidos por ser hijo de don Miguel González Garcés, insigne poeta local, que fue mi profesor de Lengua Española durante parte del bachillerato. 


Por último, una muestra reciente de lo contagiosa que puede ser la risa. En el Metro de Berlín, una chica que va consultando su móvil recibe un mensaje tan gracioso, que se empieza a reír, la cosa se va extendiendo y al final todo el mundo acaba muerto de risa. Si los vídeos que les he puesto antes son, por así decirlo, espontáneos, en este caso no podría asegurarles que el asunto no esté preparado y se haya montado adrede con algunos reidores distribuidos por el vagón. Pero el resultado es cuando menos llamativo. Con él les dejo. Sigan disfrutando de la primavera.