martes, 9 de junio de 2015

389. Faunario de nadadores

Desde el final del verano pasado hasta hace dos semanas, he estado nadando una vez por semana, a la vez que dedicaba tres días a correr. Pero con la llegada del caloret asfixiantet, y a la vista del complicado calendario de festejos que se me avecina, pues he dejado de correr y he pasado a nadar dos veces por semana, 30 largos a braza. Utilizo para este ejercicio las instalaciones del Polideportivo Luis Aragonés, a 10 minutos en coche de mi oficina. Suelo ir de 4 a 5 de la tarde, momento en que hay muy poca gente y las calles para natación libre están bastante vacías. A esas horas, pulula por la piscina principal y los vestuarios una fauna muy particular, de la clase de los anfibios, a los que he podido observar repetidamente, porque todos siguen rutinas que repiten como ritos. En general son gente mayor, con sus manías, sus extravagancias y sus chifladuras esperpénticas. Eximios especímenes de una fauna pintoresca. Un tesoro para un observador del ser humano, como yo. He aquí una relación del faunario de los nadadores.

1.- Los sapos bañistas. Para ponerles en situación, les contaré que la piscina principal cubierta del polideportivo tiene ocho calles, cinco de las cuales están ocupadas por clases, con sus profesores y alumnos. En las otras tres hay unos letreros que indican: Nado libre, con un subtítulo debajo: lento, medio o rápido. Las tres calles libres, ocasionalmente se reducen a dos, cuando el volumen de clases lo requiere. Es decir, que estorba bastante que la calle del nado lento sea ocupada por dos abuelos que no nadan, sino que se bañan. Quiero decir que se sitúan en un extremo de la calle (en el que se hace pie), y se tiran allí la mayor parte del tiempo en posición vertical, agarraditos a la albardilla de piedra, charlando de sus cosas. Estos dos elementos, de la especie del sapo partero ibérico, tal vez sean pareja, o amigos, o primos, o cuñados. Los que nadamos en esa calle, hacemos lo posible por salpicarlos o molestarlos de distintas maneras, al final de nuestros largos, pero no se dan por aludidos.

Se trata de dos tipos bastante mayores, rechonchos y con un inconfundible aspecto de batracios. Llevan gorro de baño porque es obligatorio, pero no usan gafas. Para qué, si no nadan. A veces, uno de los dos se aventura a hacer medio largo, sin meter la cabeza en el agua, con lo que el estorbo a los usuarios de la calle se duplica. Cuando lo hacen a espalda, su movimiento recuerda a los espasmos de una rana boca arriba que fuera incapaz de darse la vuelta. Lo que no entiendo es por qué no van a bañarse a otro lado, donde no molesten, ni nadie les moleste a ellos. O, si lo que quieren es charlar, por qué no se van a un café. Me los he encontrado ya muchas veces y nadie sabe por qué vienen a este polideportivo. El otro día, aprovechando que el más activo estaba practicando sus penosos espasmos, terminé mi largo, me situé al lado del otro y le cedí el turno: ¿Sale usted, caballero? Me contestó con una sonrisa franca y jovial: No, gracias, yo por esta vez descanso. Ante tal respuesta, seguí con mi programa. 

2.- El cangrejo taciturno. Este señor, encuadrable en la clase de los crustáceos acuáticos, no falla un solo día y se pasa allí la tarde entera, porque todas las cosas que hace (nadar, vestirse, desvestirse, etc.) las hace de forma lenta, prolija, minuciosa y poco práctica. Es un coñazo. Por ejemplo, el tipo llega al vestuario con tres o cuatro bolsas de plástico llenas de cosas. Las deja en una esquina y se va, no se sabe adónde. Luego vuelve y empieza a sacar cosas de las bolsas refunfuñando. Sus juramentos a veces no se entienden, excepto unas eses medio silbadas en medio de su cabreo. Un día me tocó a su lado y pude entender lo que gruñe entre dientes: ¡Pero qué me ha pueSSSto eSSSta! Debe de tener una señora que le prepara las cosas y siempre lo hace mal, porque el tipo acaba desechando enojado alguna prenda y eligiendo otras con evidente disgusto. Luego, en la pisci, hace una complicada parafernalia para bajar por una de las escalerillas y va pasando por debajo de las cintas separadoras hasta llegar a la calle que primero ha seleccionado, generalmente aquella en la que estoy yo nadando. Inmediatamente me voy a otra, pero me persigue, tiene una especie de fijación conmigo.

El caso es que es bastante molesto compartir calle con este sujeto, porque sólo nada a espalda y mueve los brazos con gesto ampuloso y abierto, como los malos oradores cuando tratan de subrayar su discurso, de modo que ocupa casi todo el ancho de la calle. Como si de un director de orquesta lamentable se tratara, convierte la calle en un lugar exclusivo en el que has de cruzarte con él y es difícil evitar que te roce. Les juro que tiene un tacto bastante desagradable. Cuando no me queda más remedio, acabamos los dos en el canal de lentos. En esas ocasiones, hace lo indecible para que yo no lo adelante, a pesar de que es lentísimo. Su truco es no completar los largos. Cuando está a tres metros del extremo, se da trabajosamente la vuelta como un torpe animal prehistórico y empieza el siguiente falso largo. Es como los que hacen trampas en el solitario. Su práctica al salir de la piscina no la he podido ver entera. Hace sucesivos viajes a las taquillas y cada vez trae una de sus interminables bolsas. Yo ya estoy marchándome cuando él aun no ha terminado de llevar todas sus cosas al banco. Alguna vez me han entrado ganas de esconderle alguna de las bolsas, pero no me he atrevido. Imagino que gritaría irritado: ¿Pero quién ha SSSido el gracioSSSo?

3.- Los tortolitos. Aunque hay vestuarios separados por sexos, las taquillas son comunes. Están en el centro y de uno de sus extremos salen sendos pasillos estrechos hacia ambos vestuarios. No parece un lugar adecuado para ligar. Y, sin embargo, hay una pareja que lleva varios meses desarrollando la estrategia de la seducción en ese incómodo lugar. Supongo que es su lugar de encuentros secretos. Secretos a voces, porque al varón le pilla como yéndose a su vestuario en el arranque del pasillo, con la percha de la ropa sostenida en alto con una mano y la bolsa de deportes en la otra. La chica le sigue hasta ese lugar sin dejar de hablar, y han de apartarse cada vez que alguien entra o sale por ese pasillo. Allí pelan largamente la pava. A lo mejor no se lo creen pero me ha sucedido encontrármelos al entrar a la piscina, hacer mis 30 largos con el agravante de tener que esquivar al cangrejo taciturno y evitar a los sapos bañistas del extremo. Bueno, pues, al volver, allí seguía la parejita dale que te pego. El amor es lo que tiene. Uno pierde hasta la noción del tiempo.  

4.- El efebo griego. Es este un tipo de unos cuarenta, al que sólo he visto en las duchas y en el vestuario. Es como un David de Florencia un poco mayor: pelo rizado claro cual borreguito de Norit, ojos grises y cuerpo atlético. El tipo vuelve de nadar, saca las cosas de la taquilla, las lleva a un banco del vestuario y entonces se quita ostentosamente el bañador, de cara a todos los presentes. Como en trance, camina hacia la ducha, se sitúa bajo el chorro y entonces inicia una larga serie de estiramientos de brazos y torso, con los ojos cerrados y gesto de éxtasis, siempre de cara al exterior, para que se le vean bien sus partes nobles. La verdad es que por allí anda la gente duchándose con aire ensimismado, pensando en sus problemas cotidianos, y nadie le presta mucha atención, pero resulta ciertamente llamativo. Supongo que debe de ser una variedad de exhibicionista.

Mi amiga P., que era telefonista en mis primeros años de funcionario (cuando todavía había centralitas), vivía en La Elipa y había de cruzar cada día un descampado para llegar al Metro. A pesar de que era muy madrugadora, todos los días la asaltaba un exhibicionista de los de gabardina, al que encima conocía del barrio (se llamaba Federico y era guarnicionero). Mi amiga era muy buena gente y le daba mucha pena aquel vecino que pasaba frío y vergüenza por ese vicio maldito. Cuando se le venía encima, ella le cortaba: Joder, Federico, no me enseñes más la polla, que ya te la he visto. Y el tipo se echaba a llorar. No tengo noticias al respecto, pero creo que esta especie del exhibicionista callejero esta en franco peligro de extinción. 

5.- El del Fairy. Bueno, a este sólo lo he visto dos veces. Es un tipo que usa un gel de ducha que es como explosivo, o tal vez utiliza demasiada cantidad. El caso es que a los dos minutos de entrar en la ducha, está completamente cubierto de espuma, como Doris Day en los tiempos de la censura yanqui. Luego se pone bajo el chorro y organiza un sistema de montañas nevadas de chantilly, que tardan horas en irse por el desagüe. Este es un tipo pequeñarro con pinta de gnomo, bigote minúsculo y aire general malévolo. No me extrañaría que lo haga adrede, para fastidiar y a ver si alguien se resbala. Hay gente muy rara por el mundo.

6.- El tritón jaspeado. A este también he podido observarlo un par de veces. Es una especie de culturista lleno de tatuajes, que llega al borde de la piscina con su bolsa y se viste allí, con parsimonia, con la gravedad de los toreros cuando se ponen el traje de luces. Su atuendo, que resultaría adecuado para cruzar el Canal de la Mancha, se compone de un traje de neopreno completo en el que se embute con dificultad, un gorro también negro, tapones para los oídos y unas aletas ergonómicas de última generación. Y unas gafas que más bien parecen de las llamadas de ventisca. Utiliza el canal de nado rápido y, cuando se tira, la escena tiene algo de heroico o legendario, como si un dios griego salido del mar regresara a sus aposentos submarinos. Todos los presentes interrumpen sus ejercicios para mirarle, nadie quiere perderse el espectáculo.

Son sólo algunos de los personajes que acostumbran a compartir conmigo las instalaciones del Polideportivo Luis Aragonés, las tardes de martes y jueves, de 4 a 5. En los vestuarios, los hombres nos mostramos como somos, desprovistos de ropajes físicos e ideológicos. Eso no impide que el personal siga siendo exactamente como es fuera de este pequeño microcosmos lleno de vapor de agua caliente. El universo del vestuario es una versión a escala reducida del mundo exterior. Los amigos que van juntos siguen comentando sus cosas, los chicos del colegio, que van en grupo, hablan muy alto, ponen verdes a los profesores, comentan las noticias del fútbol y sueltan algún que otro eructo, para hacerse los malotes. Supongo que el vestuario femenino será, a su vez, un reflejo de la otra mitad del mundo exterior, donde las mujeres comentan sus cosas como si estuvieran vestidas. Como ven, el deporte no es mi único aliciente para frecuentar estos lugares. Para un naturalista como yo, la oportunidad de observar de cerca a la fauna de los nadadores, es algo que no tiene precio. 

viernes, 5 de junio de 2015

388. Pavana para una alcaldesa cesante II

Algunos amigos y hasta un comentarista de mi post anterior me dicen que cómo es que me pongo a defender a alguien que no tiene defensa posible. Bueno, ya saben que me gusta ir a contracorriente y que odio dar por bueno lo que opina la masa, a menudo resultado de la manipulación de los medios de comunicación. Para leer lo que opina todo el mundo pueden bajar al kiosco y comprarse cualquier periódico. Yo no tengo ninguna afinidad con esta señora, especialmente en el aspecto ideológico, pero no puedo evitar una cierta inclinación por los perdedores y la gente a la que todo le sale mal. Así que continuaré con el repaso de los lastres que ha tenido que arrastrar la señora alcaldesa cesante. En el post anterior hablamos de los, digamos, innatos o propios de la persona. Analizaremos ahora los de tipo más circunstancial o externo.

4.- El hecho de no haber sido elegida. Este es sin duda un handicap circunstancial, pero que era reversible. Quiero decir que ella podría haberse presentado a estas últimas elecciones y haberlas ganado. Creo que esa era su ilusión secreta. Su sueño más íntimo. Lo que pasa es que no la dejaron. No la dejó su partido, en base a las encuestas de voto que manejaban personajes como Arriola. Según esos sondeos, era imposible que ganase. Ella creía lo contrario, pero obedeció, bien mandada como es. No se le ha escuchado un solo reparo a esta decisión. Si se ha metido con Esperanza después de los resultados, es porque la otra se pasó con ella todo lo que quiso en la campaña.

5.- Su marido. No voy a hacer mucha sangre con esto, pero me parece indudable que es algo que los madrileños le han hecho pagar. A mí me parece que Aznar fue un buen presidente durante cuatro años. Y, como había sido un buen presidente, ganó la siguiente contienda por goleada. Entonces se le fue la olla y se creyó un enviado de Dios, o algo por el estilo. En la cima de su enloquecimiento nos metió en la guerra de Irak, por razones que nunca nos ha explicado. Cuando fue a votar en las elecciones inmediatamente siguientes, las que ganó Zapatero, los presentes en el colegio electoral le gritaron asesino y Botella lloró desconsolada, como captaron las cámaras de todas las televisiones. Luego, como ex-presidente, se ha convertido en la caricatura de sí mismo (como Felipe). En este blog no encontrarán muchos ataques a Aznar (sólo algunas bromas sobre la desaparición gradual de su bigote). En cuanto a este lastre, también era circunstancial y no personal, pero como si lo fuera: en la mente de esta señora no cabe la idea de separarse de su marido, al que supongo quiere.

6.- Un equipo penoso. Esta señora salió elegida en la lista de Gallardón. Cuando el primer espada dio la espantá, rumbo al Ministerio de Justicia, los pesos pesados de la lista (Cobo, Juan Bravo) se fueron con él. A raíz de la tragedia del Madrid Arena, salieron los del segundo nivel. Y luego una sentencia judicial la obligó a prescindir de los delegados que no habían sido elegidos. Apenas le quedó Dancausa, como figura de un cierto peso (y a ella le confió la economía local). Los demás eran esa ganga con la que se rellenan los últimos puestos de las listas electorales, los nombres que nunca van a llegar a tocar pelo. De milagro no estaba el pequeño Nicolás. El resultado de que esta gente llegue a mandar es variable; puede ser que aparezca alguien razonable (como Pedro Corral, que ha hecho una labor aceptable en Cultura, o David Erguido, en la Junta de Centro). Pero la mayoría eran muy flojos.

7.- La situación económica. El lastre más pesado. Gallardón dejó las arcas municipales exhaustas. Esta señora ha tenido que cumplir el plan de saneamiento que le ha impuesto el Estado, para poder reflotar la nave. Eso la ha llevado a descuidar el mantenimiento de calles y parques, la limpieza, los servicios sociales y otros aspectos básicos. Además de vender el patrimonio municipal. Incluyendo viviendas de alquiler, con sus inquilinos dentro. No seré yo quien defienda tales políticas, obviamente, aunque me consta que hay parte de leyenda en esa historia. Supongo que no le ha quedado otro remedio. Con esas medidas, lo cierto es que la economía municipal ha mejorado. Estoy tratando de informarme al respecto para escribir un texto bien fundamentado.

En fin, digamos que, con esos siete lastres, era difícil salir bien parada del envite. A pesar de ello, esta señora ha tenido algunos aciertos, además de sus logros económicos. Como por ejemplo, el sistema de bicicletas públicas de usar y dejar, que ninguno de sus antecesores varones tuvo el valor de lanzar. Un tema del que la prensa generalista se ocupó mientras funcionó mal. En cuanto las bicis empezaron a ir de maravilla, la cosa dejó de ser noticia. Todo valía en la estrategia de acoso y derribo. Tengo que decir que, a partir del momento en que dijo que no se presentaría a la reelección, pareció relajarse. En las posteriores apariciones públicas se la vio tranquila y con tablas. Esa fue mi impresión en un acto sobre urbanismo, en que la escuché desde la primera fila y así lo reseñé en el blog. Lo mismo observé cuando le dio algunas réplicas educadas pero firmes a la Esperanza desencadenada de los últimos días.

Y desde luego, me encantó su última frase en este asunto: Digan lo que digan, lo cierto es que el sábado nos acostamos con 30 concejales y este lunes tenemos 21; algo ha tenido que pasar. Parece claro que esta señora se va a retirar y se va a dedicar a cuidar a sus nietos y a su marido. No es de extrañar que esté harta de la política. Su experiencia ha sido, en conjunto, amarga. Desde esa serenidad sobrevenida tras el anuncio de su renuncia, tuvo el valor hasta de concederle una entrevista a Bruno García Gallo, el tipo que peor la ha tratado en estos tres años, desde las páginas de El País. Y salió airosa del trance, a pesar de la sucesión de preguntas-trampa a que la sometió el sujeto. Fue una forma de decirle: mira, sé que me vas a poner todas las zancadillas que puedas, pero quiero que sepas que he aprendido a saltar sobre ellas. Botella es un personaje al que se ha insultado de todas las maneras posibles. Pero yo creo que no es tonta, es voluntariosa, es currante y es valiente. Cualidades que no le han alcanzado para ser una buena alcaldesa. Ahora le toca liberarse y descansar de tanto trajín.

Dicho esto, creo que ha quedado claro que, a nivel personal, no tengo mucho que reprocharle. Para ser exactos: casi nada. Sólo una cosa y ya es hora de que la diga. Es esta: haber dejado el urbanismo madrileño en manos de una persona incompetente, inepta, negada, torpe, inútil, de perfil nulo, encefalograma plano y encima con miedo escénico. No sé si le dedicaré pronto un post a esta doña. Tal vez deba dejar pasar un tiempo, para no escribirlo en caliente. Esta nulidad, encima, le ha salido rana a su jefa en el asunto de la Operación Chamartín, y esto sí merece la pena contarlo.

La Operación Chamartín, es una actuación urbanística planteada en 1992 y más o menos empantanada desde que empezó la crisis. RENFE sacó a concurso unos derechos inmobiliarios que entonces no tenía, para revertir la deriva ruinosa de la compañía. Años después el Plan General legalizó esos derechos. Resultó adjudicataria del concurso una sociedad (DUCH) participada mayoritariamente por Argentaria, que luego sería la A del BBVA. Hay muchos intereses creados en torno a esta operación, cuyo diseño obedece únicamente a tales intereses y no a otros motivos de tipo urbanístico. Eso genera un volumen que no cabe razonablemente en el área y que cada vez aumenta más. Ahora mismo, supondría la construcción de 18 torres el doble de altas que las del Real Madrid. Sí, lo han leído bien. Es casi como construir una nueva ciudad, que colapsaría la zona norte de Madrid. En el actual escenario de crisis, la operación no acaba de arrancar. Pero, tras sucesivos intentos fallidos, llegaron los tiempos actuales, con la paranoia del que viene Podemos. Que nos van a montar unos soviets en los distritos, como dice Esperanza desencadenada.

Y los grandes inmobiliarios se han apresurado a mover sus operaciones antes de que llegue el diluvio. En el último Pleno ordinario del Ayuntamiento se llevaron a aprobación un buen puñado de estas operaciones, de tamaño medio. Y se llevó también una nueva versión, inflada, de Chamartín. Había que aprovechar la última ocasión de aplicar el rodillo de la mayoría absoluta del PP, algo que nunca volverá. Pero, en el Pleno, la señora Botella sorprendió a todo el mundo diciendo que esa operación era muy grande y trascendente para Madrid y que ella sólo la aprobaría si había consenso de todos los grupos. La oposición votó en contra y la operación fue retirada del Pleno. Entonces empezó lo peor: una presión asfixiante sobre la alcaldesa para que convocara un Pleno extraordinario (llegó a tener fecha: el día 21 de mayo). Las presiones venían del BBVA y los grandes poderes inmobiliarios, con la ministra Pastor como ariete y la ayuda de la impresentable concejala de Urbanismo, haciendo la pinza desde abajo. No me extrañaría que la alcaldesa haya recibido presiones hasta por vía conyugal; el poder económico no se detiene ante nada.

Hubiera sido un escándalo descomunal, un final desastroso de esta malhadada legislatura. Los Plenos extraordinarios no son apropiados para ese tipo de asuntos. Esta figura está prevista para cosas como un terremoto, un atentado o una gran catástrofe. No para aprobar una operación privada. Lo estuvieron intentando sin embargo hasta la noche anterior. Y Botella resistió. Su argumento era intachable: qué saco yo con esto. Por qué me tengo que echar a mis espaldas semejante marrón, después de todos los que me he tenido que tragar. Si es tan importante para la ciudad, que lo aprueben los que vengan detrás. A mí dejadme en paz.

Pues eso mismo les digo yo. Sean felices y pasen un buen fin de semana, si es que no están ya de puente.

miércoles, 3 de junio de 2015

387. Pavana para una alcaldesa cesante I

Tengo claro que esta señora se merece unas líneas de despedida, y nada mejor que una pavana, pieza musical que sugiere quietud y evocación tranquila. Los que crean que voy a aprovechar esta tribuna para poner verde a la señora Botella, recordar la forma en que mezcla peras y manzanas, reírme de su entonación inglesa y cosas de ese jaez, ya pueden dejar de leer y pasarse al Marca o El inMundo. Ahí encontrarán todos los comentarios que quieran, a la altura de su zafia y barata expectativa. Como he dicho cien veces, este no es un blog político sino literario-periodístico. También saben que me gusta ir a la contra de la opinión mayoritaria, esa que alguien decide que es la políticamente correcta. Por otro lado, el adjetivo cesante induce una cierta complicidad, viniendo de alguien como yo, que fui condenado a convertirme en una especie de cesante en activo, hace algo más de tres años. Justo cuando llegó al poder esta señora. Pero he dicho que sólo tengo una cosa que reprocharle, que desvelaré en el curso de este texto, que al final me ha salido muy largo y habré de dividir en dos posts.

El personaje de la alcaldesa saliente justifica un acercamiento imparcial, lejos tanto de los ataques indiscriminados, para los que la prensa dio la salida en un momento dado, como de hagiografías que tampoco vienen al caso. Sin buscar muy atrás, el otro día Juanjo Millás, a quien admiro como articulista de columnas cortas, no tanto como novelista, se descolgó con un artículo que pueden leer AQUÍ. No digo que no esté bien, en línea con la opinión mayoritaria. Simplemente creo que es falso que los tres años de alcaldía de Botella nos hayan salido a los madrileños por un ojo de la cara. Al contrario, esta señora ha puesto las cuentas en orden, ha ahorrado mucho dinero a la ciudad y ha reducido la deuda municipal de 7.200 a 5.400 millones de euros, que no es cosa sencilla. El que nos salió por un ojo de la cara es Gallardón. Seamos justos.  Así que, parafraseando el estás mintiendo Marcelino y tú lo sabes, diré: te estás equivocando, Juanjo, no sé si te das cuenta.

Veamos. Para empezar, estamos hablando de una señora bien educada. Yo no me la imagino refiriéndose a un compañero de partido como el hijoputa, tachando la obra de un arquitecto a sus órdenes de esa puta mierda, o abrazándose a un corrupto a punto de ser detenido por sus propios subordinados, al grito de qué hostia, coño, qué hostia. Esta señora es más fina que todo eso. Me malicio que, por no decir, ni siquiera dice tacos en la intimidad, ese territorio difuso donde su marido se vuelve (aún más) políglota. Lo que pasa es que las circunstancias de la vida la han llevado a ponerse frente a un toro que no era nada fácil y a hacerlo con una serie de handicaps que ha intentado compensar con una mezcla de voluntarismo, ingenuidad, inconsciencia y gramática parda que le ha salido bastante mal. Si el reto era duro para cualquier político curtido, no digamos para ella, con esos lastres que ha arrastrado casi desde el instante cero. Estos handicaps son de dos tipos. Unos personales, o innatos, que veremos en esta primera entrega, y otros circunstanciales. Veamos a qué lastres me refiero.

1.- Absoluta falta de preparación. Ser político no es una tarea sencilla. Yo, por ejemplo, sería incapaz. Un verdadero inútil. La señora Botella es una mujer de buena familia, emparentada con una cierta intelectualidad franquista y beata. Lo suficiente como para que la enviaran a la universidad, en donde conoció a su marido. Imagino incluso que, de solteros, si les hubieran hecho un test de inteligencia, tal vez ella habría sacado un cociente intelectual superior al de su pretendiente. Lo que pasa es que en ese medio, la mujer que se casa ha de dejar sus inquietudes intelectuales y dedicarse full time a hacer de señora-de. Una señora-de como Dios manda ha de estar todo el día guapa, no perder el cardado, educar correctamente a los hijos y tener la casa niquelada y la comida en la mesa a su hora.

Y la inteligencia, como cualquier otra cualidad, hay que entrenarla; si no, se atrofia. El caso es que, con ese origen, de pronto a esta señora le proponen ir en una lista a la alcaldía de Madrid. Tal fechoría sólo puede tener tres autores: ella, su marido y Gallardón. No tengo ni idea de quién fue el lumbrera, pero imagino (todo lo que estoy escribiendo aquí es imaginado, obviamente) que se trató de una ocurrencia de Gallardón. Tiene el sello de frivolité de este pernicioso caballero. No creo que ella tuviera grandes ambiciones en este terreno. Se lo propusieron y se sintió halagada, como cualquiera en su lugar. En cuanto al señor Aznar, supongo que su modelo familiar y social es el de una esposa en casa ocupándose de sus labores. No creo que la inclusión de Botella en la lista de 2003 fuera una idea suya. Mucho menos una condición impuesta, como han sugerido las habituales lenguas viperinas.

Inició así su andadura de ocho años como concejala, en la que podía haberse bregado y aprendido lo suficiente para ser alcaldesa. ¿Por qué no fue así? Bueno, en un medio tan machista como es el PP, a esta señora se la sobreprotegió, de forma que no tuviera que hacer casi nada. Apenas ir a la peluquería y leer los discursos que le escribían. Era la mujer del boss y había que tenerla entre algodones. O en la inopia, si lo prefieren. La rodearon de un equipo súper competente encabezado por Antonio de Guindos, una persona a la que aprecio sinceramente. En esos años fui el encargado de poner a su disposición las diferentes parcelas municipales que necesitaba para construir los equipamientos que se proponían desde el Área de Servicios Sociales (nunca se han construido tantos edificios dotacionales en Madrid como en esos cuatro años). Y su trato fue siempre encantador, propio de una persona entrañable.

Es más, les reto a que busquen en mis 387 posts un solo comentario negativo sobre Luis de Guindos. No lo van a encontrar. Para mí ese caballero será siempre el hermano pequeño de Antonio. Volviendo a Botella, en cuanto a su sencilla tarea de leer discursos, hay que reconocer que estuvo bastante poco hábil, por su afán de intercalar morcillas, que casi siempre le salían fallidas, véase peras y manzanas y otras. Y en los segundos cuatro años se pasó a Medio Ambiente, donde no hizo una labor tan buena, entre otras razones porque se llevó a su equipo, Guindos incluido, que en esta materia no andaban muy duchos. Así que después de ocho años de actividad política, esta señora no estaba para nada lista para afrontar un reto como el de la alcaldía, aparte de que no todo el mundo vale para la política. Pero vamos con otros handicaps.

2.- Falta de simpatía. O si lo prefieren de empatía con la gente. Sus intentos de ser simpática fracasaban inevitablemente, porque la simpatía es una cualidad innata, que nos sale cuando nos relajamos y actuamos con naturalidad. Su empeño en darle la gracia a los discursos que le escribían, solía volverse contra ella. Y conste que creo que su única pretensión, más que ser graciosa, era que la gente la quisiera.

3.- Mala suerte. Una mala suerte inexorable, monumental, bíblica. Lo del Madrid Arena le podía haber pasado a cualquiera. Pero no le pasó a cualquiera. Le pasó a ella. Los jefes de Parques y Jardines del Ayuntamiento me han mostrado la serie histórica de la estadística de árboles caídos en la ciudad, y puedo jurarles que este año no se han caído más árboles que los anteriores. Sólo que este año han caído encima de la cabeza de dos ciudadanos. Lo de la candidatura olímpica y el relaxing cup of café con leche, es una metedura de pata del asesor norteamericano que, a pesar de sacarles una pasta, no fue consciente de que esa expresión (que es graciosa en medios angloparlantes) aquí resulta ridícula. De todas formas, alguien debería de haberla avisado de que su acento era horroroso y no pasaba nada por que leyera su discurso en español. La mala suerte es algo que se percibía en su entorno más cercano, de forma que, al final, todos a su alrededor andaban acojonados, todos actuaban con cautela extrema y sentían un gran alivio cuando terminaba un nuevo día sin que les hubiera sucedido ninguna nueva desgracia. Triste sino el de esta señora que sólo quería ganarse el aprecio de los madrileños.