martes, 2 de diciembre de 2014

317. Hostias en el Manzanares

Es obvio que yo no estuve allí. Así que todo lo que voy a contar aquí a continuación es fruto de mi imaginación desbordante, tras escuchar entrevistas en la radio, ver los vídeos tomados por los vecinos de mi querido Madrid Río a través de unos visillos entreabiertos entre la modorra de la mañana de domingo, escuchar también las previsibles declaraciones de condena y ver cómo se enuncian interpretaciones, valoraciones y lugares comunes, con el gesto grave que corresponde. A uno ya le crecen percebes en los cojones después de tantos años afrontando sucesos de todo tipo y, a estas alturas, uno ya sabe qué cosas creerse y que cosas desechar por increíbles. Con ese bagaje se puede elaborar una narración presunta de lo sucedido, así a vuela pluma, a riesgo de que, dentro de unos días, se demuestre que las cosas fueron justo al revés.

Dejo aquí constancia de que el hecho de que el muerto fuera del Dépor (mi equipo de toda la vida) me resulta absolutamente indiferente. Los ultras, o hooligans, son un fenómeno consustancial al fútbol desde hace mucho tiempo, y forman el correlato indeseable y absurdo de este deporte o espectáculo, junto con el dinero más o menos negro, los presidentes corruptos, la prensa deportiva, las retransmisiones radiofónicas a cargo de subnormales profundos, o los programas televisivos en que se repiten diez veces a cámara lenta las jugadas desde todos los ángulos. Los ultras son el escalón más bajo de esa infracultura y forman un estrato de epsilones a los que el desarrollo del juego les importa un rábano (más de una vez he visto en estadios cómo una jugada de gol les pilla a estos subnormales insultándose sin mirar al campo, y cómo el ¡¡huy!! del resto del público les hace desviar un instante la mirada hacia el césped, para seguir enseguida con su guerra, en cuanto comprueban que no ha sido gol).

Se trata en general de un personal de perfil cultural ínfimo. Esta gente se pasa la semana cultivando sus odios, cebando su ira en las redes sociales y la prensa, en donde se valen del anonimato para mandar todo tipo de mensajes con insultos y provocaciones. Entren ustedes en cualquier noticia del Marca y busquen los comentarios de los lectores en la parte de abajo. Son inenarrables. No tengo, pues, ninguna afinidad con ese submundo, aunque sean de mi equipo. El tal Jimmy, a quien Dios dé la paz que no ha tenido en este mundo, era un personaje lamentable, un perdedor, posiblemente desde que empezó a ser un mal estudiante en la secundaria, y empezó también a entender las cosas al revés y a buscar la compañía de otros especímenes que las entendían de la misma manera. Las trayectorias que se tuercen a ciertas edades, ya no se enderezan nunca, ni siquiera a los 43 años.

No se tiene constancia de que haya estudiado nada, ni que haya tenido oficio o beneficio del que ir tirando, probablemente ha malvivido trapicheando con drogas o en algún puesto de venta de artesanía barata que ni siquiera confeccionaba él. Todo esto lo estoy fabulando, repito, a partir de la escasa información que se ha publicado del personaje, pero es que a lo largo de mi vida he conocido a más de uno de estos perdedores crónicos y me consta que su deriva partió de alguna decisión equivocada en su juventud, o de algún condicionante familiar mal encauzado. Es decir, que sus vidas podían haber sido de otra manera sin la incidencia de un componente ciertamente cabrón: la mala suerte. Estos personajes, que a menudo acaban durmiendo en la calle, me suscitan una cierta ternura. Excepto cuando son violentos, como parece ser el caso. A menudo, estos tipos son pacíficos hasta que beben. El alcohol saca su lado más deleznable.

Ahora se duda de si habían o no quedado para pegarse. Yo estoy convencido de que sí, 200 personas no se pegan porque casualmente pasaban por allí. Los Riazor Blues siempre se han caracterizado por comportamientos cobardes: buscan grupos de seguidores desprevenidos de los equipos que visitan Riazor y les montan emboscadas. Eso hicieron el año pasado con un grupo de seguidores del Zaragoza, que se estaban tomando un café tranquilamente en un bar de La Coruña. Cuando se quisieron dar cuenta, los habían molido a palos. ¿Y saben quién fue uno de los detenidos por ese suceso, tras ser identificado sin dudas por los agredidos? Sí, han acertado: el tal Jimmy. Lo mismo hicieron este mes de junio con un grupo de hinchas del Atlético que celebraban el título de liga en la fuente de Cuatro Caminos de La Coruña.

Esta última salvajada parece estar en el origen de los incidentes de este domingo. Los del Frente Atlético, un grupo de asesinos que acaba de contabilizar su segunda víctima mortal, no necesitaban mayores provocaciones. A partir de ahí, parece que empezaron a retarse por teléfono con quince días de antelación (es curioso que los jefes de estos grupos violentos tengan los números de teléfono de los demás líderes de banda, aunque sean, como en este caso de línea ideológica opuesta, suponiendo que se pueda llamar a eso ideologías). La quedada estaba en marcha. Se dice incluso que los promotores del gran desafío crearon un grupo de Whatsapp, como los que tenemos las familias para intercambiarnos fotos de los sobrinos. ¿Y saben cómo bautizaron el grupo? Pues exactamente como este post: Hostias en el Manzanares. La participación de ultras del Rayo (los denostados Bukaneros), del Alcorcón y del Sporting de Gijón, evidencia que la cosa estaba preparada de antemano.

Aquí entra la épica absurda de ciertas películas norteamericanas, que glorifican la barbarie de estos enfrentamientos tribales colectivos, como Rebeldes, Calles salvajes o The Warriors, sin olvidar la pelea más salvaje de todas: la que inicia Gangs of New York. El lunes anterior, en el autobús de La Grela, Jimmy le comentó a un conocido que su grupo había quedado con los del Frente Atlético antes del partido, pero no le reveló que se fueran a pegar. También le dijo que estaba harto de que los juzgados no le dejaran en paz, a cuenta de sus peleas continuas en cada partido del Dépor. Y así nos plantamos en el sábado a la una de la noche, momento en que salen los dos autobuses de La Coruña, para viajar toda la noche y llegar a Madrid de madrugada.

Por seguir fabulando, creo que en estos grupos se generan a veces sinergias que impiden que uno se borre de un plan como este, aunque no le apetezca nada sumarse. A Jimmy se le ve en las fotos escuchimizado y con el cuerpo estragado por la mala vida. No tenía media hostia. No resulta aventurado que, con 43 años, en algún momento llegara a pensar: ¿qué cojones pinto yo en todo esto? Con lo bien que me iría volver a la calle de la Franja, tomarme un par de tazas más y subir a dormir junto al cálido cuerpo de mi mujer, después de darle un beso al niño. Un plan mucho más apetecible que pasar siete horas en un autobús barato, rodeado de niñatos, para llegar a una ciudad que no controlo y cuyas claves se me escapan. Pero aquí entra el orgullo de un tipo sin duda inmaduro en estos aspectos, que piensa que si se raja van a decir que ya no tiene cojones, que está acabado. Una copa de coñac ayuda a veces a tomar la decisión peor.

Lo demás ya lo saben. Los autobuses, que yo sepa, no aparcan en Madrid Río, como se ha dicho, es más, ni siquiera pueden entrar en las calles laterales. Seguramente les llevaron por la M-30 y les dejaron cerca del Puente de Segovia. Allí echaron a andar y se encontraron de frente con la otra manada. Y se armó el aquelarre. Como se ve en los vídeos, empezaron por lanzarse las bengalas y cohetes que llevaban unos y otros, lo que despertó a los vecinos, que se pusieron a filmar como locos. Al ruido de la artillería le siguió el cuerpo a cuerpo. Los del Frente eran más y cargaron. Los Blues recularon a la carrera. Jimmy se quedó descolgado y lo rodearon. Del lado del Frente dicen que sacó una navaja y se defendió. Con su perfil, yo me lo creo. Si no, es difícil entender que lo molieran a palos con barras de hierro, destrozándole el cráneo y el bazo. Entre estos grupos hay códigos y es raro tanto ensañamiento. Recuerden que el segundo herido más grave tenía un par de rasguños. Y ya en la pendiente de la barbarie lo lanzaron medio muerto a las gélidas aguas del río, de donde es muy difícil salir.

Un horror. El personaje de Jimmy me induce, como he dicho, una cierta  ternura, o más bien misericordia. Le costó 43 años llegar al lugar equivocado en el momento equivocado, 43 años de buscar esa derrota definitiva sin encontrarla. Tuvo que pasar una noche en blanco y desplazarse seiscientos kilómetros para llegar puntual a su cita con la muerte. Queda claro que, para mí, él es el primer culpable de lo ocurrido. Pero hay otros culpables. Supongo que se puede saber quien fue el lumbrera que decidió que el partido era de bajo riesgo. Deberían inhabilitarlo de por vida para ocupar cargos públicos relacionados con la seguridad urbana. Los dirigentes y entrenador del Atleti que dijeron que no era problema suyo, que las hostias habían sido fuera del estadio, mejor estaban calladitos. Y los policías municipales que observaron pasivamente como Jimmy agonizaba en el agua helada (a uno se le ve en el vídeo mirando, con las manos atrás), pues tuvieron también un comportamiento impropio de su uniforme.

Y, por cierto, por la radio empezaron a decir a las 11.30 que, según fuentes médicas, el herido estaba clínicamente muerto. Enseguida cambiaron el mensaje y volvieron a hablar de estado crítico. En esa tesitura se jugó el partido. Y, hasta que se terminó, no revelaron que estaba muerto. Aquí huele mal también. Yo estaba preparándome para bajar a verlo a un bar, pero se me quitaron las ganas. Además, este año, para animarse a ver un partido del Dépor, hay que tomarse no una, sino varias copas de coñac.

     

viernes, 28 de noviembre de 2014

316. El sueño de la aldea Ding

El sueño de la aldea Ding es un libro extraordinario. No lo digo porque haya sido objeto de análisis en mi club de lectura, que ya he dicho que se llama Billar de Letras (por ejemplo, el que estamos leyendo ahora para la tercera sesión, me está gustando bastante menos). La primera de las sesiones de este club estaba programada para el martes 28 de octubre, pero se aplazó al siguiente martes, 4 de noviembre. Para adaptarme a ello, retrasé mi reciente viaje por Europa, porque no quería perderme la sesión fundacional. Pero, a su vez, ese retraso me impidió estar en la segunda, porque mi viaje todavía no se había terminado. Participé vía Skype desde Rotterdam, y supongo que mis compañeros se sintieron un poco extraños de compartir sus reflexiones con una pantalla de plasma como la de Rajoy. Por cierto, si quieren conectar con la página de Billar de Letras pinchen AQUÍ. No se arrepentirán.

Sentí especialmente no estar presente porque en la sesión participó el editor del libro Darío Ochoa, uno de los socios que, con su esfuerzo incansable, sostienen la empresa Automática Editorial, que publica unos libros de factura cuidada y calidad inusual. Dentro de ese trabajo, Darío es un experto en la China actual, adonde viaja con frecuencia, lo que le ha valido para conocer personalmente al autor del libro Yan Lianke y organizar con él una traducción exquisita que, al parecer, ha satisfecho plenamente al autor, inicialmente reticente por la chapuza que habían hecho los que tradujeron su novela al inglés. Yan Lianke es un personaje ciertamente singular. Nacido en 1958 en la provincia de Henán, se incorporó joven al Ejército Popular de Liberación, que es como se llama el ejército de China, y ha seguido perteneciendo a él hasta 2004. Aquí pueden ver una imagen actual, rodeado de lo que más le gusta: los libros.



En paralelo a sus tareas como militar, Yan Lianke se licenció en Ciencias Políticas y después en Literatura. Desde que dejó el ejército, se dedica en exclusiva a dar clases de literatura en una universidad, y a su tarea de escritor, que inició en 1979. Con esta trayectoria, era previsible que el régimen lo tratase con cuidado y se mostrara orgulloso de su figura, honrándolo con diversos premios nacionales. Pero, como sucede con cualquier escritor que quiera desarrollar su trabajo en libertad en un régimen dictatorial, algunos de sus libros empezaron a resultar incómodos para el poder y a cabrear mucho a los censores. En el primero de ellos, Servir al pueblo, uno de sus protagonistas sólo consigue excitarse haciendo el amor, si su compañera se dedica al mismo tiempo a destrozar con saña algún retrato de Mao. Demasiado para el Partido.

Pero El sueño de la aldea Ding ha sido ya la gota que ha colmado el vaso de la irritación de los dirigentes de su país, hasta el punto de que, casi diez años después de escrito, no ha conseguido que se autorice su publicación en China. Y, también como suele suceder, el libro se ha difundido por todo el mundo con un éxito notable de ventas y unanimidad en la buena valoración de los críticos, hasta el punto de hacerse acreedor al prestigioso Premio Kafka. Es éste un premio que se concede cada año en Praga y que distingue especialmente aquellos libros que contienen valores universales, por lo que pueden ser entendidos por lectores independientemente de su origen, nacionalidad y cultura. El premio se ha otorgado antes a Philip Roth y Murakami, entre otros. Además de la dotación en metálico de diez mil dólares, el ganador se lleva una reproducción del monumento erigido a Kafka en un pequeño parque de Praga. Abajo el monumento y la foto de Yan Lianke recibiendo el premio del año pasado por el libro que comentamos.





La historia que se cuenta en la novela es tremenda. Ocho años después de que los habitantes de la aldea Ding se implicaran en una campaña oficial de venta de sangre, para la creación de un banco nacional con reservas suficientes para las necesidades médicas de un estado gigantesco cuyas leyes prohíben la importación de sangre del extranjero, muchos de los que en su día participaron en ese programa empiezan a sentir fiebres y a ponerse muy enfermos. Nadie les informa ni les cuenta qué les está pasando, son gente ignorante del campo y ni siquiera relacionan sus fiebres con la vieja campaña de donación de sangre. Pero lo que tienen estas pobres gentes es SIDA, una enfermedad entonces letal e incurable.

El narrador es un niño que cuenta los hechos con la sencillez y la mirada limpia propia de su edad, y los personajes centrales son su padre y su abuelo, que representan, digamos, el bien y el mal. El padre es un personaje que se ha enriquecido haciendo de intermediario en el negocio de la sangre, en el que a los campesinos les pagaban una parte mínima. Y, cuando se desata la epidemia, monta un negocio de venta de ataúdes. Se trata de un personaje que encierra en su forma de actuar una cruel metáfora de los nuevos chinos, esos que se han embarcado alegremente en la creación del llamado capitalismo de estado. Su falta de valores es total, algo frecuente en la China posterior a la desastrosa Revolución Cultural, que arrasó con todo el acervo cultural y moral de la China milenaria.

En contraposición, el abuelo representa la supervivencia de esos valores éticos en el medio rural. El abuelo no ha participado en la venta de sangre y ahora es el personaje que se desplaza a la ciudad para buscar información sobre la enfermedad de la fiebre y regresa sabiendo el alcance del problema. A partir de ahí se dedica a ayudar a los afectados, reuniéndolos en la escuela del pueblo para evitar nuevos contagios. Allí surgirán toda clase de historias y nuevas relaciones entre ellos. El abuelo es una especie de referencia ética y representa a un mundo casi extinguido, arrasado por la ambición y la vorágine de los nuevos tiempos. Él se ha mantenido incólume por su edad y por su cultura, puesto que conoce todas las obras tradicionales de la literatura china, que cita con frecuencia en sus intervenciones.
  
Todo el libro es una lucha desesperada entre el abuelo y el mundo que representa y, por el otro lado, ese nuevo mundo basado en la codicia y la ausencia de valores, que lleva al grupo humano a su destrucción. La crítica al sistema es brutal, aunque ni una sola vez se cita al Partido ni al régimen. Hay un delegado de zona que ha de convencer a los campesinos para que donen sangre, y que si no consigue la cantidad de litros que le han asignado, será cesado y sustituido por otro más atrevido. Los de la aldea Ding no quieren dar sangre al principio, pero les organizan un viaje en autobús a otra aldea en la que todos han donado ya, han recibido mucho dinero y se han construido casas lujosas. Después de ese viaje, todo el mundo se apunta al momio, pero el único que se enriquece de verdad es el padre del narrador.

La metáfora puede alcanzar perfectamente a nuestra sociedad (piensen en las preferentes y en los desahucios). Pero lo terrible es que no se trata de una historia inventada. Parece que en la provincia de Henan se organizó de verdad un programa de creación de un banco de sangre, que participaron en él cuatro millones de campesinos y que en torno a la mitad enfermaron de SIDA. El régimen tapó ese escándalo con un manto de opacidad, para que no se conociera, y los afectados no fueron ni siquiera informados de lo que les pasaba.

Varias ONGs se dedicaron a informar y apoyar a los enfermos y Yan Lianke, que es originario de Henan, participó activamente en estas campañas. En su desesperación, alguno de los afectados viajó a Pekín y se dedicó a amenazar a los viajeros del Metro con jeringuillas, para denunciar su situación de desamparo. La mejor prueba de que la historia es cierta es el hecho de que el libro (escrito en 2005) continúe prohibido en China. Como han visto, a Yan Lianke le siguen permitiendo su actividad lectiva, porque la Junta de Rectores de su universidad le apoya. Pero esa junta puede cambiar cualquier día. También le dejan salir al extranjero a recibir premios (el Kafka no es el único que ha ganado) o participar en congresos y ferias literarias. Pero su futuro no parece muy halagüeño. Siempre le quedaría el exilio. Pero está firmemente decidido a quedarse en China, pase lo que pase. Él es chino, ama a su país y no quiere abandonarlo. Está dispuesto a sufrir en silencio lo que tenga que sufrir.

Con lo que les he contado, tal vez piensen que el libro es terrible y deprimente. Pues todo lo contrario. Es un canto a la vida. El relato de los hechos que atañen a los habitantes de la aldea Ding se contrapone todo el tiempo con las descripciones del entorno, de una belleza extraordinaria. Casi se siente como despuntan los tallos de los cereales a la salida del sol. La narración, desde el punto de vista de un niño, es estremecedora por su sencillez y naturalidad. El libro es de lectura muy grata, trufado de humor y de entereza en la desgracia. Uno se identifica rápidamente con la figura del abuelo, un personaje con el que es fácil conectar. En el club de lectura, alguien dijo que en China nunca había habido novela, que son maestros de la poesía y las únicas narraciones que tenían eran las de relatos épicos, también llenos de poesía. Todo esto se respira en este libro maravilloso.

Me queda solamente recomendarles su lectura. Es una de las mejores novelas que he leído en años. 
   

viernes, 21 de noviembre de 2014

315. TD#17. Para completar el lote

Cuando empecé esta aventura, me propuse hacer un viaje literario paralelo, a modo de ejercicio, escribiendo un post por cada día de mi periplo por las ciudades del norte de Europa. Me hice el firme propósito de cumplir puntualmente con mi compromiso, pero no se lo dije a nadie, para no asustar a mis lectores. Este de hoy es el último de mis textos, el que completa el lote prometido. Así que no necesitaré una torna, como los que condenaron a Heinz Chez, para completar el lote de la ejecución de Puig Antich; supongo que conocen la famosa obra de Els Joglars al respecto. Es curioso: Boadella era un verdadero ídolo en Cataluña en esos años, cuando se dedicaba a criticar al único poder que existía entonces, el de Madrid. Luego, vino la descentralización (por cierto, para calmar el anhelo de los catalanes) y Boadella siguió haciendo lo que había hecho toda la vida: criticar al poder. Pero esto ya no les hace gracia a los catalanes, escolti, tú, que una cosa es el poder de Madrid y otra el de nosaltres.

Me levanto a la hora prevista. Abrazo a mis anfitriones que se marchan rápido, desayuno, me lavo los dientes y me ducho. Desde mi ventanal, parece que el cielo va a estar despejado. Pero abajo hay una niebla muy espesa. A las 8.05 estoy en la parada del tranvía 3 y, mucho antes de las 8.30, la hora fijada, en el andén 14 de la Gare du Midí. Pero el tren no viene. Hay allí un montón de gentes con maletones como el mío. Por megafonía anuncian que, a causa de la niebla, la circulación de trenes con origen en Bruselas está notamment perturbée. Miramos un tablero. El tren al aeropuerto tiene 10 minutos de retraso. Pasan los 10 minutos y, entonces, ponen que el retraso es de 20. Luego, de 35. Y, a continuación, que el tren ha sido suprimido.

Poco después se anuncia que hay otro tren al aeropuerto en la vía 19. Carreras a toda leche a las escaleras mecánicas para subir al hall y luego bajar a la vía 19. Todo ello, arrastrando los maletones. Allí la gente se arremolina delante de otro tablero. Yo ya paso de mirar, pero un rato después escucho un Ah, merde generalizado. ¿Qué pasa? Nada, que ahora hay que ir a la vía 17. Nuevas carreras. Llegamos por los pelos a un tren que tiene prisa por irse (no es de extrañar). Que tiene prisa, he dicho. No mucha, al parecer, puesto que avanza chafando huevos y para en Bruselas Central, Bruselas Congres y Bruselas Nord. Joder, si han anulado un tren al aeropuerto, digo yo que el siguiente debería ser exprés. Los bolos, bolos hasta el final.

En la Gare du Nord se suben cientos de personas con maletas gigantescas. No cabemos en los vagones. El pasillo está completamente petao. ¿Recuerdan que les dije que, en todos mis trayectos en tren por tierras belgas, no me había pedido el billete un solo revisor? Pues aquí ha tenido que aparecer el primero. Y, como se imaginan, le cuesta un montón avanzar entre la masa. Luego me dirán que exagero con los belgas. Cuando ha llegado a mi altura, le he pasado el ticket del diábolo. Lo ha mirado por arriba y por abajo y luego, poniendo cara de Sherlock Holmes en el momento de pillar a un bandido, me ha dicho: Señor, esto es un complemento de algo que usted no tiene… ¿Cómo que no? –le he contestado.  Y, con gesto de mago profesional, he sacado el Global Pass y he añadido: Le voilà. Lo he hecho adrede, para fastidiar a este bolo.

Hemos llegado al aeropuerto con 40 minutos de retraso. El tren llega a la planta -1 y hay que subir por unas escaleras mecánicas hasta la 3, la última, en donde está Departures. Allí mismo están los mostradores. He buscado el de Air Europa y, por fín, he soltado el maletón, a cambio de una tarjeta de embarque con una pegatina detrás, garantía del equipaje facturado. ¡Qué alivio! Pero los bolos no descansan nunca. Desde el final de la planta tercera, donde están estos mostradores, hay que irse al otro extremo y bajar a la planta cero para pasar la seguridad. Y luego volver por otro camino larguísimo hasta la planta 3, donde están las puertas de embarque al lado de los mostradores del principio. Por cierto que, al pasar el ordenador por el aparato de rayos X, se ha encendido solo: ahora entiendo lo que sucedió en el viaje de ida.

En la puerta A-44 (la que indica la tarjeta), hay mucha gente ya, se escucha a españoles y a mexicanos (el vuelo es a medias con Air México). Ya estoy tranquilo y me voy a tomar un zumo de naranja natural en un puesto que he visto de camino. De vuelta, paso por los aseos. Todos los cagaderos están ocupados, así que entro en el de minusválidos. Está hecho una porquería, como si lo hubiera usado un minusválido mental y perdón por el chiste. Me he pasado diez minutos limpiando todo con trozos de papel. Sólo cuando ha estado impoluto, me he sentado a usarlo. Allí en el trono he pensado una cosa: ¿no será esto mío una forma benigna de TOC (trastorno obsesivo compulsivo). Ahí queda dicho.

Vuelvo a la A-44 y observo que parece haber bastante menos gente. Pongo mensajitos con el móvil, me doy otra vuelta y regreso. Ahora ya no hay casi nadie. Sólo quedamos yo y una pareja que se está dando un lote monumental. La chica está a horcajadas sobre el chico sentado y, literalmente, se lo está comiendo. De vez en cuando, la chica se levanta a descansar y se da aire con las amplias solapas de su chaquetilla. Qué calentón. Me acerco a un tablero y confirmo lo que me imaginaba. El vuelo a Madrid está retrasado y ha cambiado a la puerta A-48. Seguramente lo han dicho por megafonía, pero yo no me he enterado. A lo mejor estaba en el baño. Los del lote, que tienen un aire más mexicano que español, tampoco se han enterado. En la A-48 están ya los demás pasajeros. El vuelo se retrasa, porque el que viene de Madrid ha tenido problemas con la niebla. Es algo normal, la niebla es algo serio en un aeropuerto, pienso que quizá no tanto en los trenes. Pero el vuelo de Madrid ya está allí, se ve el avión desde donde estamos. Le están enchufando el finger por el que habremos de subir nosotros.

Un poco después, salen por el pasillo unos cuantos tipos corriendo a toda velocidad. Son los que tienen que hacer un transfer y pueden perderlo con el retraso. Luego viene la gente normal, caminando a buen paso. Después de un lapsus, sale un abuelo renqueante, al que sólo le falta gritar: no corráis, que es peor. Otro lapsus, y entonces aparece una chica con aires de modelo, encaramada en unos zapatos de tacón tan grande, que ha de andar medio de costado, a pasitos cortos. Pero no es la última: otro lapsus más y sale una pareja de aire relajado, los dos con los mofletes arrebolados. Y yo he pensado: ¿se estarían también dando el lote?

Hay una niebla del carajo, pero salimos. Nos piden disculpas en español y nos aclaran que la niebla es un fenómeno muy puntual sobre Bruselas, que en cuanto la atravesemos el vuelo irá como la seda y que en Madrid la temperatura es de 18 grados. ¡Qué delicia! Bien, el vuelo ha ido efectivamente como la seda. He pillado el inMundo y me enterado del despido definitivo de Pedrojota y de su posterior querella contra el diario. Luego he hecho el sudoku difícil. El día era despejado. He mirado por la ventana y he visto una línea de playa a nuestra derecha, en paralelo a la dirección del vuelo. Estábamos sin duda en el sur de Francia. Entonces he pensado que podía ponerme a escribir con el ordenador. He empezado mi post TD#16 y he escrito, más o menos, la mitad.

Y eso que estaba un poco incómodo, porque los pasajeros de delante tenían sus asientos bajados hasta el máximo. Un rato después, he sentido curiosidad por ver qué cara tenía esta gente que iba tan repantigada. ¿Y saben quiénes eran? Sí señor, han acertado: los del lote, que seguían a los suyo, la chica esta vez debajo del maromo. He pensado dos cosas. Una: ¡¡Lo que tienen que aguantar las mujeres!! Otra: esta gente, como lleguen a un hotel y se alojen en una planta muy alta, no llegan arriba. Con la urgencia que tienen, el mismo ascensor les vale para completar el lote. Ya aterrizados, se han puesto de pie, pero enseguida han dicho: bah, hay que esperar todavía un buen rato. Entonces se han sentado y han seguido dale que te pego. Se lo juro, yo no me invento estas historias, si yo tuviera imaginación para inventarme cosas como esta, ya sería un escritor de éxito.

En fin, estoy en mi casa. He escrito este último post y medio, mientras comía algo que me he cocinado rápidamente y mi lavadora hacía dos coladas que voy a colgar ahora mismo. A las 8 he quedado en la puerta del Teatro María Guerrero. Como ven, todo encajado, todo como un reloj. A pesar de los bolos. Durante unos días no voy a escribir prácticamente nada. Si tienen síndrome de abstinencia, repasen los posts anteriores. Y sean felices. No hay más que proponerse un plan y luchar por cumplirlo. Les aseguro que funciona.