viernes, 5 de julio de 2013

146. Cierre de curso

En plena canícula y con un bochorno asfixiante, llega la hora de adaptar el Blog a un ritmo más veraniego. En los días que vienen no voy a poder mantener una regularidad como la que, con más o menos altibajos, he venido sosteniendo desde finales de septiembre, casi un año ya. Cuando empecé el Blog no tenía planeado escribir tantas entradas. Yo soy el primer sorprendido. En realidad todo esto surgió a partir del vuelco que mi situación profesional dio en los primeros meses de 2012, cuando el Ayuntamiento de Madrid decidió disolver la unidad a la que yo pertenecía, por falta de dinero para nuevas obras.

En ese momento coincidieron dos situaciones nuevas para mí. Por un lado, dejé de estar permanentemente ocupado en asuntos que, al menos a mí, me parecían de utilidad e interés para la ciudad, desempeño en el que había estado inmerso durante treinta años. De pronto pasé a una situación en la que el Ayuntamiento no me urgía continuamente a completar tareas en plazos determinados. Por el contrario, apenas conseguía que me dijeran si tenía que hacer algo. Y encima tenía que estar agradecido de que no me echaran a la calle. 

En paralelo a ello, me vi sometido a un régimen de control horario estricto, con una jornada cada vez más larga y sin posibilidad de burlar al sistema. Hasta entonces nunca me había preocupado de comprobar si cumplía o no el número de horas que me exigían. Mi sospecha es que, en general, en estos treinta años he trabajado más horas de las que me han pagado. Casi siempre he tenido más trabajo del que se podía resolver en una jornada ordinaria y nunca he sido cicatero con el tiempo, jamás he “tirado el bolígrafo al sonar las 3 de la tarde”, como algunos presumen de hacer. Yo trabajaba por objetivos, hacía lo que se me pedía y no me fijaba en el tiempo.

Pero la suma de estas dos circunstancias me llevaba a una situación endemoniada: si ajustaba mi jornada laboral al tiempo necesario para completar el trabajo que me encargaban, entonces me sobraba la mitad (cuando no toda entera). Y el control horario era algo que se revisaba minuciosamente mes a mes, sin que yo pudiera alegar mis excesos de años anteriores. Así que cada día me veía en la tesitura de permanecer largas horas en mi puesto de trabajo (es un decir), sin la certeza de tener un contenido concreto en que emplearlas.

Entré entonces en una fase de vértigo en la que inicié diversas líneas de actividad que me permitieran llenar ese vacío. Este Blog es en parte resultado de esa inquietud, aunque no lo puse en marcha hasta septiembre. Y, por fortuna, mi situación se ha ido poco a poco corrigiendo. En el Ayuntamiento he ido abriéndome un pequeño nicho de tareas que cada vez me exigen más dedicación. En cuanto a lo demás, he tenido que cancelar algunas de las iniciativas emprendidas, porque ya no tenía tiempo material para ellas. Pero sigo teniendo un margen para el mantenimiento del Blog.

Y así hemos llegado al verano. Con sus vacaciones y su rotura de ritmos y rutinas. Para empezar, con este calor me resulta imposible correr. Este año he alargado el entrenamiento hasta los primeros días de julio, pero ya tengo que dejarlo. Y espero empezar otra vez a finales de agosto, a ver si este año consigo hacer “la temporada” con normalidad. Por otro lado, tengo varios viajes en marcha en los que no voy a dedicarme a escribir entradas de Blog, porque lo que pretendo es descansar. Tampoco viajo solo y no puedo abstraerme a escribir. Como mucho, tomaré notas en mi bloc, como he hecho en ocasiones anteriores, en busca de temas a desarrollar después.

En primer lugar, esta tarde me desplazo al País Vasco, para recorrer en el fin de semana un par de vías verdes, las llamadas Arditurri y Plazaola. Más adelante tengo prevista una escapada a Galicia. Y estoy preparando un recorrido más largo por Escocia para la primera quincena de agosto. Por fin voy a hacer mi viaje soñado a las tierras de Geoff Keogh, que tuve que posponer el año pasado. Entre unos y otros asuetos, seguiré escribiendo cuando pueda, tampoco me voy a agobiar.

Además, mis lectores parecen haber entrado ya en período de vacaciones y cada vez tengo menos visitas, al menos desde España. Sin embargo se mantienen mis fieles seguidores en el extranjero que, sumados, suponen un número que en las últimas semanas supera al de nacionales. Sobre esto quiero hacer algunas reflexiones. Conozco a algunos de mis seguidores norteamericanos, mexicanos, colombianos y franceses. También sé quién entra en el Blog en Bélgica y Holanda. Sin embargo, no conozco a nadie en Alemania, Rusia ni Ucrania, países en donde cada vez me sigue más gente. También en Argentina, pero esto me parece normal, por la coincidencia lingüística.

Dado que mis textos están escritos en castellano, me presumo que mis seguidores ucranianos o rusos pudieran ser españoles exiliados. Alguien que me sigue desde Norteamérica, me dijo que el Blog le resultaba muy útil para estar al tanto de los temas que iban estando de actualidad en nuestro país. Que así no perdía contacto con la realidad española. ¿Puede ser ese el motivo de que mi Blog registre visitas en Ucrania o Rusia? No lo sé. A este respecto agradecería algún comentario de mis seguidores en esas lejanas tierras. Hacer comentarios como Anónimo es sencillo. Y así podríamos establecer un feed-back, que me resultaría muy útil para mejorar la calidad del Blog. Cuando alcance la ya cercana cifra de diez mil visitas, haré alguna reflexión más.

De momento, dentro de unas horas me subiré en mi coche híbrido y cogeré carretera. Mañana recorreré la Via Verde de Arditurri, acondicionada sobre un antiguo trazado ferroviario abandonado, que unía las minas del mismo nombre, explotadas desde tiempos de los romanos, con el Puerto de Pasajes. Los romanos sacaban de aquí plata y plomo, pero en los tiempos modernos empezó a extraerse también hierro. El ferrocarril lo construyó a comienzos del siglo XX la compañía de Bilbao Chavarri Hermanos. La vía tenía una anchura de 75 cms, es decir era más pequeña que la de los llamados ferrocarriles de vía estrecha. Un tren de juguete, que funcionó hasta su clausura en 1965.

El sendero que vamos a recorrer tiene 8 kilómetros asfaltados, y otros 2,7 de bidegorri, que no sé lo que es, pero lo averiguaré y se lo contaré a la vuelta. El domingo recorreremos una segunda vía verde y regresaremos por la tarde. Con un programa tan apretado, no les extrañará saber que no me voy a llevar el ordenador, así que no habrá nuevas entradas en unos días. Será ésta mi forma de inaugurar el tiempo de verano. Sean felices y descansen, que el año que viene hay que dar mucha caña.

martes, 2 de julio de 2013

145. Un pinturero en El Brillante

Desde que tengo coche híbrido y hago conducción ecológica, no he vuelto a tener incidentes circulatorios como los que solía contarles (posts #62, #85-86 y #110). Ahora los tengo de peatón, qué le vamos a hacer. Dice mi ex-jefe y amigo Ch. que soy un broncas. Me parece una caracterización un poco exagerada. Cierto que a veces me sale el impulso de defender mi espacio vital de elementos que lo invaden pero, en cuanto el contrario se disculpa mínimamente, doy el asunto por cerrado. No soy de esos que insisten e insisten en la pendencia. Vean lo que me sucedió el otro día en el Bar El Brillante, el de los mejores bocadillos de calamares del mundo.

El Brillante es un bar pasante, con dos fachadas. Se puede entrar por la plaza de Atocha y salir por el fondo frente al Museo Reina Sofía, cuya sede ocupa el edificio del antiguo hospital de Atocha. Este hospital, construido por Sabatini en el siglo XVII y originalmente llamado Hospital General y de la Pasión, funcionó hasta su cierre en 1965. Cuando yo llegué a Madrid en 1968, era un caserón cerrado y bastante deteriorado. Frente a él, la plaza estaba llena de dársenas de autobús. De allí salían todas las líneas que conectaban con las grandes barriadas y pueblos del sur. En esos años, El Brillante era un bar de paso, de estación de autobuses, donde los currantes hacían una parada breve antes de coger el bus para su barrio. De entonces conserva la estética un poco canalla, el exceso de luz, los brillos de dorados y cromados, la inmensa barra a los dos lados, el ambiente ruidoso. Y los camareros, que siguen siendo los mismos.

Pero ahora, el edificio del hospital se ha convertido en Museo (inaugurado en 1992) y la plaza se ha librado del humo de los autobuses y se ha transformado en un ágora íntegramente peatonal, repleta de turistas que acuden al conjuro de las exposiciones del museo, casi siempre de interés. Los viejos camareros se han adaptado al cambio de público. Ninguno habla inglés, pero todos saben cómo identificar los pedidos de los guiris, cualquiera que sea el color de su piel. El resultado es un local siempre lleno de personal mezclado, que son los que a mí me gustan. El bar está en realidad formado por dos locales unidos. En la parte que da a la plaza del Reina Sofía, predominan los extranjeros, turistas y mochileros. Allí reina Álvarez, un veterano camarero asturiano, que se merece una declaración de Bien de Interés Cultural. Bajando tres escalones se llega a la parte de abajo, frecuentada por un público más tradicional.


Yo suelo entrar desde el Reina Sofía y quedarme en la parte alta, donde Álvarez sabe lo que quiero sólo con echarme una ojeada y ya me lo está poniendo casi antes de que me siente. Pero el día de autos esa zona estaba atestada de excursionistas de aspecto nórdico. Así que saludé a Álvarez y seguí a la parte baja, casi vacía. Eran las cuatro de la tarde, la hora de comer se me había pasado y pensaba pedirme un pepito de ternera y una jarra de cerveza, para tirar ya hasta la noche. La barra de la izquierda estaba prácticamente vacía. Sólo había un chino, más o menos en el centro, estudiando la carta sentado en un taburete.

De manera natural, me situé en el punto equidistante entre el chino y el ventanal que da a la plaza de Atocha. Es lo que acostumbramos a hacer los occidentales. Otro día les hablaré de la proxémica, la ciencia que estudia la forma de colocarse en un espacio público en las diferentes culturas, las distancias que suelen guardarse y todo eso. Me pedí mi bocata y brindé a la distancia con el chino, que me devolvió el gesto sonriendo. Acababa de pedirse una ración de calamares y ahora reclamaba ketchup, mostaza y mayonesa.

Estábamos los dos comiendo tranquilamente nuestras viandas, cuando entró al bar un grupo ruidoso formado por cuatro o cinco señoras mayores hablando en voz alta como cotorras. Siguiendo las reglas no escritas de la proxémica, deberían haberse situado en el centro del espacio que quedaba entre mi persona y la ventana, pero la primera que pilló barra se puso cerca de mí y las demás se desparramaron a su izquierda, de forma que la última se me echó casi encima. Estaban eufóricas, acababan de comer, seguramente con vino, y hablaban todas a la vez. Me resultaban molestas, eran desagradables, maleducadas, hablaban a voces de personajes de la tele-basura, olían a rancio y a polvos faciales baratos, como si se hubieran perfumado sin asearse. 

La que tenía más encima, se removía con gestos gallináceos y cada vez que se giraba me clavaba el bolso en los riñones. Al tercer bolsazo, me bajé de la banqueta, me moví un metro hacia mi izquierda, arrastré el taburete y me subí otra vez, alejándome de tan incómodas acompañantes. Aproveché para saludar de nuevo al chino sonriente, dedicado con fruición a regar de ketchup sus calamares. Pero resulta que el gallinero que había invadido mi espacio vital, obligándome a desplazarme, estaba incompleto: faltaba el gallo. Por el espejo de la barra lo vi salir de los aseos atusándose todavía el tupé, brillante de tinte. Era un tipo de edad, enjuto, chuleta, chaqueta entallada de tonos oscuros y pañuelo saltón a juego. Mientras sus amigas se abalanzaban a la barra, él había ido al baño a revisar su imagen de pinturero veterano. Le rodeaban brisas de perfumería y tengo que reconocer que olía mejor que sus compañeras.

Entonces el tipo va y se busca espacio en la barra, entre las señoras y yo, para pedir a voces un chupito-sol-y-sombra. Las mujeres le informan también a voces de algo muy gracioso que acaban de contar, se le echan literalmente encima y el tipo me da el primer codazo en las costillas. Cero disculpas. El grupo se sigue removiendo, han debido beber copiosamente en la comida y están eufóricos. Les falta espacio, me van encimando y, al tercer codazo del pinturero, no aguanto más, me bajo de la banqueta, me vuelvo y les digo: JODER, ¿ES QUE NO HAY BASTANTE ESPACIO EN ESTE BAR TAN GRANDE, COMO PARA QUE TENGAN QUE PONÉRSEME ENCIMA?

Silencio sobrevenido. El grupo, atónito, se abre en arco para ver quién es el tipo que les ha cortado el rollo de forma tan brusca. Bajo un poco el tono y continúo: “Es que ya me he tenido que correr un metro para que estas señoras dejaran de darme bolsazos, y ahora viene usted y me sigue achuchando”. El tipo engalla la figura, protegiendo a sus señoras del energúmeno potencial, y esboza una disculpa con voz grave: no se han dado cuenta, etc. Es suficiente para mí. Le digo que no pasa nada y que no me importa terminarme el bocata al lado de ese chino tan simpático que tengo al lado, para que tengan todo el espacio que necesiten. Y me doy la vuelta. El chino me anima a sentarme a su lado con su sonrisa oriental y me ofrece calamares con kétchup. Luego dice: “No chino. Coreano. Jimmy Cho”, y me extiende la mano. “¿Coreano? Ah OPA GANGNAM STYLE”, le digo, mientras hago el baile del caballito. Más risas.

Seguimos comiendo juntos, es simpático pero casi no habla español. Intento hablar con él en inglés, pero tampoco nos entendemos mucho mejor. Le pregunto si es de Seúl y dice que no, que es de Ansan City. El grupo del pinturero ha bajado bastante el diapasón, les he cortado el rollo y lo lamento. Pero tenían que haber tenido un poco más de cuidado. Me molesta que la gente actúe como si yo fuera invisible o formara parte del mobiliario. Yo nunca me echo encima de nadie de esa manera. Cuando el coreano y yo acabamos nuestros manjares, el grupo de al lado ha recuperando la alegría y vuelven las explosiones de risa resonando en todo el bar, a cuenta de los chistes del pinturero, que ha agarrado pista, a caballo del segundo sol-y-sombra. Hasta los camareros se desternillan con las gracias del tipo, que definitivamente se ha venido arriba. Todo el bar está pendiente del ruidoso grupo liderado por el pinturero.

Y sucede lo que me temía. El tipo ya domina la situación y empieza a incluir en sus chistes referencias al incidente anterior que, al parecer, no ha dado por zanjado: NO OS RIAIS TANTO, NO VAYAMOS A MOLESTAR A LA GENTE TAN FINA QUE VIENE A ESTE BAR, JAJAJAJAJA. He pagado y me estoy despidiendo del chino sin hacerle caso al pinturero. Pero el tipo insiste: JAJAJAJA, CUIDADO A VER SI LE VAMOS A ROZAR OTRA VEZ A ESTE SEÑOR, QUE ANTES YA LE HEMOS ROTO TRES COSTILLLAS, JUJUJUJU. Una de las señoras llora de la risa y se da golpes con la mano abierta en un muslo. Parece a punto de mearse.

A mí ya se me ha pasado el cabreo, pero creo que debo decirle algo. Si salgo agachando la cabeza sin mirarles, el tipo habrá ganado la partida psicológica que me está planteando. Así que, me pongo a su altura y le hablo sonriendo: “Sólo les digo una cosa. Cuando entren en un bar, tengan cuidado de no echarse encima de los clientes, porque les puede suceder que den con un tío con más mala leche que yo”. Entonces el pinturero se perfila como para entrar a matar, junta los talones, levanta la mano haciendo un círculo con dos dedos y sube aun más la voz para que todo el bar oiga su proclama: “NO, ESO ES IMPOSIBLE, ALGUIEN CON MÁS MALA LECHE QUE USTED NO LO HAY EN TODO MADRID”.

Esta vez sólo se rió una persona: yo. No puedo explicarles por qué, pero salí del bar contento. Entré en la panadería El Rincón y me compré una barra para la cena. La plaza de Atocha relucía en todo su esplendor, llena de coches y autobuses. En las terrazas, las señoras se abanicaban y los caballeros fumaban distraídamente, dejando correr la sofocante tarde de verano.

lunes, 1 de julio de 2013

144. Mundo Perro

Fernando Delgado, buen escritor canario que un día ya lejano dejó su trabajo de locutor de telediarios para ponerse a escribir como un loco, acaba de publicar su décima novela. Se titula “Me llamo Lucas y no soy un perro” (2013-Planeta). La historia está ciertamente contada por un perro de ese nombre, lo que pasa es que el animal no se siente un perro, sino un miembro más de la familia. No lo he leído, pero las críticas hablan de una historia de gran ternura y sutileza. El escritor se mete en la mente de un animalito que observa su entorno con ingenuidad y sabiduría. A través de su mirada humilde, leal, irónica y certera, el lector asiste a la disección de una familia, en la que no faltan temas como la mentira, la hipocresía o la sordera selectiva.

Atribuir a los animales un papel central en una obra literaria, hasta el punto de convertirlos en narradores de la historia, es una técnica muy usada desde la antigüedad. No hay más que recordar a los fabulistas clásicos, como Esopo o La Fontaine. El propio Cervantes utilizó esa argucia al escribir una de sus más conocidas Novelas Ejemplares: El Coloquio de los Perros, en donde narra una historia a través de la conversación entre dos perros de Valladolid, llamados Cipión y Berganza. Recientemente Els Joglars han convertido este relato en obra de teatro.

Sin duda, mi novela preferida entre las que están contadas por perros es Tombuctú (Paul Auster, 1999). El protagonista, Mister Bones, es un perro sin raza definida, viejo compañero de un vagabundo de Brooklin, llamado Willy G. Christmas, medio poeta, soñador y bebedor empedernido, que tiene una bronquitis crónica de caballo. Las descripciones que hace el perro de los ataques de tos que le dan a su amo son dignas de Valle-Inclán. Presintiendo que se está muriendo, el bueno de Willy empieza a pensar en quién puede hacerse cargo de su perro, y decide emprender un viaje delirante a Baltimore, donde presume que vive todavía su vieja profesora de literatura que le hablaba siempre de Tombuctú y otros lugares míticos, y de la que no duda que acogerá al animal en su casa. Lo que sucede después no se lo cuento, porque lo que tienen que hacer es comprarse este libro delicioso, del que apenas les he desvelado el comienzo.

Entre los libros que tengo en este momento pendientes de leer está Tiempo de Perro (Patrice Nganang-2010, editada por El Aleph, con el patrocinio de Casa África). Patrice Nganang es un joven escritor del Camerún que se gana la vida como profesor de literatura francesa y alemana en una Universidad de Pensilvania, desde donde mantiene un contacto permanente con su tierra a través de Internet. Asistí a la presentación de su libro en Madrid y me emocionó la forma entusiasta en que este intelectual africano habla de las nuevas tecnologías. Cada vez que alguien del Camerún es encarcelado por expresar opiniones contrarias al régimen, los exiliados que viven por todos los países desarrollados del mundo lo saben al instante y empiezan la lucha por su liberación. Y en sus campañas reciben apoyos de otros movimientos, internacionalizan su protesta y acaban por sacar al tipo de la cárcel.

Tiempo de perro cuenta la vida cotidiana del barrio de Madagascar, una de las barriadas más populosas, míseras y peligrosas de Yaundé, la capital del Camerún. El narrador es aquí Mbudjak, el perro del dueño del bar El Cliente es Rey, un ex funcionario estatal que se las sabe todas. Según se describe en la contraportada, Mbudjak es un perro humanista, que basa su observación del mundo en una curiosidad universal que le lleva a olisquear a todos los viandantes. Del resultado de esos olisqueos deduce una serie de reflexiones que nos permiten conocer la vida callejera de ese rincón perdido del mundo, en el que se habla una lengua mestiza que entremezcla el francés, el inglés y el alemán con los idiomas locales. 

Mundo perro era también el título de una película italiana de los sesenta: Mondo Cane, dirigida por Walterio Jacopetti. El tal Jacopetti alcanzó una cierta notoriedad con una película así llamada (Mondo Cane), que no tenía nada que ver con los perros. El film, estrenado en Cannes, tenía una banda sonora muy pegadiza y estaba compuesto por una serie de reportajes reales sobre escenas macabras de fusilamientos, torturas y otras barbaridades, alternadas con otras algo más suaves, como una en que unos chinos comían en un restaurante enormes montones de hormigas fritas bien sazonadas. Animado por el éxito, comenzó a rodar escenas para una segunda parte, pero fue detenido en África, después de que unos soldados confesaran que les había pagado una buena cantidad de dinero para que mataran a unos niños ametrallados delante de sus cámaras. Terminó en la cárcel este siniestro precursor de las snuff movies, y su nombre ha sido borrado de todas las enciclopedias del cine.   

Por cierto, la película se estrenó en la España de Franco, con el título de Ese perro mundo, y quiero que reparen en ello. El añadido del demostrativo Ese no es casual, ni tan inocuo como parece. Por el contrario, responde a una de las estrategias más sofisticadas e imperceptibles de la censura cinematográfica. La misma que estaba en el origen de otros añadidos que precisaban el lugar donde transcurría la acción. Un suponer: una película que se llamase Corrupción policial, aquí se estrenaba como Corrupción policial en Nueva York. Así se precisaba que la corrupción no era genérica, sino localizada en un punto externo a la España pacificada y honesta. Aquí no pasaban esas cosas.

Del mismo modo, Mondo Cane, que podríamos traducir como Mundo Perro, o Mundo Cabrón, era un título extensible a todo el universo, incluida la inmaculada España. Si le añadíamos Ese, de una forma muy sutil estábamos dejando bien claro que no se trataba de Este, es decir, que había un mundo exterior muy cabrón, y que aquí estábamos a salvo de ese desmadre; aquí estábamos en un mundo tranquilo, ordenado, virtuoso y protegido del comunismo, gracias a los desvelos de Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios. 

Los censores franquistas hilaban muy fino. Por ejemplo, la extraordinaria película de Billy Wilder Double Indemnity (Doble Indemnización), se convertía aquí en Perdición. Un título simplemente descriptivo del modo en que una genial (y sorprendentemente guapa) Barbara Stanwick engañaba a un oscuro corredor de seguros para convertirlo en cómplice del asesinato de su marido y repartirse con él esa doble indemnización, se convertía por obra y gracia de la censura en un aviso al espectador de que esa señora era muy mala y le podía llevar a la perdición. El título original enunciativo adquiría aquí una valoración moral.

Cosas como estas se cuentan en el libro La censura cinematográfica en España (Alberto Gil-2009, Ediciones B). Es muy curioso, pero no pretendo que se lo lean. Lo cito sólo para los que dicen que me invento las cosas. Si se leyeran todos los libros que les cito, no les quedaría tiempo ni para dormir. Les insisto, no obstante, en Tombuctú. Si no lo han leído, no sé a qué esperan para bajar a una librería y comprárselo. Que hay que apoyar al mundo editorial, hombre…