sábado, 19 de octubre de 2019

877. Mdgscr 2: La Reina de África

La Reina de África es una película y también el nombre del barco en el que transcurre la acción de este film inolvidable. Un barco similar al que utilizamos mi grupo y yo en Madagascar, en este caso no para bajar por el río Ulanga, sino por el Tsiribihina, uno de los mayores cursos fluviales que surcan la isla. Empiezo a escribir esto en Madrid, a punto de salir para Innsbruck y en medio del incendio subsiguiente a la sentencia del prusés, que esperemos que se quede en fuego de virutas, en concordancia con la descripción precisa del carácter del catalán que hace Jaume Sisa en la entrevista que les reproduje no hace mucho. Respecto a este tema, conviene que no nos olvidemos de cómo se originó este sindiós, y nadie mejor que el gran Jaume Reixach, director de El Triangle, para recordárnoslo. Este hombre está desde hace un tiempo centrado en promover una nueva plataforma que ha bautizado como El Trapecio, que tiene por objetivo la unión de España y Portugal, el viejo sueño de Saramago, Lobo Antunes y tantos otros (entre ellos yo). Pero todavía tiene tiempo de reflexionar sobre lo que está pasando. Les insto a que lean lo que publicaba este mismo martes, para lo que han de pinchar AQUÍ.

Irrebatible, brillante y demoledor como siempre, este periodista superlativo que mantiene su periódico contra viento y marea, sin la menor subvención o apoyo de la Generalitat y distribuyéndolo en bicicletas y motos por los pueblos de Cataluña. Pero este foro tiene en estos momentos un empeño en marcha y yo he de continuar con el relato de mi reciente viaje por tierras malgaches. Diré pues que el cuarto día de viaje, salimos de Andasibé y nos dirigimos a Antsirabé. La semejanza de los nombres no es casual: an es en malagasi un artículo determinado y la terminación be significa bueno. Antsirabé significa el lugar del agua buena. He de precisar que el nombre de la lengua oficial (junto con el francés) de la República Malgache, es malagasi, y no malakatsi como yo lo nombré erróneamente en mis primeros textos, reproduciendo la fonética de cómo lo pronuncian. Desde Andasibé, desanduvimos el camino hasta Antananarivo, pero no entramos en la capital, sino que la rodeamos por una circunvalación, hasta tomar la RN-7 hacia el sur.

Las carreteras por las que circulamos ese día eran aceptables, no sabíamos entonces que eran las mejores del país. El entorno de la carretera nacional 7 también está entre las zonas más desarrolladas de la isla. Hicimos una primera parada en Behenjy, un pueblo-calle, famoso por su producción de foie-gras, herencia de la colonización francesa. Aprovecho para contarles una cosa curiosa. En Madagascar hay hoteles y hotelys, que no es lo mismo. Los hotelys son restaurantes míseros y cutres, con apenas un par de mesas, si es que tienen alguna, y un mostrador a la calle para la comida para llevar, en los que los lugareños pueden comerse alguna fritura de pescado o verdura, de las que van sacando a medida que las cocinan en un hornillo mínimo. Suelen tener cervezas, pero las guardan en neveras que tienen desenchufadas, porque no hay tampoco red eléctrica a la que conectarse, así que están intomables. Aquí pueden ver una ristra de estos hotelys, en el centro de Behenjy.



La venta del foie gras de producción artesanal se canaliza en cambio a través de los dos restaurantes un poco más arreglados del pueblo. El más publicitado se llama Au coin du foie gras, es decir, El rincón del foie gras, cuyos carteles se pueden ver a lo largo de la carretera desde un buen rato antes. Pero Alain nos dijo que este es un restaurante enfocado a los turistas, es decir a los guiris, con precios más caros. Justo a su lado hay otro, que se llama Ravinala, dirigido al público local y más barato. Entramos en él y tengo que decirles que pocas veces en mi vida he comido un paté tan exquisito y tan delicado. Nos dieron unas muestras a modo de degustación de las tres variedades que trabajan y no sabría decirles cuál era la más deliciosa. Tal vez, una que tenía como trozos de paté en una gelatina trufada de pimientas verdes que se te deshacían en la boca. Pedimos más y ese día comimos a base de paté (y con cerveza fría). Y preguntamos sobre la posibilidad de llevarnos algo a Europa. Imposible. La casa carece de sistema de enlatado y tampoco tiene forma de envasarlo al vacío. Te lo sirven en unos túper transparentes con tapadera. Aún así compramos varios para alegrar las comidas de los días siguientes. Aquí una foto del lugar.


Continuamos hacia el sur e hicimos una parada en Ambatolampy, para ver un taller artesano del aluminio. Aquí todo se recicla. Lo primero es pillar piezas desechadas de aluminio, como grandes tuberías de suministros. Estas se trocean mediante una especie de formón gigante, que sujeta un tipo mientras otro le arrea interminables martillazos con una maza enorme, hasta que logra cortar un poquito. Estos dos trabajan todo el día. Luego, los trozos se meten en una forja, como la fragua de Vulcano, en donde otros operarios trabajan con un calor insoportable y en condiciones penosas, con unas medidas de seguridad antiquemaduras, prácticamente inexistentes. Luego nos enseñaron cómo hacen los moldes en los que vierten el aluminio fundido, para hacer cacerolas, cucharas y todo tipo de pendientes y adornos, que se venden luego en los mercados de todos los pueblos. A nuestra pregunta contestaron que trabajaban a destajo y que les pagaban por pieza fabricada. Una especie de castigo divino, pero nada sorprendente en un país en el que ya estábamos viendo a los lados de la carretera cuadrillas de picapedreros que desmenuzaban piedras mayores con martillos, con bastantes niños entre ellos. La miseria es lo que tiene.

Continuamos hasta Antsirabé, una de las ciudades grandes del país. Llegamos de noche y nos alojamos en el hotel Flower Palace, céntrico y bastante bueno. Aunque era de noche, salimos a dar una vuelta y encontramos una pizzería en la que cenamos, yo en concreto una sopa local que me recomendó Alain y que estaba muy buena. El quinto día salimos temprano y tomamos la carretera RN-34 en dirección oeste, hasta llegar a Miandrivazo, sin mayores cosas que reseñar. Allí tomamos una pista hasta llegar al embarcadero fluvial en donde nos esperaba nuestro barco para hacer el descenso del Tsiribihina. El barco era pequeño, como de los tiempos de La Reina de África, pero surcaba el agua río abajo con soltura. Llevábamos un cocinero, con su señora de ayudante. Entre ambos nos garantizaban desayuno, comida y cena a mesa puesta y con menús bastante apetitosos en general. Venían con nosotros un guía local de apoyo a Alain y un par de marineros. Así que nos embarcamos e iniciamos una de las fases más sugerentes y mágicas del viaje, de la que les pongo algunas imágenes.

Aquí el barco preparado, con las tumbonas en cubierta y debajo la mesa puesta para diez comensales.

Lugareños bañándose en pelotas en el río.

Barco local encallado. Los pasajeros se han bajado y tratan de destrabarlo.


Un poco de relax en cubierta.


Una de las estupendas ensaladas que nos preparaba el cocinero: zanahoria, repollo y judías francesas, con adornos de pepino y tomate con atún y coronada con un baobab miniatura, confeccionado con una zanahoria y unas ramitas de perejil. El baobab me lo comí yo

No sé si se han percatado, pero esta fase del viaje suponía estar casi tres días sin WiFi, sin ducharse y sin un mínimo contacto con la civilización. Una delicia. El barco se desplazaba lentamente y es maravilloso ver anochecer sobre los paisajes africanos de las márgenes, con algún avistamiento esporádico de lémures en el arbolado y cocodrilos en los arenales. El viaje duraba tres días y había que acampar dos noches en localizaciones de playa previstas de antemano, en donde los marineros y los guías montaban las tiendas y una especie de cagaderos en la arena, consistentes en un simple biombo que formaba un cuadrado pudoroso para la maniobra de las aguas mayores (las menores se resolvían entre los cañaverales del fondo). Los cocineros y el guía local sacaron unas guitarras y tamborcitos y entonaron Oh when the saints go marching in, La Bamba y otras canciones universales que cantamos a coro en mitad de la noche. La acampada tuvo el cachondeo correspondiente, como cualquier excursión de boy scouts. Que si uno sólo era capaz de meterse en el saco de dormir poniéndose de pié, algo imposible dentro de la tienda, que si los pedos y los ronquidos, qué quieren que les cuente. Nuestro sujeto colectivo era ruidoso y bullanguero y puedo imaginar la perplejidad de los lémures del entorno ante semejante escándalo. 


Tramo del cauce encajonado entre rocas.


Atardecer sobre el río.

Vista del campamento por la mañana desde los cañaverales. En primer lugar el cagadero. Detrás las tiendas de campaña y al fondo el barco fondeado.

El sexto día transcurrió íntegramente en el barco y fue tranquilo y relajado. Por la mañana, paramos en un lugar donde llegaba un pequeño afluente que caía de las montañas. Se podía remontar el curso por un sendero fácil, con bastantes lémures en el arbolado, hasta llegar a una poza, en donde nos encontramos a un montón de blancos bañándose. Había al menos otros dos barcos haciendo el descenso del Tsiribihina como nosotros y habían madrugado más. Pero nosotros sabíamos que había otra poza más arriba, a la que llevaba un recorrido senderista más largo, empinado y difícil. Allí nos pudimos bañar, porque no había nadie, y fue un placer, porque el agua estaba muy fresquita y no nos habíamos duchado desde el día anterior. Después visitamos un poblado que no tiene otro acceso que el propio río, en donde nos rodearon los niños, como de costumbre en estos lugares. Unas fotos más.


La poza maravillosa.



Niños atónitos ante el hombre blanco. En el centro uno con la camiseta del presidente D'j.


Un par de vistas de la orilla, con las formaciones geológicas al descubierto por la erosión. Durante la época de lluvia el nivel del río es mucho más alto.


Después de comer visitamos un segundo pueblo y esa noche volvimos a acampar. Junto al segundo campamento había bastante gente pululando y nos montaron una fiesta para los tres barcos que estábamos siguiendo el curso del río. Hicieron una hoguera y aparecieron un par de músicos, que parecían abuelo y nieto. El mayor tocaba una especie de ukelele artesanal a toda velocidad y el niño, como de unos ocho años, tocaba unos tamborcitos con mucho ritmo. Y una serie de jóvenes empezaron a caminar en círculo alrededor del fuego. A una señal, todos movían sus cuerpos al ritmo frenético de la música unos instantes, y luego seguían caminando hasta el siguiente espasmo colectivo. Puedo jurarles que nunca había visto mover el culo de esa manera a nadie, era algo increíble. Los danzarines/as invitaron a los blancos a sumarse a la danza y algunos/as se apuntaron. Hasta que el abuelo músico dio la señal de acabar y nos fuimos a dormir. 

El séptimo día de viaje seguimos río abajo sin más paradas y llegamos a destino después de comer. Ya cerca de la desembocadura, hay un servicio de ferrys rudimentario, que permite cruzar el río sobre una especie de almadía montada sobre dos piraguas con un motor adosado. Abajo una imagen del ingenio.



Hubimos de esperar a que llegaran nuestros todoterrenos para seguir el viaje. En el lugar, había mucha gente, porteadores que bajaban a pulso sacos enormes de suministros, gente vendiendo comidas y cosas de todo tipo en una especie de rastro improvisado. En una esquina, un grupo de hombres descansaban un rato jugando con mucho énfasis una ruidosa partida de dominó. Llegaron por fin los tres todoterrenos y emprendimos la marcha por un camino infame hacia el norte. Hubimos de cruzar un río menor mediante un ferry artesanal como el anterior, antes de llegar al destino previsto: el pueblo de Bekopaka, en donde teníamos alojamiento reservado en el hotel Orquidée. El hotel estaba a dos kilómetros del pueblo y se trataba de un conjunto de bungalows con un espacio común ajardinado con mucho gusto y un restaurante de buen aspecto en el que nos obsequiamos con una cena normalita. Yo me pedí un guiso de zebú, que más propiamente debería llamarse guiso de bel-zebú, porque estaba bastante malo.

Y así terminó nuestro séptimo día de viaje. Estoy terminando este texto en Innsbruck, en donde ayer tuvimos la primera sesión del congreso de cierre del concurso EUROPAN 15. En este escenario inmaculado de la comarca tirolesa al pie de los Alpes, todo esto de Madagascar suena a leyenda. Continuará. 

martes, 15 de octubre de 2019

876. Mdgscr 1: los lémures

Bueno, aquí estoy de nuevo después de un lapsus inhabitual por lo largo. El blog hay que reactivarlo, que, si no se le alimenta debidamente, enseguida vanishes into thin air, que dicen los ingleses y que podemos traducir aproximadamente por se va a la mierda. Dejo constancia de mis disculpas y espero que sepan comprender mis razones. Cuando uno se embarca en un viaje de grupo, como el mío a Madagascar, su identidad individual desaparece, se diluye y uno pasa a formar parte de una identidad colectiva, en la que es difícil abstraerse un rato para centrarse en tareas como escribir un post, que es algo que requiere un mínimo de privacidad y tiempo libre. El grupo toma sus decisiones (de forma democrática o autoritaria) y desarrolla una actividad incansable que abarca todo el día. Cuando uno llega por la noche a su cuarto de hotel compartido, está tan agotado que no tiene la energía necesaria para escribir nada. A esto se suma el hecho incontestable de que en ninguno de nuestros alojamientos había WiFi en los cuartos, sólo un poco en la recepción, intermitente y de baja calidad.

Tengo notas tomadas y escenas guardadas en mi memoria para hacerles un relato detallado del viaje y es lo que me dispongo a hacer. En el título de la serie le he quitado las vocales al nombre para expresar mi voluntad de resumir y abreviar, porque si lo cuento todo acabaremos en Navidad. Aunque lo cierto es que tampoco pasaría nada si de aquí a fin de año me dedico en exclusiva a hablar de Madagascar, que sobre los otros temas de actualidad ya tienen ustedes información de sobra. Acerca del prusés son conocidas mis opiniones, la sentencia me parece bien y nos la van a meter hasta en la sopa. El traslado de los restos de Franco es un ejemplo claro de McGuffin, ese truco tan querido por Alfred Hitchcock, que consiste en tener al personal entretenido con un asunto que parece crucial, cuando en realidad es circunstancial, para distraerlo de los asuntos verdaderamente importantes. Quédense con la idea: en estos momentos Franco es un McGuffin.

En cuanto al impeachment a Trump, es un asunto peligroso. Si no triunfa, el presidente saldrá muy reforzado para su reelección. Nancy Pelosi lo sabe desde siempre; por eso se ha opuesto siempre a su iniciación. Si ahora ha aceptado es porque parece que hay pruebas incontestables de que el presidente es un cabrón y un pedorro. Pero en toda la historia de los USA ningún impeachment ha triunfado, solamente el de Nixon parecía tan claro que el tipo prefirió dimitir antes que sufrir la indignidad de que lo echaran formalmente. Y nos queda hablar del Deportivo, colista de la Segunda División, situación que no recuerdo en mis casi 69 años de vida. Así que mejor correremos un tupido velo sobre este asunto lamentable. Les recuerdo también que pasado mañana jueves, me voy a Innsbruck, con mi compañera M. para el último arreón del concurso EUROPAN 2019. A la vista de todo esto parece más prudente y práctico que nos centremos en Mdgscr. Mi intención es compaginar una cierta cronología del viaje con algún tema concreto de interés, que se destacará en el título del post.

Les cuento por tanto que mi primer día de viaje fue un interminable desplazamiento iniciado a las 6 de la mañana en Barajas, en donde nos reunimos todo el grupo a las 4 de la madrugada. Un trayecto breve a París, una escala corta y luego un largo vuelo de doce horas París-Antananarivo. Bajando del avión, observamos que algunos pasajeros corrían apresuradamente para ponerse los primeros en la cola ante las ventanillas de la aduana. En el trámite de entrada se pierden unas dos horas y pico, que se suman a la paliza anterior. Allí parados y hacinados con el equipaje de mano bien sujeto, por en medio pasa un funcionario con una especie de pistola de rayos paralizantes, que apunta a la cabeza de algunos viajeros y que da bastante miedo. Luego me explicaron que se trata de un aparatito que mide la fiebre, para detectar pasajeros que vengan enfermos de malaria, cólera, tifus o fiebre amarilla. A mí me disparó por sorpresa en todo el entrecejo un tipo con cara de poca-broma-poquita-broma y les juro que me llevé un buen susto. Debe de ser que me vieron muy blanco y depauperado.

El trámite es tedioso, y te hace ir pasando por sucesivos mostradores, en donde hay bastantes funcionarios: uno mira el pasaporte y compara la cara con la del viajero (yo me tuve que quitar las gafas), otro comprueba el impreso que hay que rellenar en el vuelo y le pone con mucho cuidado un sello, que repite en el pasaporte, el siguiente firma ambos sellos, otro les pasa un secante, el siguiente se queda con el impreso, que sitúa sobre un montoncito de papeles similares y le entrega el pasaporte a un último sujeto que se lo queda vaya usted a saber para qué. Luego tienes que esperar a que te llamen por tu nombre y te lo devuelvan con todos los sellos de entrada. Tras ello todavía hay que pasar por un puesto de la policía en donde te revisan que esté todo bien. Un proceso totalmente analógico, como ven, en un país al que la revolución digital aun tardará en llegar. Una vez dentro del país, se puede pasar a recoger los equipajes facturados, que algún mozo caritativo ha reservado a un lado para que no estén dando vueltas y vueltas en la cinta mientras te arreglan los papeles.

Con los equipajes completos, te asalta un montón de gente que te ofrece taxis, hoteles, o simplemente cargarte el equipaje a donde sea. Uno del grupo salió a la calle a buscar al guía que teníamos contratado. Se llamaba Alain y es un merna auténtico, de rasgos malayos, pelo liso y barba rala de oriental. Es un chaval educado, que habla un español perfecto, que aprendió en la Universidad de Antananarivo, en donde cursó Filología Hispana. Nos esperaba fuera con un minibús que nos trasladó al hotel, en medio de la noche. Una vez dejadas las cosas en los cuartos, se lo creerán ustedes o no, pero mis compañeros y yo preguntamos si podíamos salir a dar una vuelta por la ciudad (el cansancio es algo que ni se menciona en este grupo). Nos dijo Alain que no era aconsejable en absoluto, que nos podían asaltar y robar el móvil y todo el dinero. Esta situación sólo se daba en Antananarivo, el resto del país era más seguro. Así que nos fuimos a dormir.

El segundo día amanecimos con el sol a las 5.30 de la mañana y salimos a desayunar a una amplia terraza sobre la ciudad. De los barrios más próximos subía el murmullo inconfundible de las ciudades africanas, trufado de gritos y bocinazos, testimonios sonoros del cáos urbano. Inmediatamente nos pusimos en camino en el minibús, en dirección a Andasibé, en la costa oriental de la isla. La carretera era bastante aceptable, a pesar de tener baches como pequeñas piscinas. Es una zona montañosa y de selva, en la que llueve casi siempre. Llegamos a tiempo de dar una vuelta por el pueblo y ya observamos a la mayoría de la gente caminando descalza por los charcos y el barro. Nos dijo Alain que lo de ir descalzo es una cuestión cultural, que la gente no es tan mísera como para no poder adquirir unas chanclas. Pero a las 18.00 cayó la noche y hubo que retirarse al hotel, porque en el pueblo no había luz ni agua. Como ya les he dicho, nunca en mi vida había estado en un lugar tan pobre.

El tercer día lo pasamos íntegramente en el lugar, visitando varios parques nacionales y jardines en los que observar la flora y la fauna locales, para volver a dormir al mismo hotel, un lugar más o menos correcto, sin medidas antimosquitos, porque es una zona con unas temperaturas tan bajas que no hay mosquitos. Entre los parques que visitamos está el llamado Vakuna, en el que hay animales más o menos acostumbrados a la presencia humana. Además de Alain, nos acompañaba un guía del parque y un par de ayudantes que saben cómo hacer venir a los lémures, un animal que sólo existe en Madagascar. Los lémures son los primates más antiguos del mundo, tan ancestrales que ni siquiera tienen cara de mono, sino casi de zorro. Viven por los árboles, por donde se desplazan con agilidad y se alimentan de frutas y verduras. Hay muchas especies de lémures, desde los más pequeños, como el lémur rata, que sólo se puede observar  por la noche. Había unas excursiones nocturnas para ir con un guía con linterna, pero no nos apuntamos a ninguna. En el otro extremo, el indri indri, que pesa unos diez kilos, se alimenta de la hoja del bambú y es difícil verlo de cerca. Abajo tienen algunas imágenes de lémures, empezando por el pardo, el más común.



Los lémures viven unos 20 o 30 años. Su época de apareamiento es variable, pero abre un período de embarazo de unos tres/cuatro meses. Cuando nacen los pequeños lémures, se pasan otros tres meses en una bolsa abdominal de la madre, como los canguros. Es frecuente verles asomados estudiando el exterior. A continuación se pasan a la espalda de la madre, en donde siguen otros tres meses más y luego ya empiezan a andar por el suelo y los árboles, pero no abandonan el núcleo familiar. Los lémures son monógamos y los grupos familiares son de unos diez o doce individuos. Los hijos están con la familia dos años, hasta que son adultos para poderse aparear y formar su propia familia. Se comunican entre sí con un lenguaje que se compone de tres sonidos básicos: contacto, alerta y amor. Los expertos del parque saben imitarlos perfectamente y así los atraen. Luego les ofrecen trozos de zanahoria o de mango y se acercan a cogerlo. Hacen un gesto característico, con una mano fría te sujetan la mano y con la otra cogen el trozo de fruta. Aquí unas imágenes del sifaka, el lémur más elegante.



Por último, el miska cat, el lémur gato, el de la cola más vistosa. Vimos muchos de estos miska cat por todas las zonas boscosas de la isla, que son escasas porque es un país deforestado en casi un 80%. El miska cat es el que más confraterniza con los humanos, como verán en las imágenes de abajo. Pero no les gusta que les acaricien el lomo. Uno al que se lo hice por desconocimiento, me amagó con un mordisco a la mano, pero sin llegar a apretar, a modo de advertencia, como acostumbran a hacer los gatos.




Vistas estas fotos, les deseo que sean felices, como aparezco yo en la última imagen. Escribí este texto ayer por la tarde pero quería repasarlo por la mañana y hasta última hora no he encontrado un rato. Hasta pronto.

sábado, 5 de octubre de 2019

875. África es diferente

Escribo hoy desde la Salary Bay, la bahía de Salary, un lugar perdido en el fondo de la isla de Madagascar, en donde las condiciones del WiFi me pueden permitir colgar un texto breve, no sé si con fotos. África es un lugar diferente, en donde las condiciones de vida son primitivas y te puede pasar cualquier cosa. Este es mi primer viaje al África subsahariana y lo estoy disfrutando como se merece. Desde que terminamos nuestro descenso del río Tsiribihina, nos hemos movido en tres todoterrenos por los caminos inexistentes de las tierras malgaches occidentales, para acercarnos a lugares como Belo sur Mer, o Andavadoaka, poblados remotos de las etnias Sakalava y Vezo, en donde nos hemos mezclado con la población, comido sus pescados recién capturados y cocinados al grill y, en general, aceptado su vida de sol a sol, porque no hay electricidad y después de las 6 de la tarde el mundo se acaba hasta el día siguiente. 

Viajar por África es duro, a menos que se haga en las condiciones de lujo que ofrecen las agencias. A mí esta dureza me recuerda en cierta forma al esquí, que yo aprendí de mayor y que practiqué durante unos años, hasta que se disolvió el grupo al que me había apuntado. Quiero decir que esquiar no es lo mismo que hacer carrera de fondo, que es mi deporte más querido. Para correr, yo simplemente me calzo unas zapatillas, me pongo cualquier camiseta y bajo al Retiro a disfrutar. Para esquiar has de coger el coche, cargarlo con pertrechos sin cuento, atravesar zonas heladas en las que a menudo has de ponerle las cadenas a las ruedas, dormir en lugares apenas acondicionados con un frío de la hostia. Luego, después de desayunar, has de vestirte con una especie de armadura, culminada en unas botas que te aprietan por todos lados y te impiden andar, versión moderna de la tradicional bota malaya, cargar con los esquís, hacer unas colas tremendas para subirte en un remonte que las primeras veces te tira de espaldas al suelo, aceptar que te agarre por los huevos y te suba en una pequeña cumbre en la que un profesor te enseña a hacer la cuña y, medio muerto de miedo, consigues hacer unas cuantas eses.

Después de varios días de tortura en los que terminas agotado y lleno de golpes para comprobar que apenas avanzas en el aprendizaje, cuando ya te estás preguntando si toda esa parafernalia tan costosa y aperreada merece la pena para bajar una pista verde a poquitos de cuña en cuña, de pronto hay un día en que, casi de forma mágica, te sale el paralelo y empiezas a deslizarte armoniosamente, mientras en tu mente suena algún olvidado vals de Strauss, y entonces es cuando empiezas a entender un poco lo que es el esquí y por qué le gusta tanto a sus forofos. Pues esto de África es lo mismo. Aquí has de empezar por calzarte un interminable viaje en avión y pasar una frontera en la que te cuesta más de dos horas que te pongan el sello de entrada. Luego pernoctar en lugares penosos, en los que has de protegerte de los mosquitos que te pueden transmitir la malaria y otras diez o doce porquerías (por no hablar de las vacunas y profilaxis que has de tomarte antes de viajar).

Levantarte cada mañana, ducharte con agua fría, contemplado por algunas arañas impasibles y salamanquesas amigas. Luego darte un protector solar para no acabar el día convertido en un cangrejo hervido. Y encima del protector solar una loción antimosquitos. Luego desayunar un café infame con algunos bollos más o menos apelmazados y enseguida montarte en un cuatro por cuatro, para afrontar un camino polvoriento, bajo un sol inmisericorde, a menudo sin aire acondicionado, y meterte al cuerpo un trayecto de siete u ocho horas, en el que apenas has podido hacer unos 200 kilómetros. A todo esto, has de sufrir la proverbial cagalera, además de constipados o conjuntivitis por el polvo del camino, que hace que tu ropa de color claro acabe el día roja y asquerosa. Para llegar a un hotel que sólo tiene de tal el nombre, porque apenas tendrá un camastro con una mosquitera remendada y un plato con una espiral de esas que se ponen a quemar para ahuyentar a los diversos insectos.

Pero hay un día en que te sobrepones a todo eso, que admites las incomodidades como algo consustancial a la realidad africana y hasta integras la cagalera como algo cotidiano e inocuo. Y, como el día en que, esquiando, te sale el paralelo, empiezas a disfrutar de una auténtica experiencia iniciática, en tu mente resuenan cánticos primitivos elegíacos y te vas extasiando sucesivamente ante tanta belleza como encierra este continente, en sus bosques, en sus gentes, en su cultura. Este viaje está para mí lleno de escenas y peripecias acojonantes, de las que he ido tomando nota y de las que les informaré con todo el detalle en cuanto tenga tiempo a mi vuelta. Como el propio descenso del río, la visita al Tsingi grande, los baobabs gigantescos de reminiscencias prehistóricas, o el cruce de ríos sobre una especie de almadía de madera, de la que tiran a mano un porrón de negros hundidos en el río hasta la cintura, que mueven a pulso la plataforma con los tres coches encima, porque se ha acabado la gasolina para el motor del ingenio, o el gobierno la ha subido y ya no la pueden comprar.

Y todo eso rodeado por una gente de una humanidad extraordinaria, que te dan su comida, que te cantan y te bailan melodías ancestrales sin apearse nunca de su risa de sandía recién cortada. De todo esto les hablaré en mis textos al respecto. Además, he de decirles que Madagascar es diferente del resto de África, porque es el resto de otro continente, Godwana, hundido en el mar en su mayoría. Por eso su fauna y su flora son diferentes. Aquí es el único lugar del mundo en el que hay lémures, el primate más antiguo y primitivo del mundo, con cara más de zorro que de mono. Y seis de las ocho especies de baobabs registradas en el mundo por los botánicos se dan únicamente en Madagascar. Hoy voy a intentar subir este texto con unas fotografías elegidas al azar, alguna de ellas ya mandada a muchos de mis lectores por whatsapp. Y, a modo de aperitivo, les voy a contar también una pequeña historia. En Madagascar hay tres zonas de influencias culturales diversas. La asiática que visitamos los primeros días, la africana que influye en todo el sur y una tercera: la árabe, del extremo norte.

Y en esta zona de ancestros árabes se realiza una fiesta que no tiene parangón en ningún otro lugar del mundo: la fiesta de los muertos. En esta zona, los muertos se entierran envueltos en una mortaja directamente en la tierra, como hacen los árabes. Pero, cinco años más tarde, se hace en su honor la fiesta de los muertos. Se desentierra el cuerpo, se le coloca (a lo que quede) una mortaja nueva y se le pasea por todo el pueblo entre cánticos, danzas y mucho alcohol. Las familias se gastan todo su dinero en esta fiesta y a menudo se endeudan de por vida, para honrar debidamente a sus mayores y garantizarles el descanso definitivo, tras esos cinco años de situación transitoria, que son como una especie de purgatorio. Es una costumbre bárbara, ligada a tradiciones animistas, que sostienen que el alma no muere, sino que el difunto permanece entre sus familiares y se puede cabrear si no se le honra adecuadamente.

En nuestro trayecto pasamos cerca de alguna de estas celebraciones (en preparación) y le preguntamos a nuestro guía Alain si podíamos acercarnos. Nos dijo que ni de coña. Esa es una fiesta privada, sobre la que no se debe bromear o frivolizar. Y ellos saben que los blancos no compartimos sus creencias. Les dejo unas cuantas fotos.