martes, 11 de septiembre de 2018

770. Si no pueden ser cualquier otro...

En esta tribuna se habla de Haruki Murakami, de Bruce Springsteen, de David Bowie, de José Ovejero, de Clarence Seedorf y otros personajes de los que no suele hablar la prensa generalista. También se pone verde al nacionalismo en general, a los independentistas catalanes en particular, a los taxistas, a Mourinho y a Mircea Cartarescu, entre otros. A veces tengo la sensación de que siempre escribo sobre los mismos temas, especialmente sobre mí mismo, pero nadie me puede negar que mis filias y mis fobias están claras y son duraderas. Entre las primeras, ha aparecido recientemente Sheryl Crow, una mujer de la que, cuanto más cosas averiguo, más atractiva me parece. El pasado día 5 de septiembre, Sheryl acudió como estrella invitada al Tonight Show de Jimmy Fallon, el programa de la NBC que atrae a más seguidores de la América menos inculta. Allí cantó su última canción publicada, de la que hablaremos más abajo, y, al terminar, se abrió la chaqueta para mostrar el mensaje de su camiseta, mirando retadora a la cámara. Aquí pueden verla.


Un mensaje muy claro. USA está ya en precampaña para renovar el Congreso completo y un tercio del Senado y la única forma de que los Demócratas alcancen la mayoría en ambos y le puedan hacer el impeachment a Trump, es acabar con el alto abstencionismo de elecciones anteriores. Sheryl lo sabe y sabe también que sus opiniones son respetadas por mucha gente, y aprovecha esa posición para aportar su granito de arena. Por cierto, Sheryl se cruzó por los pasillos de la cadena NBC con el mismísimo Paul McCartney, que estaba por allí grabando un especial de lanzamiento de su último y esperado disco, y, con la ilusión de una quinceañera, esta mujer espléndida de 56 años no dudó en hacerse un selfie con él, y publicarlo enseguida alborozada en su página de Facebook, de la que soy seguidor. Aquí lo tienen.


Musicalmente, Sheryl me fascina por tres motivos, como ya he contado. 1, es una buena compositora, con letras críticas, irónicas y originales, de las que se responsabiliza en solitario, si bien la parte musical le gusta compartirla con algún compañero o amigo. 2, es capaz de tocar muy bien cualquier instrumento; se la ha visto en sus conciertos tocando guitarra, bajo, cualquier teclado, acordeón, armónica. Y 3, es un portento en el directo, donde mejora cualquiera de sus composiciones. Da la impresión de que el estudio de grabación la intimida y que, sólo cuando se sube a un escenario y le dan un micrófono, se libera, se viene arriba y lo da todo. La entiendo muy bien, porque a mí me pasa lo mismo, cuando tengo la oportunidad de dirigirme a un público, saco mi vena de showman. Como estamos hablando de alguien que hace música, vamos a ir poniendo algunos de sus vídeos, que tiene cuidadosamente archivados y cuelga seleccionados en Youtube. En este caso se trata de un concierto de 1999. Al comienzo se ve como cambia la guitarra por un bajo y afronta una canción de corte tenebrista, gótico, más próxima a la estética de P.J. Harvey, con acompañamiento de cuerda. Pero, al terminar la canción, se queda con el bajo y afronta sin transición un rock ortodoxo a toda velocidad. Acaba sudando como pollo baldeado.


Ya ven cómo toca el bajo esta señora. Sheryl es de un pueblo de Missouri, hija de una pareja de músicos que, desde niña, le inculcaron el gusto por la música y el deporte. A los 5 años tocaba el piano y era majorette en el cole. En la Universidad de Missouri formó su primer grupo, mientras participaba en las competiciones de 100 metros vallas, que no es cualquier cosa. Después se fue a buscarse la vida a LA, en donde empezó a hacer audiciones para todo tipo de trabajos musicales, consiguiendo apenas salir en algunos anuncios de la tele. Le hubiera gustado ser modelo pero le faltaban bastantes centímetros. Hasta que Michael Jackson la contrató como corista para una gira en 1987. Sí, estamos hablando de hace más de 30 años. A la vuelta de esa gira, entró en una depresión severa. Tuvo que ser ingresada y fue la música el pilar al que se agarró para salir del agujero, puesto que no paró de componer canciones, que otros artistas como Celine Dion incorporaban a su repertorio. Logró vencer esa enfermedad y salió de ella galvanizada, indestructible, dispuesta a comerse el mundo. En 1993 grabó su primer álbum, premiado con tres Grammys. Había alcanzado el estrellato.

Desde su debut, Sheryl sólo ha grabado ocho álbumes, porque ella no depende de la industria: cuando está inspirada y le apetece, saca un disco. Es una mujer de carácter fuerte, que tiene mando en plaza y a la que nadie rechista. Vamos a ver ahora un vídeo curioso, porque se percibe perfectamente que nuestra heroína está de bastante mal café. No sé si le dolía la cabeza o simplemente estaba cansada. Empieza presentando uno a uno a sus músicos: bajo, batería, percusión, guitarra solista, segundo guitarra. Uno espera que presente a continuación al pianista, al que se le está oyendo en primer plano. Pero no lo presenta, porque es ella misma la que toca el piano y muy bien, incluyendo esos vistosos arrastres por el teclado que se hacen con la uña del pulgar de derecha a izquierda. Sheryl está cabreada, pero es una profesional, por lo que cumple con su trabajo. Eso sí: al final dice “esto es todo, buenas noches” y se larga con su gente. Apostaría a que no salió más. La grabación es de 1996 y la canción se llama Superstar.

Su carrera es un rosario de éxitos. Ha vendido más de 50 millones de discos en todo el mundo. Además ha participado como actriz en diversas series de televisión, ha escrito varios libros, incluido uno de cocina y es una mujer concienciada a la que invitan a participar en debates políticos o medioambientales. Su historial médico es terrorífico: sobrevivió a un cáncer de mama en 2002 y a un tumor cerebral benigno que le tuvieron que extirpar en 2012. También ha tenido una vida amorosa nutrida, en donde habría que incluir al actor Owen Wilson, a algunos músicos, una aventura con Eric Clapton, ese viejo seductor con el que sigue en buenas relaciones, y la mediática pareja que formó durante tres años con el ciclista Lance Armstrong, justo hasta que se descubrió el tomate de su larga historia de doping. Preguntada por ello, declaró que ella no sabía nada, pero que ahora le encajaban como un puzzle una serie de detalles raros que había observado en su tóxica pareja y que ya la tenían en guardia. Y la gente la creyó. Esta mujer se gana al personal con su sinceridad.

Para compensar del vídeo anterior, vamos a poner ahora una grabación en la que Sheryl está muy contenta, rodeada de sus amigos. Entre 1999 y 2013, Eric Clapton organizó una serie de festivales denominados Crossroads en los que reunía a los mejores guitarristas del mundo. Por allí pasaron J.J.Cale, Keith Richards, Buddy Gay, Robbie Robertson y otros. El vídeo corresponde a 2007. Sheryl participa y reúne a Clapton con otros dos guitarristas muy buenos: Albert Lee, pelo corto, camiseta azul oscuro y Vince Gill, camisa blanca y cierto aire de pirracas. Todos ellos se conjuran para cantar el clásico del country Tulsa Times. Sheryl dirige el cotarro como siempre, intenta que Clapton haga bien los coros, pero el otro parece decirle no se me oye ni hostia, la hace reír y casi pierde el compás. Finalmente es ella la que se ocupa de que le dejen un turno al pirracas, al que casi no le dejaban respirar. Y, naturalmente, las intervenciones de Clapton son las que el público más ovaciona. Al final, se ve llegar al gran pope del country, el ya anciano Willy Nelson, que va a tocar a continuación. Incluso se le ve hablando tranquilamente con Sheryl y con el actor Bill Murray que no solía perderse el Crossroads.


Tras una vida tan intensa, Sheryl decidió formar una familia monoparental. No es difícil deducir que ninguno de los hombres de su vida ha estado a la altura. Así que en 2008 adoptó a un niño de semanas y en 2011 repitió la jugada. La maternidad la ha dotado de una estabilidad personal que le ha permitido retomar su carrera con ánimos renovados. Ahora es una madre muy volcada en sus niños que, para criarlos, se ha mudado a Nashville, una ciudad pequeña y muy musiquera. Es una decisión acertada: la niñez y la adolescencia es mejor pasarlas en el medio rural. Abajo ven la felicidad que destila el grupo (en Estados Unidos no está prohibido publicar fotos de niños y Sheryl ha colgado esta en Facebook). Hace poco en una entrevista, contó que su hijo mayor estaba fascinado con Ariana Grande, lo que la tenía muy descolocada (ya saben que eso no es rock). Ella trata de guiar los gustos musicales de sus hijos, dijo, pero procurando no caer en la censura.


El año pasado, después de más de cuatro años sin pisar un estudio de grabación, publicó el disco Be Myself (Ser yo misma), para muchos el más redondo de su carrera. Y lleva desde entonces de gira, tocándolo por todo el mundo anglosajón. La canción que le da título, es toda una declaración de principios: If I can't be someone else, I might as well be myself (si no puedo ser cualquier otra persona, no me queda más remedio que ser yo misma). En eso estoy yo también. En este momento, Sheryl ya no se corta por nada. Le importa un rábano que se le noten las raíces grises del pelo en la raya (incluso bromea sobre ello en la letra de una canción). Le importa un rábano que se note que no es muy alta; por eso se hace fotos como la que ven abajo, con la banda al completo. Ha encontrado un equilibrio vital y artístico con el que está encantada. En su banda hay cuatro músicos que llevan mucho tiempo con ella y dos nuevos: la teclista del pelo rizado y el batería, que está entre el sobrino de Quasimodo y el eslabón perdido de Darwin. Pero toca la batería de cine. Sheryl lo adora, como se puede ver en la foto que les pongo aun más abajo. 



Es el momento de escuchar Be myself, por supuesto, en directo. Todo un himno vital. Dentro de su descubierta falta de complejos, Sheryl pasa de tacones y sale al escenario con las mismas zapatillas que usa para correr, y hasta se atreve a emular el grito de leona de Tina Turner, aunque en su caso suene más a una gata a la que le han pisado el rabo.


No les extrañará que yo conduzca por Madrid con este tema a todo volumen. Pero Sheryl sigue generando noticias. A primeros de julio fue entrevistada por la emisora de radio Lightning 100. Allí reveló que está preparando un álbum para 2019, en el que colaborarán Keith Richards y otros amigos suyos. Y que será el último de su carrera. No es que se vaya a retirar, sino que dice que esto de los álbumes es algo que venía determinado por la capacidad de los discos grandes de vinilo, por lo que ahora mismo, en la era digital, es un formato obsoleto con el que no tiene sentido seguir. Ella, tras ese último álbum, irá publicando canciones al ritmo que las componga. Para entrar en ese futuro inmediato, presentó en ese mismo programa una primicia recién compuesta, llamada I wouldn’t wanna be like you (No quisiera ser como tú). La tocó con todo su grupo en versión acústica, (aunque sólo se alcanza a ver al hombre de Cromañón) y se la voy a dejar de regalo final.

Esta canción, en la que muchos han creído ver un mensaje contra Trump y lo que representa, tiene un estribillo muy explícito: Dices una mentira, dices una mentira, dices una mentira, pero no por repetirla se convierte en verdad. ¿O sí? Que se lo pregunten a Puigdemont. Es una vieja técnica, que ya usaba Goebbles entre otros. Franco condenaba a los vencidos por el delito de Auxilio a la Rebelión, cuando el que se había rebelado era él. El partido ultraderechista sueco que ha asustado a Europa en estos últimos días, se llama Demócratas Suecos. Por no mencionar el hecho de que en esta sociedad llamemos Punto Limpio al lugar donde se acumula la mierda. Pero escuchemos a Sheryl. La entrevistadora le pide que cante la nueva canción que está presentando. Y ella se pone las gafas de sol para concentrarse. Vean también cómo se agarra a la esquina del mostrador para tomar fuerza cuando ha de dar una nota sostenida a buen volumen. Por cierto, esta canción utiliza la técnica del talking blues, una especie de precursor del rap. Sean felices, hombre. Y sobre todo: si no pueden ser cualquier otro, sean ustedes mismos.


martes, 4 de septiembre de 2018

769. Recovering myself IV

Continúo con el relato del vuelco que ha dado mi vida laboral y personal en estos últimos y vertiginosos meses y he de darme prisa, porque en este asunto siguen sucediendo novedades con rapidez y, a este paso, mi novela autobiográfica nunca va a alcanzar al devenir del tiempo real, igual que la tortuga no conseguía nunca pillar a Aquiles en el conocido sofisma de Zenón de Elea. A mi edad empieza a flaquear la memoria y por eso quiero dejar por escrito esta historia, para que mis recuerdos no se pierdan (ya saben: como lágrimas en la lluvia) y en parte también para explicármelo a mí mismo. En el post anterior de esta serie, les conté qué es C40, cual es su finalidad y cómo se financia la actividad incansable de su staff técnico. Y me había quedado al borde de relatar nuestro primer contacto con ellos: la reunión del 6 de abril de 2017 con Julia y Clare, reunión que tuvo lugar en inglés, en atención a Clare Haley, que acababa de llegar de Londres y no sabía por entonces una palabra de castellano. 

C40 funciona a través de una serie de instrumentos, entre ellos unas cuantas redes temáticas a las que se apuntan funcionarios de las diferentes ciudades. El trabajo se estructura a través de la celebración de webinars (seminars on line), uno o dos al mes, en los que los miembros de cada red debaten sobre un tema de interés común durante una hora. A lo largo de los doce años de funcionamiento de C40, esas redes temáticas se habían centrado en la lucha contra el cambio climático. Pero ahora había una convicción general de que el tema medioambiental no se puede abordar en solitario, sino que está íntimamente relacionado con otros: el urbanismo, la regeneración social, la vivienda asequible, la animación cultural, la participación ciudadana y muchos otros temas. Desde ese convencimiento C40 estaba creciendo y buscando extender sus redes, sobre la base de considerar el hecho urbano desde una perspectiva global, contemplando todos los sectores a la vez.

En el contexto de esa ampliación de objetivos, habían nombrado a Julia, ingeniera de teleco con una larga experiencia en gestión en el Ayuntamiento de Barcelona, como Coordinadora de C40 para la Región Europea (C40 se divide por continentes) y la habían mandado a Madrid para que desarrollara su trabajo desde aquí. El Ayuntamiento de Madrid le había facilitado un despacho en el que llevaba ya unos meses instalada. En la reunión del 6 de abril nos explicaron todo esto y nos dieron la oportunidad de sumarnos a una de las redes existentes (unas seis en ese momento). Elegimos la red TOD: Transit Oriented Development, es decir, desarrollo centrado en el tráfico y el cambio de modelo de transporte. La directora de esta red era precisamente Clare Haley. Tras dos años trabajando para C40, esta joven urbanista londinense, acababa de ser nombrada directora de la red TOD y enviada a Madrid para los siguientes 6 meses. Con Julia compartía un despacho en Cibeles, cedido por el Área de Medio Ambiente, y estaba todavía buscando alojamiento en la ciudad.

La reunión con nosotros había surgido de la siguiente manera. Julia preguntó a sus interlocutores del Área de Medio Ambiente quién había en Urbanismo haciendo en esos momentos un trabajo interesante en la línea de lo que promueve C40. Todos los consultados estuvieron de acuerdo en dar el nombre de mi jefa y la Dirección General que encabeza. Y de esta reunión, hace apenas año y medio, ha venido todo lo demás. Para integrarnos en la red TOD, había que dar algunos nombres de personas que atendieran ese nuevo sector de trabajo. Yo me adelanté a decirle a mi jefa que este asunto tenía una perspectiva a medio/largo plazo y que por tanto me parecía más estratégico que se apuntaran mis dos compañeros más jóvenes que asistían a la reunión, puesto que yo me iba a jubilar pronto. Pero mi jefa fue rotunda: yo tenía que estar en ese asunto, el primero. Este incidente, revela cómo pensaba yo por entonces y cuál era mi estado anímico. Si fuera ahora nadie tendría que haberme insistido.

El caso es que empezamos a participar en webinars. Los tres apuntados a la red TOD nos reuníamos en mi despacho, nos conectábamos, generalmente a las 5 de la tarde (por el tema de las diferencias horarias), y asistíamos durante media hora a la explicación de un tema monográfico: el nuevo Plan General de Buenos Aires, la visión estratégica de Portland o el plan de bicicleta pública de Londres. A continuación se organizaba un chat de otra media hora, en el que los participantes podían plantear dudas, aclaraciones o preguntas. Y sucedió lo que se pueden imaginar. Que mis dos colegas empezaron a fallar. Que si yo estoy muy ocupado, que si tengo que recoger a los niños del colegio, que si la abuela fuma, que si esto, que si lo otro. Los últimos webinars los seguí yo solo. Y en ese momento, me fui una semana de vacaciones a La Toscana, viaje que fue debidamente reseñado en el blog.

A la vuelta de vacaciones, me encontré con un ambiente extraño: todos mis compañeros se daban codazos entre sí a mi paso, intercambiaban miraditas, murmuraban con ironía. ¿Qué coño pasa? Nada, que te vas a Portland-Oregon. No me enteraba de nada hasta que me lo explicaron. Las redes de C40, además de los webinars periódicos, organizan un workshop presencial al año. Este año el workshop tendría lugar en Portland y tenían a bien invitar a una persona de Madrid. Y la jefa había decidido que fuera yo. Como siempre, la jefa cuidando de mis intereses en mi ausencia. Fui a verla y le hice unas preguntas de comprobación. ¿Por qué no va Fulanito? Porque no tiene el suficiente nivel de inglés. ¿Y Zutanito? Ese sí habla inglés, pero no sabe urbanismo porque lleva dos días con nosotros. La cosa no ofrecía dudas.

El viaje de Portland, en mi convencimiento de que iba a jubilarme pronto, me lo planteé como una última oportunidad de hacer algo divertido en mi carrera municipal. Por eso me empeñé en aprovechar para quedarme por allí una semana de vacaciones, para visitar Vancouver y Seattle, a pesar de que me advirtieron que, haciéndolo así, me arriesgaba a que no me pagaran el billete de avión (finalmente, me pagaron sólo la mitad). Fue este un viaje fantástico, del que se dio amplia cuenta en el blog, en numerosos posts entre el #653 y el #668. Para entonces, tanto Clare como Julia eran ya amigas mías. El workshop fue un éxito rotundo, gracias al trabajo de nuestro anfitrión en Portland, Radcliffe Dacanay y al esfuerzo de Clare, que lo dirigió con mano de hierro (a la izquierda pueden verla el último día de taller, cuando le pedimos que posara con el cartel que usaba para cortar nuestras intervenciones y que no nos enrolláramos demasiado). Clare me confesó que C40 confía el grueso del trabajo anual a los webinars; que el taller presencial tiene sobre todo dos significados: es un premio a las ciudades que más se han implicado y, además, se intenta que la convivencia durante tres días genere lazos de amistad entre los participantes, para que eso refuerce la continuidad del intercambio de experiencias profesionales entre ellos.  

Si ese era el objetivo, he de decir que se consiguió de largo. Con la excepción de la representante china que todo el tiempo se mantuvo al margen, los demás mantenemos a día de hoy un grupo de Whatsapp, en el que seguimos contándonos nuestras experiencias personales y profesionales. Sabemos así que Radcliffe tuvo poco después gemelos, dos preciosidades llamados Ziggy y Zosia, cuyas fotos nos actualiza de vez en cuando. Sabemos también que este verano ha dejado su trabajo en Portland y se ha trasladado a Seattle, donde ahora trabaja para el Ayuntamiento. Clare volvió poco después a Londres, a sustituir a una compañera de C40 de baja por maternidad y luego se trasladó a Copenhague, donde ha seguido trabajando para la red casi un año. Hace menos de un mes ha vuelto a Londres. La TfL, Transports for London, la entidad que me invitó a mí a dar una conferencia justo antes de mi fractura de brazo, la ha contratado para que trabaje como urbanista para ellos.

Aparte de nuestro grupo de Whatsapp, yo sigo en contacto individualmente con Tantri, la chica de Yakarta, y con Thabang, el hombre de Johannesburgo. También con Valeria, la chilena y con Erika, la dulce mexicana, que este mes viene a Londres a estudiar un máster de un año. También nos visitamos entre nosotros y colgamos en el grupo las fotos correspondientes. Liana Valicelli, la señora de Curitiba, se reunió conmigo en Vancouver y también visitó a Caterina en Roma. Clare ha viajado este verano a Seattle y ha colgado una foto con Radcliffe en un café del centro. Y, por mi parte, ya saben que visité a Shannon Ryan en Los Ángeles y juntos visitamos el mítico edificio Bradbury, donde se rodó Blade Runner. 

Pero volvamos por un momento a Portland. Como ya conté, fueron tres días intensos de trabajo de mañana y tarde. Y cada noche terminábamos cenando juntos, bebiendo cerveza y haciendo risas a montones. También conté que a esas cenas se sumó una persona de C40 que no estaba en nuestro workshop. Se trataba de Hélène Chartier, directora mundial del proyecto Reinventing Cities. Hélène había trabajado muchos años en el Ayuntamiento de París, por lo que teníamos varios conocidos comunes: mis viejos amigos Philippe, Chantal, Alain y Barbara, de cuyas últimas novedades estaba yo más al tanto que ella. En ese momento, yo no podía imaginar la trascendencia que ese encuentro iba a tener en mi vida. Pero esto ya se va a quedar para la entrega número 5. Les dejo con una foto de Hélène. Se la sacamos cuando participó en nuestro evento de lanzamiento de Reinventing Madrid, en febrero de este año.  



sábado, 1 de septiembre de 2018

768. Al que nace gordo tontería que lo fajen

Esto de escribir, incluso a través de un blog, es algo muy sorprendente, en cuanto a la reacción de los lectores. Cuando yo me dedicaba a escribir relatos, de vez en cuando juntaba ocho o diez, hacía varias copias de la colección, les practicaba una hilera de agujeros en un costado con una máquina que había en mi oficina y luego les ponía con todo cuidado un alambre espiral para completar una suerte de edición casera. Repartía mis ejemplares por ahí y esperaba. A los pocos días me llegaba el feedback (disculpen los anglicismos, ya saben que soy un pijotero). Y les puedo jurar que me sucedía lo siguiente. Un tipo me decía que le habían encantado todos los cuentos, menos el tercero, que en su opinión desmerecía del conjunto. Y, enseguida, venía otro que me decía que mis textos no le habían entusiasmado especialmente, salvo el tercero, que le parecía genial, oyes. En fin, es un ejemplo extremo (aunque rigurosamente cierto), pero que explica bastante bien el abanico de mensajes que yo recibía.

Con el blog me pasa lo mismo. Mi última entrada, titulada Cajón de Sastre, es para mí un ejemplo de un cierto tipo de posts en los que empiezo a escribir sin saber a dónde voy a llegar, continúo hablando de cosas inconexas y hay un momento en que no sé como terminar y corto por las buenas. Bien, pues ahora me encuentro con que a la gente le ha gustado mucho, incluso más que algunos de los anteriores, que a mí me parecían más sólidos, fundamentados y redondos. Así que como yo, igual que Isabel Pantoja, me debo a mis seguidores-¡ainxs!-que-no-se-pué-aguantá, pues hala, vamo-hasé otro igual y a ver por dónde sale, ¡ea! Ya les he dicho que estoy subido a la ola favorable, cabalgando cual surfer experto y, mientras no me dé el previsible trastazo, pues tengo que seguir adelante. No sé ustedes, pero yo, cuando estoy más tristón, me suelo volver huraño, me aíslo y me encierro en casa. En cambio, cuando estoy contento, no paro quieto. Lo de esta semana que termina ha sido un escándalo, todos los días he tenido algún encuentro social-gastronómico.

El lunes quedé con mi amiga A., que además es mi gestora de marketing digital y mi social media manager, y como tal me ayudó en su día a configurar este blog, a ver si se creen que iba a saber hacerlo yo solo. No sé si ustedes piensan que esta es una página cualquiera, limitada a un tipo que escribe cosas al buen tuntún y las cuelga de cualquier manera. Un respeto, por favor. Aquí detrás hay una labor de equipo en la que mi amiga A. es clave. El caso es que cenamos en un restaurante italiano cerca de la Plaza Mayor (yo, una pasta con boletus exquisita) y luego nos dimos un largo paseo. Si hay algo que me gusta más que pasear a la luz de las farolas por las calles de una gran ciudad como la mía, es hacerlo en compañía de una mujer guapa, que camina con paso firme y elegante, derramando lisura y a su paso dejando, aromas de mixtura, etc. Para explicar lo que les digo, me viene al pelo un vídeo de Halie Loren, una joven de Seattle reconocida ya como un valor emergente del jazz vocal, en la línea de Madeleine Peyroux. El vídeo está ilustrado con imágenes del artista británico Drew Darcy, admirador confeso de Edward Hopper. Que lo disfruten.


El martes, desde mi trabajo, me acerqué en coche a la oficina de mi también amiga M. que a la vez es mi financial coach, es decir, mi asesora financiera, y se ocupa de que mis magras inversiones se vayan colocando en los lugares más favorables, para ver si conseguimos que crezcan un poquito, que está el contexto económico internacional muy achuchado. La oficina de mi amiga está en la llamada Isla de Manoteras, un lugar impersonal, al estilo de la Isla de Alcatraz en donde yo trabajo. Aparqué el coche y directamente nos fuimos a una pizzería de la franquicia La Tagliatella. Después de compartir una pizza y una ensalada, subimos a su oficina, completamente vacía en la tarde de agosto, y allí me puso al día de la situación bursatil, me mostró las excelencias de los productos que me ha vendido y lo bien que van mis asuntos desde que decidió pasar de la rentabilidad fija conservadora a entornos más arriesgados.

El miércoles al atardecer, vinieron a mi barrio mis amigos Mariano y Pelu, el primero seguidor incondicional del blog, del que es cultural advisor. Hablamos, entre otros temas, de los libros del pensador israelí Yuval Noah Harari, que tengo pendientes de leer. El primero, Sapiens (2014), que explica la trayectoria del ser humano hasta ahora. El segundo, Homo Deus (2016), que cuenta el futuro que viene. Y el tercero, sobre el presente, que se publica estos días. Harari es gay y tuvo que irse a Canadá, para poderse casar con su novio. Pero ahora vive otra vez en Tel Aviv, donde nadie le molesta. Los israelitas no admiten el matrimonio entre personas del mismo sexo, salvo que se haya celebrado en el extranjero, miren ustedes si son especiales. De todo esto hablamos mientras hacíamos el circuito clásico: caña en El Brillante de Atocha, verdejo de Rueda en La Vinícola Mentridana y un manzanilla bien frío, acompañado de unas tajadas de mojama, en La Venencia, lugar singular al que hace una eternidad dediqué el Post #106 que les recomiendo leer, si es que no lo conocen.

El jueves acudí con mi amigo X y nuestro grupo de forofos del teatro a ver la performance que hacen Israel Elejalde, Irene Escolar y otros jóvenes actores sobre Un Enemigo del Pueblo, de Ibsen, en el Teatro Pavón, de Lavapiés. En realidad no representan la obra, sino que organizan una especie de foro político en torno a los conceptos que Ibsen trae a colación. Un teatro participativo heredero de los debates del 15-M, en el que acabaron poniendo en suerte al público para que opinara. El meollo de la cuestión era si el sufragio universal está bien o no, teniendo en cuenta que la mayoría de la gente suele ser estúpida (dice Elejalde), a lo que sus compañeros responden llamándole elitista y fascista. ¿Debería tener derecho a voto esa mayoría silenciosa y borreguil, manipulable hasta el extremo de votar contra sus propios intereses (Trump, Brexit, paz en Colombia, etc.)? Cuestión peliaguda. ¿Mi opinión? Estoy de acuerdo en que la democracia es el peor sistema político que existe, con excepción de todos los demás (Churchill dixit) y, sin embargo, no conozco ninguna alternativa, aunque desde esta tribuna se ha criticado muchas veces a esa chusma informatizada, que aúna incultura, cabezonería y resentimiento. Pero yo no he propuesto jamás que se les quite el derecho a voto. Si ganan una elección por mayoría, aunque sea con una opción política perversa, pues hay que aceptarlo. Como es natural, terminamos el debate en una terraza de la Plaza de La Latina, frente a unas croquetas y unos huevos rotos, regados con cerveza de barril.

Por último, el viernes, salí de la ofi y me fui a comer con mi amigo G. que es también mi personal shopper. Hace un tiempo montamos él y yo una compra, cuyos últimos flecos rematamos ayer, 31 de agosto, último día del plazo previsto, ante lo cual no tuve más remedio que invitarle a comer en agradecimiento a la brillantez de su trabajo. Esta vez elegimos un restaurante de la franquicia asiática Tao 3.6.9, en donde nos obsequiamos con unos entrantes de edamame y un par de gyozas, seguidos de un guiso de tiras de ternera con verduritas al wok, con noodles y ensalada de algas, para chuparse los dedos. Y con cerveza japonesa de presión, de la marca Sapporo, que es extraordinaria. Estuve a punto de pedir unos palillos chinos, pero me corté para no acomplejar a mi compañero.

En fin, del programa de fin de semana ya ni les cuento. Lo explicado más arriba no me ha impedido trabajar duro en la oficina y cumplir con mi programa de entrenamientos de madrugada. Ya sé que les sorprende la cantidad de amigos con profesiones raras que tengo, pero es que no se acaban de convencer de que este blog se está superando a sí mismo, y que, ahora mismo, se enfrentan ustedes a un auténtico influencer. Y además cabalgando sobre una ola desbocada. Con 67 tacos, tengo que cuidarme y estar muy atento, no me vaya a pasar como al Viceprimer Ministro de Uganda. ¿Cómo? ¿Que no saben lo que le pasó? Pues que, con 79 años y más de 100 kilos de peso, le tocó hacer el saque de honor en un partido de fútbol y… bueno, véanlo por sí mismos. Lo dicho: al que nace gordo, tontería que lo fajen. Que pasen un buen finde.