sábado, 7 de octubre de 2017

677. Yury Buida y los replicantes

El pasado jueves asistí en el FNAC de Callao a una charla con el escritor ruso Yury Buida, del que ya se ha hablado en este blog, uno de los autores punteros de la literatura rusa actual, galardonado con el premio Apollon Grigóriev, el más prestigioso de las letras rusas, y algunos otros internacionales, del cual he leído dos novelas fascinantes: El tren Cero (1997) y Helada sangre azul (2011), ambas traducidas al español por Yulia Dobrovolskaya y editadas por Automática Editorial, la empresa que, de forma esforzada y casi heroica, dirige mi amigo Darío Ochoa. Tanto Darío como Yulia estaban en el acto, la segunda en calidad de traductora sucesiva, porque nuestro hombre no habla ni palabra de otro idioma que no sea su ruso cerrado. La verdad es que asistíamos al acto no más de 25 personas, la mitad rusos convocados por la embajada y el resto amigos del club Billar de Letras, capitaneados por Ronaldo Menéndez, que ejercía de entrevistador.

Yury se sentó en el centro, con Yulia a un costado y Ronaldo al otro, cada uno con un micrófono. Pero desde los primeros compases Yury se hizo con el escenario, desde su figura enorme y su voz poderosa e hipnótica, eclipsando totalmente a sus compañeros que parecían quedar en sombra al lado de este gigante. El acto duró hora y media y a Ronaldo apenas le quedó margen para plantearle al escritor tres preguntas. Cada una de ellas desencadenaba una cascada de reflexiones sucesivas, que Yulia se esforzaba en traducir como podía. Las cuestiones puramente literarias fueron súper interesantes, pero en este post quiero centrarme en la larga disertación a la que dio pie la primera pregunta de Ronaldo, que quiso saber cómo se desenvolvía en la gran ciudad de Moscú, donde ahora vive, una persona de un pueblo pequeño como él. Esa pregunta le sirvió para contar sus orígenes y desvelar una historia con la que yo me siento muy identificado.

Yury Buida nació en el pequeño pueblo de Znamensk, en el oblast de Kaliningrado. No sé si ustedes son tan forofos como yo de la geografía, pero, si lo son, seguro que ya habrán advertido que la gran Rusia tiene un territorio escindido de su superficie principal, un enclave con salida al mar Báltico, encapsulado entre Lituania y Polonia y a más de 300 kilómetros del resto de los dominios del señor Putin. Ese es el oblast de Kaliningrado, unos 15.000 kilómetros cuadrados, más o menos el doble de la Comunidad de Madrid y del cual les pongo una imagen para que sepan de qué hablo.

























Kaliningrado es territorio ruso desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue conquistado y arrasado por las tropas soviéticas. Antes tenía otro nombre. Antes era la Pomerania oriental y pertenecía a Alemania. Los pomeranios, un pueblo eslavo, nunca han tenido un estado propio, siempre han estado bajo el dominio de pueblos vecinos más poderosos: la antigua Prusia, Suecia o Rusia. En este momento, la mayor parte de su territorio histórico (la Pomerania occidental) forma parte del estado de Polonia. Y es allí donde viven los descendientes de este pueblo ignoto. Porque en Kaliningrado no queda ni uno, como veremos. En cuanto a la capital del oblast, también por nombre Kaliningrado, no es otra que la vieja ciudad prusiana de  Königsberg.

Cuando los soviéticos se hicieron con el enclave a sangre y fuego, procedieron a efectuar un minucioso proceso de limpieza étnica, lo mismo que hicieron en Letonia. Toda la población alemana o de origen alemán fue deportada a tierras del derrotado Reich hitleriano y se procedió a repoblar el territorio con gentes de Bielorrusia, Ukrania, Kazajstán y la propia Rusia. Gentes a las que se ofrecían incentivos laborales y que fueron los encargados de reconstruir los pueblos y ciudades devastadas. En este contexto se inscribe la historia personal que nos contó Yury Buida y que no creo que puedan encontrar en ninguna búsqueda de Google.

Al parecer, los padres de Yury eran una pareja de abogados de la ciudad rusa de Saratov, un importante puerto fluvial del glorioso Volga. Siguiendo con mi afición a la geografía, les diré que el majestuoso río que atraviesa Moscú, termina, después de recorrer gran parte de la estepa rusa, en las aguas del Mar Caspio. Si remontamos río arriba desde este lago gigante, encontraremos sucesivamente unas cuantas ciudades portuarias de buen tamaño y cuajadas de historia. La primera de ellas, Astrakhan, famosa por la elaboración de pieles y abrigos de lujo (y originaria de la palabra astracanada que, contra lo que piensan algunos, no fue inventada en Cataluña). La segunda gran ciudad que nos encontramos es Volgogrado. ¿Cómo? ¿Qué no les suena? Tal vez la recuerden más por su denominación durante el período soviético: Stalingrado. Y la tercera es Saratov, (900.000 habitantes).

En los tiempos duros de la primera postguerra, al padre de Yury lo enviaron al Gulag. No nos contó por qué, pero en esos tiempos bastaba una frase, una mirada o una falta de entusiasmo patriótico, para que te enviaran a Siberia. Y sucedió que la madre de Yury perdió su empleo en un bufete y se quedó sin derecho a poder trabajar, excepto de fregona, por el mero hecho de ser la esposa de un represaliado. Esta señora, mujer culta y con contactos por toda Rusia, logró conectar con una amiga que había emigrado a Kaliningrado. Y la amiga le escribió diciendo que allí se estaba bien, que había trabajo y que nada le iba a impedir ejercer como abogada. Así que se fue. Por entonces quedaban en la zona unos 100.000 alemanes que todavía no habían podido trasladarse, pero les quedaban dos telediarios. En marzo de 1953, muere Stalin. Y, poco después, los represaliados por delitos menores o de opinión, empiezan a regresar del Gulag. El padre de Yury tiene la idea inicial de buscar trabajo en su tierra y repatriar a su esposa, pero encuentra muchísimas dificultades. Así que se va también a Kaliningrado.

Y, recién reunida la familia, tienen a su primer hijo, que nació en 1954 y hoy es este hombre de físico poderoso y verbo convincente. Desde muy niño, Yury descubre que en su tierra natal sucede algo raro. La gente no tiene pasado. Las historias de todos los vecinos empiezan el día en que llegaron a la tierra prometida; antes no hay nada, o no se habla de ello. Algún día me animaré a contar algo de mi historia familiar, porque yo nací en Galicia y crecí con una sensación similar, dado que mis padres se habían visto obligados a dejar su tierra y trasladarse allí por motivos muy parecidos y, en mi casa, tampoco había pasado y, si lo había, no se hablaba de él. Pero volvamos a Kaliningrado. Según Yury, como la gente no tenía pasado, lo que hacía era inventarse uno a su medida, a base de fantasear. Es decir, que allí todos eran escritores. Según admitió Yury con modestia, su único mérito es haber llegado a publicar, porque él se limitó a hacer lo que todos hacían en su tierra.

Y un detalle muy curioso. Como la región de Kaliningrado se reconstruye bajo los rígidos presupuestos ideológicos de la Rusia de Stalin, pues resulta que no había iglesias. La gente conservaba su fe de manera clandestina sin que las autoridades les dieran mucho la murga por ello, pero no había iglesias. Ni ortodoxas, ni católicas, ni sinagogas ni nada. Las primeras iglesias de la zona no se construirán hasta la llegada al poder de Gorbachov, hace cuatro días como quien dice, en lo que los lugareños llaman irónicamente “la segunda cristianización de Rusia”. Estas y otras muchas cosas interesantes nos contó Yury Buida de su infancia en lugar tan singular. En su pueblo había una torre de agua a cuya terraza se podía subir libremente y desde donde se divisaba el pueblo entero. Allí, de niño, Yury decidió que tenía que escribir sobre todo aquello, para que no cayera en el olvido. Al final hablé un rato con él y compartimos brevemente nuestras peripecias hermanas, con ayuda de la paciente Yulia Dobrovolskaya. Y me firmó sus dos libros, que llevaba para la ocasión. Lo que pasa es que me escribió sus dedicatorias en ruso, con su letra nerviosa, y es difícil saber lo que pone. Abajo la foto que nos hicimos, con Ronaldo y un par de chicas de Billar de Letras. Por cierto, mi nombre en ruso es:  Емилио Мартинес Ѵидал. 











Esa noche dormí inquieto. El tema de la ausencia de pasado y la necesidad de inventarse uno imaginario, conecta directamente con la angustia que sufren los replicantes de la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982), cuya secuela se puede ver en el cine estos días. Supongo que conocen la historia. Los Ángeles, 2019 (un año que parecía entonces muy lejano). La Humanidad ha conseguido construir unos robots tan perfectos que son una réplica idéntica del ser humano (por eso el nombre de replicantes) y es imposible distinguirlos de nosotros. Tienen sentimientos, miedos, aprehensiones y todas las emociones del catálogo humano. Y también tienen recuerdos de una infancia y una adolescencia dorada. Pero en realidad, estos recuerdos no son reales: se trata de implantes de memoria.

Y los más listos de entre estos robots empiezan a sospechar que su memoria es un fraude, que en realidad son máquinas y que encima tienen una fecha de caducidad o de obsolescencia programada. Y se rebelan contra eso. Los más radicales pasan a la clandestinidad. Y es entonces cuando se crea el cuerpo de blade runners, una policía especializada en descubrir y retirar (asesinar, digamos) a estos replicantes sediciosos. Yo entré en el Ayuntamiento en octubre de 1982, como ya se ha contado, y poco después vi la película en el cine Avenida, de la Gran Vía. Y me quedé tan alucinado que, al día siguiente, hablé apasionadamente de ella con todos los de la oficina. Mis colegas, todos más veteranos, me escuchaban con una cierta condescendencia y me decían: bueno, ya iremos a ver la película. Y yo les insistía: no, no, tenéis que ir ya, esta tarde, no la dejéis para mañana.

Algunos me hicieron caso y nadie se vio defraudado. Una compañera de entonces me confesó que había ido aquella misma tarde y había arrastrado a su marido que no entendía nada. Pero ¿quién te la ha recomendado? ¿Un pipiolo que lleva dos días entre vosotros y que no sabéis ni qué gustos tiene? ¿Y dices que tenemos que verla hoy mismo? ¿No podemos ir mañana? Tengo que decir que, antes de que la quitaran del cine Avenida, fui a verla por segunda vez, para poder disfrutar de los detalles, porque en mi primera visión había estado en la butaca con tal nivel de tensión que se me habían escapado muchos matices. Luego la he vuelto a ver incontables veces. La tengo en vídeo y me la pongo en las noches en que necesito descansar la mente del ajetreo y la incertidumbre del devenir cotidiano (aunque es una película para disfrutarla en pantalla grande y con sonido atronador). Y es un hecho contrastado que la película fue un fracaso de taquilla, que nadie la entendía entonces.

Durante años me he sentido como alguien especial, o con una sensibilidad singular, por el hecho de haber captado antes que nadie la grandeza de este film inolvidable. Tras escuchar a Yury Buida la otra noche y confrontar con él mi propio pasado, creo que la explicación es otra. Así que esa misma noche decidí acudir al estreno de Blade Runner 2049, al día siguiente, viernes. Necesitaba verla en pantalla grande y en versión original con subtítulos. El problema es que, con el cierre de los cines Ideal al lado de mi casa, lo que yo quería sólo era posible en el complejo Kinépolis de la Ciudad de la Imagen, en el camino a Boadilla del Monte. Así que cogí el coche y me fui para allá. Desde que regresé a vivir en el centro de Madrid, no había vuelto a ese horrible lugar impersonal, dedicado al ocio colectivo en medio del secarral castellano. Bastará decir que los replicantes que vi esa tarde no estaban en la pantalla, sino en la sala y en el vestíbulo.

En cuanto a las impresiones que me ha dejado esta secuela, las vamos a dejar para otro día, que no quiero hacerles un spoiler, como dicen ahora. Sólo una recomendación: quien no haya visto la primera, es mejor que no vaya a ver la segunda. No va a entender nada. Sean buenos. Y cuídense de los replicantes catalonios. 

miércoles, 4 de octubre de 2017

676. Mi única patria es el rock and roll

Y también mi única bandera. Mi pertenencia a esa patria me permite entrar solo en un bar nocturno de Vancouver, custodiado por dos tipos de negro en la puerta, y pasármelo de puta madre escuchando a un grupo que hace versiones de los clásicos y charlando con un compatriota de Iowa, recién casado, que comparte conmigo la bandera de la Creedence Clearwater Revival. Por eso estoy muy triste esta semana, porque lo que ha sucedido en Las Vegas es un ataque directo a mi mundo, a mi gente, a esa pacífica multitud que asistía al Route 91 Harvest, un festival de country music al aire libre. Había 22.000 personas disfrutando de este festival, que se celebraba por cuarta vez. Se disponían a cerrar la fiesta con el concierto de Jason Aldean, el cabeza de cartel. Entonces, desde el piso 32 de un hotel cercano, un malnacido empezó a disparar ráfagas de ametralladora sobre la gente, según un testigo, “como peces atrapados en un cubo de plástico”. El ataque duró diez minutos, mató a cerca de 60 personas e hirió a 500.

Se trata del tiroteo más letal de la historia de los USA, que manda carallo, con la de incidentes que han tenido. El desgraciado que lo hizo no tenía ningún móvil conocido. Simplemente se le cruzaron los cables. Le dio un barrunto, como a Pascual Duarte. Maldita sea su memoria. Los americanos tendrían que hacerse mirar eso de la libertad de armas. No sé a qué esperan para prohibir su venta libre de una vez. Es esta una semana triste, porque encima se ha muerto Tom Petty, el rockero más famoso de Florida, que tenía mi edad y estaba en plena forma, de hecho acababa de cerrar una gira por todo el país. Un ataque al corazón lo dejó frito este domingo. Les pongo un vídeo suyo, a modo de homenaje. Con este tema cerraba un concierto en su ciudad natal Gainesville, hace siete años. O sea que ya tenía unos sesenta. En los coros, Stevie Nicks, la que fuera cantante de Fleetwood Mac, a la que se ve también bastante mayorcita.


Al lado de esto, el desafío catalán no deja de ser una historia menor, una tragedia bufa que mueve a la burla. Pero hay que seguir hablando de ello, porque la almorrana está en plena supuración, los impulsores siguen dando pasos hacia el abismo, Rajoy está demostrando una ineptitud clamorosa para su puesto, y Pedro Sánchez no da el paso adelante que le llevo semanas reclamando desde este blog y que despejaría de una vez la incógnita de si estamos ante un verdadero estadista, o sólo es un tipo guapo, sin mucho más que serrín dentro del cráneo. Antes del malhadado 1-O, las cosas estaban donde estaban. Todo el mundo había visto las trampas que se habían hecho en el Parlament los días 6 y 7 de septiembre, el prusés había mostrado por fin la patita y se le habían visto las costuras a nivel planetario. Estaba claro que no se iba a poder hacer un referéndum en condiciones. Se trataba pues de montar la revuelta callejera y poner mejillas al viento a ver quién se llevaba las primeras hostias (yo avisé en el blog de que ese detalle, quién recibiera las hostias, iba a ser decisivo para el relato final).

¿Y qué pasó? Pues que el señor Rajoy pico el anzuelo, como un pancho de los que pescaba yo de niño en El Portiño. Hay que ser muy tonto para hacerlo tan mal. Hasta ahora sabíamos que Rajoy era un vago y un absentista, y podíamos imaginarlo la víspera murmurando entre dientes: y mañana el coñazo del referendum. Ahora además sabemos que es tonto y que es un inepto. Cuando digo tonto, no pienso que no sea inteligente. Más bien me refiero a una doble acepción de la palabra. Por un lado, estoy pensando en la definición de la madre de Forrest Gump. Supongo que conocen la escena. El niño Forrest está preocupado porque se siente diferente y todos se ríen de él. Entonces le pregunta a su madre: –Mamá ¿yo soy tonto? Y la madre, con paciencia infinita, se lo aclara: –Ya te lo he dicho, Forrest, tonto-es-el-que-hace-tonterías.

Hablo también de cómo usan la palabra los niños, cuando se sienten muy ofendidos o indignados. Se encaran con el ofensor, aprietan los puños, se empinan si son más bajos y le gritan frente a la nariz: –¿TÚ ERES TONTO? Pues, en este momento, una de las cosas que más me apetecería hacer es darme de bruces con el señor Rajoy para poner mi nariz a un milímetro de la suya (venciendo la repugnancia imaginada de la barba rancia) y gritarle muy alto: –¿TÚ ERES TONTO? Así de indignado me siento, coño. Porque es imposible hacerlo peor. Ha habido la semana pasada una imagen de este sujeto que ha pasado bastante desapercibida, pero es una foto cojonuda. Abajo pueden verla. Rajoy habla con Trump y se tapa la boca, como hacen los futbolistas, cuando les filman en directo. Para que nadie les lea los labios y averigüe lo que dicen. Qué estaría proclamando nuestro ínclito presidente, como para adoptar esa precaución de taparse la boca. Tal vez: Is very dificult todo esto de Cataluña. O: si no hago nada, ya estoy haciendo algo. La cara de Trump es un poema.


Vayamos por partes. Mi opinión sobre los secesionistas la he dejado bien clara en múltiples posts. Y estoy convencido de que a estos señores hay que darles duro. Hay que golpearles muy fuerte en la parte más sensible de su cuerpo. Tratándose de catalanes, me estoy refiriendo, por supuesto, a la cartera. A lo único que responden estos señores es a las multas. Por tanto, si están incumpliendo las leyes, pues multa que te crió. Los ciudadanos que salieron el domingo a votar no estaban en cambio incumpliendo ninguna ley, que yo sepa. Se limitaban a hacer lo que les había pedido su gobierno regional. No hacía falta molerlos a palos. Tal vez su conducta no fuera la más correcta o la que se deseaba desde Madrid, pero a un tipo que cruza un semáforo en rojo no se le disuade a porrazos.

La cosa estaba cantada. Estaba claro que no se iba a poder organizar una consulta homologable internacionalmente. Se trataba de otra cosa. Se trataba de escenificar exactamente lo que sucedió. Estos señores no dan puntada sin hilo. Si se preocupan hasta de cambiar los acentos de sus nombres (el presidente de la ANC ya no se llama Jordi Sánchez, sino Jordi Sànchez), no se podía esperar que descuidaran ningún detalle. Las urnas modelo tupperware gigante de los chinos estaban a buen recaudo. Los Mossos desactivados (¿para qué cree Rajoy que se molestaron en cambiar toda la cúpula de la policía autonómica unas semanas antes?). Y va el pánfilo del coronel ese y se fía del Trapero. Le ordena que clausure los colegios y el otro dice voy, un momento que la están peinando.

Ahora los jueces imputan a Trapero. Al que habría que castigar es al coronel ese de los Cobos, o de los Cojones, una auténtica alma de cántaro. Por Dios, ese tío al calabozo ya, a hacer flexiones en el suelo hasta mañana. Y si el ministro no es capaz de cesarlo, pues cese inmediato del ministro. Y si Rajoy no quiere cesar a Zoido, pues que se vaya él. Yo ya he firmado la petición de dimisión inmediata de Rajoy que está circulando por ahí. Porque el desafío del domingo no admitía más que dos conductas: o entras, arrasas y no vota ni el Tato, o no haces nada. Yo, por supuesto, me hubiera decantado por la segunda, creo que a palos no se consigue nada. Pero lo que no puedes hacer es empezar a repartir, que saquen la foto de la señora con la frente llena de sangre y la muestren al mundo, y luego recular y dejar que voten.

Según lo que yo seguí por radio y TV, los palos se produjeron al principio. Los europeos (y más tarde los americanos) se desayunaron horrorizados con las imágenes y los vídeos en directo. Después, la policía y guardia civil, al ver que los medios eran insuficientes, que los mossos se dedicaban a tocarse las pelotas a dos manos y que la batalla estaba perdida, optaron por retirarse y dejar hacer, excepto en contados lugares. En los primeros momentos, un portavoz de la Generalitat dio una cifra de 38 heridos. Luego, en el interior de la noticia se explicaba que sólo habían mandado al hospital a nueve. El resto lo habían solucionado con tiritas. Y entonces, al portavoz ese le leyeron la cartilla: –Pero dónde vas tú, pringao, con 38 heridos. Nada, nada, con el pifostio que hay montado, hay que dar una cifra mucho mayor, total nadie la va a comprobar. Y de pronto, milagrosamente, los 38 pasaron a 467, justo cuando ya no se estaba repartiendo leña. Luego, a alguien le pareció poco y duplicó la cifra. Para qué nos vamos a cortar.

Eso fue tal cual. Y también todas las otras falsedades que ha desvelado la prensa. La doña que declara con la mano vendada que la guardia civil le ha roto todos los dedos de la mano UNO A UNO (sic) y luego tenía medio rasguño. El tipo al que le da un flus antes de que llegue la pasma y se desmaya al mejor estilo de Luis Suárez, el tramposo que ejerce de delantero centro del Barça, que hace eso mismo en cuanto pisa el área. Los que votaron cuatro o cinco veces. Y el tipo que llega a la carrera con la urna de los chinos, se tropieza y se estontona contra el suelo, derramando el contenido del tupper, que ya venía lleno de votos antes de que nadie votara. Por no hablar de los pueblos con más votantes que censados. Con el recuento pasa lo mismo: un ingenuo se adelanta a anunciar que se va a tardar varios días en terminarlo y al rato se proclama la victoria del sí, por un noventaymuchos por ciento. Para qué contarlos, si no se trataba de eso.

Todo eso es cierto. Pero también son ciertas las imágenes de cargas contra una multitud formada por gentes de todas las edades. Y el vídeo en el que se ve a un policía saltando desde el escalón superior para tomar impulso y multiplicar el efecto de la patada que le da a un tipo que está ya caído. Ahí no hay trampa ni manipulación alguna. Y eso es culpa del señor Rajoy. Frente a un desafío que claramente le viene grande, no encontró mejor ocurrencia que resucitar a los grises. Una imagen que retroalimenta el discurso de los indepes, que sostienen que Franco no ha muerto, que seguimos igual que en sus tiempos.

Ese era el discurso de ETA, que empezó a matar en serio después del final de la dictadura. Ya les he dicho que yo viví en primera persona el momento más duro del conflicto vasco, porque viajaba con mucha frecuencia a Bilbao a visitar a mis amigos. Y recuerdo el día en que el uniforme de los grises se cambió a marrón. Poco después llegué una tarde a la vieja estación de ferrocarril del Norte (así se llamaba entonces la principal estación de Bilbao). Nada más bajar del tren, al lado del restaurante que regentaban los padres de mi colega Felipe Colavidas, en el ancho muro de piedra que delimitaba el pincel de las vías, una pintada gigante perpetrada a brochazos me dio la bienvenida: GRISES O MARRONES, IGUAL DE CABRONES. La coma la he puesto yo. Es falso que estemos igual que con Franco, pero los secesionistas lo sostienen y operaciones como la del domingo pasado sirven para realimentar la creencia.

Por culpa de Rajoy, la situación está en el peor momento. Pedro Sánchez, hablar no habla, pero se fijaaaaaa… Y el bueno de Pablo-Pablito-Pablete, pues casi mejor que se estuviera calladito. Lo mismo que Colau que cada vez que habla sube el pan. Ante la falta de alguien con talla de estadista, yo pediría que interviniera la Unión Europea, o la ONU. O que traigan a alguien de la escuela de mediadores noruegos. Como nos dejen solos vamos a acabar a bofetadas. Pero en serio, no como lo del domingo (el lunes quedaban cuatro ingresados en hospitales, dos de ellos con pronóstico leve). No hay más que ver la profusión de banderas españolas por los barrios de todas las ciudades de fuera de Cataluña. A mí me gustaría que poner una bandera de tu país en el balcón fuera algo normal. Pero ahora no lo es y por eso no la pongo yo. Por las connotaciones.

Aunque, bien pensado, si he empezado por decir que mi única bandera es la del rock, tal vez deba ser coherente. Tal vez baje a los chinos a comprar una enseña de Los Ramones para colgarla en la fachada de mi casa. Si lo hago, saldrá en el blog, por supuesto. De momento les dejo con la Creedence. Sean buenos.

 

domingo, 1 de octubre de 2017

675. Un fin de semana estupendo

Así de bien me lo estoy pasando en estos hermosos días del otoño madrileño. El viernes en torno a las 12 de la mañana me despedí de mis compañeros de oficina, todavía atónitos después de haberme visto llegar por la mañana perfectamente trajeado y con mi mejor corbata como en los buenos tiempos de mi carrera administrativa. Un coche oficial me llevó a la Casa de la Villa, en donde tenía una cita con cincuenta inversores, promotores, arquitectos y gestores de cooperativas, de la región holandesa de Arnhem. Los traía mi amigo suizo Werner Dürrer y el número inusualmente alto de miembros de esta visita me hizo buscar un lugar adecuado, que finalmente resultó ser la sala de la que disponen los grupos políticos municipales para sus reuniones de trabajo. Otro signo de los nuevos tiempos: tal vez recuerden que a otro grupo de holandeses que me trajo Werner tuve que atenderlos en el sótano de un bar de la plaza de Santa Ana en el felizmente fenecido trienio negro.

Les puse a los holandeses una presentación sobre los tiempos más recientes de la historia del urbanismo madrileño, el Plan General de 1997 y las nuevas líneas del urbanismo madrileño, que nos ocupó aproximadamente hora y cuarto. Recogí mis bártulos (había tenido que llevar mi propio ordenador) y me despedí de ellos, aunque me invitaban a comer en el Santiago Bernabeu, un clásico en los programas de Werner. En realidad tenía después otra cita, era un viernes de programa doble. Caminé hasta el Metro de Ópera y allí tomé el viejo Ramal Ópera-Norte, que me llevó a Príncipe Pío, desde donde seguí andando hasta Casa Mingo, tercera visita al lugar en unas pocas semanas. Allí me esperaba otra vez mi amigo Michael Shölz-Hansen, con un nuevo grupo de alemanes.

Esta vez se trataba de un grupo de expertos en parques y jardines, de la región de Berlín, que tenían un programa bastante completo, incluyendo Aranjuez, Toledo, Segovia, El Escorial, La Granja y los diversos jardines históricos de la capital, como el Capricho, el Retiro y el Parque del Oeste. Estaban acabando de comer cuando llegué, por lo que abrevié con un pincho de tortilla y un doble de sidra de grifo, para salir cuanto antes a Madrid Río. En algún momento le pregunté a Michael si había montado un negocio de viajes especializados, para redondear su sueldo de catedrático. Me dijo que no entre risas. Era una casualidad que le hubieran pillado dos viajes tan cercanos, pero no se pensaba dedicar a eso. La risa provenía de que el dueño del restaurante La Rana Verde, de Aranjuez, había pensado lo mismo que yo y le había invitado a comer, con trato de cliente Premium.

Como esta vez no se trataba de jubilados, la excursión fue más larga, aunque hubimos de cortar cerca de las seis, porque en su programa estaba visitar el jardín del Palacio de Anglona, una pequeña joya junto a la Plaza de la Paja, que cierra sus cancelas a las seis y media. Por cierto, que al menos tres de los cuidadores de jardines berlineses, que se definieron como ecologistas, me dijeron que les parecía una memez la idea de renaturalizar el rio Manzanares, por el sistema de abrir las compuertas de todas las presas intermedias, para que el río fluya libre. Eso ha hecho que salgan cañaverales gigantes y vengan muchas aves de distintos portes: patos, garzas, grullas y hasta cormoranes. Según el pronóstico de los alemanes, también vendrán las ratas y los mosquitos y serán los propios vecinos los que pidan que se vuelvan a cerrar las compuertas para convertir ese tramo del río en una serie de estanques, tal como se preveía en el proyecto Madrid Río. Me limito a transcribir aquí su opinión, este es un proyecto que han llevado adelante mis compañeros del Área de Medio Ambiente, y yo he de reservarme mi opinión al respecto.

Michael me dijo que le encantaría que volviera a visitarle en Leipzig. Les acompañé a coger un grupo de taxis en el Puente de Segovia y luego subí caminando a Príncipe Pío, a coger el Metro. Pero no me fui a casa todavía, sino a una reunión de negocios. Unos negocios de los que ya se hablará en este blog (o no) cuando toque. El caso es que, tras la correspondiente cerveza en una terraza, regresé por fin a casa, todavía con mi traje de gala y cargando con el ordenador. Y me acosté pronto, porque estaba reventado. Y el sábado debía madrugar como si de un día de diario se tratase, porque estaba apuntado a la Carrera del Orgullo Gay 2017, que se celebraba a las 10 de la mañana en el Parque Juan Carlos Primero, al lado de mi trabajo.

La verdad es que no tenía un especial interés en esa carrera en concreto, la elegí porque la distancia es de 5 kilómetros y porque es toda por el interior de un parque que conozco bien. No sé si han caído en la cuenta de que es la primera carrera que corro desde hace mucho tiempo. Se me ha ocurrido ir probando con la distancia de 5 kms, la misma que entreno dos o tres veces por semana, para ir recuperando sensaciones pero, si no me cantan la espalda o las rodillas, mi objetivo es llegar a correr otra vez alguna carrera de 10 kms. En esta ocasión, se apuntó conmigo mi amigo Marce, jefe de un restaurante cercano a mi curre donde suelo comer algunos días cada semana. Era la primera vez que corría una carrera, pero acabamos los dos con bastante dignidad, como pueden comprobar en el selfie que nos hicimos.


Después de la carrera cogí el coche de vuelta a casa, me duché a toda prisa y bajé a un bar a ver el partido del Deportivo, que por fin ganó remontando frente al Getafe. Esto de ser del Deportivo, me temo que este año es una vez más para sufrir. Hemos empezado muy mal y, a menos que mejoren las cosas, cada partido va a ser un dolor. El del sábado me dejó mucho más agotado que los 5 kilómetros anteriores. En el resto del fin de semana tuve tiempo de descansar y coger fuerzas para las semanas que vienen, que también son de órdago. El otoño es una estación preciosa en Madrid y uno puede pasear a la sombra de los castaños de Indias, tomarse un vermú de grifo en una terraza o visitar cualquier museo, sin que nadie te de la murga identitaria.

Hoy, 1 de Octubre ha sido un día clave para mí. Hoy se cumplen 35 años del día en que entré a trabajar en el Ayuntamiento de Madrid. Lo que quiere decir que, a partir de mañana puedo pedir el premio en metálico que está estipulado en mi convenio. Espero no tener que reclamarlo en los tribunales, como me sucedió con el de los 30 años, historia que se contó oportunamente en el blog. Poco más reseñable. He pasado la tarde viendo series, porque no me interesa nada lo del referéndum. Yo ya he dicho en estas páginas cuál es mi opinión acerca de un pueblo que se deja infectar por la independentella fastidiosa. Y he precisado que, aunque hubiera un 80% de partidarios de la secesión, a mí no dejaría de parecerme una  tendencia retrógrada y casposa, impropia de los tiempos en que vivimos.

A este respecto, coincido plenamente con el artículo que pueden leer AQUÍ. Lo firmaría sin cambiarle una coma. Se publicó hace unos días en el diario francés Liberation, el que fundó Jean Paul Sartre, ahora mismo una verdadera referencia de la izquierda europea. Le atiza bien también a Rajoy, con todo merecimiento. Lo cierto es que el presidente está manejando bastante mal la partida. Los independentistas buscaban hoy la foto de la señora con la cabeza llena de sangre y toda Europa se ha desayunado ya con ella. Lo demás ha sido un correlato lógico. Esto no ha hecho más que empezar y yo no soy quién para decir lo que habría que hacer para reconducir el entuerto. Tal vez debería de intervenir la Unión Europea, si no quieren que el mal se reproduzca. O buscar el arbitraje de la ONU. El otro día sugerí a Pedro Sánchez como persona que podría ponerle el cascabel al gato, pero hoy ha estado desaparecido. Necesitamos a Penélope Cruz gritando: ¡PEDROOOOO!

A comienzos de semana, los coreanos del KDI me pidieron que les recomendara un lugar en donde escuchar flamenco. Les hablé de Casa Patas, donde se puede cenar y presenciar el espectáculo por un precio relativamente módico. Un par de días después viajaban a Zaragoza en tren, para visitar unas obras hidráulicas del Ebro que no conseguí precisar. Y luego seguían a Barcelona, desde donde volaban esta noche a Seúl. O sea, que les ha pillado todo el pollo. Entiendo que se han llevado una visión muy precisa de España: flamenco e independentismo. Sólo les ha faltado ver una corrida de toros.