martes, 7 de febrero de 2017

608. Birmania en unos primeros trazos

Escribo ahora desde Kalaw, unos 60 kms al oeste del extremo norte del lago Inle, en donde estamos descansando un rato, para guardar fuerzas para el día de mañana, en que afrontaremos una marcha senderista de seis horas efectivas que, sumando las paradas en las sucesivas aldeas que visitaremos, nos ocupará seguramente todo el día. Todo va perfectamente hoy, al final del sexto día de viaje, salvo las habituales cagaleras que algunos del grupo han debido sufrir, como peaje habitual y esperado cuando uno visita esta parte de Asia, por lo demás, súper interesante. He de aclarar dos cosas. UNO, el Internet de los hoteles en los que nos vamos hospedando va como el culo. DOS, en dichos hoteles no suele haber habitaciones individuales, sorpresa que nos llevamos nada más llegar a Yangón. 

Ambas circunstancias van a incidir en mi producción bloguera de estos días, porque ya saben que no me gusta ponerme a escribir cuando viajo acompañado. Si tengo un cuarto para mí solo al final del día, puedo plantearme elaborar unas líneas. Escribir es para mí una actividad de solitario. No va a ser el caso de este viaje en que me está tocando compartir habitación con mi amigo M.A. de quien ya les hablé el otro día. Tomelloso al poder. Estamos meditando inscribirnos a nuestro regreso en el registro de parejas de hecho. Yo creí que iba a tener habitaciones individuales y con esa idea me traje el portátil nuevo, que aproveché para comprarme. Pero me he encontrado con un grupo incansable, que apura las jornadas al límite y con el que me lo estoy pasando muy bien. Y cuando llego al cuarto, no estoy solo.

Aclarado este punto, les diré que Birmania es un lugar grato, con una cultura específica y a la vez muy típica de esta zona de Asia. Es un país en vías de desarrollo, a partir de una situación de mucha pobreza, agudizada por los años de dictadura militar severa, de la que poco a poco van emergiendo. Un detalle. Se conduce por la derecha, pero casi el cien por cien de los vehículos lleva el volante al lado contrario. Durante mucho tiempo se condujo por la izquierda, hasta que la dictadura decretó el cambio. Pilló a todo el mundo con coches japoneses y se acostumbraron a seguir con ellos. Y hasta ahora. Los camioneros, autobuseros y furgonetas llevan un ayudante del conductor, sentado en el asiento de la izquierda, para ayudar en los adelantamientos. Las carreteras son malas pero las están arreglando y ancheando.

El aeropuerto al que llegamos tiene todo el suelo cubierto con una gruesa moqueta, algo que no he visto en ningún lugar del mundo y que no me parece demasiado práctico en una zona con un clima como este. Yangón, que en castellano suele denominarse Rangún, es una ciudad de 8 millones de habitantes, según nuestro guía Khine (al que M.A. llama Jaime), dato contradictorio con el de 5 millones que dicen las wikipedias. Creo que la diferencia se debe a que posiblemente haya 5 millones censados y otros 3 ilegales o irregulares. Es una ciudad portuaria, con un strand todo a lo largo del río Yangón, que separa la ciudad del puerto. El strand está formado por dos carreteras paralelas, entre las que hay una larga franja de apenas diez metros de ancha con una hilera de chiringuitos muy concurridos por las noches, donde los birmanos se toman sus cervezas y sus pescaitos entre el ruido y el humo de los coches y camiones que los rodean por ambos lados.

Yangón es una urbe importante, dentro del área del sureste asiático, con un bullicio y una actividad comercial continuos y un tráfico caótico y siempre congestionado. Los peatones han de cruzar por donde puedan, porque no hay pasos de peatones. Uno se sitúa al borde del río de coches y motos y amaga con salir. Pero nadie se detiene para cederte el paso. Entonces hay que lanzarse a la aventura. Los conductores se desvían para no atropellarte, tocando todo el rato las bocinas y pasándote a milímetros. Pero nadie se enfada y no hemos visto un solo accidente. Una regla de oro: no debes nunca dar un paso atrás. En cada instante has de elegir entre quedarte parado o avanzar, pero nunca retroceder. Si retrocedes, te juegas la vida, porque nadie lo espera. Yo ya conocía esta forma de cruzar, de mis viajes a Sri Lanka y es algo a lo que uno se acostumbra enseguida. La ciudad es tan caótica, que el gobierno se ha trasladado a otra nueva, como se ha hecho en Corea del Sur, Sri Lanka, Nigeria y tantos otros países (Brasil fue uno de los primeros). Birmania tiene ahora una capital económica (Yangón) y una capital administrativa (Naipyidó).

Como sabrán, la persona más destacada en este momento de su historia es la señora Aun Sang Suu Kyi, premio Nobel de la Paz e hija del general Aun Sang, el héroe nacional que liberó Birmania del dominio inglés. Tras mantenerla muchos años marginada y detenida (la mayor parte del tiempo en arresto domiciliario), los militares propiciaron una transición a la democracia, tutelada por ellos y con algunas condiciones. Por ejemplo, en el nuevo Parlamento, los militares se reservan un 25% de los escaños, que se asignan por designación directa (algo que recuerda a los 40 de Ayete). Otra más: la señora Kyi está vetada para ser candidata a la presidencia del país. Algo que le da igual, porque su partido ha ganado las dos elecciones que se han celebrado por mayoría abrumadora. Y esperan a tener un poder aun mayor para hacer el cambio constitucional que les lleve a una democracia plena.

Mientras tanto, la sociedad ha iniciado el camino a una prosperidad que ya resulta imparable. El PIB crece en tasas superiores al 13%, el capital extranjero entra por todas partes y el turismo empieza a mostrar atención por este país tan hermoso y con una gente tan acogedora. Después de dos días de viaje interminable, vía Pekín, iniciamos nuestro viaje en Yangón. En una ciudad tan grande, hay varios lugares de visita obligada, como el barrio chino, el barrio indio y el mercado Scott, una cuadrícula de puestos de venta de toda clase de productos bajo una gran cúpula traslúcida. Y, por supuesto, algunas de las innumerables pagodas cuyas cúpulas doradas sobresalen sobre los tejados de la ciudad. Entre ellas destaca una en especial: la gran pagoda Shwedagon, al lado de nuestro hotel.

Mis colegas conocen Thailandia, Camboya y Vietnam, pero coinciden en afirmar que nunca han visto una nada semejante a esta monumental pagoda con sus más de mil esbeltas estupas (así se llaman sus pequeñas construcciones auxiliares), por entre las que circula un montón de gente de todas las edades y condiciones que vienen a honrar al Buda, a meditar y a hacer sus peticiones para una vida mejor. Lo que menos hay aquí es turistas (se les cobran 8 dólares USA por entrar). Voy a intentar subirles unas imágenes de esta monumental pagoda, mientras mi compañero de cuarto duerme a pierna suelta. Se las dejo como despedida, para que se hagan una idea de lo que es esta maravilla del arte budista.










domingo, 5 de febrero de 2017

607. Desde la misteriosa y sugerente Birmania

En día de tristes aniversarios, cuento por primera vez con un rato para escribir, en mi habitación del Hotel Merchant Art Residence, en el centro de Yangón (Birmania). Con la memoria presente del compañero del alma que se fue justo hace tres años, y a quien recordamos no sólo hoy sino cada día del año, vamos con una apresurada reseña de lo que es mi viaje hasta ahora. El desplazamiento desde Madrid es una secuencia interminable, en la que se suceden las etapas viajando hacia atrás en el tiempo, como los protagonistas de aquellas viejas películas de ciencia ficción de serie Z, en las que los tipos en blanco y negro mostraban su ingenua perplejidad ante hechos que no comprendían del todo.

Me encontré con mis colegas en el reino de las tortugas en la estación de Atocha, a las 9 de la mañana del día 2 de febrero. De allí salimos en el cercanías hasta la T4, en donde nos subimos a un bus gratuito, de vuelta a la T2. Podríamos haber ido directamente en el bus amarillo, pero era un momento de hora punta y con lluvia en Madrid, con lo que era seguro que el bus se habría atascado en el marasmo de conductores atocinados en que se convierte el tráfico de la capital en esas circunstancias. Además, de la otra forma el desplazamiento nos salía gratis a todos (ellos con el billete del AVE y yo con mi pase), mientras que el bus amarillo cuesta 5 euros a todo el mundo. En Barajas facturamos y nos deshicimos del maletón mayor, para estar en punto a la hora de salida, las 13.20.

Dos horas y medio después aterrizamos en el aeropuerto de Frankfurt, en donde nos esperaba una escala de tres horas. Estábamos todavía, como quien dice, de este lado, por lo que aprovechamos para poner whatsapps y hacer alguna llamadita a horas cristianas. Porque lo siguiente era un viaje de nueve horas hasta Pekín, en donde el desfase horario es de siete horas con Madrid. Es decir, que a la hora que marca el reloj de pulsera hay que sumarle siete horas. Y allí nos esperaba una escala de nada menos que siete horas más. El aeropuerto de Pekín es desmesurado, faraónico, gallardónico. El diseño y los materiales tienen un aire a la T4, pero es más feo y los inmensos espacios resultan desangelados y excesivos para el número normal de usuarios, sensación subrayada por el frío que hace, pues es imposible calefactar unos espacios tan sobredimensionados, tanto en superficie como en altura.

Los pasajeros en tránsito deambulan por allí sobrecogidos por las dimensiones de unos habitáculos diseñados más para impresionar y mostrar la pujanza del régimen del nuevo capitalismo de estado, que por unos requerimientos de confort. La vista que se puede percibir a través de las inmensas cristaleras, nos muestra a lo lejos una ciudad embozada bajo la manta de contaminación, que es algo que, hasta que no se ve no se puede comprender en su magnitud. Abajo les pongo un par de imágenes. Entre unas cosas y otras, uno pierde las nociones más primarias, así que no les extrañará que en medio de ese tiempo suspendido, punteado por esporádicas cabezadas en unos asientos incomodísimos, yo suscitase la hilaridad del grupo cuando pregunté: “Pero, ahora mismo, ¿Estamos a 2 o a 3 de febrero?” Todos se rieron, pero, cuando les insistí, me dieron respuestas dispares.


En algún momento de este no-tiempo, alguien dijo que ya estaban abriendo el embarque y caminamos hasta la puerta correspondiente. El vuelo Pekín Yangón dura cerca de cinco horas más y por suerte iba medio vació, por lo que pudimos estirarnos un poco. Habíamos dormido unas cuantas horas en el vuelo desde Frankfurt, lo que en términos de ritmo circadiano podía corresponder a la noche del día 2. Y ahora lo intentamos de nuevo, con éxito desigual. Lo cierto es que salimos de Pekín ya de noche, así que seguramente estábamos cerrando ya el día 3 de febrero. El problema es que en Birmania hay que volver a cambiar la hora, porque retrocedemos en el ritmo de los husos horarios. De las siete horas que habíamos añadido, ahora había que restarle hora y medio. Los birmanos son tan cachondos que se han puesto media hora a su medida. Así que, ahora que son las 9.30 del día 5 de febrero, en España son ls 4 de la madrugada anterior. Ustedes están cómodamente durmiendo la noche del sábado.

Por lo demás, el aeropuerto de Yangón es pequeño, hay que bajar a la pista a coger un bus a la terminal, lo que ya te permite captar el cálido y húmedo ambiente del trópico. Colas interminables para pasar la frontera, en donde hay que mostrar el visado obtenido on line y los tres impresos que te dan en el avión, donde has de contestar las habituales preguntas absurdas: ¿ha estado usted en contacto en los últimos tiempos con rubber garbage? Para quien no sepa lo que es rubber garbage, en castellano lo llamaríamos estiércol, pero en gallego hay una palabra más precisa: estrume. Sólo entonces llegas a la cinta de los equipajes y allí, de forma milagrosa, aparece tu maleta intacta, esa misma que dejaste en Madrid. Siempre me ha resultado algo asombroso que, después de tres viajes, las maletas lleguen al destino fijado.

Afuera nos esperaba el guía que hemos contratado, un chaval de poco menos de 25 años, cuyo nombre es Khine. Sí, nosotros le llamábamos exactamente como ustedes lo acaban de imaginar, pero nos ha aclarado que la pronunciación correcta es Jain. Nos monta en un microbús con capacidad como para unas treinta personas, en donde hay un aire acondicionado gélido, así que agradecemos la ropa de invierno. Tengo que cortar, que me reclaman para continuar viaje. Sean buenos.

jueves, 2 de febrero de 2017

606. En capilla

Bueno, pues aquí me tienen con las maletas preparadas. No se pueden imaginar las ganas que tengo de subirme en el avión y que despegue. Por cierto, volamos en Air China, una línea que no he usado en mi vida. Ahora se dice que los chinos son los principales garantes del orden mundial, frente a la entrada de Trump cual elefante de Kerala en cacharrería de la porcelana tras destrozar los vehículos de todo bicho viviente. Al paso que lleva el señor Trump, no va a dejar títere con cabeza. Si no fuera tan peligroso como parece, sería para morirse de risa con él. Nadie ha logrado tal volumen de imágenes satíricas en la prensa mundial. Vean, por ejemplo esta de una revista alemana. La Trump-chacina.

Cuando uno se va de viaje tantos días, sucede que todo el mundo le urge a dejar terminadas determinadas tareas antes de irse. Me ha pasado a mí, tanto en el trabajo, como en mis asuntos privados, esos de los que no se habla en el blog. Esa presión me ha tenido bastante estresado y por fin he llegado al punto de tener por fin un rato libre. Lo que pasa es que ya es muy tarde, estoy cansado y tengo que cenar. Si me he puesto a escribir es porque tengo por fin un ordenador nuevo. Es un Lenovo (me dicen que es una franquicia de IBM), modelo Ideapad 510S. Es planito, ligero, con teclado clásico (sin ese teclado numérico a la derecha que les ha dado por poner ahora y que, al menos a mí, no me sirve para nada, salvo para hacer el tamaño del aparato más grande). No tiene pantalla táctil, ni inventos estrambóticos. Es sencillo y práctico. Así que estoy probando sus utilidades.

De momento ya he conseguido traerme una foto que me mandaron al móvil y subirla (la tienen arriba). Ahora voy a probar a poner el link a un artículo, a ver si furrula. De todo lo que he podido leer en estos últimos días, destaca por encima de todo el análisis de la situación que hace el gran Santos Juliá, ferrolano, maestro de los historiadores españoles y con su agudeza y humor intacto a sus 76 años. No he leído mejor reflexión hace tiempo. Y es de agradecer su uso del lenguaje y el fino humor con el que se ríe de todo el mundo, desde Lenin, hasta las diversas tontunas del lenguaje. Es sensacional una frase en la que parece que se está riendo de lo de todos y todas, cuando de lo que se está choteando es de lo de y cuando digo todos es todos. Esa es la dialéctica de hoy en día: no es no, referéndum o referéndum. En mis tiempos nos reíamos del señor Boskov por lo de fútbol es fútbol. Ahora sería considerado un tipo a la moda. Bien, les recomiendo encarecidamente que lo lean. Para ello han de pinchar AQUÍ.

Parece que la cosa funciona. Ahora voy a probar a subir un vídeo. Ya que estamos con Trump, pues vean cómo se las arreglaba Cantinflas para acceder a los USA mucho antes de que a nadie se le ocurriera poner muros al campo. Supongo que ya saben que, de los 3.000 kilómetros de frontera que hay entre USA y México, aproximadamente un tercio ya tiene muro, y fue precisamente el marido de la señora Clinton (¿o debería decir la señora de Clinton?) quien inició su construcción. Estos gringos son todos iguales, lo que pasa es que Trump no lo disimula.


Finalmente, me queda el truco de hacerme un selfie y subirlo. Abajo lo tienen, espero. Saludos birmanos. Mañana he quedado a las 9.00 en Atocha, en el estanque de las tortugas. Allí me reuniré con mis compañeros, que llegan en el AVE, y saldremos para el aeropuerto. Ya les iré contando. Pórtense bien.