sábado, 5 de noviembre de 2016

572. En la maravillosa Kyoto

Bueno será ir cerrando temas, que la realidad nos atropella, el lunes me pasaré todo el día con el señor Rasmus Frisk un danés virguero (que no birrero, espero), el martes voy al teatro a ver Serlo o no, con Flotats; un día de estos abrirán otra vez la Línea 1 de Metro y en nada tenemos las decisivas elecciones USA, con la posibilidad de que gane el señor Tump y nos vayamos todos a la mierda. Sería el cierre perfecto para un año nefando a nivel colectivo. A la espera de tales marejadas, por aquí lleva dos días lloviendo, lo que es una bendición para Madrid. La lluvia se lleva la contaminación, limpia los meados del botellón y las cacas de los perros con amo incívico. En mi primer día madrileño, me he comido un buen plato de lentejas y he subido a la Casa del Libro de Gran Vía para hacerme con los dos libros que he de leer para las sesiones de noviembre y diciembre de mi club de lectura.

Lo que pasa es que tengo muchas cosas que contar, tanto de Japón, como de Marsella y de la actualidad de estos últimos días. Así que manos a la obra. En Japón nos habíamos quedado en Kanazawa, ciudad de tamaño medio a orillas del mar de Japón. Aquí visitamos un pequeño barrio de geishas, un castillo reconstruído y (lo más interesante) el jardín Kenrokuen, uno de los más famosos del país. Los japoneses son los mejores diseñadores de jardines del mundo y el otoño es el momento para observar mejor los juegos de colores que producen el rojo de los arces y el amarillo de los ginkos. Tal vez la mejor época para visitar el país sea unos quince días después de nuestro viaje. A mediados de octubre, la sinfonía de colores estaba sólo amagando con empezar, como ven en esta imagen. Más abajo, una escena de los equipos de mantenimiento del parque.




Después de comer nos fuimos a la estación del ferrocarril, a coger el tren bala para Kyoto. El sistema de transporte público de Japón es extraordinario, desde el Metro de las grandes ciudades, los suburbanos (para visitar la isla de Obaida, en Tokio, tomamos un monorraíl que circula a toda velocidad sin conductor) y, por supuesto, los trenes interurbanos, tanto los de velocidad media, como los famosos tren bala, en realidad no más rápidos que el AVE o el TGV, pero con la cualidad de haber sido de los primeros trenes de alta velocidad y el acierto del nombre que les pusieron. En este momento son trenes con un diseño ligeramente anticuado, pero bien conservados, limpios, puntuales y de funcionamiento impecable. Aquí me tienen explicando algo junto al morro de un tren bala.



Pero les hablaba de de la estación de ferrocarril de Kanazawa. Es espectacular. Hasta el punto que preguntamos quien era el arquitecto que había diseñado esa maravilla. Nos dijeron que era obra de Hiroshi Hara, pero buscando en Internet no he podido contrastar el dato. Hiroshi Hara es uno de los grandes arquitectos japoneses vivos (tiene 80 años) y es desde luego el autor del proyecto de la estación de tren de Kyoto, que también es muy impresionante (además del estadio de Sapporo y algunos edificios emblemáticos de Osaka). Pero es que la de Kanazawa tiene un enorme espacio frontal con una cubierta acristalada altísima que descansa por el exterior en una especie de torii gigante, que marca la entrada desde la ciudad. Creo que es una de las estaciones más bonitas que he visto.



El tren bala nos devolvió plácidamente a las costas del Pacífico, donde duerme la magnífica ciudad de Kyoto. Teníamos reservado un hotel en el centro, lo que nos permitía salir a callejear por la cuadrícula de esta ciudad señorial, de millón y medio de habitantes, antigua capital imperial y centro turístico de primer orden con sus más de mil quinientos templos y santuarios. Aquí el ambiente es tranquilo y con un punto mágico, lejos del estruendo de Tokio. No en vano fue la capital de Japón hasta la revolución Meiji, en 1868, que se la llevó a Tokio (por cierto, los dos nombres significan lo mismo: ciudad-capital o capital-ciudad). Después, en todo momento mantuvo ese punto señorial, esa belleza especial. Tal vez por eso no fue nunca bombardeada en la Segunda Guerra Mundial. Hay ciudades que son tan hermosas que hay que tener mucho valor para dar la orden de destruirlas. Ya les conté el caso de Cracovia, respetada tanto por los nazis como por los soviéticos. Lo mismo sucedió con París (recuerden la película ¿Arde París?).

En el caso de Kyoto, parece que llegó a ser preseleccionada como objetivo para la bomba atómica, pero el Secretario de Guerra USA, cuyo nombre he olvidado, la sacó de esa lista, al parecer porque había pasado allí su luna de miel y nunca se hubiera perdonado destruir el lugar de sus sueños postnupciales (estos yanquis ya saben que tienen un punto hortera). Yo tiendo a creer que esta ciudad tiene un aura especial, que suscita el cuidado de los dioses. Allí nos quedamos cinco noches, aprovechando para hacer un par de excursiones de un día, a Nara y a Hiroshima-Miyayima. Y nos fuimos con la sensación de no haber visto ni una mínima parte de lo que ofrece este lugar único.

A estas alturas del viaje, uno empieza a ver todos los santuarios y templos como si fueran repeticiones del mismo, y se imagina que ya nada le va a sorprender. Pero en Kyoto, las cosas dan un paso  más adelante y uno se vuelve a quedar patidifuso. Porque aquí está el castillo de Nijo-jo, el lugar donde vivió el gran Tokugawa Ieyasu, el unificador del país, tan desconfiado que rodeó sus aposentos de unos pasillos con el llamado suelo de ruiseñores, en el que es imposible caminar sin que sus maderas se quejen de forma tenue pero significativa. Uno ha de descalzarse para visitarlo, pero eso no evita los ruiditos. Este hombre es el que recibía a sus visitantes un escalón más alto y en compañía del niño de la campanita, como ya les conté. El castillo es precioso, como ven en estas fotos.



Es también interesante el archifamoso Templo Dorado, junto al estanque kioko-chi (espejo de agua), patrimonio de la UNESCO como otra veintena de templos y santuarios de la ciudad. Este edificio, de paredes bañadas en pan de oro, no se visita, sino que se ve desde el otro lado del estanque, en donde se agolpan las hordas de turistas para hacerse la foto consabida. Hay que esperar a que quede un hueco para hacerse la foto de marras, cuyo resultado tienen abajo.


Lejos de la presión del turismo masivo, Kyoto está llena de pequeños santuarios, tranquilos y recoletos, algunos espectaculares, como el Fushimi Inari, con su corredor de toriis, o el Ryoan-ji, con su jardín zen sin plantas, ejemplo de arte conceptual. Abajo unas imágenes, la del jardín zen bajada de Internet (por eso es primaveral), porque aquí la máquina de fotos se me quedó sin batería, tal vez impresionada por la rotundidad de la composición zen.




Por las noches, después de una intensa jornada de contemplación de la belleza, uno ha de darse una vuelta por Gion, el barrio de las geishas, con sus pequeñas tabernas y restaurantes de todos los estilos y precios. A veces basta levantar una de las cortinitas de la puerta para que te inviten a entrar, te ofrezcan una cerveza Asahi o Kirin, a cual más rica, y te empiecen a sacar tapas de toda clase. Todo esto se desarrolla por señas, con ayuda de menús con fotos de los platos. Muchos de estos pequeños bares tienen también maquetas escala 1:1 de cada uno de los platos, perfectamente reproducidas en silicona. Lo único es que, como les dije, los japoneses suelen comer poco y a veces hay que insistirles para que te saquen más. Las gentes de Kyoto salen mucho por la noche a comer y a beber. Y luego se pasan media hora a la puerta del restaurante despidiéndose con innumerables reverencias. Lo dejaremos aquí. Se pueden escribir libros sobre Kyoto, pero ya me estoy saliendo de formato. Les dejo con una imagen nocturna de Gion. Que sigan pasando un buen fin de semana pasado por agua.



viernes, 4 de noviembre de 2016

571. El tercer congreso del año

Me refiero a mis congresos de urbanismo, no al de diputados. Tal vez recuerden que en febrero estuve en Londres, hace un par de meses en San Petersburgo y ahora estoy en Marsella, aquí en el hotel Golden Tulip, haciendo un poco de tiempo por la mañana, porque me he relevado a mí mismo de asistir a la visita técnica programada para hoy, que cerraba las actividades del Congrés du Reseau des operateurs et amenageurs de la ville durable en Méditerranée, un sarao que al parecer se celebra todos los años en esta gran ciudad costera. Cuando manifesté mi decisión de reengancharme para seguir en activo unos años más, algunas personas se extrañaron y me preguntaron: ¿Pero no tienes ganas ya de jubilarte? ¿De verdad te merece la pena seguir madrugando para irte cada día al culo del mundo a pasar la mañana como alma en pena? Pues esta es mi respuesta. Con que me salgan un par de eventos de este tipo al año ya me compensa. Y este año me han salido tres. Las circunstancias por las que me han invitado a participar en tales saraos han sido diferentes.

En cuanto al de Londres, la TfL (Transports for London) está estudiando la posibilidad de soterrar las principales carreteras radiales de la ciudad, en los tramos interiores a la M-25 (una carretera similar a la M-40 madrileña), para hacer jardines en superficie. Organizaron el congreso Steets Ahead en febrero para lanzar la idea. Y buscaron algún ayuntamiento loco que hubiera hecho algo semejante. Encontraron dos: Estocolmo y Madrid. Se pusieron entonces en contacto con la empresa Madrid-Calle 30 (lo siento, se llama así), compañía que encontraron descabezada, por haberse jubilado en Navidad el anterior consejero delegado, nombrado en tiempos del PP y buen amigo mío, y no haber sido nombrado aún sustituto por las nuevas autoridades municipales. Los directivos de la empresa entraron en pánico y me llamaron pidiendo ayuda, puesto que conocían mi facultad de contar el proyecto en inglés. Yo les dije que sí y preparé una presentación. Antes del viaje, nombraron a Samuel Romero nuevo consejero y este joven ingeniero, ahora también amigo mío, se reunió conmigo y decidió dejarme contar mi rollo y acompañarme en el viaje.

En el caso de San Petersburgo, alguien de la Asociación Mundial del Urbanismo Subterráneo debió de conocer nuestro proyecto Madrid Río y vio de interés que alguien lo contara en el congreso bienal de dicho organismo, a celebrar en Piter, dado que se trata de un proyecto que se ajusta como anillo al dedo a los objetivos de dicha asociación. Para ello, pidieron al Gobernador de la ciudad que escribiera a la señora Carmena invitándola a venir o designar a alguien. Y desde su gabinete ya nos escribieron, indicándome a mí, con nombre y apellidos, como persona indicada, para lo que pedían que se me preguntase si quería ir, puesto que estaba de baja, etcétera. Este es el congreso que más me ha merecido la pena de los tres y en el que creo que hice un papel mejor. Y llegamos a Marsella.

En este caso, los organizadores del congreso tenían tres sesiones diseñadas, la primera de ellas dedicada a las formas de colaboración público-privada en las grandes operaciones urbanas. Se interesaron entonces por nuestro proyecto M-30/Madrid Río. Conectaron con el arquitecto que encabezaba el equipo ganador del concurso de ideas y diseño del parque, Ginés Garrido, pero querían también una visión contrapuesta desde la administración que promovió y financió este doble proyecto. Ginés les dio el nombre de José Luis Infanzón, que dirigió las obras de Madrid Río desde el Ayuntamiento. Y este señor, actual Director General de Obras, también buen amigo mío, fue la persona que me pidió que le sustituyera, dado que está muy ocupado, porque no en vano está a punto de poner la ciudad patas arriba con sus nuevas operaciones para hacer carriles bici y ganar espacios para el peatón.

Les cuento todo esto para que vean que las cosas me vienen por caminos diferentes, pero que poco a poco se va sabiendo por ahí que puedo responder con un mínimo de calidad a estos retos que conllevan viajar y manejar idiomas. Lo que no sé si saben es que el asunto me gusta como a un niño una chocolatina. Así que el martes día 1 llegué al hotel más o menos a mediodía y conté con 24 horas para enredar por la ciudad, descansar la mente y preparar mi presentación. El día 2 llegó Ginés por la mañana y quedamos a la una para salir andando a la sede del congreso, más o menos a media hora de paseo, para estar allí con tiempo, cargar nuestras presentaciones y no tener agobios de tiempo, dado que la hora de inicio eran las dos en punto. Pero Ginés se me retrasó cerca de 15 minutos y además venía con un hambre de la hostia, por lo que hubimos de parar en una pizzería de la que salían unos efluvios imposibles de ignorar. Llegamos como a las dos y diez. Y resultó que éramos los primeros.

Esta es la primera cosa que me llamó la atención: la puntualidad mediterránea. Unos días después de regresar de Japón es algo muy llamativo. Aquí le llaman a eso el cuarto de hora de Aix. Lo explico. Marsella es nada menos que la capital de la PACA. ¿Cómo? ¿Que no saben lo que es la PACA? Desde luego, es que no tienen ustedes ni puta idea de muchas cosas. Les pasa como a mí. Bien, la PACA es la región francesa de Provenza, Alpes y Costa Azul. Hala, ya lo saben. El caso es que esta es una urbe enorme, capital económica de dicha cacofónica región, ciudad portuaria, dura, mestiza y un poco basta (digamos). Al menos así se la ve desde Aix-en-Provence, la aristocrática, elitista y finolis ciudad del interior, capital cultural del sur francés, en donde están, por ejemplo, las mejores universidades de letras, especialmente la de Derecho. Los marselleses, que son unos cachondos, como vimos el día de la visita del Club des Clubs Immobiliers de la France, devuelven el pique con cosas como esta del quart d’huere de Aix.

Otra cosa llamativa. La organización del congreso nos dijo que contaríamos con veinte minutos para exponer nuestras presentaciones. Aceptamos y nos enviaron los billetes de avión y la reserva de hotel para tres noches (dos en el caso de Ginés). Sólo entonces descubrimos que teníamos veinte minutos ¡entre los dos! Luchamos por que nos concedieran un poco más de tiempo, pero el formato era ese; veinte minutos por proyecto y luego treinta finales para preguntas y debate. Creo que en mi vida me han dado tan poco tiempo para hablar. Ginés me confesó que había estado a punto de mandarlos a la  mierda cuando lo supo. El caso es que al final tuvimos que arreglarnos así, aunque no eran especialmente estrictos con los tiempos máximos. Yo conté en inglés la estructura financiera del proyecto M-30, calculo que en unos 12 minutos y Ginés me siguió en su excelente inglés, con un tiempo algo mayor. En el coloquio, pedí la palabra y les hice un resumen de todo, esta vez en francés, porque era el idioma que usaban todos los demás.

La verdad es que nuestro proyecta destacaba sobre los demás, como un huevo entre castañas pilongas. El resto de intervinientes en el panel, mayoritariamente norteafricanos (Egipto, Túnez y Marruecos) me produjeron la impresión que suelo llevarme con esta gente: se trata de grandes profesionales, formados en las mejores universidades occidentales, que hacen enormes montajes teóricos irreprochables, pero que acaban perdiéndose en ese universo teórico sin dar el paso a la realización de tales proyectos, arrasados por una realidad que combina las grandes masas de chabolas y asentamientos informales, la falta de dinero y de un marco jurídico-urbanístico adecuado y la realidad de unas administraciones lentas, bastante corruptas (con perdón) y totalmente ineficaces.

Frente a esto, nosotros contamos un proyecto muy caro, que se hizo a la carrera sin estar respaldado por una previa reflexión o estrategia global de planeamiento. Tras escucharles a todos, mi última intervención se centró en destacar que lo mejor de nuestra experiencia fue la forma en que la ciudad se defendió de una proposición agresiva y autoritaria, convirtiéndola en una oportunidad de lograr un espacio como Madrid Río. Ginés, ya en privado, me dijo que él aun iba más allá: que en su opinión era necesario que de vez en cuando hubiera en las ciudades convulsiones de ese tipo, que si no nos íbamos al modelo de ciudad dormida que se va quedando retrasada (doce años de Álvarez del Manzano, un personaje rancio, estilo Rajoy).

Bien, ya les contaré más cosas desde Madrid, que tengo un retraso considerable: Japón, Marsella, el derrumbe del PSOE, el gobierno de Rajoy, el premio Nobel a Bob Dylan, y hasta la muerte de mi admirado Fermín Bouza, un galleguista que llegó a Madrid más o menos al mismo tiempo que yo. Sean pacientes.   

martes, 1 de noviembre de 2016

570. El Japón rural recordado desde Marsella

Pues aquí me tienen en Marsella, como ya les anuncié, instalado en el Golden Tulip Hotel, un confortable establecimiento hotelero de tres estrellas situado en el Quai du Lazaret, una de las partes en que se divide el paseo marítimo de esta ciudad costera. He venido para participar en el meeting anual del Réseau des opérateurs et amenageurs de la ville durable en Mediterranée. La organización de esta conferencia ha tenido a bien pagarme un vuelo regular de Iberia y dos o tres noches de hotel. El sarao empieza mañana por la tarde. Yo podría haber volado mañana, pero he preferido venir hoy para tener un día adicional aquí para dedicarlo a mi ocupación favorita: vagabundear por una ciudad grande sin una dirección fija, un poco a instinto, ayudado sólo por un plano. Mi vuelo, de menos de 2 horas, salía de la T-4 a las 12.45. En el aeropuerto me esperaba un amable conductor con un cartel con los logos de la conferencia, junto con dos colegas de Rabat que acababan de aterrizar en otro vuelo. Nos ha dejado en el hotel y me ha preguntado si necesitaba algo. Nada, le he contestado, me vienen muy bien estas 24 horas pour flâner par la cité, et me concentrer pour la conference.

Ya he proclamado hasta la saciedad que me encantan las ciudades grandes, que es el lugar donde me siento más a gusto, que si a mí me dejan en medio del campo me pierdo seguro, mientras en una ciudad me muevo como pez en el agua. La ciudad es mi medio natural. Por eso entenderán que en Japón me maravillara Tokio y también Kyoto, que es una ciudad bastante grande. Entre ambas hicimos diversas visitas, típicas de los tours turísticos, que les voy a resumir en este post, con algunas fotos de cada lugar. Desde Tokio hicimos un par de excursiones de un día, a Kamakura y Nikko. Kamakura es un lugar con mucho turismo interior, porque está muy cerca de Tokio y tiene playa. Aquí visitamos el templo zen Kencho-ji y el gran Buda gigante de bronce de 13,5 metros, famoso por ser la única pieza de cierto tamaño que sobrevivió a un tsunami en el siglo XV.




Nikko es otro lugar cercano a Tokio, en donde hay un grupo de templos declarados patrimonio de la humanidad. Tiene de especial que fue el lugar elegido por el gran shogun Tokugawa Ieyasu, el unificador de Japón del que ya les hablé, para que allí reposaran sus restos. Muchos siglos antes, el primer templo fue fundado por un monje budista que llegó ante el río y no sabía cómo cruzarlo. Entonces, dos serpientes entrelazaron sus cuerpos y trenzaron un puente para él. Ante semejante portento, al tipo no le quedó más remedio que construir un templo allí mismo. El río se cruza ahora por un puente de madera pintado de rojo, que te da entrada a un lugar de ensueño, en medio del bosque. Al final de la visita, nos comimos en el pueblo el mejor ramen que he probado en mi vida y que nos sentó fenomenal, porque hacía bastante frío.





Después de varios días durmiendo en Tokio, enviamos nuestras maletas grandes directamente a Kyoto en el tren bala, mientras nos aventurábamos con una pequeña mochila en lo que suele llamarse los Alpes japoneses, una zona muy valorada por los tours operators. Allí recalamos primero en Takayama, donde hay que visitar el barrio antiguo, formado por un par de largas calles con edificios de madera y tiendas de souvenirs, así como un par de mercados, con sus puestos atendidos por señoras mayores, a las que manda la familia a que vendan los productos de sus huertas. Aquí hay que destacar la cena que nos pegamos, a base de ternera de Hida, que presume de ser la mejor del mundo, por delante incluso de la de Kobe. Como ésta, se trata de una carne entreverada con muchas vetas de grasa, que te ponen cortada en tiras, para que tú  mismo te la hagas en una plancha al centro de la mesa.

Además de eso, en Takayama nos alojamos en un hotel tradicional, en donde nos tocó dormir en futones sobre tatamis, y donde había también unos baños termales, separados por sexos, donde uno entra desnudo y ha de lavarse largamente antes de entrar en las piscinas con agua a 37 grados, los yacuzzis y saunas, etc. Allí me abordó un señor de pelo blanco con el que estuve un buen rato departiendo sobre lo humano y lo divino, algo muy estimulante cuando uno está como Dios lo trujo a este mundo cruel. Para ir a los baños, el hotel te facilitaba un equipo completo de kimono, cinturón ancho y toquilla, que en otro tiempo me hubiera robado para llevármelo a Madrid. Con los años me he vuelto yo muy correcto, a pesar de que el conjunto me quedaba bastante bien, como pueden ver abajo.

La siguiente estación fue la aldea de Shirakawago, también patrimonio de la humanidad, que se caracteriza por la construcción de sus casas, de estilo gasso-zukuri (manos unidas en oración), así llamada por sus tejados hechos de paja y muy inclinados, para que resbale por ellos la frecuente nieve. Antes de llegar, se pasa por un mirador desde el que se hacen fotos panorámicas de la aldea. Allí hay unos fotógrafos que te hacen fotos de grupo con sus máquinas, que luego puedes comprar si quieres quedarte con un recuerdo. También te hacen instantáneas con tu propio móvil, si se lo dices. Estos fotógrafos, hablan lo justo para su trabajo, pero en todos los idiomas del mundo, con su cara siempre sonriente. Cuando nos vieron llegar y nos escucharon empezaron a gritar: ¡Ah! ¡España! kereketagaunafoto?, España, nokobramos, kereketagaunafoto? A veces he llegado a pensar que los japoneses tienen los ojos rasgados de reírse todo el rato.



El lugar es precioso, pero es que encima llegamos el día de la Fiesta del Sake. Ese día se monta una feria con muchos chiringuitos, fritangas y puestos de venta de recuerdos. Además de comer algo con una lata de cerveza, has de comprarte una taza de cerámica para el sake. Se hacen diversos actos solemnes, para conmemorar la producción del primer sake de la temporada. Hay desfiles y actuaciones de una especie de mimos con animación musical en un estrado. Finalmente, la concurrencia se sienta en el suelo en hileras y empiezan a pasar las camareras con el sake a granel, del que te ponen todas las veces que quieras. Sólo tienes que tener tu taza preparada. No les extrañará saber que acabamos en el autobús cantando Japón patria querida, aunque el sake es un licor lechoso de escasa graduación, no más que un vino. También hay otro más destilado, transparente, tipo aguardiente, pero de ese no había en la fiesta.




El autobús nos llevaba a Kanazawa, ya cerca del mar de Japón, donde hicimos noche, antes de salir para Kyoto. Creo que el resto de mis aventuras japonesas se van a quedar para otro post. Como les digo, a mí lo que me gusta son las ciudades grandes y cosmopolitas. Como Marsella, que es la segunda ciudad de Francia, con millón y medio de habitantes en su área metropolitana. En el próximo post les hablaré algo sobre esta magnífica urbe mediterránea, que tiene más cosas en común con Valencia, Nápoles o Argel, que con el resto de Francia. He pensado que tal vez yo soy tan urbanita porque nací en La Coruña, un lugar bastante cosmopolita, dentro de sus limitaciones. Tan urbano como para inventarse un lenguaje propio, el koruño. Esto es algo que ha surgido por la parte de Monte Alto, como respuesta a las tensiones lingüísticas entre el gallego y el castellano. El koruño es una lengua mestiza, que aúna elementos del calorro con el lenguaje de la calle, además de tiempos verbales e inflexiones puramente galaicas. Y, como no podía ser de otra manera, el koruño tiene su propio órgano de difusión digital, que se llama el Neno! Les pongo una copia de pantalla, para que vean que no me lo estoy inventando, pero abajo les facilito una transcripción, porque sé que es difícil de leer esa letra tan pequeña.    


El pie de foto reza: El buga reventao, que ya no vale ni para chindarle las llantas. Y el texto de la noticia, que firma el redactor llamado El Bragas, dice lo siguiente. No tuvimos una desgracia por un pelamen de “las bisonte”. Sobre las diez de la matina, a un operario de grúa ke levantaba un paletuni de ladrillos dun kel del trinke, se le fue la carga y la chindó a plomo en la puta calle. El pastel todo cayó encima duna furgalla, ke kedó mimetizada con el adokinao de Ángel Rebollo. Los julais de prevención y los maderos investigan la película por si el notas ke pilotaba la movida desayunara un anisaco o todo se debe a que el chimpín de juja ese tenía más brejes ke la plaza de Azcárraga. El Neno! No pudo pillar la opinión de la peña porque en Monte Alto la peña se levanta cuando le sale del cimbel y al cierre del Neno! el único pavo ke paraba por allí respondía al nombre de “Catrufo” y, a pesar de negar la presencia en los hechos, los operarios comunicaron a los maderos ke llevaba fumando calamares y tocándose la huevada desde ke llegaron, lo ke hizo que la madera lo parcheara y lo identificara, por si les hiciera la 13-14.

Sensacional. Humor koruño del más genuino. Sean felices. Entre tanta foto de Japón, aun no les he contado qué carallo he venido a hacer en Marsella, pero todo llegará.