jueves, 8 de enero de 2015

328. Sobre la violencia y el riesgo

Aterrorizado estoy, como ustedes, supongo, tras el bárbaro ataque a la sede del periódico Charlie Hebdo en París. Doblemente afectado porque adoro esa ciudad por la que tanto he circulado, donde vive Philippe, mi alma gemela parisiense, y encima los hechos han sucedido en el barrio en que vive mi sobrina, enfrente de la guardería a la que iba el año pasado Olivia, su hija, hermana del Gran Nicolás cuyas fotos les mostré el otro día y que, como pudieron comprobar, no tiene nada que ver con el Pequeño Nicolás. Bastante cerca también del Boulevard Morland, donde está la sede del APUR, en cuyas salas asistí a innumerables reuniones de trabajo del Proyecto LASDO, por lo que puedo imaginar lo que es ver entrar de pronto a unos encapuchados armados con AK-47, que empiezan a disparar indiscriminadamente.

Me viene a la memoria  la matanza de Atocha, a unos pasos de mi casa, el 24 de enero de 1977, hace casi 40 años. Y mi primer viaje a Colombo, con Philippe y otro colega francés, cuando, recién empezada una reunión en el Ayuntamiento, un suicida hizo estallar la carga que llevaba adosada al cuerpo en la puerta del jardín por la que habíamos entrado diez minutos antes, matando al policía que acababa de cuadrarse para saludarnos y a un peatón que pasaba por allí. La violencia es algo con lo que estamos obligados a convivir, pero no deja de sorprendernos cuando estalla cerca de nosotros. Es 8 de enero, escribo en mi casa con un té Earl Grey en la mano y, en este momento, está en marcha la caza del hombre que mantiene acorralados a los autores de la terrible matanza en el norte de Francia, por fortuna lejos de donde vive mi hijo Lucas, con quien acabo de hablar por el Skype. No sé si acabaré hoy mi post, teniendo en cuenta que lo que quiero decir es delicado y difícil y requiere un poco más de reflexión que la que suelo dedicar a mis textos cotidianos.

Esta mañana en periódicos, radios y televisiones, todo el mundo ha expresado su horror, su solidaridad con Charlie Hebdo, su condena del fanatismo y su determinación de luchar contra él, para defender nuestro sistema de vida y nuestra libertad de expresión, de la que los asesinados (entre ellos algunos de los mejores dibujantes de Francia) son considerados como auténticos héroes y mártires. ¿Todo el mundo? Bueno, como era de esperar, se han desmarcado de esta unanimidad el Ejército Islámico de Siria e Irak, Al Qaeda en el Magreb Islámico y Willy Toledo, que es subnormal y tiene la rara habilidad de situarse siempre en el lado equivocado. Yo también estoy sin dudarlo en ese movimiento unánime de repulsa, ni siquiera haría falta que lo dijera, cómo no estarlo. Es terrible que maten a gente por dibujar viñetas. Lo que pasa es que, como siempre, quiero hacer unas reflexiones al respecto que se salen un poco de lo manifestado por todo el mundo. ¿Qué sentido tendría repetir lo ya dicho?

A toro pasado, la condena de este crimen horrendo es inexcusable. Pero estas cosas hay que combatirlas también preventivamente. ¿Y cómo se hace eso? Pues con vigilancia, información permanente de qué gente va a luchar a Siria, quién entra en determinadas páginas de Internet, quien deja de ir a las discotecas y de mirar a las chicas y hasta, si me apuran, quién se deja la barba y se pone turbante. Por supuesto. Pero también haciendo un esfuerzo de integración de todas las culturas, de modo que este mundo urbano y avanzado que estamos construyendo, sea de verdad un escenario intercultural en el que los musulmanes, como cualquier otro colectivo, se sientan acogidos y a gusto, en el seno de una sociedad integradora y amable. Dicho esto, les pregunto: ¿creen ustedes que una revista que publica en portada una viñeta en la que se lee “el Corán es una mierda” contribuye a esa tarea? Por no hablar de esa otra en la que un actor que supuestamente interpreta a Mahoma, es dibujado desnudo, tendido en la hierba y preguntándole al director que le filma: ¿te gusta mi culo?

Espinoso tema. ¿La libertad de expresión ha de ser infinita? ¿O hay que ponerle límites? ¿Qué límites? Yo no tengo la respuesta. Me limito a dejar la pregunta en el aire. Vivimos en un mundo hipócrita, con mucho postureo y mucho fariseísmo. Los dibujantes, como cualquiera de nosotros, tienen muchos marcos de autocensura. Deben cuidar de no ser machistas, ni homófobos, ni racistas, ni antisemitas, entre otros sambenitos que te pueden colgar si ofendes la sensibilidad de las mujeres, los homosexuales, los negros o los judíos. En ese contexto, ¿por qué a los musulmanes sí se les puede ofender? Desde luego que yo soy partidario acérrimo de la libertad de expresión. Pero en mi blog no hallarán un solo comentario ofensivo contra los musulmanes. Ni contra los católicos. Ni siquiera contra los seguidores de la Iglesia de la Cienciología. ¿Por qué? Pues por respeto a sus seguidores.

En el caso del Islam, la respuesta a la última pregunta del párrafo precedente tiene una segunda respuesta: por miedo. No me avergüenza decirlo, y aquí nos salimos del terreno ético y nos vamos al otro aspecto del título de este post: el riesgo. Yo no insulto a los musulmanes en mi blog por respeto hacia ellos pero, también, porque no quiero que irrumpan en mi casa y me ametrallen. Ya se sabe cómo se las gastan los fanáticos extremistas de esa creencia con quienes les ofenden. Hace diez años mataron al cineasta holandés Theo Van Gogh por una nadería. Los de Charlie Hebdo sabían perfectamente a lo que se exponían. Como el tipo que se tiró al foso de los tigres en el zoo de Barcelona. O los reporteros de guerra. Si no estaban acojonados permanentemente es que eran unos inconscientes. Y no tiene ni puta gracia que tuvieran su sede enfrente de una guardería. Hasta hace unos meses, había un par de policías en la puerta. Se podía haber montado una balacera como las de Ciudad Juárez, con riesgo para los niños.

Siento decirlo, pero yo no quiero este tipo de héroes cerca de mí. Para mí, los héroes son los que se esfuerzan en tender puentes entre las culturas, no en dinamitarlos. Ya sé que no tiene nada que ver, pero me remito a la historia que les conté hace unos cuantos posts. Llego a mi casa y pillo a un tipo meando en mi pared. Desde atrás le digo que me parece mal lo que está haciendo, que hay otros lugares para eso y que qué le parecería a él si al llegar a su casa encontrara a otro meando en su puerta. Sin volverse y con la polla en la mano, el tipo me grita: vete ya de aquí abuelo, que te doy una hostia que te mando de vuelta al asilo. Y yo me di la vuelta y me fui al portal. ¿Por qué? Pues también por dos razones. Primera, porque a mí no me molesta que vayan a la plaza con sus perros, me gusta que estén allí, aunque son un poco bastos, pero no me molestan; lo que no quiero es que meen en mi puerta. Yo quiero que se encuentren a gusto en la plaza y se integren en el barrio.

Segunda y principal razón: por miedo. ¿Qué hubiera pasado si le doy un empujón o le insulto o me pongo borde? Pues que el tipo me hubiera dado una hostia, me hubiera tirado al suelo (era más fuerte y más joven que yo) y tal vez me hubiera golpeado la cabeza con el bordillo. Después, hala, a jugar al victimismo. Todo el mundo condenaría el tema y yo sería un héroe del civismo. La señora Botella le pondría una medalla a mis hijos. La violencia engendra más violencia y ¡OJO! la pluma y el lápiz pueden ser instrumentos muy violentos. Recuerden si no a los intelectuales serbios que jaleaban a Milosevic. ¿Acaso no fueron ellos los que incendiaron la situación yugoslava? La gente que asume determinados riesgos sabe lo que le puede pasar. Tengan o no la razón, que ese es otro tema. Les confieso que, la última vez que me lié a bofetadas, tenía 14 años. Desde entonces siempre he preferido dialogar y tender puentes.

Si alguien deduce de este texto que me estoy desmarcando de la condena del fanatismo y el homenaje a los dibujantes muertos, y me estoy alineando con Willy Toledo, es que es tan subnormal como él.


martes, 6 de enero de 2015

327. Reyes Magos, bodegones y tabernas

Hoy, día de los Reyes Magros (así los llamaba mi padre con su ironía manchega del siglo XX), he debido levantarme a las 4 de la mañana y, ante la larga jornada que me esperaba, me he desayunado un té de ginseng rojo coreano. El objeto del madrugón era llevar a mi hijo Lucas al aeropuerto, en donde tenía un vuelo de Ryanair a las 6.30, destino Bruselas. A la hora en que escribo estas líneas, ya está de vuelta en Lille, provisto de un abrigo idéntico al que le mangaron, que le compré yo hace un mes por Internet. Le hará buena falta en Leipzig adonde piensa trasladarse a final de marzo, para continuar allí su máster.

En la noche de Reyes, a dos bajo cero, la ciudad dormía esperanzada, prácticamente vacías las calles, salvo la presencia esporádica de alguna cuadrilla de juerguistas recalcitrantes. El tráfico era fluido, con un punto mágico, como si estuviéramos en una película. No he visto ni rastro de Reyes Magos trajinando por las chimeneas, empiezo a sospechar que son los padres. En el aeropuerto había mucha actividad a pesar de la hora intempestiva, es un día de mucho regreso después de visitar a la familia. De vuelta en casa, me metí otra vez a la cama, porque hoy debía descansar, que mañana me incorporo al trabajo.

Si ustedes tienen más días libres y están en Madrid, les recomiendo que aprovechen para ver dos exposiciones que he tenido la suerte de disfrutar en los días pasados. La de Sorolla en América, en la Fundación Mapfre es excepcional y la van a quitar el día 11. Yo particularmente desconocía la relación de este señor con Nueva York y los trabajos que había hecho para diversos mecenas de la ciudad. Se evidencia además que era un currante, que produjo una cantidad de cuadros extraordinaria. La otra exposición de que les hablo sigue abierta un par de meses más y también merece la pena, aunque en este caso por la variedad y extensión de la muestra exhibida. Me refiero a la colección de pintura de Juan Abelló, que se puede visitar en la sede del Ayuntamiento en Cibeles. Está claro que el negocio de los antibióticos es lucrativo, porque este señor tiene cuadros de prácticamente todos los pintores que les vengan a la memoria, desde el siglo XV hasta nuestros días.

Me impresionaron los paisajes madrileños de siglos pasados, con lugares desaparecidos, como el Real Sitio de la Florida o el primitivo Palacio del Buen Retiro. Y también la colección de bodegones, aunque no sea éste uno de mis géneros preferidos. En mi reciente visita al Rijksmuseum de Ámsterdam, también me sorprendió la cantidad de bodegones que había y lo bonitos que eran algunos. De entonces tengo una reflexión pendiente sobre los nombres que se dan a este género en los diferentes idiomas, que no incluí en mis textos del viaje para no hacerlos aun más largos. Para empezar, el nombre bodegón me parece feo, basto e impropio, me suena a albondigón, o a cagallón. Otra forma más fina de llamar a estos cuadros en español es naturaleza muerta.

Sin embargo, en inglés, la designación es still life. Ya ven por dónde voy. Still life se puede traducir de dos formas, según conceptuemos still como adverbio (todavía) o como adjetivo (tranquilo, silencioso). Todavía vivo, o vida tranquila, la denominación anglosajona hace referencia a algo vivo. El mismo significado tiene en alemán (stillleben) y en holandés (stilleven). Sin embargo, en todos los idiomas de raíz latina, se habla de algo muerto, no vivo. Francés: nature morte, italiano: natura morta, portugués: natureza morta y hasta rumano: natura moarta. ¿A qué se refieren estas denominaciones tan opuestas? Pues a frutas cogidas del árbol, flores recién cortadas, verduras extraídas de la tierra, legumbres, caza o pesca lista para ser cocinada, acompañados, a veces, por utensilios de cocina. Es curioso que en los países latinos destaquemos el hecho de que estos productos ya no están vivos en la naturaleza, mientras los anglos se decanten por subrayar que parecen todavía vivos.

Tal vez tenga que ver con las diferencias culturales y religiosas. Los católicos nos machacamos todo el rato con el pecado, pero no dejamos por eso de pecar. Pecamos y luego tenemos mala conciencia. En cambio los calvinistas valoran más al que no cae en la tentación, se esfuerzan por llevar una vida recta y desprecian al pecador arrepentido. Son más organizados y coherentes, y quizá también más optimistas. Trabajan para tener menos problemas y se esfuerzan en ser buenos. Los latinos improvisan, son más vividores, se dejan llevar por la situación y les pilla siempre el toro. Luego lloran y se arrepienten de lo hecho. Quizá por eso nosotros llamamos naturaleza muerta a unas manzanas (por la mala conciencia de haberlas arrancado del árbol) y los anglos las llamen todavía vivas, porque les parece bien comérselas.

Hecha esta digresión o parida, ¿de dónde viene la palabra bodegón? Pues parece claro que es un derivado de bodega, palabra de raíz griega (apotheke) compartida con botica y boutique, que designaba el lugar donde se almacenaban cosas para consumir o vender. Durante años se llamaron bodegas a las tiendas y almacenes domiciliarios de alimentos, aunque luego el término se focalizó exclusivamente a los vinos. El término bodegón parece provenir de esa época anterior y alude seguramente a la presencia de alimentos en el cuadro. Después, las bodegas de las casas pasaron a llamarse despensas y las de venta al público ultramarinos y coloniales, precioso nombre lleno de resonancias indianas. Curiosamente en Argentina y otros lugares se llaman colmados y en México abarrotes. Y las bodegas donde se sirve vino a granel pasaron a llamarse tabernas.

Hoy me he levantado tarde de mi segundo sueño y me he encontrado con el aparato de aire acondicionado del salón averiado. Al encenderlo, emitía un F1 parpadeante y no funcionaba. Después de desayunar, he buscado en Internet un tutorial donde se explicara qué hacer en estos casos. Siguiendo una guía en cinco pasos, lo he logrado arreglar. Entonces he salido a caminar por el Retiro, aprovechando el bonito día despejado de invierno. Como en cada día de Reyes, el parque estaba lleno de familias con niños estrenando patinetes, triciclos, bicicletas con ruedines y similares. Se me ha ocurrido continuar mi paseo por el barrio triangular que se localiza entre las avenidas Ciudad de Barcelona y Reina Cristina, y la calle Doctor Esquerdo. Es un barrio muy agradable, con los bajos llenos de tiendas y bares y mucha actividad callejera. Era cerca de la hora de comer y se veían muchas parejas de abuelos bien guarnecidas en sus abrigos, llevando paquetes con roscones gigantes para la comida en casa de los hijos.

Ya que hablábamos de tabernas, he parado a tomar el aperitivo en un clásico: Bodegas Casas, en el 23 de Ciudad de Barcelona. Aquí sirven uno de los mejores vermús de grifo de la ciudad, que se puede acompañar con una amplia oferta de encurtidos y variantes (que tampoco es mala palabra), como pequeñas berenjenas que se comen de un bocado, alcaparrones, banderillas picantes, o pepinillos rellenos de anchoa y boquerón, estos últimos tan grandes que te los sacan partidos en dos. Es típica también la ración de boquerones en vinagre con un plato de patatas fritas al lado. Gregorio Casas dirige la barra con mano firme y por allí anda todavía su padre, echando una mano. Su abuelo fue el que fundó el negocio en los años 20. Otro día escribiré algo más de las tabernas clásicas de Madrid.

Desde allí he cogido el Metro para llegar a casa antes de que se me pasara el hambre. He comido, me he echado una siesta y luego he salido a correr, para hacer mis 6,5 kilómetros por el Retiro, la mayor parte ya con la noche caída. Y luego a escribir mi post. No sé qué haría sin el té de ginseng rojo coreano. Mañana me espera un programa más still. Sólo tengo que trabajar y nadar. Que duerman bien.

viernes, 2 de enero de 2015

326. En la casilla de salida

Si han jugado ustedes de pequeñitos a La Oca, sabrán lo que supone caer en la llamada Casilla de la Muerte, indicada con un símbolo que no deja lugar a dudas: una calavera sobre dos tibias cruzadas. En el tablero clásico, esta casilla era la número 58 y quien tuviera la mala fortuna de caer en ella, debía retroceder hasta la salida y empezar desde cero. Pues esa es precisamente la sensación que tengo yo hoy, y no por el detalle nimio de que sea 2 de enero de un nuevo año (que aparece, por cierto, lleno de perspectivas inciertas, innovadoras y apasionantes), sino por el hecho celebrado por toda la prensa de que la prima de riesgo ha bajado de los 100 puntos.

Llevo más de dos años de blog y, casi desde el primer post, estamos hablando de economía, esa ciencia que los especialistas se empeñan en rodear de niebla, en darle un halo mítico, como si fuera un tema muy complejo y delicado, cuando es algo que puede entender un chaval que sepa contar por los dedos (en La Coruña los chavales cuentan por los dedos, no con los dedos). En fin, si quieren leer con detenimiento mis reflexiones sucesivas al respecto, pinchen aquí a la derecha en la etiqueta “Economía” y las encontrarán todas clasificadas. Como supongo que no quieren darse semejante atracón, les haré un resumen, para que entiendan completamente la gran noticia de hoy.

Hasta ahora la mayor crisis económica global de la humanidad había sido la subsiguiente al llamado crash del 29, que se extendió a lo largo de la década de los 30. La falta de una regulación adecuada de la estructura bursátil y de unas medidas que limitaran las prácticas puramente especulativas, llevaron el caos a los mercados y arrastraron a toda la sociedad al desempleo y la miseria. Alguna gente cree que la cosa se solucionó con la Segunda Guerra Mundial. Ya me explicarán cómo. Una guerra supone siempre un nivel de gasto monstruoso a fondo perdido. Y si es de la envergadura de la susodicha, pues mucho más.

Lo que hizo que el mundo saliera de la crisis no fue la guerra, sino las medidas que puso en marcha  Roosevelt, tras su elección en 1933. Este señor y sus asesores agarraron el toro por los cuernos y establecieron unas reglas del juego justas, que previnieran los excesos anteriores. Esas normas permitieron un uso razonable del concepto del libre comercio, lo que condujo a la recuperación económica, a encajar los gastos de la guerra y a generar luego un crecimiento nunca visto, a caballo de los adelantos tecnológicos. La cosa iba tan bien, que el mundo que se postulaba como contramodelo, el soviético, fracasó estrepitosamente y abandonó la carrera. En todo este proceso hay un tema clave: la supremacía del poder político sobre el económico.
   
Entonces llegan las famosas medidas desreguladoras de Reagan y Thatcher, copiadas aquí por el del bigote, aprendiz de brujo en este tema, como en la guerra de Irak. Los financieros quieren más beneficio y dicen que el exceso de normas reduce sus ganancias. Y los dirigentes políticos ceden, seguramente a cambio de beneficios personales y familiares, y acaban atrapados en el invento. En el momento presente, el poder político está subordinado al económico. El margen que tiene ahora mismo un Rajoy o un Zapatero es muy estrecho. Ni el propio Obama parece muy poderoso. Este esquema explica también la generalización de la corrupción, que aflora por todas partes.

En ese contexto se produce la revolución digital. Internet se extiende y comienza a funcionar el mundo globalizado y el negocio planetario en tiempo real. El nuevo sector económico ligado al mundo digital crece sin control y genera una burbuja que explota de forma estrepitosa en 2008. Si quieren saber en detalle el mecanismo por el que sucede todo esto, deben ver dos películas que ya les he recomendado: Inside Job (2010) y Margin Call (2011). Estamos sin duda ante un nuevo crash, no tan severo como el del 29, pero bastante duro también. Y con el añadido de que, en el mundo globalizado, las crisis se extienden de modo instantáneo. En España, la cosa nos pilla en bragas. ¿Por qué? Pues por el peso excesivo del sector inmobiliario, un sector con un componente especulativo  muy acusado.

Las medidas de Aznar sobre el mundo del ladrillo, recalientan la burbuja y preparan el terreno. Zapatero no se entera de la que se le viene encima y echa a Solbes por avisarle de lo que no quiere oír. Y los remedios se aplican tarde. Además, nos pilla integrados en una estructura superior, la Unión Europea, y eso nos impide tomar algunas medidas que sí han podido adoptar en Estados Unidos. Y también en Japón, aunque con menos éxito por ahora. Sobre las medidas de la FED (Reserva Federal USA), les copio una cita de mí mismo, correspondiente al post #212, “Ya estamos en Las Vegas”, en donde se explica con bastante claridad en qué consisten los programas QE Quantitative Easing.

Desde el arranque de la crisis en 2008, la FED ha desarrollado ya tres programas de incentivación de la economía nacional, conocidos por el bonito acrónimo QE, que significa nada menos que Quantitative Easing. ¡¡Toma castaña!! El actual QE es el QE3 y arrancó en septiembre de 2012, a la vista que el QE1 y el QE2 no habían dado los resultados esperados. ¿Y en qué consiste un QE? Pues lisa y llanamente en darle gas al maquinillo de imprimir nuevos billetes para introducirlos en el mercado. A esto lo llaman inyecciones de liquidez.

Usted y yo no lo podemos hacer, porque nos tildarían de falsificadores y nos meterían al trullo en un periquete. Pero el Estado (al menos el americano) tiene el privilegio de hacerlo legalmente, en régimen de monopolio. De manera análoga, usted no puede pegarle un mamporro a ese tipo a quien le tiene tantas ganas, y la policía sí. ¿Por qué? Pues porque tienen el monopolio de la violencia coercitiva (a usted no le sacuden porque sí, sino de forma justificada y con una ley detrás). Así que el Estado americano enfrenta la actual crisis mediante actuaciones llamadas QE, que cuentan con una memoria explicativa: lo vamos a hacer para conseguir este o este otro objetivo, en una cuantía determinada, con un horizonte temporal ligado al cumplimiento del objetivo y con la aprobación preceptiva del Congreso.

Bueno, todavía no deben escandalizarse demasiado (aún no les he hablado de las cantidades). No he investigado la QE1 ni la QE2, me basta con la QE3. En septiembre de 2012, Estados Unidos se encontró con una tasa de desempleo cercana al 10%. Entonces puso en marcha la QE3, prometiendo mantenerla hasta que la tasa alcanzara un 6,5% de forma sostenible. Pero ¿en qué coño consiste al final la QE3? Pues nada menos que en imprimir 85.000 millones de nuevos dólares ¡¡¡AL MES!!! Sí. Lo han leído bien. Desde septiembre de 2012, la FED imprime billetes por ese valor todos los meses y los inyecta en el mercado por el procedimiento de comprar valores lastrados por las llamadas hipotecas basura (por valor de 40.000 millones) y recomprarse a sí mismos los bonos que emite el propio Estado (los otros 45.000 millones).

Este texto está escrito en diciembre de 2013. Desde entonces, la FED ha ido reduciendo el importe de las inyecciones mensuales hasta eliminarlas totalmente hace unos meses. Ahora, la economía americana vuelve a funcionar sin estímulos y corre alegre y poderosa. ¿Y por qué no hemos hecho eso en Europa? Pues porque la señora Merkel no quiere, porque piensa que es una medicina provisional que, a la larga, se vuelve contra el enfermo, como una droga calmante. La señora Merkel es muy cabezota, como buena protestante y teutona, pero tal vez no le falte razón. Lo que pasa es que su tratamiento alternativo a base de austeridad está dejando agotados a los diferentes pacientes: griegos, españoles, portugueses, italianos y, si me apuran hasta los franceses.

Y qué pinta en esto la prima de riesgo. Pues se trata de un indicador que aparece en 1999, al crearse la llamada Eurozona. La prima de riesgo mide las desigualdades entre los Estados del euro y, hasta que llega la crisis de 2008, la cosa funciona bien. Hasta 2007, la prima de España se movía entre 0 y 10. El 1 de enero de 2008 estaba en 12. En enero de 2010 superaba ya los 100 puntos. Cuando se va Zapatero la cosa estaba en 472 puntos. A pesar de sus recortes, a Rajoy le sube la prima hasta la cifra récord de 637 puntos, que se alcanza el 24 de julio de 2012. Entonces se estabiliza la situación y empieza a bajar hasta los cien puntos actuales.

Aquí emerge la figura del señor Draghi. De este señor llevamos meses riéndonos en este blog, a cuenta del hecho cierto de que es capaz de hacer bajar la prima tirándose un pedo. Así que hoy voy a cambiar de comparación. Este buen hombre, italiano y más listo que el hambre, se encuentra en una tesitura difícil. La señora Merkel no le deja montar un programa de QE, como a él le gustaría. Así que lo único que puede hacer es amagar con montarlo. Es el truco de los padres cuando no te querían dar un bofetón, pero sabían que no había otro remedio alternativo. Entonces, sin levantarse de su silla gritaban: “COMO VAYA YO…” Y el efecto era el mismo. Veamos qué dice Draghi.

En agosto de 2012, su declaración fue: “No tengan ninguna duda de que el BCE hará lo que tenga que hacer para salvar al euro”. Inmediatamente bajó la prima de riesgo. En junio de 2014 volvió a hablar sibilinamente: “En caso de que haya que recurrir a medidas como inyecciones de dinero, recompra de activos tóxicos, o similares, no me temblará el pulso”. Así está todo el rato. Y cada una de sus calculadas declaraciones mejora la situación general. En estos días navideños, hasta la prima de riesgo ha cerrado por vacaciones y no se ha sabido cuánto marcaba desde el día de Nochebuena.

Y, al volver, nos hemos encontrado con una nueva bajada, hasta los 99,5 puntos. ¿Por qué? Pues porque el señor Draghi dio una entrevista al diario alemán Handelsblatt y dijo textualmente: “Estamos en preparaciones técnicas para ajustar el tamaño, la velocidad y la composición de nuestras medidas a principios de 2015, si resultara necesario reaccionar a un periodo demasiado largo de baja inflación”. O, dicho en otras palabras, “Como vaya yo…” La prima ha bajado porque todo el mundo ha entendido que estaba hablando de la posibilidad de organizar una QE, sin nombrarla (por cierto, los expertos dicen que una medida de ese tipo bajaría nuestra prima, al menos a 70). Definitivamente, este tío es un genio. Un monstruo. Un crack.

Resumiendo, que seguimos en el mismo punto en que se inauguró este foro, en septiembre de 2012. En la casilla de salida.