sábado, 13 de diciembre de 2014

320. Maleducados

Uno de los problemas endémicos de nuestro país es la mala educación de mucha gente. No es tanto un problema de la enseñanza, que también: a pesar del esfuerzo encomiable de los maestros y demás profesionales, los escasos medios de que disponen muchas veces, los sueldos bajos y la carencia de apoyo en situaciones de conflicto, llevan a muchos docentes a abismos de desánimo, antesala de un cierto absentismo. Pero el problema fundamental es la mala educación que recibe la gente en sus casas. La carencia de unos valores claros, independientes de matices religiosos, raciales o culturales, que no se pueden recibir en la escuela sin una mínima base mamada en el entorno familiar. La mala educación es algo que se percibe de lejos, que es fácil de pronosticar a partir de ciertos gestos, actitudes, atuendos, formas de hablar, tono alto de las conversaciones, reacciones extemporáneas, etc.
 
La mala educación se manifiesta de mil maneras, en diferentes grados y escalas. Les contaré algunos incidentes que me han sucedido recientemente. Por ejemplo, saben que hablo en un tono bastante bajo y no soy capaz de forzar la voz. Por eso, en los bares, donde suele haber mucho ruido, hago mis peticiones (un café solo, por favor) muy pendiente de captar un gesto del camarero que me confirme que me ha oído: un ya voy, un enseguida, una mirada, un asentimiento somero. Si no capto esa señal, me quedo vigilando, a ver si el tipo pone en marcha la cafetera y coloca una tacita debajo. Y si el sujeto no mueve un solo músculo facial y, encima, se afana en limpiar la barra y colocar uno tras otro cuarenta vasos en la estantería, a veces no puedo evitar levantar un dedo y repetir mi petición (un café solo, por favor). Pues, me crean o no, muchas veces he recibido miradas airadas y frases despectivas (ya le he oído). El otro día, un tipo que podía ser hijo mío superó el listón contestándome: ¿quiere usted otro, o es el mismo que me acaba de pedir?

Es sólo un ejemplo minúsculo de esa falta de civismo a que me refiero. En el otro extremo del abanico, hay todo tipo de respuestas más agresivas e intimidantes. Les cuento. En la plaza que hay delante del portal de mi casa, se concentran últimamente grupos de gente maleducada, ignorante y barriobajera, que se sientan a charlar en los poyetes, mientras sus perros corretean por allí. La mayoría son tipos jóvenes, varones, a los que la familia manda a pasear al perro, momento que aprovechan para socializar un poco, alrededor de un canuto o unas latas de cerveza. He de reconocer que, por lo general, son aseados, recogen las cacas y no dejan restos de latas, aunque tienen la mala costumbre de mear por el entorno. Más de una vez me he tropezado a alguno de estos energúmenos discretos con la polla en la mano apuntando a la pared de mi casa y se lo he recriminado educadamente, cosechando amenazas del tipo: vete ya de aquí, abuelo, que te doy una hostia que te mando directamente al asilo. Ante tan amable admonición, he optado por seguir mi camino, sacar la llave del portal y entrar.

Valgan estas historietas de prólogo de la que les quiero relatar aquí, sucedida hace ya meses, demostración palmaria de que, de esta lacra de la mala educación, no se libra ni la Universidad. Les sitúo. Una Facultad de la Universidad madrileña XX, no especialmente relacionada con el urbanismo. He sido invitado a explicar el Avance de Plan General recién publicado (saben que se aprobó hace más de un año). El aula está abarrotada, hace calor y me veo obligado a forzar la voz. Pido por favor que guarden silencio para que me oigan los de detrás. Casi todos los alumnos atienden mi ruego. Pero hay una excepción. Una gorda repintada, sentada en la segunda fila. Masca chicle con la boca abierta, haciendo un ruido desagradable, y habla todo el rato a su compañero con gestos de desaprobación y mucha subida de hombro izquierdo, subrayando su desacuerdo indignado con lo que yo cuento.

Un desacuerdo bastante fuera de lugar, puesto que lo que yo les pretendo explicar son conceptos abstractos, en los que todo el mundo suele estar de acuerdo: las primeras fases del planeamiento urbanístico tienen mucho de filosofía y es obvio que nadie va a presentar su plan diciendo que va contra el desarrollo sostenible, o contra la cohesión social. En la segunda parte de la charla, abordo nuestra idea de elaborar una normativa vinculada a un sistema de indicadores urbanos, de forma que, cuando uno de estos indicadores alcance un valor crítico, la norma se corrija de forma automática. Es un tipo de regulación que nunca se ha utilizado en Madrid, pero sí en otros muchos lugares y de forma exitosa. El amigo de la gorda levanta la mano y pregunta si les puedo poner algún ejemplo concreto. Por supuesto que puedo.

Si el planeamiento establece que en un barrio determinado sólo puede haber 20 bares porque, por encima de esa cifra, el uso se hipertrofia, congestiona la zona y se vuelve tóxico para los vecinos, puede suceder que al promotor del bar número 20 se le dé licencia de apertura y, al alcanzarse el indicador establecido, el número 21 vea denegado su permiso y tenga que abrir su negocio en otro barrio. Simple cuestión de equilibrio. La foca se arrebuja ofendida y dice: –Osá-vale-osá: que si mi vecino se da más prisa que yo con los papeles, a él le dan permiso y a mí no. Bien, dejando de lado las formas y la cara de malhuele, la objeción es lógica y ya la he escuchado en otros foros, como los Consejos de los Distritos. Por eso tengo una respuesta preparada: es como si tú vas a un cine que tiene 40 butacas. El número 40 de la cola encuentra entrada, y el 41 se tiene que volver a su casa.

Veo que no se queda muy satisfecha la mujer y reconozco que el ejemplo del bar tal vez no sea muy afortunado, que los indicadores en los que estamos pensando tendrían que ver más con temas medioambientales. Por ejemplo, se puede fijar un porcentaje máximo de NO2 en el aire que, cuando se alcance, modifique automáticamente la regulación del tráfico, de forma que los días pares circulen sólo los coches con matrícula par y los impares los otros. Ya se ha hecho en otras ciudades, como Milán, París o México. La chica levanta la mano de nuevo: –En ese caso, ¿puede decirme si a los que pagamos el impuesto municipal por nuestro coche, se nos devolvería la parte correspondiente?

Mi respuesta: –No lo sé, no es más que un caso teórico, en Madrid no se ha aplicado nunca una medida de ese tipo. ¿Y en las otras ciudades? –insiste la gorda– ¿cómo se ha hecho? –No tengo ni idea. –Pero usted qué opina. La chica está crecidísima y yo ya empiezo a hartarme de tanto acoso. Así que, con tono un poco cortante, contesto: –Si yo fuera el que tuviera que tomar esa decisión, desde luego que no rebajaría ni un euro los impuestos. Surtido de golpes de hombro y gesto indignado: –Osá-vale-osá: que nosotros pagamos impuestos por usar el coche todo el año y sólo vamos a poderlo usar la mitad de los días. Hasta se ha puesto colorada de la indignación. Opto por templar gaitas: –Hombre, se trata de una situación puntual, de emergencia, serían unos días hasta que el nivel de contaminación se normalizara.

Como no salgo de mi asombro, me parece necesario insistir en que el automóvil privado es el único responsable de que estemos respirando mierda en las ciudades y que cualquier medida que limite su uso debe primar sobre cualquier otra consideración. Pongo otro ejemplo: los nuevos parkímetros que ha instalado la señora Botella, en los que ha de teclearse la matrícula y el aparato te cobra más o menos según el coche esté registrado en la base de datos municipal como eléctrico, híbrido, gasolina, diesel, todoterreno, etc. A mi interlocutora ya no hay quien la pare: con el brazo en alto vuelve a proclamar su disconformidad: –Osá-vale-osá: que los pobres, que no tenemos dinero para cambiar de coche, encima vamos a tener que pagar más por aparcar en la calle. Es más de lo que estoy dispuesto a soportar. La miro fijamente a los ojos y compongo mi sonrisa más mefistofélica: –Exactamente. Yo, como soy rico, me acabo de comprar un híbrido y, desde entonces, pago menos por aparcar en el centro.

Al ver el cariz que está tomando la disputa, la profesora, que estaba sentada en la última fila, se levanta, viene a mi lado y pide por favor que las preguntas se dejen para el final de la clase. La chica sigue rezongando en voz alta, dirigiéndose a su paciente compañero, por lo que, con cara de mala uva, le digo que, cuando termine ella de hablar, continuaré yo mi charla, porque no puedo forzar más la voz. Se pone aun más colorada por el cabreo, sopla su chicle hasta formar una pompa gigantesca y la hace explotar con un brillo de odio en los ojos. Fin de la historia. Al acabar la clase hubo muchas preguntas, pero esta señorita no tuvo a bien hacer ninguna más.

Son sólo unos ejemplos de lo que les venía diciendo. A los jóvenes de las tres historias (incluso el que me dice que si es el mismo café que ya le he pedido) no les han enseñado en sus casas a mostrar más respeto a un sexagenario con bigote blanco, que se ha dirigido a ellos en actitud cívica, tranquila y respetuosa. Es parte del mundo que viene y lo siento. Mis hijos no son así, se lo aseguro.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

319. Un freaky en la Fosa de Chera

Este fin de semana, puente de la Constitución descafeinado, salí con mi grupo senderista a la zona de Utiel y Requena, localidades del interior valenciano. El mayor interés de esta comarca es la llamada Fosa de Chera, un fértil valle de origen tectónico, que reproduce en el interior de la Península las formas de la costa levantina, esa serie de bahías sucesivas en arco, con las que comparte origen: los plegamientos producidos por la presión de la placa africana. La fosa, originada hace 65 millones de años, es uno de los primeros parajes declarados como Parque Geológico en España, en 1999. En el centro, el pueblo de Chera, 500 habitantes, agua abundante, viñedos, naranjos y almendros. La población joven, como la de todo el mundo rural nacional, ha optado por emigrar a la ciudad y descuidar el campo. Ahora el pueblo se promociona como destino de turismo geológico, con lo que, más o menos, va tirando.
  
El viernes salí de Madrid después del trabajo y llegué a Utiel en donde teníamos alojamiento reservado para todo el grupo. El sábado, fuimos en coches a Chera para hacer, desde allí, un recorrido corto alrededor del Embalse de Buseo, de comienzos del siglo XX. Era un camino cómodo, salvo un tramo de dificultad media, y se trataba de regresar a comer al pueblo. Así que, tras aparcar los coches, pasamos por el Ayuntamiento, para recabar información de rutas y restaurantes. En cuanto a las rutas, nos llevamos una sorpresa: el día siguiente, domingo, era el Día Nacional de los Parques Naturales, y en todos los de España se organizaba un recorrido conmemorativo, con guías locales. En Chera habían preparado un ascenso al Pico Rope, 500 metros de desnivel, para el que esperaban gente de toda la comarca, e incluso de Valencia.

Ante la coincidencia, decidimos sumarnos al ascenso, descartando la ruta que teníamos planeada. En cuanto a la parte gastronómica, en el Ayuntamiento nos recomendaron el Bar Machín, en el centro del pueblo. El plato del sábado era olla cherana, pero debíamos reservar, porque se tardan 4 horas en elaborar esa delicatesen. Reservamos y nos fuimos al pantano. Saliendo del pueblo había una larga bajada, hasta coger el nivel del agua. Luego un tramo llano rodeando el embalse. De allí partía una zona escarpada que debía escalarse en paralelo a un barranco profundo, hasta alcanzar un camino llano de vuelta al pueblo. Entre 8 y 10 kms. La olla cherana es un guiso con tocino, manitas de cerdo, morcilla de cebolla y otras carnes, con patata, alubias y cardo. Con eso y una buena ensalada, se da uno un verdadero banquete. Los del Machín son muy profesionales, no es fácil servir una comida para 24 con rapidez y sin lapsus. Se encargaban del tema las hijas del dueño. La madre era la cocinera. El patriarca, como suele suceder, dirigía, daba alguna orden y observaba el trabajo de sus mujeres.

El domingo madrugamos para estar a las 9.30 en el punto de salida. Hacía un cierzo helado que cortaba la piel. Yo iba bien abrigado, porque me había despertado el ulular del viento en mi ventana. El recorrido era de unos 10 kms de subida al pico y otro tanto de bajada. Nos juntamos en torno a 50 personas, la mayoría gente joven, pero, a poco de iniciar la subida, me fijé en un personaje que no se ajustaba a los cánones montañistas. Era un tipo mayor, con un aire mezcla de clochard y peregrino medieval, debido sobre todo a una barba muy negra, sin recortar de años. Se apoyaba en una cachava de madera y llevaba un perro también veterano, que mantenía todo el rato atado. Me fijé en sus ropas y observé que no estaban raídas y que tenían un estilo rockero-motero bastante personal. Sobre ellas llevaba un chubasquero amarillo de emergencias, cuya capucha calada le daba un punto aun más misterioso.

No pude evitar situarme a su par y empezamos a hablar. Bueno, hablaba él. Yo escuchaba maravillado. Trataré de resumir en orden cronológico las cosas que me contó durante la larga subida. Está a punto de cumplir 67 años (3 más que yo), se llama Adolfo Muñoz y es natural de Chera. Conoce el monte como la palma de la mano y entiende a los animales y plantas como si fueran parte de su persona. Hace muchos años, solían venir a estas montañas los de Manises, a recolectar leña para su industria cerámica. Los chavales (él tenía entonces 13 o 14) les vendían cuerda para los atados, que ellos mismos trenzaban con esparto del monte. Ante mí recogió un manojo y, sin soltar la correa del can, en un instante me montó una cuerda prácticamente irrompible. Los de Manises pagaban a los chicos 2 céntimos de peseta el metro.

En aquel tiempo, el que se hacía con dos pesetas tenía un tesoro. Así que los críos estaban todo el día tejiendo cuerdas a escondidas. De vez en cuando, el padre entraba y soltaba una voz: ¡¡Venga, a estudiar, leñe, que ya está bien de tanta cuerdita!! Creo que no hay nada mejor que un pueblo para pasar la infancia. Pero a los 17 hay que largarse, si no quieres acabar embrutecido por el trabajo agrícola y el alcohol. Adolfo lo intuyó así y se lo dijo a su padre, quien sólo le dio un consejo: –Hijo, ve con Dios, y procura que no se te haga de noche a las doce del día. Adolfo se fue a Suiza, donde se buscó la vida de camarero. Estuvo seis años, en los que aprendió inglés y francés, además de a conducir y a esquiar. Pasó también por Londres donde conoció a la que se convertiría en su mujer, una inglesa, amiga de Lady Di (yo voy  transcribiendo lo que me contó, que cada uno elija creerse lo que considere más oportuno).

Con su mujer decidieron venirse a España, donde hacía mejor clima. Por su dominio de los idiomas no le costó encontrar sucesivos trabajos de camarero en la costa, por ejemplo, en Cheste, al lado del Circuito Ricardo Tormo. Todos los pilotos se hicieron amigos suyos, etc. Estuvo también un tiempo cobrando el paro, donde ganaba más dinero que trabajando de camarero. Se volvió al pueblo y su mujer y él empezaron a hacer vidas independientes. Parece ser propietario de un par de casas, que empezó a arreglar para vivir en ellas. Pero la vida de farándula le tiraba y se volvió a ir, esta vez a Mallorca, a un restaurante al lado del Palacio de Marivent, donde, como se pueden imaginar, se convirtió en el sumiller del Rey y otros delirios. Esta etapa de su vida acabó bruscamente en el año 2001, cuando le sobrevino lo que él llama el ataque.

El ataque fue una grave trombosis en una pierna, que se le puso negra de la gangrena. En el hospital le dijeron que había que amputar si quería salvar la vida. Necesitaban el permiso de un familiar (Adolfo tiene en Chera hermana, cuñado y sobrinos, que nunca han salido del pueblo) pero, por no darles el disgusto, él mismo firmó el permiso. Y se dejó ir al sueño de la anestesia. Tres o cuatro días después, despertó. Al principio, no sabía ni dónde estaba. Entonces recordó y se echó mano a la pierna. Y allí estaba. No tenía el síndrome del miembro fantasma, sino una pierna hecha y derecha. Miró alrededor. Una enfermera que estaba por allí abrió la boca asustada y salió corriendo del cuarto. Al minuto llegaron un montón de médicos y enfermeras. Le miraban incrédulos y se daban abrazos entre ellos. ¿Qué había pasado?

Pues, al parecer, a punto de cortarle la pierna, uno de los médicos citó un nuevo sistema aun en investigación y propuso probarlo con él. Consistía en inducirle el coma, bajarle la temperatura corporal, extraerle toda la sangre enferma del cuerpo y reponérsela entera. Era un sistema muy arriesgado que no habían probado nunca y del que podía salir, cuando menos, con el cerebro afectado por falta de riego. Por eso los abrazos cuando lo vieron bien. Creo haber leído que el método está ya más chequeado y que, por ejemplo, a Keith Richards, de los Stones, se lo hacen de vez en cuando para limpiarle la sangre de las porquerías que se mete. El caso es que Adolfo sobrevivió. Al rato pidió permiso para ponerse de pié. Estaba cansado pero bien. Salió a una cabina y llamó a su hermana que vino en el primer avión.

En ese punto le recomendaron jubilarse. Se vino definitivamente a Chera y empezó a hacer vida de ermitaño, a andar por el monte y a recoger cosas de las basuras. Desde entonces toma religiosamente Sintrón, cada día. Me contó que se levanta a las 7, se toma su Sintrón y almuerza. Entonces se va al monte. Le dije que con el Sintrón hay que tener cuidado de no hacerse heridas, que por un simple rasguño te puedes desangrar. Me miró y me dijo: –¿Y por qué te crees que llevo estas barbas? Él se afeitaba con navaja barbera y no con mariconadas Gillette. Un día se dio un tajo y casi se muere. Entonces pensó: a tomar por culo, ya no me afeito más. En la cima del Pico Rope, sacó su cantimplora con buen Rioja, un cacho pan y un poco panceta. Casi llevaba más comida para el perro. Luego de almorzar, encendió un puro con aspecto de liado a mano. Se lo estaba fumando tranquilamente, cuando iniciamos la bajada, para comer en el pueblo.

Hicimos una larga bajada, por una pista forestal y, al llegar a la plaza del Ayuntamiento, allí estaba Adolfo, que había acortado por un atajo. Le ofrecí venir al bar a tomar una cerveza, pero se negó en redondo. Me quedé con él, mientras el resto del grupo se abalanzaba a la cerveza. Seguimos charlando un rato. Al poco, se incorporó a la tertulia otro freaky local, medio ciego, medio tullido, que vendía el cupón. Adolfo compró cuatro décimos y se los pagó. Luego dijo que dos eran para mí. Entonces compré yo cuatro de otro número y le di dos. Le pedí al ciego que nos sacara una foto con mi máquina y al tercer intento consiguió el resultado que ven abajo. Nos dimos un abrazo fuerte y me fui al Machín donde ya iban por la segunda cerveza, esperando esta vez una paella también extraordinaria.


Al acabar de comer, un compañero salió a fumar y volvió con la información de que mi amigo me estaba esperando a la puerta del bar. Si está dentro el médico, que salga, que le quiero dar una cosa –decía. Supongo que dedujo la profesión de mi conocimiento del Sintrón. Me regaló dos botellas de vino de su bodega, un tinto de 1983 y un clarete de 1985. Dada la baja calidad del vino de Utiel en esa época, es previsible que estén estropeados, aun no los he abierto. Los tenía en una bolsa de El Corte Inglés, con una fotocopia encuadernada del diario de su madrina, escrito en los 40 con caligrafía monjil. Mis colegas nos sacaron las fotos que les pongo abajo de todo.

Saliendo del pueblo está su casa, donde vive con cinco perros. Es un ejemplo primigenio de síndrome de Diógenes ordenado. Adolfo recoge cosas de la basura y las va colocando en el jardín que rodea su casa. Hay una zona de muñecas de niña. Otra de triángulos rojos de señalización de averías. Otra de envoltorios de plástico. Los del pueblo apenas se hablan con él y no le dejan entrar en los bares, porque a veces saca su vena pendenciera. Lo que más le gusta es coger un par de perros (más no los puede dominar) y un caballo, y salir por caminos de montaña hasta Chulilla, 20 kms, en los que tarda un día. Y al día siguiente se vuelven. Antes tenía un caballo, pero se le murió y ahora pide prestado uno a alguno de los vecinos con los que se trata. Así que sabes también montar –le dije. No –contestó– voy a pie. ¿Y entonces, para qué el caballo? Pues para pasearle y que disfrute también del monte. Y para cargar la comida y los pertrechos de todos. ¿Y en dónde duermes? ¿En dónde va a ser? Pues en una cueva. A ver si te crees que con un caballo me van a dejar entrar en un hotel. Como ven, su discurso tiene una coherencia plena. Es peculiar, es diferente, fabula, pero es coherente. Adolfo Muñoz, un freaky de Chera. Todo un personaje.

     

viernes, 5 de diciembre de 2014

318. Cada pieza en su sitio

El tiempo va poniendo a cada uno en el sitio que le corresponde o que se merece, hasta el punto de que a veces tiene uno la sensación de que hay una especie de armonía global, una distribución de pesos que hace que, poco a poco, las piezas se vayan encajando solas y terminen por encontrar su sitio en el mundo. Me explico. Menos de dos meses atrás hacíamos por aquí conjuros cruzados para que Teresa Romero, a la que bautizamos como Teresiña de Becerreá, saliera victoriosa en su batalla contra un enemigo terrible que se la estaba comiendo por dentro. Hace unos días la vimos en la tele, más chula que un ocho, con su curioso acento madrileño, sacando pecho y disfrutando de su fama, tan efímera como merecida. Aun tiene que terminar de recuperarse, especialmente en el terreno anímico, donde ha sufrido fuertes embates pero, viéndola ante la cámara, parece como que ya está en su sitio.

Por aquel entonces, si lo recuerdan, nos hacíamos cruces con la respuesta de los responsables de Sanidad, a nivel nacional y autonómico. ¿Y dónde están ahora? Aquí quedó dicho que la señora Mato, a la sazón Ministra de Sanidad, era una especie de ectoplasma que no decía nada porque es imposible que la señora Nadie pueda articular una declaración coherente. Doña Mato está ya en el lugar que le corresponde: su chalet de Pozuelo, en donde debe vigilar atentamente el garaje, no sea que le brote algún nuevo Porsche por arte de magia. Por cierto, hemos estado una semana sin Ministro. ¿Ustedes han echado en falta algo? Honradamente, yo no he notado la diferencia entre que esté la señora Mato o que no haya nadie al frente.

En cuanto al malvado Rodríguez, también a la sazón consejero regional del ramo, pues igualmente está por fin donde le corresponde, en el hospital del que salió, presumiendo de facha entre las miradas de censura de sus compañeros de profesión. Sus últimas declaraciones revelan lo que yo ya intuía: que sus disculpas a Teresa y a su marido no eran sinceras, que se las dictaron para salvarle la cara. En cuanto lo han dejado suelto de nuevo, ha recuperado su discurso más casposo y ha vuelto a decir lo que piensa. Bien mirado, es una pena que lo hayan cesado. Yo hubiera preferido que siguiera en el puesto y que cada semana largara un poco más. Cada declaración suya hacía perder más votos a su partido de impresentables.

Otro que está donde se merece, para alivio de todos los españoles, es el señor Gallardón. Es decir, en su casita, rumiando su ofensa por no haber sacado adelante la Ley del Aborto que le ha retratado ideológicamente para la historia. Y sin poder derrochar más dinero de los contribuyentes. No es difícil imaginárselo en el salón de su casa haciendo pucheros (nadie como él para los pucheros), cada vez que rememora su despecho. Los que no están, sin embargo, en el lugar que les corresponde, son esos auténticos piezas llamados Blesa y Rato. Por ahora. Pero démosles tiempo. Todo llegará. Tengamos paciencia. Y cuidado con Gori-Gori, que también tiene su parte de delito.

Otro que está donde debe estar es el señor Lendoiro, don Augusto César: fuera del fútbol y en el entierro de un delincuente con antecedentes penales más amplios y variados que los de Luis Candelas, apoyando a ese heroico miembro de la peña que le impuso una medalla cuando dimitió como presidente del Dépor. Es de bien nacidos ser agradecido. Y, ya que ha salido otra vez este triste asunto, no puedo dejar de referirme a la interpretación que se hace del mismo en clave nacionalista. El martes se jugó en Vitoria un partido de copa del Alavés contra no sé quién. Antes de empezar, en una de las esquinas del estadio se rindió un sentido homenaje al inefable Jimmy, transfigurado en activista antifascista gallego, asesinado por matones neonazis españoles, en la capital del Estado (odian tanto a España, a la que pertenecen, que la llaman el Estado, así a secas), adonde seguramente había acudido a visitar a su tía abuela por Navidad y traerle un poco de turrón.

Homenajes similares han tenido lugar en otros estadios de las periferias por donde brotan esos sentimientos disgregadores. Allá donde se encuentre el pobre Jimmy, estará henchido de orgullo: ya saben que otro de sus amigos ha revelado que el día antes de su viaje fatídico le comunicó su convicción de que esta vez sí, esta vez saldría en todos los periódicos, porque o la armaba gorda, o terminaba en el río (triste premonición). Seguramente remató la frase exclamando ¡¡Arre carallo!! Pero ya saben que la capacidad de tergiversación de los nacionalistas es infinita y no desaprovechan una sola ocasión de arrimar el ascua a su sardina (o de agarrarse com es d’Elx, que decimos en Valencia).

Así que, eso mismo voy a hacer yo (agarrarme com es d’Elx). Quiero decir que, a cuenta de hablar de que a cada persona el tiempo acaba por ponerla en su sitio, voy a recuperar mi vieja inquina antinacionalista, que han pasado casi dos meses desde que prometí no volver a hablar de Cataluña y ya va siendo hora de romper esa promesa. Después de dejar el tema reposar, a ver si fermentaba, he llegado a algunas conclusiones. Cataluña es la tierra donde siempre han vivido los catalanes. Pero, desde hace unos años, ha surgido allí una nueva subespecie, que vamos a llamar los catalonios (por aquello de que Catalonia is not Spain). Yo estoy convencido de que Cataluña sí que es España, pero por desgracia, Catalonia no.

Tal como se vio en la consulta o lo que fuera, celebrada el pasado día 9 de noviembre, parece que los catalonios son un tercio de la población total, dando por probable que ni uno solo se quedara en su casa sin ir a echar la papeleta en la urna o buchaca establecida al efecto. Pero la proporción crece sin cesar y el tema va por bastante mal camino. Rajoy no sabe qué hacer pero es que, haga lo que haga, cada vez hay más catalonios. Si Rajoy se tira un pedo, otros tres o cuatro catalanes se cambian de bando. Y si no se lo tira, otro tanto. Frente a esto, los catalanes están callados y preocupados. La semana pasada conocí a un catalán, en las sesiones del CONAMA, Congreso Nacional de Medio Ambiente, y concerté con él una visita a Madrid Río. Era de mi quinta y pasamos el día entero juntos, hasta que se fue en el AVE de Atocha.

No fui yo quien sacó el tema del soberanismo, Dios me libre, yo no sabía si se trataba de un catalán o de un catalonio, entre los que, por cierto, también tengo algún amigo. En síntesis, su discurso fue el que les cuento. Mi nuevo amigo del alma se autodefinió como militante histórico del PSC, cuyo carné no había devuelto por una cuestión sentimental. Según él, el inacabable período de mando absoluto de CiU en todas las administraciones catalanas, con el señor Pujol a la cabeza, había sido como una tortura para la gente medianamente progresista de su tierra y había dejado las arcas regionales exhaustas. Para él, CiU es exactamente lo mismo que el PP: un partido de la oligarquía, defensor de una clase alta depredadora y construido a base de clientelismo y reparto de prebendas.

El malestar generado por ese largo mandato, cristalizó en su derrota frente a la izquierda. El problema fue que el PSC tuvo que tirar de Izquierda Unida y Esquerra Catalana, para formar el llamado tripartito, tanto a nivel regional, como local, en Barcelona y las principales ciudades catalanas. Bueno, pues los cuatro años del tripartito fueron aun peor, hasta el punto de que CiU recupero el poder, ya con Más a la cabeza y la actual deriva soberanista, motivada por la necesidad de huir hacia adelante y tapar las escandalosas irregularidades contables de los últimos tiempos. ¿Y por qué fracasó el tripartito? Pues mi amigo lo tiene muy claro: por culpa de Esquerra. Con estos señores no se puede hacer nada (lo dice mi amigo, yo sólo lo transcribo). Además, hacían alarde continuo de su capacidad de bloqueo. Tenim la clau, era su frase más repetida.
    
Entendí perfectamente lo que me contaba este catalán culto, progresista y sincero, porque, según mi interpretación, en Galicia sucedió algo idéntico y eso precipitó la vuelta del PP, del que todo el mundo estaba hasta los huevos cuatro años antes. Ya sé que más de un comentarista me ha tachado de nacionalista español, pero nada más lejos de la realidad. Como ya he dicho aquí, mi sueño es que un día formásemos una federación con Portugal, la gran Iberia soñada de Saramago, para ser más fuertes en Europa (que es otra federación, al fin y al cabo).  Ningún nacionalista gallego puede decirme a la cara que le gustan más que a mí los grelos y los percebes, pero es que no veo la necesidad ni la conveniencia de que los pueblos nos disgreguemos en estados pequeñitos, para que nos jodan mejor.

Tal como yo lo veo, y así lo vengo proclamando desde hace más de 300 posts, los nacionalistas tipo Esquerra o similares, lo que están haciendo es perjudicar a sus pueblos respectivos, abocándolos a una situación mucho peor que la actual. Como el que escupe al cielo, o el que orina contra el viento. Lo malo es que el escupitajo o el pis, en este caso, mancha a mucha más gente y, especialmente, a los que no están por la labor. En mi reciente viaje por Europa, descubrí una cornisa decorada con una sabia máxima al respecto en latín. Fue concretamente en Ámsterdam, muy cerca de la Leidseplein, y aquí abajo tienen la imagen.



Está bien claro: el homo sapiens no orina contra el viento. Cierto que al sujeto al que les muestro en la imagen de más abajo, tal vez sea un poco aventurado considerarlo dentro de la subespecie homo sapiens. Lo que parece claro es que este también es un pieza. Y, como los otros, acabará encontrando su sitio. Sean felices, pasen un buen finde, yo me voy de senderismo, ya les cuento.