miércoles, 9 de abril de 2014

244. A perfect weekend

Bueno, ha sido contarles mis aventuras ciclistas del viernes con una guapa rubia quebecoise y generarse una expectación desmedida acerca de cómo terminó la cosa, no sólo por parte de un comentarista cachondo que me vacila al respecto, sino de varios compañeros/ñeras del curro, que dicen descubrir una luz especial en mis ojos esta semana, que me ven inusualmente contento, de lo cual coligen que todo eso que digo de la primavera y la luz de la ciudad son en realidad simples metáforas de una especie de beatitud o plenitud interior, próxima al nirvana, en el que habría entrado tras mi encuentro con la señora Lemieux.

Desde luego, cuidao que sois ustedes cotillas y malpenzao’, joé, cagüen mis muertos. Está bien. Les cuento. La señora Lemieux trabaja en el Área de Cultura del Ayuntamiento de Québec. Lógicamente, su programa incluía El Matadero y otros centros, como La Tabacalera, un lugar alternativo ligado, digamos, a una especie de cultura okupa tolerada. Quería visitarlo por la tarde, después de comer, y yo me ofrecí a llevarla en coche hasta la puerta (a mí no se me ha perdido nada en la Tabacalera). Me dijo que no, que necesitaba caminar, y la entendí perfectamente: se había tomado dos copas de vino blanco helado con la comida, y eso le había inducido que se le viniera encima todo el cansancio del viaje transoceánico, la estancia en Granada y aquella larga mañana de actividades.

Así que buscamos en el Google Maps la ruta a pie a la Tabacalera y salimos a Legazpi. Allí le indiqué dónde arrancaba el Paseo de las Delicias y nos despedimos con un abrazo de colegas. Luego cogí el coche, me fui a casa y me eché una siesta merecida, tras cuatro horas de esforzarme en entender el francés quebecois cerrado de mi guapa interlocutora, que no paraba de hablar ni subida en la bicicleta. Necesitaba también la siesta para coger fuerzas para el weekend de verdad, que empezaba justo después y en el que me lo pasé muy bien y tuve momentos de especial felicidad y alegría, que no les voy a detallar aquí porque corresponden al nivel de intimidad que no se comenta en este foro público (momentos que son el motivo principal de que esté tan contento estos días, y no los que algunos de ustedes se maliciaban, so listos). Como ya he dicho otras veces, el que quiera cotilleos, que se compre el Hola.

Y, para colmo, como si no tuviera bastante con estas cosas, más el estirón del Deportivo hacia la primera división, más el subidón de la primavera y todo lo demás, ayer me entero de los resultados de las elecciones del estado de Québec y la victoria holgada de los partidos que defienden el federalismo, frente a los paletos separatistas que pretendían fragmentar el Canadá. Y no puedo dejar de pensar que, al menos la parte más inteligente y avanzada de nuestro mundo desigual, camina en la dirección correcta. A pesar de lo que está pasando en Ucrania. Los malpensados que siguen mi blog seguro que creen que es mucha casualidad que justo ahora salga este tema, pero les juro que yo no sabía nada de que el domingo hubiera elecciones en el Québec. Por lo que leo, los resultados han sorprendido a todo el mundo.
 
Este tema, y su relación con el llamado conflicto catalán, se merece un post exclusivo que dejo para otro día. Porque algunas de las cosas que he vivido en este bonito fin de semana de primavera, sí que se pueden contar, ya que son atribuibles al personaje protagonista del blog, ese que me esfuerzo en interpretar cada día. Ya saben, ese tipo inasequible a la vejez y al desánimo, que no se arredra ante ninguna dificultad, al que no le pasan putadas, ni se le mueren personas queridas, ni se lleva disgustos de ningún tipo. El sábado noche, por ejemplo, asistí a la presentación de la novela Todo lo que existe, que mi amiga Ángeles Sánchez ha logrado publicar y que desde aquí les recomiendo vivamente. Creo que no es un libro que se venda en todas las librerías; para hacerse con él hay que pedirlo a través del Círculo de Lectores, o por alguna página como ésta que les pongo a continuación y que incluye una reseña bastante precisa de la historia que se narra.

Conocí a Ángeles a través de su marido, mi colega Billy de la Calzada, arquitecto y bluesman de altura y todavía mejor persona, a quien está dedicada la novela. Es una dedicatoria escueta, desnuda, que no requiere otras explicaciones o detalles: uno abre el libro y en el centro de su primera hoja dice “A Billy de la Calzada”. Hace más de un año leí un borrador del texto. Y el otro día le compré cuatro ejemplares, uno para mí y tres para regalar dedicados a personas que creo que sabrán apreciarla. Que una colega haya conseguido el difícil anhelo de ver su primera obra larga en papel, es otro de los motivos por los que estoy tan contento.

Ángeles es una mujer dulce, cariñosa, maternal, próxima, siempre sonriente, y sorprende un montón empezar a leer su libro y encontrarse en medio de una trama angustiosa, descarnada, crispada, de mafiosos agresivos y violentos, de gente que se rige por la ley de la calle, y encima contada desde el punto de vista de un adolescente que intenta orientarse en ese medio difícil, un tipo con la confusión típica de esos años en que uno se ve de pronto encerrado en un cuerpo de adulto, urgido por unas hormonas que no dan tregua y teniendo que descubrir las claves de cómo moverse en el mundo de los mayores sin salir dañado. La autora logra con éxito meterse en la mente de ese personaje, con su típico lenguaje chulesco, de ribetes incluso machistas, en un esfuerzo creativo admirable.

Lo curioso es que Ángeles presentó el libro al concurso del Círculo de Lectores, donde fue seleccionado por el Jurado junto con otras dos novelas, que se colgaron en la Web del club, para que los socios las leyeran y votaran por la que les pareciese más merecedora del premio. No es por pasión de amigo, pero las otras dos novelas eran mucho peores. Sin embargo, el premio fue a caer a uno de esos bodrios, y mi amiga se llevó un disgusto grande. Yo también me enfadé mucho y el fallo me hizo replantearme la validez de estos concursos resueltos por el voto popular. Pero, unas semanas después, los del Jurado telefonearon a Ángeles. Le dijeron que no estaban de acuerdo con el veredicto popular, que no tenían duda de que su novela era la mejor, y que, por primera vez en la historia del premio y en contra de sus propias bases, iban a recomendar la edición de un finalista. A partir de aquí, todo fue sobre ruedas.

Así que no sé a qué esperan para hacerse con la novela. Es un relato con un comienzo demoledor, cuya tensión no cede hasta el final. Ya sé que no hacen demasiado caso de mis recomendaciones, pero yo soy tozudo y siempre les insisto. Por ejemplo, el otro día les hablé de la película El mundo es nuestro y seguro que aun no se la han comprado. Yo sí, el domingo en la FNAC, vale sólo 5€ y les repito que van a tener que verla al menos dos veces, porque en la primera las carcajadas propias y ajenas no les van a permitir entender completamente todos los diálogos. Yo sé lo que les puedo o no recomendar. Por ejemplo, el domingo fui al cine a ver una película cojonuda. Se llama Ida y es polaca. Es en versión original subtitulada, en blanco y negro y en un formato cuadrado bastante pequeño. Quien vaya a verla debe saber estas cosas.

Lo cierto es que, como dice Carlos Boyero, la historia que se narra no podría contarse en color y con una fotografía menos minimalista. La historia es tremenda, habla de dos mujeres, tía y sobrina, en los años sesenta, que se ven en la tesitura de investigar el pasado de su familia, para determinar por qué los jodieron como los jodieron. Eso lleva a una conclusión terrible: que algunos polacos aprovecharon la invasión nazi para delatar a sus vecinos judíos, bien por cobrarse viejas afrentas o por pequeñas desavenencias vecinales, o simplemente para quedarse con sus casas y sus tierras. Es un asunto universal. ¿O acaso creen que no pasó lo mismo en nuestra guerra civil? 

En fin, los demás autores de Blog se mueren de envidia, porque el mío es el mejor, y lo que no entiendo es por qué entran ustedes a otros foros. Me dicen que les han visto entrando en otros blogs y no puedo tolerarlo, la gente se va a reír en mi cara ¡¡¡NO PUEDEN HACER ESO!!! ¡¡¡YOU CAN’T DO THAT!!! ¿Que de qué va este último párrafo enloquecido? Pues seguro que más de uno ya lo ha identificado. Es una transposición de la letra que cantaba John Lennon en You can’t do that, extraordinaria canción incluida en el álbum A hard day’s night. Hoy se cumplen 50 años de su publicación. Y luego dice el amigo Groucho que si vamos velliños… Les dejo con esta melodía estimulante. ¡Ah! Y, por supuesto: ¡¡AUPA ALETI!!


lunes, 7 de abril de 2014

243. Lo que hice el viernes

Había yo colgado dos posts al principio de la semana con intención de aumentar el ritmo de publicación de textos en el blog, que lo tengo algo descuidado, pero es que no hay manera, llevo desde el jueves sin venir a la oficina y a ver de dónde voy a sacar yo tiempo para escribir, con la intensa vida social que desarrollo cuando no tengo que estar siete horas y media aquí encerrado. Nada, que, hasta que esta mañana he puesto mi trabajo al día, he mirado el reloj y he visto que aun me sobraba la mitad de la jornada, no he encontrado un hueco para ponerme a desgranar mis reflexiones.

No puedo negar que también me ha afectado la llegada de la primavera, estación maravillosa en Madrid, y más tras un invierno de muchas lluvias, fríos y vientos. El sol ha lucido espléndido, el aire es limpio, los cerezos están en flor y el personal sale a la calle, como hacen los caracoles y los lagartos después de una tormenta prolongada. El cambio de horario alarga las tardes, las plazas se llenan de gente, los bares extienden otra vez sus terrazas, los tarzanes lucen sus bronceados bíceps circulando en camiseta y las mujeres ¡¡Ah, las mujeres!! En fin, para describir esto no conozco frase más precisa que la del amigo Groucho (no Marx, sino el comentarista del blog): estos días, las mujeres se quitan la ropa de abrigo y se ponen las tetas. Y luego está la luz de Madrid, una luz única, que le da al cielo un tono que se ve en pocos lugares.

Supongo que ya saben que el dicho “de Madrid al cielo” es en realidad una derivación de la parte final de un largo refrán que iba enumerando lo mejor de una serie de lugares. No me lo sé, pero era algo como: de Toledo, el río (por decir algo), de Segovia el cochinillo, de Albacete, las navajas, de Ávila, la muralla… y de Madrid, el cielo. Pues eso, que sube la temperatura y sopla la brisa de la sierra y uno sale a la calle y encuentra algo muy parecido a la felicidad. Como el viernes no vine a la ofi, pues me siento como si hubiera pasado un largo puente, repleto de momentos muy gratos, algunos de los cuales se los cuento a continuación. Y para colmo, ganó el Deportivo, perdieron todos sus rivales para el ascenso, y ganaron también el Aleti y el Rayo, que ya he dicho que, mientras el Dépor esté en segunda, son mis equipos.

El viernes empecé el día llevando mi Toyota Auris a la revisión del primer año. Parece que fue ayer cuando me lo compré y ya ha pasado un año. Esto va a toda leche. La primera revisión hay que hacerla a los 15.000 kms. y yo llevo ya 18.500, así que me regañaron moderadamente, porque el coche está bien cuidado y le prodigo todos mis mimos. Por ejemplo, el día que me lo cagó el cigüeño, lo llevé a lavar enseguida, que la cagalera de cigüeño es corrosiva. La gente dice que la culpa de tales desaguisados la tienen esas grandes palomas torcaces que andan por los parques hace años, pero créanme: lo que encontré sobre mi Toyota una mañana en que lo dejé durmiendo al raso, sólo puede ser la deposición de un cigüeño descompuesto. 

Les he avisado varias veces que no lean mi blog mientras cenan. Si no me  hacen caso, más no puedo hacer. Volviendo al Toyota, aprovechando la revisión, me compré un Kit Adiós Rayones, que es como el champú Fructis Adiós Daños que anuncian en la tele. Se compone de dos frasquitos del formato del antiguo Typex, con el que corregíamos los escritos en los tiempos prehistóricos anteriores al ordenador. Con pincelito y todo. Para su correcto uso, se recomienda lavar primero la rozadura con Politus o similar, para quitar los restos de goma y de otras chapas, y dejar limpio el arañazo. Luego secarlo perfectamente con una bayeta Spontex antes de darle el primer producto, la pintura, blanca en mi caso. Y, una vez seca la pintura, aplicar el barniz incoloro que viene en el otro frasco. Ya ven qué apañadito soy.

Con el Toyota revisado, me acerqué al Centro Cultural El Matadero, donde me esperaba la señora Julie Lemieux, miembro del Consejo Municipal de Québec City, cuya foto les pongo aquí al lado, para que vean qué guapa es. Julie es también una mujer inteligente y agradable. Québec City es la única ciudad al norte de la frontera mexicana que está declarada Patrimonio de la UNESCO. Me dicen que es una ciudadela francesa amurallada preciosa, que alberga las dependencias administrativas del Estado de Québec, cuya capital económica es Montreal. Esta señora había viajado a Granada, a una reunión de ciudades patrimonio de la UNESCO, y había decidido pasar un par de días en Madrid, ciudad por la que tenía gran interés. Acababa de visitar el Matadero, cuyos responsables nos prestaron un pequeño despacho y un ordenador y me dejaron con ella.

La idea era que yo le mostrase mis presentaciones sobre el crecimiento histórico de Madrid y el proyecto Madrid Río, para después dar un paseo por los jardines del nuevo parque fluvial. Le dije que podía contárselo en francés o en inglés y ella prefirió el francés. Al final, me preguntó si me importaba que el paseo lo diéramos en bicicleta y le dije que estupendo, que así podíamos recorrer el parque entero. Descubrí ese día que allí mismo alquilan unas bicis holandesas estupendas, de esas grandes de paseo que no tienen barra superior. Hasta ahora, para mis paseos oficiales por el parque, había recurrido a mi propia bici, o a las que alquilan en el extremo norte, que son más corrientes. Estas holandesas tienen además cubrecadena, con lo que no te manchas ni te destrozas las perneras. Así que pueden imaginar lo chulo que me sentí pedaleando al sol de la primavera madrileña, con mi traje oscuro impecable en compañía de una rubia quebecoise.

Porque yo me pongo traje siempre que tengo que recibir a un visitante extranjero, sea hombre o mujer, y sea ésta guapa o fea. Y trato a todos con la misma amabilidad. Acabamos nuestra excursión a las 3, y comimos juntos en el restaurante del Matadero, un lugar grato con muy buena relación precio calidad. Allí hablamos de lo divino y lo humano y descubrí que mi guapa invitada era una especie de alma gemela mía. Me contó que había tenido antes otros puestos de mayor responsabilidad en el Ayuntamiento de Québec, de los que la habían descabalgado sin motivo aparente y que, desde entonces, aprovechaba para hacer contactos y viajes de este tipo, a la espera de tiempos mejores. Por supuesto que no dejé de decirle que yo estaba en situación parecida y que me encantaría viajar a Québec, si tienen a bien invitarme.

De manera totalmente intencionada llevé la conversación a dos temas sobre los que me interesaba conocer su opinión. Uno el de las Olimpiadas. Yo tenía idea de que los Juegos de Montreal, en 1976, habían sido un fracaso organizativo y económico que había generado una deuda para la ciudad que, casi 40 años más tarde, aun seguían pagando. Me confirmó todo eso, punto por punto, pero me dijo algo aun más tremendo. Que, como en toda empresa que sale mal, se hicieron auditorías y revisaron minuciosamente todas las cuentas. Que esa revisión descubrió que determinados responsables públicos se habían llevado el dinero a manos llenas. Que eso generó un escándalo de proporciones descomunales, que propició una especie de catarsis colectiva, concretada en varios tipos procesados y encarcelados, una renovación completa de la clase política y la promulgación de normas estrictas que evitasen que cosas así se repitieran.

Yo no imaginaba que en Canadá sucedieran este tipo de cosas. Ya ven que en todas partes cuecen habas. A lo mejor la cosa viene de la cultura francesa, mediterránea al fin y al cabo. Y aquí viene mi reflexión al respecto: salgan bien o mal estos saraos, hay una serie de gente que se forra con ellos. Lo que pasa es que, cuando salen bien, nadie lo investiga. La señora Lemieux me confesó que, sea cual sea su resultado, a ella no le gustan estos eventos que requieren un esfuerzo inversor desmesurado a las ciudades, que, tras quince días de esplendor, reciben una herencia en forma de deuda e instalaciones inútiles imposibles de rentabilizar.

El otro tema que le suscité, ya se lo imaginan y se lo pregunté directamente: ¿estaba o no a favor de la independencia del Québec? Se entristeció visiblemente y me dijo que por supuesto estaba contra la secesión, que consideraba que el Québec tenía toda la libertad del mundo para desarrollar su cultura y sus derechos en un estado federal, que ellos estaban integrados en la Francofonía (la Commonwealth de los franceses) a todos los efectos, pero creían que, asociados con la parte anglófona, tenían un peso mayor en el concierto internacional y podían defenderse mejor.

Que en su estado los separatistas habían llegado a rondar el 50%, pero precisamente se trataba de la gente más rural y menos culta. Que menos mal que el Tribunal Supremo se había implicado en el tema, que si no, podían haber acabado como los yugoslavos. Que tenía un par de amigas en la amplia comunidad de refugiados bosnios musulmanes de Canadá, que le habían contado atrocidades impensables, y que le parecía absurdo lo sucedido en Yugoslavia entre pueblos étnicamente idénticos que comparten incluso el mismo idioma: el serbocroata.

Ahora entienden por qué les digo que el viernes encontré un alma gemela.
  

miércoles, 2 de abril de 2014

242. Los conciertos de rock de 1980, en Madrid

1980 fue un año clave para el rock en directo en la capital. En aquellos tiempos primigenios de nuestra recién recuperada democracia, la llamada Movida estaba aún en mantillas. Los colegas de los barrios seguían con veneración a los grupos ruidosos y esforzados del heavy metal local, como Barricada, Obús, Ñu, Burning o Leño. Madrid estaba fuera del circuito internacional, todavía superada por una Barcelona cosmopolita, donde los nacionalistas eran vistos como unos tipos de derechas bastante ridículos (Vargas Llosa, que vivía allí por entonces, lo cuenta en el artículo, ya comentado en el blog, cuyo link les pongo otra vez). El principal promotor nacional de conciertos de rock, un barcelonés llamado Gay Mercader, llevaba a los mejores grupos a su ciudad pero no a Madrid, donde no había expectativas de negocio.

Así sucedió con el flamante Elvis Costello, que a finales de 1979 vino sólo a Barcelona. Yo estaba en la mili y, para que me dieran un permiso de tres días, tuve que pretextar la celebración del CONSTRUMAT, una Feria Inmobiliaria que, en mi condición de arquitecto, no debía perderme de ninguna manera. Con el permiso en mi poder, cogí un tren para ver al nuevo prodigio. Por esas fechas, a Madrid sólo venían conjuntos extranjeros veteranos en plena decadencia, con sus cantantes gordos y sebosos. Los grupos de la Movida ya existían pero no se les conocía. En el concierto de Elvis Costello, por ejemplo, los teloneros fueron los para mí desconocidos Radio Futura, que tocaron apenas veinte minutos.

En febrero de 1980, entre los colegas se extendió por el boca a boca (no había redes sociales entonces) la convocatoria de un concierto que se iba a celebrar en el salón de actos de la Escuela de Caminos y que nadie debía perderse: el homenaje a Canito. ¿Y quién es Canito, tío? Y yo qué sé, tronco, creo que uno que se ha matao con un buga, tío, ni puta idea de quien era. Con escepticismo mal disimulado asistimos a una procesión de músicos que tardaban un montón en cambiar y afinar sus instrumentos entre grupo y grupo, total para interpretar dos o tres canciones blanditas, cantadas con voces anémicas, con un sonido horrible y muy poca energía en el escenario.

Los únicos que me gustaron algo fueron un grupete que respondía al nombre de Mario Tenia y los Solitarios, que al menos eran simpáticos. Ni siquiera reconocí en la supermaquillada lideresa del grupo Alaska y los Pegamoides, que cantaba subida en unos coturnos king size, a la adolescente gordita con falda vaquera cuadrada que aporreaba una guitarra rítmica junto al batería de Kaka de Luxe, un grupo infame al que había visto en la sala MM unos años antes. Ninguno de los conjuntos de aquella tarde me pareció superior a Radio Futura, que tampoco me habían impresionado mucho en Barcelona. Sin embargo, todo el mundo coincide en considerar ese concierto como la fecha mítica fundacional de la Movida.
  
Algo se empezaba a cocer en la ciudad y el avispado Gay Mercader, que tenía un olfato de lince para los negocios, se decidió por fin a empezar a traer a sus músicos a la capital. Uno de los primeros en anunciar su visita fue Lou Reed, cuyo primer concierto en Madrid se programó para el 20 de junio, en el Campo del Moscardó, en Usera. El Moscardó es un equipo de fútbol creado en los cuarenta para los chavales de la Colonia Moscardó. Con motivo del nombre franquista y con ayuda de un presidente entusiasta, el club empezó a crecer y se construyó un campo muy grande, que enseguida se reveló desmesurado. En los setenta, el equipo llegó a jugar una única temporada en Segunda División, que terminó colista. El club existe todavía y juega en la Preferente madrileña, pero el campo está cerrado y abandonado. En los 80 se pensó recuperar una parte de la inversión comprometida, alquilándolo para conciertos. El lugar era amplio y permitía montar grandes escenarios, pero los accesos eran horrorosos, era imposible aparcar cerca y la gente de Usera no veía con buenos ojos que de vez en cuando se les llenara el barrio de melenudos que dejaban las calles hechas una pena.

El concierto suscitó la expectación de los colegas, atraídos por el malditismo y el discurso suburbial de Reed, un tipo capaz de pincharse en escena, fíjate, qué demasiao, tío. Y eso que, según la prensa, se acababa de casar con Laurie Anderson, su tercera esposa, y ese era un dato que descolocaba un poco al personal, que no cuadraba con su perfil. El concierto fue un completo fiasco. Para empezar, el camión del equipo de sonido se vio retenido en Legazpi por una huelga de transportistas, algo normal en aquella época convulsa. Dos horas después de la anunciada, la cosa seguía sin arrancar y la basca estaba irritada y caliente, porque nadie nos explicaba la causa del retraso. Y el propio Reed estaba aun más cabreado de lo habitual.

Empezó finalmente el concierto, en medio de los silbidos y abucheos del personal, ante un Lou Reed bronceado y con buen aspecto, que estaba hasta un poco gordito, cantaba sentado y no hacía nada por empatizar con el público. Menudeaban los insultos: hijoputa, gordo cabrón, pringao y (el peor de todos) ¡¡CASAO!! Entonces empezaron a tirarle cosas. Algo le dio en la cara, según unos una moneda, según otros un pitillo encendido. Con gesto serio, el tipo se bajó de la silla, dio media vuelta y se largó. No hubo forma de convencerlo de que continuara el concierto, que había durado unos diez minutos. Cuando los técnicos empezaron a desmontar el equipo se armó la mundial. En casos como este, como sabe la policía, lo mejor es recuperar la música, porque el personal cabreado la puede liar parda. Pero Lou se negó a volver.

Yo salí pitando como pude. Luego supimos que los exaltados asaltaron el escenario, echaron a los técnicos a bofetadas, se llevaron los instrumentos y lo destrozaron todo. El escritor Ray Loriga, otro que cultiva la imagen de malditismo suburbial, presume de que fue un amigo suyo quien se llevó la batería, que conserva en su casa como un tesoro. La escasa policía presente se vio desbordada y no pudo parar el tsunami, que luego se extendió por todo el barrio. Hubo carreras y cargas. Las turbas arrasaron con farolas, papeleras, vidrieras de comercios y contenedores de basura. Los habitantes de Usera, distrito obrero por excelencia, asistieron atónitos a unas escenas que creían ya superadas con la desaparición de los grises, cuyo uniforme se acababa de sustituir por otro de tonos marrones (por entonces, quien llegaba a Bilbao en tren encontraba frente a la Estación una pintada gigante, que rezaba: GRISES O MARRONES, IGUAL DE CABRONES).

Gay Mercader se negó a devolver el dinero de las entradas, porque dijo que la culpa de lo sucedido la tenía el público. La prensa condenó unánimemente el incidente, desde el ABC hasta el Mundo Obrero, órgano oficial del PC, que venía a decir en su artículo de fondo que ese entretenimiento de señoritos que eran los conciertos de rock, mejor que se llevara fuera de los barrios obreros. Ante el follón montado, el Gobernador Civil decidió prohibir el siguiente concierto a celebrar en el Campo del Moscardó: nada menos que el gran Bob Marley. Las entradas estaban ya todas vendidas y, esta vez, Gay Mercader tuvo que admitir su devolución. Pero el mejor artista jamaicano de todos los tiempos se quedó sin actuar en Madrid, donde nunca llegaría a debutar porque, como saben, moriría de cáncer de pulmón un año más tarde. Sí lo hizo en Barcelona, y lo había hecho dos años antes en Ibiza, en un concierto que los asistentes califican de memorable.

Más adelante, volvieron los grupos al Moscardó (yo he visto allí a Roxy Music y a Police). Pero por entonces, no estaba el horno para bollos. En esa tesitura, se planteó la posibilidad de traer a Madrid a los Ramones, el grupo precursor del llamado punk-rock, un movimiento que, musicalmente, se limitó a copiar lo que hacía este mítico grupo neoyorkino. Los Ramones venían a Barcelona, a participar en la fiesta del PSUC, y el avispado Gay pensó que ahí había negocio y organizó el concierto para el 26 de septiembre en la plaza de toros de Vista Alegre, conocida como La Chata, un lugar con mejores accesos, que años después sucumbiría a la especulación inmobiliaria, siendo demolida y sustituida por un Palacio de Deportes y un Hipercor. El concierto suscitó una expectación previa considerable. No sabíamos entonces que los Ramones, sorprendidos por la acogida, el cariño y el éxito apoteósico, tomarían la costumbre de volver a Madrid casi todos los años, hasta que se disolvieron.

¡El primer concierto de Los Ramones! ¡Cuántos recuerdos asociados! Allí estaba la peña al completo, ante la perspectiva de ver a un grupo puntero en plena expansión, sin tener que esperar a que sus componentes estuvieran viejos y acabados. Actuaron como teloneros Nacha Pop (joder, qué nombre), un grupo más adelante hipervalorado en el contexto de la Movida, que por entonces ofrecía un sonido indecente, unas voces destempladas y una música banal, totalmente inadecuada para la ocasión. Bien es cierto que el personal le prestaba menos atención que al cuarto toro en Sanfermines. Quiero decir que los colegas estaban de espaldas al escenario, comiendo bocatas de caballa, bebiendo latas de cerveza y liando los últimos canutos. Se escuchaban conversaciones del siguiente tenor: ¿De dónde han salido estos pringaillos? No sé, tío, creo que son unos pijos del barrio de Salamanca que están empezando. Lo que están empezando es a tocarnos las pelotas, a ver si acaban de una vez.

Apenas hubo aplausos para los teloneros y, tras una larga preparación, con cambio de casi todo en el escenario, salieron en tromba Los Ramones con toda su parafernalia de banderas con águilas y bates de béisbol en negro sobre rojo, humos de colores y una avalancha de sonido a todo volumen al grito de ¡¡Hey Ho Let’s Go!! y aquello fue la locura. Joey, el cantante, tenía una voz atronadora y agarraba el micro a dos manos contorsionando su humanidad de 2 metros sin mover los pies del suelo, mientras guitarra y bajo, uno a cada lado, daban saltos como grillos y abrían el compás de sus piernas en ángulos imposibles. Cantaban sus canciones de 2 minutos igual que en los discos, sin alargarlas ni añadir adornos, si bien enlazaban cuatro o cinco sin parar y luego hacían pequeñas pausas en las que valoraban el entusiasmo del público, atónitos ante el hecho de que la gente se supiera sus canciones. Tras cada pausa, Joey miraba a su derecha y hacía una señal (la 7, la 10, la 11 y la 14) y volvía la avalancha de sonido. Eran profesionales y dieron todos los bises que se les pidieron, hasta acabar agotados.

Agotados terminamos también los agradecidos colegas, tras más de una hora de disfrutar en la arena de la vieja Chata de Carabanchel dando saltos tan altos como los de los músicos, levantando puños y vociferando hasta quedarnos roncos. Asistíamos a un evento que jamás olvidaríamos. El mundo del rock madrileño no volvió a ser el mismo. Ahora estábamos en el circuito. Ya no tendríamos que viajar para ver buenos conciertos, ni limitarnos a escuchar a veteranos en el ocaso de su carrera. Francisco Umbral, escribió la crónica del concierto cuyo link les pongo abajo y les recomiendo que lean. Hay que ver qué bien escribía este señor tan insoportable. Por cierto, Julito el Eléctrico era amigo mío. A saber qué ha sido de él.