jueves, 19 de septiembre de 2013

176. Aniversario

Hoy hace un año que se abrió este blog. No recuerdo muy bien cómo fue que empezó la cosa, ni por qué me dio por meterme en semejante lío. Como ya les he contado, es posible que todo partiera de cuando empecé a tomar diariamente Artilane, un producto de parafarmacia que evita el deterioro de los cartílagos rotulianos, que yo ya tengo bastante agujereados y llenos de goteras. Es el mismo producto que toma el rey Juan Carlos, según me dicen, así que es factible que tenga efectos secundarios imprevisibles, mayormente para la pelota, que lleven a unos a cazar elefantes y a otros a escribir posts como locos. No sé. 

Lo que puedo asegurarles es que, hace un año, no tenía ni idea de dónde me estaba metiendo. No me corresponde a mí hacer valoraciones sobre la calidad del producto, lo que puedo decirles es que a mí me sigue divirtiendo el tema y por eso sigo. Y sí se pueden hacer algunas consideraciones numéricas. Por ejemplo, este es el post #176. Si multiplicamos esta cifra por 2, obtenemos 352. Un número bastante cercano a los 365 días del año transcurrido. Es decir, que he mantenido un ritmo cercano a un día sí, otro no. Si tenemos en cuenta que la primera quincena de agosto me la tomé de vacaciones de blog, pues puede decirse que, en la práctica, he mantenido una media de un post cada dos días. 

Es algo sin duda meritorio. Revela una tenacidad quizá relacionada con la experiencia de haber corrido maratones, algo para lo que se necesita un tipo concreto de resistencia anímica, o de cabezonería, que no todo el mundo tiene (de hecho, sé de algún seguidor que tuvo que dejar de entrar en el Blog, porque era incapaz de leer a la velocidad que yo escribo). Desde el primer día proclamé mi intención de primar la cantidad sobre la calidad. Algunos colegas blogueros a los que sigo, se rigen por el modelo contrario. Escriben un post cada tres meses. No se deciden a colgarlo hasta que está perfecto. Niquelao. Yo busco algo más ágil. Textos que no pasarán a la historia, que a los pocos días se han quedado viejos. Literatura de usar y tirar. Cercana al proyecto de Dieguito, chupatintas del Ministerio, para cuando se jubile (hablo de Luces de bohemia): “una hoja volandera, un periódico ligero, festivo, espuma de champaña, fuego de virutas”. 

Yo busco en mi cabeza o en la prensa una idea sobre la que se me ocurra algún comentario, me informo, busco en Internet, leo lo que puedo. Y cuando estoy listo, escribo de un tirón. El Word me corrige la ortografía y procuro parar en torno a los dos folios. Cuando termino, le doy una o dos relecturas con mentalidad de lector anónimo, detecto las cosas que suenan mal, afino la sintaxis y ¡hala!, a colgarlo. Si sale con alguna errata y alguien me lo dice, la corrijo sin ningún problema. Y si alguien me advierte de un error de fondo, como ya ha sucedido varias veces, pues no lo corrijo: dejo allí el comentario y mi contestación admitiendo que tiene razón.

Empecé arropado por una serie de colaboradores que, por distintas circunstancias, han ido desapareciendo de este foro. El entrañable Lisardo, el ordenanza de planta con aires de banderillero, que me regañaba a voz en grito, ya no está en el mismo edificio que yo. Lisardo pertenece al gremio de Funcionarios de Ceremonial y Asistencia Interna (antiguo de Maceros, Porteros y Ordenanzas), un colectivo que está sujeto al albur de que los trasladen de acá para allá. De todas formas, antes del traslado nuestra relación ya se había distendu, incluso degradé (je suis desolé), porque yo me negué en redondo a hacerme una cuenta de Twitter, algo, según parece, imprescindible para que el Blog adquiera la categoría de viral, condición sine qua non para cumplir mi sueño inicial de aparecer en el Huffington Post.

El problema es que yo ya no quiero salir en el Huffington Post, y que eso de los fenómenos virales me da mucho miedo. Volvamos a los números. El post que ha registrado más visitas en este año, es el #64, “De escoceses y otros estereotipos”, 215 hasta ahora, y creciendo todavía. No tengo ni idea de a qué se debe este éxito. Esta semana he batido algunos records. El post #173 ha recibido hasta 8 comentarios, 16 si se cuentan mis respuestas. Y el día 17 de los corrientes alcancé mi mejor cifra de visitas en un solo día, en concreto 108, debido al éxito fulgurante de mi último post “El abuelo del Planetario”, colgado el día antes, y que en apenas tres días lleva ya cosechadas más de 90 visitas. Tampoco sé la causa de estos éxitos puntuales, supongo que, de vez en cuando, un post concreto le gusta tanto a alguien, que se lo pasa a todos sus amigos.

Cosas como estas me han sucedido varias veces, pero las dimensiones del fenómeno han sido siempre discretas. Si yo me hiciera una cuenta de Twitter, cada vez que escribiera un post, podría anunciarlo en dicha cuenta. Inmediatamente entrarían 2000 o 3000 tipos a leerla. Eso es lo que me da miedo. Dudo que pudiera escribir con la misma libertad, sabiendo que lo que escribo lo van a leer al instante 3000 personas. Entre otras cosas, ¿quién me garantiza que entre esa legión de cotillas no hay alguno que le va con el soplo a la cúpula municipal de la que depende mi sueldo a fin de mes? No creo, por ejemplo, haberme cebado más de la cuenta con el discurso olímpico perpetrado por quien ustedes saben, pero no quiero líos. Quita, quita. Ya sé que es muy cool eso de tener una cuenta de Twitter, oyes, pero yo ya tengo bastante con mi modesto rango de audiencia. Si no llego a viral, me quedaré en bacteriano.

En cuanto al resto de mis colaboradores, se han evaporado también. Sagrario Pérez, mi asesora económica, ha visto cómo reducen la plantilla del periódico para el que trabaja. Estuvieron a punto de incluirla en el ERE y se salvó por los pelos. Ahora hace el doble de trabajo, cobra menos y llega a su casa cada día a las 10 de la noche, exhausta. Y encima, agradecida de conservar el curre. Javier Viñales, experto en historia, se ha jubilado y no sé nada de él. La única persona que sigue conmigo es África, mi agregada cultural, que me sopla cosas como lo de la triscaidecafobia, pero prefiere no salir demasiado en el Blog, porque es tímida. De todas formas, después de un año de bloguero, ya me las voy arreglando solo.

Echo de menos a Lisardo, no obstante, y no sólo por el lado humano, sino porque ya no tengo a nadie que me optimice técnicamente la página. A mí me gustaría, por ejemplo, incluir los llamados hipervínculos, de forma que un post pudiera relacionarse con todos los de su misma temática, con un simple click. Me sería útil, sin ir más lejos, relacionar entre ellos los textos sobre el nacionalismo, tema sobre el que no les sorprenderá saber que estoy preparando una nueva entrada. No sé cómo hacerlo, pero espero averiguarlo.

Algunos de mis seguidores habituales, calculo que tienen algún sistema que les avisa cada vez que cuelgo un nuevo post. A veces subo un texto, le doy un último repaso en busca de erratas y, cuando termino ya hay uno de Estados Unidos que lo está leyendo. Esto de mis seguidores en el extranjero todavía me asombra. Supongo que se trata de emigrantes españoles. Personas que hablan castellano, en todo caso. No consigo que me manden un comentario anónimo, haciéndome saber por qué me siguen (¡Venga, hombre, anímense!). Los más numerosos son los de USA, Rusia y Alemania. A continuación mexicanos, franceses, argentinos, holandeses (estos me sorprenden menos). ¡Y bastantes ucranianos! (tal vez es uno solo que entra muchas veces). Ya sé que esto no es una página de contactos, pero un comentario oportuno podría ser el inicio de una gran amistad, como la que se pronostica en la última frase de Casablanca.

En fin, reflexiones ligeras para conmemorar el primer aniversario. Disculpen este inciso un poco nostálgico y autocomplaciente. Ya volveremos a dar caña a partir del siguiente texto. Seguiremos mientras el cuerpo aguante, no sé si al mismo ritmo o doucement, que dicen los franceses (a modiño, que decimos en mi tierra). Disfruten de este tiempo otoñal tan agradable.

martes, 17 de septiembre de 2013

175. El abuelo del Planetario

Acabo de llegar de dar una vuelta al Retiro a trotecito suave. Si han ido siguiendo este blog, sabrán que es algo que conviene hacer al día siguiente de cualquier carrera, sea maratón, media o de diez kilómetros. De esta forma se destensan los músculos después del esfuerzo de la prueba, se eliminan molestias, se combaten las agujetas y, para el miércoles, uno está listo para continuar el entrenamiento normal. Esto del trote se hace los lunes al atardecer, porque la mayoría de las carreras son en domingo por la mañana temprano, para aprovechar la fresca.

No es el caso de La Melonera, que se corre el sábado a las 18.30, vaya usted a saber por qué, pero para el caso es lo mismo. Tengo ya que decirles que cubrí objetivos. Después de tanto tiempo sin participar en una prueba popular, mis objetivos eran dos: 1, llegar a la meta sin daños en las rodillas y 2, llegar a tiempo de comerme un par de rajas de melón. La última vez que había corrido esta carrera, llegué cuando los melones ya se habían acabado, y les juro que da mucha rabia. La marca que hice no es muy vistosa (1 hora y 2 minutos), pero hay que decir que, según mi smart phone, la temperatura al momento de la salida era de 30 grados a la sombra y que la mayor parte del trayecto transcurría bajo un sol poniente todavía veraniego.

Hoy he consultado la página de clasificaciones y he comprobado que llegué en el puesto 1665, de un total de 2000 inscritos. No está ni bien ni mal: es lo que hay, estoy cerca de cumplir 63, es la primera carrera de la temporada y confío en mejorar mis registros en las siguientes, con más fresquito y por la mañana. Tengo que añadir que el recorrido ha mejorado. Han suprimido unas cuestas criminales que te amargaban la segunda parte del trayecto, sustituidas por un cómodo recorrido de ida y vuelta por el parque Madrid Río. Así que no puedo escudarme en que la prueba es dura, etcétera. Se corre a 30 grados, pero no es tan dura como antes.

No es eso lo único que ha cambiado. Como les conté, la carrera sale de la Avenida del Planetario, frente al Museo de Ángel Nieto y termina en la Junta de Arganzuela, donde está la meta y se distribuyen las rajas de melón de Villaconejos. Esta mañana en el curre, cuando he comentado con los compañeros la historia que estoy a punto de contarles, he descubierto con sorpresa que muchos no sabían que existía un Museo de Ángel Nieto. Eso me ha llevado a dudar de mi estabilidad mental, a concebir la sospecha de que mis recuerdos eran falsos, como los implantes de memoria que les grababan a los replicantes de Blade Runner.

El domingo vi en la tele la película Una mente maravillosa, que supongo conocen. El personaje que interpreta Russel Crowe (y, con él, los espectadores) descubre que algunos personajes que le han estado acompañando hasta entonces no existen, que son inventos de su mente porque padece esquizofrenia. Así que he pensado: ¿me habré inventado yo el Museo de Ángel Nieto? Al instante, he abierto la wikipedia y he encontrado las imágenes de la vieja Derbi de Nieto, que volaba sobre la acera en la puerta del museo. Aquí tienen la imagen (ya ven que no les engañaba con lo de la triscaidecafobia). Qué alivio.


Porque lo cierto es que cuando llegué al lugar, más o menos media hora antes de la hora de la carrera, allí no había museo, ni moto ni ningún corredor listo para salir. Recapitulemos. Como saben vivo en Atocha. Mi forma de participar en la Melonera  tiene una vieja rutina. Salgo de mi casa vestido de corredor, cruzo la glorieta de Atocha y enfilo hacia el sur por Méndez Álvaro, primero caminando y luego trotando despacio. Llego al punto de salida con la musculatura caliente, allí hago unos 15 minutos de estiramientos y estoy listo para la prueba. Después de la carrera, subo andando hasta mi casa por Santa María de la Cabeza. También imaginarán cómo es un lugar donde se aprietan 2000 personas impacientes por echar a correr. Aglomeraciones, murmullo de voces, altavoces con música, pestazo a réflex y a sobacos agrestes de gama amplia.

Pues nada de eso había en aquel paraje desolado. El edificio del museo tenía pinta de estar abandonado, la pared de ladrillo desconchada, dos muñones metálicos parecían atestiguar la huella de los soportes que sostenían la vieja Derbi. Y ni un alma. Por no haber, no había ni siquiera automóviles, los semáforos cambiaban de tono para nadie, volaban hojas de periódico y una urraca solitaria picoteaba entre las piedras. Pensé con angustia que tal vez me había equivocado de fecha, que la carrera sería otro día. O que me había transportado en el tiempo a una época postnuclear, donde el hombre se había extinguido del todo.

Entonces miré adelante, hacia la entrada del parque Tierno Galván, y divisé al fondo, al cobijo de unos ailantos, una sombrilla extendida, bajo la que se resguardaba del sol un anciano sentado en una silla de tijera, leyendo tranquilamente un libro con una pierna cruzada sobre la otra. Un superviviente de la debacle atómica. –Disculpe –le dije, acercándome– ¿no había hoy una carrera por aquí?  –La Melonera –respondió enseguida. Sus ojos me miraban por encima de las gafas caídas a la punta de la nariz. –¿Y dónde está la gente? Me miró de nuevo, mesándose la blanca barba y preguntó a su vez:  –¿Cuánto hace que no la corre usted?

Por resumir. Hacía cuatro años que la Melonera ya no salía de allí, sino de la puerta del Hipercor de Méndez Álvaro, a unos cinco minutos a buen paso. El abuelo tenía una memoria prodigiosa y era un amante de la precisión: el cambio había sido cuatro años antes, ni tres ni cinco. Le pregunté si le molestaba que hiciera a su lado mi tanda de estiramientos y dijo que en absoluto, que le encantaba tener alguien con quién hablar. Y, desde luego, no paró de rajar en todo el rato. Con la misma precisión me informó de algunas cosas más. El Museo nunca había sido un éxito de público, y había empezado a languidecer cuando Gallardón, que era un cabrón, le había quitado la subvención. Había empezado a cerrar por temporadas y se había clausurado definitivamente en el mes de junio, no de este año, sino del pasado. Hacía unos meses habían venido unos obreros a bajar la Derbi del frontal, porque amenazaba caerse sobre los peatones de puro oxidada. Habían cortado los listones del soporte con una radial.

Me dijo también que se pasaba allí muchas tardes porque estaba más a gusto que en su casa. Que había trabajado en los laboratorios del viejo edificio de Campsa, demolido para construir la nueva sede de Repsol. Que los pequeños edificios de ladrillo, que albergaban el museo cerrado y un par de dependencias municipales, eran los únicos vestigios del barrio que él había conocido. Que vivía en un edificio a expropiar, en la otra acera de Méndez Álvaro, del que se negaba a irse, porque la indemnización que le ofrecía la EMV era una miseria. Sus hijos estaban enfadados con él, porque querían aceptar el dinero y mandarlo a una residencia, pero él había pedido en su día una tasación independiente y le habían dicho que la casa valía 30 millones de pesetas. Y mientras no le dieran eso, no se iba. El único que estaba de su lado era un nieto que se ocupaba de acompañarlo hasta allí después de comer y por la noche de vuelta. 

Antes de irme me enseñó el libro que estaba leyendo. Trataba de la caída de Lehman Brothers. Con una sonrisa de complicidad me confió: –Nos están engañando. Dicen que estamos en crisis porque el Estado tiene un déficit inasumible, que como país estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades y que por eso hay que reducir gastos (casualmente en pensiones, sanidad y educación). Pero es mentira. El déficit no es la causa, sino la consecuencia. La causa está aquí (levantó el libro en alto). –Piénselo –me gritó, mientras me alejaba–, no lo eche en saco roto. El déficit es la consecuencia.

Crucé Méndez Álvaro y, tras doblar la esquina de un rascacielos, me incorporé al bullicioso grupo de corredores. Eché a correr con todos, pasé por el túnel bajo el Parque Tierno Galván sumando mi grito al alarido colectivo y seguí como pude en busca de los melones de la meta. Me encontré a cuatro conocidos a lo largo de la carrera. En realidad me encontraron ellos a mí (cuatro veces escuché: “¡Hombre, Emilio, qué alegría verte de nuevo!”), porque yo iba todo el rato mirando hacia adentro, pensando en Lehman Brothers y en aquel anciano estrambótico del que tampoco estaba seguro al cien por cien de que fuera real. Ayer consulté mis fuentes wikipédicas. Justo ayer se cumplían cinco años de la quiebra de Lehman Brothers. ¿Sería cierto lo que decía el abuelo de la Avenida del Planetario? ¿Es posible que vivamos sumidos en una niebla mediática adormecedora, mientras algunos se siguen forrando? Les dejo con la viñeta de hoy de El Roto. Duerman bien.


viernes, 13 de septiembre de 2013

174. Triscaidecafobia y otras patologías

Escribo en viernes 13 y toco madera por si es caso, que decimos los gallegos. Tranquilizadas las tormentas de días pasados (por cierto, abajo les pongo el link al comentario de Juanjo Millás sobre el gran fiasco, en donde recurre a los pedos como metáfora, para que vean que no soy el único que gusta de esa maloliente temática), toca volver a la rutina del día a día. 

A punto de cumplir mi primer año de bloguero (parece que fue ayer), les voy a hacer una confesión. Ahí va. Resulta que, mucho hablar de correr, de maratones y hazañas bélicas varias, pero lo cierto es que, en todo este tiempo, no he corrido una sola carrera popular. Mi última participación en una de estas carreras de 10 kilómetros que hay en Madrid casi todos los fines de semana, fue en marzo de 2012, en la llamada Carrera del Agua. Después, por diversos motivos, he estado en el dique seco.

Pero esa situación se termina mañana. ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Bieeeeeeeeeen!!!!!!!!!! Acabo de recoger mi dorsal para la Carrera de La Melonera una prueba que se celebra todos los años por estas fechas, dentro de las fiestas del mismo nombre que organiza el distrito de Arganzuela. Es una carrera dura, que tiene lugar muy pronto en el calendario, por lo que constituye un test serio para saber si el entrenamiento que llevamos es el adecuado. Ahora entienden por qué era tan importante para mí empezar a entrenar a mediados de agosto, a pesar del bochorno. Un mes más tarde, ya estoy haciendo un circuito de unos 8 kms tres veces por semana, suficiente para enfrentar una carrera de 10. Así que este año estoy haciendo por fin “la temporada”.

La Carrera de la Melonera sale cerca de Méndez Álvaro, exactamente enfrente del Museo Ángel Nieto. En el primer kilómetro se recorre el túnel viario que discurre bajo el Parque Tierno Galván. Es tradición que los corredores prorrumpan en gritos desaforados al pasar por el subterráneo. La resonancia de ese lugar transforma esos gritos en alarido colectivo, en parte abucheo contra este mundo en crisis que nos toca vivir y en parte celebración tribal de la alegría de poder correr por la ciudad libre de coches. Ambas sensaciones tienen la virtud de impulsarte, de hacerte correr más rápido, de dispararte la adrenalina que tanto ayuda al ejercicio físico.

Después se hace un largo recorrido por los barrios de la Arganzuela, y se termina frente a la Junta de Distrito, sita en la llamada Casa del Reloj, que en su día albergaba las oficinas del Matadero Municipal. Allí te obsequian con una raja de melón que entra estupendamente después de diez kilómetros de carrera. Las chicas de la organización cortan sobre la marcha las grandes rajas de los melones de Villaconejos hasta que se acaban. La última vez que corrí esa carrera, la inscripción era gratuita. El sponsor, que era El Corte Inglés, corría con todos los gastos. Esta vez he tenido que pagar 7€. Otra consecuencia de la crisis.

Hoy viene el dato en la prensa de que la deuda de las Administraciones Públicas de nuestro país (Estado+Autonomías+Ayuntamientos) ha alcanzado ya el 90,3% del PIB. Es un porcentaje que dicen peligroso, aunque países como Japón o los Estados Unidos llevan años por encima de esa cifra sin que pase nada. Lo mismo que Italia, por citar un país similar al nuestro. Cuando arguyes este dato comparativo, los enterados te responden invariablemente: “Hombre, es que esos países tiene otras fortalezas”. ¡Toma ya! Los enterados en cualquier materia me producen una irritación instantánea pero, cuando la materia es la economía, esa irritación se convierte en malestar insoportable.

Empiezo a estar harto de esta crisis y de esperar a ver si aparece la luz al fondo del túnel. Ya dejé claro en mis primeros posts que soy un ignorante en la materia, pero necesito entender qué es lo que está pasando. Me pone nervioso la sensación de formar parte de una sociedad catatónica, dispuesta a soportar lo que haga falta, a dejar que les estafen y les quiten hasta la pensión porque alguien “está haciendo lo que hay que hacer”. No podemos seguir así. Si nos están timando, tenemos que averiguarlo y denunciarlo. Estoy leyendo textos y análisis al respecto y les prometo pronto un post en relación con ello.

De momento, tenemos que la deuda pública está en torno al 90% del PIB; que antes de esta crisis no superaba el 60%, mientras americanos y japoneses la tenían mucho más alta, sin que eso les supusiera ningún quebranto. Que nuestro principal problema es la deuda privada, que anda en torno al 350% del PIB, y eso es una barbaridad (Holanda la tiene más alta y tampoco le pasa nada). Que con esa deuda privada, parte de ella de los Bancos, no podemos volver a crecer. Que por eso el señor Rajoy y su gobierno pidieron el año pasado el llamado rescate bancario, creo recordar que en torno a 60.000 millones, y eso es lo que ha acabado de disparar la deuda pública.

Ahora díganme. ¿No recuerdan ustedes que ese dinero se les daba para que fluyera otra vez el crédito? ¿Están dando crédito los Bancos? Yo creo que no. ¿Y en qué se están gastando el dinero del rescate? Pues, al parecer, en publicidad, en sanear sus estructuras y ¡ATENCION! en comprar deuda de la que emite el propio Estado. Cada vez que sale una noticia de que el Estado ha emitido deuda y la ha colocado toda a intereses muy buenos, ¿quién se creen ustedes que la compra? Y, si esto es así, ¿no les suena a timo del tocomocho? Ya les digo que no estoy seguro de todo esto, que necesito entenderlo yo para poderlo explicar adecuadamente y que les pido un poco de paciencia. De momento les pondré un ejemplo de cómo está el crédito en  nuestra tierra.

Hace unos días pasé la mañana con un grupo de daneses a los que recibí en Cibeles para contarles la historia urbanística de Madrid durante una hora y luego hacer una larga visita por diversos lugares, terminada en una comida en el Matadero. Ellos me contaron esta historia. Resulta que la ciudad de Copenhague ha decidido poner un servicio de bicicletas eléctricas de alquiler, de coger en un lugar y dejar en otro. Resulta que convocaron un concurso para adjudicar la instalación y mantenimiento de ese servicio, y que el concurso lo ganó una empresa española, catalana por más señas, que integran un grupo de jóvenes emprendedores.

Como en todo concurso de concesión, a los ganadores se les pide un aval como garantía, por si luego resultan unos mantas. Bueno pues estos chavales no han conseguido el dinero para el aval. Ni el Estado español les da un duro de subvención, ni por supuesto la Generalitat, tan ocupada ella en organizar y financiar cadenas y otras prioridades de su hoja de ruta secesionista, y desde luego, ni un solo Banco les dio el dinero que necesitaban. Algo insólito, teniendo en cuenta que se trata de los ganadores de un contrato en firme, con una institución tan solvente como el Ayuntamiento de Copenhague. Pues nada. Han tenido que ceder sus derechos a una empresa danesa, que les ha pagado cuatro cuartos por ellos. Como no me lo creía, he buscado informaciones al respecto y aquí tienen una.

Bien, seguiré investigando y prometo un post mejor fundamentado. Mañana a esta hora, estaré frente al Museo de Ángel Nieto listo para mi carrera. Deséenme suerte. Hablando de Ángel Nieto, sabrán que este hombre ganó 13 campeonatos mundiales de motociclismo, pero siempre se refiere a ello como 12+1. ¿Por qué? Pues porque piensa que el número 13 trae mala suerte. Es una manía muy extendida por el mundo. Por ejemplo, en el remoto Sri Lanka, los hoteles no tienen nunca habitación número 13. Hay gente que realmente se aterroriza con el número 13, hasta el punto de que les genera una auténtica fobia. Y supongo que no ignoran que a las fobias se las designa siempre con palabras derivadas del griego clásico.

El terror supersticioso al número 13 se llama triscaidecafobia (se lo juro). Si a esto añadimos la fobia al viernes (hoy es viernes y 13), entonces estamos ante un caso de friggatriscaidecafobia, nombre que, al parecer, alude a una diosa vikinga. Finalmente, el terror al número 666, el distintivo del Anticristo, se denomina nada menos que hexakosioihexekontahexafobia. En fin, como tengo la suerte de no padecer ninguna de estas alteraciones psíquicas, pues aquí me tienen colgando un post en fecha tan poco recomendable sin mayores precauciones. Que pasen un buen finde.