viernes, 12 de julio de 2013

149. El híbrido y el GPS

Como saben, el fin de semana pasado viajé al norte con el grupo de senderistas al que me he sumado en los últimos tiempos, a hacer un par de vías verdes de la zona de Leizarán, en Guipúzcoa. El sábado recorrimos la vía Plazaola, desde Andoain hasta Leiza, al otro lado de la muga con Navarra. Salimos en coche de Andoain, aparcamos a 2 kilómetros y caminamos los restantes 23 hasta Leiza. Allí nos las arreglamos para que nos acercaran los coches para el regreso. El domingo por la mañana recorrimos parcialmente la vía verde de Arditurri, unos 5,5 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, comimos en una sidrería y regresamos a Madrid.

Podría contarles los detalles del viaje, intentar describirles lo bonito que es el entorno, el placer que supone caminar por estas antiguas vías ferroviarias de suave pendiente, el componente gastronómico de estas aventuras, las peculiaridades de la cultura local. Pero quien quiera información al respecto, puede recurrir a las guías turísticas correspondientes, o buscar en Internet por los nombres de las vías.  Hay fotos y datos para aburrir.

De lo que quiero hablarles es de los adelantos técnicos con que contamos hoy en día y cómo esos aparatejos nos condicionan los viajes que emprendemos. El principal es el GPS. En mis tiempos, uno usaba el mapa de carreteras de CAMPSA, o el Michelín que te ponía de una a cinco estrellas en los lugares que te recomendaba. Todo eso se ha quedado obsoleto. Ahora, el móvil más sencillo te informa al minuto de por dónde vas, qué tiempo hace en la zona o dónde puedes parar a comer. Dentro de poco uno podrá saber si viene un atasco por un accidente, o si determinado restaurante está ya lleno y no merece la pena que te pares.

Aunque presumo de moderno y puesto al día, tengo que confesarles que nunca, hasta este fin de semana, había hecho un viaje guiado por el GPS. Me explico. Había viajado de pasajero en coches con GPS, que controlaba el conductor (por ejemplo a Viseu, en diciembre pasado). Y también he hecho trayectos conduciendo yo y con un copiloto que lo tiene en su móvil y te va trasladando sus indicaciones. Pero esta vez viajaba solo, no tengo mapa de carreteras (el que tenía se quedó en mi viejo coche de matrícula de Barcelona y ha de estar, con él, desguazado) y tenía que arreglármelas yo solito con el aparato y la conducción. 

El Toyota híbrido que me acabo de comprar no tiene GPS, porque el vendedor me dijo que, si ya lo tenía en el móvil, simplemente poniéndolo en el salpicadero la información se conectaría al equipo por Bluetooth, y las instrucciones sonarían por los altavoces del coche. Así que el día antes de salir (el jueves) estuve probando el GPS de mi móvil. Introduje la ruta a recorrer al día siguiente, probé la opción de que me fuera dando instrucciones en voz alta, regulé el volumen y lo dejé listo. Hice todas esas operaciones en la oficina, con ayuda de un informático amigo. 

Los problemas empezaron ese mismo día. Cuando salí del trabajo, me subí al coche, puse mi móvil en el sitio habitual, arranqué y me dispuse a hacer los 15 kilómetros que hay hasta mi casa. Al instante, el GPS empezó a regañarme a través del equipo de megafonía del Toyota: ESTA USTED YENDO POR UNA RUTA EQUIVOCADA. SI QUIERE RECUPERAR SU CAMINO, EN LA GLORIETA GIRE A LA DERECHA, Y LUEGO OTRA VEZ A LA DERECHA PARA VOLVER A LA RUTA INTRODUCIDA. Intenté explicárselo: verás, es que yo no voy a salir hasta mañana y ahora voy a mi casa. Pero nada, no había forma de convencerlo, el ventrílocuo no callaba, me reprendía todo el rato y yo iba conduciendo y no podía pararme para desconectarlo.

Les juro que llegué a casa cansadísimo. Ya sé que se trata de un simple artilugio parlante, pero hacerse 15 kms. con una voz en off que todo el tiempo te dice que lo estás haciendo muy mal, que te has equivocado, que des la vuelta enseguida, resulta agotador. Subí a casa, me preparé un vermú blanco y me dispuse a sentarme a descansar. Antes, observé que el móvil estaba prácticamente sin batería, tan agotado como yo, después de quince kilómetros regañándome sin parar. Lo puse a cargar y me tumbé en mi chaise longue, a disfrutar de mi bebida helada. Entonces, en el silencio de la casa vacía, un último mensaje atronador surgió del aparato recién enchufado: ¿QUIERE USTED REANUDAR AHORA LA RUTA INTERRUMPIDA? 

No saben el susto que me llevé. Me entraron ganas de lanzar el teléfono por la ventana, pero me contuve. Eso sí, lo dejé sin volumen hasta el día siguiente. Y lo cierto es que el GPS me resultó muy útil en el viaje. Con precisión exquisita me guió hasta el pueblo de Hernani donde estaba el hotel en el que habíamos quedado. Y, ya dentro del pueblo, con la misma seguridad y sin dudarlo, me condujo a una glorieta de las afueras. En ese punto, proclamó: HA LLEGADO.  Miré alrededor y allí no había más que viviendas. Ni un letrero luminoso ni nada.

En un banco de hierro, un paisano con chapela apuraba la tahuela de su cigarrillo liado. Bajé y le pregunté por el hotel. Se rascó detrás de la oreja y dijo: Hotel en este barrio no conosco. Si habría, conosería, pues. Preguntando a los transeúntes logré encontrar el hotel, que estaba en la otra punta del pueblo. En la recepción, el tipo del mostrador escuchó mi peripecia y dijo: ¡Eso mismo es lo que me han contado todos los que han venido antes que usted! Hoy el satélite se ha vuelto loco, o los que lo controlan se han ido a sanfermines, pues.
 
Pero el GPS no es el único adelanto. En realidad, lo de mi coche híbrido es un auténtico escándalo. Yo sólo tengo que encenderlo y él es el que toma todas las decisiones. Si nota que está oscuro, pone las luces. Si está lloviendo, activa el limpiaparabrisas. En función de lo que yo le sugiero con el acelerador, él tira de las baterías eléctricas o se ayuda con la gasolina. Si detecta que algún pasajero no se ha puesto el cinturón de seguridad, me avisa con pitidos intermitentes, cuyo ritmo se va intensificando hasta que consigue que se lo ponga. Y en carretera, le pongo el cruise control, le indico la velocidad a la que quiero que vaya y me desentiendo hasta de los pedales. Lo único que tengo que cuidar es el volante y, en cuanto a esto, el GPS me dice dónde debo doblar.

Mi coche es tan listo que reconoce al que intenta abrir sus puertas. Si llego yo, se abre, porque me conoce. Si lo intenta otro, se queda cerrado. Los incrédulos dicen que eso es porque llevo la llave en el bolsillo. Pero yo estoy convencido de que él reconoce el tacto de mi mano, o me huele, o lo que sea. En Leiza, le dejé la llave a un compañero para que fuera al aparcamiento y lo trajera al final de la ruta. Le esperamos sentados en una terraza de un bar y al rato llegó corriendo horrorizado: el coche se había resistido de todas las maneras posibles y, al final, habían logrado traerlo por la fuerza a las afueras del pueblo. Pero ahora estaba pitando como un loco y no sabían qué hacer para que dejara de chillar. Fuimos hasta donde lo habían dejado y, en cuanto llegué yo, se tranquilizó. 

Tengo claro que el coche identifica mi estado de ánimo de cada día y, en función de ello, decide una marcha más rápida o una conducción más ecológica. Y hace días que sospecho que incluso tiene sus propios cambios de humor. Este calor asfixiante no le gusta y le tiene disgustado. Lo he notado en una especial renuencia a cambiarse de carril, una pereza a la hora de subir la velocidad, una respuesta muy tardía con las luces cuando entramos en un túnel, una desgana al hacer las maniobras de aparcamiento. He pensado que también puede ser que tenga celos del GPS, al que le di mucha bola en el viaje de marras. No hay que ser psicólogo para saber cuál puede ser su razonamiento: a este recién llegado le haces todo el caso del mundo y eso que no para de regañarte. En cambió, a mí ya no me quieres como el primer día.

El asunto me tiene muy preocupado. Tengo que esforzarme para que mi coche se anime. No puedo dejar que se hunda. Debo ser proactivo, positivo, optimista, para despertar las sinergias de su alma híbrida. ¡Ay, Señor! ¡Qué trajines estos de la vida moderna, oyes!

miércoles, 10 de julio de 2013

148. Chiquito for president

Noticia de esta mañana. Los representantes de todos los partidos políticos, menos el PP, (y UPyD que ya no sabe qué más hacer para llamar la atención) han abandonado la ponencia del Congreso que estudia la propuesta gubernamental de Ley de Transparencia. El motivo: las “sombras de sospecha que se ciernen sobre el presidente”. La oposición se pone poética para hablar de la nueva andanada del caso Bárcenas, provocada por la publicación en El Mundo de los mismos papeles que ya publicó El País en enero. Sinceramente, no sé cuál es la novedad que aporta la publicación de lo ya publicado, como para que a la oposición le entre semejante ataque de dignidad fingida.

Las sombras son verdaderos nubarrones, que hace tiempo sobrevuelan nuestros cielos, por cierto, amenazando también a esos partidos que se han levantado de la mesa y que harían bien en mirar debajo de sus propias alfombras, donde habita una fauna de ácaros corruptos, no muy diferente de la que representa el ex tesorero del PP. A pesar de que he insistido muchas veces en que éste no es un Blog político, el asunto Bárcenas ya se ha colado de rondón en varias de mis entradas anteriores. Al principio del post #78, “La señora Sabine Moreau”, proclamé a los cuatro vientos mi propósito de no hablar del asunto, pero no pude mantener esa intención por mucho tiempo.

Al final hube de referirme al tema en los posts #84 “Nos llega la mierda al cuello” y #98 “Bárcenas y el vestido azul de Lewinsky”. No tengo mucho más que añadir a lo ya escrito en esos dos textos. El PP confiaba en que este sujeto “se comiera el marrón”, al estilo Barrionuevo-Rafael Vera, pero el tipo ha optado por hacer honor a su apodo más conocido: Luis El Cabrón. En un alarde de candidez, confesaba yo mi confianza en que no existieran recibos del pago de sobresueldos, firmados por los receptores. Ahora empiezo a creer que sí los hay, en cuyo caso el amigo Bárcenas los tiene a todos bien cogidos por sus partes nobles.

En el post #127 “El de la foto”, me sumaba a la petición de dimisión del señor Rajoy, basándome en otro motivo: el del incumplimiento del programa con el que ganó las elecciones. Ése era ya un asunto bastante grave. Pero, si se demuestra que el presidente estuvo once años recibiendo los sobres malva de la vergüenza, y que fue tan ingenuo como para firmar puntualmente los recibíes de cada pago, pues entonces va a ser difícil que el hombre aguante el temporal sin caer. Y que el Presidente del Gobierno de España se vea obligado a dimitir por un motivo como éste, eso ya no es que sea grave, es que se nos puede llevar a todos por delante, incluyendo la marca España, la recuperación económica, el PSOE, las Olimpiadas, la Selección de Fútbol, la integridad territorial y hasta la salud mental de los pocos que aun la conservan.  

Así que, ahora mismo, como que ya no quiero que dimita. Casi prefiero que aguante el chantaje y no ceda. Lo que pasa es que me gustaría que saliera al púlpito y diera alguna explicación. Pero se ve que la verdad no la puede contar y ya se ha cansado de decirnos mentiras. Por eso sigue callado, metido en su agujero, esperando a ver si las cosas se van arreglando solas (lo que ha hecho siempre). Y al acecho de su caída, los buitres carroñeros de costumbre: Gallardón y Esperanza, aparentemente libres de sospecha, aunque la segunda fue quien encumbró a López Viejo y otros gurtélidos. Y, desde las sombras de la segunda fila, observándolo todo, el del bigote, listo para volver, si la patria requiere sus servicios. Vean, vean cómo nos vigilan.





Al otro lado de la trinchera, Rubalcaba, cada vez más acojonado ante la posibilidad de que, por una carambola, caiga en sus manos el amargo cáliz de los recortes y la obediencia debida a doña Merkel, ese embolao que ya se llevó por delante a su ex jefe de filas Zapatero. Eso le impediría seguir viviendo como un cura, con el trabajo más cómodo del mundo: esperar a que Rajoy se deteriore él solo y salir de vez en cuando a ponerlo verde, a decir que todo lo que hace está mal, está muy mal, está fatal: qué mal está. A Cayo Lara se le ve más tranquilo, haciendo el mismo trabajo, seguro de que no tiene apenas posibilidades de pillar cacho. Y Rosa Díez con su cara de comadreja, husmeando a ver por dónde se infiltra.

Los políticos son el estamento más desprestigiado en esta tierra de nuestras desdichas y anhelos, pero siguen haciendo como si no nos hubiéramos dado cuenta de su nulidad profesional y escasa talla ética. Las encuestas del CIS hace tiempo que registran el epígrafe “Los políticos” como una de las respuestas más frecuentes a la pregunta sobre cuáles son los mayores problemas del país. Los políticos, como problema. Según la última de estas encuestas, si en este momento hubiera Elecciones Generales, la lista más votada sería la del PP, con un 13% de los votos, y la segunda, la del PSOE, con un 11%. 

En este panorama, y después de ver el éxito de Beppe Grillo en Italia, no tengan la más mínima duda: aquí se presenta Chiquito de la Calzada y gana por goleada. Imaginen las ruedas de prensa: ¡¡¡Pekadorrrrr, pero qué pregunta más chunga esa ke me ase, te das cuennnn!!!

lunes, 8 de julio de 2013

147. Hannah Arendt

Les recomiendo vivamente que vean la película de ese nombre, actualmente en cartel. No es una película extraordinaria, desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, pero sí lo es el personaje. La película reconstruye un período muy especial de la vida de Hannah (el de su relación con el procesamiento en Israel del nazi Adolph Eichmann), y lo hace con cariño y con delicadeza. Si me permiten ampliar la recomendación, véanla en versión original. Los personajes hablan en parte en inglés y en parte en alemán, y debe verse en original para comprenderla del todo. Además, no es difícil seguir los subtítulos, como sucede en otras, de diálogos complejos e interminables.

Vayamos por partes. Aquí tienen una imagen de la señora, con su sempiterno cigarrillo encendido. Hannah Arendt nació cerca de Hannover, de una familia judía de raza, pero laica de mente. Desde su adolescencia se interesó por la filosofía, estudió a Jaspers y a Kierkegaard y entró muy joven en la Universidad de Marburgo, en donde se convirtió en la discípula favorita y amante del profesor Martin Heidegger, que estaba casado y nunca manifestó la menor intención de dejar a su familia por ella. A la joven Hannah no le importaba eso demasiado, era su ídolo intelectual y lo adoraba. Por eso fue mayor su decepción cuando, años después, su mentor se aproximó al régimen nazi.

Acabada la carrera, empezó a trabajar como profesora, a escribir en los periódicos alemanes más liberales y a publicar sus investigaciones filosóficas reconocidas mundialmente. Pero en los treinta las cosas empezaban a pintar mal para los judíos en Alemania. Entonces se exilia a Francia en donde continúa su labor docente e investigadora. En enero de 1940, se casa con otro profesor alemán exiliado. A los pocos días, el Gobierno francés, en guerra con Alemania, decide internar a todos los residentes de esa nacionalidad en campos, con intención de deportarlos después. Hannah y su marido son retenidos unos días en el Parque de los Príncipes de París y luego les envían al campo de Gurs, en el Pirineo.

De entonces es su famosa frase en una carta a una compañera: “malos tiempos estos en que nuestros enemigos nos meten en campos de concentración, y nuestros amigos en campos de internamiento”. El caso es que, aprovechando la confusión generada por la invasión nazi de Francia, Hannah y su marido logran escapar del campo y embarcan para Estados Unidos. En Nueva York consiguen ser contratados como profesores de universidad y allí seguirán el resto de sus vidas. En la película, un periodista que la está entrevistando le pregunta qué sintió al llegar a América. Su respuesta, con ojos de arrobo: “el paraíso”. 

En su recobrado paraíso, Hannah reanuda su carrera, cada vez más respetada y reconocida. Y en esa tesitura entra en juego el caso Eichmann, que es lo que se cuenta en la película. Adolf Eichmann era un tipo gris, que llegó a ser coronel de las SS, y está probado que era el encargado de organizar los transportes masivos de judíos a los campos de exterminio. Incluso, en un exceso de celo, parece que lo siguió haciendo, cuando ya su jefe Himmler había dado instrucciones de que se parase esa barbaridad. Tras la caída de Alemania, Eichmann logró escabullirse, evitó los juicios de Nuremberg y consiguió llegar a Argentina, en donde vivió tranquilamente quince años, con una identidad falsa y trabajando en diversos empleos.

Pero en 1960, el Mossad lo descubre. Y es literalmente secuestrado y llevado por la fuerza a Israel, en donde se le somete a un juicio muy mediatizado, que incluye declaraciones de diversos supervivientes de los campos, narrando sus testimonios desgarradores, proceso que acabará con el tipo en la horca. Hannah, que en esos momentos es ya famosa por sus estudios sobre los totalitarismos, siente curiosidad sobre este caso y se ofrece a la revista New Yorker para cubrir el juicio como corresponsal. Su intención inicial es ver de cerca a un nazi de verdad, para documentarse para sus investigaciones. Pero allí descubre que Eichmann no es un demonio sanguinario, sino un simple burócrata. Un contable.

Su reportaje en el New Yorker será la base de su tesis “La banalidad del mal”, que acrecienta aun más su fama. Pero el que una judía hable de un nazi sin decir que tiene cuernos y rabo, irrita a la comunidad judía internacional hasta extremos insospechados. Además, en el juicio, Eichmann saca a colación y documenta algo que nadie quería saber: que los líderes judíos de Alemania habían dado su conformidad por escrito a los primeros traslados que él organizó, un tema que se había ocultado minuciosamente y que la propia Hannah confirma, cabreando aun más al personal. Ahora parece probado que la comunidad judía era pudiente y estaba bien estructurada, y que, ante los primeros traslados, los líderes de los Consejos Judíos miraron a otra parte, razonablemente asustados. Y, como dice ella en la película, entre el silencio y la resistencia hay una amplia gradación de formas de luchar contra una injusticia.

La película cuenta el escándalo que se monta, cómo la atacan y marginan los lobbies judíos, después de intentar en vano que no publique sus artículos sobre el caso, y cómo se defiende ella. Alguien le pregunta: “Entonces, ¿sugiere usted que Eichmann no sabía que el destino de las personas cuyos traslados organizaba era la cámara de gas?”. Y su respuesta: “Ni lo sabía, ni lo dejaba de saber. Le daba igual. Él era un burócrata al que sólo le preocupaba hacer bien la parte del trabajo que le ordenaban. Lo que hicieran antes o después los demás, no era de su responsabilidad”. Tremenda temática la que plantea este asunto.

Estoy totalmente de acuerdo con esta teoría de la banalidad del mal. Es más, en mis treinta años de funcionario, he conocido a personas como esa. Hablo de personas concretas, cuyos rostros están en mi memoria. Creo que serían capaces de tramitar sentencias de muerte, si les tocara. El poder siempre encuentra elementos de este perfil bajo, para que firmen o respalden las decisiones más dañinas y más indefendibles (qué decir de los verdugos). A Hannah Arendt la atacaron por acercarse al caso sin una opinión previa y por contar lo que vio y sus opiniones al respecto. Como Kapuscinsky o Chaves Nogales. Y, desde ese momento hasta su muerte, dedicó sus mayores esfuerzos de investigación a profundizar en este espinoso asunto.

Quiero citar también otra frase de la película. En algún momento, uno de sus detractores le grita: “usted es una cabrona, usted no ama al pueblo judío”. Respuesta de Hannah: “Es verdad. Yo no amo al pueblo judío. Yo no amo a ningún pueblo. Yo amo a mi familia, a mis amigos, a mis alumnos, a mis compañeros filósofos, a los que me escriben cartas. Yo siempre amo a personas. Nunca a pueblos”. Les puedo jurar que me entraron ganas de ponerme de pié en el cine y gritar BRAVO. Ahí está, en una sola frase, mi opinión sobre las patrias y las banderas. Y los nacionalismos, en suma. Qué clarividencia la de esta mujer, capaz de decir eso en los años sesenta. Cuántas guerras y cuántos muertos se podrían haber evitado con esta forma de pensar. En fin, se lo repito: vayan a ver la película. Está llena de temas de rabiosa actualidad.