lunes, 17 de junio de 2013

138. La Constitución de Uzupis

Mi post sobre Tahití y el fútbol suscita opiniones encontradas (ya les he dicho que muchos de mis seguidores se abstienen de hacer comentarios escritos –qué pereza, oyes– y prefieren decirme lo que piensan cuando me cruzo con ellos en los pasillos o me los encuentro por la calle –te estás poniendo pesadito con tanto fútbol). Como le he aclarado al único que me lo dijo por escrito, ese texto no iba sólo de fútbol, que también. Iba de geografía, de gentes, de países lejanos, de viejas hazañas en latitudes remotas. A mí lo que me gusta es el punto surrealista y los nombres de los lugares y personas: que el entrenador de Tahití se llame Eddy Etaeta, su capital Papeete, o su volcán Mou’a Puta.

Uno de los lugares en donde los nombres me resultaron más curiosos es Lituania, un país que ya saben que he visitado (ver #137), en donde la gente se llama Alfredas, Konstantinas, Alfonsas, Vitautas o Arturas. Los nombres lituanos me hicieron tanta gracia que tomé algunas fotos de placas conmemorativas, anuncios y letreros. A continuación se los muestro. Sobran los comentarios.








Vilnius, la capital de Lituania, es una ciudad con diferentes partes, todas de interés. Hay en primer lugar un centro histórico de callejas tortuosas, cuajado de iglesias católicas de decoración barroca muy recargada. Lituania abrazó el catolicismo apostólico-romano en el siglo XIV. Hasta entonces, sus habitantes eran directamente paganos y practicaban todo tipo de ritos de adoración del sol, la luna y otros iconos primitivos. El rey de turno impuso el catolicismo para poderse casar con una princesa polaca y se cuenta que numerosos lituanos continuaron durante mucho tiempo practicando sus ritos, que finalmente se perdieron. Aquí tienen una imagen de la mastodóntica catedral.
Más abajo hay una zona moderna con estructura de cuadrícula y edificios nuevos de acero y cristal, en donde están todos los organismos administrativos del Estado lituano. Y luego está el barrio de Uzupis, el lugar donde viven los bohemios y los artistas. Si por casualidad viajan ustedes a la capital de Lituania, no deben dejar de visitar este lugar tan curioso. El río Vilnius, que da nombre a la ciudad, rodea el casco antiguo en una curva amplia. Al otro lado queda el barrio de Uzupis, nombre que en lituano significa precisamente “allende el río”.

Tradicionalmente, Uzupis fue el ghetto judío de Vilnius. Pero en la Segunda Guerra Mundial, sus habitantes fueron enviados a campos de concentración y exterminados en su mayoría. Luego llegaron los soviéticos que destruyeron el cementerio judío, uno de los pocos elementos que sobrevivían. Los pocos ciudadanos del barrio que sobrevivieron al Holocausto se fueron a Israel, USA o a otras zonas de Lituania. El barrio se quedó completamente deshabitado. El régimen soviético no tenía un gran interés en estas tierras tan alejadas de sus centros de poder, y el caserío fue poco a poco ocupado por prostitutas, borrachos, vagabundos y colgados. 

En 1990, Lituania alcanza la ansiada independencia. Entonces los artistas locales, que esperaban la llegada de la libertad, buscan un lugar barato donde trabajar y vivir, y empiezan a establecerse en las viviendas abandonadas, adaptándolas a sus necesidades. Aparecen los estudios de escultores, músicos y pintores. Tras ellos, las viviendas. Y después los bares, las bibliotecas y los teatros. En paralelo, el Ayuntamiento de Vilnius repara las calles, el alumbrado público y las instalaciones. El Uzupis que yo visité era una mezcla entre el Malasaña madrileño y el Plaka de Atenas.

En 1996, los habitantes de Uzupis se declaran República independiente. No son el primer barrio europeo que lo hace. Se les adelantaron Montmâtre en París y Christianía en Copenhague. Este tipo de historias denotan un sentido del humor sano e irreverente. Pero los de Uzupis son tan cachondos que han profundizado en el tema y se han dotado de una bandera que nadie reconoce, una moneda que nadie usa, un ejército, formado por 17 personas en estado de sobriedad etílica no siempre garantizada, un Presidente que se nombra de forma rotatoria (el actual es un poeta, músico y cineasta) y lo más grande de todo: han redactado una Constitución con 38 artículos que recogen derechos delirantes y otros tres adicionales con recomendaciones obligatorias no menos estrambóticas.

Se entra en Uzupis a pie, cruzando un pequeño puente sobre el río Vilnius, con barandillas de hierro medio oxidado. Y muy cerca de la entrada, hay una serie de paneles de metacrilato, fijados en un muro de piedra,  en los que se reproduce la Constitución de Uzupis en doce idiomas diferentes, entre los que no está el español. Pueden encontrar en Internet imágenes de estos paneles. Yo me he tomado la molestia de traducirles esta original Constitución al español. Disfruten con ella. Y sigan siendo buenos.

La Constitución de Uzupis
1.- Todo el mundo tiene derecho a vivir junto al río Vilnius y el río Vilnius tiene derecho a fluir junto a cada uno.
2.- Todo el mundo tiene derecho a tener agua caliente, calefacción en invierno y un techo bien tejado.
3.- Todo el mundo tiene derecho a morir, pero no es una obligación.
4.- Todo el mundo tiene derecho a cometer errores.
5.- Todo el mundo tiene derecho a ser único.
6.- Todo el mundo tiene derecho a amar.
7.- Todo el mundo tiene derecho a ser amado, pero no necesariamente.
8.- Todo el mundo tiene derecho a no ser distinguido ni famoso.
9.- Todo el mundo tiene derecho a hacer el vago.
10.- Todo el mundo tiene derecho a amar y cuidar a un gato.
11.- Todo el mundo tiene derecho a cuidar un perro hasta que la muerte los separe.
12.- Un perro tiene derecho a ser un perro.
13.- Un gato no está obligado a amar a su amo, pero debe ayudar en los momentos difíciles.
14.- De vez en cuando, todo el mundo tiene derecho a descuidar sus obligaciones.
15.- Todo el mundo tiene derecho a la duda, pero no es una obligación.
16.- Todo el mundo tiene derecho a ser feliz.
17.- Todo el mundo tiene derecho a ser infeliz.
18.- Todo el mundo tiene derecho a estar en silencio.
19.- Todo el mundo tiene derecho a tener fe.
20.- Nadie tiene derecho a la violencia.
21.- Todo el mundo tiene derecho a darse cuenta de su insignificancia.
22.- Nadie tiene derecho a tener un designio eternamente.
23.- Todo el mundo tiene derecho a comprender.
24.- Todo el mundo tiene derecho a no entender nada.
25.- Todo el mundo tiene derecho a tener una nacionalidad.
26.- Todo el mundo tiene derecho a celebrar o no celebrar su cumpleaños.
27.- Todo el mundo recordará su nombre.
28.- Todo el mundo puede compartir lo que posea.
29.- Nadie puede compartir lo que no posee.
30.- Todo el mundo tiene derecho a tener hermanos, hermanas y padres.
31.- Todo el mundo puede ser independiente.
32.- Todo el mundo es responsable de su libertad.
33.- Todo el mundo tiene derecho a llorar.
34.- Todo el mundo tiene derecho a ser incomprendido
35.- Nadie tiene el derecho de hacer que otro se sienta culpable.
36.- Todo el mundo tiene derecho a ser individual.
37.- Todo el mundo tiene derecho a no tener derechos.
38.- Todo el mundo tiene derecho a que no le asusten.
39.- No machaques a nadie.
40.- No tomes venganza.
41.- No te rindas.

viernes, 14 de junio de 2013

137. De Mockus a Zappa

Hace casi cuatro años estuve en Bogotá y tuve ocasión de comprobar in situ la lucha por el espacio urbano que comporta la implantación de un sistema de transporte colectivo de plataforma reservada, como el Transmilenio, concebido a imagen y semejanza del modelo de Curitiba en Brasil. Las dársenas de acceso a los autobuses, el doble carril que se les reserva en las grandes vías y las modernas unidades que circulan desahogadamente por él, transmiten una imagen de progreso, que contrasta fuertemente con el caos de los viejos autobuses informales de compañías privadas, que compiten por pillar viajeros a las horas de salida del trabajo. Media ciudad estaba entonces levantada por las obras de extensión del Transmilenio, que poco a poco iba extendiendo sus dominios.

Pensé que detrás de ese proceso  modernizador seguramente estaría un político decidido y me propuse saber algo más de los sucesivos alcaldes de la ciudad. A la vuelta de Colombia ese propósito se quedó en el limbo de los planes nunca cumplidos. Un año más tarde, cuando las elecciones presidenciales colombianas, el candidato oficialista que finalmente las ganaría, el actual presidente Juan Manuel Santos, se enfrentó a un contrincante atípico, un personaje peculiar hasta en el nombre: el profesor universitario Antanas Mockus, que representaba al llamado Partido Verde. Alguien me dijo que este señor acababa de ser el alcalde de Bogotá y eso me hizo recordar mi viejo propósito de averiguar algo de la historia reciente de esa ciudad. 

Antanas Mockus es realmente un personaje curioso. Hijo de Alfonsas Mockus, un lituano que emigró a Colombia con su esposa, mostró desde pequeño una predilección por estudiar Matemáticas, carrera que compatibilizó con la de Filosofía, logrando una visión humanista del mundo que es la base de su ideología. Porque Mockus no pertenece a las familias de políticos que se han turnado en el poder de Colombia desde siglos atrás. Mockus es un simple profesor universitario, formado parcialmente en el extranjero, didáctico, generoso y brillante. En 1990 fue nombrado rector de la Universidad Nacional de Colombia en la que trabajaba. Un cargo que no cambió para nada su vida: vivía con su madre y acudía a su despacho en bicicleta, atravesando las contaminadas calles de Bogotá.

Y en la Universidad protagonizó su primer episodio sonado, que lo dio a conocer en todo el mundo. Dos años después de ser elegido, en un acto organizado en el auditorio León de Greiff, con presencia de buena parte de los catedráticos, los estudiantes contestatarios, en número de mil, reventaron el acto sin dejar hablar a los oradores. Mockus les pidió por favor reiteradamente que cesaran en su protesta. Hasta que se hartó. Entonces, muy lentamente, se soltó el cinturón, se dio la vuelta, se bajó los pantalones y se agachó para mostrarles el culo a los revoltosos. Estaba la televisión nacional cubriendo el acto y, esa noche, todos los colombianos pudieron contemplar el trasero del rector de su principal universidad. Para ver la filmación de este hecho trascendental, han de pinchar AQUÍ.

A Mockus lo obligaron a dimitir como rector a raíz de este suceso, pero su popularidad en todo el país era ya imparable. Dos años después, decidió presentar su candidatura a la alcaldía de Bogotá y, contra todo pronóstico batió al otro candidato, Enrique Peñalosa, un joven político de gran proyección, que se presentaba a los actos con corbata, lo que hizo que mucha gente desencantada de la política lo identificara injustamente con el establishment. Mockus arrasó en la votación capitalizando el descontento de la población con la violencia, el narcotráfico, la guerrilla y la corrupción. Pero Mockus no era un simple payaso como Beppe Grillo. Su paso por la alcaldía dejo huella. Para empezar, saneó las cuentas municipales reduciendo costes, eliminando los gastos más absurdos y dejando la deuda casi en cero.

Además, dio empleo a un ejército de mimos que andaban por las calles dando lecciones de civismo. Por ejemplo, si alguien tiraba un papel al suelo, lo recogían, iban detrás del tipo, le hacían cuarenta pantomimas y al final conseguían que el papel terminara en la papelera. También regulaban el tráfico, afeando la conducta de los que se pasaban los semáforos en rojo y atascaban los cruces. Otra de las iniciativas de Mockus fue introducir una hora de cierre de los bares, lo que redujo drásticamente la cifra de muertos en accidentes de coche de madrugada.

En Colombia el mandato de los alcaldes es de tres años. Mockus no podía presentarse a la reelección. En 1997, Enrique Peñalosa se presentó como independiente y ganó por fin. Su programa integró algunas de las líneas ideológicas de Mockus (que apoyó abiertamente su candidatura) pero siempre con su tono más serio. Peñalosa se encontró con una economía municipal saneada, consiguió recursos económicos y transformó la ciudad de manera radical. Peñalosa es el padre del Transmilenio. Además demolíó zonas céntricas de chabolas (tugurios les dicen allí), construyó parques y organizó perfectamente la ciudad.

En 2001, Mockus se presenta de nuevo y recibe el apoyo expreso de Peñalosa, a condición de que terminara los planes urbanísticos en marcha. Mockus consolidó y extendió el Transmilenio y completó un segundo mandato menos polémico que el primero. Estos nueve años mágicos que transformaron Bogotá se pueden ver resumidos en un documental de una hora, que no he conseguido tener en un solo archivo. Si ustedes entran en el Youtube y teclean “Antanas Mockus” les saldrá dividido en siete partes: 1/7, 2/7, etcétera. Es un reportaje muy interesante. De la alcaldía, Mockus salió como candidato a la presidencia del país, en donde perdió. Pueden ustedes hacer el ejercicio de ficción ucrónica: ¿qué hubiera pasado en Colombia si llega a ganar Mockus al frente del Partido Verde?

Por lo demás, me encantó conocer Colombia,  un país que me pareció extraordinario, lleno de pujanza creativa y cultural. Han encontrado recursos económicos importantes, a partir de yacimientos de coltán y lítio, por ejemplo, y cuentan con jóvenes generaciones bien preparadas y valientes. Además, es el lugar del mundo en el que se habla el castellano más perfecto que he escuchado jamás. Y, encima, enriquecido con palabras exclusivas, importadas de la tradición india. Por ejemplo, es uno de los pocos países latinos que tienen una palabra para designar el olor a pies: “pecueca”.

En ingles, la pecueca se conoce por stink foot y ese es precisamente el título de una celebrada canción del gran Frank Zappa, cuya letra pueden consultar aquí: http://letrascanciones.mp3lyrics.org/f/frank-zappa/stink-foot La canción cuenta en primera persona la historia de un tipo que se pone unas botas nuevas de piel de serpiente y ya no se las puede quitar hasta que se ablandan, más de una semana después, y entonces su novia le grita: ¡¡Vete!! ¡¡Tienes stink foot!! ¡¡Your stink foot put a hurt in my nose!!

Frank Zappa fue un personaje tan estrambótico y brillante como Mockus y se merecería una entrada exclusiva en este Blog. Admirado por muchos colegas de la música contemporánea, como Pierre Boulez, grabó más de 80 discos de rock, además de dirigir algunas películas. ¿Y a que no saben qué ciudad fue la primera en erigirle un monumento a este señor? Pues nada menos que Vilnius, la capital de Lituania, el país de origen de Antanas Mockus. El mundo es un verdadero pañuelo. En 2008 el gobierno lituano construyó y donó una réplica a Baltimore, la ciudad natal de Zappa. Les dejo de postre una imagen del busto original, y otra mía al pié de la estatua, poniendo cara de Zappa. Sean buenos.

 




lunes, 10 de junio de 2013

136. Quironómidos y otros bicharracos

Las grandes ciudades son, de antiguo, hábitat natural de toda clase de bichos, como hormigas, cucarachas, ratas y ratones. A veces se desmadran y entonces se habla de plaga, pero generalmente se mueven discretamente en las horas en que la gente duerme, porque los bichos, como las personas, no quieren más problemas de los imprescindibles.

Madrid no es una excepción y, como noctámbulo recalcitrante, me ha tocado muchas veces estar tranquilamente sentado en alguna terraza al aire libre de la zona centro a altas horas de la noche y, de pronto, observar el avance silente de una auténtica guerrilla de cucarachas. O las maniobras de unas cuantas ratas para saquear alguna basura con disimulo.

El hombre se defiende de estos incómodos intrusos con armas de todo tipo. En la memoria colectiva, las enfermedades felizmente erradicadas como la llamada peste bubónica, que cada tanto diezmaba las poblaciones en la Edad Media y posteriores. En ese tiempo, las ratas campaban por sus respetos por los empedrados de calles y plazas. Fue a finales del siglo XIX cuando, en el marco de las políticas higienistas de la época, se crearon los llamados Parques de Desinfección, coetáneos de los Parques de Bomberos, que fueron puestos en marcha por los ayuntamientos de las ciudades más grandes.

En Madrid, esa unidad especializada en el control de plagas subsistió más de 120 años, con el nombre de Parque Municipal de Desinfección, Desratización y Desinsectación. En mis primeros años como funcionario municipal, el parque lo dirigía un personaje al que apodábamos Quique el Ratas, que era bastante eficiente. Cada vez que encontrábamos algún solar invadido por alimañas urbanas, llamábamos por teléfono a Quique el Ratas, que inmediatamente se ponía manos a la obra. Al día siguiente en el solar no quedaba bicho viviente. 

No volví a tener contacto con ese departamento municipal hasta muchos años más tarde, cuando me hice cargo de la información sobre las obras de la M-30 en la zona del río. La construcción de los túneles a los dos lados del cauce fue una obra de un impacto descomunal. La envergadura de la excavación que se hizo, no se había visto nunca en una zona tan céntrica como la ribera del Manzanares y su imagen recordaba la de las grandes canteras perforadas en zonas rurales. Los hábitats de las ratas y las cucarachas se descabalaron y los animales, hasta que lograron recolocarse, se metían donde podían.

Sucedió en más de una ocasión que nos llamaron por teléfono vecinos aterrorizados, que no podían salir de sus casas porque su portal se había llenado de ratas o lo habían tomado algunas especies de insectos. La primera vez que sucedió, llamamos corriendo al equipo de control de plagas. Gran sorpresa. Quique el Ratas se había jubilado hacía tiempo. Y la unidad había perdido su viejo y pomposo nombre: Parque Municipal de Desinfección, Desratización y Desinsectación. El señor Gallardón y su equipo habían decidido que ese era un nombre arcaico y lleno de connotaciones negativas.

¿A que no saben cómo se llama desde entonces? Pues (agárrense al sillón): nada menos que Unidad Técnica de Control de Vectores. Se lo juro, créanselo, que yo no les cuento mentiras, excepto cuando hablo de mí mismo y no siempre. Los nuevos Insectbusters y Ratbusters  fueron presentados por el Concejal de Seguridad, a la sazón don Pedro Calvo, el 30 de abril de 2004.

Como se explica en esa nota, los efectivos municipales en la lucha contra las plagas pasaron de 6 a 33, y supongo que, en el momento de las obras de la M-30, solucionarían eficazmente las incidencias de las que les avisamos. A mí me hizo tanta gracia el asunto del cambio de nombre que lo empecé a contar por todas partes, como un ejemplo perfecto de la hipocresía que inunda el lenguaje oficial.

Llamarle a una unidad Desratización supone que hay ratas y hay que combatirlas. Eso es algo negativo, sucio, feo. En cambio, el control de vectores es una cuestión aséptica, incolora, inmaculada. Uno imagina a los trabajadores de la primera matando bichos a hachazos con unas batas blancas llenas de manchas de sangre y mugre, y a los segundos como a una especie de investigadores superlimpios y cuidadosos trabajando en ordenadores de última generación.

Por fin, un amigo médico me aclaró de donde venía el nombrecillo de marras. En el mundo de la arquitectura, un vector es una línea recta con una flechita en la punta, que indica una dirección. Incluso yo recordaba que, cuando empezamos en la Escuela, una de las novatadas más extendidas era mandar a los neófitos a la papelería Valluerca, al comienzo de la Gran Vía, a que compraran una caja de vectores. A los que mordían el anzuelo, les precisábamos que debían ser metálicos y de buena calidad. Los de la papelería estaban hartos del jueguecito.

Sin embargo, en el mundo de la epidemiología, un vector es un concepto diferente, también arraigado y consolidado. Un vector es un animal, o factor de otro tipo, que traslada un agente patógeno desde un organismo infectado a otro que antes no lo estaba (tras la intervención del vector, sí). Ejemplos claros: El mosquito anopheles es un vector de la malaria. El mosquito tigre lo es del dengue. Y el rattus norvegicus, nombre de la especie de la rata de alcantarilla, puede serlo de la rabia y otras enfermedades. 
 
No acaba aquí la historia. Construido el parque Madrid Río y con las obras ya completamente olvidadas, recibimos una queja de los vecinos de la zona norte. Como cada año, el cauce del río se había visto asaltado por miríadas de mosquitos diminutos. Los vecinos pedían que se fumigara, como se había hecho otras veces. Conozco ese tipo de mosquitos, me han asaltado alguna vez haciendo camping. Son minúsculos, pero muy molestos, porque te dan como pequeños bocaditos (carecen de aguijón) y se mueven por millones. Llamamos a la Unidad de Control de Vectores y nos hicieron saber que debíamos enviarles el asunto por escrito (eso sí, vía mail).

Aproximadamente diez días después recibimos la respuesta, también por mail. Personados en el lugar los efectivos de la indicada Unidad, habían comprobado que los insectos que formaban la nube que había sobre el Manzanares no eran mosquitos, sino quironómidos y, al no tener este insecto la condición de vector, la fumigación no era tarea de su competencia. Un indicativo más de los tiempos que corren. ¿Imaginan a Quique el Ratas dando una respuesta como esta? Yo no. Pues, tal como me sucedió, así se lo he contado.