lunes, 11 de marzo de 2013

100. Los pedos en el Quijote

Hace tiempo que no recaigo en los temas escatológicos, que tanta popularidad dieron a mis posts #2, 5, 33, 52 y 70. Esta línea temática no es algo de mi invención, sino que viene de antiguo, ha tenido notables especialistas y hasta el más grande de los maestros, Miguel de Cervantes, se recrea en el asunto en algunos pasajes, como buen manchego que era. Es un honor para mí celebrar la entrada número 100 de este Blog, transcribiendo un fragmento hilarante del Quijote, del que les pongo en situación.

La escena transcurre en una noche muy oscura, al raso de La Mancha, en la inmensidad de la llanura infinita. Don Quijote ha mostrado su voluntad de seguir su camino para pelear con los follones y malandrines que puedan salirle al paso, a pesar de lo intempestivo de la hora, y Sancho no ha encontrado mejor remedio para evitarlo que atarle fuertemente las patas al caballo Rocinante, dos a dos, para que no pueda avanzar, sin advertirlo su amo y señor. Sancho le ha pedido que baje del caballo y se tiendan ambos en la hierba a descansar, pero don Quijote dice que quiere seguir a lomos del rocín, hasta que éste tenga a bien seguir la marcha.

Empiezan a sonar entonces ruidos sobrecogedores en la lejanía, y Sancho, que es muy miedoso, se agarra con fuerza al caballo, sujetándose con ambas manos a los arzones delantero y trasero, apretando su cuerpo contra el muslo izquierdo de don Quijote y recostando la cabeza en su costado. En esta posición mantienen ambos una larga conversación, tras de la cual, a Sancho le sobreviene un apuro fisiológico, que Cervantes narra con delicadeza, humor y prosa magnífica.

En esto, parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural –que es lo que más se debe creer-, a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él; más era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible; y así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con la cual, bonitamente y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían, sin ayuda de otra alguna, y, en quitándosela, dieron luego abajo y se le quedaron como grillos. Tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto – que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia-, le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas diligencias, fue tan desdichado, que al cabo al cabo, vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote y dijo:
¿Qué rumor es ese, Sancho?
–No sé, señor –respondió él–. Alguna cosa nueva debe de ser, que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.
Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien que, sin más ruido ni alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Más como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que algunos no llegasen a sus narices; y, apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos; y, con tono algo gangoso, dijo:
 –Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
–Sí tengo –respondió Sancho–; más, ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?
–En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar –respondió don Quijote.
–Bien podrá ser –dijo Sancho–, más yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos.
–Retírate tres o cuatro allá, amigo –dijo don Quijote (todo esto sin quitarse los dedos de las narices)–, y desde aquí adelante ten más cuenta con tu persona y con lo que debes a la mía, que la mucha conversación que tengo contigo ha engendrado este menosprecio.
–Apostaré –replicó Sancho– que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa que no deba.
–Peor es meneallo, amigo Sancho –respondió Don Quijote.

Extraordinario fragmento, de grata lectura, supongo, para aquellos que no lo hubieran leído de antemano. Y ocasión, para los que ya lo conocieran, de maravillarse otra vez con el más grande escritor de todos los tiempos. No podría haber mejor forma de festejar esta efemérides.

Así que, por lo que a mí respecta: adelante. Vamos a por otros cien. Y ustedes que lo vean.

sábado, 9 de marzo de 2013

99. Tengo un candidato a Papa

Sábado 9 de marzo, por la mañana temprano. Benedicto Nosecuantos ya no es Benedicto Nosecuantos. Ahora vuelve a ser Joseph Ratzinger. Ojo con la pronunciación alemana: la t y la z deben subrayarse sucesivamente expulsando el aire entre la lengua y las encías superiores, con mucha delicadeza, igual que cuando usted pronuncia correctamente shnautzer, esa raza adorable de canes de tamaño pequeño y alma de perro grande. Si recuerdan la película Amarcord de Fellini, una de sus escenas más desternillantes es aquella en que el maestro se esfuerza repetidamente en que su alumno más zote consiga esa pronunciación, que el cenutrio convierte fatalmente en pedorreta cuantas veces lo intenta, para solaz de sus compañeros.

¡Qué alivio debe de sentir este buen hombre, que ya se puede equivocar! Quizá en estos momentos haya desayunado ya un buen zumo de naranja (lo imagino madrugador) y un café capuchino, como sólo los italianos saben preparar, acompañado por unas madalenas o unos bizcochos de soletilla. Tal vez ahora esté practicando algún ejercicio suave, para soltar su castigada musculatura octogenaria. Pronto saldrá, vestido cómodamente de paisano y protegido del sol con un sombrero de paja, a dar un paseo por el interior de la finca de Castelgandolfo, a treinta kilómetros de Roma, lejos del mundanal ruido, adonde se retiró el pasado fin de semana. El Papa cesante residirá aquí hasta que terminen de acondicionar el convento vaticano en donde se instalará definitivamente para pasar sus últimos años.

El palacio de Castelgandolfo es la residencia de verano de los Papas desde su inauguración como tal en 1626. En el Siglo XIX llegó a estar medio abandonado, como consecuencia de la incierta situación política de la península italiana a lo largo de todo ese siglo. Pio XI lo terminó de restaurar en 1934. Su sucesor, Pio XII, estaba allí de veraneo cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. No se volvió a utilizar hasta 1947. Desde entonces está en uso. La finca tiene 55 hectáreas (es más grande que el Vaticano) y allí no llegan los fragores del cónclave que se prepara en Roma, para elegir al ocupante de la silla que nuestro hombre ha abandonado.

¿Por qué lo habrá hecho? –nos preguntamos. La versión oficial habla de cansancio físico y es suficiente para ciertas mentalidades simples. Benedicto Nosecuantos era la voz de Dios, no se podía equivocar y, por tanto, tomó la decisión correcta. Se la sopló el propio Dios a la oreja. Los que conocen más de cerca el mundillo vaticano hablan de otro tipo de cansancio. El cansancio mental y moral del primer pontífice que ha intentado combatir en serio el tema de la pederastia de los eclesiásticos, una lacra tan antigua como la imposición del celibato. 

Los curas llevan tocándole el culo a señoras y jovencitos desde que se lo prohibieron. Antes lo hacían también, seguramente, pero sin morbo, que no es igual. Lo sorprendente es que el voto de castidad no se impuso a los sacerdotes hasta el siglo XI. Hasta entonces sólo era obligado para los monjes. Este dato, junto a otros igualmente asombrosos, se contiene en el libro “Los Papas y el sexo”, publicado en 2010 por el investigador italiano Eric Frattini. No es un vulgar panfleto, lo ha editado nada menos que Espasa Calpe. Su autor, que se define como rata de biblioteca, afirma que todos los datos que aporta están contrastados, que no ha fabulado nada, que se limita a contar la información que ha sacado de bibliotecas y hemerotecas durante años.

El libro es un catálogo de corrupción, vicios, perversiones, crueldad, sexo y conspiraciones diversas. Contiene la referencia de Papas casados y homosexuales, pederastas y violadores, fetichistas y adúlteros, travestis y voyeuristas, masoquistas y sadomasoquistas, asesinos de Papas, hijos de Papas, Papas hijos de curas, Papas padres de Papas y Papas hijos de Papas. A mí no me divierte especialmente leer sobre estos temas pero, si quieren adentrarse en ese mundo, aquí tienen el link a la página del propio autor, en la que es posible descargarse libremente el Capitulo 1, y un segundo link a otra página en donde lo entrevistan.

Me quedo con algunos datos curiosos. De San Pedro a Ratzinger sólo ha habido 261 Papas. Yo creía que serían más. Antes de que se impusiera el celibato en el siglo XI, era normal que los Papas estuvieran casados y vivieran en Roma con su mujer e hijos. San Pedro, el primero, era ya padre de familia cuando Jesús lo convenció de que le siguiera. Tres de los cuatro evangelistas coinciden en el dato de que Pedro vivía en Galilea con su mujer y su suegra. A lo mejor por eso salió de naja (perdonen el chiste fácil). Santa Petronila, cuyo sepulcro se venera en Roma, está reconocida como hija suya.

Desde aquí hasta Wojtyla, a quién Frattini atribuye al menos dos amores y una hija, el desmadre ha sido prácticamente continuo, entremezclado con luchas de poder despiadadas. Parece obvio que a Juan Pablo I el Breve le dieron chicharrón, para evitar que cumpliera su promesa de investigar en profundidad los tejemanejes del Banco Ambrosiano, versión que se ilustra con pelos y señales en la película El Padrino III, sin que a Coppola le hayan perseguido o excomulgado por ello. Ni siquiera se han molestado en desmentirlo formalmente.

Así que, con semejante historia detrás, no es de extrañar que el amigo Ratzinger haya dicho: ahí os quedáis con vuestra mierda. Buscad a otro, que yo me largo, que me tenéis harto con tanta conspiración y tanta mamandurria (palabro que, desde ya, propongo para su admisión por la RAE). Y que nadie le tosa, que ha sido el propio Dios el que le ha dado la orden. Los cardenales del cónclave han recibido el marrón con malhumor y no saben a quién elegir. Si escogen a un alma pura, se exponen a que también dé la espantada, una vez que se ha abierto esa vía. Y si es un vicioso, su papado estará condicionado por la amenaza de que alguien a quien le haya tocado el culo lo cante y organice un escándalo monumental. 

El caso es difícil, ciertamente. Pero yo tengo la solución y aquí se la ofrezco. Desde mi Blog, propongo formalmente que el próximo Papa sea Berlusconi. ¿Que tiene que ser sacerdote? Muy bien, pues que lo ordenen cura en una ceremonia exprés. La presencia de Il Cavaliere en la silla de San Pedro serviría para matar dos pájaros de un tiro: solucionaría el cónclave y de paso libraría a Italia de este sujeto. El panorama electoral se despejaría. La prima de riesgo caería enseguida por debajo de los cien puntos. Toda Europa saldría ganando.

Con setenta y seis años, Berlusconi es casi un anciano y está bastante gagá. Si se ha presentado a presidente, es sólo porque necesita mantener un cargo público para seguir aforado y librarse de la cárcel que le amenaza. Si no fuera por eso, se retiraría a una de sus villas lujosas, a disfrutar de su nueva esposa a la que saca cuarenta y nueve años. Lo que pasa es que los italianos están tan jodidos que le han votado más de lo que él mismo se esperaba. 

Con mi propuesta, los italianos verían entronizado al tipo al que más adoran y podrían ir a aplaudirle al balcón vaticano cada domingo. Su amenaza de optar otra vez a la Presidencia de la República no espantaría más a los europeos (la Merkel lo teme como a un nublado). Y la curia de Roma lo aceptaría de buen grado. Al fin y al cabo, como se ve en el libro de Frattini, en el Vaticano nunca le han hecho ascos al bunga-bunga

jueves, 7 de marzo de 2013

98. Bárcenas y el vestido azul de Lewinsky

El culebrón de los papeles de Bárcenas, Luis el Cabrón para los amigos, no ha hecho más que empezar y, si no, al tiempo. La táctica de Rajoy respecto a este monumental escándalo era, hasta ahora, clara y muy en su línea: distraer al personal con otros asuntos, para tenerlo entretenido. ¿Que no sucede nada de interés? No hay problema: se manda al Ministro del Interior a que salga y diga una tontería, por ejemplo, que la ley que autoriza los matrimonios homosexuales amenaza la perpetuación de la especie humana. Los gays del PP, que los hay, ponen el grito en el cielo y ya tenemos tema para la prensa y para que la gente despotrique en los bares.

Siempre hay un falso tema polémico a mano, una especie de mcguffin de la película de terror que estamos presenciando y viviendo. Y, si no, se tira de Wert (¡lo que hay que Wert!), el Ministro de malEducación, inCultura y teleDeporte, que siempre tiene lista una nueva ocurrencia para soliviantar al personal. Pero ya parece que, por fin, el PP ha decidido mover ficha: ayer denunciaron a El País y “a quien haya escrito esos papeles”. No olvidemos que se trata de unos estadillos en los que minuciosamente se han anotado todos y cada uno de los pagos en dinero negro que, presuntamente (ya ven qué correcto me he vuelto, no sea que me denuncien a mí también), cobraba la cúpula directiva del PP. Un documento en el que el nombre de Rajoy es el que más se empeña en aparecer, nada menos que a lo largo de once años.

Se pongan como se pongan, sobre estos papeles sólo caben dos hipótesis: o son auténticos o son falsos. Rajoy ha afirmado solemnemente lo segundo, y la denuncia va en esa línea. Si es así, si alguien ha rellenado esos renglones en quince días con la intención palmaria de desacreditar a los dirigentes del PP, entonces no creo que sea muy difícil demostrarlo (hay peritos que pueden certificar si los papeles son viejos o nuevos, de cuándo es la tinta, de quién la letra, etcétera).

Hasta ahora, mi intuición me decía que eran auténticos. Después de la denuncia de ayer, ya no sé qué pensar. ¿En qué se basaba esa intuición que digo? Pues, simplemente, en las actitudes y manifestaciones de unos y otros. Por un lado los del PP callando (el que calla, otorga) y enviando a Cospedal a que haga el ridículo enredándose en un trabalenguas inaudito de simulaciones y pagos “en diferido”, a la altura de las noticias más desternillantes de El Mundo Today. Por el otro lado, la gimnasia gestual del presunto difamador no deja lugar a dudas. Aquí la tienen. 


¡¡¡Ele, mi niño!!! Sí, señor, el más castizo de los gestos patrios: la peineta. Como ven abajo, Cospedal también la utiliza con asaz donaire.

Y los de la revista El Jueves, que son unos gamberros, sintetizan ambas peinetas en una imagen de alto contenido simbólico.

Muy bien. Ya nos hemos reído un poco. Ja, ja. Aceptemos ahora, como mera hipótesis, que la información de esos papeles fuera cierta. ¿Qué pasaría entonces? Pues parece que esos libros de cuentas no constituyen una prueba de los pagos, válida para un tribunal de justicia. Para que se pudiera condenar a Rajoy y los demás, tendrían que aparecer unos recibos o recibíes, firmados por los perceptores a cambio del dinero. Y no creo que el nivel de ingenuidad que han demostrado los del PP, al confiar en un sujeto como Luis el Cabrón, haya alcanzado unos niveles tales como para que existan esos recibos (no lo descarten del todo).

O sea, que no parece que esto vaya a acabar en una condena judicial. Pero sí, tal vez, en una condena política. ¿No estábamos en Europa? Pues en Alemania, ya han dimitido dos ministros porque se ha descubierto que en su juventud copiaron párrafos de otras tesis académicas, al elaborar la suya, y no pusieron comillas. Y en Inglaterra, otro ministro ha cesado porque se ha sabido que hace diez años cometió una infracción de tráfico y dijo que la conductora era su mujer para no perder puntos. Si se demostrase fehacientemente que nuestro presidente estuvo durante once años cobrando los sobres malva de la vergüenza, estaría mintiendo ahora, no en su juventud o hace diez años. Veremos por dónde sigue el culebrón.

Siguiendo en la hipótesis de que los papeles sean ciertos, hoy quiero centrarme en un aspecto que quizá no ha sido analizado suficientemente por los medios. ¿Cómo es que Luis El Cabrón conserva esos apuntes? Yo tengo en mi despacho un precioso aparato llamado destructor de documentos. Me lo regaló una persona que me quiere, y me produce una satisfacción indescriptible cada vez que meto por la ranura superior un pequeño folleto y veo cómo sale por el otro lado convertido en fideos. ¿Y el ruidito que hace? Mmmm. Qué gustazo.

Si este sujeto no ha utilizado el aparatejo, es porque quería conservar el cuaderno intacto, como seguro de vida, por si salían a la luz sus trapicheos. Posibilidad nunca desdeñable para un personaje que, partiendo de la nada, llega a acumular 34 millones de euros en Suiza, haciendo honor al viejo proverbio manchego: el que con harina anda, algo le queda en las uñas. El tipo se encargaba de los negocios sucios del partido, se llevaba su comisión y lo anotaba todo en su cuaderno, celosamente guardado para, cuando pintasen bastos, poder decir: ¡Ojo conmigo! que, como me toquéis las pelotas, tiro de la manta y me llevo por delante a todo el mundo. En términos judiciales, esta forma de actuar tiene un nombre: premeditación.

Algo parecido es lo que hizo Diego Torres con los correos de Urdangarín. Mira que es fácil apretar el botón de “Borrar todos los mensajes”. Eliminar correos comprometedores está tirado. Pues este émulo de Bárcenas los iba guardando todos en su archivo más recóndito, como seguro de vida para el día en que se descubriera el tostao. Estrategias premeditadas de auténticos malvados. Seguro que Luis El Cabrón imaginó ese sistema de protegerse antes incluso de comprar el cuaderno, en cuanto empezaron a pedirle que sirviera de amanuense de la indignidad. Entonces pensó: ¡¡A mí me van a pillar estos primaveras!! Ahora mismo bajo a la papelería y me compro un cuaderno de renglones. Se van a enterar. Y Diego Torres hizo lo propio el día en que creó su archivo de correos calientes.

Ninguno de los dos tiene la patente del sistema, antiguo como la humanidad. ¿Recuerdan ustedes el famoso vestido azul de Mónica Lewinsky? Esta señorita, ahora bien entrada en carnes, lo guardó durante años con las manchas del semen de Clinton bien protegidas, para cuando la cosa saliera a la luz. Seguro que hasta puso unas patatas en el cajón, no se le fuera a resecar demasiado. Si a usted, querida lectora anónima, le sucediera que un amante ocasional se vacía en su vestido nuevo, ¿qué sería lo primero que haría al día siguiente? Respuesta lógica: llevarlo a la tintorería. Si lo guarda usted manchado bajo siete llaves, por algo será.

Comportamientos idénticos que delatan a gente taimada. Cómo despreciaría Don Quijote a semejante cuadrilla de malandrines: Luis El Cabrón, al frente, Diego El Bellaco, a su diestra y, a la siniestra, El Fementido Eufemiano. Tres canallas escoltando a una auténtica hija de Lewinsky.