lunes, 11 de febrero de 2013

88. Efemérides

Bajo este nombre de reminiscencias inequívocamente griegas, los periódicos antiguos tenían una pequeña sección en la que detallaban los aniversarios que se conmemoraban ese día, las festividades y celebraciones y el santoral. En las redacciones se encargaba su confección a un becario, que debía tirar de arcaicos archivos analógicos, para sacar una nota por fuerza escueta. Ahora, el perfeccionamiento de los sistemas de almacenaje de información ligados al ordenador, ha generado un universo de bases de datos, en el que ya no hace falta ni becario, sólo con dar a un botón, te sale cada día material para llenar un periódico entero.

Para mantener ese tinglado hace falta que en todo el mundo haya esforzados esbirros cargando datos como locos las veinticuatro horas del día, sin un criterio demasiado selectivo. Todo vale con tal de engordar el monstruo. Esto es algo que afecta a todos los ámbitos. La información deportiva es un ejemplo claro. Antes de cada partido de fútbol te avisan de que será el encuentro número seiscientos en primera división del entrenador X, el doscientos del jugador Y, el equipo Z puede marcar el gol número mil y además será la séptima vez que el equipo utiliza el uniforme naranja. Después de cada partido de baloncesto se hace un cuadro que te permite saber que Pau Gasol intentó quince pases, falló siete, tiró cinco tiros de tres puntos de los que falló cuatro, dio tres asistencias con éxito y dos fallidas, puso tres tapones…

La existencia de esos medios condiciona la propia redacción de los artículos que se escriben. El cronista de El País o el Marca deduce que Benzema está bajo de forma a partir de constatar el número de kilómetros que ha corrido en un partido, los remates que ha fallado, los balones que ha cortado, y comparar todos esos datos con la serie histórica de los partidos anteriores. Llegará un día en que los deportistas lleven medidores y en la tele se pueda conocer “en tiempo real” (¿es que hay uno irreal?) el estado físico de cada uno, con información precisa de pulsaciones, colesterol, gráfica de esfuerzo y ¿por qué no? contar el número de pedos que se tira, los retortijones que le den y cosas similares.

Me viene a la cabeza una anécdota graciosa. Estaba viendo por la tele un partido de fútbol narrado por un comentarista con ayuda, como suele hacerse, de un futbolista retirado, jugador de otra época, que interviene de vez en cuando haciendo pequeñas apostillas a la narración. El invitado era en este caso Julio Salinas, tipo siempre sano de mente y con el típico gracejo vasco. Ante la imagen de un jugador que se echaba la mano a la trasera del muslo con gesto de dolor antes de tirarse al suelo, el locutor dijo: “Huy, malo, malo, tiene toda la pinta de un pinchazo en los isquiotibiales. ¿Tú te lesionaste alguna vez en ese músculo, Julio?" La respuesta del interpelado: “No, en mis tiempos no había isquiotibiales, eso se inventó después”.  
   
En fin, tiempos de locos estos que nos toca vivir, exceso de información por todas partes, nos llegan datos por tierra, mar y aire, es imposible sustraerse a la lluvia tóxica de minucias insignificantes con que nos abruman. La prensa deportiva te informa de qué tal ha dormido Messi, de si a Casillas le va doliendo menos la mano, o a Nadal la rodilla. La prensa del corazón hace lo mismo con Paquirrín y Belén Esteban, y los llamados diarios generalistas te cuentan si Urdangarín ha ido bien de vientre esta mañana, o si Luis El Cabrón se ha dado un tropezón en su paseo matutino por la calle Serrano.

Las antiguas efemérides acaban enterradas en un mar de celebraciones absurdas. Ningún periódico recuerda hoy que un once de febrero se proclamó la Primera República Española (1873), que no llegó ni siquiera a las Navidades de ese mismo año. O que en 1979 el ayatollah Jomeini se hizo con el poder en Irán, derrocando al Sha Reza Pahlevi. O que en 1990 Nelson Mandela recuperó la libertad después de 27 años de cárcel. Cada día hay cientos de eventos que se conmemoran, la mayoría sucedidos y anotados en el siglo XX.

Ayer, 10 de febrero, era el día del Año Nuevo chino, tal como les anuncié en mi último post del año pasado “Por un calendario sin meses”. Ayer, los chinos, japoneses, vietnamitas y coreanos, entre otros, entraron en el Año de la Serpiente, que mola menos que el del Dragón que acabamos de cerrar. Mis amigos de la delegación de Hong Kong en Europa, que el año pasado organizaron una fiesta fastuosa, este año se han limitado a mandarme un christmas sonoro de 12 segundos. No es coña, aquí lo pueden ver: http://www.hongkong-eu.net/2013cardcny. En España las serpientes no son muy bien vistas, se las considera un animal maldito, culpable de engañar a Eva y que da “mala sombra”. Una mala sombra que se neutraliza haciendo los cuernos a dos manos al tiempo que se pronuncia el conjuro “lagarto-lagarto”.

Otra celebración reciente es la de Santa Águeda, el 5 de febrero. Santa Águeda de Catania fue ultrajada y torturada por su propio padre el senador Quintiano, que ordenó que le cortaran los pechos. Unos años después de su muerte, el Etna entró en erupción y los habitantes de Catania pidieron a esta santa, virgen y mártir, que intercediera por ellos. Y la lava se detuvo justo a la entrada de la ciudad. Santa Águeda es, por supuesto, la patrona de Catania y también la de las enfermeras. Además se considera una precursora de los movimientos feministas y en el pueblo de Zamarramala (Segovia) se conmemora su festividad entregando la vara de alcalde a las mujeres, que gobiernan el pueblo por un día, mientras los hombres se hacen cargo de las labores domésticas.

En muchos otros pueblos de España, la fiesta se celebra elaborando unos pasteles de forma y tamaño inequívocos, que se denominan tetas de santa Águeda. Aquí les pongo el link de un par de recetarios que explican cómo hacerlos, y algunas imágenes de esta curiosa tradición.




Algunas cadenas de pastelería industrializada han incorporado este dulce a su oferta de temporada, pero han tenido que cambiar el nombre al más púdico de “reliquias de Santa Águeda” y explicar su composición según esa odiosa manía de anteponer el adjetivo, impuesta desde USA, que ha contaminado ya toda la redacción de menús y recetas: “Deliciosa masa de esponjoso bollo relleno de suave nata y cremosa trufa, decorada con finas virutas de crujiente chocolate y remate de exquisita guinda sobre cama de selecta yema”.

Dentro de unos años habrá un evento más que conmemorar el once de febrero: la primera renuncia de un Papa desde el siglo XV, que es la noticia del día. El Papa se une así a la ministra alemana que hace más de treinta años copió su tesis doctoral y el ministro inglés que hace diez dijo que el coche infractor lo conducía su señora para no perder los puntos del carné. Todo el mundo dimite menos Ana Mato, que pretende convencernos de que sigue creyendo que los Jaguar vienen de París, y los trae una cigüeña en medio de una nube de confeti. 

Sólo que el Papa no se va porque lo hayan pillado en un renuncio, sino porque dice que está cansado. No me extraña, eso de ser infalible debe de ser agotador. Su negación del buey y la mula del Belén, ya anticipaba una cierta fatiga mental. Esperemos que no le suceda Rouco Varela, si no, no va a haber quién aguante a algunos (y algunas) por estas tierras. Yo también les deseo: Kung Hei Fat Choy!

sábado, 9 de febrero de 2013

87. Malentendidos

El Malentendido es una obra de teatro de Albert Camus estrenada en 1944. En 1969 se montó por primera vez en España con Fernando Guillén y Gemma Cuervo en los papeles principales. Entre ambos actores surgió entonces la chispa de un amor que les mantuvo unidos hasta la reciente muerte de Fernando. Ahora, la hija de ambos Cayetana Guillén Cuervo ha querido representarla en Madrid, como un homenaje póstumo a su padre. La obra está aún en cartel, pueden ir a verla, no les voy a poner el link de entradas.com, búsquenlo ustedes, coño, que yo no soy Lisardo y no veo por qué habría de llenar mis posts de links, mierda de jerga.

No he visto la función, pero me la ha contado entera África, mi agregada cultural. La cosa va de dos mujeres, madre e hija, que regentan una pensión en un lugar frío e inhóspito del norte de Francia. Su sueño es reunir el dinero suficiente para trasladarse a un lugar climatológicamente más amable, para lo cual se dedican al noble arte de asesinar y robar a los viajeros pudientes que se hospedan en su fonda, a la manera de las ancianitas hilarantes de Arsénico, por favor. Entonces llega un nuevo viajero a la casa, que es en realidad el hijo y hermano de las dueñas del negocio, que se marchó de casa muy joven y vuelve después de haber hecho fortuna, con el propósito de redimir a sus familiares y sacarlos de su triste circunstancia. No le reconocen y se pueden imaginar cuál es el malentendido que les lleva a todos a un dramón camusiano (o camusino), además basado en un hecho real que conmocionó en su día a toda Francia. 

Traigo aquí este asunto porque nadie está libre de malentendidos más o menos funestos, ni siquiera el autor de este modesto Blog. La historia que les voy a contar no es trágica (si no, no encajaría en las coordenadas y las intenciones del Blog). Digamos más bien que es un tanto ridícula e insignificante, y se van a reír otra vez a mi costa, pero entre mis lectores hay muchos que dicen seguirme precisamente porque cuento cosas ridículas e insignificantes, del estilo “subí a lavarme las manos y luego me sequé con una toalla”. Vamos allá. 
 
Resulta que la otra noche me fui a la cama y no conseguía dormirme, como me pasa a veces. Por entretener el insomnio, encendí mi Ipad y entré en la página desde la que se gestiona el Blog. Ya sé lo que piensan, que ese detalle revela una adicción importante y que seguro que me paso el día abriendo el ordenador a ver si ha pasado algo en el Blog. Es cierto, confieso que tengo un cierto nivel de adicción, pero creo que la controlo y por ahora no veo la necesidad de acudir a un psicólogo. Mi amigo Mariano Zurdo, escritor y editor, además de psicólogo, dice que no me preocupe, que eso va por fases, que él estuvo un año entero escribiendo todos los días en su Blog y luego lo dejó de un día para otro y no volvió a escribir nada en mucho tiempo.

Por cierto, Mariano Zurdo tiene dos novelas publicadas La tinta azul del recuerdo y Resquicios. He leído la segunda y se la recomiendo. Es un texto que se debe ir devanando como un ovillo de lana, para ir extrayendo las diferentes historias que lo componen, como las distintas figuras de una matrioska rusa. Si quieren hacerse con ella pueden visitar la librería Tres Rosas Amarillas, en San Vicente Ferrer 34. La editorial de mi amigo se llama Talentura Libros. Tanto la librería como la editorial están especializadas en relatos y novela. En este caso sí que les dejo los links: www.talenturalibros.blogspot.com, www.tresrosasamarillas.com, y el del propio Mariano www.blogdeliterazurda.blogspot.com .

A lo que íbamos. Resulta que abro la página y me avisa de que acaba de entrar un nuevo comentario en el post #80, “Corredor II”. Lo busco y me sale un anónimo que dice “¡¡Mi libro!! ¡¡Yo vengo a hablar de mi libro!!” Es una vieja anécdota televisiva de Umbral que revela lo estúpido que era este señor, por otra parte buen escritor. No sé cómo lo interpretan ustedes, pero a mí me sonó a que el anónimo se estaba burlando de mi texto, haciéndome ver que estaba contando un rollo para presumir de corredor de maratones y sacar pecho, igual que Umbral presumía de su libro. Aún con la duda, la página me alerta de que llega otro comentario. Esta vez en el #83 “La Gerencia tomada”. Otra vez la firma “Anónimo” y el siguiente texto “¡¡¡¡Uuuuuh, uuuuh!!!!”

Me empiezo a cabrear. Ya me habían advertido algunos blogueros veteranos que hay gente muy maleducada que se dedica a entrar en los blogs a burlarse y decir bordeces. No le veo la gracia y en parte me siento como si alguien hubiera ingresado en este foro para reventarlo, para estropear este intercambio de confidencias y mensajes. Pero entonces llega un tercero, esta vez al #76 “Lisardo reaparece”. Si lo han leído, sabrán que este post termina con la foto de un culo magnífico que sirve de felicitación de año nuevo. Al pie hay un comentario de un lector anónimo que opina que ese culo no es real, que la imagen está pasada de photoshop, y una respuesta mía diciendo que eso es envidia cochina. Bueno pues mi comentarista borde de las 12 de la noche añade más abajo algo así: “Claro que es envidia, ese idiota de anónimo no ha visto un culo similar en su vida. Yo sí y juro que existen”.

Bueno. Nadie entra en mi Blog a las 12 de la noche, al menos desde España. Allí, tendido en mi cama después de un largo día de trabajo, tuve claras tres cosas: que el anónimo comentarista de mis tres posts era el mismo, que pretendía reventarme el invento y que era un gilipollas. Así que, ni corto ni perezoso, me dispuse enseguida a eliminar los tres comentarios. Nunca había borrado nada en mi Blog y pude comprobar que el proceso es largo y consta de varios pasos. En el último te preguntan si estás seguro y te advierten de que, si insistes, el comentario desaparecerá para siempre (sic).

Seguro que ya se imaginan cuál fue el malentendido. El autor de esos comentarios no era un borde anónimo reventador de blogs. El autor era nada menos que el bueno de Lisardo. La bronca que me echó al día siguiente fue de las que hacen época. ¡Cómo me gritaba por el teléfono! Lo más increíble son sus explicaciones, que les detallo. En el primer caso, Lisardo me intentaba advertir de que, después de explicar cómo empecé a correr maratones, era una ocasión perfecta para hablar de mi libro, mi única novela publicada hasta el momento La Human Race, que relata las aventuras de un corredor popular. En el segundo, hacía ¡¡Uuuuuh!! para decirme que él también se siente un fantasma y que, como yo, se encuentra más a gusto entre los fantasmas del pasado, que en el mundo real de Bárcenas y Rajoy. Por último, la foto del culo del #76 corresponde al trasero de la novia de su hijo. El propio Lisardo fue quien hizo esa foto y jura que no hay photoshop ni truco alguno detrás, que su futura nuera es la dueña de ese trasero esplendoroso.

En fin. Me he disculpado cien veces, pero mi amigo sigue bastante enfadado. Además, tiene una crítica de orden superior, que les transcribo aquí: “VALE, ENTIENDO QUE AL INTERPRETAR MIS MENSAJES SE HA EQUIVOCADO USTED TRES VECES, PERO ES QUE LO QUE NO PUEDE DE NINGUNA FORMA HACER ES BORRAR MENSAJES. ¿PERO DÓNDE SE HA CREÍDO USTED QUE ESTÁ? ESO ES UNA FORMA DE CENSURA. SOLO SI EL TEXTO INSULTA O ES OFENSIVO, PODRÍA ELIMINARLO. SI NO, TIENE QUE DEJARLO AHÍ. SI NO LE GUSTA, NO LE CONTESTA Y PUNTO. UN BLOG ES UN FORO PÚBLICO DE PARTICIPACIÓN LIBRE. USTED NO ES QUIÉN PARA BORRAR LOS MENSAJES DE NADIE. JODER, DON EMILIO, QUE YO LO HE CONOCIDO DE SUBDIRECTOR GENERAL DE INFORMACION Y PARTICIPACION CIUDADANA, QUE AÚN TENGO LA TARJETA QUE ME DIO. ¿ES ESA SU FORMA DE ENTENDER LA PARTICIPACIÓN? ¡¡¡AMOS, NO ME JODA!!!

Lisardo tiene toda la razón y lo reconozco aquí públicamente. Por ahora, es todo lo que puedo hacer para arreglar el desaguisado. Confío en que con el tiempo se le pase el cabreo. Al fin y al cabo, todo fue fruto de un malentendido.

jueves, 7 de febrero de 2013

86. Incidente de tráfico II (segunda parte)

Siento defraudar al lector, pero no voy a contar demasiadas anécdotas de los tiempos prehistóricos en que Isaías El Metralleta era chofer del viejo Departamento de Planeamiento. El hombre está todavía en activo, le queda poco para la jubilación, y no es cosa de poner en peligro su trayectoria hablando más de la cuenta. Bastará decir que Isaías había sido conductor de la policía antes de sacar la plaza del Ayuntamiento, que también hacía bolos como especialista de rodaje de películas de acción, sobre todo escenas de persecuciones, y que esa doble experiencia le permitía saltarse los atascos con mañas no siempre ortodoxas, habilidad que sólo ejercitaba en casos de fuerza mayor, porque el resto del tiempo era un conductor pulcro, respetuoso con las normas de tráfico y caballeroso con los demás automovilistas. 

Tirábamos de él cuando debíamos hacer alguna visita de campo, para comprobar in situ las condiciones reales de una zona antes de emitir el informe correspondiente. Yo me hice enseguida amigo suyo, aunque nunca conseguí que me tratara de tú. Me gustaba sentarme con él en el asiento de delante y darle palique. A veces le pedía su opinión sobre el solar o edificio que íbamos a ver. Unas opiniones siempre basadas en el sentido común, que al principio me escatimaba, hasta que estuvo seguro de que no quería tomarle el pelo. Cuando acabábamos nuestro trabajo, solíamos rematar con un café o una cerveza. Isaías conocía todos los bares de los distritos periféricos y sabía dónde encontrar las mejores tapas y las raciones más abundantes (aunque tenía una predilección por asaduras, zarajos y gallinejas, que yo no compartía). Después se fumaba uno de sus minúsculos puritos Rosli y nos volvíamos.

El jueves 31 de enero, como no podía ser de otra manera, encontré a Isaías muy envejecido. Mantenía su planta de galán cinematográfico, su porte orgulloso, su rostro duro, su sonrisa de medio lado, su aire a Victor Mature, pero se le veía más cargado de hombros, con los trazos verticales de sus mejillas mucho más marcados, su habitual corte de pelo de marine suavizado por las canas y una gimnasia gestual más dubitativa, efecto de las sucesivas derrotas de la edad. Me pidió que abriera el capó del coche, lo examinó a distancia y pronunció una de sus frases legendarias: –¿Cuánto hace que no le revisas el bendix?

Pusimos unos carteles de “averiado” en el salpicadero y el cristal trasero, nos subimos al coche oficial y nos encaminamos a la Junta. Llamé a Nicasio y a la Mutua a decirles que esperasen instrucciones. Primero tenía que asistir al Consejo. Luego ya veríamos. La Concejala del Distrito se estaba fumando un pitillo en la calle, a la puerta de la Junta. Nos reconocimos también y me saludó con afecto. La Concejala es una señora mayor de pelo blanco crespo, que lleva muchos años al frente del distrito y se conoce al detalle los problemas de cada uno de sus vecinos, con los que mantiene una comunicación fluida. Me conoce de otros Consejos y, antes de entrar, me ha prevenido de que las sesiones suelen ser tranquilas porque los vecinos son pacíficos y educados, con la única excepción del Lucinio, que es un broncas, pero a ese ya le ata corto ella.

Traigo un power point con las grandes líneas de lo que les tengo que contar, pero antes de que rueden las imágenes, me parece necesario aclararles que el planeamiento es algo que se refleja en un documento, es decir, en unos papeles. Nuestro trabajo como técnicos se termina en la confección de ese documento. Pero, para que esas directrices pasen de estar en un papel a hacerse realidad, se requiere luego impulso político, capacidad de gestión y apoyo financiero. Si no, no sirven para nada. A continuación les muestro las imágenes que traigo. A mitad de presentación aparece el Lucinio, que se sienta con mucha prosapia en una silla libre a la izquierda. A él también lo reconozco: el recalcitrante habitual que se queja de todo. Ya me ha tocado sufrirlo más de una vez. Lo que pasa es que no me acordaba de su nombre. El problema del urbanismo y la participación ciudadana de los barrios es que no hay renovación generacional. Los jóvenes están a otra bola. Durante años he participado en foros de este tipo con la sensación de ser el más joven de la reunión. Lo terrible es que, con más de sesenta, sigo teniendo esa sensación.

Al final, ruegos y preguntas. El Lucinio se lanza a la yugular. Ya está harto de que le vengan con milongas, ya le contaron el Plan del 97 (puede que se lo contara yo) y él se ilusionó y participó. Resultado: nada de nada. Después lo mismo con la Agenda 21, el Plan Estratégico de Movilidad Ciclista y el Sursum Corda en patinete (sic). Todos igual: planes fastuosos, bonitas intenciones y cero realidades: todo se queda en el papel. La Concejala interviene y le dice que es un maleducado, que si hay una primera convocatoria a las 6 y una segunda a las 6.30, es una falta de consideración con los demás que llegue a las 7 y encima dando lecciones a todo el mundo. Que Don Emilio ya ha aclarado esa cuestión al principio, lo que pasa es que él no estaba y ahora que no diga.

El recalcitrante y la Concejala son viejos enemigos políticos que, en el fondo, se respetan y se tratan con la familiaridad de esas parejas veteranas que se pasan el día peleándose. El tema ha quedado, como de costumbre, en tablas y a mí se me ha autorizado a marcharme. Isaías me esperaba fuera. Llamé a la Mutua y me dijeron que en cuarenta minutos tenía una grúa en el lugar indicado por mí. Como había tiempo, me tomé un café con mi viejo amigo. Me contó que le faltan dos meses para jubilarse. Que ha pasado por innumerables destinos. Que esta Concejala es buena gente y está a gusto con ella. Pero que, echando la vista atrás, ningún tiempo como los años de Planeamiento.

Luego me llevó hasta mi coche aparcado en el arcén, esperó a que viniera el grueiro, y se despidió con un sentido abrazo. Puede que ya no lo vuelva a ver nunca. Lo de grueiro es literal: el tipo que se bajó del camión grúa con movimientos simiescos y un aire que recordaba a Xan-das-Bolas, tenía un acento cerrado de gallego del interior. ¿Y luego usted de dónde es? –le pregunté. Ay, señor, yo soy de Cospeito, Lugo. Pues yo de La Coruña. ¡¡Arre coño!! Allí sí que se vive bien, y no aquí con este frío. ¡¡Arre carallo!! 

Por resumir: la Mutua me cubría el traslado hasta el taller de Seat-Volkswagen más próximo. Con un máximo de treinta kilómetros. Lo que pasa es que mi paisano el grueiro sabe de la vida, y él trabaja de autónomo para la compañía y más por libre. Ay, sí, señor, y le digo una cosa: si yo me limito a cumplir estritamente el contrato, lo siento mucho, pero yo le tengo que llevar al taller más próximo y aquí paz y después gloria. Como usted sin duda sabrá, a esta hora los talleres están cerrados, habrá que aparcarlo cerca, eso si encontramos un sitio, y mañana usted tendrá que coger un taxi a primera hora, venir cuando abran el taller a contarles lo que le pasa al coche y perder la mañana, en la seguridad de que se pondrán con su coche el último, cuando hayan arreglado los de los clientes habituales, las cosas como son.

Peeeeero… Peeeeero, esa serie de desgracias presuntas se podía evitar si yo estaba dispuesto a pagarle la diferencia de trayecto hasta mi taller habitual, que sin duda tendría, en donde seguramente podría dejarle la llave al jefe en algún escondite, de forma que mañana yo me desentendiera del tema dejando el coche en buenas manos. Por supuesto también tendría que pagarle el trayeto de vuelta hasta su casa. Pero, si yo no quería, ahora mismito él tiraba de gepeese, buscaba un taller y me dejaba allí tirado. Como ven, un lince. Para que luego digan que los gallegos no son espabilados. Le dije que me parecía bien. Cuando le aclaré que mi taller de cabecera estaba en Sevilla la Nueva, se puso contentísimo. Me hizo un precio, según él, de paisano, y tuve que aceptar. Nos dimos la mano y sólo entonces empezó su trabajo de subir el coche al remolque. 

En fin. Nicasio estaba ya en un bar tomando cañas, cuando lo llamé para que me explicara dónde debía dejarle la llave. El resto del jueves transcurrió sin sobresaltos. El avispado grueiro se pasó todo el viaje despotricando de futbol y poniendo verde a Mourinho. Dejamos el coche en la puerta del taller de Nicasio, y luego tuvo el detalle de acercarme a casa sin sobrecoste. Me creerán si les digo que caí en la cama agotado.