lunes, 12 de septiembre de 2022

1.167. Caer y levantarse

Tarde de domingo un poco calurosa después del alivio térmico de los últimos días y a la espera de la ansiada lluvia. Me preparo un té Earl Grey para salir a escribir a la terraza de mi casa, con el incómodo acompañamiento del helicóptero, que mosconea todo el rato a poca altura sobre mi cogote. Cuando empecé este blog hace casi diez años, la crisis económica estaba en todo su rigor y había frecuentes manifestaciones de los grupos más a la izquierda, que siempre empiezan o terminan en Atocha, al lado de mi casa. Eso concitaba al helicóptero bastante a menudo. Luego yo creo que entramos en una especie de resignación social, seguida del encierro pandémico y lo cierto es que hacía mucho que no soportaba esta murga. Tal vez recuerden que incluso alguien creó una página de Twitter que se bautizó como #putohelicoptero.com, para que la gente subiera allí sus quejas por el coñazo.

No tengo idea de que haya hoy ninguna mani, las de los domingos suelen ser mañaneras, para terminar con el bocata y la cerveza y luego volver a casa con el rabo entre las piernas para enfrentar la depre de las tardes de domingo, por tener que currar al día siguiente. Telefoneo a una amiga que suele estar muy al tanto de lo que está pasando en la ciudad y me dice: ¿es que no te has enterado? Hoy termina la Vuelta Ciclista a España y como siempre los corredores recorren varias veces el circuito urbano de la Castellana, que da la vuelta justo en Atocha. Le agradezco la información, otros años incluso he bajado a ver el espectáculo, si bien no te da tiempo a ver nada, pasan en un suspiro. No he querido ser cruel con mi amiga y me he mordido la lengua para no decirle que, efectivamente, no sabía que la Vuelta terminaba hoy en Madrid, porque lo cierto es que ni siquiera me había enterado de que hubiera empezado.

El caso es que, según el ritmo cochinero que me he impuesto con el blog, hoy me toca hablar de mí mismo y de mis rutinas, que poco a poco se van recuperando después del tórrido verano. Por ejemplo, ya tengo tres bolos comprometidos de los que les iré informando puntualmente. El primero, este próximo viernes, para dar una charla a una delegación de una provincia holandesa de la que no sé todavía el nombre, aunque le han dicho a mi amigo Werner, el organizador del sarao, que ya me conocen de una visita anterior. Les tendré al corriente con todo lujo de detalles. Otra de mis novedades en esta rentreé es mi nueva máquina de café, que sucede a la de cápsulas que terminó en el Punto Limpio junto con otra serie de cachivaches y aparatos estropeados o antiguos. Les pongo una imagen.

Es una De Longhi Magnífica, estaba de oferta en El Corte Inglés por 399€ y, como ven en la foto, es un armatoste importante que me trajeron a domicilio. Se usa con ella café en grano, aunque también se puede utilizar molido, pero es una tontería, para eso vale cualquier cafetera más pequeña. Cada mañana le doy a un botón y ha de hacer primero un enjuague de todo el mecanismo, con el cual se queda lista. Se aprieta un segundo botón y la máquina muele el café necesario y te saca un expreso, dos expresos, uno normal o uno largo, según lo que le indiques. El tubo que se ve a la izquierda sirve para calentar la leche y hace un ruido como el de las cafeteras de los bares de toda la vida, de recuerdo grato para mí. Si hay que ponerle un pero es que gasta mucho café, pero el producto que ofrece es una exquisitez, y yo prefiero ahorrar en otras cosas, tal como se está poniendo la cesta de la compra.

Pero, si hoy me toca recobrar esta especie de diario semi-íntimo que he de obsequiarles cada tres posts, no me queda más remedio que hacerles un relato pormenorizado de lo que me ocurrió el sábado 3 de septiembre. Ese día, siguiendo el programa previsto, me levanté pronto con el post #1.164 ¡¡¡ESE SOY YO!!! escrito la tarde anterior y pendiente únicamente de un último repaso para publicarlo en el blog y que llegara a todos ustedes. Pero era sábado y, si están al tanto de mis rutinas, sabrán que los sábados me toca salir a correr por el Retiro. Hacía un día perfecto, fresquito a primera hora, sin viento y sin riesgo de que El Topillo hubiera cerrado el parque, como ha estado haciendo todo el verano en cuanto subía un poco el calor, contra cualquier forma de sentido común.

Me vestí de corredor, me preparé un expreso con mi máquina maravillosa y me lo bebí junto con más de medio litro de agua, como de costumbre. Salí con una cierta sensación de cansancio extra, debido a que la noche anterior había salido a cenar con un par de amigos al Retrogusto, un chiringuito italiano que no se define como restaurante, sino como bar con cocina, lo que quiere decir que hace uno o dos platos y te tomas lo que haya. Me había puesto bien de vitello tonnato, un plato difícil de encontrar en Madrid, acompañado por un par de copas de Aperol Spritz. Todo eso pesaba en mis intestinos, pero yo tengo que correr los miércoles y los sábados para mantener la forma y apoyar el yoga que hago lunes y jueves.

Para completar mis 6,5 kms hago un bucle adicional sobre el recorrido de 5 que sería la vuelta al parque desde mi casa. Cuando llego a la plaza del Ángel Caído, en vez de coger ya la cuesta abajo hacia Atocha, giro a mi derecha hasta la esquina del estanque y vuelvo luego por un camino recto de tierra que me lleva otra vez hasta la cuesta. Estaba casi acabando el repecho fuerte con el que termina ese tramo de tierra, cuando sucedió. Yo soy un corredor de asfalto, por lo que hago una zancada económica sin levantar mucho el pie, confiado en que el suelo es regular. En tierra, si me acuerdo, hago por levantar más el pié, pero cuando estoy cansado a veces se me olvida y ese día estaba cansado ya de inicio por haber trasnochado y encima muy al final del recorrido.

El caso es que mi pie derecho tropezó con una piedra que sobresalía del suelo, justo al empezar una zancada. Manoteé en el aire para no caerme, pero iba relativamente deprisa y no conseguí sino hacer el ángel, salir volando con los brazos extendidos y caer como un saco de patatas, ligeramente escorado hacia la izquierda y con un ruido sordo y decididamente ignominioso. En esas situaciones uno se queda inmóvil unos segundos, por el shock y lo inesperado del percance. Tenía la cara contra la tierra y unos dolores incipientes por todo el lado izquierdo de mi cuerpo. Pero enseguida tomé el control de la situación y probé a sentarme. No parecía tener nada roto, sólo mil magulladuras aquí y allá. Lo primero que vi fue a un señor que venía apresuradamente hacia mí, pero que, al ver que me sentaba, se paró a una distancia prudencial y me preguntó: ¿Está usted bien, jefe? No he sabido nunca por qué los desconocidos acostumbran a llamarme jefe, debo de tener un aspecto respetable, aunque supongo que no era el caso en ese momento.

Le contesté que creía que sí, pero todavía insistió. Mostrándome el móvil en alto, añadió que podía llamar enseguida al SAMUR, a lo que repuse que gracias pero que pensaba que no sería necesario. Entonces optó por dar media vuelta y marcharse. Me puse de pie, moví los brazos en todas direcciones y no vi mayores problemas de movilidad. Lo primero, había que hacer un inventario de daños. Piernas bien, tobillos y rodillas sin problemas, salvo los arañazos previsibles. El brazo derecho bien. Lo peor estaba en el lado izquierdo. Les recuerdo que ese es el brazo que me rompí por la mitad del húmero hace más de seis años. Desde entonces, tengo en el eje de ese brazo un clavo de titanio al que en el blog bautizamos como El General De Gaulle, sujeto con dos tornillos al codo y libre por el extremo superior. El General De Gaulle es, por definición, irrompible, pero un topetazo como ese descuadra todos los demás elementos del brazo, desde el llamado callo de fractura hasta la musculatura. Me dolían bastante el hombro, el codo y también la zona de fractura en el centro del brazo.

Me dolía además la zona pectoral, un dolor en parte reflejado desde el hombro al músculo y en parte debido al golpe mismo en las costillas, que es bastante doloroso, aunque enseguida supe que no tenía ninguna costilla rota, que era sólo una contusión fuerte. Con ese cuadro en caliente, era previsible que todo ello me doliera más después, cuando se enfriara. Había que actuar rápido. Lo primero, volver a casa. Así que eché a correr. ¿No soy corredor? pensé, pues pies pa’ qué os quiero. El braceo me ayudaba a mantener caliente la musculatura del brazo dañado y llegué a la bajada desde el Ángel Caído, en donde recuperé la cuesta abajo. Así como al descuido, me toqué la cara con la mano derecha. Me miré la mano: estaba llena de sangre.

He de recordarles otra cosa. Desde que me descubrieron la estenosis en la carótida derecha, estoy tomando Adiro, un medicamente compuesto por aspirina y un protector gástrico, que hace que tengas la sangre mucho más líquida. Yo ya he observado que desde que tomo Adiro, cualquier heridita me sangra mucho y tarda en cerrarse. En ese momento desconocía si mis heridas estaban en la cara o en la propia mano. Las manos las tenía bastante arañadas, los nudillos de la izquierda negros por la mezcla de sangre y tierra. Me toqué la frente y la noté al tacto llena de tierra empastada por el sudor. Comprendí entonces por qué toda la gente del paseo me miraba con aprensión apenas disimulada: iba hecho un ecce-homo. Pero apreté el paso, llegué a Atocha, crucé la Castellana y logré llegar a mi portal. Había salido de mi casa 45 minutos antes hecho un brazo de mar, que daba gloria verme, y ahora volvía como Mambrú, cuando regresaba de sus guerras y le cantaban eso de qué dolor, qué dolor, qué pena.

Por fortuna, no me encontré a ningún vecino en el portal. Ya en casa, me apresuré a poner en práctica la medida más urgente. Fui al congelador, saqué las dos cubiteras de hielo y las vacié dentro de una bolsa de tela, de esas que te dan para hacer compras ecológicas. Inmediatamente me puse a darle trompazos a la bolsa contra la encimera de la cocina, para lograr la textura del hielo que los expertos en cócteles denominan pilé. Me tumbé en el sofá del lado derecho y me puse la bolsa sobre el hombro, sin limpiarme las heridas ni nada. Tenía claro que el impacto principal había sido allí, en el hombro, el dolor en el pectoral era reflejado, lo mismo que los del codo y el resto del brazo, inducidos por los desajustes del General De Gaulle. Estuve así una buena media hora, hasta que la bolsa del hielo empezó a churretear por el sofá abajo. Esto del hielo hay que hacerlo enseguida, en caliente, después no sirve para nada.

Procedí a continuación a lavarme bien las heridas de las manos y una pequeña en la sien izquierda. Eran simples arañazos, me las lavé bien y luego me apliqué alcohol con un algodón empapado: ves las estrellas pero te garantiza una buena desinfección. Desayuné con mi zumo de naranja, mis tostadas y mi doble expreso. Y me fui a la ducha. La puse a la mayor temperatura que soportaba y estuve un buen rato debajo, poniendo las zonas dañadas directamente bajo el chorro. Y, después de secarme, me apliqué Traumel, mi pomada mágica, con el secador de pelo al máximo de calor para que el producto entre más adentro y con enérgicos masajes sobre el hombro dolorido. Sólo en ese momento, me senté, abrí el ordenador, le di un repaso al post y lo publiqué. Mi sensación era como si fueran las tres de la tarde pero, según los datos del blog, eso sucedió a las 11.57. 

El resto del día me lo pasé descansando y dedicado a mis diversas rutinas. A partir de ese mediodía empecé a tomar Ibuprofeno pautado, cada ocho horas. El Ibuprofeno es antiinflamatorio y mitiga bastante el dolor. Dormí aceptablemente esa noche y, como era de esperar, al día siguiente, domingo, me dolían más todas las mataduras. El problema era que el lunes tenía ya una sesión reservada en la academia de yoga. Hice una prueba de saludo al sol y nada: imposible. El dolor me imposibilitaba para hacer los ejercicios más elementales. Me pasé todo el domingo en reposo y dejé la decisión de anular o no la clase de yoga para el día siguiente (puedo cancelar las clases hasta una hora antes de la cita). El lunes, por la mañana, lo intenté de nuevo y vi que podía. Con bastante dolor, pero podía. Así que decidí no cancelar la clase.

Al llegar le dije a Elena lo que me pasaba. Se puso muy seria para decir: ¡Es que correr es muy peligroso! Le contesté que lo sabía pero que, a mi edad, cualquier actividad física es peligrosa, hasta el yoga. Estuvo conmigo en que lo que pudiera hacer de mi rutina sería bueno para las lesiones, porque el yoga tiene mucho de estiramientos. Lo cierto es que finalmente pude hacer casi todos los ejercicios programados. Mis amigos del Ricla me dijeron luego que me veían un poco alicaído y ojeroso, así que les tuve que contar la historia. Miren, yo no soy especialmente amigo de la épica, a mí esto de convertir el blog en una especie de Hazañas Bélicas no me mola, y no me gusta nada salir a correr y volver como Mambrú. Pero es lo que ha tocado esta vez. El miércoles, por supuesto salí a correr otra vez. Me arriesgaba a caerme de nuevo y joderme el brazo del todo, pero a la vez tenía que romper las ataduras del miedo.

Si lo recuerdan, una de las primeras cosas que hice tras romperme el brazo, cuando volví del hospital ya operado, fue irme al Metro y repetir el recorrido que no había podido hacer por mi caída. El miedo es algo que uno debe vencer, porque nada te invalida tanto como el terror. En estos momentos, una semana después de mi caída, sigo teniendo dolores y molestias en el brazo y en el tórax, pero van remitiendo. Sigo tomando Ibuprofeno, pero ahora dos veces al día. Y por la mañana completo mi surtido de medicamentos con un Omeprazol, para proteger el tubo digestivo de los efectos del Ibuprofeno. Si el abuelo que desayunó a mi lado en Jerez me viera ahora, se partiría el culo de la risa, al ver mi almuerzo de medicinas. Todo esto que les he contado tiene una función también didáctica, por si un día se dan un golpe o tienen una lesión y no pueden ir a urgencias ni tienen a mano algún amigo que sepa cómo actuar.

La vida activa está tachonada de caídas pero lo importante es volverse a levantar. Alguien me cuenta que en las empresas americanas y europeas, a la hora de comparar los curriculums de los aspirantes a un puesto de trabajo, valoran mucho el hecho de que el tipo se haya recuperado de un despido o cualquier otra desgracia o bajón. La famosa resiliencia. Que uno sea capaz de rehacerse después de un contratiempo es algo que se valora mucho en estos tiempos de vacas flacas que se nos vienen encima. Nos están metiendo miedo sobre el frío que vamos a pasar y la escasez de comida, pero yo creo que resistiremos. Si hemos superado la pandemia, ya podemos presumir de indestructibles como el General De Gaulle, que le da a mi brazo una resistencia a prueba de topetazos.

Viene a cuento para cerrar un tema del gran Tony Joe White: Ain’t going down this time, no me voy a venir abajo esta vez. Hace unos días supe que este señor se había muerto en octubre de 2018. Estaba yo por entonces en Chile recorriendo el país arriba y abajo y no me enteré de su fallecimiento. Tony Joe White es ciertamente el inventor del swamp sound, el sonido del pantano, que luego seguirían Creedence Clearwater Revival y otros. Su canción Polk Salad Annie es todo un hito del rock de los 70. Luego, se retiró de la primera fila y se dedicó a componer para otros como Tina Turner. Ya bastante mayor, sus hijos lo convencieron de que volviera a la carretera. Hizo una gira por Europa, como en 2004, y a mí me tocó verlo en la Sala El Sol. Asistimos cuatro gatos, la mitad los había avisado yo, pero fue un concierto muy bueno.

Estaba mayor, tocaba sentado y se acompañaba sólo de una batería, el resto del acompañamiento se lo hacía él mismo con su guitarra. En 2013, con el blog recién empezado le dediqué un post con motivo de la publicación de su álbum Hoodoo, con el que volvía a tentar al mercado. Pensé que luego se habría retirado de nuevo, pero no sabía que se había muerto. Fue el 24 de octubre de 2018, de un ataque cardiaco. Tenía 75 años. Nos quejamos mucho del calor del verano, pero cuando empiezan a morirse las personas mayores es con el otoño, véase Javier Marías y la reina Isabel II. Por cierto, se dice por aquí que la señora Ayuso le ha dedicado tres días de luto porque se cree que fue ella la que construyó el Canal de Isabel II. Les dejo ya con Tony Joe White. Sean buenos. 

viernes, 9 de septiembre de 2022

1.166. El fin de fiesta y el oído absoluto

Bien, para cerrar la serie de vídeos del concierto de Samantha Fish en Jerez, nos queda sólo el correspondiente al bis, la propina que el público le pidió, al grito unánime de oé-oé-oé. Es este un vídeo lleno de pequeños detalles en los que les voy a pedir que se fijen. Comienza con la imagen del público pidiendo la vuelta de los músicos al escenario, escena en la que me pueden ver a mí en el centro, coreando el oé-oé a todo pulmón, charlando con mi colega Dani y haciendo bocina con ambas manos para sumarme a la algarabía reinante. No se hacen mucho de rogar los de la banda, que salen encabezados por el teclista Mat Wade, quien se suma al oé-oé con el órgano. Enseguida sale Sam que está encantada y repite por tres veces me encanta este soniquete.  

Dice muchas gracias, una de las pocas palabras en español que se ha aprendido, pero ha de ajustar el sonido del micro, que no está a su gusto. Después del uno-dos-uno-dos-probando, insiste en que le bajen el volumen a los teclados (the keys) que está demasiado alto. Luego pregunta: ¿así que quieren más? Y usa entonces otra palabra en español que se ha aprendido: camisetas. ¿Algunos de ustedes llevan nuestras camisetas? Por si no la entienden, muestra el borde de su top. Hasta que alguno le enseña la camiseta que se ha comprado en el concierto. Cuando ve que la han entendido, se pone muy contenta y grita ¡EEEEH! ¡CAMISETAS! Luego precisa que son muy frescas y que vienen bien para un día tan caluroso. Saluda y arranca moviendo el culo de espaldas al público con su cigar box guitar, que utilizó en la primera canción, el resto del concierto ha usado la Gibson SG.

Quiero llamar su atención también a un momento intermedio del tema. Tras un largo solo del teclista, Sam vuelve a presentar a sus músicos y da las gracias a todos, a la organización, a los espectadores por venir, al equipo técnico (the crew), de quienes dice que han hecho un trabajo fantástico en unas condiciones muy duras por las altas temperaturas. Ustedes no lo saben, pero por la tarde, en el grupo de los montadores del escenario y el equipo de luz y sonido, uno de los currantes sufrió un golpe de calor y se lo tuvieron que llevar al hospital. Recuerden que les conté que yo me tuve que refugiar en el hotel a la una de la tarde, porque ya no se podía estar en la calle. Los músicos llegaron a la hora convenida para la prueba de sonido, se les dijo que el escenario no estaba listo por ese accidente y Sam dijo que no pasaba nada, que se iban otra vez al hotel para estar más fresquitos y que volverían más tarde.

Después de ese agradecimiento general, Sam reanuda ya la canción y se produce otro de los momentos mágicos del día. Sam está diciendo en su letra que quiere que todos se agiten y bailen y señala a boleo varios entre el público, diciendo you and you and you and you. Entonces nos busca con la mirada a Dani y a mí y nos señala específicamente, diciendo and you too con una sonrisa inequívoca. Pueden ustedes creérselo o no, pero yo les digo que cruzamos nuestras miradas con ella. La habíamos acompañado antes de subir al escenario y Dani había estado en la prueba de sonido. Y habíamos quedado para vernos al final. Y ustedes ven hacia dónde señala.

En fin, el resto de la canción es el habitual, Sam consigue extraer música de una guitarra muy tosca de cuatro cuerdas, construida a partir de una caja de puros de Nicaragua y termina con el habitual climax apoyado en la batería. Como ya ha usado antes el salto de la cabra, esta vez acaba con un clásico final de cuatro golpes bastante vistoso también. Después, pueden ver que cada uno de los músicos tiene su tarea adicional asignada, Ron Johnson se encarga de recoger las listas de canciones que Sam ha distribuido, y Mat se lleva la chaqueta del traje de Bitelchus que Sam se ha quitado a medio concierto y ha tirado por allí en un rincón. Mientras, la jefa reparte sus púas (ni Dani ni yo conseguimos atrapar ninguna), da gritos y raparte besos. Es obvio que está muy contenta. Vean ahora el vídeo.


En fin, termina aquí esta serie que viene determinada por el hecho de que Jóse Peinado, el organizador del concierto, contrató a un equipo de filmación muy bueno, con varias cámaras y que la realización y el montaje son soberbios también. Y lo empezó a colgar en Facebook así, trocito a trocito. Se me ocurrió entonces irlo añadiendo a mis posts a medida que los iba recibiendo. Comprendo que entre mis lectores hay algunos a los que no les gusta el rock, pero en todos los casos mis posts han hablado de otros temas que yo considero interesantes para todo el mundo. Y tampoco han sido tantos los posts de esta serie: seis con este. Como colofón, les diré que Jóse nos ha mandado ahora el concierto completo sin cortes y les voy a poner el enlace por si alguien lo quiere ver o guardar. Han de pinchar AQUÍ.

Para los amantes de los buenos documentales, es también una filmación estupenda, Jóse dice que, una semana después de su publicación, este vídeo ha recibido ya 20.000 visitas. Y más de un comentarista en redes afirma que es el mejor vídeo musical que se puede ver gratuitamente en Youtube en estos momentos. Prescindiendo de la calidad de la filmación y el montaje, es que el concierto fue también muy bueno, ya les dije que creo que es uno de los mejores conciertos que he visto en mi larga vida de espectador del rock. Y encima tuve la suerte de poder saludar a la estrella del show antes y después del concierto. ¿Cómo dicen? ¿Que no han visto las fotos de nuestro encuentro? Pues se las vuelvo a poner aquí. Mat Wade es el único que traía una camiseta de repuesto para cambiarse, debe de ser un ordenadito como yo. Los demás se han aseado mínimamente después del gran esfuerzo del concierto, se han refrescado pero mantienen la misma ropa del escenario. Y están a la espera de volver al hotel, pero su jefa nos quiere atender a estos dos seguidores veteranos que tanta gracia le han hecho.


Samantha está ahora mismo en un momento dulce de su carrera, maneja la guitarra con una maestría contrastada, canta muy bien, se lo deja todo en el escenario, es muy profesional y su deriva compositora la está alejando del blues para llevarla al más genuino rock and roll. Creo que es una figura emergente; estoy convencido de que antes o después se hablará de ella en los grandes medios y yo la descubrí hace más de dos años, cuando no la conocía nadie. Miren, de otros temas no me he considerado nunca un experto, pero de rock sé mucho porque empecé con ello a los trece o catorce años, cuando realmente se aprenden las cosas. Yo iba con mis colegas al bar que había en la planta de arriba del edificio Atalaya, en los jardines de Méndez Nuñez de La Coruña y allí tenían una rockola de monedas con todos los discos de los Beatles, que poníamos una vez y otra. También tenía algún compañero de clase que tenía esos discos en su casa, porque se los traía de Londres un hermano mayor.

Y desde siempre he tenido un cierto instinto para reconocer a los buenos. Me recuerdo a mí mismo avisando a todos los amigos: ojo con el guitarra de Ñu, que es buenísimo. Me contestaban que Ñu no les gustaba y yo decía que a mí tampoco, pero que ese guitarrista sonaba de forma diferente. Años después ese guitarrista se convertiría en Rosendo y al frente de Leño coparía el mercado. Lo mismo me pasó con Bruce Springsteen. Cuando yo me compré el disco Darkness on the edge of the town en 1978, nadie de mi entorno lo conocía. En 1980, cuando vino a tocar a Barcelona, no conseguí que nadie se viniera conmigo en el tren del rock (fuerte olor a porro) y me tuve que ir solo para reunirme con mis amigos de Barcelona y ver otro de los mejores conciertos de mi vida.

Descubrir a Samantha Fish a estas alturas de mi vida es algo que me ha rejuvenecido, me ha hecho ver que no he perdido el viejo olfato para estas cosas y, a medida que he ido sabiendo más cosas sobre su personalidad y su historia, le he ido cogiendo más cariño. Después de LA FOTO (así la calificó Paco Couto) tengo una serie de proyectos relacionados con ella que se irán contando a medida que se vayan confirmando. De momento, lo único seguro es que el 11 de noviembre, si el tiempo no lo impide, estaré con mis hijos en la primera fila del Bataclan para ver el penúltimo concierto de su gira europea más larga. Una excusa perfecta para recuperar mi costumbre de viajar por Europa antes de que viniera la maldita pandemia.

Por cierto, le han preguntado a Samantha por su minigira veraniega y qué tal ha sido su experiencia. Su respuesta da más pistas sobre cómo es esta chica. Dice Sam que el resultado no se ha ajustado completamente a lo que ella esperaba. Ella venía a Europa con la idea de hacer como en América: tener un bus contratado para ir de una ciudad a otra por las noches y dormir en el propio bus. Eso le daría margen para llegar a la ciudad por la mañana, ver monumentos, callejear, hacer algunas compras de ropa con su amiga Sarah Tomek y luego irse al hotel a descansar hasta la hora del concierto. No pudo ser así y dice Sam que le tocó actuar en lugares remotos en los que no había ni aeropuerto y adonde debía viajar de día (no es el caso de Jerez de la Frontera, que tiene un aeropuerto pequeño, pero muy coqueto). Pero en conjunto, la experiencia le parece positiva.

Samantha Fish está ahora de gira por su tierra hasta que, a mediados de octubre venga otra vez a Europa para su gira larga, que la llevará a dar un montón de conciertos en Gran Bretaña y Alemania, dos lugares donde tiene muchos seguidores. Ahí se incluye también el concierto de París, el penúltimo de la gira. Después volverá a USA para nuevos conciertos que ya tiene contratados y hacer un descanso de Navidad, que Sam es muy tradicional y le encanta sumarse a todas las fiestas. Por cierto, su página Samantha Fish Fans Official ha superado ya de largo los cien mil seguidores y sigue creciendo (la Samantha Fish España de mi amigo Dani crece también, pero en niveles más modestos, ahora somos 510 fieles). Y la última novedad. En febrero, Samantha Fish se va a Australia a tocar por todas las ciudades grandes del país. Vean la foto que ha usado para anunciar esta nueva gira (esto es para las que me dicen que no es guapa).

A la vuelta de Jerez ya les anuncié que tenemos Samantha para rato en el blog. Es que este viaje de más de 600 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta en el momento peor de la canícula, para estar allí en un parque del extrarradio de una ciudad perdida en el sur del país, se conecta con mi viaje en tren a Barcelona a ver al Boss. Ambos son empeños estrambóticos, cabezonadas en las que nadie me sigue, pero que luego más de uno, me dice que de haberlo sabido me habría acompañado. Con la diferencia que ahora tengo un blog para contarlo. Y que ahora soy mucho más viejo. Pero cosas como esta me rejuvenecen y descubrir a Samantha es uno de los hitos que están alegrando mis años de jubilado, con el yoga, la guitarra y lo demás.

Pero antes me he defendido de los empachados/as argumentando que en todos los posts de esta última serie he hablado de otras cosas que pueden interesar a cualquiera, no sólo a los fans del rock and roll. Bien, me apiadaré de los no creyentes comentando un tema derivado que tal vez desconozcan. Han visto como Mat Wade sale el primero para el bis, se sienta al teclado y se suma con sus notas al oé-oé-oé del público. ¿Creen ustedes que esto es fácil? ¿Así sin desentonar de las notas que está cantando el respetable? Pues es algo bastante difícil. Supone tener un oído extraordinario, que no todo el mundo posee. Yo tengo bastante oído musical, por eso se me dan bien los idiomas. Si yo quiero cantar una canción y un instrumentista me da el tono, soy capaz de arrancarme a cantar con la entonación correcta.

Pero hay un grado extremo en esto del oído, que es lo que se suele conocer como el oído absoluto. Es el de los privilegiados que escuchan una sola nota y reconocen si es un La o un Mi. Entre los científicos hay un debate sobre si esta cualidad es innata, o se adquiere y por tanto se puede educar. Lo que sí parece claro es que es algo que se puede cultivar, sea o no innato, especialmente a las edades tempranas. Y es una cualidad que caracteriza a los músicos geniales. También parece que puede darse en diversos grados, pero lo que es oído absoluto es el caso extremo. Un caso que se da en una de cada diez mil personas. Está demostrado que algunos de los grandes músicos clásicos estaban en posesión de esa cualidad: Mozart y Beethoven, desde luego, aunque también se suele citar a Camille Saint-Saëns, el gran santón de la música francesa, el que marginaba de la academia a Claude Debussy por entender que era demasiado avanzado.

En el rock hay muchos casos de artistas con oído absoluto: Jimmy Hendrix, Miles Davies, Michael Jackson, Frank Sinatra. Curioso ¿no? No es por fastidiar, pero estaría por apostar que Julio Iglesias no está en el elenco de los favorecidos por esta cualidad tan exclusiva. Lo que sí les puedo asegurar es que, si cualquiera de ustedes escuchan el oé-oé-oé de Jerez y tratan de reproducirlo con cualquier instrumento musical, no lo van a lograr. Hacerlo como lo hace Mat Wade, a la primera y sin el menor titubeo, es un indicio de que se trata de un muy buen músico, como todos los que suele contratar Samantha Fish para que la acompañen por esa vida dando tumbos por el mundo de ciudad en ciudad.  

Repasando este texto, me he enterado de la muerte de Isabel II de Inglaterra. A mí esta señora me caía muy bien, mejor que su hijo, el eterno aspirante al trono, que casi se muere antes que ella y que, a sus años (que son pocos más que los míos) posiblemente pase a la Historia como Carlos III El Breve. Pero su señora madre parece que era más lista y maja que lo que muchos piensan y que ejerció su cargo con buen tino, a pesar de que por Ley no podía opinar sobre temas políticos. Yo sí puedo, aunque muchos me pongan verde por mis opiniones, es una de las ventajas que tiene no ser rey. Así que les dejo de despedida una caricatura de esta señora que he encontrado por ahí y que me parece bastante buena. Sean pacientes.  



 


martes, 6 de septiembre de 2022

1.165. La culpa no es del cha-cha-chá

Bien, terminamos hoy el concierto de Samantha Fish en Jerez, con los vídeos de las dos últimas canciones (dejamos el bis para el post siguiente), para alivio de algunos empachados/as, que se han empachado porque han querido: nadie está obligado a seguir este blog y cualquiera puede saltarse los párrafos dedicados a temas que no les interesen, como hacen algunos/as con el futbol. Pero vamos con ello. El primero de los dos vídeos de hoy corresponde a la canción Dream Girl. Después del carrusel de tres canciones rápidas del último corte que vimos, Sam baja el tono, el sonido, la luz, para interpretar una de sus canciones más intimistas, personales y sentidas. La letra es conmovedora: soy la chica de tus sueños, juntos volamos hasta donde la vista se pierde, pero cuando estás listo vuelves al suelo, y yo ya no puedo bajar.

Siempre he interpretado ese mensaje en clave sexual, el descontento de la mujer cuando el hombre ya ha saciado sus instintos y, digamos, empieza a mirar el reloj. Pertenece al penúltimo disco, cuyas letras contenían mensajes similares de rabia y desengaño, aparentemente contra un hombre casado que no ha querido romper con su mujer por ella (por qué tienes que irte a dormir con la otra, si es a mí a quien quieres, dice otra de las letras). Pero frente al cabreo sordo de algunas de estas letras, Dream Girl es melancólica, como asumiendo que el tema no tiene arreglo. Te ayudo y lucho contra tus demonios, como si fuera mi propia cruzada dice en otro momento, y no te imaginas la negrura en la que ingreso cada vez que te vas. En Jerez, la banda acompañó estos versos en tono bajo y acabó con un coro que hacía uuuuuh-uh, mientras Sam jugaba con los botoncitos del pedal-board para hacer efectos que subrayasen el punto onírico del tema. Véanlo si les apetece. Si no, ustedes mismos.

Bonito-bonito. En otro tipo de conciertos esta sería una canción de levantar mecheritos encendidos, pero los seguidores del blues no somos tan horteras. Dejemos el otro vídeo para el final, que hoy quiero hablarles de un tema que me parece capital. Me refiero a las posiciones críticas con la ayuda que el mundo occidental está prestando a Ucrania, para que se defienda de la agresión del señor Putin. Es una línea de pensamiento que me cabrea bastante. Y ya he explicado mi postura hace muchos posts, con un ejemplo que no admite matizaciones. Yo voy por la calle con un amigo, nos asalta un atracador, mi amigo hace la tontería de resistirse y lo matan. Es que si algo tan horrible sucede, yo no quiero saber cuáles son las razones del atracador para ser un atracador, me la bufa si es un tipo al que han echado de su trabajo injustamente, o le ha dejado su mujer, o está viviendo en la calle, o ha caído en el alcohol o tiene un trastorno bipolar. Es que no quiero ni saberlo, ninguna de esas razones me sirve para modificar mi opinión sobre la condena que merece ese señor por el empleo de la fuerza bruta con resultado de víctima inocente.

Si alguno de ustedes, queridos lectores, no comparte esta apreciación, pues mejor será que no siga leyendo. Pero ni este post, ni ninguno de los venideros. Y ahora díganme. ¿Qué diferencia hay entre el caso que acabo de contar y lo que ha hecho el señor Putin? Para mí ninguna, conceptualmente hablando; sí la hay cuantitativa: el atracador hipotético ha causado un muerto, mientras que el señor Putin los ha causado por decenas de miles, desde que invadió Ucrania en el mes de febrero pasado. Miren, esto no se trata de ser de izquierdas o de derechas, esto es previo, es una cuestión ética. A mí mi padre me enseñó tres reglas básicas para que guiara toda mi actividad por ellas: no matar, no robar y, ante cualquier alternativa, elegir siempre la solución que cause menos daño a menos gente.

Pues en Ucrania, las imágenes no mienten. Hemos visto barrios residenciales totalmente arrasados por los bombardeos rusos. Y eso no es de recibo. En las guerras, las cifras de bajas son poco de fiar, puesto que se convierten también en armas de propaganda, pero se estima que al menos 35.000 ucranianos y 20.000 rusos han muerto en esta guerra absurda. Más los mutilados, heridos, desplazados, refugiados y traumatizados. Un caso que conozco de cerca. La hija de mi amiga P. es profesora en una escuela de primaria de Castilla la Mancha. Y allí han llegado tres niñas ucranianas que se han incorporado a las clases. Bueno, pues han tenido que cambiar el sonido de la sirena que marcaba el final del recreo, porque las tres niñas se aterrorizaban y literalmente se meaban de miedo al oírla. La guerra es el mayor de los horrores, creíamos haberla superado en occidente, después de casi 80 años de paz y el señor Putin nos ha hecho retroceder al pasado más tenebroso.  

El señor Putin es un matón de barrio que se ha hecho con el poder en Rusia por mera casualidad, pero lleva años demostrando ser un tipo muy peligroso. Capaz, por ejemplo, de saltarse la constitución rusa que limitaba los mandatos de sus presidentes, poniendo a su perro Medvedev durante un mandato, para volver después y cambiar esa constitución y poder perpetuarse en el cargo. Además, está demostrado que ha enredado informáticamente para favorecer la elección de Trump, el Brexit y el secesionismo catalán. Con tal de joder, cualquier cosa le vale. Por otro lado, tiene a su país sometido a un régimen sin libertades, donde los rusos no le pueden echar a él con sus votos, como hicieron los americanos con Trump. Yo no quiero vivir en un régimen así, ni en el que tienen en China, prefiero nuestro mundo, aunque sea un mundo de tramposos, como vimos hace poco.

Yo tenía una amiga de San Petersburgo, Svetlana, a la que conocí cuando visité esa bella ciudad rusa y me mantenía en contacto con ella por Facebook. Pues ya no tiene Facebook. En cuanto empezó la invasión de Ucrania, se lo caparon. Tengo su número de móvil, pero no me atrevo a llamarla, no sea que recibir una llamada de occidente le traiga problemas, en este tipo de regímenes hay que tener cuidado con lo que se escribe en Whatsapp, por ejemplo, y sé de lo que hablo. También conozco a otra rusa, Daria, que se ha marchado de su país aprovechando que tiene pasaporte inglés por haber estado casada con un británico del que se separó hace mucho. Cuando empezó esta guerra, Daria se fue para siempre de Rusia y ya no quiere volver, ahora vive en la costa catalana, con la pensión del inglés. Se está yendo mucha gente de Rusia, sobre todo jóvenes titulados, informáticos, ingenieros. Se marchan por Armenia, de donde luego se pueden ir a otros lugares. Se libran así de ser movilizados y luego encuentran trabajo fácil porque están muy cualificados.

Yo tengo muy claro que la agresión a Ucrania no se puede consentir, hay que ayudarles, porque no es justo que los dejemos en manos del autoritarismo ruso, como ya ha sucedido con los ciudadanos de Bielorrusia, Kazajistan y Siria, entre otros países. Si no les ayudamos, Rusia los machacará aún más y luego irá a por Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, etc. Por cierto, yo he visitado todos esos países y he detectado un sentimiento de miedo al ruso bastante general. Ya han tenido bastante con el largo período soviético y ahora están encantados de ser independientes. Ellos votaron ingresar en la OTAN, precisamente para estar bajo un paraguas que les protegiera de los rusos. Yo lo tengo claro, como digo, pero aquí es donde aparecen los disidentes con su frase mágica: las cosas no son tan sencillas (tampoco lo serían para ellos, supongo, en el caso del atracador hipotético de más arriba).

Estos son de varios tipos. En primer lugar los antiyanquis rancios, como mi querido amigo Diego Moreno. A Diego lo conocí en 2004/2005 y ya estaba convencido entonces de la inminente debacle del imperio americano. Dieciocho años más tarde, América sigue tan pancha y Diego me sigue diciendo que espere, que ya está al caer el fin del imperio. Diego me manda regularmente reportajes en los que algún militar español extra-rancio nos intenta vender que Putin ha actuado así porque le han provocado. El militar utiliza argumentos que le permitirían entrar en Vox sin problema. Toda la extrema derecha europea tiene contactos y financiación rusa, como los catalinos de Puigdemont. Es cierto que en todos los países de la antigua URSS hay misiles apuntando a Moscú, pero, que yo sepa, la OTAN no ha bombardeado barrios civiles en este conflicto. Y para mí, el responsable de cualquier pelea o conflicto violento es el que lo empieza, lo hayan o no provocado.

Respecto a esto de la provocación, me viene a la memoria una anécdota de hace años. Estábamos reunidos un grupo de parejas con niños pequeños, entre ellas una que tenía dos hijos, uno mayor que era (y es de mayor) un auténtico zoquete, y su hermana pequeña, guapa, lista y brillante. El mayor le tenía una envidia tremenda a su hermana y, en esa reunión, algunos padres le estaban alabando a la pequeña lo maja y lo graciosa que era. Entonces, sin venir a cuento, el hermano le dio una bofetada. Se la quería dar flojita, sólo por chinchar un poco, pero se le pasó la mano de fuerza (como buen zoquete que era) y la hostia sonó estentórea. La niña se echó a llorar y todos miramos al agresor, que tenía los ojos muy abiertos, consciente de que la había cagado una vez más. Entonces, sin mediar dos segundos, el chaval señaló a su hermana con el dedo acusador y gritó: M’ha provocao. Lo castigaron, como correspondía, pero ya les digo que el chico es ahora una desgracia, mientras que su hermana se va valiendo para ganarse la vida.

Cosas de niños, desde luego, pero el ejemplo me parece pertinente. Los antiyanquis le echan la culpa a América tanto cuando empieza la pelea, como cuando se defiende de otro que la ha empezado. Es una lógica compartida con los etarras, los del IRA, o cualquier otro movimiento que haya optado por la lucha armada. Les han provocado, ellos no querían matar a nadie. La culpa es siempre del otro. Pero en este repaso de gente que se opone a que se le ayude a Ucrania, hay otros grupos. Uno muy nutrido es el de aquellos que están predispuestos a creerse cualquier teoría que vaya contra el discurso oficial. Por ejemplo, mi amiga M, antivacunas y seguidora del presidente de México, cuyo programa de televisión en directo (en la línea del Aló Presidente de Hugo Chávez) se escucha todas las mañanas para empaparse bien de las teorías contra. Y no es terraplanista, porque le da vergüenza que nos riamos de ella.

Una anécdota de esta chica. Un día me llama y me pregunta como estoy. Le digo que bien y que me acabo de poner la primera vacuna Covid. Entonces me pide que coja un imán de la nevera y me lo ponga sobre el pinchazo, porque es la forma de comprobar si me han implantado un chip para que me sigan Bill Gates y no sé quién más. Me resisto: ¿de verdad me vas a obligar a hacer esa tontería? Pero insiste: ay porfi, porfi, porfi. Lo hago finalmente, el imán se cae al suelo, se lo cuento y suspira: Uff, gracias, no sabes qué alivio me da saberlo. Bueno, pues esta señora está convencida de que la culpa es de los americanos, el mundo al revés. Que además todo viene de los negocios en Ucrania del hijo de Biden. Añade que Zelensky le cae muy mal, que es tan nefasto y malvado como Putin y se hace una pregunta retórica: ¿pero quién es ese señor, que ahora parece que es el rey del mambo? Y se contesta a sí misma levantando ambas manos al cielo, cargada de razón: ¡¡¡UN ACTOR!!! En este sentido, es genial la viñeta de El Roto del otro día.

A esta señora ya la pillé en las patatas hace unos días con otro asunto similar. Era el momento de máxima tensión en Taiwan, con la visita de Nancy Pelosi. Ese día hablamos también por teléfono y me dijo lo siguiente: esto de Taiwan es como lo de Ucrania, todo viene de que el marido de Pelosi tiene negocios en la isla, esta mañana mismo me ha llegado la información por las redes. Ahí la pillé y le dije: querida M, parece mentira que seas tan burra como para creerte eso. Es que, si fuera verdad, ahora mismo estaría saliendo en El Mundo, La Razón, el ABC, El Confidencial, El Español, el Voz Populi y el OKdiario. ¿Por qué no sale en esos libelos? Pues porque no es una información contrastada y fiable. Pero lo más importante: ¿por qué te llega eso a ti y no me llega a mí, por ejemplo? Pues porque hay un algoritmo que hace tiempo ha constatado que tú te crees ese tipo de mentiras y yo no.

Pero hay más grupos en este repaso. Además están los pacifistas. Los partidarios de no involucrarse, porque dicen que todo esto se ha montado para que hagan el agosto las grandes industrias de armamento. A este respecto sólo diré que mi padre lamentó toda su vida que Francia e Inglaterra no ayudasen a la República, por la maldita política de no intervención de Lord Chamberlain y Daladier, mientras alemanes e italianos ayudaban abiertamente a Franco. Por cierto, a la República la ayudó sólo Rusia enviándole barcos estropeados y armas caducadas. En el propio USA hubo una corriente fuerte de no intervención en la Segunda Guerra Mundial, que intentó presentar un candidato a presidente, el aviador Lindberg. Pero este declinó la oferta. Hay una novela excelente de Philip Roth que se llama La Conjura contra América, que narra una distopía, a partir de que Lindberg ganara, pactara con Hitler y le dejara ganar la guerra. Es terrorífica. Yo sigo en mis trece: lo que le han hecho a Ucrania no se puede consentir, hay que ayudarles y no dejarles tirados como en su día dejaron tirada a la República Española.

Y por último, está la izquierda podemita ortodoxa, que como no espabile puede tener un futuro similar al de Ciudadanos. Yo, desde ya, me declaro partidario de Yolanda Díaz, aunque estoy empezando a llamarla Yolanda Godot, porque no acaba de llegar nunca. Pero los más auténticos (entre los que también hay bastantes amigos míos) tuercen el gesto, miran hacia abajo, dicen que las cosas no son tan sencillas y pasan de apoyar el envío de armas a los ucranianos, porque no les parece bien. A estos les pregunto que cuál es la alternativa que proponen. Porque si no les apoyamos, los ucranianos tienen los días contados como país (ya saben que Putin dice que Ucrania no existe, que fue un invento de Lenin).

Pero hay otra cosa más. Para mí, la agresión a Ucrania no es distinta a la agresión USA a Irak (la segunda, porque la primera estaba justificada por la agresión de Sadam a Kuwait). Pero con motivo de la agresión USA a Irak, la izquierda en pleno montó unas manifestaciones masivas en todas las ciudades. Yo fui a muchas de ellas con mis hijos que eran pequeños entonces, enarbolando una pancarta que me fabriqué yo mismo y que rezaba Give peace a chance. ¿Donde están ahora esa indignación y esa sublevación callejera? Joder, ¿dónde está Bardem? ¿Dónde están Ana Belén y Miguel Ríos y Sabina y el resto de los artistas de la ceja? ¡Ah! ¿Es que sólo protestamos cuando las cosas vienen desde un lado, pero no cuando vienen desde el otro?

No cuenten conmigo para esto. Y les rogaría que no me escriban comentarios en esta línea, porque yo no voy a cambiar de postura y lo único que van a lograr es cabrearme. Vale, son ustedes libres de opinar lo que quieran, tienen la suerte de vivir en un país en donde hay libertad de opinión. Por eso yo opino lo que quiero en mi blog, faltaría más. Muy bien, piensen ustedes también lo que quieran, lo único que les digo es que no me lo vengan a contar al blog. Porque estoy harto de escuchar que la culpa de todo esto no es de Putin, sino de otros; sólo me falta oír que la culpa fue del cha-cha-chá. Y la culpa no es del cha-cha-chá, es de Putin. Yo creo que los ucranianos están luchando por su libertad, y también por la nuestra. Por eso soy partidario de ayudarles de todas las maneras. Y no hay más que hablar. Por suerte, creo que hay una gran mayoría de personas e instituciones que están en línea con esa idea básica.

El Deportivo de La Coruña invitó a su trofeo Teresa Herrera a un equipo ucraniano y allí estuvieron sus seguidores en Riazor agitando sus banderas nacionales. Un amigo que acaba de llegar de pasar una semana en Praga, me cuenta que en la ciudad ondeaban casi más banderas ucranianas que checas. Los checos saben muy bien lo que se juegan en este envite, ya les tocó sufrir la represión de la Primavera de Praga. Y los Stones tocaron a mediados de julio en Viena su canción You can’t always get what you want acompañados de un coro de niños ucranianos, que al final sacaron la bandera de su país. ¿No lo han visto? Pues aquí lo tienen.

Espectacular Mick Jagger que, unos días después, cumplió 79 años, ya ven cómo está. Y yo no me imagino a Mick Jagger torciendo el gesto, mirando para abajo y diciendo que las cosas no son tan sencillas. Cuando cada día están matando a más de 100 personas, las cosas son bastante sencillas. Al menos para mí. Desde luego que yo no me siento obligado a creerme cualquier teoría que vaya contra el discurso oficial. Además, ya saben por el post anterior que soy un yanqui camuflado. Y estoy encantado de vivir en occidente, aunque este sea un mundo de tramposos. Para nada quiero vivir como en Rusia o en China. Y en el colmo de su cinismo, el Hijo de Putin (mira, me había olvidado de que en este blog se le llama así) ha editado un vídeo de propaganda, que ha ordenado difundir a todas las embajadas: Vénganse a vivir a Rusia, gas baratito, mujeres guapas, vodka. ¿Cómo dicen? ¿Qué no se lo creen? Pues aquí está. Recientito de publicar por la embajada en Madrid.

Muy bien. A todos los que he puesto verdes en este post los invito a irse a vivir a Rusia. Es el momento, antes de que llegue el invierno y empecemos a pasar frío. Si tienen tan claro que este conflicto, del que se derivan la inflación, el desabastecimiento energético y el aumento de la pobreza (más las hambrunas en África) es culpa de USA y de la OTAN, no sé a qué esperan para largarse. Allí les van a tratar muy bien, como hacen en estos países con cualquiera que apoye con sus opiniones las teorías que ellos quieren oír. Es verdad que hace mucho frío, pero como les sobra gas (hasta el punto de estarlo quemando frente a la frontera finlandesa), pues todo solucionado. Otro tema derivado es el del cambio climático, oportunamente relegado a un segundo plano por esta guerra, a pesar de que este verano nos hemos achicharrado en el sur de Europa y sufrimos una sequía nunca vista. ¡Ah, no! que esto también es culpa de los yanquis. Quizá deberían preguntarle a Almeida qué hacer para terminar con la guerra. Él tiene la solución: cerrar el Retiro. Dejémoslo aquí.

Pero nos queda el vídeo de la última canción de Samantha Fish en Jerez de la Frontera. Es esa inquietante canción en que Sam se va a dormir pero deja la ventana abierta para que trepe hasta allí su amante. Se acerca una tormenta. Un relámpago ilumina la silueta del chico llegando al alfeizar, pero el trueno coincide con un disparo con el que alguien lo abate y entonces se desata un viento negro aullante, A Black Wind Howlin’. Es el tema de cierre del concierto y Sam lo da todo, con uno de sus solos de guitarra más largos y complejos, ocasión que aprovecha para hacer una de sus travesuras preferidas: saltar a los bafles que están delante del escenario, separados por un hueco en el que no es difícil matarse en la oscuridad de la noche. Al otro lado del bafle estaba yo. Y termina el concierto con el apoteosis de la baterista y el reglamentario salto de la cabra, a la manera de El Cordobés. Véanlo, si quieren, merece la pena. Sean buenos como de costumbre. Y no se dejen comer el coco hasta extremos que van en contra de la lógica más elemental.