sábado, 12 de septiembre de 2020

975. Tipitina's is alive and kicking

Sí señor, Tipitina´s está vivito y coleando. Otra expresión inglesa que acaban de aprender. Imagino que no saben de qué hablo, pero paciencia. Tenemos que remontarnos nada menos que a los años 50. En 1953, el talentoso pianista de blues de Nueva Orleans Henry Roeland Bird, ya por entonces conocido como Professor Longhair, el profesor de los pelos largos, consigue grabar un disco para la poderosa compañía neoyorkina Atlantic Records. Un trabajo que se llamó New Orleans Piano. Con el disco ya a la venta, los espabilados directivos de la discográfica descubren que entre las canciones que toca el profesor hay una completamente disparatada, desternillante y con un potencial de éxito espectacular. Se llama Tipitina. Así que rápidamente la sacan en single independiente, cuya imagen pueden ver abajo. Es una imagen para la historia: primer y único single del primer y ¿único? disco de este señor. Publicado en el mismo año de 1953.

¿De dónde le viene a esta alegre tonada el potencial que los listos de Atlantic supieron ver? Pues, entre otras razones, de ser una canción con un estribillo absurdo, que no dice nada de nada. Según las páginas Web en donde pueden consultarse las letras de casi todas las canciones, ese estribillo dice (cito textualmente): Tra la la la, whola la la, ah tra la la, Tipitina, oolla malla walla dalla, tra ma tra la la. Un esfuerzo baldío por reflejar en caracteres escritos los alaridos impagables de este músico único, que era un gamberro contrastado. Pero es que este tipo de versos absurdos han generado grandes éxitos del rock y del pop. Así de memoria y sin ánimo de ser exhaustivo, pienso en awambabuluba-balambambú (Tutti frutti), obladí-obladá, porrompompón-porrompo-porrompompero-peró, sha-la-la-lalá-uo-oh-oh (Un rayo de sol), achilipú-apú-apú o aserejé. Por no citar el mítico tirititrán-tran-tran-tran. Pero además de la letra, Tipitina es un auténtico temazo, una canción histórica, que sintetiza en sí misma todo el espíritu mestizo, la marcha y la alegría de Nueva Orleans.

Tras esa grabación, la carrera del profesor Longhair se estancó. Sufrió un infarto de miocardio, del que se recuperó, pero ya no consiguió remontar profesionalmente. Eran años difíciles, Guerra Fría, McCarthismo y poco lugar para una propuesta tan vitalista como la suya. El profesor no consigue grabar más discos, sobrevive malamente tocando por los garitos de Nueva Orleans y hasta deja la música hastiado a mediados de los 60. Entonces suceden dos cosas que inducen un giro decisivo en su vida. Por una parte, se funda la New Orleans & Heritage Foundation, que empieza a promocionar la música de la zona. Conectan con él y le animan a volver. Y, en paralelo, se produce la explosión del rock de finales de los 60 y primeros 70.

En un momento dado, surge en New Orleans un montón de músicos jóvenes que, todos a una, proclaman que el Profesor es su maestro, el precursor de toda una forma de entender la música y la vida, su guía musical viviente. Aupado a la fama por la admiración manifiesta de sus jóvenes colegas, se convierte en una celebridad en Nueva Orleans, un personaje público al que todos respetan. Y ya no para de dar conciertos y giras por todo USA, donde el público le reclamaba siempre sus números más vistosos: Tipitina, Jambalaya (dedicado a uno de los guisos típicos de Nueva Orleans) o el Rocking Pneumonia and the Boogie Woogie Flu, ya traído al blog. Incluso vuelve a grabar un par de discos muy buenos con sus temas más conocidos.

Además, muchos otros artistas hicieron versiones de estos temas, lo que a nuestro querido Profesor le suponía un dinerillo en royalties, que nunca viene mal. Pero el Tipitina nadie lo cantaba como él, aunque Jon Cleary, con su banda de caballeros absolutamente monstruosos, interpreta esta canción de forma fabulosa, como ya hemos visto en el blog también. Creo que es momento de que escuchemos una de las versiones en directo de esta gamberrada, tal como las perpetraba el Profesor. Es una grabación de un concierto suyo, conservado en los archivos de la Historic Films, una fundación neoyorkina que guarda grabaciones desde 1890. Aquí estamos en 1974, el Profesor tiene en este momento 56 años y toca rodeado de jóvenes músicos con peinados afro y pantalones campana, como dictaba la moda de entonces. Escuchen este portento.


Tres años más tarde, un grupo entusiasta de músicos locales decide comprar el Club 501, un edificio construido en 1912, que había sido sucesivamente, garito de juego clandestino, almacén de grano, gimnasio y burdel en diferentes épocas. Es un local amplio, situado en el 501 de la Avenida de Napoleón, esquina con Tchoupitoulas street, en pleno Uptown, al lado de uno de los meandros del Mississippi junto a los que se asienta New Orleans y bastante cerca también del centro histórico de la ciudad. Quieren situar allí un bar, restaurante, salón de baile y sala de conciertos, con el objetivo de preservar y fomentar la música de Nueva Orleans en todas sus facetas. El lugar se bautizó como Tipitina’s Club y muy pronto se convirtió en el mejor local de la ciudad para escuchar música en directo. Vean una imagen de su fachada actual, después de la última remodelación de la que les hablo más abajo, y un detalle del logo, que proviene de cuando, al principio, incluía un bar de zumos.



En poco tiempo, el Tipitina's era ya el lugar de referencia de la noche en New Orleans. Por allí pasaban las principales figuras del rock local, con presencia bastante habitual de personajes como el Doctor John, los Neville Brothers, Huey Piano Smith o Alain Toussaint. Y, por supuesto, el Professor Longhair, que era el jefe allí. Él podía entrar o salir cuando quisiera, no le dejaban pagar, siempre lo invitaba alguien y, si le apetecía tocar una noche, rápidamente aplazaban el concierto del artista que estuviera anunciado ese día, para dejarle sitio a él, o le montaban una jam conjunta, sin que nadie rechistara. Vean aquí un viejo cartel de esa época, año 1978. Entre el concierto de la pareja de moda del soul Sam & Dave y el de los Neville Brothers, el Profesor, al que se refieren como el gran jefe, o el puto amo, cuenta con dos fechas reservadas.


Pero el Professor Longhair no pudo disfrutar mucho tiempo del lugar. El 30 de enero de 1980, nuestro héroe se acostó tranquilamente y ya no despertó jamás. Acababa de cumplir 61 años. La autopsia reveló un segundo infarto. Murió mientras dormía, pero su espíritu impregna todavía cada esquina de Nueva Orleans. El Tipitina’s continuó siendo uno de los centros de la vida nocturna de la ciudad con diferentes altibajos. En los noventa, se acometieron unas obras de remodelación que lo acondicionaron para conciertos más grandes, dándole al escenario una doble altura. Para ello hubo que eliminar una serie de cuartos y oficinas de la primera planta, del tiempo de las putas, en donde, por ejemplo, había comenzado a emitir la WWOZ, la emisora sin ánimo de lucro de la New Orleans & Heritage Foundation. Entre los cambios, se puso un mural de fondo de escenario, homenaje permanente al entrañable Professor Longhair. Y ese es el aspecto que ha tenido hasta ahora, el que ven en la imagen.

Durante años, el Tipitina’s fue uno de los lugares más populares de Nueva Orleans, donde era posible ver conciertos de músicos locales, como Jon Cleary, Damon Fowler, Tab Benoit y otros de fuera, como Pearl Jam o Wilco. Pero el tiempo va deteriorando los lugares, tal vez la gestión del local no era la óptima y el negocio empezó a decaer. Nuevas salas de conciertos se abrían en la periferia, como el Maple Leaf Club, y se empezaban a llevar a los mejores artistas. En diciembre de 2018, una banda local de funk-soul-jazz llamada Galactic, al parecer de mucho éxito, compró el local. Los anteriores propietarios se felicitaron de traspasar el negocio a alguien que estuviera interesado en mantener su espíritu, y la New Orleans & Heritage Foundation bendijo la transacción.

El lugar tuvo un nuevo florecimiento, pero que sólo ha durado un año, ya se imaginan por culpa de quién. El maldito coronavirus les ha obligado a cerrar. Robert Mercury, bajista del grupo y que parece el más al tanto de los negocios, lo explica muy claro: Nosotros tenemos dos formas de hacer beneficios, los conciertos y giras del grupo y la explotación del local. Si los dos se nos cortan bruscamente, no entra dinero líquido y no podemos continuar afrontando los gastos que seguimos teniendo, la hipoteca, la luz, el agua. Y los sueldos de nuestros empleados, que tienen que seguir comiendo, ellos y sus familias, aunque tengamos cerrado el local. Jodido panorama el de este club, como el de todos los clubes y grupos de música del mundo. Todo lo bueno de un concierto de rock en vivo va contra los protocolos de salud que ha generado el virus. La grandeza y la singularidad de estos eventos reside en estar hombro con hombro con personas que comparten tus sentimientos y tus emociones, en bailar, en corear los estribillos que te sabes, en gritar al unísono. Todo eso esparce gotitas y aerosoles con un potencial tremendo de infectarse mutuamente músicos y público. 

Zeke Emmanuel, un prestigioso profesor de bioética y gestión de la salud, dice lo siguiente: Respecto a los conciertos, conferencias, sesiones de teatro y grandes eventos deportivos, me hace gracia cuando sus organizadores dicen que reprograman tal o cual evento para octubre de 2020 (primero dijeron que para agosto); no sé cómo creen que esto es una posibilidad plausible, estas cosas serán las últimas en volver y no sería de extrañar que no regresen hasta bien entrado 2022. Lo que dice este señor es tremendo, pero aun puede que se quede corto. Les muestro una imagen de lo que rezaba durante los meses de encierro el cartel de la puerta del Tipitina’s, en el tablón donde se solían anunciar los músicos del día. Si quieres que la música en vivo vuelva, ponte la mascarilla, por favor. 


Hace unos días pasé por delante del Café Central, el mítico local de jazz de la plaza del Ángel. La puerta está cerrada y en el pequeño zaguán exterior, entre la verja de fuera y la puerta de acceso, se acumulan los cubos de basura cubiertos de polvo y porquerías que tira la gente al pasar. A un lado, la pizarra clásica del club aún tiene el anuncio escrito con tiza de los conciertos de marzo pasado. Se me puso el corazón en un puño de verlo. Pero volvamos al Tipitina’s. Las crisis son oportunidades, como saben, si se lucha y se aguza la imaginación. En USA no hay ERTEs, los empleados que se han quedado sin trabajo han estado recibiendo un subsidio (la PPP) del Estado, pero eso se acaba. Así que los cuatro miembros del grupo Galactic se han embarcado en una nueva iniciativa para sacar algo de dinero con el que puedan comer todos.

Esta iniciativa se llama Tipitina TV. Se trata de organizar conciertos semanales en el local y transmitirlos en streaming a todo el que quiera verlos. Para ello, han empezado por acondicionarlo. El lugar tenía ya tres cámaras para el sistema de videovigilancia interna. Ahora han añadido otras tres, una de ellas en un trípode, frente al escenario, que con gente no se podría instalar. Los espectadores se sentirán como si estuvieran en la segunda o tercera fila. A continuación, se han asociado con Nugs TV, una cadena de San Francisco con una larga experiencia en retransmisiones por streaming. Los conciertos son los sábados y ya están cumpliendo la primera tanda. Hoy es el penúltimo de los conciertos programados y ¿a que no saben quien toca esta noche? Véanlo por ustedes mismos. Desde hace unas semanas, el cartel de la puerta del Tipitina´s ya no es el mismo de la imagen anterior.


¡Sí señor! Los del grupo Galactic, propietarios del negocio, abrieron el fuego el 15 de agosto. Continuaron la Rebirth Brass Band, Anders Osborne y Tank and the Bangas, un grupo de funk salvaje que tocó hace una semana. Hoy ya han visto quién toca. Y la semana que viene cerrarán The Radiators. Todos músicos locales. Y ya están organizando la segunda tanda. Dice Robert Mercury que lo que están sacando con esto les va llegando para no pasar hambre, pero que esperan mejorar la venta de entradas para los siguientes, por que si no van de culo. Imaginarán que, en cuanto tuve noticia, me abalancé sobre el ordenador para sacarme una entrada para el concierto de esta noche. Son baratas: 12 dólares, unos 10 euros. El mayor inconveniente es el horario: las 9 de la noche en Nueva Orleans, que más o menos tiene la hora de Nueva York. ¿Han hecho el cálculo? Si. Efectivamente. En hora de Madrid, las tres de la madrugada. Pero ya saben que el que algo quiere, algo le cuesta.

Yo que ustedes me animaría. Esta mujer es un espectáculo y siempre merece la pena verla. Y de vez en cuando hay que hacer una locura. Lo de sacar la entrada no fue tan fácil. Como suele hacerse, tuve que entrar en la página www.nugs.tv, inscribirme, dar mis datos y mi número de tarjeta. Pero, cuando cliqué en la pestaña de pagar, se me abrió una ventana que decía que había sido imposible. Lo intenté varias veces sin resultado. Entonces escribí a atención al cliente de Nugs TV. Resultó haber una persona de carne y hueso al otro lado, en San Francisco. Era muy amable, se llamaba Rosie y se dirigió a mí como Tiomilu. Intentamos varias estrategias sin éxito. Le pregunté si podía pagarle de otra forma, no sé, una transferencia internacional. Me respondió que no. Que la forma de pago de la cadena es con Visa, o mediante PayPal, un sistema que nunca me ha gustado. Finalmente me dijo que lo intentara con otras tarjetas o usando otro navegador; me recomendaba el Firefox.

Sólo tengo otra tarjeta, la Global Card que llevaba siempre en los viajes y me ha sacado de más de un apuro en comercios o bares donde de pronto no me funcionaba la Visa. Pero, desde el viaje a Madagascar, hace casi un año, no la había usado. Resultado: lleva varios meses caducada. Las dos tiendas que tenía Global Card en Madrid, una en el aeropuerto y otra en la calle Arenal, están cerradas por la pandemia. Me acerqué a Arenal (a la vuelta es cuando pasé por delante del Café Central). Un cartel en la puerta indicaba un teléfono al que llamar. Me atendieron enseguida, pero me dijeron que la nueva tarjeta me la mandarán a casa y tarda una semana o dos. Así que me quedaba sólo intentar el Firefox. Me lo descargué en mi ordenador, probé y nada: mismo resultado. Ya lo había intentado con el Chrome y con el Explorer.

Parecía que la cosa era imposible, que me quedaría definitivamente sin ver a Samantha Fish en directo. Pero saben que soy cabezota. Se me ocurrió que a lo mejor mi ordenador, que está de virus hasta las cejas, podía tener algo que ver con el problema. Tengo también el portátil del trabajo en el que ya había probado con los dos sistemas que trae instalados, el Explorer y el Chrome (este último lo pedí yo expresamente, porque es el que suelo usar). Quedaba una posibilidad por probar. Abrí el ordenador del trabajo, que está recién estrenado y limpito de virus. Intenté descargarme el Firefox. Me puso algunas pegas, pero logré vencer sus reticencias. Entonces repetí todo el proceso de comprar la entrada y ¡Bingo! Así que ya tengo mi acceso para ver esta noche a Samantha Fish en vivo desde la primera fila del Tipitina's.

Lo del horario fuera de lo normal no me preocupa. Casi no he dormido esta noche pasada con los nervios. Me acuerdo de cuando, de estudiante, me enteraba de que se ponía a la venta una nueva novela de Julio Cortázar. Me plantaba en la puerta de la librería esperando que abrieran a las 10 de la mañana, la compraba, me la llevaba a casa, me ponía a leer y no paraba hasta que me la terminaba, a menudo al día siguiente. Ni comía, ni dormía, ni nada. Así que ya les contaré. Mi amiga y lectora Elena me acusa de gordófobo, pero es cierto que Samantha ha vuelto del confinamiento con unos kilos de más. Y me preocupa, porque su hermana mayor, Amanda, está como un trullo, auténticamente obesa. Y la imagen es importante para Samantha. Ya les completaré todos los datos de esta mujer que me tiene fascinado.

Como saben, su carrera tiene dos etapas muy distintas y a mí me sigue gustando más la primera, cuando tocaba blues en trío y no iba a la peluquería: aparentemente se lavaba con un champú del todo a cien y se peinaba con los mismos dedos, con ayuda del secador. Lo digo porque tengo amigas con esa misma imagen y me han explicado cómo lo hacen. De esa fase es la canción que les voy a dejar de cierre. Su amigo Devon Allman, un descendiente de la tristemente malograda saga Allman Brothers, debutó con un disco en 2013. Y Samantha quiso apoyarlo. Samantha siempre apoya a los colegas. Parece que fue ella la que tuvo la idea de reproducir el maravilloso dúo de Tom Petty con Stevie Nicks de diez años antes: Stop draggin my heart around.

Y grabaron un vídeo que es una verdadera delicia. Aquí ven a Samantha con 24 años y su look de entonces, de malota motera. Ella dice que no le importaría simultanear su trabajo con el de actriz si le ofrecieran algún papel. La verdad es que tanto en el vídeo que les puse en el post anterior, como en este, se puede decir que se come la pantalla. Y, como se le meta en la cabeza actuar, seguro que lo consigue. El vídeo tiene un tercer protagonista: la ciudad de New Orleans, con sus tranvías clásicos. El tranvía de Nueva Orleans, inaugurado en 1834, está considerado como el tranvía más antiguo del mundo. Es una de las ciudades yanquis que, como San Francisco, resistieron a la presión de eliminar los tranvías, promovida conjuntamente por las industrias del petróleo, el automóvil y los neumáticos (una estafa histórica ya desvelada en el blog). Disfruten de este vídeo. Y duerman bien esta noche si no quieren gastarse 10 euros y pegarse una pasada, como yo. Esto es cosa de cada uno. No todo el mundo corre maratones, ni sigue currando hasta los 70. Ni mantiene un blog durante ocho años.


miércoles, 9 de septiembre de 2020

974. Pesos y medidas en la zona de penumbra

Tiempos extraños estos que nos toca vivir. Ya les he dicho que no me gusta nada esto de la llamada nueva normalidad. Joder, a mí la que me gustaba era la vieja. No se imaginan cuánto añoro esa vieja normalidad en la que yo vivía feliz (alguna gente se quejaba, pero no era mi caso). Una normalidad que me permitía irme tres semanas a Madagascar, o participar en un workshop en Chicago, o visitar a mi amigo Diego Moreno, con motivo de la presentación de uno de sus libros en una librería de Tijuana. Una normalidad en la que mi amiga África se podía ir un mes entero a Australia y Nueva Zelanda. ¿Volverá eso algún día? Pues no parece muy inmediato. De momento, estamos condenados a repetir hasta la saciedad el Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre.

Desde hace meses yo no diferencio los días de diario de los de fin de semana. Mi vida discurre por un continuo temporal indiferenciado en el que se intercalan trabajo, ocio, relaciones telemáticas y reflexiones inducidas por una actualidad sombría e incierta. Siendo así, no les extrañará saber que he constatado que mis días de vacaciones son prácticamente iguales que los de trabajo, casi no noto la diferencia. Mi amiga Tantri, mi querida soul sister de Yakarta, lo expresa con precisión en un párrafo de su último mensaje: We are all in a bit of a twilight zone; time moves slow and fast at the same time. Es decir: estamos todos un poco como en una zona de penumbra; el tiempo pasa rápido y lento a la vez. No se puede describir mejor.

Si hay algo claro es que la segunda oleada del virus ha empezado por España y no sabemos por qué, puesto que seguimos sin saber cómo funciona y cómo se propaga este bicho tan peligroso. Es posible que en unas semanas en Francia y en Italia estén igual. Y también es posible que no. En este segundo caso habría que hacer un estudio serio de qué es lo que han hecho los demás bien y nosotros mal. Porque en Italia y en el sur de Francia las pautas de conductas sociales son idénticas que en España. ¿Será que el gobierno lo está haciendo todo mal? ¡Anda que no se le iba a subir el pavo al fraCasado! A mí no me entusiasma Sánchez, pero el fraCasado me parece directamente un petimetre, sin ningún tipo de fundamento ideológico ni político. Me gustaría vivir los años suficientes para ver cómo lo echan de su partido y termina de concursante de Master Chef Celebrities, lugar en el que no desentonaría en absoluto.

Todo es incierto, nuestro mundo de certezas se desmorona. Por eso es interesante buscar magnitudes o conceptos invariables, a los que aferrarnos en la penumbra. Por ejemplo, los pesos y medidas. Hay un organismo que se llama la Oficina Internacional de Pesos y Medidas, con sede en un suburbio de París, que se ocupa de asegurar en todo el mundo la fiabilidad de las mediciones y su trazabilidad en el sistema internacional de medidas. Nada menos. La ciencia que se ocupa de estas cosas se llama la Metrología. La oficina se creó en 1875, como garante de la implantación del Sistema Métrico Decimal. Allí se custodian los patrones físicos del metro y del kilo, por ejemplo. Y está claro que a eso no le afecta el Covid-19. Es tranquilizador que el kilo siga pesando un kilo.

El ser humano ha ido acumulando todo un acervo de información custodiada en diferentes archivos que, desde la invención de los ordenadores, ha alcanzado un volumen descomunal, también inmune al Covid-19, aunque sensible a otra clase de virus, como los troyanos y me malicio que también los tirios. La Wikipedia es un portento, además conformada con informaciones que puede subir cualquiera. Y, ya que hablamos de pesos y medidas, no sé si saben que en Internet es posible conocer cuánto pesa y cuánto mide cualquier personaje famoso sobre el que tengamos esa curiosidad. Sólo tienen que preguntárselo al buscador de Google. La estatura dice mucho de la personalidad de las gentes. Por ejemplo, la guapa Daryl Hannah, de apellido capicúa, cuya foto vimos en el post anterior, mide nada menos que 1,78 m. Una altura infrecuente en una dama, pero que no ha sido obstáculo para que se enamore de ella Neil Young, nuestro querido oso canadiense, que mide 1,82, estatura perfectamente compatible con la de ella.

Si no han visto la película Un, dos, tres, splash (que en USA se llamaba simplemente Splash!), se la recomiendo. Daryl Hannah está espectacular, interpretando a la sirena Madison, a la que le crece y le desaparece la gran aleta de la cola por arte de magia, en función de las necesidades del guión. La sirena sale del agua y se afana en enamorar al personaje que interpreta un gran Tom Hanks (que, por cierto, mide 1,83). Es un producto de la factoría Disney, amable, ingenuo y sin pretensiones, nada del otro mundo, pero ya saben que yo soy un poco moñas y me gustan estas cosas. Hay escenas míticas como cuando Tom Hanks invita a su amada a cenar en un restaurante caro, les sacan unas nécoras, y la chica empieza a comerse las patas más grandes con cáscara, como si nada, haciendo un ruido al masticarlas que sobresalta a todo el restaurante.

Sheryl Crow es bajita: 1,61, lo que no le impide seguir siendo una mujer súper atractiva, ya acercándose a los 60. En cuanto a Samantha Fish, su altura es de 1,70. Sigo todo lo relacionado con esta mujer que me fascina y he averiguado que ya no vive en Kansas City, como yo les decía. Ahora vive en Nueva Orleans. Me temo que Kansas se le quedó pequeño y provinciano. Una mujer de su talla musical y su ambición no podía seguir viviendo con su familia. Estoy investigando sobre su vida y ya estoy cerca de tener una tesis, que les expondré a su tiempo. De momento les diré que ha reaparecido en directo en el aniversario de la radio WWOZ, la emisora sin ánimo de lucro de la New Orleans & Heritage Foundation. Vi su intervención en diferido. Cantó tres canciones sentada con su guitarra acústica. Mantiene el ánimo, la simpatía, la destreza vocal e interpretativa y el sentido del humor, pero lamento decir que ha ganado unos kilillos. Nada que no pueda recuperar, espero.


También ha publicado en Facebook la foto que ven arriba. No se aprecia mucho el exceso de peso, pero yo que la he visto cantando en la emisora, les aseguro que ha vuelto del encierro un poco fondona. En las bases de datos de Internet, donde no sólo viene la estatura, sino también el peso de los famosos, le adjudican un peso de 56 kilos. Eso es lo que debía de pesar antes, yo creo que ahora no le valen sus pantalones más ajustados. Les diré que yo, que mido 1,75, en los tiempos en que corría maratones y hacía marcas meritorias, pesaba 59 kilos. Se lo juro. Ya que estamos, hace unos cuantos posts les mostré algunas fotos de mi participación en el Marathon de Nueva York y rompí con ello una de las incertidumbres históricas del blog. Una vez abierto el fuego, quizá es momento ya de que les muestre la imagen de mi llegada a meta el día que hice mi mejor marca histórica. 29 de abril de 1990. Un registro, de verdad, de mucho mérito.


Pero sigamos con esto de las estaturas. ¿Saben cuánto mide Donald Trump? Se lo digo: 1,90. Acojonante. Le saca siete centímetros a Joe Biden, que mide 1,83; es también bastante alto. Otra cosa es la estatura moral o política. La carrera por la presidencia va a estar muy reñida y yo cruzo los dedos. Abajo les pondré el enlace a un retrato muy preciso de Biden, en el que entre los handicaps que se le atribuyen está su mediocre desempeño en los debates. Y, en USA, los debates son clave. Cara a cara los dos candidatos, con un moderador elegido por un organismo independiente de los partidos, cuyo objetivo es escoger a personas neutrales. Como Biden no espabile, Trump lo puede machacar.

El calendario que viene es de aúpa. El 29 de septiembre, primer debate, en Cleveland (Ohio). El 7 de octubre, debate entre los candidatos a vicepresidente, Kamala Harris y Mike Pence, en Salt Lake City (Utah). Aquí podría recuperar mucho terreno la candidatura demócrata, Kamala está a años luz del obtuso Pence. Segundo debate Trump-Biden el 15 de octubre en Miami. Y todavía un tercero, el 22 de octubre, en Nashville (Tennessee), la ciudad donde vive Sheryl Crow. Biden está mayor y su estrategia en los debates debería ser la de dejarle hacer a Trump, pera que él solo se lance y haga el ridículo. Como se le ocurra entrar a fajarse con él, puede acabar agotado y desfondado. Trump es muy hábil en estas lides y puede ser implacable. Además, Biden tiene tendencia a salirse del guión para hacerse el simpático, como le pasaba a la señora Botella, lo que puede resultarle desastroso.


Los moderadores de los tres debates principales ya han sido elegidos, tres veteranos periodistas independientes cuyas imágenes pueden ver arriba, no les pongo los nombres, que no les dirían nada. La del último debate es una mujer y Biden podría encontrar aquí una baza importante, si fuera hábil para provocar alguno de los habituales comentarios machistas de su contrincante el presidente. Como no podría ser de otra manera, Trump ha recibido los nombramientos con descalificaciones: Biden va a tener a alguien de su propio equipo moderando cada debate, etc. Por su parte Biden ha dicho que acepta los nombramientos y no tiene nada que comentar al respecto. Como les decía, he encontrado un retrato muy bueno de Biden, sintetizado en cuatro ventajas y cuatro inconvenientes. Si para hablar del virus en España recurrí al New York Times (aunque me regañara África), aquí también me parece oportuno tomar distancia y ver qué dice la BBC. Para leerlo han de pinchar AQUÍ.

Pero estábamos con estaturas físicas, que no políticas. Curiosamente, hay dos conocidos políticos españoles que comparten estatura con Trump, 1,90. Se trata de Pedro Sánchez y Mariano Rajoy. Quién lo diría. Y, por encima de todos ellos, el rey Felipe VI: 1,97. Un gigante. ¿Cómo dicen? ¿Que quieren saber la altura del fraCasado? Pues mírenla en Internet. Yo ya he dado mi opinión sobre este señor, usando el adjetivo petimetre, que suele aludir tanto a la escasa estatura intelectual como a la física. Otra curiosidad. Dos políticos que también tienen la misma estatura, 1,84, son Zapatero y Gallardón, con los que tuve la oportunidad de compartir un acto bastante exclusivo y con escasos asistentes al que acudieron ambos: la inauguración del Pasillo Verde Ferroviario. No recuerdo el año, pero sí que me acuerdo de andar por allí en medio, a la caza del canapé, y cruzarme con ambos. Me parecieron muy altos, y me impresionó su aspecto, con sus ternos gris marengo impecables.

En fin, pequeñas digresiones sobre curiosidades, para ayudarles a entretener este tiempo de penumbra tan inquietante. Ya saben que, tras el virus, mi preocupación principal son las elecciones USA. Creo que si perdiera Trump sería un paso adelante hacia un mundo en el que no haya revueltas como las que ahora mismo abruman a ciudades como Portland (Oregón), Hong Kong o Minsk en Bielorrusia. Por no hablar de Venezuela, Turquía, la Rusia del envenenador Putin o las Filipinas de Duterte. Mi amiga Shannon, mi soul sister de LA, me ha contestado ya. Está de acuerdo conmigo en que hay que echar a Trump como sea, pero la encuentro un poco desfondada anímicamente. Destaco también una frase suya: It seems like everything is a mess and a lot of corruption. Parece que todo es a mess y un montón de corrupción. ¿Cómo traducir a mess? Pues como un follón, un desastre, un desaguisado, un berenjenal. Todas esas acepciones tiene.

De este mundo absurdo bajo el acoso del virus, nos salvan el encierro casero, la reflexión y la cultura. En el post anterior les recomendé dos libros muy interesantes, de mucha calidad y de lectura fácil, porque enganchan. Pero también el rock es cultura y aquí, discúlpenme, pero yo sigo con Samantha Fish. Todos los vídeos que les he traído hasta ahora de esta artista polifacética eran grabaciones en vivo de sus conciertos o intervenciones en radios o en la góndola de la pista de esquí de Telluride. Samantha tiene un directo tan poderoso que es inevitable acudir a sus actuaciones grabadas en vivo. Hoy, por primera vez, les voy a poner el vídeo promocional de una canción suya, de su puño y letra, que se llama Chills and Fever, Escalofríos y fiebre. Con cierto aire melódico de Amy Winehouse, pero en su estilo inconfundible. 

Estamos ante una nueva faceta suya. Aquí pueden ver el grado de sofisticación y de elegancia que ha alcanzado esta mujer en su última etapa. Ya no es la niña que hacía punteos increíbles por todos los escenarios de América. Ahora es Lady Sam. Una señora. Y además está guapísima, al estilo de las rubias proverbiales de las películas de Hitchcok. El vídeo está lleno de otras referencias cinematográficas, desde el letrero del principio, propio de los carteles clásicos del cine de terror, hasta la escena de los espejos, en la línea de La Dama de Shanghai de Orson Wells, pasando por una recreación magnífica de la escena cumbre de Repulsión de Polansky. Viendo esto, se explica uno que esta mujer se haya trasladado de la provinciana Kansas City a la cosmopolita New Orleans. No les extrañará que me guste tanto. Esto es canela fina. Una delicia para la vista y el oído. Hala, a seguir bien. 


domingo, 6 de septiembre de 2020

973. De cosecha propia

Bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno. Pues resulta que, aquí donde me tienen, estoy de vacaciones. En realidad lo estaba ya formalmente esta semana que termina hoy, pero tenía algunos temas que resolver y he seguido conectado al trabajo, para lo que hiciera falta. Una vez terminados los asuntos pendientes, paso al estatus de funcionario de vacaciones. Que, en este momento, apenas es una variación mínima de mis rutinas. Si hasta ahora me conectaba al trabajo en cuanto desayunaba, a partir de mañana dedicaré la mayor parte de mi tiempo a otros menesteres. Aunque tengo algunas citas de trabajo que intercalaré en el tiempo de descanso, como un webinar el día 9 sobre las ventajas ambientales de la reutilización de edificios, frente a la demolición, y una reunión de trabajo, seguramente presencial, a finales de mes. Y lo que surja. En octubre vuelvo al estatus de funcionario activo, para los cuatro meses y pico que me restan hasta el día D.

Dada la situación sanitaria general, no veo conveniente acercarme a la playa o a la montaña, y tampoco lo echo tanto de menos, yo soy hombre de asfalto, como saben, y estoy bien situado en Madrid, puedo ir al Museo del Prado, o al Jardín Botánico, ambos a cinco minutos de mi casa, y tengo una casa con una estupenda terraza, en la que puedo estar en bañador, o incluso sin, porque nadie me ve. Para qué me voy a mover, si tengo que andar por ahí con mascarilla y encima a los que venimos de Madrid nos miran feo. Los últimos años tampoco había disfrutado de unas vacaciones familiares estándar; siempre las cambiaba por viajes allende los mares, que este año están vetados. Así que mis vacaciones, en principio, en casita, aunque no descarto alguna escapada por el entorno. Cada uno es como es, yo me crié en el asfalto, me formé en futbolines y billares y confieso que lo que sí me hacía mucha compañía era el mar, pero después de más de 50 años en la meseta he aprendido a no echarlo mucho de menos. En este momento, hay que ser prudentes, que lo primero es salvar el pellejo. Ya habrá tiempo de hacer otras cosas cuando la situación se normalice, si-es-que.

Otros, en cambio, son de campo y disfrutan como enanos en medio de los prados y los sembrados. Por ejemplo, el bueno de Neil Young sigue confinado en su rancho canadiense a orillas del lago Ontario. Allí está rodeado de sus pastos y sus animales y, cuando quiere, se graba un vídeo artesanal y lo cuelga en Youtube. Lo escuchamos el otro día cantando Looking for a leader, con la letra alterada para meterse con Trump, a tiempo de incidir en la campaña electoral (¡menos de dos meses ya para el gran día!). Hoy lo vamos a ver con sus gallinas y sus patos, cantando Homegrown, que podemos traducir como De cosecha propia. Les pido que se fijen en su desaliño general, los agujeros de sus pantalones y, de nuevo, el artilugio artesanal para sujetar la armónica, con la ayuda de un par de piedros del lago. Y su última mueca, poniendo cara de pollo.


Neil Young, a sus 74 años sigue siendo, sin duda, uno de los grandes. Y ahí lo tienen tan feliz, con sus gallinas y su vieja guitarra, pasando del progreso y sus comodidades. Hombre, también hay que tener en cuenta que su encierro lo está pasando con su guapa compañera Daryl Hannah, la inolvidable Priss de Blade Runner y la no menos inolvidable sirena de Un, dos, tres, splash. Es normal que Young esté feliz, con semejante mujer a su lado, una dama que luce este aspecto a sus 59 tacos.

El otro día les hablaba yo de Neil Young como alguien cercano a Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez. Es posible que lo sea, pero un lector de los que me hace comentarios por detrás me ha recordado que Young ha ido siempre a su bola, es una especie de ácrata imprevisible, muy condicionado por sus cambios de humor. Deben ustedes saber que ese carácter imprevisible le llevó a apoyar sin condiciones a Ronald Reagan para la presidencia, cosa que puedo entender, yo también creo que fue un buen presidente, muy de derechas pero con cabeza. Más adelante, a raíz del 11-S lanzó mensajes de apoyo al presidente Bush (esto aún lo entiendo más), si bien la absurda guerra de Irak le hizo recapacitar y volverse contra él, hasta el punto de editar una canción que se llamó Let’s impeach the President. Pero estos bandazos hacen que no sea demasiado del agrado de los izquierdistas de manual. 

Para completar el cuadro, en 2015 fue a ver a Donald Trump a pedirle apoyo financiero para sus campañas y giras. Es también comprensible, el rancho hay que mantenerlo y, aunque no te compres pantalones nuevos, tiene muchos gastos. Trump no pensaba por entonces ni dedicarse a la política. Era sólo un empresario de éxito y tenía ya esa tendencia al histrionismo que le hace confundir el mundo con un reality show, como sentenció con precisión Obama. Así que su mayor interés fue hacerse una foto con el músico, que rápidamente colgó en su perfil de Instagram (Young no la publicó en ningún lado). Desconozco si finalmente le ayudó o no.

Por todo eso creo que es muy importante el pronunciamiento anti-Trump de este señor, con su canción Looking for a leader. Porque a nadie le sorprende la postura de Springsteen o la de los Stones. Pero Young podría haber salido por peteneras y no lo ha hecho. Los que queremos que Trump no sea reelegido, no lo deseamos porque sea de derechas. Eso es casi lo de menos. Lo deseamos porque es un racista, machista, grosero y sin control sobre sus emociones. En fin, que les voy a poner aquí la foto de marras. Discúlpenme, ya sé que duele a la vista, pero también intento adelantarme a que algún listillo me la recuerde en sus comentarios. Neil Young será siempre para mí uno de los grandes.  

¡Qué fuerte, gente!. En fin, que hay que echar al del pelo naranja de la presidencia como sea. Esta mañana le he mandado un Whatsapp a mi amiga Shannon de LA, en el que le digo (entre otras cosas de las que no se cuentan aquí): C’MON, LET’S VOTE HIM OUT, it’s crucial for the rest of the world that American voters get it right this time. Aún no me ha contestado. Están las cosas que arden en los USA. Cuando aún no se habían apagado los ecos de la protesta por la muerte de George Floyd bajo la rodilla asesina de un policía de Minneapolis, en Kenosha (Wisconsin) otro policía disparó siete tiros por la espalda a Jakob Blake, otro negro (por cierto, las pistolas de los policías ¿no tenían siempre seis balas?). No se sabe aún por qué acosaban a este señor, sólo que le siguieron dando la vuelta por delante a su coche y le dispararon cuando abrió la puerta delantera. En el asiento trasero estaban sus tres hijos, de 3, 5 y 8 años. Se dice que quien llamó a la policía fue la madre de los críos, en medio de una pelea de pareja.

Lo que yo tengo muy claro es que, si llega a ser un blanco, a lo mejor habían disparado primero al aire. Los disturbios diarios se han exacerbado en Portland, donde nunca se acabaron del todo, y han brotado en Chicago, Nueva York y todo el estado de Wisconsin. Ya saben que un chaval de 17 años, seguidor ferviente de Trump, se fue una noche a Kenosha provisto de un rifle de asalto, comprado en cualquier colmado, para ayudar a la policía en los disturbios. Resultado, disparó a tres manifestantes, matando a dos de ellos. También habrán leído que la protesta estuvo a un tris de acabar con la NBA, la liga de baloncesto, cuyos jugadores se plantaron. Y Trump fue a Kenosha y ni siquiera visitó a la familia de Blake (que está en estado muy grave en un hospital de la ciudad, en donde lo esposaron a los barrotes de la cama para que no se escapara, cuando tiene la columna vertebral rota y no podrá volver a andar salvo milagro). En cambio defendió al del rifle.

Trump se acerca en las encuestas a Biden, que va por delante. No sé, a mí me cuesta creer que un solo negro o una sola mujer le voten, pero hay que esperar a ver qué pasa. El racismo es un ingrediente estructural en la sociedad norteamericana, algo impreso en sus genes desde los tiempos del esclavismo. Tal vez las nuevas generaciones se estén quitando de encima esa lacra, pero hay mucho que trabajar todavía en pos de la igualdad. Les voy a hablar de dos libros que he leído recientemente y que creo que desmenuzan al milímetro el tema del racismo. Y los dos escritos por mujeres negras y galardonados con premios prestigiosos. Dos recomendaciones de cosecha propia. El primero, americano: La canción de los vivos y los muertos (Jesmyn Ward, 2017). Jesmyn Ward es una escritora nacida en Delisle (Mississippi) hace 43 años. Y esta novela le valió ganar el National Book Award, tal vez el premio literario de mayor prestigio de los USA, siendo la primera mujer de la historia que lo gana dos veces, porque ya se lo dieron en 2011 por su segunda novela Quedan los huesos, que no he leído.

Jesmyn Ward, cuya imagen tienen a la izquierda, desarrolla en su novela una historia tremenda, dividida en capítulos contados por diferentes narradores, que se indican en cada encabezamiento. Jojo, el primero, es un chaval de 13 años que vive, junto a una hermana muy pequeña, con sus abuelos maternos, dos negros mayores y súper correctos, dedicados a la agricultura. La madre de los niños, Leonie, es una semi-delincuente, drogadicta recurrente, que no puede con la situación y por eso le ha dejado los niños a sus padres. Todo se torció para esta familia cuando al hermano de Leonie lo matan unos amigos blancos, en medio de una discusión durante una partida de caza. Es decir, ya no estamos en tiempos de linchamientos, ahora hay un chaval negro que forma parte de un grupo de adolescentes blancos y se va con ellos de caza. Pero el accidente se tapa y el culpable, un gilipollas que le ha disparado adrede, nunca es castigado.

Ese incidente es lo que ha llevado a Leonie al mal camino y a sus padres a la tristeza eterna. Para colmo, Leonie, en su desvarío, se enrolló con un blanco, colega de colocones y primo del asesino de su hermano, que es el padre de sus dos hijos. Sus suegros ni les hablan. Y el padre de las criaturas está en la cárcel, por posesión y venta de drogas. Esta es la situación de partida del libro. La acción comienza cuando se anuncia que al preso lo van a poner en libertad. Leonie decide ir a recogerlo en su viejo coche a la cárcel, que está a muchos kilómetros de distancia del pueblo, y llevarse con ella a los niños, contra la opinión furiosa de los abuelos. Más adelante, se va sabiendo que, además de ir a esperar a su marido a la salida de la cárcel, Leonie transporta un alijo importante de droga a distribuir a lo largo del camino, y por eso quiere llevarse a los niños, para que los policías de carretera no la paren para registrarla.

El libro es una extraordinaria road-story, con momentos de una tensión extrema, que se lee del tirón. Y con aspectos sobrenaturales, como no podía ser de otra manera en una historia de negros del sur USA. Richie, el hermano asesinado de Leonie, se le aparece de vez en cuando, en medio de sus ensoñaciones inducidas por la droga y hasta es el narrador de algunos de los capítulos. En conclusión, eso es Estados Unidos ahora, los negros están integrados, los hay que llegan lejos, pero colectivamente son ciudadanos de segunda. Imagino que habrán leído que la incidencia de la Covid-19 es mucho más alta entre la población negra. Jesmyn Ward proviene de una familia humilde, de campo, pero se graduó en arte en Stanford y trabaja y vive en Nueva Orleans, en cuya universidad es profesora de escritura creativa. 

El racismo es un sentimiento fuertemente arraigado, importado de los colonos ingleses. Como dice Spike Lee, Estados Unidos es una nación fundada sobre el genocidio de los indígenas indios y el esclavismo. Pero ya había racismo en Gran Bretaña y de eso va el segundo de los libros de cosecha propia de los que les quiero hablar hoy. Y este se lo recomiendo encarecidamente, les va a encantar. Se trata de Niña, mujer, otras (Bernardine Evaristo, 2019). Este es el libro que vamos a analizar en la sesión inaugural de Billar de Letras 20-21, que será el 22 de este mes, pero ya me lo he terminado, porque no podía parar de leer. Bernardine es británica, 61 años, hija de padre nigeriano y madre inglesa blanca. Es una mujer de una actividad incansable, también licenciada en literatura y profesora de escritura creativa, pero con producción de ensayo, poesía, teatro, crítica literaria en los principales periódicos del país, activista por la igualdad racial, tertuliana, editora y todo lo que se puedan imaginar.

A la derecha, una imagen suya. Dentro de esa actividad frenética, hay que incluir ocho novelas publicadas. Pero esta, que es la última, es sin duda la cumbre de su producción y, como tal, fue premiada con el Man Booker, el premio literario británico de más prestigio. Lo recibió el año pasado, a medias con Margareth Atwood y es la primera mujer negra que se lo lleva, si bien, ya les dije que en los 90 lo recibió Arundathi Roy, india. La novela habla de doce personajes, a los que están dedicados sucesivamente los doce primeros capítulos, al final hay otros dos en los que se remezclan todos ellos. En todos los casos, mujeres. En todos los casos, negras (menos una). O sea, doblemente marginadas. Y, para colmo, algunas de ellas lesbianas, lo que induce un tercer factor de marginación (sorprende que haya también racismo entre las lesbianas blancas y negras).

Se habla de mujeres desde adolescentes hasta nonagenarias, todas las historias están relacionadas, aunque en algunos casos la relación se descubre novela adelante. Y, a medida que vas leyendo, compruebas que cada historia es mejor que la anterior, contadas con un cariño y un optimismo básico invencible: estas mujeres luchan todo el rato por su dignidad, por hacerse un hueco en la sociedad de los blancos, bien estudiando, o bien trabajando como negras (nunca mejor dicho) o buscándose un marido o la compañía de alguien que alivie su soledad. Y algo sorprendente. La autora no usa puntos. Los párrafos se separan con simples saltos de renglón. Algunas comas sí que emplea. Pero el texto tiene una continuidad admirable y no cansa, compuesto por párrafos pequeños, con estructura casi de poema. 

Hala, bájense a la librería más cercana y cómprenselo ya, no sé a qué están esperando. No se van a arrepentir. Bueno, y como hemos empezado con música, vamos a acabar igual. Como no, con Samantha Fish, otra recomendación de cosecha propia. Esta mujer no es muy dada al activismo, pero podría jurar que no es racista. Se ha criado en el estado de Missouri, en el Medio Oeste, que no tiene mucho que ver con el sur profundo. De hecho, desde 2012 hasta 2016 su amigo negro el batería Go Go Ray fue parte de su banda. Durante un lapsus desde mediados de 2016 hasta mediados de 2017 estuvo como en stand by. Y entonces volvió con una big band, como saben, con teclista, sección de viento y, en ocasiones, violinista. 

De esta segunda época es la canción que les dejo de propina. Les advierto que es de las de arrimar cebolleta, así que, si tienen con quién, no se corten. Samantha se ha quitado los zapatos y ya saben que, cuando Samantha se descalza, no hay límite de intensidad. Ella canta con su pasión habitual, expresando toda la frustración del enamorado que quiere tener a su pareja cerca, que no soporta la separación. Hay un momento en que la voz no es bastante para expresar todo ese sentimiento devastador y es entonces cuando ella usa su inimitable técnica con la guitarra solista, con un fraseo en crescendo que lleva al éxtasis, casi a que se te salten las lágrimas. Y lo tiene todo organizado para que le traigan al final la kerosene can guitar, para seguir a toda pastilla con la canción siguiente del show. Disfrútenla. Y sean felices. La vida merece la pena, en todo caso.