martes, 15 de octubre de 2019

876. Mdgscr 1: los lémures

Bueno, aquí estoy de nuevo después de un lapsus inhabitual por lo largo. El blog hay que reactivarlo, que, si no se le alimenta debidamente, enseguida vanishes into thin air, que dicen los ingleses y que podemos traducir aproximadamente por se va a la mierda. Dejo constancia de mis disculpas y espero que sepan comprender mis razones. Cuando uno se embarca en un viaje de grupo, como el mío a Madagascar, su identidad individual desaparece, se diluye y uno pasa a formar parte de una identidad colectiva, en la que es difícil abstraerse un rato para centrarse en tareas como escribir un post, que es algo que requiere un mínimo de privacidad y tiempo libre. El grupo toma sus decisiones (de forma democrática o autoritaria) y desarrolla una actividad incansable que abarca todo el día. Cuando uno llega por la noche a su cuarto de hotel compartido, está tan agotado que no tiene la energía necesaria para escribir nada. A esto se suma el hecho incontestable de que en ninguno de nuestros alojamientos había WiFi en los cuartos, sólo un poco en la recepción, intermitente y de baja calidad.

Tengo notas tomadas y escenas guardadas en mi memoria para hacerles un relato detallado del viaje y es lo que me dispongo a hacer. En el título de la serie le he quitado las vocales al nombre para expresar mi voluntad de resumir y abreviar, porque si lo cuento todo acabaremos en Navidad. Aunque lo cierto es que tampoco pasaría nada si de aquí a fin de año me dedico en exclusiva a hablar de Madagascar, que sobre los otros temas de actualidad ya tienen ustedes información de sobra. Acerca del prusés son conocidas mis opiniones, la sentencia me parece bien y nos la van a meter hasta en la sopa. El traslado de los restos de Franco es un ejemplo claro de McGuffin, ese truco tan querido por Alfred Hitchcock, que consiste en tener al personal entretenido con un asunto que parece crucial, cuando en realidad es circunstancial, para distraerlo de los asuntos verdaderamente importantes. Quédense con la idea: en estos momentos Franco es un McGuffin.

En cuanto al impeachment a Trump, es un asunto peligroso. Si no triunfa, el presidente saldrá muy reforzado para su reelección. Nancy Pelosi lo sabe desde siempre; por eso se ha opuesto siempre a su iniciación. Si ahora ha aceptado es porque parece que hay pruebas incontestables de que el presidente es un cabrón y un pedorro. Pero en toda la historia de los USA ningún impeachment ha triunfado, solamente el de Nixon parecía tan claro que el tipo prefirió dimitir antes que sufrir la indignidad de que lo echaran formalmente. Y nos queda hablar del Deportivo, colista de la Segunda División, situación que no recuerdo en mis casi 69 años de vida. Así que mejor correremos un tupido velo sobre este asunto lamentable. Les recuerdo también que pasado mañana jueves, me voy a Innsbruck, con mi compañera M. para el último arreón del concurso EUROPAN 2019. A la vista de todo esto parece más prudente y práctico que nos centremos en Mdgscr. Mi intención es compaginar una cierta cronología del viaje con algún tema concreto de interés, que se destacará en el título del post.

Les cuento por tanto que mi primer día de viaje fue un interminable desplazamiento iniciado a las 6 de la mañana en Barajas, en donde nos reunimos todo el grupo a las 4 de la madrugada. Un trayecto breve a París, una escala corta y luego un largo vuelo de doce horas París-Antananarivo. Bajando del avión, observamos que algunos pasajeros corrían apresuradamente para ponerse los primeros en la cola ante las ventanillas de la aduana. En el trámite de entrada se pierden unas dos horas y pico, que se suman a la paliza anterior. Allí parados y hacinados con el equipaje de mano bien sujeto, por en medio pasa un funcionario con una especie de pistola de rayos paralizantes, que apunta a la cabeza de algunos viajeros y que da bastante miedo. Luego me explicaron que se trata de un aparatito que mide la fiebre, para detectar pasajeros que vengan enfermos de malaria, cólera, tifus o fiebre amarilla. A mí me disparó por sorpresa en todo el entrecejo un tipo con cara de poca-broma-poquita-broma y les juro que me llevé un buen susto. Debe de ser que me vieron muy blanco y depauperado.

El trámite es tedioso, y te hace ir pasando por sucesivos mostradores, en donde hay bastantes funcionarios: uno mira el pasaporte y compara la cara con la del viajero (yo me tuve que quitar las gafas), otro comprueba el impreso que hay que rellenar en el vuelo y le pone con mucho cuidado un sello, que repite en el pasaporte, el siguiente firma ambos sellos, otro les pasa un secante, el siguiente se queda con el impreso, que sitúa sobre un montoncito de papeles similares y le entrega el pasaporte a un último sujeto que se lo queda vaya usted a saber para qué. Luego tienes que esperar a que te llamen por tu nombre y te lo devuelvan con todos los sellos de entrada. Tras ello todavía hay que pasar por un puesto de la policía en donde te revisan que esté todo bien. Un proceso totalmente analógico, como ven, en un país al que la revolución digital aun tardará en llegar. Una vez dentro del país, se puede pasar a recoger los equipajes facturados, que algún mozo caritativo ha reservado a un lado para que no estén dando vueltas y vueltas en la cinta mientras te arreglan los papeles.

Con los equipajes completos, te asalta un montón de gente que te ofrece taxis, hoteles, o simplemente cargarte el equipaje a donde sea. Uno del grupo salió a la calle a buscar al guía que teníamos contratado. Se llamaba Alain y es un merna auténtico, de rasgos malayos, pelo liso y barba rala de oriental. Es un chaval educado, que habla un español perfecto, que aprendió en la Universidad de Antananarivo, en donde cursó Filología Hispana. Nos esperaba fuera con un minibús que nos trasladó al hotel, en medio de la noche. Una vez dejadas las cosas en los cuartos, se lo creerán ustedes o no, pero mis compañeros y yo preguntamos si podíamos salir a dar una vuelta por la ciudad (el cansancio es algo que ni se menciona en este grupo). Nos dijo Alain que no era aconsejable en absoluto, que nos podían asaltar y robar el móvil y todo el dinero. Esta situación sólo se daba en Antananarivo, el resto del país era más seguro. Así que nos fuimos a dormir.

El segundo día amanecimos con el sol a las 5.30 de la mañana y salimos a desayunar a una amplia terraza sobre la ciudad. De los barrios más próximos subía el murmullo inconfundible de las ciudades africanas, trufado de gritos y bocinazos, testimonios sonoros del cáos urbano. Inmediatamente nos pusimos en camino en el minibús, en dirección a Andasibé, en la costa oriental de la isla. La carretera era bastante aceptable, a pesar de tener baches como pequeñas piscinas. Es una zona montañosa y de selva, en la que llueve casi siempre. Llegamos a tiempo de dar una vuelta por el pueblo y ya observamos a la mayoría de la gente caminando descalza por los charcos y el barro. Nos dijo Alain que lo de ir descalzo es una cuestión cultural, que la gente no es tan mísera como para no poder adquirir unas chanclas. Pero a las 18.00 cayó la noche y hubo que retirarse al hotel, porque en el pueblo no había luz ni agua. Como ya les he dicho, nunca en mi vida había estado en un lugar tan pobre.

El tercer día lo pasamos íntegramente en el lugar, visitando varios parques nacionales y jardines en los que observar la flora y la fauna locales, para volver a dormir al mismo hotel, un lugar más o menos correcto, sin medidas antimosquitos, porque es una zona con unas temperaturas tan bajas que no hay mosquitos. Entre los parques que visitamos está el llamado Vakuna, en el que hay animales más o menos acostumbrados a la presencia humana. Además de Alain, nos acompañaba un guía del parque y un par de ayudantes que saben cómo hacer venir a los lémures, un animal que sólo existe en Madagascar. Los lémures son los primates más antiguos del mundo, tan ancestrales que ni siquiera tienen cara de mono, sino casi de zorro. Viven por los árboles, por donde se desplazan con agilidad y se alimentan de frutas y verduras. Hay muchas especies de lémures, desde los más pequeños, como el lémur rata, que sólo se puede observar  por la noche. Había unas excursiones nocturnas para ir con un guía con linterna, pero no nos apuntamos a ninguna. En el otro extremo, el indri indri, que pesa unos diez kilos, se alimenta de la hoja del bambú y es difícil verlo de cerca. Abajo tienen algunas imágenes de lémures, empezando por el pardo, el más común.



Los lémures viven unos 20 o 30 años. Su época de apareamiento es variable, pero abre un período de embarazo de unos tres/cuatro meses. Cuando nacen los pequeños lémures, se pasan otros tres meses en una bolsa abdominal de la madre, como los canguros. Es frecuente verles asomados estudiando el exterior. A continuación se pasan a la espalda de la madre, en donde siguen otros tres meses más y luego ya empiezan a andar por el suelo y los árboles, pero no abandonan el núcleo familiar. Los lémures son monógamos y los grupos familiares son de unos diez o doce individuos. Los hijos están con la familia dos años, hasta que son adultos para poderse aparear y formar su propia familia. Se comunican entre sí con un lenguaje que se compone de tres sonidos básicos: contacto, alerta y amor. Los expertos del parque saben imitarlos perfectamente y así los atraen. Luego les ofrecen trozos de zanahoria o de mango y se acercan a cogerlo. Hacen un gesto característico, con una mano fría te sujetan la mano y con la otra cogen el trozo de fruta. Aquí unas imágenes del sifaka, el lémur más elegante.



Por último, el miska cat, el lémur gato, el de la cola más vistosa. Vimos muchos de estos miska cat por todas las zonas boscosas de la isla, que son escasas porque es un país deforestado en casi un 80%. El miska cat es el que más confraterniza con los humanos, como verán en las imágenes de abajo. Pero no les gusta que les acaricien el lomo. Uno al que se lo hice por desconocimiento, me amagó con un mordisco a la mano, pero sin llegar a apretar, a modo de advertencia, como acostumbran a hacer los gatos.




Vistas estas fotos, les deseo que sean felices, como aparezco yo en la última imagen. Escribí este texto ayer por la tarde pero quería repasarlo por la mañana y hasta última hora no he encontrado un rato. Hasta pronto.

sábado, 5 de octubre de 2019

875. África es diferente

Escribo hoy desde la Salary Bay, la bahía de Salary, un lugar perdido en el fondo de la isla de Madagascar, en donde las condiciones del WiFi me pueden permitir colgar un texto breve, no sé si con fotos. África es un lugar diferente, en donde las condiciones de vida son primitivas y te puede pasar cualquier cosa. Este es mi primer viaje al África subsahariana y lo estoy disfrutando como se merece. Desde que terminamos nuestro descenso del río Tsiribihina, nos hemos movido en tres todoterrenos por los caminos inexistentes de las tierras malgaches occidentales, para acercarnos a lugares como Belo sur Mer, o Andavadoaka, poblados remotos de las etnias Sakalava y Vezo, en donde nos hemos mezclado con la población, comido sus pescados recién capturados y cocinados al grill y, en general, aceptado su vida de sol a sol, porque no hay electricidad y después de las 6 de la tarde el mundo se acaba hasta el día siguiente. 

Viajar por África es duro, a menos que se haga en las condiciones de lujo que ofrecen las agencias. A mí esta dureza me recuerda en cierta forma al esquí, que yo aprendí de mayor y que practiqué durante unos años, hasta que se disolvió el grupo al que me había apuntado. Quiero decir que esquiar no es lo mismo que hacer carrera de fondo, que es mi deporte más querido. Para correr, yo simplemente me calzo unas zapatillas, me pongo cualquier camiseta y bajo al Retiro a disfrutar. Para esquiar has de coger el coche, cargarlo con pertrechos sin cuento, atravesar zonas heladas en las que a menudo has de ponerle las cadenas a las ruedas, dormir en lugares apenas acondicionados con un frío de la hostia. Luego, después de desayunar, has de vestirte con una especie de armadura, culminada en unas botas que te aprietan por todos lados y te impiden andar, versión moderna de la tradicional bota malaya, cargar con los esquís, hacer unas colas tremendas para subirte en un remonte que las primeras veces te tira de espaldas al suelo, aceptar que te agarre por los huevos y te suba en una pequeña cumbre en la que un profesor te enseña a hacer la cuña y, medio muerto de miedo, consigues hacer unas cuantas eses.

Después de varios días de tortura en los que terminas agotado y lleno de golpes para comprobar que apenas avanzas en el aprendizaje, cuando ya te estás preguntando si toda esa parafernalia tan costosa y aperreada merece la pena para bajar una pista verde a poquitos de cuña en cuña, de pronto hay un día en que, casi de forma mágica, te sale el paralelo y empiezas a deslizarte armoniosamente, mientras en tu mente suena algún olvidado vals de Strauss, y entonces es cuando empiezas a entender un poco lo que es el esquí y por qué le gusta tanto a sus forofos. Pues esto de África es lo mismo. Aquí has de empezar por calzarte un interminable viaje en avión y pasar una frontera en la que te cuesta más de dos horas que te pongan el sello de entrada. Luego pernoctar en lugares penosos, en los que has de protegerte de los mosquitos que te pueden transmitir la malaria y otras diez o doce porquerías (por no hablar de las vacunas y profilaxis que has de tomarte antes de viajar).

Levantarte cada mañana, ducharte con agua fría, contemplado por algunas arañas impasibles y salamanquesas amigas. Luego darte un protector solar para no acabar el día convertido en un cangrejo hervido. Y encima del protector solar una loción antimosquitos. Luego desayunar un café infame con algunos bollos más o menos apelmazados y enseguida montarte en un cuatro por cuatro, para afrontar un camino polvoriento, bajo un sol inmisericorde, a menudo sin aire acondicionado, y meterte al cuerpo un trayecto de siete u ocho horas, en el que apenas has podido hacer unos 200 kilómetros. A todo esto, has de sufrir la proverbial cagalera, además de constipados o conjuntivitis por el polvo del camino, que hace que tu ropa de color claro acabe el día roja y asquerosa. Para llegar a un hotel que sólo tiene de tal el nombre, porque apenas tendrá un camastro con una mosquitera remendada y un plato con una espiral de esas que se ponen a quemar para ahuyentar a los diversos insectos.

Pero hay un día en que te sobrepones a todo eso, que admites las incomodidades como algo consustancial a la realidad africana y hasta integras la cagalera como algo cotidiano e inocuo. Y, como el día en que, esquiando, te sale el paralelo, empiezas a disfrutar de una auténtica experiencia iniciática, en tu mente resuenan cánticos primitivos elegíacos y te vas extasiando sucesivamente ante tanta belleza como encierra este continente, en sus bosques, en sus gentes, en su cultura. Este viaje está para mí lleno de escenas y peripecias acojonantes, de las que he ido tomando nota y de las que les informaré con todo el detalle en cuanto tenga tiempo a mi vuelta. Como el propio descenso del río, la visita al Tsingi grande, los baobabs gigantescos de reminiscencias prehistóricas, o el cruce de ríos sobre una especie de almadía de madera, de la que tiran a mano un porrón de negros hundidos en el río hasta la cintura, que mueven a pulso la plataforma con los tres coches encima, porque se ha acabado la gasolina para el motor del ingenio, o el gobierno la ha subido y ya no la pueden comprar.

Y todo eso rodeado por una gente de una humanidad extraordinaria, que te dan su comida, que te cantan y te bailan melodías ancestrales sin apearse nunca de su risa de sandía recién cortada. De todo esto les hablaré en mis textos al respecto. Además, he de decirles que Madagascar es diferente del resto de África, porque es el resto de otro continente, Godwana, hundido en el mar en su mayoría. Por eso su fauna y su flora son diferentes. Aquí es el único lugar del mundo en el que hay lémures, el primate más antiguo y primitivo del mundo, con cara más de zorro que de mono. Y seis de las ocho especies de baobabs registradas en el mundo por los botánicos se dan únicamente en Madagascar. Hoy voy a intentar subir este texto con unas fotografías elegidas al azar, alguna de ellas ya mandada a muchos de mis lectores por whatsapp. Y, a modo de aperitivo, les voy a contar también una pequeña historia. En Madagascar hay tres zonas de influencias culturales diversas. La asiática que visitamos los primeros días, la africana que influye en todo el sur y una tercera: la árabe, del extremo norte.

Y en esta zona de ancestros árabes se realiza una fiesta que no tiene parangón en ningún otro lugar del mundo: la fiesta de los muertos. En esta zona, los muertos se entierran envueltos en una mortaja directamente en la tierra, como hacen los árabes. Pero, cinco años más tarde, se hace en su honor la fiesta de los muertos. Se desentierra el cuerpo, se le coloca (a lo que quede) una mortaja nueva y se le pasea por todo el pueblo entre cánticos, danzas y mucho alcohol. Las familias se gastan todo su dinero en esta fiesta y a menudo se endeudan de por vida, para honrar debidamente a sus mayores y garantizarles el descanso definitivo, tras esos cinco años de situación transitoria, que son como una especie de purgatorio. Es una costumbre bárbara, ligada a tradiciones animistas, que sostienen que el alma no muere, sino que el difunto permanece entre sus familiares y se puede cabrear si no se le honra adecuadamente.

En nuestro trayecto pasamos cerca de alguna de estas celebraciones (en preparación) y le preguntamos a nuestro guía Alain si podíamos acercarnos. Nos dijo que ni de coña. Esa es una fiesta privada, sobre la que no se debe bromear o frivolizar. Y ellos saben que los blancos no compartimos sus creencias. Les dejo unas cuantas fotos.   






lunes, 30 de septiembre de 2019

874. Message in a bottle

Esto es lo que escribí ayer en Bekopaka (Madagascar). Luego intenté subirlo al blog, pero no pude por las ruinosas condiciones del WiFi en la zona. Lo subo hoy desde Morondava, algo más al sur, en donde tenemos un hotel mejor con una WiFi más presentable.

Estoy finalizando mi octava jornada de estancia en Madagascar, un lugar remoto, a kilómetros de la civilización, en donde el WiFi va como el culo, así que no puedo cumplir con ustedes con la regularidad y formalidad de costumbre. Para que se hagan su composición de lugar, estoy en el Orquidée Hotel de Bekopaka, un lugar cerca de la costa occidental de esta isla, que creo que es la tercera más grande del mundo, detrás de Groenlandia y alguna isla del Canadá, puesto que Australia ya se considera continente. En el pueblo no hay ni luz ni agua, algunas tiendas tienen generadores propios, lo que les permite una iluminación minúscula después de las seis de la tarde que les da para continuar sus negocios míseros hasta que los últimos recalcitrantes y juerguistas locales se van a dormir. Por supuesto, conceptos como asfaltado, aceras o alumbrado público son simples sueños en esta zona.

El hotel es un conjunto de bungalows a las afueras del pueblo, bien diseñado y construido, seguramente por algún europeo, pero bastante mal mantenido. El agua sale por los grifos con un olor fétido y un color en consonancia. Imagino quer se trata de agua traída directamente del cercano río, sin clorar ni tratar de ninguna manera. Pero en la ducha sale caliente y con potencia. Lo que permite ducharse con jabón y champú abundantes. La luz es de generador propio y la cortan a las 12 de la noche hasta las cinco de la madrugada. Las camas tienen mosquiteros antiguos, sujetos sobre un entramado de palos mínimamente sujetados, que de vez en cuando se derrean como los naipes de un castillo y se te caen encima. Dada la pobreza del entorno, el hotel cuenta con un buen restaurante en donde te ofrecen pizzas y un menú con un primero único y dos segundos a elegir, carne y pescado. Hay que avisar por la tarde de que vas a cenar, para que te reserven, porque en caso contrario te puedes quedar sin cena un domingo como hoy en el que vienen por aquí todos los guiris del entorno.

Las clásicas cervezas de dos tercios de litro (típicas de los países del sudeste asiático, no de África, por lo que yo sé) son de la marca local Three Horses, tres caballos, que está buenísima y de la que suelen caer al menos dos, comida y cena. Los africanos son buenos cocineros, hacen platos muy simples, pero elaborados, a base de arroz o pasta, con parte más sustancial de zebú, cerdo o pescado. Especian y aderezan bien la comida, a cuya elaboración dedican mucho tiempo, desde comprar los ingredientes, lavarlos, cortarlos y cocinarlos a fuego lento. El idioma de los malgaches es el malakatsi, que es con el francés la lengua oficial de la República Malgache. Pero la gente más cultivada o que se dedica al incipiente sector del turismo, sabe también inglés. El país cuenta con 18 etnias diferenciadas y reconocidas, entre ellas los merna, de la zona de la capital Antananarivo, y los sakalava, los más específicamente africanos.

Porque la isla recibió a sus primeros humanos (Sapiens) desde  tierras de Malasia e Indonesia. Muchos siglos después, algunas tribus africanas de etnia bantú, que son pequeñitos, lograron cruzar el llamado Canal de Mozambique y se asentaron en la parte occidental de la isla, mezclándose con los malayos y generando las demás etnias híbridas. Alain, nuestro guía para todo el viaje, que nos esperaba fuera del aeropuerto de Antananarivo con un cartel con el apellido que le habíamos dado en la reserva, es un merna auténtico, con ojos achinados, pelo liso, piel de color marrón claro, barba rala de oriental y tranquilidad máxima. Es universitario, cursó estudios de letras en la universidad de la capital y allí aprendió el español súper correcto que maneja. El idioma malakatsi gusta de las repeticiones de palabras, que enfatizan su significado. La moneda local, por ejemplo, es el ari ari. Un euro vale exactamente 4.020 ari aris. Pero la frase más pronunciada por esta gente, la primera que aprende el extranjero, es mora mora, que ellos pronuncian murra murra. Mora, dicho una vez puede significar fácil, sencillo, barato, suave, tranquilo. Repetido se convierte en una admonición que significa algo así como tranqui, colega, o take it easy. Es lo que le dicen al foráneo cuando les pretende meter prisa, con la típica ansiedad occidental, reloj en mano.

Aquí no hay prisa, ni programa ni, desde luego, puntualidad. La respuesta a esos requerimientos es murra murra.  Madagascar es el octavo país más pobre del mundo, la gente no pasa hambre porque hay árboles del mango y la papaya por todas partes y se cultiva arroz en cualquier rinconcito, a pesar de lo cual han de importar arroz de fuera, porque la gente come arroz blanco sin sazonar, como condimento de sus comidas tres veces al día. Esta es una de las influencias claras de Asia, junto con los bici-taxis para dos personas, que apenas se ven en África según me dicen, y la laboriosidad: los de origen malayo están todo el día ocupados en sus múltiples negocios, mientras los africanos gustan de bailar, beber, escuchar música y tocarse las pelotas a dos manos.

Los primeros días estuvimos por la zona centro oriental, en torno a Andaribé. Es una zona muy asiática, extremadamente pobre, muy verde y lluviosa. La gente de los pueblos va descalza en su mayoría, pisando por los charcos. Allí visitamos varios parques nacionales con mucha fauna autóctona. De allí bajamos a Antsaribé, la tercera ciudad del país, para dormir una noche en un hotel decente. Desde allí, en un mini-bus, cortamos hacia Miandrivazo, en donde nos desplazamos directamente hasta un puerto fluvial del Tsiribihina, para montarnos en una antigua barca de carga, de los tiempos de La Reina de África, en el que iniciamos el descenso del río que ha durado tres días, sin WiFi, ni duchas. Una inmersión en el África profunda, como un viaje inverso del Corazón de las Tinieblas de Conrad. Ayer llegamos a Belo sur Tsiribihina, de donde subimos un poco hacia el norte hasta Bekopaka, en donde hoy hemos visitado el llamado Tsingi grande, una formación kárstica declarada Patrimonio de la Humanidad.

Voy tomando nota de todo y ya les contaré mis impresiones más destacadas cuando tenga margen. De momento quédense con estos grandes trazos: país muy pobre, gente descalza, niños a miles por todas partes, escolarización no obligatoria y, por tanto, minoritaria, economía en picado. Y un territorio deforestado en un 80%. Demasiados frentes. ¿Por dónde empezar? El actual presidente del país es un disc-jokey, propietario de una empresa grande de saraos, bodas y bautizos. Prometió el paraíso y repartió camisetas naranja con su foto, que ahora llevan muchos malgaches. En cuanto tocó poder, se olvidó de sus promesas, me dicen. En la capital hay una Alcaldesa, que intentará renovar su mandato en las elecciones locales de diciembre. Ahora mismo, el país está reseco, al final de la estación seca. En octubre empezará la lluvia fina y en diciembre los diluvios.  

El turismo podría salvarles, pero la infraestructura es desastrosa. No hay ni carreteras. Desde Bekopaka hasta el Tsingi grande hay hora y cuarto de pista de arena endiablada y agotadora, que ha de hacerse en convoy, en una caravana de unos diez o doce todoterrenos escoltados por un vehículo militar, con soldados armados con fusiles y con chalecos antibalas. Es una medida de seguridad frente a cuadrillas de bandidos sakalava que parecen tener la mala costumbre de asaltar y secuestrar a los turistas. Mañana saldremos hacia el sur, en busca de algunas playas paradisiacas. Les iré contando. De momento, desde el corazón del África profunda, esta es una llamada de socorro. Un mensaje en una botella. SOCORRO. Hagan algo. He escrito esto en un rato en mi habitación del hotel, donde no tengo WiFi. En el restaurante y la recepción hay a veces unos segundos de conexión. A ver si puedo colgar este texto y la canción correspondiente de The Police. Disfruten de la comodidad del mundo occidental.