domingo, 3 de marzo de 2019

814. Mis andanzas parisinas

Empiezo a escribir en el hotel de Lille en el que estoy alojado, confiado en tener un buen viaje de vuelta y completar este texto desde mi casa en Madrid. Hasta aquí, está siendo este un viaje venturoso y les voy a hacer un resumen de mis andanzas, para que lo puedan entender en su conjunto. Además, me consta que algunos de mis lectores utilizan mis textos para ayudarse a diseñar sus propios viajes. Por ejemplo, mi recuperado amigo Berto me confesó que había ido a Roma y a Florencia con mis posts al respecto a modo de guía, y que incluso había ido a comer a los restaurantes que yo citaba. Motivo suficiente para que les complete una reseña de mis últimas aventuras, omitiendo, por supuesto, lo que ya está contado en los posts precedentes. Tengo que decir también que algunas de las referencias que daré aquí, ya se han citado en textos antiguos, pero muy pocos de mis lectores me siguen desde el principio y, además, ya saben que los viejos siempre nos repetimos, como el abuelo Cebolleta. 

El jueves 21 de febrero, volé a mediodía a París, me moví en transporte público hasta encontrar la casa de mi nuevo amigo Alain y participé en la cena que preparó para esa noche, con una docena de comensales. El viernes acudimos a la Universidad París 8 para mi charla, luego comimos en una brasserie en la misma plaza de Clichy (media docena de ostras como entrada del menú del día) y luego paseamos por Montmartre, hasta que mi amigo  se quedó en un teatro y yo regresé en Metro a su casa. El sábado me despedí de Alain y, con mi equipaje, me desplacé al Metro Bastille, donde esperé en un café a que llegara mi hijo. Apareció al rato con dos amigas, una de ellas urbanista. Tras dejar mis cosas en su casa, se ofrecieron a acompañarme a visitar las obras ya comenzadas de una operación cercana de Reinventer Paris, la denominada Morland. Para mi sorpresa, se trata de la reforma completa del edificio donde estaban las oficinas de urbanismo del Ayuntamiento de París, la sede del APUR y los viejos despachos de Philippe y su gente, donde tantas horas pasé trabajando para el proyecto de Sri Lanka.

Hace un año, cuando vine con mi jefa y mi compañera M. estuvimos con la gente de urbanismo en este edificio y nos comentaron que pronto se tendrían que trasladar, pero yo no había procesado esta información en todo su alcance. Ahora, al parecer, las oficinas del APUR se han trasladado a una sede alquilada detrás de la Gare de Lyon, y el gigantesco edificio (que antes del APUR albergó la Prefectura central de París) ha sido vaciado completamente y va a ser convertido en un conjunto de usos mixtos, con un enorme hotel, vivienda social y no social, y diversos equipamientos. ¿Les suena este tipo de operación? Sí señor, han acertado. Es exactamente lo mismo que hizo la denostada señora Botella con nuestra sede histórica de la Gerencia de Urbanismo, para demolerla y sustituirla por viviendas de alto standing. Para lo cual hubo de desterrarnos a la Isla de Alcatraz, también a un edificio alquilado. Moraleja: en todas partes cuecen habas, aunque algunos las camuflen llamándolas cassoulet. Aquí unas fotos que fui tomando sobre este gigantesco pelotazo, a diversas horas del día y la noche.




Quien haya tenido la paciencia de leer mi serie Recovering myself, sabrá que el objetivo de Reinventer Paris era exclusivamente movilizar la inversión, algo muy diferente del Reinventing Cities internacional, en el que priman los objetivos sociales y medioambientales. Por eso en París los inversores acudieron como moscas a la mierda mientras, por ejemplo, en Madrid las estamos pasando canutas para que entren algunos. Otro matiz: el proyecto, de David Chipperfield, mantiene las fachadas del edificio preexistente que, en mi opinión, no tiene especial valor arquitectónico. Me malicio que, si hubieran propuesto demolerlo para construir otro (algo que les resultaría mucho más barato), probablemente perderían edificabilidad. Con la gran promoción inmobiliaria, nada es casual.

Ese día me di después con mi hijo un largo paseo por la zona del antiguo Canal de París, al otro lado de Republique, un lugar por el que tantas veces paseé con Philippe. Dicho canal, poco antes de Republique, entra en subterráneo, para salir después junto al bulevar Henry IV, después de Bastille. Comimos por allí y luego regresamos a echar una siesta. Por la tarde/noche, nos dirigimos al Marais, el viejo barrio judío en torno a la maravillosa plaza de los Vosgos, luego reconvertido en barrio gay, como Chueca. Cenamos algo rápido y nos fuimos a dormir. El domingo, como ya he contado, me levanté el primero y me fui a patear París. Bajé por el Bulevar Henry IV, para alcanzar el Pabellón del Arsenal, donde el año pasado celebramos el Meet Up París de Reinventing, y tomé el Pont de Sully para acceder a la Île Saint Louis. Y recorrí todo a lo largo esta isla mítica donde ya he contado que vivía George Moustaki, que entretenía su ancianidad saliendo algunas noches con su moto de gran cilindrada para vagar por las calles de París avec sa gueule de métèque, de juif errant, de pâtre grec, et ses cheveux aux quatre vents… 

Crucé a la Île de la Cité, bordeé Nôtre Dame y busqué la pequeña Place Dauphine, en donde está el restaurante Monsieur Paul, donde el comisario Maigret acostumbraba a tomarse un tentempié de la cocina más francesa, al salir de la cercana Prefectura en la que trabajaba. Al otro lado de la plaza vivió la gran Simone Signoret, con su marido, el no menos grande Yves Montand, que, al parecer, la hacía sufrir bastante, con infidelidades y otras formas de maltrato. Pero al pasar había observado que la cola para visitar la Sainte Chapelle era muy escueta, así que regresé y me coloqué detrás de una pareja de japoneses, para ver esta joya del gótico tardío que nunca había visitado antes, porque siempre hay una cola monstruosa de turistas pedorros. En el folleto que reparten en español dicen que es un ejemplo de gótico radiante, sin duda una traducción automática del Google Translator. Cuando yo estudiaba Historia del Arte, a este estilo se le designaba como gótico flamígero. Vean algunas de las fotos que le hice.






Después crucé hacia la rive gauche. En esta zona, el eje fundamental es el Boulevard Saint Michel, que los parisinos llaman el Boul-Mich y sale en perpendicular al río. A su izquierda se sitúa el llamado Barrio Latino, antaño el lugar de los artistas y bohemios, enfrente de Nôtre Dame. Hoy este barrio, en torno a la rue de la Huchette, está totalmente tomado por el turismo masivo, es decir, hordas de chinos, viajeros del Este o españoles de provincias, abarrotando las calles de empedrados añejos, entre tiendas de souvenirs, bares infectos, restaurantes griegos supercutres, hamburgueserías y locales para borrachos. Pero a la derecha del Boul-Mich, está una de mis zonas favoritas de París, la que vertebran la rue St. André des Arts, el Odeon, el marché Saint Germain, el Palais Louxembourg y el pequeño parque del Jardin de Louxembourg, por el que he corrido varias veces. Anduve un buen rato callejeando por esta zona, me compré un libro de fotografías de Robert Doisneau y me senté a tomar una birra en la terraza del Café des Editeurs. Allí me llamó mi hijo con el ukase de que no comiera nada, porque teníamos la ceremonia de la pasta a mediodía. Por la tarde, todo el grupo de italianos y asociados deambulamos por Pigalle/Montmartre y luego cené con mi hijo en un café del Marais.

El lunes, al contrario del día anterior, me levanté el último. Me vestí y salí a holgazanear un rato por el Marais, especialmente por la rue des Rosiers, centro de actividad peatonal del barrio judío, lleno de restaurantes donde expenden el típico falafel, que está muy bueno. El más famoso de ellos es el llamado El As del Falafel, siempre con una cola por lo menos mediana. Me comí un falafel por la calle, rodeé el Pompidou y llegué a Chatelet-Les Halles, donde cogí el Metro para ir a visitar a Philippe. Esa noche cené con mi hijo y sus amigos en el Café des Filosophes, que ya conocía de otros viajes.

El martes, mi amigo Alain me había ofrecido acompañarme a ver alguna zona de crecimiento de París. Quedé con él a comer. Por la mañana visité otros dos proyectos en obras de Reinventer Paris, antes de dirigirme al lugar de nuestra cita, el restaurante L’Arrosier, bajo los arcos de ladrillo que sustentan el llamado Coulé Vert, antiguamente conocido como La Promenade Plantée. Es este un jardín lineal de 4,5 kilómetros construido sobre una línea de ferrocarril elevada en desuso. Es decir, el mismo concepto que el High Line de Nueva York, pero muchos años anterior. Comimos muy bien, por mi parte una blanquette de ternera, que es un guiso hecho con una especie de bechamel muy suelta, bastante típico de Francia. Y echamos a andar, de nuevo hacia la rive gauche. Mi amigo me guió a la Gare d’Austerlitz, que no conocía.

Las vías que salen de la estación han sido cubiertas por una plataforma sostenida sobre robustos pilares, sobre la cual se lleva construyendo un nuevo barrio de oficinas desde hace unos treinta años y le faltan otros diez para completar el último sector, ya llegando al Peripherique. Es una zona enorme, que bordea por detrás la biblioteca François Mitterand y que recorrimos hasta el final. Es decir, es más o menos lo que se quiere hacer en la Operación Chamartín. Todo lo que se hace por cualquier parte, se ha realizado ya en París. Al final, cruzamos el Sena, y volvimos por la otra orilla hasta la zona de Bercy, donde me despedí de mi amigo que se fue caminando a su cercano domicilio, mientras yo tomaba el Metro a Bastille. Acabé agotado, no sólo por la distancia recorrida, sino porque Alain se conoce la intrahistoria de cada uno de los edificios y te la explica entera. Del estilo: aquí Mitterand estaba empeñado en que hubiera oficinas, pero inauguraron el edificio y nadie venía para ser el primero. Pero Mitterand tenía un cuñado que era el gerente de la compañía farmacéutica Nosecuantos y le dijo: Fulano, ven a poner la sede aquí. El tipo vino y así se animaron los demás. Entonces, se volvió a ir. A la cuarta historia de este tenor, yo ya había rebasado mi capacidad de registrar más datos. Aquí unas imágenes de esta proto-operación Chamartín.


 
Esa noche acabé tomándome un bocata con mi hijo y esto nos lleva al miércoles. Ese día tomé de nuevo el Metro para ir a la zona de Nanterre, más allá de la Défense. Tenía allí una cita con dos amigos más. Marie-Christine Duriez, arquitecta del CAUE (Conseil de la Architecture, l’Urbanisme et l’Environnement) del departamento de Hauts du Seine. Y Joris Fromet, joven arquitecto al que conozco hace tiempo, puesto que se dedica a organizar viajes de estudios y, cada vez que viene a Madrid cuenta conmigo para alguna conferencia o una visita al río. El CAUE le ha contratado para que les monte un viaje, que tendrá lugar a mediados de mayo y ya vinieron en enero para una visita previa. Me estuvieron enseñando sus oficinas y una exposición de vistas aéreas de ciudades que tienen en la planta baja. Luego me invitaron a comer en una terraza cercana, al sol magnífico que he disfrutado durante toda mi estancia en París. Marie-Christine se despidió allí y Joris me acompañó un rato hasta el Arco de la Défense. Algunas imágenes de este centro de oficinas parisino.







En lo alto del arco de la Défense, encontré una exposición extraordinaria de fotografías del archivo de la revista Salut les Copains, una especie de Hola privado que montaron Johnny Halliday y sus amigos. Allí estaban Antoine, Jacques Dutronc, Eddy Mitchel y tantos otros de los que se ha hablado en este blog. Les dejaré de propina algunas fotos que tomé de la expo. Para terminar les cuento que esa tarde regresé a casa de mi hijo a echarme una pequeña siesta y escribir un post sobre la verdadera naturaleza de la amistad. Que ese día Kike no salía hasta las 10 y pico de la noche y no tenía plan de cenar. Que al anochecer caminé hasta el barrio Latino, el único lugar al alcance donde ver el Madrí-Barça en algún bar. Que encontré un lugar colombiano donde vi el partido en compañía de una banda de latinos que gritaban cosas como ¡¡¡Tremenda atajada del arquero!!! Que regresé después de las doce a pasar mi última noche en Paris. Que el jueves desayuné con mi hijo y luego me dirigí a la Gare du Nord en Metro para coger el AVE a Lille. Ya les dejo con las imágenes de Salut les Copains. Espero que ustedes hayan pasado también una buena semana.


Aquí el grupo al completo. Pueden distinguir a Adamo, Hallyday, Antoine y otros

Aquí Johnny Hallyday entre Silvie Vartan y Françoise Hardy

El gran Jacques Dutronc.

El macarra Eddy Mitchel.

La guapísima Silvie Vartan

Antoine, siempre provocador.


Por último, una de los Beatles con cara de mosqueo, como diciendo: –A ver si termina ya el coñazo de fotógrafo este.


miércoles, 27 de febrero de 2019

813. De la vida, los amigos

El título es parte de algún viejo dicho manchego y, como tal, me lo revelaron mis colegas de Ciudad Real, con los que ya he viajado a Birmania y Chile, y estamos empezando a preparar una nueva aventura que ya se comunicará en el blog a su debido tiempo. Escribo desde París, de donde partiré mañana hacia Lille, y tengo que empezar diciendo que me alegra un montón que le hayan dado el Óscar a la mejor película, a Green Book, una maravilla que pude ver en Madrid y que les recomiendo encarecidamente si es que todavía no la han visto. Además, con toda justicia, se ha llevado también el Óscar al mejor guión original y algún otro de menos calado. Realmente, cuando los guionistas de Hollywood se ponen a trabajar en serio, el resultado es insuperable. La película cuenta una historia real: la relación entre un pianista negro de música clásica de los años 60 y el chófer italiano que contrata para hacer una gira por los estados sureños de los USA, todavía fuertemente racistas.

La ambientación, el vestuario, los maquillajes, son insuperables. Pero sobre todo el guión, cómo te dibuja los perfiles de todos los personajes y como se va desarrollando sobre la base de unos diálogos perfectos. El italiano vivió muchos años tras los hechos relatados en la película y llegó a hacer algunos papeles de gangster en Los Soprano. Precisamente es un hijo suyo el que ha colaborado en la confección del argumento del film, basándose en los recuerdos de su padre. La interpretación de Viggo Mortensen es sencillamente maravillosa, sobre todo conociendo cómo es el actor y qué diferente es de ese personaje inolvidable. El film destila el ángel de las viejas películas de Frank Capra o de Billy Wilder. Pero, sobre todo, la película describe con precisión absoluta el proceso por el que surge una amistad entre dos personajes inicialmente muy distintos.

Se habla mucho de que el mundo se mueve por el poder, el sexo, el dinero, la salud y el amor. Creo que todos estos motores del mundo tienen un componente más o menos interesado, obvio en los tres primeros, pero también presente en la salud (uno quiere estar sano para no sufrir molestias, dolores) y en el amor. En el hombre, el amor surge en la búsqueda del sexo y en la mujer también, pero no lo pueden confesar para que no las llamen putas. También hay, desde luego, otros intereses, como la búsqueda de protección o de compañía, la estabilidad, la formación de una familia, etc. La amistad es algo diferente, es algo puro, que surge porque sí y que no está ligado a ninguna compulsión interesada. Si hay interés por medio, ya no se trata de una verdadera amistad. Y lo que se cuenta en Green Book es una amistad de las de verdad.

En los títulos finales, sobre las fotos en blanco y negro de los personajes verdaderos, se cuenta que siguieron siendo amigos hasta el final de sus vidas. Los amigos no necesitan proclamar en un documento que lo serán hasta que la muerte los separe (en mi opinión, la fórmula de los matrimonios debería ya sustituirse por hasta que la vida nos separe). Los verdaderos amigos son para siempre. Llevo desde el sábado pasado instalado en la casa que mi hijo Kike comparte con dos amigos italianos. Ellos tres se conocieron de Erasmus hace unos seis años (en el primer viaje que yo hice tras inaugurar el blog, les conté que terminé visitando a Kike en Rotterdam). Desde entonces son amigos. Mi hijo ha visitado buena parte de Italia con ellos y hasta ha aprendido italiano para poder comunicarse mejor con ellos, aunque, por otra parte, también ellos hablan correctamente el español por la misma razón. Son como hermanos.

El domingo, me invitaron a algo que para ellos es una ceremonia obligada: la comida en casa. El sábado habíamos estado cenando fuera y nos acostamos más bien tarde, así que ellos no madrugaron (es el único día de la semana en que pueden permitirse ese lujo). Yo, en cambio, me levanté pronto, me duché y me largué a patear París, para rememorar uno de mis recorridos favoritos, que ya les contaré en detalle en el próximo post. Estaba cómodamente sentado tomando una cerveza en la terraza del Café des Editeurs, cuando me llegó una llamada de mi hijo, con una instrucción terminante: –Papa, no comas nada por ahí. No pensaba hacerlo, pero por si acaso. Regresé y me encontré en la casa a un montón de comensales. Mi hijo tiene una peña amplia y cada domingo se reúnen en su casa, que es la más grande y la más bonita y mejor situada del grupo. Y allí se cocina, como Dios manda, la pasta.

Habían hecho la compra para la ocasión en el mercadillo que cada domingo se instala en el bulevar cercano y, cuando yo llegué, la cocina estaba llena, un montón de amigos y amigas se afanaban en tareas diversas, como picar cebolla muy fina, para un aperitivo de guacamole, rallar el queso pecorino, recién traído de Roma, o trocear pequeñas sepias y pomodorini (en Italia no son tan horteras como nosotros y llaman así a los tomates sherry), para la pasta. Había también algunos envases de humus libanes y tapenade, preparados que se pueden comprar, además de algo de embutido y queso, para completar. Para quien no lo sepa, el tapenade es un aperitivo muy francés que se hace machacando aceitunas y anchoas. Nos juntamos once personas alrededor de la tavola y dimos cuenta de la pasta que estaba sensacional, al dente, y no como se hace en España, en donde todos estamos acostumbrados a comerla pasada. Corría el vino bianco y después hubo café y algunos nos tomamos una copita de Amaro Formidable, una exquisitez romana. Después salimos a caminar por Pigalle y Montmartre, como suelen hacer ellos cada domingo.

En el grupo había algunos españoles y franceses, pero sobre todo italianos. Y se hablaba continuamente una mezcolanza de los tres idiomas, más el inglés que casi todos usan en sus trabajos. La relación entre todos ellos es maravillosa, destila humor, juventud, vitalidad y complicidad. Y yo hice lo posible por integrarme, a pesar de que me separan 40 años de este grupo estupendo. Pero, ya que hablamos de amigos, yo tenía uno prioritario en París. El gran Philippe Billot. Cada vez que venía a esta ciudad lo llamaba para quedar con él. Me he alojado en su casa mil veces y todo lo que sé de París me lo ha enseñado él. Cuando estuve hace un año por aquí, con mi jefa y mi compañera M. con motivo del Meet Up Paris de Reinveting Cities, lo llamé, se inscribió en el sarao y luego comió con nosotros tres. En esta ocasión, lo llamé unos días antes, como de costumbre, y escuché su voz bastante debilitada. Le pregunté cómo estaba y me contestó que bastante mal.

No les había dicho nada en el blog, porque esta es una tribuna alegre y positiva, en la que ustedes entran para reírse y salir confortados por mi visión heterodoxa y animosa de la vida. Pero, por esta vez, me van a permitir que la utilice también para contar mis propias aflicciones. Philippe sufrió en el mes de junio un ACVA, accidente cerebro-vascular agudo, que lo ha dejado con una hemiplejia severa, postrado en una silla de ruedas. Está internado en una institución para personas que han sufrido percances similares. Así que el lunes, yo salí de casa por la mañana y caminé a través del Marais, hasta llegar a la estación Châtelet-Les Halles, el mayor intercambiador de transportes del mundo, en donde tomé la línea 4 de Metro hasta la cabecera de Porte d’Orleans. Allí cambié al autobús 128, que me llevó a las puertas de la residencia donde tienen recluido a Philippe. Llegué puntual a la hora de visita que me había indicado el propio Philippe y, en la puerta, me encontré con su mujer, que no sabía que yo iba a ir, porque Philippe tiene afectada la memoria próxima y se le olvidan las cosas que le van sucediendo.

Estuve con él toda la tarde (su mujer aprovechó mi presencia para irse pronto a hacer alguno de sus miles de recados pendientes, una vez que vio que yo me manejaba muy bien con la silla de ruedas y la ayuda al enfermo). También hablé al final con los médicos, que me dijeron que, con toda seguridad, su situación es irreversible. Con él tuve la sensación ambivalente de que la persona con la que yo estaba ya no es Philippe y a la vez es más Philippe que nunca. Su situación ha sacado a flote sus cualidades peores, que yo conocía y aceptaba, porque a los amigos se les quiere con todo, con lo bueno y lo malo. Conserva una memoria prodigiosa, estuvimos hablando de nuestro trabajo en Sri Lanka, en donde se forjó nuestra amistad y recordaba al milímetro los nombres de todos los implicados, con su ortografía enrevesada. Por ejemplo, yo había olvidado el nombre del alcalde de Colombo en esos tiempos. Philippe me lo dijo: Prasanna Guyawardena.

Diré que es posible comunicarse con Philippe por teléfono y enviándole un SMS. El puede leer SMSs pero no escribirlos. Constaté que le alegra que le llamen los amigos, especialmente yo, según me dijo varias veces. También me quedé con el whatsapp de su mujer para que me mantenga informado de su evolución. Dentro de su deriva mental, él está convencido de que en el próximo verano va a volver a andar con un bastón y hasta maquina vender su casa de París y comprarse una en España, en la playa, para no tener que subir escalones. Prometí llamarle con regularidad desde Madrid, ya sé cuáles son los mejores horarios para hacerlo. Y he de decir que estas historias son una mierda, no sé si es algo atribuible a la mala suerte, o  a una jugada de ese Dios malévolo y travieso del que hemos hablado en ocasiones. También tengo que aclarar que Philippe tiene 78 años y no había ido nunca a un médico, ni siquiera para medirse la tensión o hacerse una analítica.

El cardiólogo que le vio la primera vez dijo que nunca había visto cosa igual. Así que ya no sé si se puede hablar de mala suerte. Esto me lo contó cuando ya no estaba su mujer, y no estoy seguro de si me está tomando el pelo, porque sigue siendo Philippe. Recuerdo que en el primer vuelo a Sri Lanka, le preguntaron qué quería beber con la comida, dijo que agua y me aclaró que era abstemio. Luego, con el café se pidió un whisky doble y observó la cara que yo ponía. Era un bromista continuo y tal vez es falso que nunca haya ido al médico. Lo que sé es que es uno de mis mejores amigos y estaré a disposición suya y de su familia para todo lo que se pueda hacer. Hace unos cuantos posts hablamos de Sade y les conté su historia. Cómo se negó a firmar ningún contrato discográfico si no incluía a sus tres amigos del colegio y del barrio. Y cómo 30 años más tarde reunió a su grupo para la gira de presentación de su disco de 2011, y allí estaban los tres colegas. Es otro ejemplo de amistad  innegociable e imperecedera.

He encontrado otro video del concierto de Sidney. Cuando la música termina, Sade presenta uno a uno a sus músicos. Es un vídeo en inglés, en el que no hay forma de ponerle subtítulos, con lo que no se entiende casi nada. He intentado que me ayudaran a traducirlo mis compañeros de piso, pero están ocupadísimos. Del primer músico dice que es un auténtico cowboy (es uno de sus amigos de adolescencia, que ahora vive en USA). El segundo, uno de sus negrotes coristas, lo presenta como uno de sus amigos más antiguos y revela que hasta cantó en su boda, por lo que le pide que entone esa canción. Del cuarto dice que es el más tímido del grupo. Dos de los blancos siguientes son los del grupo original, uno de ellos, Stu, parece haber hecho un pacto con el diablo: está igual que 30 años antes. Por último, presenta a su hermano del oeste de África, el percusionista nigeriano, al que no le hace adelantarse y del que revela su impronunciable nombre africano. Aunque no entiendan nada, les pido que lo vean. Se puede captar el cariño, el buen humor, la complicidad, la proximidad y la amistad eterna que existe entre Sade y sus colegas. Para verlo han de pinchar AQUÍ. Que lo disfruten y que vayan acercándose venturosamente al weekend.

sábado, 23 de febrero de 2019

812. Siempre nos quedará París

Conocida frase de Bogart en Casablanca. He pasado ya el trance de dar mi clase de tres horas en francés y con nota alta; los alumnos han aguantado hasta el final y mi anfitrión me ha comentado después que él mismo no suscita muchas veces tanta atención y que seguramente cuente conmigo para repetir el año que viene. De acuerdo con mi programa inicial ahora debería dedicarme a descansar y disfrutar de mi semana de vacaciones, pero, miren ustedes por dónde, resulta que me ha salido un segundo bolo y probablemente repita mi clase (más abreviada) en el master de Smart Cities de la Universidad Católica de Lille, con cuya directora, la española Ana Ruiz-Bowen, me entrevisté en mi último día de trabajo del mes de febrero, anteayer jueves.

He de contarles que mi mañana de jueves fue de locos, terminando diversos trabajos y tratando de ayudar a los equipos finalistas de Reinventing Cities, que se enfrentan al último arreón del proceso con desigual fortuna y perspectivas. En lo más nutrido de la vorágine, me llamaron de la Coordinación General para pedirme que subiera a acompañar al Coordinador, que estaba atendiendo a la señora más arriba citada. Ya estaba avisado, pero me habían pasado el mensaje de que iba a venir una directora de un master de L’île, y yo pensaba que se trataba de alguna universidad de la región de París que, como saben, se llama de L’Île de France. Cuando vi por su tarjeta que se trataba de Lille, le conté que iba a andar por allí a finales de la semana que viene y me ofreció venir a contar mis historias el viernes por la tarde. Después de escucharme un buen rato, por supuesto. Quedamos en que nos llamaríamos el día antes para confirmar o cancelar la cita.

En torno a la una y media salí pitando hacia el bar-restaurante La Dehesa del Partenón, pomposo nombre que alude a la franquicia La Dehesa, en la calle del Partenón. Allí suelo comer con cierta frecuencia, porque son amigos míos y hacen una comida casera variada y sana. Me comí el plato del día a la carrera y salí hacia el Metro, que está al lado. Por la mañana había salido en Metro desde mi casa cargado con mi maleta de cabina (que es la que anuncia el Cretino Ronaldo y que ya ha recorrido parte de la Costa Oeste americana, además de Chicago), así como un pequeño maletín para el ordenador. Desde el bar hasta la Terminal 2 hay sólo una parada de Metro y, si tienes ya la tarjeta de embarque como era mi caso, sales del Metro directo a las puertas de embarque, previo paso por las barreras de la seguridad.

El vuelo fue bueno y corto y, en el aeropuerto Charles De Gaulle, me dirigí hacia la entrada del RER, especie de ferrocarril suburbano. Tuve que sacarme el billete en una máquina. Hice un largo recorrido en superficie, ya de noche, por los desolados arrabales parisinos (donde florecen les gilets jaunes), hasta entrar en subterráneo en la ciudad central. En la estación gigante Chatelet-Les Halles, el mayor intercambiador de transportes del mundo, hube de cambiarme a la línea 14 del Metro. Previamente, me compre en una segunda máquina lo que llaman aquí un carnet-dix, o sea diez billetes sencillos, que salen sueltos por la parte de abajo y resultan a buen precio. Llegué a la estación Saint Emilion, en el barrio de Bercy y tuve que caminar todavía unos quince minutos hasta el portal de la casa donde vive Alain Sinou, que ya me había llamado tres veces, nervioso, para comprobar por dónde iba. No estaba yo preocupado, ya saben que me manejo bien en las ciudades grandes y París la conozco bien.

Eran en torno a las ocho de la noche, cuando llegué a la casa de mi anfitrión, que tenía un montón de cosas preparadas para una cena de nueve personas, todas de su cátedra, que fueron llegando después que yo, con mayoría de mujeres, como suele suceder. La cena fue muy divertida y acabamos después de las doce. Los invitados se fueron todos a una y yo le ayudé a Alain a recoger la mesa, en la medida de mi desconocimiento de dónde se debía colocar cada cosa. Alain me tenía reservada una habitación estupenda, con baño propio. Me contó que esta casa y la de su hija, que está al lado, eran inicialmente tres viviendas viejas, que el había comprado de una vez en los años 80, por un precio muy bajo, debido a que las tres estaban ocupadas por inquilinos muy mayores con contratos de renta antigua. Con el tiempo, uno se fue a una residencia, el otro se murió y al tercero hubo de ofrecerle un dinero para que se fuera. Después hizo una reforma completa tirando la mayor parte de los tabiques y dejándola preciosa, que para eso es arquitecto.

El viernes desayunamos sin prisas, nos duchamos y salimos en Metro a la Universidad Paris 8, que está en Saint Denis, un municipio bastante depauperado que está al norte de París, en el que un 60 por ciento de los habitantes viven en viviendas sociales, con alta presencia de magrebíes y otros emigrantes. Según Alain, la Universidad original estaba en el Bois de Vincennes, pero se convirtió en una universidad de gauchistes que daba muchos problemas, porque había líos cada día. En 1979, el gobierno de turno, de la derecha, decidió echarles de París y mandarlos al municipio de Saint Denis, exclusivamente por una razón (siempre según Alain): que Saint Denis era tradicionalmente un Ayuntamiento gobernado por el Partido Comunista francés, y se trataba de que los guachistes les fueran a dar por culo a los comunistas, una jugada redonda. Ya ven que mi nuevo amigo es hombre heterodoxo, con opiniones y relatos originales y sorprendentes. Aquí pueden ver unas imágenes del campus.





El curso que imparte Alain es un postgrado de Planificación Territorial, en el que hay unos 25 alumnos de formaciones diferentes: arquitectos, ingenieros, geógrafos, sociólogos, abogados y hasta periodistas. Mayoría de mujeres, todos muy jóvenes y de procedencias diversas: una chilena, una colombiana, una iraní muy simpática con la que estuve hablando en el intermedio de su país y su circunstancia sociopolítica. Unos cuantos franceses de origen magrebí y otros más blancos. Una negra muy mona de Comores. Empezamos a las doce y terminamos a las tres en punto. Pensaba que yo iba a hablar una hora y luego habría preguntas y debate, pero fue todo a la vez desde el principio: Alain intervenía para comentar o precisar lo que yo iba mostrando y los chicos levantaban la mano todo el rato, para plantear sus propias cuestiones. Fue un encuentro muy grato, del que les muestro un par de imágenes.



Alain acabó también muy contento y me comentó que le había sorprendido mi francés y que se me entendía perfectamente. Para las preguntas de los alumnos les pedí que no hablaran muy deprisa pero, aun así, mi amigo me tuvo que traducir algunas al español. Al acabar, nos fuimos él y yo al Metro para dirigirnos a la zona de la Place de Clichy, ya más al centro, para hacer una comida-merienda-cena, dada la hora tardía, y más para los franceses. Alain me comentó que en el entorno de la Universidad no hay más que sitios muy cutres y que su departamento tenía un acuerdo con una brasserie en Clichy a la que siempre llevaban a los profesores invitados. Allí, mi amigo me invitó a un menú del día fastuoso. Entre los primeros se podía pedir media docena de ostras y eso fue lo que yo elegí. Esta es la foto que nos hizo el camarero a la mitad del primer plato.


Salimos luego a caminar para bajar la comilona y nos dirigimos a la cercana zona de Montmartre, un barrio antaño de artistas y bohemios que llegó a declararse independiente de Francia, como hicieron también Christianía en Copenhague, o Uzupis en Vilnius, y supongo que algún otro que no conozco. Hoy es un enclave bastante bonito (a pesar del pastelón del Sacré Coeur que lo corona), pero totalmente agobiado por las hordas del turismo masivo, ese fenómeno mundial del que un día de estos les escribiré un texto. No obstante, aún quedan rincones recoletos y tranquilos, como los que me fue enseñando mi amigo, entre ellos la magnífica vivienda que Adolf Loos le construyó al fundador del dadaísmo Tristán Tzara, de la que les muestro una imagen de la fachada y la ampliación de la placa que lo acredita. 



Continuamos andando hasta un pequeño teatro, en donde Alain había quedado con una amiga para ver una obra de Samuel Becket que se llama Primer amor, con un único intérprete: el veterano Sami Frey, que tiene más de 80 años y que fue famoso por su sonado romance con la mismísima Brigitte Bardot, que dejó por él a uno de sus maridos, aunque la cosa no cuajó. Allí me despedí de mi amigo y continué andando hasta alcanzar el anillo de los Grands Boulevars, en donde cogí el Metro para volverme a descansar a casa de Alain, que me había dejado una llave. Me tumbé a escribir estas líneas, con alguna cabezadita intermedia y esperé a que llegara mi amigo, que apareció después de las doce. Me dijo que había tenido que cenar, sin mucho apetito, con su amiga y un grupo de colegas que van juntos al teatro. Yo resolví la cena con un yogur de la nevera. Y esto fue lo que dio de sí mi primer día completo en París. Que pasen un buen finde.