viernes, 4 de marzo de 2016

480. La vida sigue

Bueeeeeeeeeno, no se alarmen, ya les voy a seguir contando cosas de mi brazo y su evolución. Mi texto sobre Hitler y el libro de Timur Vermes ha desconcertado a algunos de mis seguidores, que esperaban la continuación de la novela por entregas de mis penalidades médicas. Ya saben que uno de los valores que mantiene este blog desde hace ya tres años y medio es la variedad de temas, incluso en el interior de los propios posts, que saltan de acá para allá sin mucho control. Nunca he pretendido caer en el mundo de los egoblogs, ya saben, esos foros en los que una quinceañera escribe cada día dos renglones, del estilo ”me ha salido un grano nuevo en la cara –foto del grano”. Lo que pasa es que he de reconocer que la imagen de la radiografía de mi brazo fracturado es impactante y ha generado una expectación lógica, por lo que he de seguir hablando del tema. Así que iremos salteando el guiso, porque, además de mi fractura, el mundo sigue su deriva. 

Hoy, por ejemplo, parece que en Las Cortes están escenificando el segundo acto del sainete impresentable que están interpretando nuestros políticos, demostrando que son unos novatos en su oficio, que sólo saben gobernar por mayoría absoluta. Todo el pueblo quiere que lleguen a algún acuerdo, el que sea, pero que dejen de dar el coñazo y se pongan a trabajar para el país. Pues nada, ellos a insultarse, a no ceder un milímetro, a plantear exigencias a los demás a sabiendas de que son inaceptables y a perder meses bailando el corro de la patata, prolongando este sinsentido que nos lleva de cabeza a nuevas elecciones ¡en junio! donde los resultados serán exactamente los mismos, lo que permitirá seguir con el vodevil hasta Navidad. Estos líderes que tenemos son incapaces hasta de tirarse un pedo al unísono. Y eso que lo han intentado, como se ve en la foto de abajo. 


















Hay una inadecuación absoluta de nuestros políticos a la gravedad de la situación del país, que no puede estar indefinidamente sin gobierno. Ninguno está dando la talla para mí, hasta el punto de que, como he escrito en la respuesta a algún comentarista reciente, el discurso de Rajoy del otro día me resultó el menos lamentable de los que escuché. Hasta los catalanes están descolocados, porque se han quedado sin enemigo reconocible y ahora no saben a quién faltar o en la mare de quién se han de cagar. Y ese no saber estar generalizado, esa falta de tablas, les muestra como un colectivo aislado de la población, que salen a la tribuna ufanos y cargados de razón, que no son conscientes de la imagen lamentable que dan hacia afuera. Hablo de las cuestiones de fondo o ideológicas, pero también de las formales. ¿Dónde se quedó el comportamiento deportivo? ¿A qué sacar ahora el GAL y las fosas de cal viva? Lo que estos señores entienden como comportamiento deportivo debe de ser algo parecido a lo que se refleja en la siguiente imagen.

















En fin, ya que vamos de fútbol, hablemos un poco de mi querido Depor. En el momento en que fui a verles al campo del Getafe, el 30 de diciembre, eran el equipo de España que menos disparos a puerta recibía, y uno de los primeros de Europa. Pues bien: desde ese día no han ganado un solo partido, han perdido los tres últimos y son el peor equipo de la Liga en 2016. Nadie sabe qué es lo que pasa, yo creo que es cousa das meigas. Lo cierto es que, con el dinero de que dispone el club, no fue posible enhebrar un equipo más competitivo, así que lo sorprendente fue lo bien que jugaban al principio, mérito del entrenador, a quien en diciembre eligieron entre todos los de Primera como el mejor de la primera vuelta (ahora seguro que ya no ganaba). En estos momentos, los jugadores parece que están cascados, consecuencia de que entre ellos hay unos cuantos que son auténticos abuelos: Manuel Pablo, 40 años, o Lopo, poco menos. De hecho, se ficharon algunos jugadores que ya estaban retirados, como el argentino Jonás, a quien se rescató directamente del vientre de la ballena y que no puede casi ni con los borceguíes. Caso aparte, es el del único fichaje de este invierno, el que fuera durante años portero de la selección croata Stipe Pletikosa, un armario de casi dos metros que llevaba un año retirado. Nada más llegar a La Coruña, le hicieron esta foto. 















El comentario de los seareiros no se hizo esperar. UNO: resultaba difícil creer que este señor tuviera 37 años, como sostienen las enciclopedias del fútbol. DOS: su aspecto, más que de futbolista, era de prejubilado de la refinería. En el partido penúltimo, contra el Granada, se produjo el esperpento, para no ser menos respecto a lo que se estaba preparando en Las Cortes. En el tiempo de descuento, con todo el equipo volcado en la portería contraria a ver si marcaban un gol y al menos empataban, uno del Granada salió al contraataque como una flecha. El portero del Depor salió del área y le arreó una patada en las costillas. Tarjeta roja y a la calle. El equipo ya había hecho todos los cambios reglamentarios, así que se tuvo que poner de portero Jonás. Menos mal que no tuvo que hacer ninguna parada. Y este miércoles debutó el prejubilado de la refinería y se llevó cuatro goles, aunque hay que decir que en todos lo dejaron vendido esos defensas que, hasta Navidad, no concedían casi disparos a puerta.

Esperemos que la racha cambie este próximo domingo. El partido del miércoles no lo vi, porque tenía sesión de mi taller de conversación inglesa, lo mismo que el martes tuve club de lectura, en donde, por cierto, analizamos un libro de un autor croata, del que ya les hablaré. Como ven, intento seguir haciendo mi vida, a pesar de mi brazo roto, aunque me he perdido varias cosas. La primera, el reconocimiento médico para mi proceso de reenganche, que de momento queda interrumpido hasta que me den el alta. La segunda, la fiesta del año nuevo chino a la que me había invitado la Delegación de Hong  Kong en Europa, como todos los años. Era este miércoles a las 13.00 y yo tenía una nueva consulta en la clínica de Asepeyo de Legazpi a las 12.30. Por cierto, me dijeron que todo va bien y me quitaron la mitad de los puntos de las dos heridas que tengo.

Los demás puntos espero que me los quiten en el hospital de Coslada, adonde he de volver el día 8 para un examen a fondo con nuevas radiografías y consulta con el Dr. Gárate. Ahí será donde me digan qué es lo que viene después. En Legazpi me contaron que la calificación de lo sucedido es exactamente “accidente laboral in itínere, con resultado de lesiones de pronóstico leve”. Se pueden ustedes imaginar lo que ha de ser un pronóstico reservado o grave. Me contaron también que el 75% de los accidentes in itínere que ellos atienden se deben a lo mismo que el mío: a que la gente echa a correr porque pierde el bus, o el Metro o se le pone el semáforo en naranja. El resto se deben a irregularidades del suelo, baldosas levantadas, etc. Les dije que yo no volvería a correr para pillar el Metro. Respuesta: eso es lo que todos dicen, y algunos incluso hacen durante un tiempo. Luego todos vuelven a correr.

Por lo demás, tengo las lógicas molestias (no quiero llamarlas dolores), especialmente debidas a que me han dado un calmante que se llama Enantyum, del que está terminantemente prohibido tomar más de tres al día. Eso me lleva a tomar uno cada 8 horas, después de las comidas principales. Teniendo en cuenta que sus efectos no van más allá de seis horas y media, pues el momento de las comidas me pilla bastante incómodo. Duermo regular, me tiran diferentes músculos y contracturas, pero espero que vaya mejorando la cosa (hoy hace dos semanas de mi caída). Y más adelante me espera la rehabilitación. Espero no tener que hacer ejercicios como el de la foto que les dejo de despedida. Buen finde.  


miércoles, 2 de marzo de 2016

479. Hitler ha vuelto

Pensé que iba a tener más tiempo con esto de la baja laboral, pero lo cierto es que no paro, así que voy a recurrir al truco de transcribirles un artículo que me parece curioso. En cualquier caso, entenderán que no quiera seguir hablando de mi brazo: estoy del tema hasta los cojones. Así que les cuento. Mi amiga Claudia Sánchez Morzán es una periodista peruana que vive ahora mismo en Berlín, donde ejerce de corresponsal de algunos diarios latinoamericanos. Participa en nuestro Club de Lectura Billar de Letras a través de Skype, a partir de esto hemos conectado por Facebook y por ahí me llega la referencia de algunas de sus crónicas. Esta que les transcribo, se publicó en el digital peruano La República.
Por supuesto, está exquisitamente redactada, pero se la traigo aquí más por el tema que trata. Resulta que el escritor alemán Timur Vermes consiguió hace tres o cuatro años un auténtico bombazo de ventas con su novela humorística Ha vuelto, sobre la que se ha filmado una película que parece que se estrenará en abril en Perú (no sé cuándo en España). La cosa va de que el mismísimo Hitler aparece sorprendentemente en un descampado del actual Berlín, a través de un viaje en el tiempo, y no entiende nada. La gente lo toma por un imitador y el hombre se acaba ganando la vida en la telebasura, en donde le dan carrete y se parten el culo de risa con las cosas que dice, cosas que él proclama totalmente en serio, porque es el auténtico Hitler.
Hace algunos posts hice la reflexión de que España debería afrontar de una vez su pasado, sin miedo y sin mixtificaciones ideologizantes de uno u otro sentido, como ya lo han hecho los alemanes. Saber exactamente todo lo que pasó y aceptarlo como nuestra Historia. ¿Estamos preparados para ello? Yo creo que no. Alguna película, como La Vaquilla, avanzó en ese terreno, pero ¿se imaginan una novela en la que Franco resucitara en un descampado de Moratalaz y acabara de contertulio de Belén Esteban? 
Los alemanes no lo han tenido tampoco fácil. La película El Hundimiento, en la que Hitler aparecía retratado como un ser humano, despótico y enloquecido en sus últimos días, pero humano al fin y al cabo, supuso una especie de catarsis nacional. Ahora, las jóvenes generaciones de alemanes son capaces de reírse de su pasado, de forma sana. Por cierto, el libro está traducido al español y se puede comprar desde hace unos dos años en cualquier librería. Les dejo ya con la crónica de mi amiga. Buenas noches.

Alemania se ríe de sus fantasmas históricos con la obra Hitler ha vuelto
                                                                 Claudia Sánchez Morzán 21.02.2016
Próximo estreno. El libro en clave de humor del escritor alemán Timur Vermes  no sólo fue un éxito en su país. Ha sido traducido a veinte idiomas y Netflix lo convirtió en una exitosa película que será estrenada en abril próximo.
Adolf Hitler despierta una tarde de abril en el centro de Berlín y es 2011. No hay aviones enemigos, no se escuchan impactos de proyectiles ni las sirenas de la defensa antiaérea. Tampoco hay indicios de la Cancillería del Reich o el búnker del führer. 

Han pasado 66 años del fin de la Segunda Guerra Mundial. Lo que antes eran escombros, hoy es un urbe pacífica, cosmopolita y democrática. Una mujer es la Canciller Federal de Alemania, la misma que lidera la Unión Europea. En este escenario, el dictador más odiado del mundo regresa de forma inexplicable. Luce desorientado y trata de recordar lo que hizo la noche anterior. Con un sarcástico “Queda descartado el abuso del alcohol, puesto que no bebo”, empiezan las primeras páginas de la novela Ha vuelto, de Timur Vermes (48 años), cuya película homónima se podrá ver en el Perú a partir del 9 de abril a través de Netflix, el sistema de TV vía streaming.

En esta hilarante historia, Er ist wieder da (Ha vuelto, traducción al español en la edición de Seix Barral), el escritor alemán consigue algo que parecía imposible, reírnos no solo de Hitler, sino con él. Para lograrlo, deja que el führer narre en primera persona, así el lector puede entrar en la cabeza del dictador y saber lo que maquina su mente. 

El resultado: más de un millón de ejemplares vendidos y traducido a 20 idiomas. Una sátira muy bien lograda, de acuerdo con la crítica alemana, donde el humor negro y el ingenio están siempre presentes, desde la portada del libro (con el inconfundible bigotito como título), hasta el precio: 19,33 euros (año que Hitler llegó al poder). Mención aparte es el gran trabajo de investigación realizado por Vermes. Con estos precedentes, el libro se perfilaba como un candidato fijo para una adaptación al cine. Tres años después de su publicación, la película se estrenó el año pasado en Berlín y también batió récords de taquilla, con dos millones de espectadores. 
¿Vale reírse de Hitler?
Las preguntas que el libro abre como debate son: ¿está permitido algo así?, ¿puede causar un personaje como Hitler un daño similar en la actualidad? o ¿qué pasaría si el hombre responsable de la muerte de más de  50 millones de personas abre los ojos un día como hoy y tiene acceso al Internet, Facebook, Youtube o, lo que es más escalofriante, con su hábil retórica triunfa en la televisión? 

Ningún ser humano ha podido regresar de la muerte, pero gracias a la habilidad del autor, lo podemos imaginar y nos permitimos burlarnos porque la literatura es así, juega con lo fantástico y lo improbable. Sin embargo, también es una herramienta que sirve para levantar la voz, en este caso, sobre el funcionamiento de los medios de comunicación. 

En el libro, Hitler encuentra las calles de Berlín sin símbolos nazis, con ciudadanos turcos hablando alemán y a una bonachona mujer sexagenaria liderando la Unión Europea. Para guardar relación con el contexto histórico, el führer despierta con su típico uniforme militar. “La tela olía intensamente a combustible, tal vez a gasolina, quizá se debía a que a lo mejor Eva había tratado de limpiar mi uniforme, si bien con cantidades exageradas de gasolina: podría creerse que me había volcado encima un bidón entero”. Como se recuerda, los cuerpos de Hitler y Eva Braun fueron incinerados luego de suicidarse, para evitar que fueran capturados por los soviéticos.  

El dictador trata de poner en orden sus ideas y busca en el puesto de un vendedor de periódicos y revistas información sobre el día, el mes y, lo más importante, el año. El dueño inmediatamente lo confunde con un imitador y le pregunta si está rodando un documental cerca. “¿Va siempre por ahí con esa pinta?”, le pregunta y Hitler le responde pidiéndole 'el espejo'. “Seguí su dedo con la vista. El espejo tenía un marco de color naranja. Para más seguridad llevaba escrito encima Der Spiegel, como si no viera claramente lo que era”. En alemán, el espejo significa Der Spiegel, la revista quincenal más importante de Alemania. Su estilo es similar a las revistas estadounidenses Time o Newsweek. 

Hitler se empapa con lo último del acontecer nacional e internacional y logra formarse una idea de los hechos ocurridos en las siete últimas décadas que estuvo ausente. “La moneda ya no es el marco del Reich, aunque la idea que yo perseguía, convertirla en la moneda europea oficial, al parecer había sido realizada por otros, probablemente por algunos aficionados ignorantes del bando de las potencias victoriosas. De momento, las cuentas se pagaban en una moneda artificial, llamada euro, que por supuesto, como era de esperar, inspiraba el mayor recelo”. 

Una importante productora de televisión descubre un día a Hitler e inmediatamente se abre paso en la pantalla chica. Se convierte en el imitador estrella del horario estelar, un cómico genial que hace reír a la audiencia, aunque él se lo toma muy en serio. En sus planes está retomar el poder y repetir su hazaña, pero esta vez con mejores recursos tecnológicos:

“¡Compañeros y compañeras de raza! Lo que yo, lo que nosotros acabamos de ver en múltiples variantes es verdad. Es verdad que el turco no es creador de cultura y también que nunca lo será. Que es un alma mercenaria cuyas facultades intelectuales por lo general no son superiores a las de un esclavo...”.

Hitler "Ha vuelto" pero esta vez para hacernos reír.
Qué sucede cuando Hitler se topa con la nueva tecnología
Una de las sátiras mejor logradas en la novela es cuando el führer se topa con las nuevas tecnologías del siglo XXI, especialmente con la televisión. 

“La forma del aparato había cambiado tanto desde los primeros diseños de 1936... Al principio supuse que la pantalla plana y oscura era una especie curiosa de obra de arte. Pero luego conjeturé que debido a su forma serviría para colgar, sin arrugas, mi camisa por la noche”.   

Otro pasaje elogiado por la crítica es cuando Hitler llega al hospital y el doctor que lo atiende le dice: “Tiene usted uno de los hígados más hermosos que he visto nunca. No bebe, ¿verdad?” 
“Asentí débilmente. Soy vegetariano”, responde. 
“Son unos valores estupendos, de verdad. Con ellos puede llegar a los ciento veinte años”, añade el médico. 
“No bastará”, agrega el dictador, desilusionado.



domingo, 28 de febrero de 2016

478. Recuperando la normalidad

Escribo con una sola mano, por los motivos que saben, y estoy un poco cansado al final de mi semana de pasión. Ya que muchos de mis lectores me han expresado su consternación, solidaridad, cariño y buenos deseos de una pronta recuperación de la funcionalidad de mi brazo izquierdo, pues es de justicia que empiece por darles a todos las gracias colectivamente. Ustedes, queridos amigos y lectores anónimos, sabrán disculparme por no hacerlo por ahora de forma individual con cada uno, como acostumbro. Lo haré a partir de la semana que viene, especialmente con el gran Alfred, tan solidario conmigo que hasta se ha roto el mismo hueso quince días antes que yo. Un fuerte abrazo, querido amigo. Bueno, no demasiado fuerte, dadas las circunstancias.

Una vez recuperada la libertad sin tener que liarme a mamporros como suelen hacer Clint Eastwood y otros duros de Hollywood, es momento de resumir las últimas historias que me han ido pasando. El miércoles estaba yo muy confiado en que me mandarían a casa, pero no fue así. Estaba ya aceptablemente bien y me daban toda la medicación por vía oral, aunque me conservaban una vía cogida por si acaso (vía que se usó por última vez el martes por la noche). Por la mañana, bajé al sótano para que me hicieran unas radiografías de control y ya no volví a saber nada más de los médicos. La vida en un hospital es bastante aburrida, aunque descubrí que no había impedimento alguno para salir al exterior. Es algo lógico. Este es el hospital de una mutualidad laboral, muchos de los pacientes son gente joven que ha sufrido algún accidente de trabajo y hay un porcentaje de la población trabajadora que es bebedora, fumadora, jugadora, etc. No había riesgo de fuga, porque el hospital está en el culo del mundo y hacía un tiempo de perros.

Así que, con la ayuda de los visitantes, los internos habían sacado afuera algunas de las mesas y sillas de la cafetería y habían montado sus reuniones con familiares y colegas, bien surtidas de tabaco y cervecitas, incluyendo más de una timba con dinero por medio, protegidos del relente por el ancho voladizo del porche corrido. Algo normal en nuestro país, salvo por el hecho de que algunos de los participantes, cerveza y cigarrillo en mano, fueran vestidos con un pijama azul claro y un batín más oscuro. Es más: si llega a haber algún calorro accidentado, hubiera corrido el finito y se hubieran arrancado con algún tiriti-tran tran-tran-tran. A mí nunca me han entusiasmado las cartas pero, con otra edad, a lo mejor había hecho por sumarme a alguno de los grupos. Con 65 cumplidos, uno ya pasa de que le tachen de arisco y antisocial, así que me limité a sentarme en un poyete a contemplar el anochecer sobre los paisajes impersonales del polígono industrial de Coslada, municipio contiguo a Madrid que inicia el llamado Corredor Industrial del Henares.

El jueves, las cosas se precipitaron. Estaba yo precisamente hablando por el móvil y quejándome de lo aburrida que era la vida en aquel lugar, cuando irrumpió en mi habitación una amplia representación de personas con bata, provistos de carpetas con mis informes médicos y radiológicos. Al frente de ellos, el cirujano que me operó, el doctor Gárate, joven traumatólogo de ilustre apellido, pues se trata nada menos que de uno de los hijos del gran José Eulogio Gárate, mítico delantero del mejor Atlético de Madrid de la historia (el de Luis Aragonés, Irureta, Adelardo y tantos otros). Gárate era un futbolista de otros tiempos, jugador elegante de comportamiento deportivo exquisito, hombre culto (es ingeniero industrial), y de quien cuenta la leyenda que era tan caballeroso que no celebraba los numerosos goles que marcaba, por respeto a los jugadores del equipo contrario. Su hijo es ya un afamado traumatólogo, capaz de acometer operaciones tan complejas como la que me practicó a mí a lo largo de toda la mañana del lunes.

Tal como me explicó, hubo de acceder por el codo, hasta conseguir un agujero por el que poder introducir el clavo de 25 cm. Después, empezar a subir con el clavo hacia arriba. Pasar a la parte superior del húmero. Y hacer otro agujero cerca del hombro, para el tornillo superior. Ahí viene el momento más delicado: el de unir ambas partes del hueso roto y que encajen perfectamente. Cuando las dos mitades, están encajadas y aseguradas, hay que pasar los dos tornillos a través de los orificios transversales que tiene el clavo en sus extremos. El de abajo se hace a la vista, pues es por donde se ha iniciado la intervención. El de arriba, en cambio, se hace un poco a ciegas, si bien con ayudas radiológicas, pero hay que atinar en el lugar exacto. Escuchando estas explicaciones, no puedo menos que pensar que rematar una faena de esta precisión debe dar tanto gusto como marcar el gol de la victoria en un derby. No me extrañaría que los demás participantes en la operación lo celebren con los abrazos al uso, yujus y puñetazos al aire incluidos. Es más, si yo me hubiera podido despertar un instante, me habría sumado al jolgorio, o al menos habría levantado el brazo sano con la uve de la victoria. Por cierto, entré en quirófano a las 8.30 y me reanimaron después de las dos de la tarde.

La visita del jueves a primera hora, en cambio, fue cosa de cinco minutos. Estaba todo bien y me podía ir. Así que era momento de ducharse rápido, renovar los apósitos inferior y superior del brazo, vestirme de calle, recoger mis cosas, firmar un par de papeles y salir a la calle. Allí apareció puntual mi querido amigo X siempre listo a echar una mano (le debo hace meses un post exclusivo que incluirá desvelar su identidad y que ahora tendré tiempo de escribir). Media hora después estaba en mi casa. Ese día no tuvo ya mucho más que contar, dividí mi tiempo entre descansar y organizarme un poco para mi vida en los días de baja médica que tengo por delante.

El viernes tenía una cita a las 12 del mediodía en la clínica Asepeyo de Francisco Silvela, para una primera cura y explicación de cómo debía hacerme yo mismo las siguientes. Una novedad: me desperté agotado, después de casi no pegar ojo. Resulta que mi cama no es reclinable ni se puede cambiar con un mando a distancia, como la del hospital. Acompañé a mi hijo en el desayuno y empecé a comprobar mis habilidades. Me preparé un café y un buen desayuno. A partir de ahora, deberé ducharme, quitarme en la ducha los apósitos, lavar bien las heridas con gel neutro, secarlas cuidadosamente, darles un desinfectante y ponerme un apósito nuevo en cada una. Pero, esta vez, la desinfección y el cambio de apósitos me los iban a hacer en la clínica. Tenía, pues dos opciones: ducharme tapando bien los vendajes, o bien pasar de la ducha y acudir a la consulta hecho un marrano. Elegí la primera. Corté dos trozos cuadrados de una vieja bolsa de basura, me los fijé con esparadrapos y me duché largamente. Éxito completo, los apósitos no se mojaron nada.

Estas operaciones, con una sola mano útil, tienen su mérito, lo mismo que la de vestirme. Salí luego en dirección al Metro, accedí al andén (esta vez despacio) por el mismo lugar del accidente, hice un cambio en Pacífico para coger la línea circular y salí a la calle en Avenida de América, en donde hube de caminar unos 200 metros bajo una lluvia fina (ya saben que, para un coruñés, aunque lisiado, la lluvia no es un input a considerar). En la consulta me encontraron todo fenomenal, se sorprendieron de mi ánimo y terminé contándoles el congreso de Londres, para que entendieran por qué he pedido el reenganche (las dos doctoras que me atendieron me confesaron que su idea era la contraria: jubilarse en cuanto pudieran de un trabajo que consideraban aburrido y sin posibilidad de mejora). Así que la consulta les fue más útil a ellas que a mí, creo. Regresé por la misma ruta del Metro, pero, ya con tiempo, me quedé un buen rato por el punto exacto de mi accidente, observando al personal.

Ya saben que el criminal siempre regresa al escenario del crimen, lo que en la novela negra se suele llamar el lugar de lo hechos. Aquí mis reflexiones. Desde el recodo en el que yo vi por primera vez el convoy con las puertas abiertas, a punto de salir, y decidí de forma automática correr a ver si lo pillaba, hay exactamente 6 metros (los medí a pasos, como arquitecto que soy). El incidente no debió de durar más de tres segundos. Sin embargo, yo lo viví como a cámara lenta, como si hubiera durado mucho más. Me dicen que esto es normal, pero pocas veces había experimentado ese desfase del tiempo. Hasta ese recodo, yo venía caminando despacio, porque recuerden que mi primera forma de celebrar el cumpleaños era llegar al trabajo a la hora que me saliera de las pelotas, aprovechando que ya no me vigila una émula de carcelera nazi. Mi esprint fue algo simplemente instintivo.

El viernes observé el comportamiento de los usuarios del Metro, tanto allí como en el largo cambio de línea en Pacífico, a la ida y a la vuelta. Bueno, pues todo el mundo se apresura y corre, como si les fuera la vida en ello. En determinados puntos hay marcadores luminosos que indican que el tren está entrando en la estación. La gente los ve y echa a correr, sorteando a los demás, bajando a la carrera por las escaleras mecánicas y lanzándose a las puertas cuando ya se están cerrando. Prácticamente todo el mundo lo hace, sólo algunos gordos evitan correr, imagino que porque no pueden. Bueno, pues esta es mi gran enseñanza: estamos locos. A media mañana, como era este viernes cuando yo hice mi observación de campo, nadie se está perdiendo nada vital. Corremos porque estamos locos. Hemos perdido el placer del slowgoing, del vivir despacio, al ralentí. Un principio vital que el gran Adolfo Bioy Casares situaba en el segundo lugar de sus condiciones para una vida que merezca la pena llamarse vida: 1, buena salud, 2, vida al ralentí, 3, coito frecuente, 4, un cine cerca y 5, la familia lejos.

Les dejo por ahora. Ya les adelanto que mi intención es escribir bastante en el blog, aprovechando que tendré muchas horas libres con mi baja laboral estimada en torno a mes y medio. Todavía no he logrado el control completo del dolor y el sueño, a partir de los fármacos que me han prescrito, pero estoy en ello y, si esperan en este blog un foro de quejas y lamentaciones, ya se pueden buscar otra tribuna. Como rezaban algunos azulejos que pude ver en la fachada de modestas casas de La Habana, AQUÍ NO SE RINDE NADIE. Sean felices, coño. Es una orden.