miércoles, 30 de septiembre de 2015

433. Más tonto que Emilio: un punto y aparte

Sí, señor. Esto es un punto y aparte, porque ya no tengo tiempo de escribir en el blog al ritmo que he llevado hasta hoy. Mira que me hacía ilusión esto de escribir 12 posts al mes durante 12 meses. Hubiera sido un hito digno de entrar en el Libro Guiness de los Records: el blog dodecapóstico al cuadrado. Pero es que ya no puedo más. Hace no sé cuánto tiempo, el amigo Alfred dedujo de mis comentarios que yo cultivaba mi blog en horas de trabajo, algo que le rebatí encarnizadamente, porque algunos compañeros del curre me habían advertido muy seriamente: a ver qué vas a decir en tu blog, que los funcionarios ya estamos suficientemente desprestigiados como para que ahora vengas tú a tocarnos aun más los cojones.

El amigo Alfred estaba en lo cierto. Yo escribía mis textos en el trabajo y ya no me importa reconocerlo. Al comienzo de este infausto período, que he dado en llamar El Trienio Negro, me vi defenestrado, después de siete años de desempeñar sucesivos cargos directivos. Nadie me dio una explicación y sigo convencido de que no lo había hecho tan mal. Pero, de pronto, me vi humillado y aherrojado a unas tinieblas laborales, en las que no tenía prácticamente nada que hacer, y sin embargo estaba obligado a acudir cada día a pasar siete horas y media encerrado en una oficina, en la que una carcelera nazi vigilaba que cumpliera el horario al segundo. Todo eso se vio agravado con el destierro a que nos condenaron colectivamente, tras el desahucio de nuestra sede histórica. El blog fue mi remedio para no volverme loco. El blog y el recurso de seguir con una parte de mis actividades de relaciones internacionales y venta de la denostada Marca Madrid all over the world. Esto segundo vino rodado. Algunas personas a las que había recibido en mis años de gloria querían expresamente que los atendiera otra vez yo; no querían ver a ningún otro.

En esa progresiva adaptación a unas circunstancias difíciles y nuevas para mí, fui rompiendo algunas barreras: participar en congresos en el extranjero utilizando mis días de vacaciones, pagarme yo los billetes de tren y avión. Descubrí que el placer del que disfrutaba, por ejemplo, alojándome en un Colegio Mayor cercano a Washington Square y levantándome cada mañana para salir caminando con mi traje de verano y mi maletín de ejecutivo, hasta la sede donde se celebraban las sucesivas sesiones del Greater and Greener Congress 2012, organizado por la City Parks Alliance, me compensaba sobradamente del hecho de que eso sucediera en mis vacaciones y además me hubiera pagado yo la mitad del billete a New York. Debo de ser un poco raro, porque algunos de mis compañeros a los que he contado mis aventuras, rápidamente me han contestado proclamando solemnemente: –Ah, no, no, no; yo, si no me lo pagan todo, no voy a un viaje de trabajo. Queridos lectores: no les sorprenderá saber que esos compañeros, eran precisamente los mismos que me advirtieron de que a ver si iba a hablar demasiado en mi blog (van atando cabos, ¿verdad?).

Por lo demás, los responsables de mi defenestración fueron, obviamente personajillos de esos que aterrizaron en el Ayuntamiento al conjuro del señor Gallardón. Pero hay algo que todavía me duele: contaron con la cooperación necesaria de compañeros míos, a los que tenía por amigos y que aún siguen por allí, incluso han prosperado bastante. A este respecto, yo podría sentirme magnánimo y decir que pelillos a la mar y todo eso. Pero creo que este tipo de actitudes nos vienen inducidas por la educación que hemos recibido, una educación de corte cristiano, que nos enseña que el pobre Job sufría, una tras otra, humillaciones mucho mayores y nunca se quejaba. Al hilo de esta línea ideológica y moral, entre nosotros se dan por hechos algunos lugares comunes, que yo no comparto (lo siento, ya saben que soy un poco raro). Les pongo unos ejemplos.

En primer lugar esa ñoñez de poner la otra mejilla. No cuenten conmigo para eso. A mí, si alguien me da una hostia, si puedo, se la devuelvo. Y, si no, se la guardo. Otro lugar común: la venganza es un plato que se sirve frío. Falso. La venganza es un plato de cuchara. Hace falta cocinarlo a fuego lento, marcando los tiempos sin prisas. Pero luego se come calentito y les puedo jurar que está tan bueno como unas lentejas recién guisadas. El último lugar común (otra ñoñez): yo perdono, pero no olvido. Discúlpenme, pero a mí me pasa al revés: yo olvido (porque estoy mayor y tampoco quiero estar todo el día pensando en los que me jodieron). Pero no les perdono. Quiero decir, en los escasos momentos en que recuerdo el pasado y rescato del olvido las humillaciones vividas. Así que, si alguno de mis lectores se siente aludido (por algo será), que sepa que si no se la he devuelto es porque aun no he tenido ocasión. Pero hará bien en no descuidarse.

Digo todo esto desde mi euforia de resucitado para la causa, que sólo mi amigo X ha advertido, porque él compartía conmigo la condición de walking dead. La historia de mi resurrección pueden rastrearla en mis posts sucesivos de este verano. Cuando la candidatura Ahora Madrid se hizo con la Alcaldía, expresé mi alegría en un post en el que les animaba a ustedes a bailar, a la par que les desvelaba mi lado hortera y mi gusto por cierta música disco. Luego me fui a Alemania a hablar en tres universidades (con el formato habitual: en mis días de vacaciones y corriendo a cargo de todos los gastos). Al volver, mi situación seguía en stand-by. Me fui a Polonia y regresé para pasar una segunda quincena de agosto en la que hasta tuve tiempo de recuperar mi cifra de 12 posts mensuales en sólo quince días. Esos días generaron en mí un desánimo que se mostró de manera bastante evidente, en cuanto se me agotó el tema polaco.

Entonces tuve una especie de revelación. De las profundidades de mi mente rescaté esa máxima sobre aprender a bailar bajo la lluvia, que había descartado por provenir de una experta yanqui en técnicas de autoestima y toda esa gaita. Y llegué a una conclusión. Las cosas no iban a cambiar, pero a la vez ya habían cambiado (lo dice también una letra de JJ Cale). Yo tenía que seguir mi camino, siempre adelante y sin perder el ánimo. Lo peor que me podía pasar era seguir siendo invisible. Así lo he hecho y parece que ya hay determinada gente que va descubriendo que existo. Eso hace que esté muy ocupado por las mañanas. Y ya saben que las tardes las tengo también llenas de entretenimientos diversos. Ahora mismo, entre otras actividades, he conectado con la red de la ONU Hábitat, y me han nombrado miembro del Comité Nacional, en representación del Ayuntamiento. Y el día 12 me voy a Hamburgo por dos días para entrevistarme con el Concejal de Urbanismo, el presidente de la Asociación de Cooperativas de Vivienda Social de Alemania y otras autoridades.

Emprendo estas aventuras con conocimiento y autorización de mis jefes. Además, he recibido en estos días (desde el 1 de septiembre) a varias delegaciones: 27 miembros de la Fédération Suisse d’Urbanisme, 40 alcaldes de pequeñas ciudades de Centroamérica, 6 urbanistas chinos encabezados por el presidente del Lincoln Institute de Pekín y 10 munícipes de diferentes ciudades de Chile. Los que dirigen el Área de Urbanismo me han llamado para que les enseñe mis presentaciones y me han dado indicaciones sobre los nuevos mensajes que debo difundir, de acuerdo con su Programa de Gobierno. Y me han pedido material para sus propias presentaciones. Esto de que revisen mi discurso oficial a las delegaciones extranjeras, me parece algo básico, que me tomo como una muestra de respeto hacia mi trabajo. Sin embargo, lo crean o no, es algo que no conseguí ni una sola vez, a lo largo de los 26 años de gobiernos de la derecha. Incluso, en una ocasión en que insistí repetidamente en ello, las secretarias del impresentable de turno, encargadas de transmitirle mi petición, me revelaron su reacción a voz en grito: lo que Emilio haga, bien hecho estará pero, por favor, que no me lo cuente. Resulta que este sujeto no tenía tiempo de atenderme, de tan ocupado como estaba realizando actividades diversas que pagaba con su tarjeta black y que toda España puede conocer ahora (yo traje el cuadro de todos los gastos de estos inmorales a mi blog). Para que luego digan eso del plato que se sirve frío.

Además de todo esto, Annette Menting, la organizadora de la Jornada sobre Participación Ciudadana en la que intervine en Leipzig, me pidió un texto en inglés con mi discurso, no inferior a cinco folios, para incluirlo en una publicación que van a editar sobre dicha jornada. Ya saben que acostumbro a improvisar sobre las imágenes de un power point, así que lo he tenido que escribir a partir de un folio en blanco (ya se lo he mandado). La directora del Máster de Ciudades Creativas en el que di una clase de 4 horas en julio, me ha pedido también un texto, este en español, pero no inferior a quince folios (estoy en ello). Si además quiero seguir corriendo y nadando, asistir a mi Club de Lectura, continuar con el Taller de Conversación Inglesa y ocuparme de hacerle la cena a mi hijo (lo que incluye hacer la compra y recoger la cocina), pues entenderán que ya no tenga tiempo material para continuar con esta graforragia creativa que he mantenido durante los últimos nueve meses (un embarazo).

He de confesarles una cosa. El lunes pasado, me salté mi carrera de 6,5 kilómetros por el Retiro. No salí a correr para poder escribir mi post sobre el batistot catalán. He reflexionado sobre ello y he decidido que eso no puede ser. Ya saben el viejo dicho castellano: ese es más tonto que Abundio, que vendió el coche para poder comprar gasolina. Yo no quiero que en el futuro ese refrán se sustituya por éste otro: eres más tonto que Emilio, que tuvo que dejar de vivir para tener tiempo de contar su vida. En fin, les diré que hoy he empezado a trabajar en algo que no les voy a desvelar, pero que me ha llevado todo el día, excepto un ratito en el que he bajado a comerme un bocata. He salido de mi oficina a las 17.30, algo que no sucedía hace tiempo (no piensen que me estoy quejando: sería incongruente que, después de tres años de lamentarme por la falta de trabajo, ahora me quejase del exceso). He cogido mi Auris híbrido, me he ido a casa, he descansado un rato y luego he salido a correr.

Tras ducharme y cenar (mi hijo está viendo al Aleti en el Estadio Vicente Calderón), me he puesto a escribir este post. Un último esfuerzo para cerrar mi embarazo dodecafónico. A partir de mañana, mis posts serán esporádicos. Escribiré cuando pueda. No teman, no voy a cerrar el blog. Y alegren esa cara, hombre. Ya sé que estoy escribiendo el epitafio de un tiempo que ha tenido su encanto. Pero lo que viene no tiene por qué ser peor. Eso sí, la disminución de la cantidad no va a aumentar la calidad de mis textos: unas auténticas reflexiones a la carrera han de hacerse así, de prisa y corriendo, sin esperar a cerrar un texto redondo. Entiendo que algunos de ustedes estén un poco tristes, pero han de valorar que yo estoy contento y que estos cambios son para bien. Así que, como dijo Lola Flores: si me queréis, irse. Irse a tomar por culo, quiero decir. Ya saben que, en la línea de los argumentos aportados por el Barça en el escrito de recurso contra el castigo a Piqué por insultar a un linier, la frase váyanse a tomar por culo ha de entenderse como una expresión típicamente catalana, de intención más afectuosa que ofensiva.

Duerman bien.


lunes, 28 de septiembre de 2015

432. El batistot catalán y otras divagaciones otoñales

Bonito fin de semana el que he pasado en este otoño luminoso, la estación en que resulta más agradable vivir en Madrid. Dicen los meteorólogos de la tele que estos días ha hecho el clima perfecto en mi querida ciudad. Para mi gusto aún sigue haciendo demasiado calor, aunque es cierto que va corriendo un airecillo serrano que mantiene las noches frescas y el aire limpio de contaminación. Y para colmo, uno sale a la calle y no la encuentra llena de nacionalistas, dando la murga con sus banderitas y sus cánticos guerreros. La verdad es que se vive muy bien en esta ciudad, en donde, como en Coruña, nadie es tratado de forastero y cualquiera que entre en un bar a tomarse un vermú o un tinto de verano es atendido amablemente por el proverbial camarero con mandil anudado a la espalda y trapo sobre el hombro izquierdo, ya sea guiri o del foro.

Hablando de bares, mi amigo Álvarez, el camarero más antiguo de El Brillante de Atocha, el que se sitúa en la barra de arriba junto a la puerta que da al Museo Reina Sofía, me ha contado que le llega la hora de jubilarse. Lo hará el 1 de noviembre. Supongo que ese día cumplirá los 65. El bar no será el mismo sin él, pero es ley de vida. Yo creo que deberían de declararlo Bien de Interés Cultural antes de que se jubile. Dice que, cuando venga de visita y sea un cliente más, me dejará que le convide a alguna ronda. En los 30 años que lo conozco, no he conseguido nunca invitarlo a una sola caña y dudo que ahora me deje, pero eso es lo que me ha dicho. Por mi parte, ya les he revelado mi intención de reengancharme, a caballo de los nuevos tiempos y ante la posibilidad de hacer cosas interesantes de manera transversal, aun siguiendo en el mismo puesto.

Estoy contento en el trabajo últimamente y parece que hasta se me nota. Mi amigo X, que ha decidido jubilarse y se marchará a final de año, sostuvo conmigo el otro día una conversación muy significativa, que les transcribo
X: –Hay que ver qué bien te veo. Si pareces otro. Estabas muerto y hace un par de semanas que has resucitado como Lázaro.
Yo: –No te equivoques, amigo. Aun huelo a cadáver. Si no lo notas, es porque tú también estás muerto.
Como imaginan, los dos hemos leído Pedro Páramo. En este contexto, he llegado a la pausa del finde cansado pero feliz. Y encima volvió a ganar el Dépor, que sigue jugando como los ángeles, comandado por el gran Lucas Pérez, ese Ulises coruñés al que dediqué mi Post #296 hace casi un año, cuando regresó a su Ítaca particular tras fajarse durante años por tierras de Ucrania y Grecia.

Lo de que la ciudad esté limpia de contaminación es relativo, teniendo en cuenta la cantidad de Volkswagen, Audi y Skoda que circulan por aquí. Qué escándalo más tremendo. Que cabrones. Por si no lo han leído con detenimiento, los fabricantes alemanes de estos modelos, les habían incorporado un software que detectaba cuándo el coche estaba pasando un control de gases emitidos y falseaba automáticamente sus resultados, para que no se notara lo que contaminaba en realidad. O sea, que llevan echándonos mierda en el aire impunemente desde hace décadas, con premeditación y alevosía. Se merecen el falso spot que les acaban de sacar ahora. Véanlo. Sólo dura 6 segundos, pero es significativo.


Un humo parecido a este es el que se han dedicado a esparcir los socios de Junts Pel Si (JPS), demostración viviente del viejo adagio que dice que la política produce extraños compañeros de cama. Supongo que Oriol Junqueras debe de roncar de cojones, es difícil de entender que un tipo tan fisno como el cabeza (rapada) de lista Rail Romeva pueda compartir cama con ese señor. Anoche me llamó mi hijo Lucas desde Leipzig muy preocupado: –Papá, qué va a pasar con Cataluña. Le contesté relajado (llevaba unas horas celebrando la victoria del Dépor): –No te preocupes, hijo, en el fondo no hacen más que tirarse bufas todos. Los de JPS y Rajoy. En medio de la nube de contaminación es difícil saber lo que está pasando en realidad. Eso es lo que yo creo: lo que contamina nuestro aire político no es Zyclon B, ni siquiera gas sarín. Es simple metano. 

La nube continúa hoy lunes y no se ve muy claro a su través. Como en cualquier elección, todos han ganado, desde JPS (por cierto, ¿se han percatado de que esta coalición contra-natura tiene las iniciales de Jordi Pujol Soley?), hasta Ciudadanos, las CUP y el Partido Socialista. Los más alicaídos son el PP y Pablo Iglesias. Los primeros han pagado la frivolité de poner al frente de la lista a un fascista xenófobo. En cuanto al amigo Pablo, se vino arriba cuando Javier Krahe le invitó a cantar con él Cuervo ingenuo (vídeo que les traje oportunamente al blog) y ha repetido la gracia al menos en un par de mítines, sin darse cuenta de que hacía el ridículo. A eso se ha sumado el castigo por su indefinición sobre el tema principal que se decidía en Cataluña. Por lo demás, yo no veo motivo de preocupación y así se lo dije a mi hijo. No hay más que ver los resultados y compararlos con los de 2012. Pinchen AQUÍ para ver el cuadro comparativo.

Pinchen ahora sobre la fecha 2012, en el extremo inferior del semicírculo de colores. ¿Qué ven? Pues que Convergencia tenía 50 escaños y Esquerra Republicana de Catalunya 21. Entre los dos, sumaban 71. Esa era la situación hasta el sábado. Por aplicación de la Ley d’Hont, ahora, al ir juntos, deberían haber sacado muchos más, teniendo además en cuenta la incorporación de Rail el de la diéresis, que algún voto habrá rebañado (al menos los de su familia) ¿Y qué es lo que ven si pinchan en la fecha 2015, en el otro extremo del semicírculo? Pues que el extraño conglomerado no sólo no ha aumentado como pretendía, sino que ha bajado a 62. Demostración palmaria de ese seny de los catalanes que tanto les reclamábamos. Como resultado de esta nueva configuración del Parlament, la única posibilidad de Artur Mas de seguir con el prusés, es buscar el apoyo de las CUP, un grupo antisistema, formado por canuteros y rastafaris con pendiente, que ya han dicho que pasan de apoyarle. Así que, ¿por qué no habría yo de estar contento?

Como soy un resucitado (aunque todavía con un cierto tufo sospechoso), vuelvo a verlo todo por el lado positivo. De todas formas, no debemos confiarnos, la guerra no ha terminado y de un tipo tan taimado (él se cree astuto pero, lo que es, es taimado, que no es lo mismo), cabe esperar toda clase de maniobras para acercarse a las CUP. Hace meses que la portada de El Jueves anticipaba que se produciría esta situación. Aquí la tienen.



Una amiga más comprensiva que yo con el jodido prusés, me hablaba de ello en clave de ruptura matrimonial: si alguien se quiere ir de tu lado, tienes que intentar seducirlo con argumentos, no asustarlo con lo mal que va a estar solo, lo que va a sufrir y cuánto te va a echar de menos. Es correcto, pero yo creo que el caso catalán es más asimilable al del niño que entra en unos Grandes Almacenes y se encapricha con un juguete (la independencia). Como padre, le explicas tus argumentos: mira, Arturito, es un juguete muy caro, cuesta mucho dinero, papá no te lo quiere comprar, es peligroso para tu edad, además tus hermanos se van a sentir muy mal si te lo compro, etc, etc. Ante esa avalancha de razones, el niño suele empezar a hacer pucheros y, entre suspiros triples, dice entrecortadamente: –Sí, pero yo lo quiero (derecho a decidir). A los catalanes se les ha explicado en detalle cómo sería esa independencia en que algunos quieren embarcarles. Ante ello, algunos siguen musitando compungidos: –Sí, pero yo lo quiero.

Cuando estas situaciones llegan a un callejón sin salida, al niño sólo le queda montar un pollo considerable, tirarse al suelo a berrear y escenificar un berrinche superlativo para que todos los clientes de la tienda se fijen en el, piensen que el padre es un cabrón y se pongan de su lado. Pero los otros clientes (países extranjeros) suelen hacerse los longuis. Eso es lo que está pasando ahora. El gran circo de la Diada y la exhibición de banderas al viento de anoche son el berrinche del nene para conseguir su juguete. En catalán existe una palabra intraducible que expresa el grado máximo del berrinche de un niño: batistot. Y, ante un niño que s'agafat un batistot, la mejor solución es dejarle que siga, hasta que se canse de berrear. Supongo que eso es lo que ha intentado Rajoy.

¿Y ahora qué? Pues es muy probable que la situación catalana resulte ingobernable y ya no van a convocar más elecciones, porque lo normal es que siguieran perdiendo votos y ya está el personal ahito, de tanto parchear y tanto pito. Así que creo que sería el momento de tenderles la mano e intentar arreglar el entuerto. Los catalanes querían decidir y han decidido. Ahora les queda aguantar hasta las Elecciones Generales, a ver si pierde Rajoy y le sucede alguien que se siente a hablar seriamente con ellos. Porque, prescindiendo de decimales y aritméticas de la minucia, lo cierto es que estas elecciones nos han mostrado una Cataluña fraccionada en dos mitades irreconciliables. Un asunto peligroso, como detecta el siempre certero John Carlin, uno de mis ídolos periodísticos, en el excelente artículo de esta mañana, que pueden consultar JUSTO AQUÍ.

Sean felices.


viernes, 25 de septiembre de 2015

431. El ataque con gas sarín en el Metro de Tokio

Como saben, hace años que soy seguidor fiel de Haruki Murakami, un autor del que no sólo me compro y leo compulsivamente todos los libros que se van publicando en España, sino que además es mi ídolo y querría ser como él de mayor: dedicar mis mañanas a correr y escribir, echarme una siesta después de comer y ya no hacer nada hasta la noche, excepto vivir, cuidar a los amigos, ir al cine, leer, etc. Es además una persona de una sensibilidad y una honradez extraordinarias, cualidades que transmiten todos sus libros sin excepción.

Dicho esto, he de aclararles que, una vez que este hombre se ha convertido en una superstar de la literatura, su editorial española se esfuerza en sacar con regularidad nuevos libros suyos, para que no decaigan las ventas. Pero Murakami no escribe a esa velocidad y ha alcanzado un estatus por el que sólo publica (en Japón) cuando él quiere. ¿Cómo lo hacen en España? Pues muy fácil: rescatando viejos textos, novelas del principio, libros olvidados. Les importa un rábano que su calidad (en algunos casos) no sea tan alta. Sólo con que en la portada ponga Murakami, con una mínima promoción se venden ejemplares como churros.

Les cuento esto para que no se lancen a comprar todo lo que se publique de este señor, porque pueden llevarse un chasco importante. No es mi caso; a mí me gusta casi todo lo que firma. Hasta ahora había leído tres tipos de obras de este señor En primer lugar las novelas, algunas de ellas sublimes: Al sur de la frontera/al oeste del sol, Tokio Blues, Kafka en la orilla y 1Q84. Segundo, las colecciones de cuentos. Casi todas tienen algún relato espectacular, intercalado con otros peores. En esta disciplina, yo calificaría su producción de irregular. Y, en tercer lugar, un texto inclasificable: De qué hablo cuando hablo de correr, su libro más personal y autobiográfico en donde explica todos los detalles de su otra pasión: la carrera de fondo.

Bien, pues en estos momentos estoy leyendo un libro de un cuarto tipo. Se titula Underground y acaba de ver la luz en España, aunque el autor lo publicó en Japón a finales de 1996. El libro es el resultado de una investigación sobre un suceso tremendo ocurrido un año antes: el ataque terrorista en el Metro de Tokio, por el que cinco activistas de una secta dispersaron gas sarín en plena hora punta de un día de diario. Les voy a contar un poco de qué va este libro, sin miedo a chafárselo, porque no les recomiendo que lo lean. De hecho, yo he tenido que dejar de leerlo en la cama porque, en vez de darme sueño, me desvelaba y me intranquilizaba, hasta dejarme a las dos de la mañana con los ojos como platos. El ataque fue perpetrado por seguidores de la secta Aum Shinrikyo (La verdad Suprema). Se trata de un grupo liderado por un gurú llamado Shoko Asahara, cuya imagen tienen abajo.

Este angelito perdió la visión de un ojo cuando era niño y esa minusvalía condicionó en parte su trayectoria posterior, lejos de los ambientes universitarios y dedicado a la meditación y al cultivo del yoga extremo (si es que eso existe). En 1987, regresó de uno de sus viajes a la India y proclamó ante sus amigos que ya había alcanzado LA ILUMINACIÓN. Entonces empezó a congregar a su alrededor a una serie de gentes que seguían sus enseñanzas a pies juntillas. Unas enseñanzas basadas en una concepción sincrética del mundo, que incorporaba conceptos budistas, hinduistas y cristianos, en un batiburrillo que acababa por pronosticar el inminente armagedon, que acabaría con nuestro mundo mezquino. No se supieron nunca los motivos o los mecanismos mentales que llevaron a la secta a perpetrar ese ataque, porque nunca lo explicaron. Pero digo yo que a lo mejor lo que pretendían era acelerar el proceso que anunciaban.

Siete años después de su fundación, la secta contaba con decenas de miles de seguidores en todo el mundo y disponía de una estructura administrativa dividida en Ministerios. El Ministerio de Industria había conseguido fabricar gas sarín e incluso habían hecho una prueba un año antes, en 1994, en lo que dio en llamarse el incidente de Matsumoto, con resultado de 8 muertos y unos 200 afectados. Se sospechó de su autoría, pero no consiguieron probarla. El 20 de marzo de 1995, diez miembros de la secta, seleccionados expresamente por el líder, se prepararon para ejecutar la acción.

La noche anterior se concentraron en la sede, donde disponían de dormitorios colectivos. Al despertar, hicieron sus oraciones y procedieron a hacer un ensayo general. La cosa consistía en que cinco de ellos entrarían en el Metro y se subirían a vagones de las cinco líneas más concurridas, portando una especie de tetrabricks (dos cada uno) con el gas letal, que situarían en el suelo junto a ellos. A una hora convenida, todos a una pincharían esos envoltorios con paraguas afilados y saldrían a la calle. Los cinco restantes eran conductores de automóvil: su misión era llevar a los otros a las estaciones y recogerlos luego para huir a un escondite seguro. Los afectados esta vez fueron 6.000, muchos con graves secuelas. Pero los muertos fueron sólo 13, por lo que explicaré más abajo.

Un año después, con toda la cúpula detenida y en proceso de juicio, en la prensa apenas se hablaba de las víctimas. Es entonces cuando Murakami piensa que es su deber hacer un informe exhaustivo sobre este tremendo suceso, dando voz a las víctimas y testigos que encontrase y que quisieran contarle su vivencia de ese día terrible. Dedicó un año entero a este empeño, para lo que contó con dos ayudantes. Lo primero era localizar a las víctimas. Empezó por dirigirse a la policía, en donde, como es lógico, no le quisieron ayudar (la protección de datos y todo eso). Entonces, con sus ayudantes empezó a buscar recortes de prensa, testimonios gráficos, reportajes de televisión. Contó con la ayuda de vecinos y pequeños comerciantes que le informaban de la presencia en el barrio de alguien relacionado con el suceso. Al final localizó a unas 200 personas. Pero la mayoría no querían hablar del asunto ni revivir esos días. Por fin consiguió una lista de unos 60 dispuestos a colaborar.

La dinámica con cada uno de ellos era la misma. Murakami se citaba con él y le solicitaba sus datos personales. Luego grababa la conversación que mantenían, en la que le pedía que hablara de cómo había sido su vida, en qué trabajaba, cómo era su familia, etc. A continuación debía contar sus recuerdos de ese día infausto. Y al final, les preguntaba sobre sus sentimientos acerca de los miembros de la secta. Esas grabaciones, eran transcritas por sus ayudantes. Entonces, Murakami las reescribía, eliminando pasajes repetitivos y dándole una cierta unidad literaria. Cuando tenía un primer borrador, se lo mandaba al afectado, para que diera su visto bueno o cambiara lo que quisiera. El autor respetaba siempre los deseos de cada uno, reelaboraba el texto y se lo volvía a mandar. El proceso se repitió en algunos casos hasta cinco veces. Entre los fragmentos eliminados, el autor confiesa que había pasajes extraordinarios, que le dio pena borrar, pero él siempre respetó las instrucciones de los afectados. Algunos le pidieron utilizar seudónimos y Murakami advierte en el prólogo que no le parece correcto desvelar cuáles son seudónimos y cuáles nombres reales.

El libro reúne esos más de 60 testimonios y tiene 550 páginas. Es un poco repetitivo a veces, pero siempre conmovedor. Y aporta detalles espeluznantes. Los cinco ejecutores eran miembros de la elite cultural y científica del Japón, que se habían sumado a la secta. Uno de ellos, por ejemplo, había sido el jefe del servicio de Cardiología de uno de los mejores hospitales de Tokio, hasta que lo dejó todo (trabajo, familia) para sumarse a esa locura. En el juicio dijo que, cuando recibió la orden, tuvo un vago vestigio mental de que aquello no estaba bien, pero al final pudo más la obligación de cumplir las órdenes del líder. Otro de ellos, era ingeniero informático, número uno de su promoción. Parece que éste, después de estar en el Metro listo para agujerear los envoltorios, sufrió un ataque de horror, los recogió y se salió a un andén, en donde estuvo un rato meditando hasta que se decidió. Entonces se subió a otro vagón y cumplió las órdenes. Murakami profundiza en el componente aleatorio que salvó la vida a los pasajeros del primer vagón, que quizá hoy día ni siquiera sean conscientes de lo que pudo haberles sucedido.

Un tercer terrorista era el talentoso químico que había logrado sintetizar el gas letal. Murakami, con su habitual perspicacia, viene a sugerir que Asahara eligió precisamente a estos elementos brillantes como ejecutores, para someterlos a prueba a ver hasta dónde eran capaces de llegar, lo que certificaría definitivamente su sumisión. Cuenta también cómo el menos preparado y culto de los cinco, al hacer los ensayos (con recipientes idénticos llenos de agua), pone tanto énfasis que rompe su paraguas y tienen que afilar otro para dárselo. Estos elementos fueron todos identificados y detenidos. Del juicio, que se terminó en 2004, salieron 12 condenados a muerte y otros a diversas penas. Ninguno de los 12 ha sido todavía ejecutado, por las complejidades del sistema judicial japonés. Asahara, obviamente uno de ellos, perdió voluntariamente el habla a mitad del juicio y hoy en día mantiene su silencio.

El libro es un mosaico de testimonios que Murakami reproduce escrupulosamente sin añadir nada. Ahí hablan víctimas, familiares, bomberos, empleados del Metro, médicos, etc. Todos cuentan su experiencia. Entre ellos, uno de los médicos, responsable directo de que el número de víctimas mortales no fuera más alto. Se trata del facultativo que atendió a los afectados en el incidente de Matsumoto un año antes. Había investigado al respecto, sabía cómo actuar en casos así y había elaborado unos protocolos al respecto. Este señor, cuando empezó a ver en la tele las noticias del atentado, a título personal se puso a enviar por fax (no había entonces mail) esos protocolos a todos los hospitales de la ciudad. Gracias a su gesto, en todos lados supieron qué debían hacer y salvaron muchas vidas.

En una ciudad como la nuestra, que ha sufrido el 11-M y tantos atentados de ETA y GRAPO, no podemos dejar de sentir un intensa empatía con esa gente corriente que hace comentarios como estos que les transcribo: –Yo seguía caminando y veía gente tirada en el suelo y pensaba: ¡pero cuántos epilépticos se han juntado esta mañana! Otro: –Si no me hubiera parado a ayudar a aquel hombre en el suelo, no me habría visto afectado, pero yo soy de barrio y, si veo a un tipo en el suelo, voy y lo ayudo, no lo puedo evitar. Otro más: –Yo seguía y seguía caminando, al límite de mis fuerzas, porque tenía que llegar a mi oficina, ese día cerrábamos balances y no había nadie que pudiera sustituirme en mi trabajo. En fin, la gente huía despavorida de los andenes, trataba de salir a la calle porque se ahogaba. Pueden imaginárselo.

Un último matiz. Ya saben que hay tipos que le dan un empujón a alguien en el Metro, justo cuando entra el tren. Entonces decimos: –Ese es un loco. El enloquecimiento individual es algo que puede entenderse. El colectivo es más difícil de explicar, pero yo suelo ligarlo a mentes simples, capaces de dejarse manipular por una idea, o una mente dominante. En los grupos terroristas, los jóvenes recién captados se suelen rodar con pequeñas actuaciones: cortes de tráfico, rotura de cristales de bancos, pequeñas agresiones. Sólo los elegidos pasan al siguiente nivel. Lo de este caso del gas sarín es algo insólito para mí. Me resulta difícil imaginar al antiguo jefe del servicio de Cardiología de un hospital puntero montándose en un Metro con una bolsa de gas sarín y pinchándolo con un paraguas. Encima, inducido por un elemento medio ciego, sin estudios y con la cara que ven arriba en la foto. 

Pero creo que esto explica de forma muy explícita otros enloquecimientos colectivos, como el de los alemanes cultos y preparados que fueron arrastrados a un abismo de horror por un tipo bajito, feo, ignorante y con un bigote decididamente absurdo. O el de los italianos abducidos por un showman inculto y ridículo. Por no hablar de los españoles seguidores del enano de la voz atiplada. A dos días del peculiar domingo que nos espera, no voy a hacer más comparaciones porque, como dice una querida comentarista, no está el horno para bollos y yo no quiero contribuir a la crispación. Que ustedes lo pasen bien.