domingo, 18 de octubre de 2020

986. El maestro Tab Benoit que estaba allí

No sé qué imagen tienen de mí ustedes, queridos seguidores del blog, pero yo soy una persona muy emotiva y he de confesarles que ayer, después de comer, cuando abrí el ordenador para echarle un ojo a las noticias del día y vi la referencia de la enorme victoria de Jacinda Ardern en las generales de Nueva Zelanda, se me aceleró el corazón como hacía tiempo que no lo hacía. Y que, en plena taquicardia, abrí el vídeo en el que esta admirable mujer se dirige a sus seguidores en el Ayuntamiento de Auckland (dónde si no) para comunicarles su victoria y entonces me entró una llorera explosiva que se repitió las dos o tres veces que volví a ver ese vídeo. Les pongo AQUÍ la referencia de la noticia que yo me encontré buceando en la prensa del día, con el vídeo incluido.

Es que este es un asunto decisivo, es que es la demostración viviente de que los que entendemos el mundo de una determinada forma podemos ganar y organizarlo de una manera justa y ecuánime, es que eso es lo que anhelamos que pase en USA dentro de unas pocas semanas, porque no basta una victoria ajustada, hace falta ganarle por mucho a Trump para no darle la oportunidad de enmierdar el resultado, como hizo Bush en 2004 cuando el teórico empate hizo que los votos se empezasen a contar por los dedos (un-dos-tres-cua/un-dos-tres-cua) recuento que indefectiblemente llevaba a una victoria de Al Gore, pero que fue cortado en seco por el Supremo, esa instancia gobernada durante décadas por lo más reaccionario del país en comandita con el Senado, que en un momento dado decidió hacer de su capa un sayo, dar por finalizado el escrutinio en ese punto y proclamar ganador a Bush.

He usado una expresión ya muy en desuso (nadie lleva ya capa ni sayo) para subrayar lo arcaico, lo casposo de esa dupla que forman en USA el Supremo y el Senado. No quiero adelantarme, pero yo casi doy por descontada la victoria de Biden, espero que con margen suficiente. Así que mis anhelos y mis rogativas a los dos San Benitiños a los que venero (con permiso de Paco Couto) van dirigidas a dos puntos: una victoria holgada como la de Jacinda, y la mayoría en el Senado. Esto segundo está más difícil, ha sucedido muy pocas veces en la historia. Pero es que con congreso y senado del lado demócrata, sería factible aprobar una ampliación del número de miembros del Supremo y paliar un poco el desequilibrio de fachas (6 a 3) que pronto va a tener. Y que conste que Biden no me entusiasma, que me parece un abuelo un tanto cascado y un tipo no demasiado brillante. Por mi parte, ya saben quién sería el mejor candidato.

Esto nos lleva de cabeza al mundo del blues y, más en concreto, al blues sureño. En los años 80 había en el sur de los USA un movimiento de nuevos músicos que estaban al tanto de la explosión mundial del rock, pero a la vez eran fieles a sus raíces locales, al blues, el country y las diferentes tendencias de esta área tan rural y singular del país norteamericano. Por ahí andaban una serie de músicos blancos que habían interiorizado las armonías y los compases del blues primigenio, pero cuyas letras ya no contaban lo duro que es recoger el algodón en los cultivos de Arkansas, sino que aprovechaban ese universo sonoro para hablar de sus desengaños amorosos o de la dificultad de ganarse la vida en este universo tan cerrado. El máximo exponente de ese movimiento era el gran Stevie Ray Vaughan, guitarrista de Dallas (Texas), que alcanzaba un grado de virtuosismo sólo visto anteriormente en Jimmy Hendrix.

He hablado muchas veces en el blog de Stevie Ray Vaughan, pero creo que no les he puesto ningún vídeo suyo. Hora es ya de que le veamos, para que puedan ustedes valorar si exagero o no. Stevie era directamente un alcohólico y un drogadicto, algo muy habitual en el rock de aquellos tiempos. Se cuenta que se desayunaba ya con un lingotazo de whisky y se calzaba varios gramos de cocaína diarios. En una gira por Europa tuvo una especie de colapso y los médicos le dijeron que, o paraba, o iba a vivir muy pocos años más. Estuvo ingresado en clínicas de rehabilitación varios años y regresó sobrio, pero consiguió alcanzar su mismo nivel de virtuosismo con la Fender Stratocaster que era su guitarra preferida. Podemos verlo aquí interpretando una de sus composiciones, de letra bien sencilla: tío, mejor deja a mi chica en paz. You better leave my girl alone. Blues en estado puro. Reconocerán aquí muchas de las armonías que utiliza Samantha, aunque ella les da un tono más femenino, más dulce. Este hombre era un auténtico animal con la guitarra. No se ha visto nada igual. 

Lo dicho, una bestia parda. Stevie Ray Vaughan tendría ahora 66 años si no se hubiera matado en un accidente de helicóptero en agosto de 1990, cuando volaba en dirección a Chicago, donde tenía unos bolos. El universo del blues se quedó huérfano. Los músicos que les vengo poniendo en el blog y que han revitalizado ese mundo, tienen en torno a 30 años y llevan unos diez haciendo música. Cuando desapareció Stevie, algunos apenas habían nacido. Hablo de Samantha Fish, de Larkin Poe, de Damon Fowler, de Jeremiah Johnson, de Luke Winslow y otros. Ellos son el presente de la música sureña. Pero hay un elemento clave en esta historia: el gran Tab Benoit. Este hombre tiene en estos momentos 52 años. Es decir, cuando mis admirados Samantha and company empezaban a hacer sus pinitos con 17/18 años, este señor ya llevaba 20 años en la carretera. Cuando estos arrancaron sus carreras, Tab Benoit estaba allí.

Tab Benoit es el eslabón perdido del blues y se mantiene en plena forma. Ahora les contaré algo de él, déjenme primero que les ponga una de sus actuaciones en vivo, para que vean que aquí suenan los acordes de Stevie Ray Vaughan y hasta de Jimmy Hendrix y también anticipa lo que hace Samantha. Este señor, además de un guitarrista y cantante muy bueno, es humorista, le gusta contar largos chistes entre canción y canción. Aquí le vemos diciendo que va a cantar una canción que le ha pedido alguien del público al que ya no ve por ahí. Seguramente se ha ido al baño (risas). A lo mejor es uno de esos histéricos de la higiene que se tiene que lavar todo el rato. Si yo les contara las porquerías que hacíamos de niños. Y así estamos: inmunizados contra los gérmenes. Yo les diría a estos maniáticos que lamieran un poco el suelo. O que, después de conducir un coche, se lamieran ambas manos. 

En fin, todo esto es en tiempos pre-covid, desde luego. Y no les engaño: este hombre maneja un acento sureño tan cerrado que apenas le entiendo, les he puesto lo que me imagino que dice. Les pido que lo escuchen y vean al menos una parte de la canción, hasta donde se cansen. Les voy a poner luego otras tres y quiero que esas las vean enteras, así que, si es mucha tela, prefiero que se salten una parte de esta. Les diré que Tab suele tocar en el formato power trío, y va cambiando de batería, pero su bajo es siempre el mismo: el obeso Corey Duplechin, un sujeto espasmódico, trémulo, grasiento, representación viviente de los epsilones de Un mundo feliz, un verdadero friki. Pero que toca el bajo de puta madre. En este vídeo, quizá reconozcan al batería de turno. No sé su nombre, pero se trata del mismo que integraba la banda de los Caballeros Absolutamente Monstruosos que suele arropar a Jon Cleary, ese que abre la boca todo el rato como si se estuviera riendo, pero es una mueca con la que subraya su concentración. Véanlos ya.

Tab Benoit nació en Baton Rouge, la capital administrativa de Louisiana, ese estado sureño donde las encuestas le dan una holgada ventaja a Trump. Pero, cuando era niño, su familia se trasladó a Houma, una ciudad portuaria y petrolera que está entre Nueva Orleans y el borde del océano, en pleno delta del Mississippi. Y sigue viviendo allí. Podría haber llegado a ser una estrella del rock, pero no le interesa. Es un hombre sencillo, arraigado en su comunidad, que no ostenta ningún rasgo extravagante, salvo su gusto por las camisas llamativas. Es padre de familia, he visto algún vídeo en el que sube al estrado a tocar a uno de sus hijos. No lleva el pelo largo, ni tiene pendientes, ni usa drogas, pertenece a la generación que ya pasó de estos temas. Su vida está en el blues, en sus giras (exclusivamente por USA), en sus amigos, sus bares y sus chascarrillos.

Una de sus especialidades son las canciones lentas, que narran las desdichas del desamor que sólo una guitarra como la suya puede expresar. En el blog le hemos visto cantando una buenísma, que se llama Nothing can take the place of you, Nada puede ocupar tu sitio. Tal vez la recuerden, es una preciosa balada, perfecta para arrimar cebolleta, que empezaba con un verso ya demoledor: I moved your pictures, of my wall, he quitado tus fotos de mi pared, etc. Aquí van a ver cómo interpreta este señor una canción de este tipo, una versión de un tema del gran Otis Redding: These arms of mine. El bajo es el gordo de siempre, pero les pido que se fijen en el batería. Se llama Terence Higgins y es uno de los dos negrazos que ha contratado ahora Samantha Fish para que la acompañen en su actual gira. Con su sempiterno sombrero negro. Otra cosa que les digo. Samantha Fish tiene una colección amplia de guitarras y cambia todo el rato de instrumento en sus actuaciones. Tab parece que sólo tiene una: su vieja Fender Telecaster del 72, con ese aspecto medio escarallado. Algo que dice mucho de la idiosincrasia de ambos. 

Una preciosidad. Tab Benoit es un hombre comprometido con su tierra. Le preocupa mucho la forma en que el océano se va llevando la costa y tiene claro que esa erosión fatal y muy peligrosa para las ciudades costeras está motivada, como todo, por la acción del hombre. En el siglo XIX, se construyó un canal para que los barcos pudieran seguir remontando el Mississippi hasta los puertos de las ciudades río arriba. Eso ha modificado el ecosistema del río que llegaba al mar de manera tranquila, a través de un delta gigantesco, pero de difícil navegación. En 2003, Tab fundó un grupo que se llama Voices of Wetlands, voces de los humedales, que está involucrado en promover la conservación de la costa, los pantanos y los ecosistemas de Louisiana.

Como parte de su actividad, estaban filmando un documental de una hora sobre los estragos del huracán Lily, en el que se avisaba de que estos fenómenos iban a ser cada vez más frecuentes y mortíferos. Y entonces llegó el Katrina. En medio del caos, se prohibió a los aviones y helicópteros que sobrevolaran la zona sin permiso. Así que no hay grandes imágenes del desastre, salvo las oficiales. Pero Tab y su gente compartían los helicópteros con una productora que estaba filmando por allí unos capítulos de la serie Miami Vice, y tenían puestas unas pegatinas de la policía de Miami. Con esos helicópteros se internaron en la zona prohibida y les dejaron pasar; dice Tab que debieron de pensar que venían a traer ayuda. Las imágenes se incorporaron a su documental y lo convirtieron en un film muy valioso que se exhibió en festivales por todo el mundo.

Como parte de la implicación de Tab con su región y su gente, le encanta la gastronomía local, el gumbo, el jambalaya y los cangrejos del pantano. Y ahora les voy a pedir que vean como canta una canción al respecto. La letra es sencilla: my baby got the fire/I got the food/ we make a good gumbo/ yes, we do. Es decir: mi chica pone el fuego, yo pongo la comida, hacemos un gumbo de puta madre, vaya que sí. No le busquen dobles sentidos, sólo dice eso. Luego va contando lo que le echa, cuánto le gustan los champiñones del pantano y los animalillos que va cazando.

Es un tema que discurre a un ritmo vertiginoso, muy típico de New Orleans, donde se usa este tipo de canciones para bailar por la calle. Aquí les acompaña un amigo que toca el acordeón como un auténtico arcángel. Y es increíble cómo Tab mantiene la nitidez y la riqueza de sus punteos a esa velocidad. Y, en un momento dado, hace una cosa que sólo se puede escuchar en New Orleans: atrapa las cuerdas con la mano izquierda y usa la guitarra como si fuera un instrumento de percusión. Un verdadero malabarismo que el público acoge con rugidos, pero él continúa impertérrito con sus punteos y hablando de los champiñones. Merece la pena que lo vean. Esto es el espíritu de Nueva Orleans.

Cuando le preguntan a Samantha por los músicos que más le han influido suele citar a los Stones, The Band, Tom Petty y otros, pero nunca nombra a Tab Benoit. Sin embargo, se llevan bien y se invitan frecuentemente a tocar con sus grupos respectivos. Samantha sabe que es su maestro, el tipo que mantuvo viva la llama hasta que ella y los de su generación llegaron, el músico que ya llevaba veinte años en la carretera cuando ella empezó a hacer sus pinitos de quinceañera. Y Tab sabe que ella es la que ha roto todas las barreras, ha dado el salto a un merecido estrellato y ahora juega en las grandes ligas del rock. Ambos se respetan y tienen buen rollo entre ellos. La verdad es que con Samantha es difícil llevarse mal.

Vamos a ver un ejemplo, que les dejo de despedida. El vídeo recoge el final de otro de los chistes de Tab, que ya desisto de entender. Entonces anuncia una canción de la que dice que tanto Samantha como él suelen cantarla en los conciertos. Se trata del clásico I put a spell on you, tremenda canción del legendario Screaming Jay Hopkins, que hoy no pasaría el filtro feminista del You Too: te lancé una maldición, porque eres mía, no te podrás ir con otro, etc. Es una canción que ha versioneado todo el mundo. Tab canta las dos primeras estrofas y le cede la vez a Sam para el primer punteo. Y vemos como nuestra chica favorita se esfuerza al límite, se esmera metiendo los labios hacia dentro para concentrarse en sacar una melodía realmente maravillosa, a la altura de lo que se merece su anfitrión.

Vemos que Samantha coquetea abiertamente con Tab, por ejemplo, cuando termina el primer compás y confirma que puede tocar otro más. También se comunica visualmente con el batería en varios momentos. Sin embargo, ningunea de forma llamativa al gordo, al que le da la espalda todo el rato, algo muy inusual en Samantha, que confraterniza con todo el mundo y tiene debilidad, como yo, por los frikis. Tal vez sea porque le ha dicho alguna bordez, a lo mejor es un baboso. Al final de ese punteo fabuloso, vemos que Samantha se va situando estratégicamente ante el micrófono como suele hacer. Todavía le manda una última mirada deliciosa a Tab, como diciéndole: canto yo ¿no? Entonces se coloca el micrófono y todo el público aúlla, porque no sabían que iba a cantar, Tab no deja cantar a casi nadie en sus shows.

Y en la segunda parte de la canción, invierten papeles: ella canta y él hace el solo de guitarra. Y vemos que Tab, ha de esmerarse también, porque Sam le ha dejado el listón muy alto. Todo esto sucede en el festival de Telluride, que se celebra cada septiembre en esa estación de esquí y al que no suelen faltar ninguno de los dos. La canción, como han visto de letra tenebrosa, se desliza hacia el final con ambas guitarras sonando muy distorsionadas y con una iluminación ad hoc. Realmente impactante. En fin, hoy hemos vuelto a hablar de blues, porque la actualidad es casi tan tenebrosa como el aire de esta última canción y porque mi amigo X me convenció este verano de que yo tenía que escribir de lo que me diera la gana y el que quiera que me lea y el que no, que se vaya a tomar vientos. Así quedó dicho. Que la semana que empieza mañana les resulte grata y fructífera. Yo se lo deseo. Y cuídense.

jueves, 15 de octubre de 2020

985. Impasible el alemán

Bueno, seguimos aquí al pie del cañón, pendientes de los temas que más interesan en este blog, la campaña USA, que yo creo que va bien y la vamos a dejar para otro día, la gira de Samantha Fish, que sigue viento en popa y por supuesto, el maldito virus. Yo tengo una idea clara: el virus está por todas partes y nadie tiene ni puta idea de cómo opera, por qué unos se contagian y otros no, por qué unos se ponen muy malitos y otro no se enteran, y por qué de pronto se ven seriamente afectadas unas zonas y otras no. España ha liderado esta segunda ola de contagios, pero ahora la siguen los demás, Francia, Alemania, Italia, Portugal, Bélgica, Holanda. Siempre he pensado que a nosotros nos ha tocado ir ahora en cabeza, igual que antes le tocó a Italia, y que esto no era por tener en el gobierno a Sánchez y al de la coleta, como sostiene el fraCasado, con su habitual des-facha-tez. 

Pero eso no quita para que investiguemos si estamos haciendo algo mal y cómo podemos mejorarlo. Por lo que yo veo, la respuesta al virus es bastante poderosa en países autoritarios, como China, donde funciona el ordeno y mando. Allí han derrotado al virus a garrotazos, y al que levante un poco la voz, le dan hasta que se calle. Extremo de esta tendencia son lugares como Corea del Norte, donde está prohibido tener la Covid-19, al que se le ocurra decir que está malo lo rematan ya directamente. Como ya se contó en el blog, el presidente de Turkmenistan ha prohibido incluso hablar de ello bajo pena de cárcel. Y el de Bielorrusia, que sigue en el poder tras el reciente pucherazo, recomienda lavarse las manos con vodka y echarse luego un trago, como medida terapéutica infalible.

Pero hay otros lugares en donde el virus se ha controlado con sistemas inteligentes y sin perder su carácter democrático. Por ejemplo, ¿saben ustedes cuantos casos y muertos ha habido en Uruguay? Se lo desvelo: 2.388 casos y 51 muertos. Un país que está metido en el sándwich mortífero que forman Argentina y Brasil. La BBC le dedica a este curioso caso un reportaje que pueden consultar AQUÍ. Yo se lo resumiría, pero para eso primero tendría que entenderlo. Tal vez el mayor éxito en la lucha contra el coronavirus es el que muestra Nueva Zelanda. Pero es que aquí tienen a la presidenta Jacinda Ardern, otro de los ídolos de este blog.

Jacinda y su gobierno han logrado detener las dos olas del virus, una detrás de la otra. En cuanto han aparecido casos, han iniciado su estrategia hasta que no ha quedado un solo infectado. Preguntada por cómo lo hace, lo resume en una frase: to do hardly, to do early. Es decir: darle duro y darle pronto. Está bien claro. Justo lo que no hacemos aquí. Por cierto, aprovecho para recordarles que pasado mañana hay elecciones generales en Nueva Zelanda. Nadie duda de que esta señora estupenda revalidará la presidencia. La única duda es si necesitará hacer alianza con los verdes como hasta ahora o tendrá mayoría absoluta. Abajo tienen una foto suya, de uno de estos días finales de su campaña electoral. Jacinda está feliz en un mundo sin covid, donde no se necesitan mascarillas. Y pueden ver también cómo la quiere su pueblo, de rasgos inequívocamente maoríes.

Pero no hay que irse tan lejos para encontrar estrategias exitosas. Por ejemplo, en Italia se están haciendo las cosas bien, no es casualidad que les vaya mejor. Mi hijo Kike, que está estos días en Milán por trabajo, me da algunos datos. Allí, ahora mismo, si quieres ir a un bar (sólo en terraza), además de tomarte la temperatura, hacerte lavar las manos con gel y todo lo demás, te toman los datos, nombre, DNI y domicilio. Por si se registra algún contagio posterior. El rastreo de contactos no es una técnica a posteriori, sino una tarea preventiva. Ya ven que aquí no actuamos correctamente. Pero es triste que el fraCasado y compañía digan que es por culpa de Sánchez. Yo estoy convencido de que, con ellos en el gobierno, se haría igual de mal. El otro día les dije que el gobierno de Ayuso no había acometido ninguna iniciativa legislativa. Falso. Han elaborado una ley. Hoy mismo se ha publicado. ¿Saben cuál? Sí, han acertado: la nueva Ley del Suelo. La que va a casi suprimir las licencias y que cada uno haga lo que le dé la gana. Venían con esa idea en la cabeza, y no les para ni el covid.

Mierda, que yo no quería hablar de política. ¡Joder! En realidad, yo quería hablarles hoy de literatura. Este martes tuvimos el segundo club de lectura de la temporada, del grupo Billar de Letras, y fue sensacional. Les aclaro algo. El club de septiembre, el primero, giró en torno al libro Niña, mujer, otras, la extraordinaria novela de Bernardine Evaristo, que ya les he recomendado por activa y por pasiva, les va a encantar. Pero la sesión del club, en sí misma, me resultó un poco bluff. Esta vez ha sucedido lo contrario. El libro es cojonudo, pero yo no se lo voy a recomendar, ahora veremos por qué. Pero la sesión fue sensacional.

El libro se llama Todo en vano (Walter Kempowsky, 2006, Libros del Asteroide). Se trata de la última novela de este escritor alemán, muy valorado en su tierra, que falleció un año después de su publicación. La obra nos cuenta las horas angustiosas que vive una familia aristocrática de la Prusia Oriental, en 1945, mientras esperan que lleguen los rusos, que supuestamente arrasarán con todo, como ya hicieron en la Primera Guerra Mundial. Por la mansión campestre de esta familia pasan sucesivos personajes, que dan diferentes visiones de lo que está ocurriendo. Es una novela tenebrosa, depresiva, en la que lo más que se percibe de los rusos que vienen es el bramido que se oye a lo lejos, que uno de los personajes identifica como fuego de cobertura. Y que viene acompañado por un resplandor rojizo.

Ya les adelanto dos cosas (disculpen el spoiler, pero no creo que se animen a leerla). Una: los rusos no llegan nunca, son como el Godot de la obra teatral. Dos, la presión llega a tal nivel, que los de la casa huyen finalmente, sumándose a una caravana caótica de carros que atasca la carretera, en busca de un lugar llamado La Albufera, en donde esperan subirse a un barco y huir. Y de los personajes del libro, no queda ni el apuntador, algunos mueren por bombardeos sobre la columna de vehículos, otros atropellados en el caos, ahorcados por ladrones y otras barbaridades. Bien, se trata de un libro que se inserta en una nueva, relativamente, tendencia de la literatura alemana. Después de la Guerra Mundial, el pueblo alemán asumió colectivamente el papel de malos de esta película, de verdugos que debían purgar su culpa. Pasó mucho tiempo hasta que algunos escritores empezaron a reivindicar también el papel de víctimas: Gunter Grass, Heinrich Böll y este Kempowsky.

El libro tiene para mí un interés suplementario. Es una crónica de un mundo que está a punto de desaparecer. Pero literalmente: la Prusia Oriental ya no existe hoy en día. Toda la población alemana fue deportada al oeste. La capital Köningsberg, fue bombardeada por los ingleses y arrasada completamente. Y este territorio fue colonizado por rusos que se implantaron allí, atraídos por las subvenciones que les ofrecía el régimen soviético por trasladarse. En el lugar de Köningsberg se edificó una nueva ciudad: Kaliningrado. Hace un par de años, conocí a un escritor de esta ciudad, el gran Yuri Buida, autor de dos libros que me encantaron: El tren cero y Helada sangre azul, que ya les recomendé en este blog. 

Asistí a una entrevista que le hizo Ronaldo en el FNAC. Y recuerdo dos cosas. Una, que, tal como nos contó, él era hijo de una de esas parejas que se desplazaron a la zona desde el centro de Rusia. De modo que él tenía una memoria de su pasado que se interrumpía hacia atrás en un punto, a partir del cual nadie hablaba. La otra, que, como la ciudad de Kaliningrado fue construida desde cero durante el período soviético, no había iglesias. Todos eran ortodoxos y rezaban donde podían. Sólo tras la caída del mundo soviético se construyeron las primera iglesias. Si buscan ustedes Kaliningrado en el mapa de Europa, verán que es una ciudad a orillas del Báltico, que forma parte de un trozo de Rusia separado del resto del país. 

Por lo demás, me encantó la sesión del club porque contamos con el traductor del libro, Carlos Fortea, un veterano que fue hasta decano de la Escuela de Traducción de Salamanca y que sabe mucho de la cultura alemana. En un momento dado, comentó un tema. Los personajes de la novela pueden huir a tiempo, pero no lo hacen. Esperan hasta el caos final, cuando ya la situación les arrasa. Según Fortea esto es algo muy alemán. El alemán es un tipo que tiene una confianza ciega en la autoridad, que espera a que le digan lo que tiene que hacer, porque no le gusta improvisar. Y esto, siempre según Fortea, es una expresión de esa mentalidad cuadriculada, que se instauró cuando los alemanes de Prusia la impusieron a los de la parte más occidental, los del entorno del Rhin, que eran más cachondos y más creativos.

Nunca había oído eso de las dos Alemanias y me quedé impresionado. Yo he viajado por muchas ciudades alemanas y me encanta ese orden que tienen, esa sensación de seguridad que se transmite. Los alemanes cumplen las normas que se les imponen, por naturaleza, porque son así, obedientes. Esa es la idea que yo me traje de mis viajes a Berlín, Hamburgo, Munich, Leipzig, Friburgo, Dresde y otras ciudades. Pero conozco a dos alemanes que viven en Madrid. Uno es mi querida cuñada mayor, 85 años. El otro es mi peluquero Jurgen, del que ya les he hablado varias veces. Y los dos me dicen lo mismo: que los alemanes cumplen las normas, no porque esa sea su naturaleza, sino porque al que se sale de la norma lo crujen a multas, le imponen unos castigos muy severos, que la sociedad en su conjunto aprueba, una sociedad que es la primera en denunciar los comportamientos atípicos.

Mi cuñada lleva en España cerca de 60 años y que nadie le hable de volver a Alemania. Jurgen está también feliz aquí. Al escuchar a Fortea, caí en la cuenta de que ambos son de la zona más occidental. Mi cuñada es de la zona de Mannhein-Auerbach. Y Jurgen, de Friburgo, una ciudad en la que hay hasta naranjos y limoneros. Ambos comparten ese carácter un poco gamberro, esa sonrisa ingeniosa con un punto travieso. Le pregunté a Fortea por esas dos Alemanias originales y cómo fue que la del este había impuesto su carácter prusiano a la otra.

Me dijo que la diferencia entre ambas la marca la Reforma de Lutero, que fue en el Este. Para los protestantes, el pecado original es algo que no se borra nunca. Y, en consecuencia, se pasan toda su vida siendo muy correctos y muy rígidos para compensar esa culpa primigenia que nunca lavan del todo. En cambio, los católicos de Roma, vivimos de puta madre, hacemos toda clase de tropelías, porque bastan unos segundos de arrepentimiento al final de nuestras vidas para que se nos perdone y consigamos ese cielo que tanto les cuesta a ellos. Los calvinistas, protestantes más extremos, dicen que eso es un cachondeo, que para ganarte el cielo tienes que ser bueno y correcto todos los segundos de tu vida. Acojonante.

Hablamos también del carácter japonés, que es parecido, pero distinto. Los japoneses son un pueblo que funciona de manera colectiva y han aprendido a hacerlo después de calamidades como terremotos, guerras y epidemias. El japonés es un sujeto que disfruta haciendo lo correcto, lo tiene interiorizado. Y, cuando no lo ve nadie, sigue actuando correctamente. Así se lo manda Confucio. A este respecto, recordé una anécdota que conté en el blog. Yendo en tren de Hamburgo a Lübeck, la patria de Gunter Grass, se desencadenó una huelga de ferroviarios. A la hora que tocaba, pararon el tren y nos dejaron en medio de la nada, muy cerca de nuestro destino (pero nosotros no lo sabíamos). No había autobuses (paraban también en solidaridad con la reivindicación de los ferroviarios).

Y conseguimos llegar a una pequeña estación, desde donde nos ofrecieron taxis gratuitos para llegar a Lübeck. Entonces empezaron a llegar los taxis de uno en uno y los pasajeros alemanes se abalanzaron sobre los primeros, disputándoselos a puros codazos. Esto es algo que contradice ese carácter organizado que se suele adjudicar a este pueblo. Y algo que nunca sucedería en Japón. Según Fortea, eso sucede entre alemanes cuando no hay una autoridad que dirija el cotarro. Y es lo que sucede también al final de la historia que se narra en Todo en vano. Por otro lado, Kempowsky narra ese desastre con frialdad absoluta, con lo que algunos del club denominaron desapego. Impasible el alemán. Es ciertamente un libro de lectura difícil, aunque te engancha en su espiral hacia la ruina.

Les dejo. El 23 de este mes se publica el nuevo disco de Bruce Springsteen con la E-Street Band, que todo el mundo dice que es fabuloso y que llevaba más de 30 años sin hacer un disco como este. Pero ustedes tiene la suerte de seguir este blog y ya han escuchado las dos canciones que el Boss ha publicado en Youtube: Letter to you y Ghost, realmente extraordinarias. Las chicas de Larkin Poe, las encantadoras hermanas Rebecca y Megan Lovell también publicarán próximamente, en concreto el 20 de noviembre, un disco de versiones de clásicos. Han aprovechado el confinamiento para grabar en su casa estas versiones (covers, que decimos los elegantes). El otro día les traje el Nights in white satin. Hoy les voy a dejar con una deliciosa versión del clásico In my life de John Lennon para los Beatles. Por cierto, Rebecca se atreve a reproducir con su guitarra el solo de piano con que el productor George Martin le quiso dar un punto barroco a la canción. Es algo muy meritorio y le sale muy bien. Que ustedes lo pasen bien. Y ya saben: denle duro y denle rápido.


lunes, 12 de octubre de 2020

984. Historias conquenses

Desde que me han cambiado la interfaz del blog, no me fío demasiado de las encuestas de audiencia de la página, pero según dicha aplicación, tengo casi tantas visitas desde Estados Unidos, como desde España. No es de extrañar, teniendo en cuenta que hablo más de temas norteamericanos que de los nuestros, aburrido como estoy de la bronca continua, de la trifulca permanente, de la gresca indisimulada a la que se entregan nuestros políticos, condenados a una especie de siniestro aquelarre eterno, en el que parecen disfrutar con fruición, cual gorrinos en lodazal templado. Yo propondría, igual que han hecho con la reanudación de la NBA, crear una burbuja hermética, inmune al Covid-19, y meter ahí dentro a todos los políticos, de Vox a Podemos, para que se dedicaran a pelearse entre ellos, a insultarse y ponerse zancadillas. Mientras los tuviéramos a buen recaudo, seguro que los demás nos organizábamos para sacar adelante este país, sin la interferencia de esa casta de impresentables. Me sale del alma un lema: MENOS MAL, QUE NOS QUEDA NADAL.

Así que hoy, para dejarles descansar de tantas novedades de Kansas City, Nueva Orleans y otros lugares similares, les voy a contar algunas cosas sobre la provincia de Cuenca, por donde anduve unos días de septiembre, oxigenando mi cuerpo y mi mente entre encierro y encierro. Tomé nota de una serie de temas, muy adecuados para este blog, pero luego no he encontrado el momento de desarrollarlos. Para empezar, uno sale de la gran urbe madrileña por la A-3, un desagüe viario por el que circulan cientos de coches con gente que se va al campo o la playa. El tráfico es espeso, premioso, incómodo, peligroso. Hasta que llega uno a una señal que dice Cuenca. Te desvías, tomas el lazo cuartocircular que te lleva a la dirección perpendicular a la que traías, pasas bajo el tablero de la autovía y sigues hacia el Este, por una carretera completamente vacía. Lo de la España olvidada es literal: aquí no viene ni Dios.


La ciudad de Cuenca es una auténtica maravilla, no se la voy a descubrir ahora (les voy intercalando algunas de las fotos que tomé en mi excursión). Y tiene un atractivo añadido: el Museo de Arte Contemporáneo, en una de las Casas Colgadas, donde se puede ver la obra de Manolo Millares (el que más me gusta) y también las de Sempere, Saura, Zobel, Canogar, Tapies y todos los demás miembros de una generación pictórica inigualable. Esta vez, había una monográfica de Millares (imagino que continúa, puede ser un buen plan para cuando nos desconfinen), en donde se podían ver bocetos, libros ilustrados y hasta un vídeo muy interesante en el que se ve cómo trabajaba este artista único. 

Por si no saben mucho de este interesante personaje, les diré que nació en Las Palmas de Gran Canaria, sexto hijo de un profesor de secundaria del Instituto Pérez Galdós, que tuvo hasta nueve vástagos. Manolo no fue el único con veleidades artísticas: el quinto, Eduardo, fue uno de los mejores viñetistas de la prensa canaria y fundó un diario satírico similar a La Codorniz, que se llamó Roque Nublo. Y el pequeño, Totoyo, que todavía vive (tiene 85 años) fue el fundador y el alma del grupo folclórico Los Gofiones, que no llegó a ser tan popular como Los Sabandeños pero aun pervive. Tuve un amigo canario que me habló de esta familia, muy querida en su isla. Como buen canarión, mi amigo odiaba a muerte a los chicharreros (y compartía con ellos el odio al godo).

En Cuenca es posible darse grandes paseos por los caminos de ribera del Júcar y el Huécar, además de callejear por la madeja de callejones medievales del centro histórico, con sus bares bien servidos en donde degustar el morteruelo, los zarajos y otras delicatessen locales. Por la noche hay que abrigarse, que la humedad que sube de los ríos se te apodera de la garganta. Bien abrigado, se puede cruzar por el puente metálico hasta el pequeño cerro del Parador Nacional, para ver desde allí la panorámica de las Casas Colgadas con la tenue iluminación de las viejas farolas, cercadas por la neblina del anochecer.

Pero en este blog, ustedes esperan que yo les cuente alguna cosa de las que no salen en las guías ni son fáciles de encontrar en Internet (como lo de la familia de Manolo Millares, que seguramente ignoraban). En ese sentido, ¿a que no saben quién es el santo patrón de Cuenca? Yo no lo sabía hasta este viaje: se trata de San Julián el Tranquilo. Qué quieren que les diga: una ciudad que tiene un patrón con semejante nombre no puede menos que ser un sitio cojonudo. Otros pueblos y ciudades tienen a San Fulano Apóstol, u obispo, o mártir, o labrador, o hasta bailón como San Pascual, pero tranquilo, yo dudo que exista otro santo igual.

San Julián el Tranquilo había nacido en Burgos y ya llevaba una larga trayectoria como cura en Palencia, Toledo y otros lugares, cuando fue nombrado obispo de Cuenca por el rey Alfonso VIII, el gran benefactor de la ciudad que había empezado por reconquistarla de los moros. Julián era un obispo mundano, que hacía labor social por toda su diócesis, ayudando a todos los necesitados, aunque no fueran cristianos. La gente lo quería mucho porque era bondadoso y amable con todo el mundo. Y le gustaba mucho irse a descansar a una cueva cercana a la ciudad, en la que decía que era donde estaba más tranquilo. Allí se llevaba mimbres que mojaba con el agua que corría por algunas paredes para tejer cestillos que luego regalaba a sus feligreses.

Se dice que hizo un solo milagro; que un día las paneras en donde recogía la limosna en la misa aparecieron llenas de trigo, pero parece claro que tuvo que ser un montaje que organizaron sus ayudantes para que luego pudiera ser santo. Continuó siendo el obispo de Cuenca hasta su muerte, el 28 de enero de 1208, fiesta local de Cuenca. Yo tengo muy claro que este señor fue un adelantado a su tiempo, que fue un hombre bueno y que su espíritu protege todavía a esta ciudad, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1996. Pero mi excursión no se quedó sólo en la ciudad, sino que se extendió a la zona de Priego, Beteta, Albalate y el balneario de Solán de Cabras. En una palabra, el fértil territorio que ocupa el extremo norte del pentágono que forma la provincia y que se conoce como La Serranía.

En 2018 estuve en Priego con mi grupo de senderistas y ya les conté algunas singularidades de esta ciudad (ellos dicen que no son un pueblo, que les concedió el rango de ciudad Juan II, padre de Isabel la Católica). Y les conté que el arco que remata la Calle Larga por el extremo norte es el lugar de donde partió Don Quijote con la intención de ver el mar, ruta que le llevó por Alhama de Aragón y Zaragoza hasta Barcelona. Allí pudo ver el mar, pero se desafió con el Caballero de la Blanca Luna, que le derrotó. Desanimado, decidió volver a casa. Pero siempre que se habla de Cuenca, nos viene a la memoria el archifamoso Crimen de Cuenca. Pilar Miró filmó la historia en 1980 y tuvo el dudoso honor de firmar la única película secuestrada judicialmente en tiempos de democracia.

En realidad, la historia debería llamarse el error judicial de Cuenca, pero para título de película era demasiado feo. Pero eso es lo que fue: un error judicial, y no un crimen. La historia: un pastor apodado El Cepa, vende unas ovejas de su rebaño, cerca del pueblo de Tresjuncos y desaparece. Su familia denuncia la desaparición y las autoridades detienen e interrogan a dos compañeros suyos pastores. Hay un juez y un cura especialmente sanguinarios que incitan a los guardias civiles a apretarles las tuercas. Los dos pobres desgraciados son sometidos a terribles torturas hasta que confiesan (esas torturas reproducidas en detalle en la película motivaron sus problemas para ser estrenada). Tras la confesión, son declarados culpables por un jurado popular y condenados a 18 años de cárcel. Saldrán en libertad doce años más tarde, pero ni ellos ni sus familias se librarán nunca del estigma y la inquina popular.

Años después, al cura sanguinario le llega una carta del cura de otro pueblo, pidiéndole la partida de nacimiento del Cepa, porque se quiere casar. El cura, sumido en la vergüenza y la culpa, rompe todas las cartas en ese sentido. Hasta que el propio Cepa se ve obligado a volver al pueblo para conseguir la partida de nacimiento. Interrogado, dice no haberse enterado del lío del juicio y confiesa que se fue porque quiso, que estaba harto de su familia y que le dio un barrunto. Para interpretar a este auténtico proto-friky, Pilar Miró tuvo el acierto de elegir al gran Willy Montesinos, que bordaba este tipo de papeles y que tiene una aparición al final de la película, breve pero estelar. Así que el Crimen de Cuenca que se cuenta en la peli nunca existió, fue un error judicial inducido. Pero tal vez ustedes no sepan que hubo un Crimen de Cuenca de verdad, un suceso terrible, que nunca se ha llevado al cine.

Sucedió en Albalate de las Nogueras, otro de los pueblos que visité en mi excursión, en 1893 y fue objeto de coplas de ciego durante muchos años, en esa España bárbara de la que no queremos acordarnos. En Albalate todavía recuerdan la casa del crimen y el clan de los Pacotes, autores de la tropelía. En la casa del crimen vivía Hipólito Mayordomo, con su mujer y sus cinco hijos. El 18 de marzo, Hipólito estaba en Cuenca, para unas gestiones. El hijo mayor, José, salió de vinos con sus compadres y regresó de anochecida. Encontró la puerta entreabierta, la empujó y descubrió a su madre muerta a hachazos. Salió despavorido gritando. Cuando los vecinos entraron encontraron a los cuatro hermanos pequeños también muertos a hachazos y cuchilladas.

La conmoción fue tremenda, el pueblo contaba entonces con 200 habitantes y la autoridad decidió confinarlos a todos hasta que se averiguara qué había pasado. La guardia civil inició las pesquisas y pronto encontraron toda clase de indicios incriminando a los Pacotes, una familia vecina. El jefe del clan Juan Antonio Racionero dirigió al grupo de asesinos que formaban sus tres hijos y un amigo de uno de ellos. Se cuenta que este señor estaba muy disgustado porque no tenía dinero para pagar las sinecuras necesarias para que no se llevaran a sus hijos a la guerra de África, prebenda que sí había conseguido Hipólito Mayordomo, que era zapatero y vendedor de grano próspero. Así que idearon robarles, pero se les fue la mano, le pegaron una puñalada fatal a uno de los chicos y ahí decidieron matar a todos los demás para no dejar testigos. Lo malo es que hicieron una chapuza, con huellas de todas clases.

Los cinco asesinos y la madre de la familia, acusada de incitación y complicidad, fueron detenidos y, ya confesos, llevados en seis asnos a la cárcel de Priego, partido judicial, entre los insultos de los vecinos. El proceso fue largo y, durante la espera del juicio, el padre falleció en su calabozo de Priego. A los otros cuatro autores se les condenó a muerte. La madre fue sentenciada a 20 años. Durante la espera del ajusticiamiento murió también el hermano mayor, en la cárcel de Cuenca. El hermano medio y el amigo fueron ahorcados aproximadamente dos años después de los hechos. El pequeño fue indultado al tenerse en cuenta que era menor de edad cuando se cometieron los asesinatos. Se le conmutó la pena por la de cadena perpetua y fue enviado a la cárcel de Larache, en Marruecos, a donde su padre no quería que llevaran a sus hermanos mayores, lo que desencadenó la tragedia. Y se cuenta que logró salir en libertad años más tarde, que se rehabilitó y montó un pequeño negocio ya en el siglo entrante. Incluso parece que llegó a viajar a Albalate en una ocasión, a visitar a sus hermanas, pero tuvo que salir pitando porque le reconocieron y querían matarlo a palos.

Historias de esta piel de toro de la que venimos todos, aunque nos creamos muy modernos y nos guste el blues. Al fin y al cabo, tampoco hace tanto tiempo de los sucesos de Puerto Hurraco. Y nos quejamos de que nuestro Congreso parezca una jaula de monos insultándose. Sería bueno que buceáramos un poco en nuestra historia. Siento haberles contado unas historias tan macabras. En realidad, deberíamos estar aplaudiendo con las orejas de vivir en una España que ha dejado atrás aquellos años tenebrosos. A pesar del virus. Hala, vayan con Dios, que hoy han aprendido muchas cosas que no sabían. Cuídense.