lunes, 30 de diciembre de 2019

897. Por un 2020 bueno para todos ustedes

Sí señor, mañana cerramos década y entramos en los felices 20, como dice un anuncio de Movistar. Esperemos que sean tan felices como los de hace 100 años, para ustedes mis fieles lectores. Bueno, fieles en general, porque en navidades como en agosto la afluencia cae bastante, de lo cual se puede deducir que están ustedes muy ocupados cantando villancicos, tocando la zambomba, zumba-zumba-zumba, aguantando a sus parientes más coñazos, con perdón, me refiero a los típicos cuñaaaos o sobrinos impertinentes, comprando regalos para todo el mundo y poniendo cara de arrobo máximo, aunque en su fuero interno estén como yo deseando que se acabe el peñazo. Qué quieren que les diga, yo voy cumpliendo con mis diferentes deudos y amigos, he hecho los regalos correspondientes, me he mostrado paciente con los pesados e indulgente con los intolerantes, en vez de darles dos bofetadas, y he puesto la correspondiente cara de felicidad que se espera de uno en Navidad.

Eso sí, no he cantado villancicos (me lo prohíbe mi religión) y mi respuesta a los grandes retos del consumismo ha sido la siguiente. Gastos en el Black Friday: 0€. Gastos en el Ciber Monday: 0€. Pero bueno, la verdad es que me lo estoy pasando aceptablemente, he disfrutado de mis hijos (Kike se ha marchado ya), he entrenado duro y no me he pasado demasiado con la bebida y la comida. Mi amiga francesa Barbara ha estado por aquí y me ha gustado mucho conocer a su marido y sobre todo a su maravillosa hija de 8 años, con los que he estado por ahí dos días completos. Aquí pueden ver una de las fotos que nos hicimos.


Por lo demás esto es sólo un ensayo de mi futura vida de jubilado que finalmente, como saben, he decidido posponer un año más, lo máximo que puedo. El frío ha llegado por fin, y es una delicia salir a correr por el Retiro a las 8 de la mañana, aun de noche y ver cómo va clareando sobre las praderas escarchadas. La temperatura esta mañana era de 2 grados. Tal vez sepan que el llamado Paseo de México, que parte de la entrada de la Puerta de Alcalá, está en obras de mejora de los jardines, en las que han encontrado unos restos arqueológicos, que las pueden hacer eternas. No es de extrañar, porque el parque está construido sobre los restos que dejó Napoleón del anterior Palacio Real del Buen Retiro. El caso es que esas obras cortan mi recorrido habitual de runner, que he tenido que modificar.

Ahora, desde la puerta llamada de España, corto en diagonal para salvar las obras, pasando junto a una esquina del gran lago para seguir la diagonal hasta la montaña de los gatos, que contorneo por el exterior, para volver por el borde oriental del parque hasta la magnífica biblioteca instalada en el edificio de la antigua Casa de Fieras, por cierto, una iniciativa de la denostada señora Botella, donde salgo al Paseo de Coches para retomar mi circuito habitual. El recorrido es incluso más bonito que el anterior y está menos petao de corredores pedorros, por lo que creo que lo seguiré manteniendo aunque abran de nuevo el paseo de México. Me falta medirlo sobre plano para saber si es más largo o no, pero de todas formas me encuentro bastante bien y estoy valorando estirar el trayecto incluso un poco más.

Pero, vamos a lo que vamos. Mañana termina el año y es día de salir por ahí a bailar, o quedarse en familia, pero también para bailar algo en casa. Así que voy a obsequiarles con unas cuantas músicas, que hoy voy a concentrar en un artista que tal vez es el que más escucho últimamente. Hablo de Tim Armstrong, el líder del grupo punk Rancid, que mantiene en vigor, aunque sus miembros tienen ya las crestas recortadas y los tatuajes un poco desteñidos. Les he puesto mucha de la música que este señor hace por libre: My bucket’s got a hole, She’s drunk all the time, Let’s get moving into action, Telegraph Avenue y algunas otras. Hoy les voy traer algunas muestras de lo que podríamos llamar el post-punk o el ska-punk, que este señor practica con sus amigos. Empezando por este Oh la la. Pónganlo alto y: a bailar.


El año que termina, podemos decir que ha sido bueno en general. Por lo que a mí respecta, no me puedo quejar. Cierto que mis viajes se han reducido un poco, pero es que era muy difícil mantener el ritmo de los dos años anteriores: Birmania y Portland-Seattle-Vancouver en 2017 y Los Ángeles-San Francisco, Chicago y Chile en 2018. Este año me ha salvado el fastuoso recorrido por Madagascar, uno de los viajes más interesantes y peculiares que he afrontado en los últimos años, además de otros muchos de trabajo: París, Oslo, Lyon, otra vez París e Innsbruck. No está mal. De Madagascar les voy a traer una foto que me han mandado mis compañeros como felicitación navideña y que ni siquiera recordaba que me hubieran hecho. Está tomada en una de las aldeas en las que desembarcamos durante el descenso del Tsiribihina, y por tanto sin otro acceso que el fluvial. Todos los compañeros se volcaron con los niños, pero a mí me llamó la atención una anciana que se dedicaba a recoger palitos secos, supongo que para encender el fuego. Hablaba poco francés y estaba algo desdentada, pero parecía feliz con el mundo. Estuve un rato ayudándola a recoger palitos y al final accedió a fotografiarse conmigo. Al fondo, un par de baobabs.


Por lo demás, el desastre electoral de la dupla Carmena-Errejón amenazó durante un tiempo con arrasar mi nicho laboral, pero al final salimos indemnes, incluso reforzados, porque es un buen mensaje que una unidad técnica sobreviva después de un cambio ideológico tan extremo. Eso indica que estamos trabajando bien, según directrices internacionales y que hemos logrado un peso suficiente como para que unos y otros se pongan medallas a nuestra costa. Es algo que nos ha inducido un subidón final colectivo, que hemos plasmado celebrando la Navidad por todo lo alto, como un partido de fútbol que todo el mundo espera perder y al final se remonta. En esa euforia colectiva hay que enmarcar mi decisión de no jubilarme todavía. Así que seguimos con Tim Armstrong, que en este nuevo vídeo hace un homenaje a la familia punk de Japón.


Quedan las cuestiones colectivas, que tendré tiempo de desarrollar en posts sucesivos. El Brexit se aproxima a consumarse, lo que yo creo que va a ser una cierta tragedia para los ingleses, que corren el riesgo de convertirse en el Reino Desunido, si escoceses e irlandeses optan por largarse. Para mí es una muestra de lo perniciosos que pueden llegar a ser los referéndums y las consultas. Yo creo que este es un instrumento que sólo sirve para ratificar decisiones ya tomadas por los políticos, a los que hemos votado para que decidan, no para que nos pregunten qué hacer. Lo de Cataluña no parece en vías de arreglarse, pero a mí lo que más me ha preocupado siempre es que todo el mundo entienda el verdadero signo del movimiento independentista. Y eso parece bastante claro. Luego, puede ser que logren separarse, como los británicos, que en este mundo no siempre gana la alternativa más correcta y ética, como ya se sentenciaba en La Venganza de Don Mendo: Vinieron los sarracenos/y nos molieron a palos/que Dios ayuda a los malos/cuando son más que los buenos. No hay más que ver que ver que Trump ganó la presidencia de los USA.

Ese es otro de los retos de este 2020 que empieza: las Elecciones Generales a celebrar el primer martes después del primer lunes de noviembre. El proceso de impeachment terminará por fracasar; está por ver si ayuda a deteriorar la imagen de Trump, o sirve para lo contrario: para reforzarlo. A nivel nacional, el Gobierno que parece a punto de constituirse lo va a tener negro. Tener que trabajar sin molestar a ERC es como sufrir un dolor de huevos prolongado. Veremos lo que dura la cosa. Si hay algo que tengo claro es que el problema catalán, por la fuerza, no se arregla, sino que se realimenta. Pero yo no quiero hablar hoy de estas cosas. Mañana se termina un año que no ha sido malo y les invito a celebrarlo bailando. Tim Armstrong demuestar mucha cultura musical con esta versión delirante del Brown Eyed Girl, de Van Morrison. ¡Hala! Que lo pasen pipa. Buena entrada de año.


jueves, 26 de diciembre de 2019

896. Las mujeres al poder

Que las mujeres están logrando avances espectaculares en su lucha en pos de la igualdad, es algo tan difícil de negar como el hecho irrefutable de que cada vez hace más calor. A lo mejor los de Vox lo niegan en público, para provocar, aunque en su fuero interno seguramente lo admiten. Y ya saben que yo me he definido como ecologista, feminista, errejonudo y colaborativo hace unos cuantos posts, y la primera de las definiciones ya la he dejado patente en el arranque de estos tiempos navideños (por cierto, hoy 26 de diciembre, he comido con mi hijo Lucas en una terraza al aire libre de la glorieta de Atocha, algo que hace unos años me hubiera supuesto pillarme una pulmonía triple). Así que voy a casi cerrar el año, a falta del post de Año Nuevo, con un acercamiento doble al tema de las mujeres, aunque ya he dejado clara mi admiración y mi fascinación por el género femenino en al menos una docena de posts. 

Me estoy terminando el libro de Olga Tokarczuk Los errantes, que me parece fabuloso. Es un libro poliédrico, descompuesto en decenas de pequeños relatos, pero todos unificados por algunos temas que le obsesionan especialmente a la autora. Una especie de deconstrucción de la novela. Uno de los asuntos que más interesan a Tokarczuk es la indivisibilidad del cuerpo y el alma. Para ella son un todo indivisible. Esa historia del alma entendida como algo inmaterial que se insufla en un cuerpo material, le parece un camelo. El ser humano es uno, cuerpo y alma. Vean este fragmento de una carta reproducida en el libro (obviamente imaginada por la autora), en la que la hija de Angelo Soliman, escribe al emperador Francisco I de Austria. Soliman nació como esclavo negro, pero fue liberado por una duquesa. Ya como hombre libre, llegó a prosperar y se convirtió en diplomático al servicio del emperador.

Sin embargo, a su muerte, el emperador ordenó disecarlo para exhibirlo en un museo que tenía lleno de animales de todo tipo, igualmente disecados. Esto, que parece ahora una barbaridad, era algo frecuente en aquella época, en que a los negros se los consideraba casi como animales, y solamente voy a nombrar al Negro de Banyoles, que estuvo expuesto en Cataluña mucho tiempo (mucha de la riqueza de Cataluña proviene del esclavismo, tema que ya desarrollaremos otro día). El caso es que la hija de Soliman, una mujer culta que está casada con un blanco, le escribe al emperador para rogarle que devuelva a la familia el cuerpo de su padre, para poderle dar cristiana sepultura. Y aquí les transcribo uno de sus razonamientos.

Creo (Majestad) que a quienes nos gobiernan no les importa gobernar nuestras almas, como comúnmente se piensa. El del alma es hoy un concepto abstracto e incomprensible. Tanto si es Dios quien dio cuerda al reloj, el Relojero, o es el espíritu de la naturaleza quien en verdad se revela intangible y del todo impersonal, el concepto de alma se ha vuelto incómodo y vergonzoso. ¿Qué soberano querría gobernar algo tan lábil e indefinido? ¿Qué soberano ilustrado desearía gobernar algo cuya existencia no ha quedado demostrada en un laboratorio? No cabe ni brizna de duda, Majestad, de que el verdadero poder humano puede sólo ejercerse sobre el cuerpo humano, y así es como se ejerce.

Olga Tokarczuk concede mucha importancia al cuerpo, su prosa es muy física, describe estados de ánimo con sudores, temblores, exaltaciones místicas, incluye unas descripciones muy precisas de los personajes que retrata y da rienda así a su idea. La lectura de este libro me reafirma en una de las ideas que ya he desarrollado en el blog: que el físico de las personas dice mucho de su forma de ser y de su identidad más íntima. Que, a partir de ciertas edades, uno es responsable de su cara y de su cuerpo. Que saludando a una persona ya se llega a saber mucho, de forma intuitiva, sobre su verdadera naturaleza. Sobre esta base, mi post va a tener dos partes, como he dicho. Una primera de imágenes, y otra de regreso a la literatura, al texto de Olga Tokarczuk y algunos otros. 

Recientemente, el congreso de los Estados Unidos ha encargado a dos fotógrafas que retratasen a las mujeres congresistas, que por primera vez son más de cien. He entrado a ver el reportaje y he seleccionado algunas para ustedes. Porque estas imágenes dicen mucho sobre el tema del que hoy nos estamos ocupando. Sus caras, su ropa, sus formas de posar y, por supuesto, sus miradas, nos cuentan todo sobre el avance de la mujer en la sociedad moderna. Ahora les diré algo que no sé si se van a creer, pero ese es su problema, lo que les cuento es rigurosamente cierto. Yo entré en una galería de retratos y seleccioné a ocho congresistas exclusivamente por sus rostros, que me parecieron los más adecuados para lo que quiero expresar. En la galería sólo indicaba el nombre de las señoras. Pero, para publicar esto en el blog, me pareció interesante dar alguna información sobre ellas, que busqué en Internet. Y resultó que todas, las ocho, pertenecen al Partido Demócrata. Supongo que no es casualidad, un errejonudo como yo tiene sus afinidades políticas arraigadas en lo más profundo. Véanlas. 

Nancy Pelosi, demócrata por California y presidenta del Congreso.

Lauren Underwood, demócrata, por Illinois

Abigail Spanberger, demócrata por Virginia occidental

Kamala Harris, demócrata por California

Deb Haaland, demócrata, por Nuevo México

Angela Craig, demócrata, por Minnesota

Ayanna Presley, demócrata, por Massachusetts

Alexandria Ocasio-Cortez, demócrata por Nueva York

Volvamos a la literatura. En este último año se ha consolidado una tendencia: las obras escritas por mujeres han alcanzado un lugar preferente, y están aquí para quedarse. Estoy convencido de que hay una prosa femenina, que los temas que se cuentan en sus novelas y la forma de abordarlos son esencialmente femeninos. Les voy a hablar de tres obras, a modo de recomendación de lecturas navideñas. En primer lugar, El año en que mi madre tuvo los ojos verdes (Tatiana Tîbuleac-2019, Impedimenta). Esta autora moldava, que vive en París y es periodista, debuta en el mundo de la novela con un tema muy femenino, la relación madre-hijo, pero contada desde el lado del hijo, un adolescente medio subnormal y profundamente violento y agresivo, internado en una institución para alumnos difíciles. Les voy a transcribir los dos párrafos con los que arranca la novela:

Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba junto a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento. Junto a mí, silenciosos y asustados, desfilaban los padres. Un triste hatajo de perlas falsas y corbatas baratas, venido a recoger a sus hijos defectuosos, escondidos de los ojos de la gente. Al menos ellos se habían tomado la molestia de subir. A mi madre yo le importaba un pimiento, al igual que el hecho de que hubiera conseguido terminar unos estudios.
Dejé que sufriera casi una hora; observé que al principio se mostraba irritada, caminaba arriba y abajo a lo largo de la valla, luego se quedó inmóvil, a punto de echarse a llorar, como alguien con quien se hubiera cometido una injusticia.

Tremendo, pero con un potencial literario ya mostrado en estos párrafos: matar a alguien con medio pensamiento, o caracterizar a los padres como una ristra de perlas falsas y corbatas baratas no son cualquier cosa. Volvamos al libro de Olga Tokarczuk. Como les he dicho, esta obra trasciende el concepto clásico narrativo, para hacer una especie de gran collage, con más de cien fragmentos unidos no por una secuencia espacio-temporal, o temática, sino por unas conexiones más profundas, en sintonía con los temas que le obsesionan a la autora. Hay pequeños relatos que son verdaderas joyas. Les voy a contar uno de ellos, que me parece buenísimo. La cosa transcurre en una isla muy al norte, situada muy cerca del continente, o tal vez en el norte de Escocia, no se especifica.

En la isla hay un pequeño poblado, con un único bar, unido a tierra firme por un ferry. El conductor del ferry es un viejo marinero de origen extranjero (su acento le delata) que cada día cruza el pequeño estrecho, de ida y de vuelta, varias veces. Un trabajo muy aburrido: hacer un tramo muy corto, esperar a que bajen los coches y suban los del otro lado, y desandar el camino. Los pasajeros son siempre los mismos, en un lugar donde no llega el turismo: el médico que va a pasar consulta, los funcionarios del puerto y de las pequeñas oficinas administrativas, algunos dependientes que van a trabajar a la ciudad próxima y regresan luego en el último barco. Cuando termina su trabajo, Eric, que así se llama el tipo, se va a beber al bar. Allí se agarra un buen pedo cada día y empieza a ponerse farruco con los demás, que no se lo toman en cuenta porque le conocen y lo aprecian. Y, cuando está muy borracho, utiliza un lenguaje épico muy anticuado, para gritarles a los demás bebedores cosas que nadie entiende: ¡Daos todos por enrolados! ¡Qué desgracia navegar con una tripulación tan pagana!

La autora hace un largo flash-back y cuenta que Eric no se llama Eric, sino que tiene un nombre impronunciable que le pusieron en su país de origen, un triste país comunista (puede pensarse que Polonia, o similar), del que huyó de forma clandestina y dramática. Recién llegado al norte sin saber una palabra de inglés, se enroló como marinero en un mercante, lo único que sabía hacer. Y resultó que el barco transportaba drogas y fue interceptado. Nadie dio la cara por él, nadie le dijo al juez que no sabía nada. Así que lo condenaron a tres años de cárcel, que cumplió en una prisión cercana. Allí se propuso aprovechar el tiempo infinito de la reclusión para aprender inglés y que no le volvieran a pillar en otra. El problema era que el único libro que había en la prisión era Moby Dick. Y allí fue donde aprendió ese inglés extraño que utiliza al final de sus noches alcohólicas: Eric habla como el capitán Ahab. Hasta que alguien lo lleva a rastras hasta la casita en la que vive solo.

Al salir de prisión, Eric vivió una larga vida de marino, recorrió todos los océanos y conoció todos los puertos, todas las culturas. Podría haber prosperado, pero su carrera se vino abajo por su manía de beber sin moderación y pelearse después con el primero que se le encarara. Se cuenta que llegó a romperse un brazo en una pelea. Por eso ha llegado a deteriorarse tanto como para terminar en ese trabajo infame: un tramito adelante, esperar y otro tramito atrás. Pero volvemos al tiempo presente. Un día, Eric, repentinamente, a mitad de su minúscula travesía, gira noventa grados y enfila el ferry a mar abierto. Se cuenta que nadie se pone nervioso, que todos lo conocen y saben que es buena gente, que no tienen miedo y no les preocupa especialmente llegar tarde a sus citas del día. Termina el cuento cuando el ferry, lejos de sus aguas habituales, es rodeado por helicópteros y remolcadores que le conminan a volver a la ruta correcta. Luego le preguntarán (durante el juicio que dará de nuevo con sus huesos en la cárcel) por qué ha hecho esa locura. Y él no sabe responder. Tal vez podría haber dicho, como Pascual Duarte: señoría, fue un barrunto. Un cuento precioso.

Y un tercer libro: Prestigio (Rachel Cusk, 2018, Libros del Asteroide). Esta atractiva mujer cuya foto pudieron ver en el post anterior, nació en Canadá en 1974, inmediatamente su familia se mudó a Los Ángeles y cuando ella tenía 7 años se vinieron a Inglaterra. Estudió en Oxford y empezó a escribir novelas con 27 años. Después de varios premios y una sólida carrera, se cambió a la autoficción, con un par de libros sobre su maternidad y su divorcio, que fueron grandes éxitos de ventas en todo el mundo anglosajón. Finalmente, ha emprendido una tercera vía, materializada en una trilogía, cuyo tercer volumen es precisamente Prestigio. Esta mujer perpetra otra forma de deconstrucción narrativa, que no tiene nada que ver con la de Tokarczuk. Rachel Cusk también hace una especie de collage narrativo, pero enhebrado en torno a una protagonista (tal vez ella misma), que se va encontrando con gente que le cuenta sus batallitas.

Es también una crítica del mundo actual, en el que las conversaciones entre la gente son más bien monólogos sucesivos. A través de los coñazos que le cuentan sucesivamente sus interlocutores, esta mujer se ríe de todos los pesados que pululan por nuestro mundo, de los lugares comunes, de los prejuicios y de la tontería imperante. Sin embargo, hay algunos interlocutores, mujeres especialmente, que le cuentan historias de más interés, a través de cuyos personajes la autora desarrolla sus preocupaciones: el amor, la muerte, el cuidado de los otros, la maternidad, el abandono, el machismo o las formas de dominar al otro. Es un relato delirante y realmente innovador desde el punto de vista narrativo. No sé si recomendárselo, esto no es para cualquier lector, esto tiene un nivel de abstracción que requiere una cierta aptitud lectora, dicho esto sin ánimo de faltarles. Lo que les aclaro es que ha sido un gran éxito de ventas. Y está traducido de forma exquisita.

Aquí les voy a transcribir también un pequeño fragmento, para que se hagan idea acerca de qué estamos hablando. La protagonista está en un congreso y, a la hora del almuerzo, se pone a la cola del comedor del hotel, en la que hay un atasco moderado, al parecer causado por el sistema de vales que han repartido a los congresistas. En la cola, hay una pesada que le explica el problema de los vales, en los siguientes términos:

El problema, señaló una mujer que estaba a mi lado, era que el valor de los cupones no se correspondía con los precios de la comida, y aun no habían resuelto la manera de dar el cambio. Además, algunos querían comer y beber más que otros, pero a todos nos habían asignado la misma cantidad. Ella, personalmente, comía poco, porque era pequeña y ya tenía cierta edad, pero un hombre con apetito necesitaría el triple. De todos modos, comprendía que habría sido imposible para el hotel ofrecer barra libre a los invitados, dándoles un número infinito de cupones, y también injusto discriminarlos por sus distintas necesidades, porque ¿quién podía decir cuáles eran las necesidades de los demás? ¿Eh? Y llegados a este punto, dijo, mirando con resignación la cola y a los desconcertados camareros que deliberaban largo y tendido, mientras los invitados empezaban a dar signos de impacientarse, se temía que al final no nos dieran nada. Inventamos estos sistemas para garantizar la justicia, dijo, pero las situaciones humanas son tan complicadas que siempre escapan a nuestro control. Mientras libramos la guerra en un frente, en otro se ha desatado el caos, y muchos regímenes han llegado a la conclusión de que el individualismo es la causa de todos los problemas. Si todos fuéramos iguales y tuviéramos el mismo punto de vista, nos resultaría mucho más fácil organizarnos. Y es ahí donde empiezan las complicaciones.

En fin, creo que está claro lo que les decía. Esta mujer tiene una ironía muy british y hace una prosa realmente sorprendente. Ahora, es cosa de ustedes comprarse este libro o no. A mí me ha parecido lo mejor que he leído en el año que termina. Sean buenos.

lunes, 23 de diciembre de 2019

895. Feliz Navidad para todos

En fechas tan señaladas… bueno, dejémonos de coñas, esto de la Navidad es un peñazo, para qué nos vamos a engañar, pero hay que pasarlo y, sin ninguna duda, se lleva mejor con un poquito de rock and roll. Chuck Berry lo entendió hace mucho, nada menos que en 1958. En las navidades de ese año, Chuck felicitó las pascuas a sus seguidores con una canción que tituló Run Run Rudolph. Corre, corre Rodolfo. La letra es tan aguda y cómica como todas las suyas: Rudolph es el reno más listo de la manada y por eso lo eligen para que lleve a Santa (Claus) a la ciudad. Y todos le meten prisa. Corre, corre Rudolph, que Santa tiene que llegar abajo enseguida. Tiene que bajar de la montaña y salir autopista abajo a toda pastilla. Porque hay un chico que le ha dicho: todo lo que quiero por Navidad es una guitarra eléctrica de Rock and Roll. Escúchenla de aperitivo, es muy cortita y les puede servir para practicar inglés si intentan entender la letra.


Estamos, pues, como cada año, en ese momento en que se acaba el mundo durante unos días. Pero, antes de que se acabe el mundo, hay que celebrar el cambio de año (y, esta vez, también de década) por todo lo alto. Prácticamente desde que cerramos el puente de la Constitución y la Inmaculada, que en Madrid incluyó el lunes día 9, no he parado de participar en celebraciones y despedidas de año, casi todas centradas en eventos gastronómico-alcohólico-festivos, así que ya debo de tener los triglicéridos por las nubes, con lo que me estaba cuidando yo. El día 10 empezó la serie con los vinos después de la sesión de cierre de curso de Billar de Letras, una reunión brillante e inspiradora, en torno al libro Prestigio, de la novelista británica nacida en Canadá Rachel Cusk, un auténtico portento, posiblemente el libro más innovador e inquietante de todos los que hemos analizado en el año, del que les hablaré en un post próximo que estoy preparando sobre la literatura femenina. De momento quédense con la imagen de esta señora.


El jueves 12 tuve una mañana llena de citas. A las 8.30, encuentro informativo interno de la Dirección General para repasar la marcha de los trabajos en curso. A las 9.15, reunión con el equipo de producción para empezar a preparar el Meet Up de Reiventing Cities 2, que habrá que organizar a final de febrero y es un sarao que no se prepara en dos días. A las 11.15, tenía un desayuno con el grupo de compañeros jubilados con el que me reúno más o menos una vez por semana en un bar de la zona, grupo al que recientemente se ha incorporado mi amiga del alma África, mi soul sister a la que echo de menos todos los días en la ofi. En suma: otra reunión de cierre de año y otro aporte calórico inhabitual. A las 13.00, acompañé a mi jefa y a Kordineitor a presentar los trabajos que preparamos para los próximos años ante el Foro de Empresas por Madrid, en un acto que tuvo lugar en Cibeles. Por último, a las 15.00 tenía una comida en el Jai Alai, con mi amigo X y la querida cúpula de la extinta Oficina Municipal del Plan, con quienes me sigo viendo desde que se cerró en 1997, hace ya más de 20 años.

A pesar de una mañana tan nutrida de eventos, tras una breve siesta, me concentré en cumplir con ustedes y escribir un post llamado Recovering Myself VII, que no me dio tiempo a terminar en plazo, por lo que ya tuve que colgarlo el viernes 13 de madrugada. El citado viernes 13, los compañeros de la Dirección General nos fuimos a cenar a Lavapiés, una iniciativa que no habíamos hecho nunca desde que se creó la Dirección, pero que logró un éxito notable (nos reunimos 19 personas), indicativo de que cada vez somos un grupo más cohesionado y no sólo en torno al trabajo. Después de esta cena de empresa, decidimos irnos a bailar y, tras ver que la cola para entrar en Medias Puri en Tirso de Molina era de unas dos horas, acabamos en el Sunset, un antro de la calle Huertas donde se pincha música de los 70 (Bee Gees, Gloria Gaynor y similares), cuyos vídeos se proyectan en una pantalla grande para que el personal se inspire a la hora de imitar a Travolta y otros. No me resisto a subir una foto en el restaurante, cuando todavía no estábamos muy borrachos. Me rodean en la imagen tres compañeras, ejemplo del canon de juventud, belleza y alegría que distingue a nuestra Dirección General.


Nos acostamos como a las 3 de la mañana, pero el sábado 14 seguía el lío: a las 12 del mediodía tenía que estar en el Medialab, que ese día celebraba el cierre de curso en medio de la incertidumbre de saber si el nuevo Gobierno municipal les permitirá mantener la línea de estos últimos años o no. La celebración se titulaba genéricamente Un año en un día y daba un repaso a todas las actividades desarrolladas en el lugar a lo largo de 2018. Aprovechamos la ocasión para reunirnos los del grupo de Madrid Escucha que habíamos trabajado en la creación de un prototipo de parking de residentes en altura, como se contó puntualmente en el blog. Para presentar el proyecto contábamos sólo con 5 minutos, dentro del acto global, que duraba mañana y tarde. Nos fuimos a las 14.00 para tomar algo juntos, en un bar cercano a donde yo les llevé, confiado en que les gustarían las empanadas artesanales de estilo argentino que despachan en el lugar. Aquí una foto del grupo, en donde pueden ver a mi amigo César Fernández, el de Arriba las Ramas. El resto son mujeres y guapas, para variar: las mujeres y los jóvenes dominan el mundo y yo estoy con ellos a muerte.


En fin, no les voy a cansar con el detalle de lo que he hecho en la última semana lectiva. Sólo les diré que en la oficina estamos tan eufóricos de que no nos hayan disuelto, como anunciaban los primeros rumores después del batacazo electoral, que, no contentos con organizar una cena de empresa, tuvimos además una copa de Navidad en el trabajo el miércoles a mediodía y un desayuno con roscón y chocolate el viernes a primera hora. Además de eso el lunes por la tarde tuve una call con Londres, en concreto con mi amiga Melina, del GRI Club, para empezar a definir mi participación en el congreso que el grupo hará en abril. Tras la call me fui de vinos con mi amigo suizo Werner, en una noche que empezamos en La Venencia y acabamos en un antro de gin-tonics de garrafón adonde me llevó mi colega, rememorando los tiempos heroicos. Y la tarde del martes y la mañana del miércoles las dedicamos enteras mi jefa, mi compañera M. y yo a otra interminable doble jornada de EUROPAN en la que se proclamaron los proyectos ganadores de todas las ciudades españolas, elegidos en Innsbruck, se lanzó el siguiente EUROPAN, que es bienal, y tuvimos una primera reunión con los ganadores de la parcela de Madrid, que son un equipo de Barcelona.

Como saben, toda esa actividad, no me ha impedido publicar dos posts sobre tema climático, el segundo de ellos escrito el viernes por la tarde, lo que aún me dejó tiempo de ver en la tele el partido Dépor-Tenerife, finalizado con la primera victoria de mi equipo desde el mes de agosto, récord negativo de todas las ligas europeas este año. Al mediodía de ese viernes me había despedido de los compañeros hasta mi vuelta el 8 de enero. Por la tarde llegó mi hijo Kike, en un vuelo desde Bucarest a donde lo había mandado su compañía parisina, y el sábado vino también mi otro hijo Lucas directamente desde Lille. En estos días de vacaciones que tengo, mi plan es descansar, disfrutar de mis hijos, procurar beber menos, entrenar un poco, cuidar el blog, terminar la lectura de Los Errantes, de Olga Tokarczuk, que me tiene fascinado, y pasar como pueda las celebraciones familiares ineludibles.

Les recuerdo que, como una pequeña llama de esperanza, los días han empezado a crecer ya desde este sábado. En realidad, las tardes empiezan a estirar desde el 13 de diciembre, Santa Lucía, pero ese aumento no compensa lo que se pierde por las mañanas, hasta que llega el día del solsticio, en el que la relación se invierte, como ya les he explicado otros años. Este desfase, debido a la inclinación del eje de la tierra sobre el plano de la eclíptica, tiene un reflejo antiguo en el refranero gallego: Santa Lucía, mengua a noite e crece o día. Estas cosas se entienden muy bien estudiando la astronomía clásica, anterior a Ptolomeo, que consideraba la Tierra como centro de un universo plano y pensaba que era el sol el que se movía alrededor. Yo tuve un profesor de Matemáticas (don Gumersindo) que me dio algunas clases al respecto (eran voluntarias, no formaban parte del programa lectivo) que me fueron muy útiles a la hora de estudiar la mejor orientación de los edificios para aprovechar la energía solar.

Hemos empezado este post con rock y vamos a terminarlo con otro tema navideño 40 años posterior. Mi adorada Sheryl Crow demuestra aquí su vena más soul, acompañada a la guitarra por su amigo el gran Eric Clapton. Ambos se han peinado, arreglado y vestido de gala para la ocasión, lo que, en el caso de Clapton, se traduce en lucir una corbata que parece fabricada con los restos de una de esas cortinas opacas que ponen en los hoteles por encima de los visillos para que la luz matinal no moleste a los durmientes rezagados. Teniendo en cuenta que Clapton nació en 1945, bien pudiera ser ese niño que le pidió a Santa Claus una guitarra eléctrica de rock and roll en el tema de Chuck Berry. Pocos contemporáneos suyos le habrán sacado tanto partido a su juguete como este hombre, de carrera eterna. La grabación es de las navidades de 1998. Con 21 años menos, Sheryl estaba tan guapa como mis compañeras de las fotos de arriba. La juventud es lo que tiene. Pongan la pantalla completa y disfruten de la música. Me uno a su mensaje: Merry Christmas, babies (and dear followers).