lunes, 12 de noviembre de 2018

785. En la carretera del fin del mundo

Escribo ahora en el avión que me lleva de vuelta desde la Isla de Pascua a Santiago de Chile, cuatro horas de vuelo que haremos también en clase Business, o sea, como señores. Tumbado en la posición que les mostré hace dos posts, empezaré por aclararles que en la Isla el WiFi va como el culo. Tenía mi texto anterior escrito en el avión de ida, pero me ha costado Dios y ayuda cargar las fotos con las que les he ilustrado el texto, una especie de tarea de Penélope, en la que la conexión se iba continuamente, los trabajos incompletos se perdían y había que empezar otra vez desde cero. 

Les cuento ahora que, desde la preciosa isla de Chiloé, condujimos la furgoneta que habíamos alquilado en el aeropuerto de Temuco, cruzamos de vuelta al continente en el ferry de Ancud y nos dirigimos al aeropuerto de Puerto Montt para devolverla allí y tomar un vuelo a Punta Arenas, ya casi en el círculo polar antártico, el lugar más al sur en donde he estado en mi vida. Ya les dije que Puerto Montt es una ciudad costera muy fea, impersonal, de antiguos madereros y mineros, un lugar portuario, de cielos grises, vientos destemplados y escaso patrimonio arquitectónico, con la excepción de la iglesia y otros vestigios de la presencia alemana por estas tierras. Los alemanes se instalaron en toda esta zona cuando se marcharon los españoles. Y se dice que, tras la caída del régimen nazi, muchos jerifaltes del siniestro régimen se las arreglaron para escapar y encontrar por estas tierras el refugio y la solidaridad de muchos antiguos primos lejanos.

De esta herencia alemana tóxica vienen rollos como el de la Colonia Dignidad, de siniestro recuerdo. Pero esto es algo que sucedió lejos de Puerto Montt, una tierra bronca que está, sin embargo, indisolublemente unida a la matanza de los campesinos que habían ocupado unas fincas agrícolas con intención de quedarse y explotarlas, un suceso que cantó Victor Jara. El régimen democrático del presidente Eduardo Frei padre, derecha democristiana, envió a los carabineros a que vigilaran la escena. Ambas partes estaban negociando, todo iba bien  aparentemente, hasta que se desató la locura. Resultado: diez campesinos muertos a tiros, numerosos heridos y detenidos y las fincas desalojadas. Y el régimen definitivamente manchado y bajo sospecha. Un anticipo de lo que pasaría años más tarde, con Salvador Allende y el golpe de Pinochet. Historia repetida y paralelismo indudable con el episodio de Casas Viejas y la atribución a Azaña de la orden: tiros a la barriga. Sin duda una escena precursora de las actuales fake news. Es impensable que Azaña pudiera dar semejante orden. En Chile tampoco se supo nunca desde donde se dio la orden de desalojar. Hablaré de algunas de estas historias en mis textos dedicados a Santiago.

Pero estábamos en que volamos a Punta Arenas, la puerta de la Tierra de Fuego y el casquete polar. El vuelo se retrasó y llegamos allí casi de anochecida. Un incordio, puesto que en el aeropuerto debíamos coger dos coches para desplazarnos en la noche a Puerto Natales, 200 kilómetros más al norte, en donde teníamos hotel reservado. En esta zona, los vientos son huracanados todo el año, acompañados a veces con lluvia y con temperaturas muy bajas. Tomamos esta carretera del fin del mundo en mitad de la noche, batidos por peligrosos vientos laterales y castigados por aguaceros a rachas. La carretera es de dos carriles, uno por sentido, bien asfaltada, pero mal pintada, sin bien el anochecer es extremadamente suave y gradual, lo que permite una buena visión hasta bien entrada la  noche. Cuando la oscuridad se adueñó del panorama, le dejé el volante a un colega que ve mejor que yo por las noches. Encontramos el hotel a la una de la madrugada y pudimos descansar en buenas condiciones.

El motivo de venir a estas latitudes ignotas es doble. Por un lado, visitar el Parque Nacional de las Torres del Paine, a unos 150 kms de Puerto Natales. Por otro, contemplar de cerca algún glaciar. Estuvimos por allí dos días completos (tres noches de hotel). Y he de decir que la primera impresión del asunto fue un poco descorazonadora. El macizo de las Torres del Paine es una formación geológica espectacular, que parece surgir de la tierra y alrededor de la cual se organiza un extenso parque natural, con la promesa de que las Torres se ven desde todas partes, en diferentes perspectivas. El parque es precioso y pululan por allí los guanacos como el que ven abajo, un pariente de las llamas realmente muy vistoso y bastante confiado, de forma que es sencillo acercarse a fotografiarlo. Pero a nosotros nos sucedió que llegamos con un viento espantoso, un frío terrible y un montón de nubarrones impidiendo la visión de las Torres. Digamos que se veía un cielo encapotado y, según nuestras indicaciones geográficas, allí arriba estaban las Torres, que debían de ser una maravilla.


Pero venir a un sitio tan lejano para imaginar unas montañas detrás de unos nubarrones es algo un poco absurdo y descorazonador. Después, otros viajeros nos han contado que les sucedió lo mismo. Que allí cada día se suceden nubes negras y claros esplendorosos. Que el hecho de que te encuentres el macizo emboscado por nubarrones incrementa el placer posterior de descubrirlo. La cosa es que en un momento dado las nubes se van retirando como en una escenografía predeterminada y allí emerge majestuoso el macizo de las Torres del Paine, verdaderamente espectacular. Entonces uno empieza a considerar que ha merecido la pena venir hasta aquí. Aunque estábamos helados de frío y aturdidos por el viento.


Yo no he visto en mi vida vientos como estos. Es que te llegan rachas preñadas de arena y de agua, que te golpean la cara dolorosamente (al final del día uno tiene el cutis suavecito, como si se hubiera hecho un peeling). Es que hay momentos en que uno tiene que tirarse al suelo hecho un  ovillo, para que no te tire. Es que, por ejemplo, estando en un bar acristalado vimos llegar una especie de tornado que venía de un lago cercano varios metros más abajo y de pronto cayó sobre los cristales un torrente de agua del lago que percutió sobre la construcción más de un minuto y todos pensamos que la derribaba. Pero la visión fantasmagórica e intermitente de la espectacular mole de las Torres merece la pena de todas las calamidades atmosféricas que la acompañan. Y la chica del hotel nos dijo que el viento que había hecho esos días era prácticamente nada comparado con el de otros períodos. Que llega a tirar los autobuses y los arrastra por el suelo de lateral. Aquí tienen las fotos que tomé de este macizo icónico, la de los primeros momentos en que empieza a emerger de las nubes y la que se puede ver con el tiempo totalmente despejado.



Y  todavía nos quedaba el glaciar. Teníamos el plan de tomar un barco para acercarnos al glaciar Valmaseda, pero no lo habíamos reservado y no encontramos plaza. Pero había una alternativa: el Grey. El glaciar Grey origina el lago Grey, que luego desagua en el río Grey, a cuyo lado está el hotel Grey. No son muy imaginativos con los nombres por esta zona. El primer día estuvimos a orillas del lago, vimos los témpanos desprendidos del glaciar flotando a la deriva y vimos al fondo la desembocadura del glaciar en el lago. Había un catamarán con plazas disponibles para el día siguiente. Reservamos nada más llegar y luego nos dimos una vuelta por allí, por un camino de senderismo que rodea una parte del lago. En algún momento se nos cruzó por la mente que ya lo habíamos visto todo y que habíamos hecho el turista reservando para ver desde un barco otra vez lo que ya habíamos visto por nuestra cuenta. Estábamos equivocados. La visión de cerca del glaciar desde un barco que surca el lago, es uno de los momentos culminantes de este viaje. Al menos para mí, que nunca había visto nada semejante (mis compañeros ya conocían el Pedrito Moreno y otros glaciares australes).

Y eso que el embarque subraya la sensación de haber hecho el turista. Guiris a saco, música discotequera, gente muy contenta como si fuera la hostia lo que están haciendo y el barco picoteando aquí y allá sin acercarse al glaciar. Todo el mundo trae bocatas y agua y con la entrada tienes derecho a un pisco sour por cabeza. Aunque parece que está al lado, desde el embarcadero hasta la lengua del glaciar hay 14 kilómetros. A ratos llueve a rachas sesgadas, hace también frío pero, a medida que te vas acercando, descubres que lo que se ve desde el embarcadero es sólo una de las tres lenguas del glaciar que desembocan en el lago, separadas por dos islas volcánicas que en su día estuvieron cubiertas por un glaciar único, pero que su retirada las ha hecho brotar del desierto blanco. El barco se detiene y coquetea con las tres fachadas heladas, permitiendo ver las grietas azuladas entre los sectores a punto de desprenderse. Como unas imágenes valen más que mil palabras, les voy a dejar de propina  una secuencia de la escena, tal como yo la fui contemplando. Mi avión empieza ya a olfatear la costa de Chile, como los caballos cuando intuyen la proximidad de la cuadra. El siguiente ya desde Madrid. Sean felices.










sábado, 10 de noviembre de 2018

784. La Patagonia chilena II

Pasé de largo por Tala
Detenerme para qué
De nada vale un paisano
Sin caballo y en Montiel
De una canción de Jorge Cafrune

Érase que se era, empecé a escribir este post en el avión de Latam Airlines que me llevaba a la Isla de Pascua, 3.700 kms al interior del océano, en medio de la nada. Era un vuelo de algo más de cinco horas desde Santiago, en el que por cuestiones de overbooking nos dieron unos asientos de primera clase. Observen qué cómodo me puse y qué feliz aparezco.



Una vez que he solucionado el sistema para subir imágenes al blog, empezaré por publicar las correspondientes al post anterior. Por ejemplo, aquí el ganado vacuno pastando junto al lago Villarrica.


Arriba una de las islas del lago Llanquihué. Abajo, el gran Teatro del Lago. Una vista del volcán Osorno, desde el teatro y una imagen del propio teatro, El mejor de Latinoamérica.








El volcán visto desde un cementerio


Uno de los saltos del Petrohué.


Y aquí, Don Guido, el hombre que se sabe todas las historias del lago Llanquihué.


Les hablé el otro día del área de los grandes lagos, una comarca muy feraz en el centro de Chile. En esta zona hay un enclave ciertamente privilegiado, la enorme isla Chiloé. Sin puente que la una al continente, se cruza a ella mediante un ferry que sale de Panguas y arriba a Ancud, una de las ciudades de la isla. Chiloé fue el último reducto español en la zona. Cuando ya se había constituido el estado chileno, la isla siguió fiel a España, al mando de un tal Quintanilla, que se enrocó y resistió el asedio hasta 1820 en que fue finalmente anexionada. El núcleo habitado de mayor tamaño corresponde al pueblo de Castro, en el centro de la isla, famoso por sus casitas de colores construidas en madera y levantadas sobre el mar. En una de ellas está el hotel Palafito Waiwen, donde hemos dormido varias noches. Aquí unas imágenes del lugar.





Recorriendo la isla, es obligado visitar algunas de las 600 iglesias declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En concreto hay seis especialmente vistosas, algunas repintadas y en buen estado de conservación, otras con la madera en un estado regular, como pueden comprobar abajo. En la última de ellas nos tocó asistir al inicio de la Misa de Difuntos, puesto que era el día 2 de noviembre. En medio de una concurrencia con mayoría de ancianos emperifollados para la ocasión, salió el cura de morado y oro e inició su parlamento con la lista de los difuntos a pedir por cuyas almas estaba destinada la ceremonia. Pensamos que iba a citar a los muertos del último año, pero, después de una retahíla de unos 40 nombres, con predominio del apellido Baamonde, comprendimos que estaba citando a los difuntos de unas cuantas generaciones, por los que querían pedir todos los habitantes del pueblo. Nos abrimos antes de que saliera a la palestra el nombre de Francisco Franco.






En los restaurantes de los pequeños pueblos de Chiloé, es posible degustar un plato tradicional de la cocina indígena: el curanto al hoyo. Para cocinarlo hacen un gran agujero en el suelo, meten leña ardiendo y con eso calientan unas piedras que se ponen al rojo. Entonces retiran la leña y echan todos los ingredientes para hacer una especie de cocido, en el que se mezcla carne de vacuno, pollo, patatas, zanahorias y, lo más curioso, toda clase de moluscos: almejas, mejillones gigantes, locos (que son una especie de lapas enormes, similares al abulón mexicano) y una serie de aderezos. Todo eso lo hacen temprano, lo tapan y lo dejan que se vaya haciendo toda la mañana, para que esté listo para el mediodía. Uno de los lugares más famosos para disfrutar del curanto al hoyo es el restaurante Quetalmahué en el pueblo del mismo nombre. Llegamos el primer día a eso de las dos y media de la tarde y ya se había acabado el curanto. Las excursiones de chilenos, franceses y alemanes están allí a primera hora y se lo acaban.

Ante eso nos pedimos unos platos de ostras y de locos, que estaban como se imaginan. Al otro día pudimos probar el curanto en la Cocinería Comunal de Dancahué. Allí se recomienda acercarse al puesto número 5, el que regenta la señora María, que es famoso en todo Chile. Llegamos y se lo dijimos, y rápidamente les fue dando aire a los clientes que ocupaban los escasos ocho lugares que tiene el puesto, un pequeño cuadrado en esquina, en donde están tres señoras guisando, atendiendo a los cuatro y cuatro asientos exteriores en donde se sitúan los clientes. No tienen cerveza, pero no les importa que compres unas latas en el puesto de enfrente. Se trata de un lugar popular, muy ruidoso y concurrido, en donde el pueblo se solaza con sus guisos típicos. A destacar también la paila de jaiba, un guisote de almejas y similares bastante sabroso. Además de la merluza y el congrio, los pescados de la zona.

Otro atractivos de Chiloé: la llamada pingüinera. Son dos o tres islotes a donde vienen los pingüinos y otras aves migratorias a desovar y criar a su camada. Se visitan en un barco al que han de acercarte con una especie de catafalco con ruedas que empujan a mano unos paisanos, que se meten en el agua casi hasta la cintura, hasta que puedes subir. La cosa es interesante, aunque no se ven demasiados pingüinos, pero sí algunos, lo mismo que cormoranes y patos de todas clases. Todos ellos anidan en estos islotes, donde han de defenderse de las odiosas gaviotas, animal invasivo que se come sus huevos en cuanto se descuidan. Los pingüinos son pájaros acostumbrados a vivir en el agua helada, donde desarrollan toda su existencia. Son mucho más hábiles bajo el agua que en tierra. Pero han de anidar en seco, para lo que nadan grandes distancias. Establecido el nido, macho y hembra se turnan en sus dos funciones básicas: mientras uno vigila, el otro o la otra se sumerge en el agua y se atiborra de pequeños peces, que luego regurgita para alimentar a las crías. Los pequeños pingüinos viven varios meses cuidados por sus padres, en esta versión animal de la custodia compartida, hasta que pueden lanzarse al agua a vivir por sí mismos.



Enfrente de Dancahué se sitúa la isla de Quinchao, más pequeña, en donde están algunas de las iglesias más valoradas, así como una famosa cascada, donde nos hicimos la foto de grupo que ven arriba. Y luego está el pequeño islote de Aucar, conocido como La Isla de las Almas Navegantes. Un lugar al que se accede por un puente peatonal de madera, que te permite ingresar en un mundo con un punto místico que se percibe en el ambiente. Hay por allí una iglesia de madera y también un pequeño cementerio en el centro. Los chilenos se trabajan especialmente las flores de plástico de colores muy vivos. Todos los mercados están llenos de estas flores. Vean abajo la tumba del muerto más reciente (de octubre). Debía de ser un hombre de relevancia. Y, por supuesto, se llamaba José Delmiro Baamonde Baamonde. 




Cada noche regresábamos al Palafito Waiwén, lugar de mochileros y gente alternativa, en donde hay una cocina y unas mesas a disposición de todos. Allí se entablan conversaciones y se anudan amistades efímeras. En nuestra primera noche, salimos a cenar fuera, para lo que hay que cruzar el río y subir por el paseo costanero hasta la plaza del pueblo, donde hay unos cuantos restaurantes de precio medio. A la vuelta nos quedamos por allí tomando unos pisco sour e hicimos algunos contactos. Entre ellos, Alicia, una peruana de Lima, muy joven, bastante guapa y con grandes gafas de concha, que viaja sola. Ella nos habló de la cascada, de la Cocinería Comunal de Dancahué y de la isla de Aucar, como puntos a visitar que no conocíamos, porque tampoco los destacan mucho en las guías. Alicia estaba compartiendo habitación con cuatro varones que había conocido allí mismo, en esta especie de albergue que es el Palafito Waiwen.

En nuestra segunda noche, nos quedamos a comer allí, de los embutidos que traemos desde España y algunas compras adicionales que habíamos hecho en el día. Compartimos viandas y mesas con varios jóvenes, Alicia entre ellos, y yo no me fijé especialmente en ella, porque en mi grupo hay gente más simpática y ligona que yo, que acaparan la conversación en cuanto aparece alguna chica guapa. Le agradecimos sus sugerencias y compartimos con ella nuestras experiencias. Luego nos fuimos a dormir. Pero yo estaba desvelado y pensé que era una buena ocasión para volver al salón y escribir algo para ustedes. Le dije a mi compañero de cuarto que me iba fuera y me instalé con el ordenador. Pero no pude ni empezar. Alicia salió de su cuarto y con un arrebujo de fastidio me dijo que no podía dormir, que sus compañeros de cuarto roncaban todo el rato y que si no me importunaba su presencia se iba a quedar un rato por allí.

Le propuse preparar unos pisco sour, según la receta del 2001 de Villarrica, que ya les he explicado. Y estuvimos un buen rato hablando. Era del barrio limeño de Miraflores, digamos la élite de la élite peruana (yo lo sé, pero no sé si ella sabía que lo sé). Estudiaba en una escuela de negocios prestigiosa, pero se ahogaba en Lima y soñaba con pasar a Europa. Cuando me habló de Miraflores, le dije que tengo una amiga de por allí, Claudia Sánchez Morzán, colega del Club de Lectura Billar de Letras, en el que participa por Skype, porque vive en Berlín donde ejerce como periodista de la Deutsche Welle. Por supuesto que la conocía. ¡Por Dios, Claudita! Es una referencia para todas nosotras, ella logró lo que todas añoramos. ¡Y encima tan linda!

En fin, que no escribí nada, pero cargué las pilas para nuevas historias. Hablamos de urbanismo, de literatura, de economía, de geoestrategia. Por supuesto no les voy a contar los detalles de cómo se desarrolló la velada, hasta que el sueño y el pisco sour nos vencieron. Me queda únicamente una reflexión. Más o menos hasta los 62 yo me encontraba a tope de fuerzas y habilidades sociales. Y, en ocasiones como esta, forzaba la situación hasta donde la chica me dejara llegar. En estos últimos años me he convencido finalmente de que soy un viejo. Esto tiene una parte buena: las mujeres jóvenes no me ven ya como un depredador, sino como un vejete más o menos simpático, me permiten acercarme, comparten conmigo sus reflexiones y sus deseos y se abren como no lo harían con alguien más joven. La parte mala: tengo claro que no he de pasar de un cierto punto, que no soy una alternativa de pareja para mujeres tan jóvenes, que si siguiera adelante resultaría patético, que es mucho más elegante llegar al borde y retirarse. Por eso pasé de largo/detenerme para qué/de nada vale un anciano/a medianoche en Chiloé. Que ustedes lo pasen bien.  


martes, 6 de noviembre de 2018

783. La Patagonia chilena I

4 de noviembre. Escribo desde el extremo sur de Chile, Parque Nacional de las Torres del Paine, que nos disponemos a visitar hoy y mañana. Tengo al fin un rato libre para escribir, debido a que anoche mi nuevo móvil Huawei se volvió loco al discurrir por latitudes tan extremas y decidió por su cuenta adelantar una hora su reloj. Yo me había puesto la alarma a las 6.15, para estar desayunando a las 7.00, pero resultó que, como digo, el maldito aparato perdió el oremus en el trayecto en coche de Punta Arenas, donde llegamos en avión, a Puerto Natales, donde estamos alojados, adelantando una hora su reloj biológico, hecho de circuitos impresos y claves por satélite. Así que tengo un rato libre, antes de afrontar el cachondeo de mis compañeros de aventuras, que justo ahora amanecen correctamente según lo acordado.

Esta parte del viaje comenzó cuando abandonamos el Atacama, volamos de regreso a Santiago (ya me ocuparé en su momento de hablarles de la capital chilena) y al día siguiente tomamos un segundo vuelo aun más al sur, hasta el aeropuerto de Temuco. Allí alquilamos otro coche para llegar a Pucón, donde teníamos hotel reservado. De acuerdo con los tratados geográficos, la Patagonia chilena comienza en Temuco y se extiende hasta las heladas planicies en donde ahora me encuentro (por cierto, nunca había pisado un suelo tan meridional). Pero, a diferencia de la Patagonia argentina, las gentes por aquí son hospitalarias, amables, sonrientes y cálidas. Nada que ver con los argentinos altivos, hirsutos e imperturbables, incapaces de empatizar con el viajero de otras tierras, que describe Roberto Bolaño, insigne escritor chileno que vivió buena parte de su vida en Barcelona, en su excelente relato El gaucho insufrible. Ese en el que los paisanos despiden al viajero con el invariable saludo: –Que le llueva finito. 

El carácter amable de los patagones occidentales viene de dos factores. Uno es el de las diferentes etnias que componen este pueblo, entre las que destacan los araucos y los mapuches. Y el otro es indudablemente el clima amable y el entorno feraz de estas tierras, auténtico vergel protegido entre los Andes y el océano, donde se cultiva de todo y no hay escasez, frente al agreste paisaje de la Pampa, donde los cultivos se arrancan al duro entorno con esfuerzo y sacrificio constante. Por acá, todo el mundo te entra al trapo de los chistes que prodigamos, por ejemplo, en las entradas a los lugares de pago. ¡Ah! pero no me diga que hay que pagar. Yo creía que era gratis. ¿Y no hay descuento para mayores? ¿Sólo para residentes en Chile? Pero es que nosotros ya nos vamos a quedar aquí, porque nos ha gustado mucho el país y no pensamos regresar. ¿Eso no vale? Quitando algunos sujetos más rurales, de talante parco y escueto, los lugareños comparten esas bromas inocentes y responden con otras, siempre respetuosos, siempre educados.

Los mapuches compaginan esa amabilidad con un carácter guerrero y orgulloso. Y ostentan esa doble característica en sus rostros altivos. En una ocasión, llegamos a uno de los pequeños aeropuertos locales y nos abalanzamos al mostrador de la empresa de transportes con una pregunta: –Cómo quedó el Madrí-Barça. Respuesta: –Ni idea; pero marcó un gol Arturo Vidal. Lo cierto es que Arturo Vidal, mapuche eminente, fue el gran fichaje de este verano en el Barcelona, y todo Chile está muy preocupado e intrigado por el hecho de que no juega de titular. No saben qué tiene que hacer para que lo saquen al campo. En una carretera paramos a comprar salmón del que ahúman por procedimientos caseros. Nos recibió un tipo que vivía con varios gatos zalameros y cariñosos, quien nos contó que antes de montar el negocio del salmón había sido profesor y que él le había dado clases varios años a Arturo Vidal.

Continúo mi escritura en la noche del 5 de noviembre, después de dos días por el parque de las Torres del Paine, un día antes de regresar a Santiago. La primera parte de la Patagonia chilena que hemos recorrido en este viaje, gira en torno a una serie de lagos muy bonitos, rodeados de verdes prados con pastos y cultivos. Es curioso venir de Atacama en avión y comprobar  desde el aire que el desierto llega casi a las puertas de Santiago. Sin embargo, desembarcando en Temuco y viajando al sur, el paisaje es una mezcla de Asturias, Cantabria o la propia Suiza. Después de dormir una noche en Pucón, bajamos hasta Puerto Montt, la ciudad más grande de la zona, bastante fea en mi opinión, pero con alojamientos más baratos que Puerto Varas, centro de la vida rural en torno al lago Llanquihué. Al otro día caímos a Puerto Varas y contemplamos la hermosa vista del lago con los volcanes Osorno y Calbuco al otro lado.

El recorrido alrededor del lago ofrece lugares muy interesantes, como el propio pueblo de Llanquihué, o Frutillar, centro de la influencia alemana, en donde está el Teatro del Lago, magnífico edificio moderno de madera, que pasa por ser el mejor teatro de Latinoamérica, con programación diaria todo el año. También visitamos unas bonitas cascadas, así como los Saltos de Petrohué, que son realmente impresionantes. Por último, hicimos un recorrido por el lago en una lancha motora, que pilotaba un abuelo, por nombre Guido, quien se conocía todas las historias en torno al lago. Allí hay unos grandes catamaranes de la empresa Tourist Tours, que organizan viajes a través de ríos y lagos, hasta Bariloche en Argentina. El dueño de esta empresa tiene una casa junto al lago a la que sólo se puede acceder por barco. Otra de las mansiones es propiedad de la familia del fundador de El Mercurio, el mejor periódico de Santiago. Uno de estos magnates construyó una casa de muñecas flotante para una de sus nietas, que todavía existe, aunque la destinataria del regalo es ahora octogenaria.

Don Guido nos contó que los cuatro miembros de la Junta Militar de Pinochet solían venir en verano a reunirse en alguna de estas casas de sueño, invitados por alguno de sus propietarios. De alguno de estos émulos de El Gran Gatsby nos contó que tenía varias esposas y había conseguido que se llevaran bien entre ellas, algo ciertamente raro y meritorio. Él mismo nos dijo que nunca se había casado, pero que tenía varios hijos, lo que era una demostración viviente de que no hace falta casarse para tener hijos. Un tipo curioso este Don Guido, guardián de todos los secretos y las anécdotas del lago Llanquihué, en el centro de la Patagonia chilena. Cerramos ese día en torno al lago con una cena fastuosa en un lugar de Puerto Varas que nos ganó por el olfato, mientras paseábamos por las calles del lugar. Allí nos obsequiamos con un cebiche de salmón y una carne de la que aquí llaman bife-chorizo, tal vez nuestra mejor comida en todo Chile.

Los alemanes colonizaron esta zona después de los españoles y se nota su influencia en la arquitectura y en las estupendas cervezas que se consumen por aquí, como la Austral Calafate, o las diversas marcas de cerveza artesanal. En el 2001 de Villarrica probamos el mejor pisco sour de todos los que hemos degustado en el viaje. Nos explicaron la receta. Se ha de mezclar una lima de las verdes por cada dos personas, un par de cucharadas de azúcar y hielo golpeado, junto con la mayor o menor cantidad de pisco, en función de que se quiera más o menos cargado. Las limas se trocean, con cáscara y todo. Y todo ello se pasa por una batidora o termomix y luego se cuela para dejar sólo el líquido. El resultado es espectacular. Me gustaría cerrar este texto con unas fotos, pero con el Wifi que tengo en estos hoteles me resulta algo difícil. Les prometo compensarles con las imágenes correspondientes. Así que: que les llueva finito.