lunes, 9 de abril de 2018

720. Deckard ataca de nuevo

¿Que no saben quién es Deckard? Pues sí que empezamos bien… Es broma; ahora mismo se lo refresco. Para los que estén in albis, Rick Deckard es el protagonista de Blade Runner, la mítica película sobre la que tenemos un asunto pendiente, desde el Post #688, Rescatar Blade Runner, que no hace falta que se repasen, porque ya se lo resumo yo: Blade Runner se rodó en 1982 y se estrenó en España en 1983. Poco a poco, por el boca a boca, se fue convirtiendo en una película de culto, aunque yo presumo de haberme dado cuenta de su trascendencia desde el principio (y no soy el único). Durante diez años, en España sólo existió una versión: la que se estrenó en los cines y se comercializó en DVD, en torno a la que se forjó la leyenda.

Diez años después, Ridley Scott, el director, que siempre ha sido un águila para los negocios, vio la posibilidad de hacer más caja con el tema y se descolgó con una nueva versión que se llamó El Montaje del Director. Se estrenó en los cines y yo acudí esperanzado a verla. Menuda decepción. La versión del director era prácticamente igual. Sólo añadía una escena super-hortera: un sueño de Deckard, donde se ve a un unicornio corriendo a cámara lenta por unos praos. Y también alteraba el final (dice Scott que el final de 1982 se lo impuso la productora). Por último, suprimía la voz en off, que ayuda a entender una historia que sin ella resultaría demasiado críptica y difícil de seguir (en opinión de la productora). Hasta aquí todo entra dentro de lo previsible (aunque yo me malicio que la escenita del unicornio se grabó mucho después, una morcilla añadida para que hubiera dos cambios visibles y no uno solo).

Yo tenía mi versión de la original en DVD y estaba tranquilo. Pero, de pronto, resultó que mi cinta se había extraviado, en alguna mudanza o en algún préstamo no devuelto, de mis hijos o de mí mismo, da igual, la cosa es que ya no estaba (hablo ahora de hace unos cuatro meses). Ni corto ni perezoso, intenté comprar otra copia y descubrí con sorpresa que Scott ha vetado la versión que se estrenó en 1982. Que ya sólo se puede encontrar la versión del director. La otra es imposible encontrarla en las tiendas grandes y tampoco en tiendas de segunda mano como Discos La Metralleta. Tampoco se puede descargar de la red. Ante ese bloqueo, escribí yo mi post antes citado, que era una llamada de auxilio. ¡Que alguien me ayude!

Una digresión sobre esta última expresión. En España siempre se había gritado ¡Socorro! en situaciones de apuro. Una expresión concordante con el francés ¡Au secour! Incluso la película sobre los Beatles Help! se tradujo aquí como ¡Socorro! Sin embargo, en los filmes que venían de América, la gente usaba la expresión más común allí: Somebody help me! Al doblar estas cintas, la diferencia de extensión con el  tradicional ¡Socorro! aconsejó a los dobladores usar ese artificioso ¡Que alguien me ayude! Esta expresión impostada, se ha escuchado tanto, que ahora es frecuente, por ejemplo, escuchar a un grupo de niños jugando a tirar a otro al agua, juego al que el propio agredido se suma, muerto de risa, gritando: ¡Que alguien me ayude!



Bueno, aquí tienen la imagen de Deckard, por si les quedaba alguna duda de a quién nos estábamos refiriendo. Harrison Ford estaba guapísimo. El caso es que, desde diciembre pasado, yo estaba detrás de conseguir una versión en condiciones de mi querido Blade Runner original, el que comercializó la productora en 1982. Ya escribí en su día que mi vida entera estaba consagrada al Reinventing Cities y a la búsqueda de Blade Runner, pero nadie se lo creyó. No obstante, si pensaban que había tirado la toalla, es que no me conocen. Después de desechar otra serie de vías que se revelaron inútiles, digamos que conecté con la comunidad virtual de los informáticos de primer nivel, los analistas de sistemas, los colgados de la red de diferentes tipologías, los hackers y virgueros del mundo digital. Tengo un amigo de esa comunidad, especie de Matrix en la que hay que moverse con cuidado y más después de lo que se ha revelado en estos días sobre Facebook. Por cierto, yo siempre he dado por hecho que, al publicar un blog como este, me exponía a la pérdida de mi privacidad anterior, un aspecto que siempre me la ha refanfinflado. Si no fuera así, este blog no existiría.

Pero la intimidad de mis amigos y mis fuentes sí que me preocupa. Así que, digamos, mi amigo A, contactó con el experto B y este lanzó la llamada en Matrix. Poco después apareció alguien que tenía una copia del DVD que se vendió en las tiendas entre 1982 y 1992 (y también después, antes del veto de Scott, en el tiempo en que podían conseguirse ambas versiones). Pero el experto al que hemos llamado B no es un cualquiera. Este señor pasó la película a un soporte digital actualizado. Descontento con la calidad de imagen que ofrecía esa cinta, reproducida mil veces y copiada luego a un soporte diferente, procedió a someterla a un proceso de redigitalización y remasterización. ¿Cómo? ¿Que no saben qué es eso? No se preocupen: yo tampoco. El caso es que este buen hombre consiguió una copia digital que ocupa 7 gigas y medio, lo que da idea de su nivel de calidad visual y auditiva (las que se descargan por ahí vienen a tener un giga y medio).

Ahora, que no venga por aquí ningún listillo a decirme que se ha puesto a buscar por ahí y ha encontrado esta versión: el amigo B, como buen hacker, ha colgado ya el resultado de su trabajo y cualquiera que sepa encontrarla y descargársela, puede hacerlo libremente. Pero volvamos a mi amigo A. Este hombre me llamó y me dijo que ya tenía lo que le había pedido. Quedamos a tomar un café con unas torrijas y me hizo entrega de lo siguiente:

                       –La versión de Blade Runner (1982), de 7,5 gigas
                       –Una versión similar de Blade Runner-2049, (2017), de 6,5 gigas
–Dos cortos rodados por Denis Villeneuve, director de la segunda de estas películas, con filmaciones destinadas a entender la transición entre una y otra.

Estos cortos, revelan que Villeneuve es un tipo majo y normal, que quiere ayudar a que su película se entienda, no como el otro capullo, que, por cierto, se ha retratado ya definitivamente sacando a patadas de su última película al actor Kevin Spacey, estigmatizado como acosador de mujeres, cuando el rodaje ya estaba terminado. Este auténtico fenicio ha tenido los huevos de volver a filmar todas las escenas de Spacey con otro actor. Todo para no arriesgarse a que la película (de la que se dice que es una mierda, como muchas otras de Scott) sea un fracaso en taquilla por incluir a un actor ahora vilipendiado (no entro a valorar si el vilipendio es o no merecido, imagino que sí lo es).

Con ese material en mi poder, lo primero que hice fue ver en mi televisor la película original. Es una gozada, tiene una calidad de imagen extraordinaria y, aunque siempre será imposible que la TV iguale a la gran pantalla (¡ah! las dos veces que la vi yo en el cine Avenida), pues qué quieren que les diga: que me volví a emocionar al ver semejante maravilla. Y, en ese momento casi de eucaristía pagana, pues sucedió que me acordé de ustedes, mis fieles seguidores de esta tribuna que dura ya más de cinco años. Y pensé que podía instituir un Premio al Seguidor Distinguido de Reflexiones a la Carrera. Un galardón que valorase la antigüedad, fidelidad, constancia, aporte de comentarios, etc. Hice un sorteo mental (con bolas calientes, por supuesto) y elegí a siete merecedores de dicho premio (más abajo pongo la lista de agraciados).

Pero mis tribulaciones no se habían terminado. Mi primera idea era copiar el material en discos DVD, comprar unas cajas y bajarme de Internet las carátulas, para simular el producto que antes se podía comprar en cualquier video-club (otra institución desaparecida en combate). Problemas: no hay DVDs vírgenes de la capacidad necesaria, unos 14 gigas. Mi respuesta: vale, hago dos DVDs para cada uno. Imposible también: los DVDs que se puede uno comprar en una tienda, no admiten más de 4 gigas. Bien, entonces unos pendrives. Me subí al FNAC y me compre una colección de pendrives de 16 gigas. Pero, después, necesitaba ponerles una etiqueta identificativa del regalo. Bajé al fotocopiero del barrio y me encontré a un nuevo dependiente de los llamados del culo alto, es decir, el típico zangolotino vago. Se le hacía un mundo hacerme una colección de etiquetas.

Por resumir. Recuperé mis años de experto en manualidades. Encontré un programa de impresión de etiquetas. Hice un folio entero, con indicadores de corte horizontal y vertical en los bordes. Me compré unos folios de papel adhesivo. Logré meterlos en mi impresora y producir un folio de etiquetas. Luego tiré de cutter, hice mi colección y les puse una a cada uno de los pendrives, lo que supone quitar el papel transparente protector, apuntar, pegarlo correctamente en el pendrive y hacer un corte preciso en el borde de la tapadera, para que se pueda abrir. Una labor de artesanía. Cuando ya tenía diez artilugios preparados, empecé a copiar los archivos de las películas. Mi gozo en un pozo. La pantalla me devolvía un mensaje: el archivo es demasiado grande para el soporte elegido.

Es jodido comprarte un pendrive de 16 gigas y no poder descargar en él un archivo de 7. No tuve más remedio que molestar otra vez al bueno de A. Por teléfono me lo explicó. Los pendrives que se compran por ahí vienen formateados por defecto con el formato Fat32, que no te deja cargar archivos superiores a 4 gigas. Es decir, tú vas cargando archivos hasta de 3,99 gb, y puedes ir sumando hasta completar los 16 gigas totales. Pero no te deja cargar archivos de más de 4. La solución: formatear el pendrive y cambiar al formato NFTS. Me explicó cómo hacerlo y fin de la historia. Así que ya tengo mis regalos preparados. Tal como ven en esta foto. El vinito que me estoy tomando es un verdejo de Rueda de puta madre.


Y ahora vamos con la lista de agraciados.

1.- El Coronel Groucho. Nadie puede ser el primero de esta lista, salvo este amigo primigenio, tremendísimo cronopio, voluminoso consumidor de blogs, cervezas y otros productos perecederos y autor de comentarios siempre precisos.
2.- X el sigiloso. Seguidor incondicional camuflado tras esa consonante nebulosa. Como muestra de que es el blog el que se proyecta sobre nuestras vidas y no al revés, corrimos una carrera juntos vestidos de Papá Noel y acudimos también a ver a Bruce Springsteen en el Bernabeu. No aparece mucho, porque suele trasladarme sus comentarios por detrás.
3.- El África misteriosa. Tan insondable como el continente homónimo, mi amiga prodiga sus comentarios escondida tras el perfil Anónimo, pero yo reconocería su prosa entre un millón. Por cierto, querida África, ya sé que a ti no te gusta la película. El regalo es para que se lo hagas llegar a Boni, por supuesto.
4.- Paco Couto. Colega de los tiempos gloriosos, averiguó que tenía un blog y dedicó dos días con sus noches a releer los posts atrasados hasta ponerse al día. Rockero y motero veterano, encuentra aquí un lugar donde compartir sus nostalgias.
5.- Speedy Alfred. Así lo acabo de renombrar porque me consta que es el que lee más pronto mis textos. Tiene un avisador en el móvil que le advierte de que acabo de escribir un post. Por donde le pille, se lo lee (luego suele repasarlo más despacio).
6.- Inmaculada de la Vega. Va siendo hora de confesar que fue ella la que me ayudó a pulir los diversos detalles técnicos, antes de lanzarme a publicar. Al principio, cuando tenía un puesto fijo de trabajo, se camuflaba tras el mote Sagrario, asesora de asuntos económicos. Ya de free lance, no tiene inconveniente en entrar a comentar con su nombre y suministrarme contenidos con su continua y fructífera actividad en redes.
7.- El gran Mariano. Last but not least. Otro incondicional que, cada día, antes de abrir los periódicos digitales, consulta mi blog por si hay algún post nuevo. Una vez consultado mi blog, entra en las demás páginas, para enterarse de los asuntos de segundo orden, como las novedades de Puigdemont y otros temas tan poco divertidos.
    
Bien. Yo tengo los regalos listos. El sistema de reparto es el siguiente. Cada uno de los aludidos ha de llamarme por teléfono (quien no tenga el número, sabrá cómo encontrarlo). Y concertamos una cita para una cerveza o lo que sea. Con los que estén fuera de Madrid, podemos quedar en un punto intermedio. O denme ustedes una dirección postal para que se lo envíe por MRW. Esto es todo. Les dejo de propina un conocido chiste de Forges. Otra demostración de lo que fue Blade Runner para el imaginario de nuestra generación. Sean buenos.



sábado, 7 de abril de 2018

719. ¡Arriba la birra!

El título de este post es un palíndromo gozoso, lo mismo pueden ustedes leerlo al derecho que al revés, que mantendrá un significado espumoso y burbujeante, como el dorado líquido a presión que se tira con cuidado sobre el vaso de caña o doble, sacándole la espuma justa y rematando con el golpe del grifo hacia adelante, como marcan los cánones. En este blog se ha hablado mucho de la cerveza, uno de los grandes inventos de la Humanidad, y nunca le hemos dedicado un post en exclusiva, porque digamos que el valor y la importancia de la cerveza se presuponían o se daban por descontado. ¿Por qué hacerlo hoy después de tanto tiempo? Pues sencillamente porque hoy es un día muy especial.

Hoy, 7 de abril de 2018, se cumplen 85 años de la derogación de la funesta Ley Seca en USA. El alcohol en todas sus formas estuvo prohibido desde 1919 hasta justamente el 7 de abril de 1933, generando la época de mayor criminalidad y gangsterismo de la historia americana. En los años 20, floreció la producción clandestina de alcohol en lugares como Chicago, inmortalizado en la serie televisiva Los Intocables, con el detective Eliot Ness a la cabeza. Todavía tengo yo en la cabeza la música y las imágenes en blanco y negro de esa serie, que veía de pequeño en La Coruña. ¿Cómo pudo generarse semejante desatino? Pues miren por dónde, resulta que la 18ª Enmienda de la Constitución americana, llamada popularmente La Ley Seca, se aprobó precisamente para acabar con la delincuencia, a la que se creía íntimamente vinculada con el alcohol. Desde los sectores más conservadores, se hablaba del alcohol como la bebida del diablo. Una bebida que hacía que un tipo honrado y buena persona, se fuera a la taberna, se pusiera hasta arriba de alcohol y se liase a tiros con cualquiera o, al volver a casa, les zurrase a su señora y a los niños hasta que se cansaba o se quedaba dormido. 

Sin negar que esos comportamientos se producían y se siguen produciendo con preocupante frecuencia, no hay que perder de vista el componente puritano que encarna esa inquina hacia el alcohol o cualquier otra droga euforizante que nos ayude a pasar por la vida de forma más grata, alegre y productiva. El alcohol está presente en la Humanidad desde tiempos inmemoriales. La relación del ser humano con el alcohol se pierde en la noche de los tiempos. Hay incluso teorías que ligan el paso del nomadismo al sedentarismo con la necesidad de permanecer en la misma zona para poder cultivar las viñas cuyo fruto fermentado proporcionaba esos momentos inolvidables en los que el hombre primitivo se sentía un dios, capaz de conseguir los objetivos que se propusiera. En la mentalidad obtusa y simple de estos primeros humanos, cualquier sustancia que ayudara a soportar la dura realidad de una existencia expuesta a todos los peligros, era bienvenida.

Pero desde los primeros tiempos, el hombre es consciente de los peligros que entraña el exceso de alcohol y va aprendiendo a administrarlo por el sistema de prueba y error. Se evidencia la necesidad de obtener una bebida de baja graduación y aquí es donde aparece la cerveza. Está comunmente admitido que las primeras evidencias de existencia de la cerveza nos llevan nada menos que a la civilización sumeria, aunque no esté ciéntificamente probado que este extraordinario pueblo fuera su inventor. Fíjense en el dato: allá por el año 3.500 antes de Cristo, este pueblo, que se asienta en la zona posteriormente llamada Mesopotamia, es el responsable de al menos dos inventos clave para la Humanidad: la escritura y la rueda. Y está constatado que los sumerios le daban fuerte a la birra. Impresionante.

Desde luego que los egipcios y los griegos conocían la cerveza, y que el vino abundó no sólo en Grecia sino también en Roma. La Biblia narra numerosos episodios con vino, como el de Noé, y ya saben que una de las principales manifestaciones del carácter divino de Jesús era su facultad de convertir el agua en vino. El vino está incorporado a la liturgia cristiana, y aparece también con frecuencia en la Torá de los judíos. Sin embargo, las ramas protestantes tienen cierta proclividad al puritanismo, especialmente los calvinistas, que constituyen una parte importante entre los pueblos que colonizaron Norteamérica. Ese ramalazo puritano está presente en toda la historia yanqui, desde los predicadores que acompañaban a los primeros colonos del Oeste, hasta las ligas femeninas contra el alcohol.

Y esta tendencia cristaliza en los primeros años del Siglo XX. Las oleadas de inmigrantes irlandeses, italianos, alemanes y de la Europa del Este, todos ellos grandes bebedores, agravan el problema a ojos de los primeros pobladores, básicamente anglosajones y más moderados. Las estadísticas de personas que se gastan todo su sueldo en beber durante el fin de semana y las cifras de violencia intrafamiliar crecen exponencialmente y son infladas por los partidarios de la abstinencia con datos alarmantes. Surgen las llamadas Ligas de la Templanza, que van ganando terreno, impulsadas por predicadores del ala más conservadora y redes de protección de mujeres y niños maltratados. Durante la Primera Guerra Mundial, se suma a todo esto el hecho de que muchos de los mayores taberneros del país eran de origen alemán, lo que los coloca en el foco de los movimientos patrióticos. El terreno está abonado para que se legisle en contra del consumo libre de bebidas alcohólicas. En octubre de 1919, la 18ª Enmienda entra en vigor en todo el país. Y comienzan los años veinte. Escuchen una música de la época.


Los locos años veinte fueron un período marcado por la Ley Seca. Y, desde luego, fueron la demostración palpable de que prohibir cualquier sustancia o actividad, es dejarla en manos de los gangsters y las mafias. El carácter ilegal de una actividad es lo que le da un mayor margen de beneficio, es un valor añadido. Igual que en la Galicia que se relata en la serie Fariña, en Estados Unidos, la producción clandestina y la venta de alcohol se convierten en los grandes negocios ilegales, que controlan Al Capone, Frank Nitti, y otros. Empiezan las reyertas y los tiroteos, como la famosa matanza del Día de San Valentín. Y en ese clima de violencia, surgen figuras míticas paralelas, como la del atracador de bancos John Dillinger. Los promotores de la Ley Seca habían prometido que la delincuencia disminuiría drásticamente al prohibirse la venta de alcohol, que (sic) las cárceles se vaciarían y sus edificios se reconvertirían en graneros y fábricas. Pero lo cierto es que la delincuencia se multiplicó por diez, menudeaban los hechos violentos, cada día había asesinatos y la gente se sentía menos segura. ¿Cómo dicen? ¡Ah! Que se les ha acabado la música. No es problema. Aquí tiene otra, no menos sugerente y, encima, con interesantes imágenes.


En este ambiente general festivo, no es difícil deducir que el whisky corría sin freno a pesar de la prohibición; que las clases altas tenían suministro libre en el mercado negro y que, en las fiestas de la alta sociedad no faltaba el aderezo de la bebida más popular entre la población, que ayudaba a que el foxtrot, el charleston y el jazz volaran libres, mientras la gente bailaba enloquecida hasta la madrugada. Pero a la vez, la policía desplegaba una gran actividad, decomisaba cargamentos de whisky y cerveza e introducía un factor de estrés en una población que se encaminaba sin saberlo hacia el crash económico del 29. Y el personal empezó a cabrearse. Y brotaron las manifestaciones. Aquí tienen un par de imágenes bastante conocidas pero muy expresivas de este período de finales de los veinte.



El crash del 29 planteó la conveniencia de legalizar la producción de alcohol, un sector económico con capacidad de revitalizar la economía y un semillero de ganancias para el Estado con la recaudación de los impuestos correspondientes (la segunda de las imágenes anteriores corresponde a una manifestación a favor de que la cerveza se grave con impuestos). La opinión pública estaba ya claramente a favor de esta tendencia. Y fue Franklin Delano Roosevelt quien incluyo en su candidatura a las presidenciales de 1932 la propuesta de legalización. Ya presidente, firmó en marzo de 1933 la llamada Acta Cullen-Harrison, que devolvía el alcohol a la legalidad. El 7 de abril la nueva reglamentación entró en vigor. Abajo pueden ver un recorte de prensa que muestra cómo se celebró la noticia en algunos bares.


Desde entonces, las mafias y los gangsters se desentendieron de este sector económico (cuando un negocio se vuelve legal, se reducen mucho sus márgenes de beneficio). Algunos de sus capos se pasaron al mundo del boxeo, hasta entonces un sector ultra limpio incluso conocido como el deporte de caballeros, proceso que se narra con todo detalle en la extraordinaria novela de Budd Shulberg The harder they fall, que en España se tradujo por Más dura será la caída (y que fue llevada al cine, constituyendo el último y excelente trabajo para la pantalla de Humphrey Bogart). Los demás derivaron su actividad al mundo de las drogas, la prostitución, las armas y otros tráficos ilegales. Desde entonces, el alcohol campa por sus respetos a todo lo largo y ancho del mundo y forma parte esencial de la cultura de países como España, la República Checa, Irlanda, Francia, Italia, Polonia, Rusia. En sus diferentes versiones. Y, desde luego, Estados Unidos. Les voy a dejar con la imagen de la batería de grifos de cerveza que tiene ahora mismo un conocido bar de Washington. Sean buenos este fin de semana, y tómense algunas cervezas a mi salud. Sólo tienen que levantar sus jarras y decir: ¡Arriba la birra!


jueves, 5 de abril de 2018

718. En un mundo muy extraño

Raro
No digo diferente, digo raro
Ya no sé si el mundo está al revés
O soy yo el que está cabeza abajo

De una canción de Fito y los Fittipaldis

Leíamos la semana pasada parte de la letra del tema de Radiohead Creep. Desde luego que yo me he sentido en muchas situaciones un creep, un weirdo, un tipo raro y todo lo que dice la canción. Un inadaptado, en suma, con unas ganas enormes de echar a correr (hace una semana, la última vez, en una procesión). Fito insiste en el concepto: él también se siente raro y no sabe si el mundo está al revés, o es que él está cabeza abajo. Pues, miren por dónde, yo no he tenido nunca la menor duda al respecto. Yo no estoy cabeza abajo. Para nada. Es el entorno el que falla. Yo estoy de puta madre (la RAE recoge esta expresión en primera acepción como locución adjetival –equivalente a muy bueno/a– y en segundo lugar como locución adverbial –muy bien– que  es como la usa todo el rato Zidane).

Pues eso, que estoy de puta madre. Tras una semana de relax madrileño, aquí me tienen otra vez incorporado a la vorágine del día a día, sin margen para un aterrizaje más suave. El lunes tuve un montón de trabajo para ponerme al día, contestar el correo y tener un par de reuniones con posibles concursantes de Reinventing Cities. Acabé saliendo de la oficina a las 17.30, es decir, regalándoles media hora a los de Asuntos Internos. Corrí de vuelta a mi casa donde dediqué la tarde a terminarme el libro Mundo Extraño, que veríamos al día siguiente en mi club de lectura. Últimamente hago eso: termino los libros sobre la bocina. No es por dejadez, sino por falta de tiempo y para tenerlo más fresco el día del club. Les diré que, tanto el lunes como el martes, fui al trabajo en Metro. ¿Por qué? Pues porque le dejé el coche a mi hijo Kike, para que hiciera lo que él llama la mudanza y que ahora les explico en qué consiste.

Hace días que sabía que mi hijo se iba a París. No, no. No de vacaciones. Se va a vivir allí, porque le ha salido un trabajo de puta madre. Otro desmentido de eso que piensan algunos de mis lectores: que lo cuento todo. Pues esto no lo conté. Resulta que mi hijo, de navidades para acá, ha aplicado, como se dice ahora, a diversos puestos de trabajo, básicamente en Europa (Londres, Hamburgo, París y alguna ciudad española). Para conseguir el de París, tuvo que pasar un largo proceso de selección, que se hace mediante diversas pruebas, entrevistas y aportación de curriculum y datos, todo ello por Internet. La última fase, a la que llegaron dos, es ya una entrevista presencial. A mi hijo lo llamaron primero. Le mandaron un billete de avión de ida y vuelta. Llegó a la oficina en torno a las 12 del mediodía y directamente se fue a comer con todo el equipo. Tras la sobremesa accedió al despacho del jefazo (que no había comido con ellos) para la entrevista. Y se volvió. Le dijeron que ya le llamarían. Una semana después le comunicaron que habían decidido ni llamar al segundo, que el puesto era suyo.

Se pueden imaginar los saltos de alegría que di. Lo que pasa es que, en la apretada deriva del blog, no hubo hueco para comentarlo. Como saben, mi hijo vivía desde el verano pasado en un piso con dos compañeros. Ahora ha tenido que vaciar completamente su habitación, para dejarla libre. Así que supongo que ya se imaginan lo que supone para él el concepto la mudanza. El lunes me acosté con la casa convertida en trastero. El martes volví a utilizar el Metro para ir al trabajo. Terminé de ponerme al día y dediqué buena parte de la mañana a ayudar a mi jefa a preparar el sarao del día siguiente, que ya se cuenta cuando corresponda. Mi hijo volaba por la tarde, con un equipaje considerable y la idea era que lo cargase en el coche y viniera a recogerme a mi trabajo, que está al lado del aeropuerto. Así lo hicimos, nos dimos un abrazo a la puerta de la T-4 tras cargarlo todo en un carrito, y salí arreando para mi casa. Desde allí fui caminando hasta la calle Espíritu Santo, donde hacemos el club Billar de Letras.

La sesión de anteayer fue realmente uno de los días cumbre del desarrollo del club en este curso. Debatimos sobre el libro Mundo Extraño, en presencia del autor, José Ovejero, y el editor Juan Casamayor, director de Páginas de Espuma. Dos viejos conocidos.  Con José coincidí en Bruselas, donde vivía por entonces, en un club de lectura que se narró en el Post #24, publicado con el dylaniano título de El tiempo pasa despacio. Tenía entonces el pelo menos blanco y acababa de publicar un libro de poesía, que fue el que analizamos en el primer piso de un bar bruselense, frente a unas pintas de Leffe Blonde. En ese momento, trabajaba todavía como traductor simultáneo para diversos organismos europeos, ocupación que, me contó, dejo a mediados de 2013, para volverse a Madrid y dedicarse en exclusiva a la literatura.

Juan Casamayor es uno de los dos editores amigos que tengo (el otro es Darío Ochoa, de Automática), con los que he compartido talleres, Ferias del Libro, presentaciones y más de una discusión hasta las tantas en la barra de un bar. Nos dimos un abrazo y volvimos a hablar de la posibilidad de mandarle algunos textos que tengo, pero tendría que hacerles una corrección en serio, algo para lo que ahora no tengo tiempo. Por cierto, José Ovejero, me dijo que mi cara le sonaba vagamente, que recordaba la tertulia que compartimos en Bruselas pero que, si se hubiera cruzado conmigo en una calle, no me habría reconocido. Ya todos sentados, Ronaldo nos reveló que Juan había sido distinguido con el prestigioso Premio al Mérito Editorial de la última FIL de Guadalajara, celebrada en septiembre de 2017. Otra alegría enorme.

En cuanto al libro, pues es una colección de relatos muy en la temática de José Ovejero, un hombre que viste de negro y ha sido Premio Anagrama de Ensayo por La Ética de la Crueldad. La colección es muy variada. Ovejero, novelista, ensayista y poeta de amplio recorrido, regresa al mundo del relato corto haciendo gala de un oficio y una maestría extraordinarios. Es además un amante del rock, en especial del heavy metal, lo que se comprueba en el relato Orfeo en La Habana, creo que el que más me hizo disfrutar de todo el libro. En Papá es un perro, el narrador es un niño con amplios rasgos de autismo, que habla sobre su familia estándar. Hay algunos cuentos especialmente duros y crueles, pero sobre todos ellos sobrevuela una pluma exquisita y un sentido del humor (negro) muy peculiar. Es un libro que les recomiendo sin dudarlo. Aquí una imagen actual de José Ovejero.



El miércoles participé con mi jefa en un desayuno de trabajo presidido por el Coordinador de la Alcaldía Luis Cueto, con una serie de empresarios y representantes de la Banca, para promocionar el Reinventing Cities, un proyecto en el que necesitamos que se animen los inversores para formar equipo con los arquitectos y emprendedores sociales que ya se están movilizando y formando alianzas para concursar. Lo de desayuno de trabajo, se llama así porque se hace a media mañana, pero apenas había unas botellitas de agua de las pequeñas. No están los tiempos para mayores dispendios. El encuentro salió bien, aunque aún no sabemos hasta qué grado será productivo. Tengo pendiente contarles este asunto en detalle, pero todavía no es momento. La tarde del miércoles la tuve que dedicar a diversas compras y recados que no les voy a explicar aquí, mientras la señora de la limpieza se esforzaba en reconvertir el trastero en vivienda. Por la noche estaba muy cansado y además tenía que ver el episodio 5 de Fariña, así que no tuve  ni un rato para el blog.

Y esta mañana me he llevado una alegría adicional porque, por primera vez, hemos recibido un proyecto sólido para dos de las cuatro parcelas del Reinventing Cities. Hay movimiento en la ciudad pero, hasta ahora, no habíamos visto una propuesta cerrada y formalizada, aunque haya que completarla. Eso quiere decir que esta noche no tendré esa pesadilla recurrente que me hace despertarme sudando, convencido de que al final no se presentará nadie. Mi mundo es muy extraño, como ven, pero aun lo es más el que generan las noticias de la actualidad.

Que cualquier esposa odie a su suegra es normal. Lo que ya no lo es, es la ordinariez de meter el culo en medio para estropearle la foto con sus nietas. Eso nunca lo hubiera hecho un miembro nato de cualquier casa real. Esto es lo que le venía a decir a voces una señora gorda a otra, esta tarde mientras esperábamos en el paso de peatones en Atocha, perorando cargada de razón: –Ella no es la reina, el rey es él; ella es sólo la mujer del rey. Y remataba acalorada, levantando un dedo admonitor: –¡Que no es lo mismo, coñe! De la mala educación de la reina ya teníamos noticias con aquello del compiyogui, pero ahora se ha retratado, valga la paradoja. El otro tema de estos días es el del mastergate de la señá Cifuentes. Parece claro que pusieron a un becario a escribirlo a toda prisa, pero no ha colado. Aquí una imagen de las que circulan estos días por Whatsapp.


Pero yo quiero detenerme en otro asunto. El recluso Puigdemont parece que sigue mandando de cojones. Desde su celda ha dado la orden de quitar de en medio a Turull, para volver a proponer a Sànchez-con-acento-al-revés. Yo no tengo ninguna duda del origen de este cambio. El motivo son los pucheros a la puerta de la cárcel. Esa llorera le ha descubierto como ser humano, muy alejado del fanatismo que se le exige. Un fanático no llora. O, si lo hace, es por rabia. Pero el llanto de Turull no era de rabia. Era de desolación. Ya lo dije en el post correspondiente. En ese momento, este señor comprendía el tamaño del castigo que se le iba aplicar y me atrevo a aventurar que por su cerebro cruzaban pensamientos que ponían en cuestión toda su trayectoria anterior: ¿realmente nuestro envite merecía haber llegado hasta aquí? Por eso trataba de animarle su familia. Y su alter ego Rull que tal vez le decía: –venga hombre, arriba ese ánimo, que dentro de dos días estamos fuera y podemos volver a tirarnos pedos en libertad. Para un fanático, esto son gajes del oficio. Los etarras tenían manuales de cómo comportarse en estas situaciones. Imagino a Puigdemont proclamando a gritos (parafraseando lo que me decía a mí un jefe especialmente cruel que tuve, cuando le trasladaba alguna queja): A LA CARCEL SE VIENE LLORADO.

Dice José Ovejero que la crueldad es una postura ética, que sirve para denunciar la falsedad de los edulcorantes con que nos envuelven la realidad. Que la alegría y el optimismo son ropajes falsos. En fin, es una tesis respetable. Yo, mientras no me pase alguna putada gorda, no puedo permitirme la tristeza y el pesimismo. Creo que resultaría antiestético. Así que, como hemos empezado con Fito, les dejaré con la canción de la que forma parte la cita de cabeza. Es un tema que está bien, aunque es un ejemplo de cómo no saber terminar una canción a tiempo. A cambio, el vídeo es muy bonito: Blade Runner en Bilbao. Han de pinchar AQUÍ para verlo. Que sean felices, ustedes también.

(P.D. Mientras corregía este texto han soltado a Puigdemont, una muestra más de que vivimos en un mundo extraño. Yo ya dejé escrito que la rebelión y el componente violento estaban un poco cogidos por los pelos y que podía pasar esto. Una mala noticia, en cualquier caso, que nos aleja de la única solución posible del embrollo. A lo mejor ahora Turull rectifica y promete que ya no va a llorar más).