sábado, 2 de diciembre de 2017

688. Rescatar Blade Runner

Blade Runner es una película mítica para mí, como saben. Su estreno en España a comienzos de 1983 me pilló recién incorporado a la Gerencia de Urbanismo y pocas veces me he llevado una impresión cinematográfica tan poderosa como el día que fui a verla al cine Avenida, muy cerca de Callao. Al día siguiente les hablé a todos mis colegas de esta película y les insté a ir a verla esa misma tarde, sin más dilación. Yo mismo fui una segunda vez al Avenida para verla de nuevo sin la tensión narrativa de la primera vez. Esa segunda visión me permitió disfrutar de los detalles, los escenarios, la trama obsesiva, las interpretaciones, el guión magnífico, la música perfecta de Vangelis. Todo ello ha quedado registrado en el blog, pero esta película tiene una intrahistoria que les cuento, con un estrambote final inquietante, por lo que a mí respecta.

Blade Runner(1982) es la tercera obra del director británico Ridley Scott. Antes había dirigido Los Duelistas (1977) y Alien (1979). Scott, que acaba de cumplir 80 años, dejó a todo el mundo estupefacto con estas tres películas, las tres muy recomendables. Según el crítico Carlos Boyero, podría haberse retirado en ese momento, porque todo lo que hizo después es prescindible. Estoy bastante de acuerdo con esa apreciación, a pesar de que la carrera de este hombre incluye Gladiator, Thelma y Louise y otras cintas bastante buenas. Alien asombró en el Festival de San Sebastián y obtuvo el Oscar a los mejores efectos especiales. Entonces, Scott se planteó adaptar al cine la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, del mítico Philip K. Dick, que daría origen a Blade Runner.

Tras sus films anteriores Ridley Scott empezaba a tener reconocimiento y eso le daba cierta autoridad para hacer lo que le diera la gana: tenía carta blanca. Y estaba en plena madurez creativa. La Warner Bross le dejó filmar y hacer un montaje a su gusto. Pero los productores que asistieron a los primeros pases, dijeron que el film era muy difícil de entender. Hicieron unos sondeos de audiencia, que corroboraron esa primera impresión. La cinta era compleja y abstrusa y era una pena que una historia tan poderosa no se ofreciera en una versión más asequible. Así que impusieron sus cambios. Le añadieron unos fragmentos de voz en off, en los que Deckard, el protagonista, va explicando quién es, a qué se dedica y cómo le afecta ese trabajo de blade runner en el que ha de ejecutar sin piedad a los replicantes rebeldes, que aparentemente no se diferencian de los humanos.

Además suprimieron un par de escenas oníricas que consideraron que no aportaban nada a la trama. Y le añadieron un final feliz: unas escenas aéreas y luminosas sobre unos bosques, que sugieren que Deckard escapa finalmente de la ciudad y se va con Rachel, la guapa replicante de última generación que, al contrario de sus compañeros Nexus, no tiene fecha de caducidad. Esta escena añadida es un alivio para el espectador, después de casi dos horas de inmersión en un mundo gris y opresivo, en el que siempre es de noche y llueve todo el rato. La película termina, la trama se resuelve, Deckard ha hecho su trabajo y se monta en su coche volador con la hermosa replicante. Aun no se sabe si les van a dejar escapar o les van a matar a ambos. Entonces, sin transición, se ven unas vistas desde el aire de un maravilloso parque natural americano o canadiense, mientras rompe a sonar el último tema de Vangelis, una melodía que luego fue usada durante años como sintonía del programa de TV Informe Semanal.

Y uno siente el alivio en la misma butaca del cine porque, encima, es el final soñado de cada espectador masculino. ¿Qué sueño puede superar a la posibilidad de huir de tu realidad gris y opresiva llevando contigo a la mujer perfecta, que encima no envejece, que será así de guapa para siempre? En fin, ya les he contado que la película se estrenó y no fue un éxito de taquilla. Sólo algunos iluminados como yo intuyeron la grandeza de lo que se nos estaba mostrando. Y, por el boca a boca, el film fue poco a poco convirtiéndose en una película de culto, mítica, que marcó tendencia. Pero Scott vivió los retoques a su obra como una humillación inadmisible. Una ofensa de la que nunca se olvidó. En paralelo, su carrera de director siguió viento en popa. El haber dirigido Blade Runner era una credencial inigualable y por eso le llamaron para dirigir Gladiator, Thelma y Louise y otras películas, estas sí grandes bombazos en taquilla.

Ridley estaba en la cumbre, en el Olimpo de los grandes de Hollywood. Pero no olvidaba la vieja ofensa. Y, en 1992, consiguió que la Warner reestrenara la película en todo el mundo, con el subtítulo de El montaje del director. Yo, que ya la había visto unas diez o doce veces (en versión original con subtítulos, en cines de barrio y en la tele, donde solían darla de vez en cuando), acudí esperanzado a un cine de estreno que ya ni recuerdo, convencido de que esta nueva visión sería una especie de vuelta de tuerca sobre la obra maestra, para mostrarnos su verdadera grandeza. Mi gozo en un pozo. La película era exactamente la misma, salvo unos retoques mínimos, pero decisivos. En primer lugar, se suprime la voz en off. Los que ya nos sabíamos la trama de memoria, seguimos entendiendo todo a la perfección y tal vez también los nuevos espectadores. Pero esa voz en off no hacía daño. Además, en la versión doblada al español, esa voz le añadía dramatismo a la visión, ya saben que los dobladores españoles son excelentes y parece que hasta la productora americana reconoció que la versión española superaba a la inglesa.

En cuanto a las escenas suprimidas en su día y ahora revividas, son dos, apenas tres minutos entre ambas. En una parece que Deckard sueña con un unicornio que cabalga por verdes praderas a cámara lenta. En mi opinión, una escena al borde de lo cursi que rompe el tempo claustrofóbico y urbano de la película. En la otra, al final, cuando Gaff, el enigmático compañero de Deckard, el tipo que tiene en su mano dejar huir a la pareja protagonista, o acribillarlos a balazos, deposita en una mesa un muñequito de papel de los que fabrica a lo largo de la película (hechos con la técnica japonesa origami). La cámara lo enfoca y resulta ser un unicornio. Eso es todo. Confieso que, cuando la vi en el cine, no entendí lo que me quería decir el director. Luego me lo explicaron. Además, se suprime el final feliz, sustituido por unos títulos de crédito neutros sobre el tema de Vangelis. Ridley quiere que el espectador se quede jodido: este es el mundo que viene, el futuro negro que nos espera. Pero no le sirve de mucho, porque el alivio que esa escena comportaba, ahora lo aporta el hecho de salir a la calle (la Gran Vía, por ejemplo) e ingresar en el mundo urbano, seguro, inclusivo, solidario de Madrid, o la ciudad de cada uno de ustedes, queridos lectores. O su propio hogar, si la han visto en la tele.

Y digo yo: ¿para este burro necesitábamos tamañas alforjas? Vamos con la explicación de las escenas suprimidas y recobradas. Según los listos, el sueño del unicornio es tan irreal que, más que un sueño, parece un implante de memoria, como los que les ponen a los replicantes, para que crean tener un pasado y no se angustien con la inminencia de su fecha de caducidad. Esto crea en el espectador la duda de si Deckard es también un replicante. El muñequito que fabrica Gaff al final, parece indicar que sí lo es. Gaff lo sabe y aun así le deja escapar, porque es su amigo y no lo quiere matar, como sería su deber (no olvidemos que Deckard pretende huir con una de las personas que debería haber matado). Yo creo que esto es mucho suponer, que Ridley Scott simplemente se tiró el rollo y aprovechó para hacer caja dos veces con el mismo producto. Como buen gallego, hasta creo que la escena del caballito cornudo triscando por los campos la filmó después, para subrayar la ofensa suprema que le habían infligido al suprimir una escena que en realidad ni siquiera existía.

Desde entonces, en las tiendas se vendían ambas versiones, la del director y la original (se habla de que existen otras, que son parte de la leyenda, yo nunca las he visto). Como les dije, tenía a buen recaudo un DVD con la primera, que me ponía en mi casa de vez en cuando, en esas noches en que las dudas te asaltan, te ves agobiado y necesitas reforzar tus bases ideológicas y anímicas. Y llegamos así al estrambote personal. Resulta que este otoño, 35 años más tarde, se ha estrenado una continuación de Blade Runner, una digna secuela de la obra maestra, dirigida por Denis Villeneuve, acontecimiento del que se dio cuenta en el Post #677 (recuerden que, para verla en versión original, hube de desplazarme en coche a los cines Kinépolis, en las afueras de Boadilla del Monte, de donde salí con la impresión de que los replicantes estaban a este lado de la pantalla, incluso tal vez yo era uno de ellos).

Unos días después, mi amigo X me llamó para anunciarme que iba al cine a ver la nueva película. Le pregunté si había visto la primera. No la había visto. Le dije que no iba a entender nada, salvo que yo le diera algunas explicaciones. Hablamos por teléfono unos tres cuartos de horas, le explique lo que eran los replicantes, los Nexus, los blade runners, la Tyrell Corporation, el papel de los diferentes personajes. Días después me enseñó el cuadro sinóptico que se había hecho (ya saben que es ingeniero), con los conceptos subrayados en varios colores y relacionados con flechas. Con ese cuadro hecho y aprendido, fue al cine y le encantó la película. Se me ocurrió entonces regalarle una versión buena de la primera parte y me acerqué un día al FNAC.

Me dirigí al joven que atendía el mostrador. ¿Tienen Blade Runner la primera? –Claro que sí, cómo no, segunda estantería a la derecha, parte de arriba. Allí me fui. No había más que copias del Montaje del Director. Rebusqué por detrás y nada. Volví ante el educado vendedor. –Verá, es que yo la que busco es la otra, la que se vio en los cines. –¿La de la voz en off y el final esplendoroso? No se canse, no la va a encontrar en ninguna parte. Ej-que al Ril-ly 'jcot se le ha ido la olla y ha prohibido que se vendan otras versiones diferentes a la suya. Busque usted en tiendas de segunda mano. Horror. De camino a casa, me pasé por Discos La Metralleta, la mítica tienda que sobrevive bajo la plaza de Las Descalzas Reales en la entreplanta sobre el parking subterráneo. Nada. Habían tenido algunas copias pero las habían vendido todas hace días.

Tranquilos. No hay problema. Porque yo tenía mi DVD comprado en su día, el que me ponía en las noches solitarias del invierno. ¿Lo tenía? Pues no. Busqué por todas las estanterías y no lo encontré. Tal vez alguno de mis hijos se lo ha prestado a algún amigo y luego se le ha olvidado. No sería de extrañar, con la matraca que les he dado sobre la película durante años. Hasta puede que haya sido yo mismo quien se la haya prestado a alguien. El caso es que no está. He probado a descargármela de la red, pero sólo hay la versión del director. El veto de Ril-ly 'jcot es absoluto. Desde entonces estoy buscando un DVD con la versión buena, con la voz en off y el final feliz. Y sin unicornios. Quiero hacer dos copias, una para X y otra para mí. Mi amigo argentino Guille, me dijo que él la tenía. Pero me la prestó y es una versión descargada que comparte DVD con otras dos películas. Y que yo no puedo ver con ninguno de los tres reproductores que tengo en casa, diseñados para ver sólo películas compradas.

Mi amigo Luis Reus, delineante de la oficina, me dijo que él tenía una versión buena, comprada en la tienda como la mía. Me la trajo y estaba sólo la caja. Faltaba el disco. Luego descubrió que su hijo la había visto con la X-Box y se le había quedado atrancada dentro. No se puede sacar. Ahora está esperando que algún amigo manitas desmonte la máquina y saque el disco de dentro. Pero, a día de hoy, no tengo la película y es algo que me intranquiliza. Prácticamente mi tiempo y mi energía mental están dedicados full time a dos temas: el proyecto Reinventing Cities y la búsqueda de Blade Runner. Un par de reflexiones al respecto, que enlazan con algunos de mis posts recientes, porque ya saben que los temas que aquí se tratan parecen muy variados, pero están todos relacionados: en el fondo yo siempre escribo sobre lo mismo.

Primero. ¿No ven detrás de esta serie de desatinos domésticos la mano de un dios jugando a los dados? Que a Ridley Scott se le vaya la olla, que a mí se me pierda mi película más preciada, que la de mi amigo Guille no se pueda reproducir y la de Luis Reus se quede atrapada en una X-Box, ¿no son demasiadas casualidades? Ya saben que, como dice Carlos Eugenio López, todo está al albur de un cubilete divino que, ora nos hace avanzar expeditos sobre el tablero de los días, ora nos retiene en una casilla con trampa. A mí los dados me están haciendo avanzar a galope sobre el tablero de los días en el tema de Reinventing Cities, hasta el punto que también yo me estoy reinventing como funcionario resucitado. Pero a la vez, se me está castigando a permanecer en una casilla trampa en la búsqueda de Blade Runner, para que no me venga demasiado arriba, como un recordatorio del carácter aleatorio de nuestros destinos y nuestras trayectorias vitales.

Segundo. ¿Qué decir del empecinamiento del señor Scott? Pues que revela el endiosamiento de este tipo de personajes. A lo mejor todo se debe a que tiene 80 años, que a medida que nos vamos haciendo mayores nos volvemos más cabezotas. Me parece normal que el tipo se ofendiera cuando le tocaron su película. Pero, con el tiempo, tal vez debiera haberse convencido de que esos retoques eran para bien y la versión estrenada se había convertido en una obra de culto para mucha gente. Los verdaderos genios son humildes y saben reconocer estas cosas. Bob Dylan compuso All along the Watchtower y no tuvo inconveniente en admitir que la versión de Jimmy Hendrix superaba la suya; incluso la tocaba como él en los conciertos. Lo mismo hizo Herbie Hancock con la versión de US3 del Cantaloup Island (estos dos temas fueron analizados en este blog hace mucho tiempo).

La actitud de Scott le acerca, en cambio, al rollo de Cartarescu. Yo soy el artista y mi trabajo se acaba cuando cago mi obra de arte. Lo que haga luego la industria editorial con ello, no es mi problema. Una postura ególatra inaceptable. La diferencia es que Cartarescu se desentiende del producto que se elabora con su arte. Él es el genio y su genialidad queda plasmada en unos folios manuscritos. Lo que se haga con ellos se la bufa. Ridley, en cambio, persigue con saña y encarnizamiento a cualquiera que le toque una coma a su producto. Son actitudes aparentemente opuestas en simetría, pero coincidentes en el fondo por el desprecio que suponen hacia los numerosos colaboradores que intervienen en la producción de un libro o una película. Películas y libros, que son el resultado de un esfuerzo colectivo, en el que trabaja mucha gente para conseguir un producto acabado. No tener esto en cuenta es una muestra de egoísmo místico deplorable.

Pero se va a joder este señor porque, antes o después, yo conseguiré una cinta de las que se vendían en las tiendas hasta hace poco y haré dos réplicas, una para mi amigo X y otra para mí. Y, si el dios que tira los dados me concede la suerte de llegar a los 80, tal vez me dedique a ver Blade Runner una y otra vez de forma obsesiva, igual que mi padre releía todo el tiempo el Quijote y no quería saber nada de ningún otro libro. Las leyes de Mendel es lo que tienen. Sean buenos un fin de semana más. Dentro de nada se para el mundo tres semanas, como cada año, pero de eso ya hablaremos otro día.  

miércoles, 29 de noviembre de 2017

687. Madrid es cojonudo

Esta mañana he participado en una entrevista que nos han venido a hacer a nuestra Área de Desarrollo Urbano Sostenible (cómo me cuesta no llamarla Urbanismo, como toda la vida), en relación con la Marca Madrid y cómo hacer para mejorarla. Resulta que los del equipo de relaciones internacionales de Cibeles han contratado a un consulting para que haga una serie de entrevistas a personas más o menos destacadas que trabajan para la ciudad y saque unas conclusiones que nos permitan mejorar esa marca y venderla mejor. Ya era hora, digo yo, después de 26 años de gobiernos de la derecha que no gastaron un duro en eso. El contrato ha recaído en una empresa de branding (váyanse a la wikipedia y averigüen lo que quiere decir la palabreja), que envía a dos empleadas guapísimas y súper eficientes, que te graban lo que dices y, además, lo van transcribiendo en su ordenador mientras hablas.

En nuestra Área, el encargado de asumir la entrevista era el Coordinador, en teoría la segunda autoridad después del Concejal, y este señor quiso que yo estuviera a su lado para que los dos opináramos libremente frente a las entrevistadoras, lo que no deja de ser un indicativo de que el nuevo equipo sabe que existo, me considera y me tiene en cuenta para este tipo de asuntos en los que durante años peleé de forma anónima, e incluso clandestina (ya he contado en el blog que, cuando el Concejal aterrizó y pasó saludando a todos sus nuevos empleados, yo no estuve presente: estaba en Alemania contando el proyecto Madrid Río en tres universidades –defendiendo la Marca Madrid, en suma– en un viaje que me subvencioné yo mismo, vuelos, hoteles y gastos). Los tiempos han cambiado para mí, por fortuna, y por eso no me jubilo todavía, porque me vuelvo a sentir útil y me estoy divirtiendo en el trabajo.

La entrevista estaba centrada en destacar las fortalezas y las debilidades de nuestra ciudad, para potenciar las primeras y combatir las segundas. A mí me costó encontrar debilidades de las que hablar, aunque alguna salió, y sin embargo hablé por los codos de las maravillas y las bondades de Madrid, una ciudad con la que tengo una historia de amor que dura ya casi 50 años. En efecto, a los 17, yo estaba bastante harto de La Coruña, una ciudad que me resultaba asfixiante, provinciana, paleta y a la vez elitista, en la que yo no encontraba mi sitio (después he vuelto a recuperar la valoración positiva y ahora me parece un lugar estupendo para vivir, que se ha renovado y ha cambiado un montón). Yo anhelaba una dimensión mayor, en todos los sentidos, y Madrid me ofreció desde el primer día todo lo que yo buscaba. Esta ciudad me fascinó de entrada y sigo aun bajo el efecto de esa fascinación inicial.

Años después, acabada la carrera y clausurado el franquismo, yo tenía muy claro que quería seguir viviendo aquí y, cuando el Ayuntamiento del señor Tierno Galván creó un par de plazas de arquitecto para la entonces Gerencia de Urbanismo, allá que me fui yo con mi currículum misérrimo, metido en una subcarpeta de cartón de color verde. Tuve una entrevista con el Gerente en persona y le expresé todo mi entusiasmo por Madrid y lo feliz que me haría trabajar para la ciudad. El Gerente me escuchó, valoró mi vehemencia y también el hecho de que estuviera en posesión del máster de urbanismo del IEAL, cogió mi carpeta y la puso sobre un montoncito en el que debía de haber unas treinta o cuarenta. Cierto que había sabido de la existencia de esas nuevas plazas por un conocido que tenía dentro, pero en ese momento pensé que a los otros cuarenta les sucedía lo mismo, por lo que no esperaba que me llamaran. Pero me llamaron y hasta ahora.

Esta ciudad es realmente maravillosa. Tiene una climatología envidiable, es una pena que no llueva más. Tiene un sistema de transporte público de los mejores de Europa. Ofrece oportunidades universitarias, de trabajo, de aprendizaje y desarrollo cultural. Tiene una vida en la calle a la altura de la mejor cultura mediterránea. Y, por encima de todo, es una ciudad acogedora y solidaria, en la que la gente es hospitalaria y te ayuda por la calle si te ven en apuros. Es un lugar seguro, donde te puedes perder y no te pasa nada, no te atracan ni te asaltan. La atención médica es bastante buena, aunque ha empeorado en los últimos tiempos. Tiene una oferta cultural y de ocio de primer nivel. Y la gente es tolerante, te permite seguir siendo tú y mantener tus señas de identidad y nunca te miran mal. Se esfuerzan por entenderte, por hablar tu lengua y si no por señas. Esta es una ciudad mestiza, cruce de todas las culturas. Un lugar donde los foráneos que vienen y le pillan el punto, ya no se quieren ir.

¿La parte negativa? Pues también la tiene. La contaminación, contra la que se está luchando. Lo caro que es encontrar una vivienda en condiciones, tanto en compra como en alquiler. Los paletos, los que ensucian las calles, tirando envoltorios usados, meando en las esquinas o perpetrando graffitis inmundos, el vandalismo callejero. En el lado positivo hay que incluir las políticas municipales de reequilibrio territorial, que nacen en los primeros 80. Esta es una ciudad en la que hay desigualdades, pero se trabaja por que los barrios más deprimidos no se queden atrás, porque vayamos todos a la vez. Un modelo opuesto, por ejemplo, al de París, donde al interior del peripherique encontramos una ciudad maravillosa, la ciudad soñada de todos nosotros. Pero basta cruzar al otro lado para encontrarte en África.

Y, esto ya es opinión personal, la estructura administrativa que tenemos es bastante penosa. La Comunidad de Madrid es una desgracia. Yo la aboliría y crearía un Área Metropolitana, un Distrito Federal. Y el resto, pa’ Castilla. La Comunidad es una institución que sólo sirve para joder al Ayuntamiento y lo dice alguien que tiene amigos que trabajan o han trabajado para ella. Esta mañana, cuando nos han preguntado qué otras ciudades podrían servirnos como modelo para mejorar, yo no he dudado en citar a Berlín, en primer lugar, como modelo global, y a Barcelona, en cuanto a su estructura administrativa, con un Área Metropolitana potente, que ejerce como tal. Pero, entre todos los defectos que tenemos, hay uno que me interesa destacar y que, al parecer, es una apreciación unánime entre los entrevistados hasta ahora.

Me refiero, al pesimismo, a los complejos, a la falta de orgullo por nuestra ciudad, al convencimiento de que esto es una mierda. Es algo que me pone negro. Si en Barcelona se hubiera hecho una operación la mitad de vistosa que Madrid Río, todo el mundo estaría enterado y en todas partes se diría: –Hala la hostia, lo que han hecho los de Barcelona. ¿Por qué sucede eso? Pues porque ellos lo hacen bien y nosotros no. Nosotros no sabemos vender el producto y eso es lo que tenemos que aprender a hacer. Y, para ello, lo primero es quitarse los complejos y convencerse de que este es un lugar de privilegio. Y, por favor, los cenizos, los tristes, los negativos, los que no están a gusto aquí, QUE SE VAYAN. Aquí lo que sobra es gente. Si se fueran todos los protestones, los verdaderos amantes de Madrid nos quedaríamos mucho más anchos y no sufriríamos colas ni atascos. Así que: que se vayan los acomplejados. Y que nos quiten la Comunidad.

Como saben soy una persona viajada, sobre todo en los últimos años, y tengo criterios comparativos. Y les puedo asegurar que como aquí no se vive en ninguna parte. Desde luego, partiendo del hecho de vivir en una ciudad grande, que es lo que a mí me gusta; respeto al que ama el campo, los pueblos o las ciudades pequeñas, lugares todos donde se vive muy bien y se tienen muchas ventajas. Pero, si hablamos de ciudades grandes, de urbes, como Madrid, ninguna, para mí. En los últimos tiempos, ha surgido un nuevo sistema de medir las bondades y las ventajas de las ciudades: los rankings. También hay rankings de otras cosas, pero yo me refiero a los que comparan las ciudades grandes, las megalópolis. Detrás de cada ranking hay un equipo que lo elabora, generalmente fijando unos indicadores, que se van midiendo año a año. Algunos rankings tienen detrás a la ONU, la UNESCO, la OCDE y otros organismos similares. Pero también hay rankings elaborados por empresas privadas, por revistas o por divisiones especializadas de las grandes compañías. Hoy quiero llamar su atención sobre un ranking concreto: el que elabora anualmente la revista británica Monocle y que determina las 25 grandes ciudades del mundo con mejor calidad de vida.

Los indicadores que utiliza Monocle se los relaciono a continuación. La seguridad urbana, las bajas cifras de crímenes y hechos violentos. La buena conectividad internacional. La climatología benigna. La calidad de la arquitectura y la protección del patrimonio edificado. La eficiencia de la red de transporte público. La tolerancia de la gente. La calidad ambiental. El diseño urbano. El acceso cercano a parajes naturales de interés. La existencia de políticas proactivas a favor del emprendimiento. Las facilidades para la implantación de comercios. Una buena red de atención médica. Cruzando esas variables, Monocle elabora la lista de las 25 ciudades más atractivas para vivir. Este ranking empezó a publicarse en 2007. Es curioso el hecho de que, siendo una revista inglesa, no haya ninguna ciudad británica, ni casi norteamericanas. Tampoco, por supuesto, hay ninguna ciudad latinoamericana ni africana.

En la lista de este año, Portland es la única ciudad yanqui que aparece, en el puesto 24, no creo que les sorprenda, después de lo que he contado de mi viaje veraniego. En pasadas ediciones aparecían también Seattle, Honolulu y otras. En los últimos años, la lista está casi copada por ciudades del norte de Europa, Australia y Japón (también aparecen Hong Kong y Singapur). Para este ranking, Tokyo es la mejor ciudad para vivir del mundo, posición que ha repetido en los últimos tres años. Un hecho que demuestra que la calidad de vida no está relacionada con el tamaño de la urbe. Estoy bastante de acuerdo, Tokyo me pareció un lugar extraordinario. París solía ser un invitado fijo en esta fiesta, pero desapareció bruscamente tras la masacre del Bataclán y la posterior reacción social xenófoba. 

Pues bien, Madrid y Barcelona han estado en esta lista desde el primer año, Madrid siempre un poco por delante. Al principio, figuraban en torno al puesto 15. Después de la crisis, bajaron por debajo del 20. En 2102, Madrid ocupaba el lugar 20 y Barcelona el 21. Desde entonces Madrid ha ido subiendo de forma constante y este año, por primera vez ha entrado en el Top Ten, como verán en el vídeo correspondiente al ranking de 2017. Barcelona, en cambio permanece en puestos similares. En los videos de los años sucesivos se ha relacionado este estancamiento con la existencia de un movimiento identitario excluyente. Si los independentistas hubieran estado atentos a este tipo de estudios, que son de dominio público, no se habrían llevado tanta sorpresa con la falta de apoyos internacionales. Para ver el vídeo han de pinchar AQUÍ. Y ponérselo en pantalla grande. 

Si los paletos madrileños que nos bajan la media vieran este vídeo, tal vez se les quitasen algunos de sus malditos complejos de inferioridad. Aunque, como no suelen saber inglés, seguramente no se enterarían de nada. Por cierto, este ranking se viene publicando en los primeros meses del año. Pronto se conocerá el de 2018. Veremos cómo quedamos situados. Sean buenos y abríguense bien. Llega el invierno.

sábado, 25 de noviembre de 2017

686. Literatura, impostura, locura

Normalmente, cada vez que se habla de literatura en este blog, es para poner por las nubes algún libro que acabo de leer, algo de una belleza inmarcesible, refulgente, maravillosa. De caerse de culo. A continuación suele venir la recomendación de que lo lean, sugerencia que sé positivamente que muchos de mis lectores siguen. Hoy vamos a cambiar el registro, que ya está bien de tanto mamoneo. El otro día, en el club Billar de Letras, analizamos el libro El suicidio de Saúl, de Carlos Eugenio López, una obra singular, divertida y muy interesante, con una cita de la cual, concluí mi post anterior sobre los dioses del fútbol napolitano y los malos vientos que impiden que el equipo de una pequeña ciudad cercana gane ninguno de sus partidos. Estaba presente el autor, un tipo súper majo, algo más joven que yo, que destila ingenio, sencillez, respeto y brillantez, igual que el ruso Yuri Buida, al que escuché hace no mucho. Cuando me llegó el turno, intervine contando algo que resultó llamativo para mis compañeros (como muchas otras veces), pero que es rigurosamente cierto.

Resulta que, para la sesión anterior, la de octubre, se nos había propuesto la lectura del libro Billar a las Nueve y Media, de Heinrich Böll. Resulta que empecé a leerlo y me atasqué, algo que me ha pasado muy pocas veces en la vida (suelo terminar los libros que empiezo, me he tragado dos veces el Ulises de Joyce y otros tochos similares con cuya lectura he disfrutado mucho). Pero con el Billar a las Nueve y Media, no pude. Se me hizo bola, como me sucedía de pequeño con ciertos filetes, para desesperación de mi madre. Lo intenté de todas las maneras, pero no llegué a terminarme ni un tercio del libro. Böll se me hizo bola. Llegué a pensar que me estaba haciendo viejo. Cuando uno llega a edades como la mía, es un hecho que el tiempo pasa a tener un valor redoblado, que uno no está ya para desperdiciar algo tan valioso como el tiempo, que no hay por qué aguantar los coñazos que nos tragábamos en otros momentos de nuestras vidas.

Tal vez recuerden la frase mítica del protagonista del film La Gran Belleza: “El descubrimiento más consistente que hice cuando cumplí 65 años es que ya no puedo perder tiempo en hacer cosas que no quiero hacer”. Pues yo me ponía con Böll y tenía esa misma sensación. Lo que se cuenta en ese libro me importaba un comino. Era insufrible. Una tortura. Dejarlo fue una liberación. Para colmo, por esos días asistí a la presentación del libro Solenoide, la última obra de Mircea Cartarescu, unos de los dos mejores escritores rumanos vivos (junto con Ana Blandiana), eterno candidato al premio Nobel. En ese acto, que les cuento más abajo, me sentí también totalmente fuera de contexto, cual proverbial pulpo en el siempre socorrido garaje. Entré en crisis. Pensé que la literatura no es mi mundo, que ya no quería leer más cosas nuevas, que no podía perder mi tiempo en banalidades. Les recuerdo que mi padre, cuando ya era muy mayor, dejó de leer otra cosa que no fuera el Quijote. Lo tenía en la mesita de noche y lo repasaba una y otra vez de forma obsesiva. 

El caso es que abandoné la esteril rumia de la bola del libro y me enfrenté al dilema: voy o no voy al club, porque para participar en Billar de Letras hay que hacer el trabajo previo de leerse un libro y yo no lo había hecho. Resolví el asunto de forma un tanto vergonzante; le envié un correo a Ronaldo diciéndole una mentira: que estaba hasta arriba de trabajo y no podía ir. Es cierto que estoy hasta arriba de trabajo, pero no hasta el punto de no poder ir a un club literario (el Billar de Letras no es a las nueve y media sino a las 19.30). Este es mi cuarto año en el club y es la primera vez que falto sin una causa justificada. Me creerán o no, pero pensé en dejarlo después de Navidad. Sin embargo, sucedió que luego empecé a leer el libro de Carlos Eugenio López, y recobré mi fe literaria. Me lo pasé en grande leyendo ese libro. Y, el día del club, lo conté todo. Como un participante en una reunión de alcohólicos anónimos, le confesé a Ronaldo, delante de todos, que le había mentido, que no había faltado por exceso de trabajo, sino porque Böll se me había hecho bola. Y que el libro de Carlos Eugenio me había permitido redimirme como lector y recobrar el placer de la lectura, por lo que le daba las gracias (el autor se reía las tripas con mi proclama, igual que Ronaldo). 

La sesión del club tuvo otra serie de dimes y diretes muy interesantes, con el autor en medio de todos los fuegos, pero yo quiero centrarme ahora en contarles el acto de presentación del libro de Cartarescu. De este señor he leído Lulú, una novela atormentada que relata el vertiginoso descenso a los infiernos interiores de un adolescente y que me gustó bastante. Además, había leído que el tipo hace teatro, había visto fotos suyas como la que tienen al lado (no me digan que no está guapo) y con todo ese conjunto de datos me había hecho mi propia composición de lugar, pensando que me iba a enfrentar a un personaje importante, con autoridad moral y literaria, brillante y seductor, con cosas interesantes que contar, porque además ya saben que la Rumanía de Ceaucescu es un tema recurrente en este blog, en el que tiene hasta etiqueta propia. Convencido de que estaba ante una ocasión única para comprarme el libro de mi ídolo y que me lo dedicara, acudí ilusionado, esperanzado y anhelante, a la librería Rafael Alberti, barrio de Argüelles, Madrid.

Llegué con tiempo y ya el autor estaba por allí firmando libros antes del acto. Y, nada más verle, se me cayó el alma a los pies. Cómo decirlo. Cartarescu es un tipo pequeñito, de aire abatido y ensimismado. Vamos, que no tiene media hostia. Ya sé que el físico no lo es todo, pero el lenguaje gestual revela muchas cosas. Con el pelo corto recién cortado, una camisa de cualquier Saldos Arias de Bucarest y, por encima, una rebeca de punto tal vez tejida por una abuela tan triste como él, la imagen de este hombre estaba muy lejos de lo que yo había imaginado. Cartarescu es pequeño y feo, siniestro, taciturno, soturno, con el aire lóbrego que tienen los vampiros por la mañana. Me dio tan mal rollo que tomé dos decisiones sobre la marcha: no comprar su libro (es un tocho de tamaño natural) y sentarme en la última fila, por si tenía que salir de naja a medio acto, en cumplimiento de la frase de La Gran Belleza.

Y empezó la cosa. Público entregado. Se podía cortar el aire. Cartarescu no habla más que rumano y tenía como intérprete no simultánea a su habitual traductora al español. Enseguida supe que no me había fallado el olfato. El tipo meditaba sus respuestas y hablaba en un susurro, dando margen a la traducción de cada una de sus frases magistrales. Hablaron primero de Solenoide, lo que me sirvió para concluir que este señor siempre escribe el mismo libro. Que vive aislado y sólo cuenta cosas de su infancia y adolescencia, en un entorno de represión familiar y opresión soviética. Preguntas del público. ¿Cómo es su rutina cuando escribe una novela? Respuesta fragmentada en mil frases sucesivas musitadas, apenas audibles. Verán, yo puedo estar un tiempo sin escribir nada, mientras va madurando en mi interior el tema de mi siguiente libro. Y, de pronto, un día tengo una especie de iluminación (sic) y sé que ya está, que puedo empezar a escribir. Entonces me pongo. Escribo siempre a mano, en folios. Y dedico dos horas exactas al día. Luego paro. Antes de empezar, repaso mínimamente mi texto del día anterior, para garantizar la continuidad narrativa, y me pongo a ello. Nunca releo mis textos. Nunca corrijo nada. Lo que sale de mi pluma se queda tal cual. Los folios se van amontonando a un costado de la mesa y una secretaria los mecanografía después, pero yo ya no leo ni la transcripción ni la versión que se edita. El editor puede hacer lo que quiera con el material que yo le entrego.

Increíble ¿verdad? Los que hemos escrito, sabemos que eso, o bien es mentira, o bien traduce un componente místico infumable. O las dos cosas. Más preguntas. En Solenoide (y en Lulú) son clave los sueños, las escenas oníricas. ¿Puede contarnos algo al respecto? Respuesta. Yo soy una persona que sueña mucho. Y llevo, desde los diecisiete años, un registro minucioso de mis sueños. Cada mañana anoto mis sueños de la víspera en un cuaderno que ya tiene varios tomos. Todos los sueños que se cuentan en Solenoide están sacados de ese cuaderno, son auténticos, son sueños que yo he tenido. En este punto me hago yo una pregunta: ¿hay alguna diferencia entre el rollo de este señor y el de, digamos, Paulo Coelho? Me contesto yo mismo: no en el fondo, sí en la forma; Cartarescu escribe muy bien y el otro no. Bien, creo que tendrían bastante con lo que les he contado hasta aquí, pero aun me falta la traca final.

Otra pregunta. ¿Cuáles son sus referentes literarios, los escritores que más admira? Pues son dos. Uno, algo así como Peter Smith, o Alan Wilson (no me quedé con el nombre). Cartarescu levanta por primera vez la mirada, observa al auditorio y constata: no lo conoce nadie, ¿verdad? Bien. Este señor era de Chicago y cada día acudía a su trabajo en un hospital. Su trabajo consistía en limpiar los suelos con una fregona. Nunca hablaba con nadie. No socializaba. Simplemente iba al trabajo y luego se volvía a su casa, cerca del hospital. Hizo eso durante 60 años. Hasta que un día no fue a trabajar. Preocupados, sus compañeros llamaron a la policía, que descerrajó la puerta de su casa. Encontraron al tipo muerto, recostado sobre su mesa de escritorio, con un folio a medio rellenar. Y descubrieron que no tenía cama ni apenas muebles ni cuadros en la pared. En una estantería, se encontraron varios obras manuscritas de este señor. Una de ellas, la novela más larga de la Historia, 30.000 folios. Otras dos más cortas, de unos 20.000 folios cada una. Una editorial las tiene y las sigue analizando años después, sin saber qué hacer con ese material, que algunos han calificado de genial.

Pero eran dos los referentes. La historia del otro es similar. Un nombre desconocido, un rumano que se escondía detrás de un seudónimo de una sola palabra (Woycek o algo así). Con 20 años logró publicar una novela, compuesta de cinco capítulos, cada uno de media cuartilla. Fue saludado como el nuevo genio, el gran renovador de la literatura rumana. En entrevistas le preguntaban por qué no escribía otra cosa y se salía con evasivas. Le ofrecieron apoyo los medios universitarios. Le dieron adelantos las editoriales. Nada. Se suicidó con 40 años. Entraron en su casa y encontraron un baúl lleno de folios escritos. Y pensaron: qué maravilla, el legado secreto del gran Woyceck, lo publicaremos y nos forraremos. Pero los folios contenían únicamente las mismas medias cuartillas de su única obra, repetidas obsesivamente hasta el infinito con su letra atormentada. Cartarescu concluyó: ese es el verdadero compromiso del artista o el escritor. Producir arte es algo doloroso, es un sufrimiento y el verdadero compromiso del artista requiere esa entrega sin condiciones.

Digo yo que sobran los comentarios. Recapitulemos. Seguramente, los dos tipos de que hablaba el escritor llevaron su compromiso con la literatura hasta los mismos bordes de la locura y siguieron adelante. Ambos estaban para que les pusieran una camisa de fuerza. Y no creo que ninguno de ellos se jactara de ello. Los dos debían de sufrir bastante. Cartarescu es un tipo siniestro, misántropo, que tal vez bordea la sociopatía. Pero vende ese tinte siniestro como si fuera la hostia. Se tira el rollo. Juega al malditismo. Se las da de héroe de una lucha titánica con las procelosas fuerzas de la creación literaria, vende su sufrimiento, su heroicidad, su atrevimiento, en una exhibición en la que no es difícil descubrir los lúgubres tintes de la impostura. Y vive del invento, en medio de la veneración de sus lectores. Curiosamente contó, con cara de pena, que no había ido esta vez a presentar su libro a Barcelona, por los motivos que todos sabíamos. Vaya valiente.

Ronaldo me dijo que conmigo eran varias las personas que le habían hablado mal de Cartarescu, que su amiga y admirada Ana Blandiana, la gran dama de las letras rumanas, le tiene por un gilipollas y no se habla con él. En fin, una ventaja que tenemos los mayores es que sabemos detectar la impostura. En mi caso además, sucede que he tenido ante mis ojos a escritores o artistas que estaban locos de verdad. Hablo, por ejemplo, de Michel Houellebecq. O de Leopoldo María Panero, con quien tomé cañas un par de veces en Malasaña, hace una eternidad. Otro día les hablaré de ellos. La locura no es algo divertido. En el mundo actual hay ejemplos estremecedores. Vean por ejemplo el caso de David Nebreda. Es un fotógrafo cuya obra se expone y se vende sobre todo en Francia, como propuesta de arte extremo. Está diagnosticado de esquizofrenia desde los 19 años. Vive encerrado en un piso madrileño, con las persianas bajadas y se dice que no toma su medicación.

Su obra es su propio cuerpo, al que somete a ayunos y agresiones increíbles. Sus fotografías, extraordinarias, son como una especie de exorcismo para expresar todo el mal que le tortura. Se puede ver en ellas la herencia del Caravaggio entre otros. Les dejo un link para quienes quieran saber algo más de este ser sufriente. Sólo para estómagos fuertes. Los impresionables absténganse de abrirlo. Han de pinchar AQUÍ. Este señor no es un impostor. Este señor es auténtico. Este señor, literalmente, se está muriendo y lo va registrando con su cámara, en cuidadas escenografías, que nadie sabe cómo resuelve técnicamente. La locura es una cosa, la impostura otra y la literatura una tercera, que no requiere necesariamente de la primera. Yo estoy totalmente cuerdo y, modestamente, trato de hacer literatura en este blog. Que tengan un buen fin de semana.