viernes, 4 de agosto de 2017

657. Atascado en Seattle

Bueno, igual que mi amiga Tantri estoy teniendo problemas con los vuelos de vuelta y lo malo es que los cables de conectar el ordenador y el móvil para recargarlos, los he guardado en la maleta que he facturado, de modo que en algún momento se me acabarán ambos devices. Estas cosas siempre piensas que le pasan sólo a los demás. Así que, bueno, son las 12.30pm, hora de Seattle, he debido cambiar de avión y espero tomar uno a París a las 3.00pm, que son las 12 de la noche de París, así que, si todo va bien, llegaré a la ciudad de la luz a las 10 de la mañana del sábado 5 de agosto. Allí tengo que esperar el transfer para Madrid. En esta larga mañana de aeropuertos, retrasos, disculpas encarecidas, etc. me ha venido a la mente todo el rato el viejo tema de Bob Dylan. Oh, mama, can this really be the end, to be stuck inside in Seattle with the Portland blues again..


Aprovecho pues para continuar mi relato, a ver si lo consigo antes de que se muera el ordenador. Los días 25, 26 y 27 de julio tuvo lugar nuestro workshop en Portland y las jornadas se rigieron por una misma rutina. Madrugábamos, desayunábamos en el hotel y, a las 8.30 en punto, con puntualidad británica de Clare, salíamos caminando hacia el edificio del Bureau of Planning and Sustainability de Portland, que estaba a unos quince minutos a pie. Allí, en la planta séptima nos esperaba Radcliffe con su gente. Las jornadas estaban muy fraccionadas, se trataba de trabajar conjuntamente, no se quería que nadie se enrollara demasiado, intervenciones de apenas 10 minutos, y mucho break para tomar café, o un lunch o algo similar. Estas pausas eran el escenario para seguir comentando cuestiones técnicas que se hubieran suscitado, además de ir reforzando nuestra amistad.

El primer día acabamos agotados después de una jornada completa a ese ritmo. El segundo la cosa fue más suave, porque por la tarde Radcliffe nos llevó de visita a conocer diversas operaciones urbanísticas en marcha. Y el tercero y último fue también completo, con una larga sesión de conclusiones. Clare había organizado este programa de forma minuciosa y controlaba todo el rato el timing, con carteles que decían: 3 minutos, 1 minuto y Se acabó el tiempo. A mí sólo me tuvo que sacar el primero, porque ya terminaba. He de decir que los speachs que más me impresionaron fueron los de Liana Valicelli, la señora de Curitiba, que fue el primer día, y el de la italiana Caterina, en la jornada final. A Caterina me la presentó Clare como ayudante suya, pero no le ayudaba nada, estaba siempre trabajando en un ordenador y creo que venía sólo a contar su propuesta: una metodología aplicable a cualquier ciudad.

Curitiba es una ciudad situada muy al sur de Brasil, cerca de Uruguay y casi no parece brasileña. Sus políticas de movilidad son modélicas desde hace años, pero Liana nos habló de algo que yo ignoraba, un sistema de conseguir financiación para las operaciones urbanas, bastante útil. Los demás oradores, incluido yo, hicimos un papel aceptable, muy meritorio en los casos de Thabang, Tantri y Érika. Como siempre, llamó la atención negativamente la presentación de Nanjing. La señora Chen, ayudada por su intérprete contó en su presentación los grandes datos de su ciudad y luego puso un vídeo turístico de esos que suelen producir todas las ciudades. Por cierto, esta señora se saltó el segundo día completo, tal vez estaba agotada del esfuerzo que supone no entender nada de nada y digo esto sin ironía y después de haber vivido algo similar algunas veces (por ejemplo en mi primer viaje a Sri Lanka). A Clare le pedimos el último día posar con su fatídico cartel de Se acabó el tiempo. Aquí el resultado. Ya ven que también es muy guapa. 


Tras las sesiones de trabajo, regresábamos caminando al hotel y teníamos una hora libre (el primer día yo caí reventado y me quedé frito. Luego quedábamos para los saraos del anochecer. El día 25 tuvimos primero un optional drink, en la misma terraza del día anterior, en el hotel. A pesar de que era optional, asistimos todos menos las chinas. El primer día había invitado C40, que tiene entre sus normas no pagar las bebidas alcohólicas. El que quisiera una cerveza debía de pagársela (eso hicimos Tantri y yo). Pero el 25 era el Ayuntamiento de Portland el que nos invitaba y Radcliffe apareció con una nevera portátil llena con diversas marcas de cervezas. Y aquí viene uno de mis grandes descubrimientos de este viaje: la cerveza IPA (pronúnciese Ai-Pi-Ei).

Estas iniciales corresponden a Indian Pale Ale. Es una cerveza típica de esta zona, muy amarga, tal vez porque usan una gran cantidad de lúpulo. A su lado, la Estrella Galicia es una cerveza ultrasuave. A partir de este día aprendimos a distinguir la cerveza Pilsen de la IPA. Y les puedo asegurar que la IPA de presión está extraordinaria. En la optional drink la probamos todos y nos pusimos muy contentos (la foto del post anterior, con Henriette, Érika y Shannon es precisamente en ese momento. Desde allí nos fuimos a cenar al Chachachá, un lugar mexicano, donde, para nuestra sorpresa, se apuntaron también las chinas. Y la interpreté, tal vez por la cerveza que se tomó, pasó ampliamente de su jefa y se dedicó a confraternizar con nosotros. Salió un poco escaldada, porque Thabang se dedicó a hablarle de la invasión china de determinados países africanos, algo no muy presentable. La intérprete decía que era para ayudar.

A esta cena se sumó también una chica francesa de C40 que no formaba parte de nuestro taller. Se llama Helene, vive en New York con su marido y trabajó antes para el Ayuntamiento de París. Como el mundo es muy pequeño, resultó que conocía a todos mis colegas, excepto Philippe. Estuvimos toda la cena hablando de las novedades de nuestros conocidos comunes, de las que estaba yo más informado que ella. El restaurante estaba en el puerto, al pie de uno de los pilares que soportan el tablero de uno de los puentes sobre el río. El día 26 lo voy a dejar para el próximo post, que mi Lenovo está a punto de fenecer. A ver si esta vez el próximo es desde casa. Deséenme buen viaje.   

jueves, 3 de agosto de 2017

656. Nuevos amigos transnacionales

De eso se trataba en el workshop al que vine a Portland: de establecer lazos de amistad entre los representantes de las ciudades. Ahora somos todos amigos y tenemos un grupo transnacional de Whatsapp. Bueno, habría que excluir a la señora china, o sea que hablamos de gentes de doce ciudades, doce más una contando a la londinense Clare. No voy a hacer un relato detallado de lo que fue el encuentro, porque esta no es una página profesional. Me limitaré a centrarme en algunas de las personas con las que he sentido una mayor afinidad. Nos habíamos quedado en que el lunes 24 me eché una buena siesta, la segunda en Portland, inducida por las dos pintas de cerveza negra que me calcé en el Bridgeport BrewPub. A las 18.00 estábamos en el lobby del hotel. No todos; unos cuantos habían tenido retrasos en sus vuelos. Allí nos encontramos con el bueno de Radcliffe Dacanay, nuestro anfitrión en Portland.

Radcliffe es filipino de nacimiento y raza, se vino muy pequeño a San Diego donde se crió y ahora trabaja para el departamento de Urbanismo y Transportes de la ciudad de Portland. Está casado con una polaca que se desenvuelve en el mundo de la costura y la moda y tiene algunos primos brasileños. Entre las fotos que le tomé no hay ninguna en la que se le vea bien, así que he recurrido a esta, de alguno de sus perfiles públicos en las redes sociales. Radcliffe ha sido clave, junto con Clare, para el éxito de nuestro encuentro. Nos acompañó hasta la noche en todas las actividades complementarias que habían diseñado entre ambos y ni una sola vez se mostró cansado, aburrido o superado por el grupo. Era feliz atendiéndonos. Es como si cada día le dieran cuerda con una llave en el centro de su espalda. Ese primer día nos llevó a dar una vuelta por la orilla del río, pero prácticamente nos limitamos a visitar los mismos lugares que yo ya había recorrido en los días anteriores.

Tras el paseo, subimos un momento a la habitación y enseguida nos aprestamos a la segunda actividad. La red C40 nos invitaba a un tentempié BBQ de bienvenida, en el bar terraza del hotel. En el ascensor me topé con la chica de Yakarta e inmediatamente nos presentamos: seguramente teníamos ambos bastante pinta de congresistas, aparte de que se nos había enviado un folletito con los curriculums de todos con foto. La representante de Yakarta se llama Karina Miatantri, pero le gusta que la llamen simplemente Tantri, el mote que le pusieron en la Universidad de Groningen donde estudió, porque el nombre completo les resultaba muy complicado de pronunciar. Le dije que había visitado Groningen, algo que le extrañó mucho, puesto que en el ámbito de las universidades holandesas, la ciudad de los frisones no es demasiado conocida.

Tantri es una chica menuda, que nunca pierde la sonrisa y el punto de vista positivo, a pesar de trabajar para una ciudad caótica de 9 millones de habitantes. Y que tampoco se cansa nunca. Venía de un viaje el doble de largo que el mío y allí estaba tan fresca. Eso sí, tenía un hambre extraordinaria, porque no había comido al mediodía, y se zampó en un momento dos raciones abundantes de la comida que nos habían preparado. Pero lo bueno es que los demás días también comió con el mismo apetito; todo le estaba bueno y se ve que le gusta comer. En un ambiente en que todas las mujeres se contenían para no pasarse, Tantri, que está súper delgada, comía como una lima. Debe de ser algo genético, propio de su raza. Así que yo le puse el mote de Tantry the Hungry. Ella me llamaba a mí El Jefe, en castellano, porque dice que me parezco a alguien así llamado en la serie Narcos. Cada día nos saludábamos con sorna: How d’you do, El Jefe, did you slip well? Great, thanks, and you, hungry as usual? Con Tantri la conexión fue instantánea, algo reforzado por lo bien que entendía su inglés. Abajo un par de imágenes.




Algo parecido me sucedió con el chico de Johannesburgo. Se llama Thabang, es de la etnia zulú y vive en Soweto, donde nació, barrio para el que también trabaja en un contexto social problemático y bastante explosivo. Thabang me abordó al día siguiente en el primer break-coffee. Me dijo que me había visto antes, en una feria en Barcelona. Le contesté que era imposible, que yo llevaba unos doce o catorce años sin asistir al Meeting Point de esa ciudad, en donde Madrid solía montar un stand hasta que llegó la crisis. Pero sus recuerdos eran precisos: él estuvo en esa feria y visitó el stand de Madrid, en donde había una gran maqueta de la ciudad puesta en el suelo y cubierta con un cristal grueso sobre el que se podía caminar. Y yo estaba allí contando a los visitantes cosas de Madrid. No hay duda de que fue exactamente así.

Con Thabang también hicimos muchas risas. Le conté que en Madrid tenemos un sistema de transporte público excelente, pero la gente sigue moviéndose en coche. El 75% de los desplazamientos que se hacen no alcanzan los 3 kilómetros; podrían hacerse en bicicleta, o hasta caminando. Pero la gente sigue cogiendo el coche para irse a tomar una cerveza a 500 m. Thabang, que me escuchaba con atención, me dijo de pronto: yo tengo la solución; al que no vaya en coche se le ofrece cerveza gratis. Se puso tan contento que se lo fue a contar a todos a gritos: tengo la solución a los problemas de movilidad de Madrid. Realmente, los negros tienen un sentido del humor peculiar, exclusivo de su raza. Por eso se decía antes eso del negro zumbón. Ahora hay que tener cuidado con lo que se dice. Aquí una imagen de Thabang, auténtico negro zumbón, un chaval estupendo.


Thabang me enseñó a hacer el saludo de los colegas de Soweto, chocando puños en horizontal y moviendo los pulgares hacia la derecha para rozar uno con otro. Creo que lo voy a adoptar para saludar a mis amigos, aunque no sean sudafricanos. Me dijo que si lo invitaba a venir a Madrid y le contesté que por supuesto. Le precisé que sólo debe agenciarse un billete de avión barato, porque mi ayuntamiento no se lo va a pagar. Pero que cuente con alojamiento en mi casa y visita a todo lo que pueda interesarle. Hablamos incluso del lío de Cataluña. Thabang tiene una opinión muy clara: If they want to go, let them go. Eso es lo mismo que he dicho yo en alguno de mis últimos textos al respecto.

También me cayeron muy bien las dos chicas más jóvenes del grupo. Érika, de México DF, es una mujer muy dulce, que también trabaja en un medio urbano caótico, duro e incontrolable, pero que compensa todo eso estando muy enamorada (imagino) de alguien con quien se comunica todo el rato por el móvil. Y la representante de LA, Shannon Ryan, una persona brillante y súper preparada. En sus ratos libres hace surf por el Pacífico y eso se nota en su cuerpo y en su rostro. Es aguda, afilada, rápida. De figura menuda, pero con espaldas poderosas. Con ella me podía comunicar menos, porque no entendía demasiado bien su acento. En todo caso, a la que peor entendía era a Henriette, la otra representante sudafricana. Thabang es zulú y estudió en inglés y en zulú en la escuela. Se le entiende fenomenal. Henriette estudió en inglés y afrikáner, el tercer idioma oficial del país, una especie de holandés paleto, del tiempo de los boers. En algún momento nos tocó escribir el objetivo de nuestro grupo en todos los idiomas (ya saben: Transit Oriented Development, Desarrollo Orientado al Transporte). Así se dice en afrikáner: Verkeers Georiènteerde Ontwikkeling. Por eso la entendía tan mal a Henriette. Aquí estamos todos: de izquierda a derecha Henriette, Érika, el menda y Shannon.























En fin, viendo estas imágenes, entenderán por qué me lo he pasado tan bien. Nunca fuera caballero, de damas tan bien servido. Ya les había adelantado que había mayoría de mujeres. Lo que yo no sabía es que había también mayoría de gente joven. Por otro lado, suele ser así en cualquier asunto interesante al que uno se apunte y que no tenga que ver con el fútbol, como ya se ha comentado aquí muchas veces. También he dejado claro hace tiempo que me gustan las mujeres y que me encanta la compañía de la gente joven. En Portland, los únicos viejos (de edad, no de mente) éramos los dos brasileños y yo. Antonio Carlos Velloso, de Rio de Janeiro, y Liana Valicelli, de Curitiba, andaban en torno a los sesenta; seguramente yo era el decano. El Jefe, como me bautizó la encantadora Tantri. 

Escribo todo esto ya con cierta nostalgia, en un rato de descanso en mi hotel de Seattle. Mañana tengo un billete de tren para Portland adonde llegaré a mediodía. De 4 a 5 tengo un meeting con Radcliffe y su equipo para discutir sobre el proyecto Madrid Río. Y pasado mañana he de estar temprano en el aeropuerto de Portland para tomar el vuelo de las 6.00, de vuelta a Madrid. Es un trayecto con dos escalas, que se lleva unas 17 horas. Espero que no me pase como a Tantri, cuyo larguísimo vuelo de vuelta fue encima desviado a causa de un tifón, lo que obligó a su compañía aérea a pagarle una noche de hotel en Taiwan. Sean felices. El próximo texto desde casa, Dios mediando, como decía mi padre.

martes, 1 de agosto de 2017

655. Cozor, Paterson y una vieja fábrica de cerveza

Escribo ya desde Seattle y continúo mi relato. El lunes 24 me levanté temprano y bajé a desayunar al lobby del Hyatt Hotel de Portland (Oregón). Tenía por delante un día de asueto y adaptación al horario antes de empezar nuestro workshop. Según había acordado con Clare, la noche del 23 me la debía pagar de mi bolsillo, porque C40 sólo paga el alojamiento necesario para los días de trabajo. Al llegar al hotel el día anterior me pidieron la VISA y me cargaron el importe de una noche. Clare, que llevaba unos días por allí, me recomendó visitar un par de barrios: Hawthorne y Nob Hill.

He de explicar que el centro de Portland está dividido en cuatro sectores, por el río Willamette, que recorre la ciudad en dirección norte-sur y la calle Burnley que es un eje este oeste. El hotel Hyatt está en el cuadrante suroeste, muy cerca del río. Así que cogí mi mochila y eche a andar hacia el norte por la orilla del río, hasta el pie del puente Hawthorne, el primero con el que me topaba. Una escalera me llevó al tablero del puente por el que crucé al otro lado. Como pueden ver en las fotos de abajo, se trata de un viejo puente de hierro, con una sección central que puede elevarse mediante un mecanismo hidráulico, para dejar pasar a los barcos más grandes.



























En esta otra imagen pueden ver el entrecruzado metálico que forma el piso sobre el que circulan los coches, lo que produce abajo un ruido característico. Este tipo de suelos se colocaban en los tableros de los primeros puentes de hierro para aligerar peso, y yo tengo un recuerdo preciso de cómo te machacaban los pies en el Maratón de Nueva York, donde hube de cruzar al menos dos puentes con este suelo. Sobre el hierro ponían una especie de alfombra roja bastante fina, que no mitigaba nada la pisada, sin contar con que, a la altura en que yo pasé, ya estaba medio deshilachada. Escuché decir que un músico de vanguardia se dedicó a grabar los ruidos que generaban los coches bajo el puente de Brooklin y compuso una especie de sinfonía con ellos.

El puente de Hawthorne da paso al bulevar del mismo nombre, espina dorsal del barrio también homónimo, en el sector suroriental de la ciudad. Caminando por este eje, me vino a la memoria la siguiente historia (ya saben que tengo una memoria a grumos). Cuando yo era apenas un adolescente, mi hermano mayor Antonio, con la carrera de medicina recién terminada en Madrid, se marchó a Londres, en donde estuvo cinco años y revalidó su título, además de adquirir una experiencia impagable. En ese tiempo sin móviles ni redes sociales, mi hermano se comunicaba con mi padre por el correo ordinario. A mi casa llegaban con periodicidad fija unas largas cartas escritas a mano en las que Antonio relataba todas las vicisitudes y avances de su aprendizaje en Londres. Mi padre estudiaba estas cartas con veneración, se las repasaba una y otra vez y nos las daba a leer a los demás.

Y, en esas cartas, el relato tenía un protagonista de características demiúrgicas, capaz de hazañas prodigiosas: el doctor Cózor, el médico que había acogido a mi hermano como pupilo, para transmitirle toda su sabiduría. En mi casa familiar, el doctor Cózor fue siempre una figura venerable, una especie de semidiós, cuyo nombre se pronunciaba con reverencia y al que imaginábamos poco menos que como a una especie de premio Nobel. Varias décadas después y cuando mi padre ya había fallecido, mi hermano me confesó un día de pasada que el verdadero apellido de su antiguo jefe era Cawthorne, pero que él le había abreviado el nombre, ajustándose al sonido real de su pronunciación, para que nuestro padre no se liara intentando decirlo correctamente. Por eso mi hermano lo llamaba Cózor en sus cartas (así, con acento y todo).

Según esa misma regla, al puente y barrio de nuestra historia habría que llamarlo Józor. El caso es que el primer tramo del barrio me resultó muy desangelado, sin nada a los lados salvo almacenes y pequeños talleres. Después, la cosa iba mejorando, surgían edificios de vivienda, panaderías y tiendas diversas, bares y pequeños equipamientos de barrio. Era muy temprano y la calle no tenía todavía demasiada vida, pero se podía adivinar el ambiente de barrio de clase media baja americana y entendí por qué le había gustado a Clare (que por cierto, es londinense, paisana pues del doctor Cózor). Creo que lo mejor es que les ponga algunas imágenes de edificios de la zona.







He de decir ya que otra de las cosas que me llamaron la atención de Portland es la ausencia de banderas de los USA. Alguna sí hay, por supuesto, pero no es la sobredosis que yo he visto en visitas anteriores a otras ciudades americanas, incluida Nueva York, en donde las barras y estrellas te atacan por todos lados. Tal vez tenga relación con eso el cartel que ostentaban prácticamente todas las tiendas del barrio de Hawthorne y que les pongo aquí abajo.

























Por si necesitan traducción: En nuestra América toda la gente es igual. El amor gana. La vida de los negros importa (slogan del movimiento de protesta frente a los asesinatos de negros por la policía). Los inmigrantes y refugiados son bienvenidos. Los discapacitados son respetados. Las mujeres están al cargo de sus cuerpos. Las personas y el planeta son más valorados que el beneficio. LA DIVERSIDAD ES CELEBRADA. Un resumen preciso de los valores que me gustan del pueblo americano. O, al menos, de la mitad que no apoya al estrambótico señor Trump. Por lo demás, al llegar al final del bulevar, casi en los límites de la ciudad, me di cuenta de que había infravalorado la distancia a recorrer y que la ciudad era más grande de lo que esperaba. Decidí entonces tomar un autobús para regresar al centro y eso me generó la segunda de las historias que les quiero contar en este post.

El autobús 14 se detuvo solícito delante de mi persona y abrió sus puertas para que subiera. El precio del billete era, según había visto, 2,50$. Saqué un billete de 10 y se lo di al amable conductor. Me explicó que la máquina no daba cambios por encima de 5, tal como rezaba un cartel a su lado. Entonces hice amago de darme la vuelta para intentar cambiar en alguna tienda y esperar al siguiente bus. Pero el hombre me dijo que no. Que pasara. Que no importaba. Que no iba a perder el autobús por falta de suelto. Le di las gracias perplejo y entonces le dije que podía darle un dólar, que era lo que llevaba, aparte los billetes de 10. Me lo aceptó, lo pasó por la máquina y me dio el ticket por valor de 2,50, recalcando: es usted bienvenido a mi autobús. En fin, ya sé que tengo canas y cara de buena persona, pero ¿imaginan a un conductor de bus madrileño haciendo eso? Llegué a la conclusión de que me había aceptado el billete de un dólar sólo porque entendió que me hacía ilusión darle al menos algo. Espíritu americano, en cualquier caso.

Esta anécdota minúscula me trajo a la memoria la película Paterson, de la que creo que no les he hablado. Paterson (Jim Jarmusch, 2016), cuenta la historia cotidiana de un tipo que se llama Paterson y es conductor de autobús municipal de Paterson (New Jersey), lo que propicia que muchos viajeros le hagan bromas por el hecho de llamarse igual que la ciudad para la que trabaja. En sus ratos libres, Paterson escribe poesía, porque es un enamorado de los textos de diversos poetas que vivieron en su ciudad, como Allen Ginsberg. Creo que es la película del año pasado que más me ha gustado, junto con El otro lado de la esperanza, de Kaurismaki. Ambas se las recomiendo encarecidamente porque, en el fondo, hablan de lo mismo sobre lo que estoy escribiendo este texto.

El 14 me dejó en el downtown, subí a descansar unos minutos al hotel y enseguida salí a completar mi visita a la ciudad, porque a las seis de la tarde tenía una primera cita con el grupo de mi workshop. Esta vez hice las cosas al revés: tomé un tranvía de la línea verde a la misma puerta del hotel y me fui al extremo noroeste de la ciudad, para luego ir regresando a pie a través de Nob Hill y otros barrios. Me empezaba a dar hambre y busqué algún lugar donde comer algo de camino. Y la casualidad (y un cierto olfato, por qué negarlo) me llevaron a asomar la cabeza en el Bridgeport BrewPub. Estaba sonando Neil Young y había un ambientillo muy acogedor. Me pedí una pinta de una cerveza negra de presión y, para acompañarla, un plato de pasta al pesto. El plato era tan grande que hube de repetir de cerveza. Luego me enteré de que se trata de la cervecería artesanal más antigua de Oregon. Lo ponía en la carta. Abajo pueden ver el aspecto del local y lo feliz que estaba yo con mi cerveza. Desanduve mi camino, encontré el hotel y tuve tiempo de echarme una siesta hasta los saraos de la tarde/noche.