domingo, 16 de agosto de 2015

412. Varsovia y Cracovia II

Vamos con un post más gráfico. Dado que el régimen prosoviético no pudo erigir su edificio coronado por un Lenin gigante, Stalin les compensó financiando el gigantesco Palacio de la Cultura y de la Ciencia, oficialmente un regalo del pueblo ruso al pueblo polaco. El enorme bloque sigue los patrones compositivos de los edificios similares de Riga y de Bucarest cuyas fotos pueden ver en mis anteriores Post #218Post #281. El de Varsovia pasa por ser el ejemplo más depurado de este tipo de arquitectura, sin duda con ciertos valores estéticos, si prescindimos de lo que simbolizan.


Durante los 40 años de régimen socialista, este palacio fue el edificio más alto de Polonia. Cuando el país se convirtió en 1989 en una democracia de corte occidental, se planteó la posibilidad de demolerlo, solución que apoyaban muchos polacos. Finalmente se decidió dejarlo, ahora sólo como Palacio de la Cultura, pero rodearlo de muchos nuevos rascacielos. Una solución muy típica de estas tierras. Aquí el resultado actual del skyline de Varsovia. 















En Polonia viven cerca de 38 millones de personas. Las colonias extranjeras más numerosas son la vietnamita (estimada entre 40.000 y 50.000) y la ucraniana. La primera se debe a un acuerdo del gobierno socialista con el Vietcong en los sesenta para acoger a estudiantes y desplazados de la guerra. Muchos ya se quedaron y se integraron como comerciantes, dueños de restaurantes, o trabajando en oficios diversos. Pero la gran avalancha de vietnamitas se produjo tras el establecimiento de la democracia en Polonia. La emigración ucraniana es mucho más reciente y se debe al conflicto civil que vive ese país. Recuerden que en 2012 Ucrania y Polonia compartieron la organización del Campeonato Europeo de Fútbol. Algo tan reciente que el ganador, que fue España, es todavía el vigente campeón. Poco más de tres años después, la situación de Ucrania, arruinada por la guerra civil, es dramática. La final de aquel campeonato se celebró por cierto en Kiev.

El 70% de estos vietnamitas reside en Varsovia en donde están perfectamente integrados. En 2010, con motivo del inminente Campeonato de Fútbol, se construyó un nuevo estadio en Varsovia y el solar del antiguo Estadio Nacional se habilitó para el Targowisko Bakalarska, un mercadillo gigante en donde la inmensa mayoría de los puestos están regentados por vietnamitas, que se sienten allí como en un pedazo de Asia trasplantado al centro de Europa. Los polacos son gente acogedora y tolerante, que no molestan a los vietnamitas por sus creencias budistas, siempre que ellos respeten las costumbres locales. Lo mismo sucedió inicialmente con los judíos, aunque ya antes de la invasión nazi brotaban allí los sentimientos antisemitas, aspecto del que hablaré en algún post próximo.




Además de los rascacielos que hemos visto, en Varsovia hay otros edificios modernos, como estos dos que les muestro. Arriba el Centro Comercial Zlote Tarasy. Aunque crean lo contrario, no lo ha proyectado Frank Gehry, sino el estudio americano Jerde Architects. El otro es el nuevo Museo de la Historia de los Judíos Polacos, inaugurado en 2013, en el que uno puede pasarse un día entero. Es una experiencia que merece la pena. Los autores del proyecto, tras concurso público internacional, son un equipo finlandés. El edificio se levanta en el solar de lo que fue el Gueto, frente al monumento a los héroes de la insurrección de 1943, ante el que se arrodilló Willy Brandt en un gesto que pudo verse en televisión en todo el mundo. Abajo pueden ver la fachada principal tras el monumento, y una panorámica.






















Todo esto da idea de una ciudad de gran actividad comercial y financiera, seria y trabajadora, capital de la economía número 22 del mundo en PIB nominal. Pero en Cracovia es donde está el mogollón, la actividad cultural, la mejor Universidad de Polonia, los Erasmus por las calles, la artesanía y el comercio menudo. La rivalidad entre Varsovia y Cracovia es similar a la de Rotterdam y Ámsterdam. Uno de los problemas de Cracovia es la dificultad de acceso. Su pequeño aeropuerto tiene pocas comunicaciones. Desde Madrid, por ejemplo, es imposible llegar en un vuelo directo; hay que hacer escala en París, Frankfurt o Varsovia. Nosotros volamos a la ida a Varsovia, y regresamos mediante un primer trayecto Cracovia-Varsovia en un viejo bimotor, una especie de Focker como los que volaban de La Coruña a Madrid en los tiempos heroicos.

El aeropuerto de Cracovia está en obras de ampliación, aprovechando los fondos europeos, lo mismo que la carretera desde Varsovia, que hasta ahora cuenta con un solo carril y un arcén. Desde el bus observé que las obras están rodeadas por unas cintas plásticas azules, en donde se lee Dragados. Espero y deseo que dentro de unos diez años no tengan dificultades para devolver los créditos que se les han facilitado para este crecimiento. Polonia ha pedido entrar en el euro. De momento, la moneda oficial es el zloty. Un  zloty 25 centavos de euro. Cuando entren en la eurozona sabrán también lo que es bueno. A pesar de todas estas dificultades, Cracovia es ya un centro turístico de primer orden. La vieja capital imperial, la ciudad que floreció durante la ocupación austro-húngara y que fue respetada por nazis y soviéticos, vive un renacer, a caballo de sus universidades. La más prestigiosa es la Jaguelónica, la tercera más antigua de Europa.

La plaza central de la vieja Cracovia es una auténtica maravilla. Trazada en 1257, tiene 200 por 200 metros. Pero en el centro, el edificio alargado de la antigua Lonja de Paños la divide en dos semiplazas muy proporcionadas. Todo a lo largo de la planta baja de este edificio, se sitúan las tiendas en que los artesanos venden sus productos a los turistas, como un zoco renacentista. En puntos de las semiplazas, otros dos edificios relevantes, que conservan sus emplazamientos anteriores a la propia plaza: la Basílica de Santa María y la Torre del antiguo Ayuntamiento. La Basílica tiene dos torres asimétricas. Desde la más alta, cada hora suena un toque de trompeta que se oye en toda la ciudad. Los bomberos locales se encargan de ejecutar con puntualidad estricta esta tradición que se remonta a tiempos inmemoriales. Abajo, la actividad mercantil se interrumpe un instante para escuchar el sonido mágico de la trompeta.

En fin, les dejaré con unas cuantas fotos de la plaza de Cracovia, esta ciudad milenaria en el cruce de las principales rutas comerciales de la Edad Media. Un lugar que se merece una visita exclusiva más larga. Aun me queda mucho que contar sobre Polonia, pero mañana me reincorporo al trabajo. Supongo que me encargarán de nuevas tareas, aunque está por ver si el asunto me engancha como para continuar después del 19 de junio de 2016. De momento, esta mañana he vuelto a salir a correr por el Retiro y espero repetir el martes. Y, en cuanto abran el Polideportivo Luis Aragonés, empezaré otra vez a nadar los martes. Sean felices si pueden.




















Arriba, lo que ve el trompetista mientras toca. Abajo, la Basílica y algunas escenas del trasiego de la plaza.






















411. Varsovia y Cracovia I

Ya saben que yo donde me siento como pez en el agua es en las ciudades. El campo es un lugar lleno de insectos en donde me da miedo perderme. Pero, si me sueltan en medio de una ciudad grande, inmediatamente me oriento, busco el centro, me hago con un plano y me sitúo. En Polonia, las dos ciudades más grandes y relevantes son las del título. Cracovia fue la capital histórica de Polonia durante siglos, hasta serlo también de la gran Mancomunidad con Lituania, creada en 1569, cuyos dominios se extendían hasta el Mar Negro (el rey de Polonia y el Gran Duque de Lituania idearon esa fórmula para ser más fuertes juntos, al contrario de lo que ahora pretende Artur Mas). Ese gran estado, que llegó a ser el mayor de Europa, duró hasta 1795, cuando los territorios polacos se repartieron entre Rusia, Prusia y Austria.

Y fue precisamente en ese período de esplendor cuando el rey polaco decidió trasladar la corte a Varsovia, lo que la convirtió en capital de hecho. El objetivo de ese traslado era buscar una ubicación céntrica para crear la capital de la Mancomunidad, en un lugar neutral que no fuera ni Vilnius ni Cracovia. Desde entonces, Cracovia y Varsovia tienen una rivalidad acusada. Los de Cracovia dicen que ellos nunca han dejado de ser la capital de Polonia, porque los reyes sólo se llevaron la corte, pero no hicieron una declaración formal de que la nueva capital fuera Varsovia. Los de Varsovia responden que Cracovia tampoco contó nunca con una declaración formal como la que les exigen a ellos. En fin, puñeterías. De lo que no cabe duda es de que Varsovia es la más grande de las dos (1,8 millones de censados, tal vez 2 contando la población irregular, frente a los 800.000 de Cracovia) y que es la capital administrativa. Cracovia es la capital cultural e histórica del país, ciudad bullanguera, llena de estudiantes y turistas. Y finalmente hay algo indudable: Cracovia es preciosa y Varsovia es más bien fea.

La historia de ambas está llena de asimetrías. Durante los 124 años en que Polonia desapareció del mapa, Varsovia quedó bajo dominio ruso y Cracovia en el lado austriaco. Los rusos son gente mucho más rígida y tienen una manía ancestral a los polacos. Así que les aplicaron un régimen bastante severo. En cambio los austriacos se prendaron de la belleza de Cracovia, la ayudaron a desarrollarse y la promocionaron como una de las ciudades importantes del Imperio Austro-húngaro. Tras el armisticio de la Gran Guerra, la recién creada Polonia hubo de defenderse del ataque soviético de 1920, que pretendía extender el socialismo hacia el Oeste. Los polacos les derrotaron en las afueras de Varsovia, con unas tropas notoriamente menos numerosas, en lo que se dio en llamar el milagro del Vístula. Eso dio a la gente de Varsovia un marchamo de héroes: ellos habían sido los que habían frenado el expansionismo del comunismo ateo y despótico. Ellos eran los salvadores de Occidente y del catolicismo, a costa de su propia sangre. Mientras tanto, en Cracovia seguían con su vida plácida, bailaban el charlestón y seguían presumiendo de ser los más cultos y los más modernos.

Llegan entonces los nazis y se arma la que ustedes saben. Cada una de estas dos ciudades tiene una película emblemática, que expresa con exactitud lo que sucedió: El Pianista, de Polansky (Varsovia) y La Lista de Schindler, de Spielberg (Cracovia). Terribles las dos. Durante la ocupación, en Varsovia se produjeron dos insurrecciones, ambas aplastadas a sangre y fuego. La primera, la del Gueto Judío, en 1943, surge cuando al interior del gueto llega la información de que a la gente de allí a la que van deportando, no la mandan a campos de trabajo sino de exterminio. Su desarrollo se puede visualizar en la parte final de El Pianista (el tema de los judíos requiere un texto aparte, sobre todo, después de mi visita a Auschwitz). El segundo levantamiento tuvo lugar a finales de 1944. Los rusos estaban a las puertas y los polacos decidieron allanarles el camino. Pero, como ya se ha consignado en el post anterior, Stalin dio la orden de que las tropas se quedaran al otro lado del Vístula. Y los rebeldes polacos fueron masacrados por los nazis. El resultado de ambos alzamientos frustrados fue una ciudad demolida prácticamente en su integridad.

En Cracovia, los nazis fueron bastante respetuosos, a pesar de crear un gueto para los judíos. El centro histórico se respetó y la ciudad nunca se rebeló, por lo que tampoco sufrió una destrucción como la de Varsovia. Finalmente, durante el período de gobierno socialista, el régimen reconstruyó Varsovia con los criterios del urbanismo soviético. Y respetaron Cracovia, en donde ayudaron a rehabilitar algunos monumentos dañados y se limitaron a construir a unos cuantos kilómetros un barrio  nuevo con los criterios marcados por la URSS. Es el barrio de Nova Huta, en donde se alojó a los obreros de una nueva industria siderúrgica. Ahora esta industria está cerrada y Nova Huta es un distrito de la Cracovia extendida. Con estos antecedentes, no es de extrañar que, cuando la UNESCO inició su programa de declaración de Bienes Patrimonio de la Humanidad, Cracovia fuera (con Quito) uno de los dos primeros cascos históricos declarados como tales, en 1978.

¿Qué es lo que tiene Cracovia, para que su tejido histórico central fuera respetado por los sucesivos invasores de Polonia? Pues es algo intangible, que se siente al pasear por sus calles llenas de gentes, tiendas tradicionales, cafetines de estilo vienes y músicos callejeros. Y el fenómeno es de doble dirección. Quiero decir que, el hecho de que nunca haya sido destruida, dota a sus estructuras de una continuidad directa con los tiempos ancestrales, con tradiciones y rutinas intactas desde hace siglos. Cuando una ciudad sufre tantas destrucciones sucesivas como Varsovia, algo más que los edificios se pierde para siempre. En el siguiente post les pongo algunas imágenes de ambas ciudades. Con todo, Varsovia es también una ciudad llena de interés, en donde, por ejemplo, se firmó el famoso Pacto de Varsovia, que durante años equilibró el peso de la OTAN. Tras 1945, la ciudad fue reconstruida paulatinamente y recobró la riqueza de su vida cultural.

En el centro histórico reconstruido hay una plaza mayor, ahora llena de terrazas y chiringuitos, y presidida por la estatua de la sirena que empuña una espada, símbolo local. Cuando la reconstrucción, se produjo una de esas historias que a mí me encantan y que no se pueden encontrar en Internet, sino que necesitas que te la cuente, en este caso, un polaco. En uno de los lados de la plaza, los soviéticos propusieron construir uno de sus edificios prototípicos, coronado por una estatua gigante de Lenin, con el dedo índice alzado. Llegaron a tener el proyecto terminado. Pero, dentro de los parámetros de colaboración entre los gobiernos del Pacto, optaron por consultar con un prestigioso arquitecto polaco, afín al régimen. El tipo desmontó el proyecto, planteando una duda que fue imposible de resolver. De acuerdo con las nuevas normas de la navegación aérea, el edificio debía tener una señalización luminosa, en sus puntos más altos. ¿Dónde poner las luces rojas? ¿En el dedo de Lenin? ¿En el cocoroto? ¿Tal vez en la nariz? Cualquiera de las soluciones podría provocar la rechifla de los contrarios al socialismo.

Ante ello, los arquitectos optaron por cambiar su idea y completar la plaza con un frente similar a los otros tres, en el que ahora se está construyendo el Museo Nacional de Polonia. Es una historia reveladora del carácter polaco, que me recuerda a otra similar en la primera posguerra española, que les cuento. El Arco de Triunfo que todavía existe en la entrada a Madrid por la Moncloa, es en realidad una escenografía, junto con el edificio que ahora alberga el intercambiador de transportes, cuyo objeto último era servir de fondo a una estatua ecuestre del Caudillo. Incluso, si lo visitan, pueden ver en el suelo la peana preparada al efecto. Se planteó entonces una duda. Si se colocaba mirando al exterior, el caballo mostraría el culo a la ciudad. En el caso contrario, el culo del caballo sería lo primero que verían los que llegaran a Madrid. Ante ello se optó por poner la estatua en un lateral de los Nuevos Ministerios, un lugar donde compositivamente no pintaba nada. Allí subsistió durante todo el franquismo, hasta que, ya en democracia, fue sustituida por la actual del ministro socialista de la República Indalecio Prieto.

Las fotos en el segundo capítulo de este texto.

      

viernes, 14 de agosto de 2015

410. Por tierras polacas

Aquí me tienen por fin tras doce días de excursión por Polonia, una tierra que no conocía y que obviamente necesita una estancia mayor para entenderla bien. Debo decir, sin embargo, que han sido unos días intensos en los que hemos contado con un par de guías muy buenos, bien informados sobre la historia y las circunstancias sociopolíticas de su país y encantados de podérselo contar a personas interesadas en ello. Quede aquí constancia de mi agradecimiento a Dorota (más o menos de mi edad, profesora de español en universidades e institutos) y Maziej (antiguo alumno de Dorota haciendo un bolo mientras termina su tesis). Con Maziej, mi entendimiento fue instantáneo: se está preparando para correr su primer maratón y su licenciatura es en Humanidades, carrera multidisciplinar en la que ha de tocar todos los palos sin profundizar a priori en ninguno: Historia, Geografía, Sociología, Política, Economía. En otras palabras: es mi ídolo. Parece que esa licenciatura no es demasiado buena a la hora de buscar trabajo, en este mundo de especialistas. Si lo sabré yo.

Antes de seguir adelante, les voy a obsequiar con un vídeo musical (luego les explico a cuento de que). Milkey Chance es un dúo formado por dos chavales alemanes, que han conseguido un bombazo en las listas con el tema que les pongo más abajo. Son también una muestra de cómo ha evolucionado el mundo del rock en estos tiempos digitalizados. Como les digo, forman Milkey Chance dos chavales unidos por una larga amistad. Uno de ellos compone letra y música de todos los temas, canta, toca la guitarra y pone la cara en todas las actividades promocionales, vídeos, entrevistas, etc. Se preguntarán ustedes: ¿y el otro qué hace? Pues el otro desempeña un papel trascendental: se encarga del hardware y el software desde la sombra. Suyo es el control de sonido, la preparación de las bases y las mezclas, la producción. Este segundo elemento, que no sale nunca porque no quiere, es clave en que el resultado sea algo más que la balada de un cantautor con su guitarrilla. Por lo demás, la canción expresa el vacío de la soledad, la dureza de la ruptura, la añoranza del ser querido. Lo de siempre.


¿Les ha gustado? Bien, traigo aquí este tema, uno de los mayores éxitos del año pasado, porque en las radios polacas sonaba todo el rato, era el hit del momento. Cada poco se escuchaban sus estrofas desesperadas en la radio del autobús en el que recorríamos las carreteras polacas. Es una canción muy pegadiza, que ya me gustaba antes de este viaje, pero que adopté como ritmo al que acompasar mi pisada en las marchas senderistas de nuestro periplo, bastante duras por el calor y los desniveles. Hala, póngansela otra vez y prueben a caminar por el pasillo. A que mola. Por lo demás, por la radio del autobusero sonaba también mucho el tema que más se baila este verano en las discotecas de Centroeuropa, un corte de eurodance macarra compuesto por una pareja rumana, que se ha hecho con el título de canción del verano emulando los viejos temas de Georgie Dan. Para colmo el estribillo es en español. Para esta gente, nuestro país es el centro del desenfreno y el cachondeo. Aquí va.


No es casualidad que este tema haya sido perpetrado por jóvenes de Rumanía, país que visité el verano pasado. Rumanía es un lugar vitalista, lleno de gente joven con ganas de marcha y espíritu aventurero. Polonia es en cambio una tierra habitada por gente un poco taciturna, abatida por un pasado tremendo en el que han sido continuamente agredidos por vecinos poderosos, principalmente rusos y alemanes, aunque, como suelen comentar con su humor fatalista, en cada siglo se ha sumado un tercer país a la tarea de darles por culo (con perdón): los tártaros, los húngaros, los austriacos y hasta los suecos, que la invadieron cruzando el Báltico helado con su ejército al completo, caballos y cañones incluidos. Teniendo en cuenta que, en estos momentos, las temperaturas invernales en Gdansk alcanzan los 30 bajo cero sin que el mar se congele, pues imaginen el frío que hacía por estos pagos antes de que empezara el calentamiento global este que supongo que ya nadie pone en cuestión. La ola de calor que ha agobiado a Polonia este verano no tiene precedentes. El nivel de agua del Vístula es el más bajo en 200 años (de antes no hay datos) y el invierno pasado no ha nevado prácticamente nada. Lo nunca visto.

Durante todo el siglo XIX, Polonia no existió como estado independiente, repartidas sus regiones entre Rusia, Alemania y Austria. Desde 1794 hasta 1918, en que resurgió como resultado del armisticio de la Gran Guerra. Y después ya saben lo que pasó: la ocupación nazi, la aniquilación de los judíos (en Polonia residía la mayor población judía de toda Europa, cerca de tres millones y medio), el horror de los campos de exterminio y otros hechos terribles. Aquí está el campo de Auschwitz, cuya visita fue uno de los puntos fuertes del viaje (seis integrantes de la excursión no quisieron venir a ver el horror). Y no se puede olvidar la masacre de Katyn, el asesinato alevoso de 8000 jóvenes oficiales, lo mejor del ejército polaco, ordenada por Stalin. Y el levantamiento de la Resistencia de Varsovia, con las tropas soviéticas al otro lado del Vístula. Los partisanos confiaban en la ayuda rusa, pero Stalin dio orden de no intervenir todavía y los nazis aprovecharon para aplastar la rebelión  y destruir completamente la ciudad, a poco del final de la guerra.

Cómo no ser un país abatido y desconfiado, si el horror nazi no terminó hasta que Polonia fue “liberada” por el ejército ruso (cada vez que un polaco hace referencia a este hecho, levanta ambas manos para subrayar las comillas con el gesto estándar). Y los sucesivos problemas que aquejaron al país durante los 40 años de socialismo real. Ahora, el estado se rige por un sistema bipartidista. En el poder se turnan la derecha y la ultraderecha. La izquierda es un grupillo testimonial. No es ajeno a este resultado el poder de la Iglesia Católica. En los medios universitarios y culturales hay predominio laico, como en todo el mundo civilizado, pero el pueblo es muy creyente. Hace poco, el gobierno ha refrendado la ilegalidad de las parejas de hecho, en un país en el que los homosexuales no lo pasan muy bien. No obstante, la gente tira para delante, con miedo a la nueva política imperial de Putin. El mismo Putin que accedió por primera vez en la historia a rendir homenaje a las víctimas de Katyn. El avión que transportaba a este acto a todo el gobierno polaco y los principales políticos del país se estrelló al intentar aterrizar entre la niebla en el aeropuerto ruso de Smolensk. Abril de 2010. 96 muertos.

Algo de esta tristeza del pueblo se transmite al paisaje, muy diferente del rumano. Transilvania es un lugar hermoso y feraz, que recuerda a Galicia y Asturias, y cuya contemplación desde el bus reconforta siempre. Polonia recuerda más a Castilla. Sembrados infinitos y pueblos apretados en los caminos, sin calles transversales. He de decir también que el viaje del año pasado tenía un mayor peso del componente cultural, lo que llevaba a visitar muchas ciudades y pueblos de todos los tamaños. En este, a pesar de estar organizado por la misma agencia de viajes, pesaba más la parte senderista. Hemos visitado Varsovia, una urbe gris, tan fea como Bucarest pero con mucha menos marcha, y Cracovia, la antigua capital imperial de la confederación polaco-lituana que llegaba hasta el Mar Negro. El resto del periplo transcurría por los parques naturales de las Montañas Tatras y Pieniny, en el borde sur del país, bonitos paisajes alpinos que recuerdan a Suiza. Y, por cierto, Cracovia es una ciudad maravillosa, similar a Praga o Budapest. Se merece una visita de una semana. Cracovia no sufrió grandes daños en la Guerra (no se rebeló como Varsovia) y mantiene intactos su esplendor y su vitalidad.

En fin, de todas estas cosas hablaré con más detalle en mis próximos textos. Vuelvo en buena forma después de dos semanas de caminar entre quince y veinte kilómetros diarios y esta mañana he salido a correr por el Retiro. Es el día perfecto para empezar la temporada. En este mes de agosto es imposible que redondee los 12 posts mensuales que he mantenido hasta aquí, así que no me voy a agobiar por ello. Las estadísticas de visitas al blog han caído en picado, algo habitual en agosto. Les imagino a todos panza arriba en la playa y no me extraña, con el calor que ha hecho, aunque ayer aterricé en un Madrid fresquito en comparación con el bochorno de Cracovia y Varsovia. Bienvenidos otra vez al blog. Se anuncia un curso lleno de novedades e incertidumbres. No se lo pierdan.