lunes, 13 de julio de 2015

403. De bajón a 40º

Finalizado mi periplo por Alemania, pues qué quieren que les diga: que me lo he pasado en grande en el viaje y que, desde el momento mismo del aterrizaje en Barajas, empecé a añorar mi vida de prejubilado viajero, sin comparación con la rutina mierdera del urbanismo madrileño en la que me he vuelto a sumergir. Estamos, sin duda, mejor que antes de las elecciones, pero queda tanto trabajo pendiente para llegar a una situación tan sólo neutra, que no sé si a mí ya me van a pillar. A un año escaso de jubilarme, me da mucha pereza la idea de reciclarme, de volver a involucrarme, de ganarme de verdad el sueldo que me paga el Ayuntamiento. Es mucho lo que se ha destrozado en estos últimos años a las órdenes de una concejala nula y paleta. Se ha destruido estructura, ilusión, referentes éticos. Se ha perdido impulso. Se han deshecho rutinas, procedimientos, documentos. Eso no se arregla en dos días y a mí me queda muy poco tiempo.

En mi aventura alemana he podido constatar que, fuera de España, Madrid literalmente no existe. Por ahí fuera se habla sólo de Barcelona. Y, si acaso, un poquito de Bilbao. No es casualidad. Barcelona tiene un equipo de al menos 40 personas dedicadas full-time a vender la marca local. En Madrid, durante el Trienio Negro, ha habido exactamente una o ninguna. Lo digo, porque lo que yo he peleado en este terreno ha sido finalmente a título personal y de manera clandestina. Les recuerdo que, si he hablado en tres universidades alemanas, ha sido usando mi tiempo de vacaciones, sin un mínimo apoyo oficial, sin que me dieran siquiera palmaditas en la espalda y haciendo el mínimo ruido interno posible, no fuera a enterarse de mi deriva la carcelera nazi que controlaba nuestro cumplimiento del horario.

¿Creen ustedes que esta situación es susceptible de revertirse? No en dos días. A los nuevos políticos del Ayuntamiento hay que darles tiempo. Son un equipo heterogéneo, en el que hay elementos valiosos contrastados, como la Alcaldesa, Inés Sabanés y, por lo que voy viendo, el nuevo concejal de Urbanismo. De momento, este señor ha hecho varias cosas muy bien. La primera, recuperar las competencias que su inútil antecesora se dejó arrebatar. Hablo de TODAS las obras en el espacio público, que le quitó Medio Ambiente. Hablo también de la política de movilidad. Y del mobiliario urbano. Y de la señalización. Y unas cuantas cosas más. Habrá tenido que pelear duro por ello, porque aquí nadie suelta nada de buen grado. Así que creo que este nuevo concejal tiene los fundamentos suficientes para un buen desempeño de su tarea y/o está bien asesorado. Además, como los demás de su equipo, ha confiado en los funcionarios municipales, renunciando a traerse sus propios carromerillos para los puestos directivos.

Mientras yo estaba fuera, se ha aprobado una nueva estructura funcional, en la que veo dos tareas en las que podría ayudar con ilusión. Una de ellas la difusión y participación en torno a las obras que se emprenderán. Es algo que ya hice en mi penúltima andadura municipal, en relación con Madrid Río y otros megaproyectos. Con mayor facilidad lo haría ahora, si de lo que se trata es de obras para dulcificar la urbanización, crear espacios para el peatón, construir carriles bici, disminuir la presencia del automóvil privado. La segunda de las tareas que me interesan es precisamente la difusión internacional de la marca Madrid. Veremos. Hay que dar tiempo al tiempo. Ahora mismo me siento como Iker Casillas. Hace cuatro años, yo era el rey del mambo municipal, tras una carrera siempre en ascenso. Entonces llegó una Mouriña y me dio por culo. Lo que más me duele es que contó con personas a las que yo consideraba mis amigos, como cómplices necesarios. Eso pasó y está asumido.

Mi problema es que, después de cuatro años tocándome las pelotas a dos manos, yo tampoco estoy seguro de seguir siendo un buen portero. Lo de Iker ayer fue patético. Un tipo que hace unos años tuvo que pedir por favor que se desistiera de una iniciativa ciudadana respaldada por cientos de firmas para que Móstoles bautizara una calle como Avenida de la Madre que lo Parió a Iker Casillas. Y ahora ha de irse del equipo de sus amores por la puerta de atrás, para no seguir escuchando los silbidos de la grada, de los que su club no le protege. Y sólo pedía ya despedirse del club arropado por sus compañeros y ni siquiera eso le han dejado: el club ha estirado la negociación adrede, sólo para que el resto del equipo se fuera a Australia. No más cerca, no fuera que alguno se cogiese un avión para asistir a la despedida de Iker.

Pues así estoy yo desde hace cuatro años. Marginado por el poder y recibiendo silbidos a diestro y siniestro. Por eso me gustaría encontrar mi Oporto particular. Para pasar mejor este año que me queda. Ya sé que desarrollo una actividad paralela frenética, entre mis viajes, mis conferencias, el blog y lo demás. Pero, a nivel oficial, soy Casillas en el Madrí. Nadie. Eso sí, puedo gritar bien alto: Δεν ελπίζω τίποτα, δεν φοβούμαι τίποτα, είμαι λέφτερος, es decir: No espero nada, no temo nada, ¡soy libre! Hermosos versos de Nikos Katzanzakis, el autor de Zorba El Griego, cuya música, tocada en una calle de Toronto, les puse hace unos cuantos posts. He aquí otra negociación que se ha estirado contra natura, como la de Iker. Los matarifes europeos han perseguido a Tsipras, verduguillo en mano, hasta que ha doblado. Hace una semana le ofrecieron bajarse los pantalones, se ofendió y convocó un referéndum. Su pueblo le dijo mayoritariamente que no lo consintiera. Entonces volvió a Bruselas envalentonado. Resultado: se ha bajado los pantalones y encima tiene que pagar la cama.

En esto de Grecia, se han escuchado ya tantas exageraciones en relación con el desastre de país que tienen, lo informales y chorizos que son, que ya no sabe uno qué creerse. Sin embargo, una pluma tan imparcial como la de mi admirado John Carlin no puede mentir al respecto. Lean AQUÍ lo que dice este señor, cuyos datos son siempre fiables y contrastados. Si esto es cierto, Tsipras no es desde luego el principal culpable del desaguisado, pero ha mostrado una ingenuidad y una bisoñez alarmantes, a la hora de negociar con los lobos de Bruselas. Ha quedado mucho mejor Varoufakis, que se ha largado con viento fresco. Tsipras ha ido de farol con sus coqueteos con Rusia, pero no ha colado.

Al final, detrás de todo, están las razones geoestratégicas. ¡Válganos Zeus! Grecia fue admitida en la OTAN para tener un aliado contra Rusia en sus mismas barbas. Y se forzó su ingreso en la Unión Europea por lo mismo, y de paso para venderles aviones de guerra y hacer negocio. No importó que su estructura administrativa y económica fuera impresentable, incluso se le mandó a Goldman Sachs (con Draghi, el de los pedos, a la cabeza) para ayudar a falsear sus cuentas. Por lo mismo se admitió en ambos clubes a Estonia, Letonia y Lituania, a pesar de que el régimen letón practica una forma suave de limpieza étnica, bastante poco ética. Cuando se trata de mantener la superioridad estratégica sobre Rusia, Occidente sabe mirar a otro lado. La Guerra Fría no ha terminado, por desgracia.

A nosotros también nos metió a capón en la OTAN el señor Calvo Sotelo. Y Felipe ganó las elecciones generales con una campaña que decía OTAN, de entrada, no. Pero, en cuanto fue presidente, amplió el eslogan: Y de salida menos. Y se puso a hacer campaña por el sí. ¿Recuerdan lo que nos decían los partidarios del sí? Literalmente: "es que, como no entremos en la OTAN no vamos a tener acceso a la alta tecnología norteamericana, tan necesaria para nuestro desarrollo". Ya les he contado que yo perdí una cena con una amiga: estaba convencido de que ganaría el no. Muchos españoles perdimos algo más en esa fecha: la inocencia. El que mejor cantó la decepción colectiva fue Javier Krahe, que ayer murió en mi querida Zahara de los Atunes (cuantos veranos pasados allí en mi otra vida). Krahe era un hombre íntegro, que siempre se rió del poder en todas sus formas. Su canción Cuervo Ingenuo fue censurada en la televisión de la época, como seguramente habrán leído. Pero este hombre siguió dando leña hasta el último día. En noviembre pasado, en uno de los conciertos que daba con regularidad en la sala Galileo Galilei, se decidió a interpretar esa canción, que llevaba 27 años sin cantar en público. E invitó para que lo acompañara al mismísimo Pablo Iglesias. Valga este vídeo de homenaje al bardo fallecido.


En fin. La actualidad manda y nos llegan las noticias por oleadas, mientras soportamos un calor de 40 grados. Grecia está cada vez más jodida. Rusia está destrozando Ucrania y amenaza veladamente a los Países Bálticos, que están acojonados. El Chapo Guzmán se ha fugado de la cárcel más segura de México, por un túnel con luz eléctrica y aire acondicionado (un túnel así querría yo, para escapar de mi realidad cotidiana). Y Casillas se va al Oporto. Javier Krahe ya no podrá reírse de todas estas cosas. Y yo aquí con mi blog como un gilipollas…  


miércoles, 8 de julio de 2015

402. TR#9. Ich bin ein Berliner

Palabras con las que terminaba el famoso discurso del presidente Kennedy el 26 de junio de 1963 ante miles de berlineses y en presencia de su carismático alcalde Willy Brandt. Todos los hombres libres, donde quiera que vivan, son hoy ciudadanos de Berlín. Por tanto, como hombre libre que soy, me enorgullece decir estas palabras: Ich bin ein Berliner. 50 años más tarde, yo me adhiero a esa frase. Yo también soy un berlinés. Por eso reservé dos días al final de este viaje ya finalizado, para recorrer otra vez las calles rebosantes de gente de esta gran urbe, una de mis favoritas, junto con New York y Ámsterdam. El primero se quedó en apenas una noche, como he contado, pero el viernes 3 de julio dispuse del día entero para vagabundear por ahí. No pensaba repetir el Museo Judío, ni el Pergamon y los demás de la Isla, pero hay un itinerario, digamos turístico, que siempre me gusta repetir. Desde este Madrid a 40 grados, rememoro ahora con nostalgia indisimulable mi recorrido por la ciudad soñada. Las fotos que tomé lo cuentan todo y creo que me voy a limitar a reproducirlas, con mínimos comentarios.

Tras el buffet by the face, me lavé los dientes, me calcé mi sombrero de paja de Vita Cola y salí Oranienburgerstrasse adelante. Se anunciaba un calor de 34 grados, lo que, con la humedad de Berlín es una temperatura seria. Recobré la orilla del Spree y eché a andar.



Pasé ante los kioscos desde los que se amenizaba al personal la noche anterior. Por ejemplo el Ampelmann Café. Supongo que saben la historia del Ampelmann, pero, por si alguno la desconoce, la resumo. En el momento de la reunificación, los muñequitos de los semáforos eran ligeramente diferentes en Berlín Este y Berlín Oeste. Los del Este llevaban sombrero. Las nuevas autoridades decidieron homogeneizarlos todos según el patron occidental (el que se suele ver en todas partes). Pero los berlineses se rebelaron en masa y las autoridades tuvieron que recular. El caballero tocado con sombrero, llamado Ampelmann, se convirtió en una seña de identidad del nuevo Berlín, símbolo de la libertad de pensamiento de los berlineses, que ahora se vende en llaveros, carteras, toallas y toda clase de objetos de regalo. Y que, por supuesto, sigue en los semáforos de la zona Este de Berlín, lo mismo que en Leipzig y las demás ciudades que he visitado en este viaje. Abajo el reclamo del Ampelmann Café.


Aquí la estación de S-bahn de Hackescher Markt. Un ejemplo de integración del transporte público. Bajo la línea elevada, los restaurantes que por la noche extienden sus terrazas en la plaza vecina.




Llegando a la Alexander Platz, la Marienkirche, Iglesia de Santa María, ante la torre de TV.


En el centro de la plaza, la gente se refresca observada por un Neptuno un tanto marujo.


Para mi sorpresa, el centro de la plaza, hacia la Karl Liebknechtstrasse, está destripado y despanzurrado por una obra típicamente gallardónica: la extensión de la línea del Metro. Y eso que saben por este blog que la deuda de la ciudad de Berlín asciende a 63.000 millones de euros, más de diez veces la de Madrid. Aquí uno de los carteles que anuncian la obra, con la foto de la máquina tuneladora y todo. 

























Y para que la cosa sea ecológica, aquí la valla que la rodea. Tiene cojones, la cosa.























Frente a la plaza, el fastuoso Ayuntamiento de Berlín, el Rotes Rathaus. Precioso edificio construido en el siglo XIX, de estilo renacentista, fue dañado por bombardeos aliados. Los soviéticos lo repararon y reconstruyeron minuciosamente, de acuerdo a los planos originales, y se convirtió en el Ayuntamiento del Berlín Este. Por cierto, todo este recorrido desde la Oranienburgerstrasse se desarrolla en el antiguo Berlín Este.

























Muy cerca del Rotes Rathaus, destacan las estilizadas torres de la Nikolaikirche. La iglesia y los restos del antiguo caserío medieval, sobreviven en el interior de una supermanzana cerrada.



Por huecos de esa supermanzana, se accede a un Berlín medieval, pueblerino y de pequeña escala.


























En ese microcosmos se encuentran cosas como este teatrillo, de anuncio bien sugerente.


Pero regreso a la parte sur de la plaza. En las panorámicas arriba, del Rathaus y de la Nikolaikirche, pueden ver que el espacio central está ocupado por las obras del Metro. Con preocupación, rebusco en el jardincillo, en busca de un hito de este recorrido, pensando que tal vez ha sucumbido a las obras gallardónicas. Pero no. Allí, en un olvidado parquecito, fuera de las rutas de los tour-operators, sobreviven las estatuas de Marx y Engels, reflexionando para siempre sobre la lucha de clases.


Tal  vez, no se hacen idea de la escala de esta hermosa muestra del arte realista soviético. Así que he buscado a una chica italiana para que me haga una foto en el lugar, para dar la escala. Además, así estoy a cubierto para cuando lleguen los soviets, con el concejal Zapata a la cabeza.


Para desengrasar, sigo por la Karl Liebknechtstrasse, hasta llegar a la magnífica Catedral.

























Ya la conozco y cuesta 5 euros la visita, pero merece la pena. Aquí el interior del Domo.



Desde la galería que rodea el Domo, a la que se puede subir, se contemplan vistas de Berlín, como esta.

























Frente a la Catedral se situaba el Berliner Stadtschloss, el Palacio Real de los Hohenzollern. Este enorme palacio fue seriamente dañado en la Guerra Mundial y, en este caso, el gobierno socialista de la RDA decidió terminar de demolerlo en 1950. Ahora, la señora Merkel y compañía se han embarcado en su reconstrucción. Como en Alemania no hay monarquía, han decidido convertirlo en el Museo Alexander Humboldt, en estos momentos, el mayor proyecto cultural de toda Alemania. Como se trata de un proyecto muy caro, han decidido que la gente ayude con sus aportaciones. Pero hay mucho personal que pasa del tema y hay que respetarlos. Así que se ha optado por construir delante del futuro palacio redivivo, un elemento rupturista, en donde puedes entrar, te explican por qué debes dar tu donativo y te muestran cómo será el museo. Abajo la maqueta del proyecto conjunto.


El elemento construido, se llama la Humboldt Box y es ya una nueva atracción turística, inaugurada hace cuatro años. Los berlineses la miran con cierta desconfianza y la han bautizado como La Hucha. La visita es gratis y, como imaginan, yo no dejé ni un euro.


Continuando adelante, la calle cambia de nombre y se convierte en la mítica Unter den Linden, Bajo los Tilos, equivalente berlinés de Times Square o la Puerta del Sol. Abajo el arranque de la zona más arbolada, con la estatua ecuestre de Federico el Grande y las grúas de la obra de Metro, que sigue por este eje. Con el calor reinante, los tilos en flor emiten un aroma embriagador y tranquilizante.


La Avenida Unter den Linden termina de manera natural en la Puerta de Brandenburgo, que da acceso al Tiergarten, el parque más bonito de Berlín. Pero precisamente por la Puerta pasaba el muro de Berlín y supongo que saben que los soviéticos demolieron la mayor parte del caserío de este lado, por cuestión de seguridad, para ver mejor a los que intentaban huir. Cuando la reunificación, hubo que reconstruir esa zona y se elaboraron ordenanzas rígidas para la plaza frente a la Puerta. Una de las entidades que compró terrenos en dicha plaza fue el banco alemán DZ Bank, que decidió radicar allí su sede. El problema es que encargó el proyecto del edificio al arquitecto Frank Ghery, el autor del Guggenheim de Bilbao y es sabido que este señor no es muy amigo de las ordenanzas y de las formas ortodoxas. No obstante, esta es su fachada.
























El vigilante que ven en la puerta te deja pasar al hall a hacer fotos, pero no más adentro. Ya sabe que todos los que le piden entrar son arquitectos. Porque el señor Ghery se vengó de la ordenanza de fachadas, construyendo el interior que ven abajo.



Al lado, la Embajada USA. Hace poco que allí se ha aprobado el matrimonio gay y todavía cuelga de la fachada la bandera arco iris.



Y llegamos a la Puerta de Brandenburgo.






















Pero descarto el Tiergarten y camino hacia la izquierda en busca del sobrecogedor monumento al Holocausto diseñado por Peter Eisenman. Caminar por entre estos bloques desnudos te encoge el alma y te recuerda que hay que mantener viva la memoria de este episodio, vergüenza de la raza humana, para que no vuelva a repetirse. Lo que se siente allí adentro no se puede expresar en fotos. Yo hice muchas y he seleccionado dos.





Por la Hannah-Arendstrasse se sale a buscar la Ebertstrasse en dirección a otro lugar icónico: la Potsdamer Platz con sus rascacielos cuya construcción financió en parte la reconstrucción de la zona del muro.



Aquí una pequeña exposición con restos del muro.



La huella del muro se refleja en el pavimento actual de Berlín con distintas texturas.






















El recorrido turístico puede seguir por la Leipzigerstrasse hasta alcanzar la Friedrichstrase. Tomándola hacia la derecha, se llega al Checkpoint Charlie, con el pequeño Museo del Muro, muy interesante, donde pueden verse los sistemas que ideaban los del Este para cruzar camuflados en maleteros y otras estratagemas. Más al sur, el Museo Judío y al fondo el Kreuzberg, el Malasaña berlinés. Pero yo estaba cansado y el sol era terrorífico a 34 grados con humedad de Berlín. Así que  opté por tomarme una weissbier en una de las terrazas interiores de la Potsdamer Platz y tomar luego la Friedrichstrasse hacia la izquierda, hasta la Oranienburgerstrasse. En el hotel, me eché una siesta, escribí un nuevo post y descansé lo suficiente para salir otra vez a repetir mi recorrido de la noche anterior. Les dejo unas cuantas fotos más. En la kermesse del Hamlet, hoy tocaba slowfox.



Danzantes de todo sexo, edad y condición.



El ambiente a la orilla del río.



Y los restaurantes de la Hackescher Platz.



Queda decir, que esa noche cayó un salmón a la plancha con medio litro de weissbier. Que dormí como un cura. Que al día siguiente hice la maleta por última vez con pena. Que desayuné otra vez by the face. Que fui en taxi al Tegel Flughafen. Que en el vuelo le di carrete a una profesora del Colegio Alemán de Madrid bastante vistosa. Que los 40 grados de mi ciudad no me resultaron excesivos, tras los calores berlineses. Y que llegué a casa y allí, en un rincón de mi mesita de noche, estaba el pen-drive perdido. Lo había colocado en ese lugar precisamente para que no se me olvidase cogerlo. Este era el estrambote que les reservaba. Ya ven que el asunto de mis jaimitadas de abuelo es más serio de lo que yo me creía. Sean felices. 

lunes, 6 de julio de 2015

401. TR#8. La tercera jaimitada

El jueves, 1 de julio, después de mi conferencia me fui caminando al hotel, me quité toda la ropa y me sentí a gusto, con los deberes hechos. Mi trabajo había terminado y tenía unos días para descansar de verdad. Llamé a Lucas y le dije que escogiera el lugar en donde quería que le invitara a nuestra última cena. Eligió repetir el snitzel salad de nuestra anterior velada. En esa cena me dio sus sabios consejos de orador. Dimos una vuelta y se vino conmigo al hotel un rato. Era la última noche y a ninguno de los dos nos gustan las despedidas, pero no quedaba otra. He de decir que el B&B Hotel Leipzig-City de la Nikolaistrasse es un lugar funcional y minimalista, bien situado y que me resultó muy práctico durante las 11 noches que dormí allí.

El viernes me levanté descansado, después de dormir como un niño. Empecé a preparar la maleta y, a las 9, bajé al Café Riquet, a por mi habitual milchkaffee con croissant. El dueño del Café Riquet es un tipo que abre cada día a las 9 en punto y se queda allí todo el rato controlando el gallinero de ayudantes femeninas que atienden a las mesas con delicadeza extrema. La que me solía servir cada día era la única que sabía un poco de inglés. Le dije que ya no iba a volver más y me corrigió: por el momento (by the moment). Luego subí al hotel, me lavé los dientes, terminé mi equipaje y salí por última vez a la Nikolaistrasse para dirigirme a la estación. Localicé el andén 12, comprobé que el tren a Berlín salía de allí y me senté plácidamente en un banco a enredar con el móvil, mientras esperaba el tren.

Había cogido un billete para las 11, con la intención de llegar a Berlín-Hauptbahnhof a las 12, caminar con mi equipaje a rastras hasta la Oranienburgerstrasse, donde estaba mi hotel esta vez, tomar posesión de mi habitación, colocar las cosas, descansar un poco y tener todavía margen para comer algo por la zona y poder callejear en la tarde berlinesa. El sol tomaba altura en el cielo de Leipzig y empezaba a apretar el calor. El tren llegó con diez minutos de retraso, busqué un vagón de segunda y me coloqué plácidamente ocupando dos asientos, con mi maleta al lado. El convoy arrancó con la suavidad habitual, entre mensajes en alemán difundidos por la megafonía, y salimos a los campos verdes de esta zona llana de Alemania.

Un rato después, apareció un revisor veterano y corpulento, con uniforme azul marino, gafas de pasta y bigote blanco como el mío. Le pasé mi billete y entonces palideció y empezó a regañarme en alemán. No entendía lo que me quería decir, excepto que utilizaba mucho el nein (no). Le pregunté si podíamos hablar en inglés, en francés o en español. Nein. El tipo sólo sabía alemán. Pensé que el problema era que estaba en un vagón exclusivo para viajeros con reserva y le hice saber que no me importaba cambiarme de vagón. Me gritó entonces algo como die problem is nicht wagen. No entendía nada. Entonces empezó a hacer unas señas enérgicas: me señalaba (yo), señalaba el suelo (el vagón), y luego concluía NEIN. Como no le entendía, le mostré mi billete y dije: BERLIN. Entonces señaló el tren y me respondió: MUNICH. Miré alrededor pidiendo ayuda a alguno de los otros viajeros. Un chaval con una mochila gigante se acercó y me confirmó lo que ya me estaba temiendo: you took the wrong train, man.

Le pedí que me ayudara como traductor y se enterase de qué debía hacer. Consultó con el revisor y me tradujo. La primera parada era en Jena. Allí podía bajar y tomar el tren de las 13.08, en la dirección contraria. El revisor escribió algo en mi billete, para que no tuviera problemas. Les di las gracias a los dos, pero protesté levemente: el billete decía que el tren estaría en la vía 12 y yo había llegado con tiempo a la vía 12, había comprobado que el tren de esa vía iba a Berlín y me había despreocupado. A través del traductor, el hombre me hizo saber que a última hora, el tren que yo debía tomar había cambiado a la vía 8, por culpa de las obras en la estación. Pero yo no había vuelto a mirar los carteles y no me había enterado. Al final, la cosa se resolvió con un retraso de tres horas sobre mis planes. Una hora de viaje a Jena, otra de espera en esa remota estación (en el camino de Weimar y Erfurt) y una tercera del viaje de vuelta. A las dos de la tarde volví a pasar por la Leipzig Hauptbahnhof.

Esta jaimitada se suma a las otras dos que he cometido en este viaje. Me refiero a la pérdida del pen-drive con mis presentaciones y al hecho de que por segundos no perdí el tren de vuelta desde Dresde. En los tres casos tengo excusas fundamentadas. Mis presentaciones las tengo guardadas en varios lugares y la pérdida del pen-drive no era irreversible. En Dresde estaba enfrascado en una interesante cena con una dama, delante de unas delicatessen libanesas. Y en esta última, llegué con demasiada antelación al andén y no me percaté del cambio de vía de última hora. Las tres emergencias se solucionaron sin mayores quebrantos, pero yo creo bastante en la suerte y las fuerzas telúricas que gobiernan el universo. Tres jaimitadas son muchas como para no tomármelas como una advertencia del destino. Estoy mayor, mi memoria no es tan buena como antes y he de estar más pendiente de los detalles, si no quiero que me suceda algo realmente grave.

Ahí lo dejo, aunque el asunto que les planteo tiene un estrambote final que les revelaré en el próximo post, el último de esta serie. Mi tren no llegó, pues, a Berlín a la hora prevista (las doce), sino a las tres de la tarde. Cabezota como soy, mantuve mi plan de caminar desde la Berlín Hauptbahnhof hasta mi hotel, a la mitad de la Oranienburgerstrasse. Previendo que llegaría a Berlín tarde para comer, me había zampado un sándwich con una cerveza de botella en mi espera de una hora en la estación de Jena. Pero lo que no imaginaba es que en Berlín hiciera tanto calor. Y que las ruedas de mi maleta eligieran ese momento para decir basta. Mi maleta tiene cuatro ruedas, originalmente con revestimiento de caucho. Dos de ellas lo habían perdido en algún viaje anterior, pero las otras dos cascaron en este. El caso es que llegué bastante agotado y sudoroso a mi nuevo alojamiento, otro hotel de la cadena Meininger como el de hacía quince días, pero situado en esta bulliciosa calle.

Como ya me sabía los trucos, agarré un puñado de tickets de Internet del cestito del mostrador, para poder conectar ordenador, tablet y móvil, y dije que no quería desayunar, en la seguridad de tener dos días de buffet by the face. Me dieron una habitación interior en la que lo primero que hice fue desnudarme entero, lo segundo darme una ducha, lo tercero echarme una media siesta y lo cuarto escribir un post llamado El lector manda. Luego bajé a callejear por Berlín. Avancé por la Oranienburgerstrasse hasta la Monbijoustrasse, que tomé a la derecha. Esta pequeña calle te lleva justo a un puente sobre el Spree que da acceso a la llamada Isla de los Museos. Pero no crucé ese puente, sino que seguí por el camino que bordea el río. Es una zona llena de chiringuitos con música y animación máxima y estaba abarrotada de gente sentada por el verde o repantigada en tumbonas frente al río, aprovechando el fresquito del atardecer tras un día de calor extremo. 

El primer chiringuito se llama Hamlet y tenía una música de salsa a todo volumen. Parejas expertas bailaban a la luz del anochecer, bajo los árboles adornados con guirnaldas de bombillitas. Un poco más allá, el kiosco Ampelmann estaba también muy concurrido. Pasé un par de veces bajo la línea elevada del S-bahn, hasta llegar a la estación Hackescher Markt, donde hay un montón de restaurantes cuyas terrazas se extienden por la plaza. Me senté en uno y me comí un rumpsteak, que es un filetazo de tamaño natural, con patatas fritas y ensalada. Lo acompañé con una weissbier, la cerveza de trigo típica de Baviera, la que se toma en la fiesta de la cerveza de Munich. Varios grupos de música amenizaban la velada por turno, entre ellos un combo de metal rumano cojonudo. En un momento dado, atacaron el Hit the road, Jack, de Ray Charles, y estuve a punto de lanzarme a bailar con ellos. Volví al hotel bordeando otra vez el río y dormí de nuevo como un cura. ¿Cómo? ¡Ah! Que no saben de qué canción les hablo. Aquí se la pongo. Verán cómo les suena. La versión no es muy vistosa, pero es la original. Que duerman bien.