sábado, 4 de julio de 2015

400. TR#7. Sobre el trabajo de senior lecturer

Aunque en el blog no entran demasiados comentarios, algunos amigos me hacen llegar sus apreciaciones por mail, o whatsapp, o mensajes SMS. Una amiga dice que cómo es que digo que Dresde está atestado de turistas, cuando en las fotos que pongo no se ve a casi nadie. Bueno, pues aquí tienen una bien expresiva. La primera de Dresde que les puse el otro día, correspondía a la Fraukirche (Iglesia de Nuestra Señora), que es la catedral de Dresde. Mi foto correspondía a las primeras horas de la mañana, cuando yo la visité. Vean cómo estaba la puerta al volver, cuando intentaba escaparme de la zona turística. Un colega añade que no tengo abuela. Que siempre digo que la charla me ha salido muy bien. Falso. Si no me sale tan bien, soy el primero en decirlo, y soy bastante autocrítico.



En este caso, es que mis dos primeras conferencias quedaron muy bien. No tanto la tercera, como les voy a contar. En Erfurt, había 25 personas. Doris Gstach arregló las cosas para que yo me sintiera cómodo. No me puso límite de tiempo y me dijo que contase lo que quisiera. Yo hablé con calma, incluyendo anécdotas que venían a cuento y volviendo atrás si se me había olvidado algo importante. La gente me seguía con atención (había algunos profesores entre el público, además de Doris y Michael), se reían cuando hacía un chiste y nadie se mostró ansioso por marcharse al summer party que se desarrollaba fuera, en el campus. Eso hizo que me encontrara cada vez más seguro, ganando aplomo. Al terminar, busqué la hora en el móvil. Había hablado hora y cuarto. Pero la gente no estaba aburrida, me planteó muchas preguntas, de forma que el acto se estiró a las dos horas y sólo entonces nos sumamos a la fiesta.

En Dresde, Irene Lohaus me hizo sentirme igual de bien, lo que pasa es que yo no quería que la cosa durara tanto, porque empezamos a las 18.30, yo tenía el tren a las 21 y mi anfitriona tenía mucho interés en invitarme a cenar, a pesar de haberme pagado en cash. Así que procuré abreviar algunos temas poniendo mayor énfasis en los aspectos de diseño de paisaje urbano. Al final, había hablado unos 50 minutos y nos fuimos a casi hora y media con las preguntas. El público, formado por unos 35 estudiantes de arquitectura del paisaje, se mantuvo atento a mi charla, como los de Erfurt. Así que no me parece exagerado decir que ambas conferencias me salieron muy bien. Eso nos lleva al miércoles 1 de julio, día de mi intervención en Leipzig. Me levanté tarde y bastante cansado, después del agotador día anterior, pateando Dresde bajo un sol inmisericorde, luego de orador y al final con mis sobresaltos para coger el tren.

Repetí de café y croissant en el Riquet, para ver si me despejaba, y volví al hotel a prepararme un poco el sarao vespertino. Michael me había advertido de que, de las tres, esta era la de más compromiso. Me habían incluido en una jornada monográfica sobre Participación Ciudadana y Actuaciones Urbanísticas, organizada por la Escuela de Arquitectura de Leipzig y programada desde las 2 de la tarde hasta las 9 de la noche. Esta vez, tenía que poner el énfasis en el tema de la participación ciudadana, muy interesante en cuanto a Madrid Río, por cuanto este proyecto no puede concebirse sin la previa construcción de los túneles en el proyecto M-30, una iniciativa del señor Gallardón en la que la participación ciudadana brilló por su ausencia. Así que, ambas actuaciones encadenadas, podían ser ejemplos opuestos (lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer). Para introducir ese debate, tenía que recortar radicalmente la parte histórica y descriptiva del proyecto, porque sólo contaba con una hora según el programa.

Michael me había aconsejado estar en el lugar a las 2, para presentarme a los organizadores y hacer nuevos contactos, aunque yo no hablaba hasta las 16.30. Tomé un tranvía que me llevó por la Karl-Liebknechtstrasse adelante. La Escuela de Arquitectura está en esa calle, pero mucho más lejos que la zona de restaurantes donde vive Michael. La directora de la jornada se llamaba Annette Menting (todos los contactos de Michael son femeninos) y estuvimos un rato chequeando el funcionamiento de los aparatos y probando que mi presentación se abría normalmente. Abrió el acto, la rectora de la Universidad Técnica, una señora atractiva que habló en alemán con brillantez de política avezada. Siguieron Annette y tres oradores más, interesantes, aunque en alemán poco podía hacer yo, aparte de ver las imágenes.

Entonces vino el primer break-coffee, antes de mi intervención. Por allí aparecieron mi hijo Lucas, Birgitte (la mujer de Michael) y Urban y Shaka, una pareja de arquitectos que conocí en el party de su casa. Y aquí se presentó el problema que me hizo desenvolverme de manera menos brillante ese día. El moderador hizo un aparte conmigo, me dijo que llevábamos mucho retraso y que yo sólo dispondría de 40 minutos, con preguntas y todo. Protesté ligeramente, argumentando que no era culpa mía si la rectora y los demás se habían pasado del tiempo previsto. Cierto, admitió el tipo, antes de decirme que no me daba ni un minuto más. Impasible, el alemán. Si ya tenía que comprimir mi presentación habitual, pues así tuve que comprimirla al cuadrado. Corrí lo que pude, suprimí partes fundamentales para entender del proyecto y además me fui acelerando y poniendo cada vez más tenso al sentir que estaba dando una impresión apresurada y atropellada y que las 50 personas que me escuchaban no se reían demasiado con mis bromas.

No hubo margen más que para un par de preguntas y acabé agotado. Sin embargo, sí que pude plantear lo que tenía interés en explicar: que los dos proyectos están íntimamente relacionados. Que el primero no se planteó de forma participativa y democrática, pero que sin él no se podría haber desarrollado el segundo. Que no me parece honesta la postura de los autores del proyecto del jardín, que cuentan su actuación sin hablar nada de M-30 (para no pringarse), como si de pronto, por arte de magia, hubieran aparecido 110 hectáreas de terreno libre en el centro de Madrid, listos para que ellos hicieran su diseño. Mucho menos presentable es la postura de ciertos arquitectos, plasmada en artículos, que viene a decir que menos mal que llegaron ellos (los arquitectos) para arreglar la salvajada que habían hecho los otros (los ingenieros) y revertir un proyecto malo para convertirlo en bueno. Mi idea es que hay que contar las dos cosas. Y que incluso existe la paradoja de que, si Gallardón llega a iniciar un proceso ortodoxo de participación, el proyecto no se hubiera hecho nunca, porque le habría pillado la crisis. Así lo proclamé en Leipzig, antes de los aplausos.

Me tomé un café y unos bollos con mi claque particular, que se iban después de escucharme y gritar bravo. Entonces entré a ver la intervención siguiente, sobre Estambul y Hamburgo. Eran dos chavales barbados y con pendientes que hablaron de unos huertos urbanos que habían intentado impedir en Hamburgo, y lo compararon con la protesta de Estambul contra la actuación sobre la plaza Taksim. Aunque hablaban en alemán, su discurso estaba claro: la resistencia a la injusticia estimula la creatividad. Me reservo mi opinión sobre esa afirmación (el lector ya puede presumir lo que pienso), pero no me gustó que sus imágenes fueran casi todas de fotos bajadas de Internet con gente huyendo de los gases lacrimógenos, etc. Y lo que me indignó es que los dos chavales pasaban olímpicamente de la recomendación de abreviar que les dieron como a mí. Me indignó, porque soy idiota. Me ha pasado lo mismo muchas veces y no aprendo.

En cualquier jornada, el moderador pide brevedad, pero nadie le hace ni caso. Nadie más que yo, que soy gilipollas y ya he estropeado muchas presentaciones por esforzarme en correr y cumplir el tiempo que me asignan. Estos dos chavales, que casi podían ser mis nietos, se tomaban su tiempo para pensar cada una de las frases que iban improvisando sobre las imágenes. Sin apuros de ningún tipo. Al final, el moderador empezó por agitar enérgicamente su reloj en alto. Ni puto caso. Luego se puso el reloj, lo señaló y abrió la mano: cinco minutos más. Ni puto caso. Después se puso de pie. Ni puto caso. Por fin, fue donde los oradores y les cortó el rollo abruptamente. Entonces los tipos pusieron cara de víctimas y concluyeron diciendo que tenían muchas más cosas interesantes que contar, pero ese señor tan intransigente no les dejaba.

Aproveché entonces para despedirme. Había terminado cansado y escuchar a los dos de los pendientes me había terminado de bajar el ánimo. Pero sucedieron varias cosas que me lo subieron de nuevo, y de qué manera. Hice un aparte con Annette y le anuncié que me iba, porque no podía más. Me dijo que lo entendía, que apreciaba el esfuerzo que había hecho, pero que era consciente de que no entiendo el alemán y que ella había tomado nota de las cosas tan interesantes que yo había planteado, para discutirlas en el debate final, a las ocho y media. Luego me dio dos papeles para rellenar. Creí que se equivocaba y me daba el de algún compañero, pero no. En los dos estaba mi nombre. La Escuela de Arquitectura de Leipzig me pagaba 150€ (lo mismo que en Erfurt y en Dresde), y otros 200 más, por venir desde Madrid y por el esfuerzo realizado. Al hilo de esto, me dijo que pensaban publicar un libro sobre la jornada, y que si podía escribirles algo sobre Madrid Río en inglés. Por supuesto que lo haré.

Michael me había contado que en las universidades del Este se paga entre 100 y 150€ la clase. Mis tres anfitrionas me pagaron 150, las de Erfurt y Leipzig después de la conferencia, y la de Dresde después de hablar conmigo más de una hora. Además, en Erfurt me invitaron a una cerveza gigante y un bretzel relleno, en Dresde a una cena libanesa y en Leipzig me dieron 200€ extra. Tan mal no lo debo de hacer. Pero aun hubo más cosas que me subieron el ánimo. En el break coffee hablé un rato con un asistente, que me preguntó si este proyecto se había enseñado en una conferencia sobre buenas prácticas a la que había asistido él en Berlín. Le dije que estaba seguro de que no, que seguramente sería alguien de Barcelona. Al salir, me lo encontré en el ascensor y caminamos un rato juntos. Y, para mi estupefacción, me soltó que le había sorprendido mucho lo bien que pronunciaba el inglés para ser español. Le miré sin saber si me estaba tomando el pelo y me dijo que no, que los españoles y los franceses destrozan el inglés con su pronunciación y que a mí casi no se me notaba el acento.

Imaginan los kilos que engordó mi ego en ese momento. El sol caía ya y decidí regresar andando, sintiéndome libre al aire del atardecer. Por la noche cené con Lucas y le pedí sus impresiones. He de decirles que Lucas es un orador experto que ha hablado ya en congresos en español y en inglés y que supera a su padre por goleada. En cuanto al inglés, coincidió con el anterior contertulio. A él también le había sorprendido. Y me dio tres consejos. UNO: mirar más a la gente (alternativamente, no siempre al mismo). DOS: no hablar mucho sobre una misma imagen; que, aunque cuente lo mismo, lo haga sobre dos o tres imágenes. TRES: renovar las fotos de Madrid Río, que el parque está ya mucho más verde y vistoso de lo que yo enseño. Creo que le haré caso en las tres. Este post lo he empezado en el vuelo Berlín-Madrid y lo termino en mi casa, mientras funciona mi lavadora. Sean felices. Y no se quejen de los 40 grados, que 34 en Berlín, con la humedad que hace, casi es peor.  


viernes, 3 de julio de 2015

399. TR#6. Días fecundos en Sajonia

El domingo 28 de junio no vi a mis hijos. Kike se iba por la mañana en un bus a Berlín, y Lucas estaba ocupado en unos trabajos que debía tener listos para el lunes y no había podido hacer antes para atendernos. Así que por la mañana decidí acudir al Museo Grassi. Tras este nombre se esconde uno de los museos etnográficos mejores que he visto en mi vida. Me pasé allí toda la mañana viendo joyas bereberes, instrumentos fulanis, esculturas yorubas, collares de las amazonas del reino de Dahomey, máscaras polinesias, arte primitivo chino y japonés, tallas indias y atuendos de plumas de los indios americanos, entre otros objetos prodigiosos. Abajo algunas imágenes, incluyendo el auténtico “trabajo de chinos” en un colmillo de elefante.






Tras ver el museo, me comí un curry en una terraza y subí a descansar un rato al hotel, momento que aproveché para escribir mi post sobre Erfurt. A continuación salí a ver el monumento más importante de Leipzig, que está en un parque de las afueras. Se trata del Völkerschlachtdenkmal (Monumento a la Batalla de las Naciones). Es un mamotreto de dimensiones increíbles, erigido en memoria de la batalla de Leipzig, en la que la coalición ruso-prusiana infringió a las tropas de Napoleón su derrota más decisiva. La batalla tuvo lugar a mediados de octubre de 1813, y se dice que causó cerca de 100.000 muertos. El monumento tiene 90 metros de alto, está coronado por las esculturas de los guerreros de la muerte y se inauguró en 1913, con motivo del centenario. Los soviéticos se plantearon demolerlo, pero lo indultaron porque también homenajeaba a los caídos rusos. Aquí una imagen de Internet, en donde no sé si aciertan a distinguir las cabecitas de los visitantes en algunos niveles.


El monumento está muy lejos y opté por regresar en un tranvía de la línea 15. Me tomé una cerveza rápida y me acosté pronto, que el lunes tenía que madrugar para el plan que les cuento. Aunque estaba en vísperas de dos conferencias comprometidas, no quería dejar pasar la ocasión de visitar Weimar. El viaje en tren era caro y al fin preferí probar el autobús de la compañía Meinferbus que salía a las 8.15 de la mañana. Salí, pues, de la Goethestrasse de Leipzig y, una hora más tarde, el bus me dejó en la Shopenhauerstrasse de Weimar, lo que no deja de tener una cierta lógica. Weimar es una pequeña joya aun hoy, dos siglos después de que el duque Carlos Alberto de Sajonia, que tenía su residencia allí, decidiera rodearse de intelectuales y artistas con libertad para desarrollar su trabajo sin límites. Allí se establecieron, Goethe y Shiller, a los que ven en la estatua de abajo, además de otros menos conocidos en España. Años más tarde, vivieron aquí Franz Listz, Richard Wagner y otros.


La ciudad es pequeña (60.000 habitantes), pero conserva un aire aristocrático y cultural que le da un punto especial. La historia y la cultura se perciben en cada esquina. Paseando por allí, uno siente algo parecido a lo que se respira en El Escorial, por ejemplo. Para colmo, al acabar la Primera Guerra Mundial, se firmó aquí la nueva Constitución alemana, por la que se rigió el país hasta que Hitler gano unas elecciones y la derogó. El régimen de entreguerras se suele conocer por eso como la República de Weimar. Pero además, ese mismo año de 1919, el arquitecto Walter Gropius fundó con otros compañeros la Bauhaus, la escuela que revolucionaría la enseñanza de la arquitectura en todo el mundo. Weimar es ahora un importante centro universitario, cuya escuela de arquitectura se sigue llamando la Bauhaus, aunque la original sólo estuvo allí hasta 1925 en que, presionados por un recién elegido Consejo de la Ciudad que les retiró la subvención, optaron por trasladarse a la cercana ciudad de Dessau.

Visité algunos de los monumentos más representativos, incluido el pequeño pero muy interesante Museo de la Bauhaus (abajo una de las maquetas que pueden verse allí), me di una vuelta por la Escuela, me comí una crèpe en una terraza y volví a la Shopenhauerstrasse para coger el bus de vuelta, que salía a las 3 de la tarde. Ya en mi hotel, dediqué la tarde a preparar mis discursos de los dos días siguientes, que tenía cada uno su especificidad, como les contaré, aunque las imágenes de mi presentación serían idénticas, excepto la primera de todas, que siempre adapto a la ocasión. Por la noche quedé con Lucas y nos cenamos unos Snitzel-salad cojonudos. Por si no lo saben, el Snitzel es un filete de cerdo de buen tamaño, empanado con mucho arte.


El martes tuve que madrugar de nuevo. Mi plan era coger pronto el tren a Dresde, para visitar la ciudad sin prisas antes de mi conferencia, igual que hice en Erfurt. Tenía especial interés en visitar esta ciudad que, a comienzos de 1945, fue objeto de uno de los bombardeos, más sangrientos, salvajes, sistemáticos y alevosos de la historia, encima innecesario, porque la derrota alemana era ya clara e inevitable. El ataque empezó el 13 de febrero y se prolongó de forma intermitente durante tres días. Justo el 11 de febrero había finalizado la conferencia de Yalta, en la que Churchill, Roosevelt y Stalin acordaron intensificar los bombardeos. Si hubieran perdido la guerra, podrían haber sido acusados formalmente de crímenes de guerra. Pero ya se sabe que los ganadores se hacen con la prebenda de escribir la historia a su conveniencia.

En ese momento, Dresde era la única ciudad grande de Alemania que no había sido bombardeada. Era conocida como la Florencia del norte. Su impresionante colección de monumentos a orillas del Elba, parecía garantizarle una cierta inmunidad. Pues nada, en tres días los aviones aliados descargaron 4.000 toneladas de bombas incendiarias sobre el centro histórico de la ciudad, dejándolo literalmente machacado. Se mire como se mire, el bombardeo de Dresde fue una canallada. Los defensores de esta tropelía decían que los nazis se estaban reagrupando y reorganizando en la parte monumental de la ciudad, confiados en que allí no les atacarían. Pero lo cierto es que Alemania capitulo tres meses después. Las investigaciones serias sobre el número de víctimas lo cifran en 35.000. Y, poco a poco, la ciudad ha ido reconstruyendo sus principales monumentos, primero en la época soviética y luego en la Alemania reunificada.

Me llegué a plantear dedicar más de un día a la visita de Dresde, pero Michael me enfrió el entusiasmo. Los de Leipzig y los de Dresde están enfrentados. Son las ciudades mayores del land de Sajonia (en torno a medio millón de habitantes cada una) y sus gentes no se llevan muy bien. Lo que me dijo Michael es que la parte monumental de Dresde ha sido reconstruida fielmente a los edificios originales y es un pastelito, lleno de hordas de turistas. Al final, esa apreciación era cierta y me sobró tiempo para ver la ciudad. Saliendo de la Hauptbahnhof hay una larga calle peatonal, la Praguestrasse, flanqueada por edificios comerciales, similar a las que existen en Rotterdam, que da noticia de la potencia financiera de la ciudad. Ya entrando en el centro reconstruido hay una serie de edificios interesantes, que dan idea del esplendor pasado del lugar.




Michael tenía razón. El rollo de Dresde no es comparable al de Leipzig. La ciudad vive del turismo masivo y su centro está literalmente atestado de grupos que siguen a alguien que enarbola un paraguas. Es como el personal que viaja en cruceros. La calles están llenas de hoteles de lujo, joyerías, tiendas de moda supercaras y todo lo que arrastra el turismo de masas. El martes, además, empezaba a apretar el calor en serio y yo iba con mi traje de conferenciante. Así que me salí de la zona turística y volví en dirección a la Hauptbahnhof, en donde tenía mi cita a las 5. De camino me paré en una pizzería discreta y me comí unos gigli con salmón. Los gigli son una pasta con forma como de faralaes, que se hacen a mano, yo no recuerdo haberlos visto a la venta secos. Luego, encontré un parque, me tumbé en un banco y me eché una siestecita.
   
Mi cita era con la señora Irene Lohaus, profesora de Landschaftsarchitekture, es decir, arquitectura del paisaje. Estuvimos juntos hora y media antes de la conferencia, tiempo que aprovechó para conversar conmigo de temas profesionales, enseñarme la escuela en la que da clases, presentarme a algunos de sus colegas y ocuparse de pagarme. Yo traía mi papelito con el IBAN y toda la gaita, pero esta señora había decidido pagarme en cash, y sólo tuve que firmar el recibí. Irene es una mujer de mediana edad, recatada, discreta, de ojos inteligentes, gafas de montura fina, unos diez centímetros más alta que yo. Juntos fuimos al centro de conferencias donde tendría lugar la charla, atravesando las instalaciones provisionales que estaban montando los alumnos para el summer party del día siguiente.

La conferencia me salió muy bien, como la de Erfurt, me sentí a gusto y puse el acento sobre todo en los aspectos paisajísticos de Madrid Río, destacando la intervención del grupo West-8 de Holanda. Irene me contó que había trabajado al menos quince años en arquitectura del paisaje antes de dedicarse a la enseñanza y que los de West-8 no son tan valorados como yo creía. Al final, aplausos, muchas preguntas y largo coloquio. Irene y yo nos quedamos a recoger los bártulos y luego ella insistió en invitarme a cenar. El problema es que eran ya las 8 y yo tenía mi tren de vuelta a las 9.06. Fuimos en su coche a un restaurante cercano a la estación, con la idea de poder estirar la velada lo más posible. Me llevó a un libanés, donde la conocían los camareros. La comida estaba buenísima, toda vegetariana, y nos enrollamos a hablar y hablar de arquitectura, de paisaje y de reconstrucción de ciudades.

En un momento dado pregunté: Irene, ¿tú estás controlando el tiempo? No. No lo estaba controlando, ni yo tampoco, enfrascados en tan interesante conversación. Eran las 8.58. Irene tomó el mando de la situación. Le dijo al dueño que salíamos pitando sin pagar, que luego ella volvería a terminar de cenar. Tenía que llevarme con el coche, pero estábamos al lado. Al final, hizo una maniobra ilegal para cruzarse al otro lado de una calle y quedarse en diagonal ante la puerta de la Hauptbahnhof. Entonces me dijo: ¡Corre!, no llegas. Pero tenía que darle un beso. ¿Cómo no despedirme de una persona que me había tratado tan bien? Bajé del coche y miré el reloj. Las 9.05. Mi andén estaba en el otro extremo. Corrí a todo lo que daban mis pulmones, hasta la escalera que daba acceso a la vía 17. Subí la escalera a toda leche y emergí al andén. El tren estaba a unos 100 metros y no había nadie en el andén, más que el proverbial tipo del gorro rojo, mirando en mi dirección. Esprinté como pude y el hombre tuvo la atención de esperarme. En cuanto subí al primer vagón, tocó el pito y el tren cerró puertas.

Echando el bofe, me desparramé en un asiento súper cómodo del que luego me echaría un revisor, por ser un vagón de segunda pero exclusivo para viajeros con asiento reservado. Ya saben que yo soy fondista, no velocista. No soy muy bueno para ejercicios de tipo explosivo. Pero al final, logré mi objetivo. Por segundos, pero lo logré. Si llego a demorarme un poco más hubiera perdido el tren. Hubiera buscado el restaurante libanés para terminar yo también de cenar. Lo demás se lo tendrán ustedes que imaginar. Como dice mi amigo Diego, de Tijuana: el hubiera no existe. 

jueves, 2 de julio de 2015

398. TR#5. El lector manda

Se queja una amiga de que tengo el blog un poco abandonado en este viaje. Tiene razón, pero es que hasta hoy no he dispuesto de tiempo para escribir textos. Ayer di mi última conferencia, todo ha ido razonablemente bien, como les contaré, y ahora tengo un par de días de asueto hasta el sábado en que vuelo desde Berlín. Por cierto, el hecho de que junio se haya cerrado finalmente con 12 posts como todos los meses de este año, es casual; les juro que esta vez no ha sido adrede. Mis lectores buscan distintos tipos de información. Algunos quieren encontrar aquí reflexiones profundas o, al menos, divertidas sobre temas de actualidad. Otros usan mi blog de guía turística, centrados en los datos e informaciones geográficas, por si un día se aventuran a venir por estas tierras. Y luego están los que disfrutan con los detalles del tipo: “me picaba un pie, me puse crema y mejoró”, o bien: “me comí un curry buenísimo”. Bien, hoy intentaré contentar a todos. Ya saben: los artistas, como Pantoja y yo, nos debemos a nuestro público, arsa.

Vamos al revés. Primero las minucias. El miércoles 24 me había acostado sin cenar, salvo el referido bretzel relleno, con ein kleines Biere (espero haberlo escrito bien esta vez). Michael me dejó al lado de mi hotel cerca de las 12 y ya no encontré nada abierto. Así que el jueves 25 me levanté con un hambre canina, me duché y bajé corriendo a una panadería artesanal en la que los días anteriores había visto algo similar a lo que los asturianos llaman bollus preñaus. Me zampé uno de esos con un café y terminé inflado y agotado: era una barbaridad dietética, con un pan de centeno integral súper espeso, relleno de jamón empastado generosamente con queso fundido y coronado con un pegotón de nata fresca espolvoreada con ciboulette cortadito. Que sí, que ya sé que en castellano hay una palabra equivalente (cebollino); no lo pongo en francés por presumir de snob o diletante políglota, es que para mí un cebollino es un tío muy tonto.

Bueno, pues tras ese desayuno desmesurado, intenté caminar un rato pero estaba cansado y todavía un poco flojo con mi catarro. Así que me subí al hotel a escribir un texto que di en llamar “Houston, tenemos un problema”. Tras terminarlo, bajé otra vez a callejear por ahí. Todavía tenía el bollu preñau casi en la garganta, así que opté por acercarme a un puesto de curry wurst que hay en el arranque de la Peterstrasse. Me comí tan magro almuerzo en un banco del parquecito vecino y luego me obsequié con una cerveza en una terraza junto a la iglesia de Santo Tomás. Aquí dicen Saint-Thomaskirche, pero eso de kirche se pronuncia algo así como kirgiaa. Por cierto, aquí para saludar has de decir halloo. Si la cosa es más protocolaria, puedes usar el guten morgen (guten abend, en la tarde-noche, y guten nacht para irse a dormir, con la ch pronunciada como jota). En un nivel intermedio, puedes decir solamente moogen, por la mañana, y shoen-abend (bonita noche) por la tarde. Y para despedirse, se dice algo así como shiuus. Todo el mundo utiliza esta especie de estornudo, versión teutona del chao, que se escribe, como siempre, con sobredosis de consonantes: tschüss.

Esa tarde la pasé callejeando por la ciudad, aprovechando que la temperatura había subido un poco y haciendo tiempo hasta que Lucas saliera de la Uni. A última hora, quedamos para ir a un H&M a comprar ambos algo de ropa, en mi caso calcetines más gordos para no agravar el catarro. A las 11, nos acercamos a la Goethestrasse, donde está la parada de los autobuses interurbanos Meinferbus. Mi hijo menor Kike llegaba de Berlín a esa hora y aún tuvimos tiempo de tomar juntos una cerveza. A partir de aquí vinieron una serie de días empleados en diversas actividades con mis hijos, que pueden resumirse rápido. El viernes, Kike se despertó tarde en medio del caos (su hermano se había ido a la Uni) y me llamó para comer juntos. Nos tomamos unas ensaladas en la Barfussgässchenstrasse, una calleja que sale de la Marktplatz, tan llena de terrazas de restaurantes, que apenas queda espacio libre en el centro para que se crucen dos peatones. Por la tarde, acudimos los tres a merendar-cenar a casa de Michael, en la zona de la Karl-Liebnknechtstrasse. Ya les cuento del festejo en otro lugar. Era bien entrada la noche cuando terminamos: yo me fui al hotel y mis hijos se fueron de parranda con la peña de nepalíes y andaluces hasta la madrugada, como habría hecho yo también si tuviera su edad.

El sábado, esperé a que mis hijos amanecieran y luego comimos en el Ramen, un restaurante japonés-coreano que nos había recomendado Michael, en donde nos tomamos cada uno un onigiri y un plato de ramen, exquisitos fideos orientales. Tras echarnos una siesta en el meadow de un parque cercano (la mejora del tiempo era ya imparable), nos fuimos a casa de Lucas para unos asuntos. Michael me había dado un formulario a rellenar, que le había enviado Doris Gstach por mail desde Erfurt, para que me puedan pagar la clase dada. El problema es que estaba íntegramente en alemán, por lo que necesitábamos ayuda de alguno de los compañeros alemanes del piso de Lucas. Hube de buscar en Internet el IBAN y el SWITCH de mi cuenta y aprovechamos para comprar el billete de bus de Kike a Berlín para el día siguiente. Luego, yo me acerqué a casa de Michael a llevarle los papeles rellenos y firmados y estuve con él un buen rato. Por la noche, me reuní con mis hijos y fuimos a comernos unas hamburguesas al lugar adonde me habían llevado en mi primera noche en Leipzig, ese donde pasé un frío terrible. Esta vez se estaba muy a gusto.

Dejaré el domingo para el post siguiente, porque ya va siendo hora de hablar de Leipzig y subir algunas fotos. Leipzig tiene algo más de medio millón de habitantes y es una ciudad acogedora, culta, con una potente universidad que abarca todas las ramas, una nutrida actividad cultural y de ocio, y una continua movida festiva por la calle, en donde menudean las performances y los músicos callejeros. La gente es tranquila, alegre, callejera y amable. Están muy orgullosos de ser el lugar en donde se inició la revolución que acabó con la caída del muro de Berlín. No hay muchos turistas, porque es un destino fuera de los circuitos de los tour-operators, pero es un lugar muy agradable para vivir, tal vez no tanto en el más crudo invierno, aunque Michael dice que no es para tanto. Lucas está plenamente integrado y feliz aquí; es increíble lo bien que se maneja en alemán, después de apenas tres meses en Leipzig.





Mis días en Leipzig comenzaban invariablemente con un desayuno en el café Riquet, cuyas fotos ven arriba. Allí dan un buen milchkaffee (pronúnciese tal como se escribe) y unos croissants extraordinarios, de elaboración propia. Es un lugar, más que parisino, vienés, algo que subraya una música de fondo que combina las alegres melodías del charlestón de los años 20 con los brillantes valses de Srauss. La vida de la ciudad gira en torno a la Marktplatz, la plaza del mercado, situada frente al Altes Rathaus o viejo Ayuntamiento. Allí, al menos tres veces por semana, se organizan mercadillos y saraos con orquestillas. El edificio del Ayuntamiento, que ven abajo, tiene su torre no centrada, sino situada de acuerdo con la proporción áurea. De allí salen la Peterstrasse, donde están la mayoría de los grandes centros comerciales, y la Grimmaischestrasse, que termina en la Augustusplatz, principal centro de reunión ciudadana en la periferia del centro histórico.


En la Augustusplatz están los modernos edificios centrales de la nueva Universidad, construida después de la reunificación alemana. Es la nueva cara de esta prestigiosa institución en la que estudiaron, entre otros, Goethe, Nietzsche, Leibnitz y hasta Marx y Engels. Casi nada. La fachada principal, rinde homenaje a la antigua iglesia de St Pauluskirche, donde solía Bach tocar el órgano. Esta iglesia fue dinamitada por los soviéticos, con gran disgusto de la población local (la verdad: qué ganas de tocarle los órganos al personal). Al menos dejaron que se salvara el órgano de Bach, que fue trasladado a la St-Thomaskirche, donde puede visitarse. Vean abajo lo que les digo. Aunque lo parezca no es una iglesia; es la Universidad.



Por el contrario, siguiendo la Peterstrasse, se llega a la Wilhelm-Leuschnerplatz. Desde allí, arranca hacia el exterior la Karl-Liebknechtstrasse de la que les he hablado en posts anteriores, en donde se concentran los bares y restaurantes. No he tenido tiempo de ver el barrio alternativo de Südvorstadt situado mucho más lejos. Dice Lucas que es un lugar lleno de okupas, antisistemas, puestos callejeros de comida, artesanos que venden sus productos en los mercadillos, gente alternativa llena de piercings y tatuajes. Michael me ha contado que antes de la guerra vivían en Leipzig 800.000 personas y que ahora acaban de alcanzar las 500.000. Eso explica que haya todavía muchos solares, lo que ayuda a que la vivienda sea barata. Lucas paga unos 170 euros por su habitación. Le paga directamente al dueño, que ha establecido los alquileres en función del tamaño de cada cuarto. Aquí un par de edificios decorados por un artista local reconocido.



Alemania es un lugar donde la gente cumple las normas de manera natural. Lo hacen porque les tranquiliza. Nadie cruza los semáforos en rojo, aunque no venga ningún coche: esperan a que se ponga verde. Bien es cierto que, cuando una norma o ley resulta absurda, excesiva o injusta, trabajan para cambiarla. Y hay cosas sorprendentes. Por ejemplo, se fuma libremente en todas partes. Los fumadores no necesitan salir a la calle como apestados para echarse un cigarrito. Hay una ley parecida a la española, impuesta por las paranoias yanquis, pero en la práctica no se aplica. Otra: la velocidad en las autopistas no está limitada. Suelen tener tres carriles. Yo he ido en autobús por el carril del centro, porque a la derecha iba un lento, y he notado como nos adelantaban coches a 200 por hora. Es como si pasaran cohetes.

Muy bien: una vez contadas las minucias de mi viaje y algunas consideraciones sobre Alemania y sus ciudades, me queda margen para una pequeña reflexión. La situación griega está a punto de estallar. Y digo yo: ¿por qué se han puesto como se han puesto los negociadores europeos? ¿Tiene algo de “intrínsecamente malo” la idea de preguntar al pueblo si seguimos por la senda que nos están marcando o nos salimos a un lado? ¿No era eso lo que todos achacaban no haber hecho al señor Zapatero? En mayo de 2010, Europa le puso a este denostado señor una pistola en la cabeza: o aprobaba una serie de medidas antisociales y contrarias al programa con el que había llegado a presidente o nos íbamos a la mierda. Zapatero tragó y todo el mundo dijo entonces: se ha suicidado políticamente; tenía que haberse negado o, al menos, consultar al pueblo si adoptaba esas medidas o no. Cierto que tampoco le dieron mucho tiempo para pensar qué hacer. Era esa noche o nunca.

Pues eso es lo que ha planteado el señor Tsipras, don Alexis. Preguntemos al pueblo. Que tragan con el sí, pues entonces yo me hago a un lado. Que gana el no, pues entonces Europa será consciente de que su problema no es con un político izquierdista radical, sino con todo el pueblo de un país integrado en su unión monetaria. La reacción europea, cabreada, destemplada, inflexible, próxima a la pataleta, es (además de poco elegante o estética) reveladora de su poca capacidad negociadora, de su talante y de su sumisión a los grandes poderes económicos. Así que, por mi parte: tres hurras por los griegos. Lo que decidan, bien estará. Como suele decirse: aguante Alexis. En apoyo a este pueblo milenario y sabio, les dejo un vídeo homenaje que revela la capacidad de la gente de ocupar pacíficamente el espacio público. La cinta está rodada en 2012, en el barrio griego de Toronto, pero podría valer para cualquier calle de la Grecia actual. Póngansela en pantalla grande. Y no se pierdan la actuación final del SELUR canadiense, para que nadie tenga que pagar los platos rotos. Sean buenos que ya vuelvo. Tschüss.