viernes, 5 de septiembre de 2014

282. Ceaucescu III. La Edad de Oro

Las historietas del post anterior sobre los extremos ridículos a que llegaba la censura y los chistes con que los rumanos se defendían de ella, eran asuntos que afectaban a la gente culta y urbana, a los universitarios e intelectuales de Bucarest y de Timisoara, capaces de sacarle punta al apelativo Codoi asignado a Elena Ceaucescu. La gente del pueblo, los currantes del medio rural, eran indiferentes a estas sutilezas. Incluso apoyaban puntualmente al régimen frente a sus críticos. Sus problemas eran otros. El pueblo valora más la comida que la libertad, la supervivencia que los principios. El régimen les ofrecía trabajo, les garantizaba educación y sanidad gratuitas y les prometía estabilidad. Lo demás eran pejigueras de cuatro elegantes de Bucarest.

Sin embargo, el pueblo sufría determinadas leyes y normativas, impuestas por la fuerza, que ya existían desde el comienzo del mandato de Ceaucescu, pero, tanto los gobiernos occidentales, como los partidos eurocomunistas del oeste de Europa, se esforzaron en mirar para otro lado, mientras pudieron. En los años duros del final de la era Ceaucescu, estos aspectos se agudizaron al superponerse con una situación de miseria extrema, de carencia de las más mínimas condiciones vitales. Pero estas leyes ya existían antes. Por ejemplo, el Decreto 770 es de 1966, sólo un año después de la asunción por Ceaucescu de la Jefatura del Estado.

¡Ah! ¿Que no saben ustedes en qué consistía el Decreto 770? Pues enseguida se lo explico. Desde su nombramiento, Ceaucescu se propuso aumentar la población nacional como objetivo prioritario. Para hacer a Rumanía más grande y más poderosa, había que fomentar la natalidad como fuera. En consecuencia, se prohibió el aborto y el uso de todo tipo de sistemas anticonceptivos. Rumanía, que tenía una regulación del aborto de las más progresistas del mundo, se encontró de la noche a la mañana con una restricción absoluta. “Quienes no asuman el deber de tener hijos serán considerados desertores de la nación”, decía textualmente la Ley de Continuidad Nacional, especie de reglamento del Decreto 770. Un poco más abajo: ”El embrión humano es propiedad de toda la sociedad”. El resultado fue el nacimiento de dos millones de niños, en los tres primeros años de vigencia del Decreto, muchos de ellos no deseados, o imposibles de mantener por las familias de escasos recursos, por lo que empezaron a proliferar los orfanatos públicos.

Pero la cosa no quedaba aquí. Las mujeres tenían el deber patriótico de tener al menos 4 hijos. Las familias que alcanzaban esa cifra se beneficiaban de una bajada de impuestos, que por el contrario eran incrementados a las que no la alcanzaban. Al quinto hijo, la madre recibía la Medalla de la Maternidad, que le daba el jefe local del Partido. Y la que llegaba al hijo número 10, era considerada Madre Heroica, lo que le daba derecho al supremo honor de recibir su medalla de las manos del propio Conducator, o de las no menos inmaculadas de su esposa. Las mujeres sin hijos debían pasar revisiones ginecológicas mensuales en sus centros de trabajo y, a menos que aportasen certificados médicos solventes, eran gravadas con un impuesto de celibato. Se creó un cuerpo de agentes médicos que visitaban en su casa a las mujeres poco fértiles, a los que la gente llamó la policía de la menstruación. Estaban exentas de esta vigilancia las madres de 4 o más hijos, las mayores de 45 y, como no podía ser menos, las que tenían una alta posición en el Partido.

Esta vigilancia se volvía más extrema con las embarazadas, para evitar que abortasen, lo que sólo consiguió que se siguieran practicando abortos en condiciones poco higiénicas e inhumanas, con una mortalidad que se ha cifrado en 10.000 mujeres (en toda la era Ceaucescu). En 2007, el director de cine rumano Cristian Mungiu rodó la peripecia de uno de estos abortos, en la terrible película Cuatro meses, tres semanas, dos días. Es un film desnudo, sin ningún adorno de lenguaje cinematográfico, sin música, sin encuadres rebuscados. Se limita a narrar la historia con precisión de cirujano. La película fue justamente premiada con la Palma de Oro de Cannes de ese año. Si no la han visto, me atrevo a recomendársela, pero, por favor: sólo si están ustedes en un estado anímico fuerte. En caso contrario, no la vean. Es muy dura.

¿Por qué empeoraron las condiciones de vida en los últimos años de Ceaucescu? Pues por una única y dramática razón. Rumanía había alcanzado una prosperidad relativa, basada en las ayudas de banqueros y prestamistas occidentales. La deuda nacional era importante, se empezó a dudar de la capacidad del país para devolverla y los prestamistas comenzaron a reclamar su dinero. Y Ceaucescu decidió que había que devolver esa deuda a toda costa. Él había querido liberar a su pueblo propiciando un crecimiento económico sostenido y, para eso, había pedido créditos a mansalva. Pero los rumanos no serían libres del todo hasta que se quitasen de encima la losa de la deuda externa. ¿Y eso cómo se hace? Pues, con perdón, pregúntenselo a Rajoy. Ajustes y más ajustes. Pero ya quedó acreditado que Ceaucescu era un tipo duro. Sus ajustes fueron terribles.

Se forzó a los agricultores a intensificar sus cosechas, que eran íntegramente requisadas para venderlas al extranjero y reducir el déficit de la balanza de pagos. Se hizo lo mismo con la producción industrial, vendida al exterior a precios de dumping. A cada rumano se le daban 200 gramos de trigo al día, presentando el DNI. La gente empezó a pasar verdadera hambre. Estaba prohibido matar un cerdo sin permiso. Las raciones de otros alimentos eran también mínimas. Y empezó el desabastecimiento de los productos básicos, las colas, las carreras cuando llegaba el rumor de que un tendero determinado había recibido un cargamento de alguno de los productos más escasos.

Siguieron los cortes de energía. No había gasóleo para los tractores y camiones. Muchos días sólo había dos horas de electricidad. En ese lapso, se podía conectar el único canal público de TV, que todo el rato contaba los nuevos éxitos de la familia Ceaucescu en su carrera por hacer de Rumanía una potencia de primer orden. Mientras los voceros del régimen glosaban los logros de La Edad de Oro, la gente cortaba árboles para calentarse con sus estufas de leña. Había hambre, frío y miedo. Se mendigaba y se robaban alimentos. Mi amiga L. simboliza todo eso en un detalle: las moscas. Había moscas por todos lados, se posaban a miles sobre la escasa comida, atacaban las comisuras y los ojos. Ellas también sufrían los ajustes.

A partir del éxito internacional de la película Cuatro meses, tres semanas, dos días, el director Cristian Mungiu se embarcó en un segundo proyecto, en su afán de contar lo que sucedió en estos últimos años de dictadura, sin hablar para nada de Ceaucescu ni del régimen comunista, simplemente narrando las vicisitudes de la gente de a pie. Este segundo film se llama Historias de la Edad de Oro (2009), y es una película compuesta de cinco sketchs desternillantes sobre historias reales que, por su surrealismo, remiten a los mejores guiones de Berlanga y Azcona. Mungiu dirige la primera y produce las demás. Los problemas de una familia para matar un cerdo sin que chille, para que no se entere nadie, son sólo un ejemplo del absurdo de los años finales del régimen. Ésta sí que se la recomiendo sin dudarlo, van a pasar un buen rato y aprenderán más de Rumanía que con cualquiera de mis textos.

La miseria del pueblo era sólo uno de los dos brazos de la tenaza que produjo finalmente la revolución de 1989. El otro es ciertamente increíble. Porque mientras su pueblo pasaba hambre y frío, el dictador no se aplicaba sus ajustes a sí mismo y no retiró un solo leu de las obras gallardónicas que se le iban ocurriendo, todas destinadas igualmente a liberar al pueblo de sus yugos ancestrales. Hay tres especialmente singulares: el Canal del Danubio al Mar Negro, la carretera de los Fagaras y el Palacio del Pueblo de Bucarest. Yo he visitado las dos últimas, y puedo asegurarles que la faceta de urbanista de Ceaucescu es todavía más sorprendente que las otras. No se pierdan el episodio siguiente. Se lo prometo con fotos. Que pasen un buen finde.

jueves, 4 de septiembre de 2014

281. Ceaucescu II. El culto a la personalidad

Ustedes me disculparán este ritmo espasmódico de publicación de textos a grumos, de pronto varios seguidos y de pronto ninguno. Como les dije, tengo el ordenador de casa estropeado y en mis largas horas de currante (es un decir), tengo que aprovechar vacíos entre las tareas, pausas donde nadie me vea, rincones del tiempo. En definitiva: las horas de la basura, en las que uno no siempre tiene ganas de ponerse a escribir, ni tampoco el entorno acompaña con unas condiciones de silencio y tranquilidad adecuadas. Vale, ya voy con el señor Ceaucescu, no sigo poniendo excusas.

Mi texto anterior acababa con una pregunta: ¿Cómo es posible, etc.? Pues la transición del tipo brillante al monstruo es el resultado de una serie de factores, algunos de ellos más o menos enunciados en el post anterior. Ceaucescu era un hombre sin ninguna preparación universitaria, cultural ni política. Un autócrata, autodidacta, autoritario y todos los autos que quieran ustedes añadir. Vimos también que era un tipo duro, al que no le tiembla el pulso. Un hombre forjado en la resistencia, en la lucha callejera y en la intriga del aparato del partido, donde ha logrado ascender eliminando competidores con artes no siempre correctas. Algo para lo que se necesita más astucia que formación.

Sin embargo, no es inmune a los halagos. Y hay un momento en que le insisten tanto en que es un tío estupendo, que acaba por creerse un ser superior. Primero, sus críticas a la represión de la Primavera de Praga lo elevan a los altares que occidente reserva a los osados disidentes del bloque soviético. Su exitosa mediación entre Golda Meier y Sadat le descubre como desfacedor de entuertos y conflictos foráneos, papel que suscita la alabanza y el agradecimiento de toda la comunidad internacional. En su rol de mediador, parece demostrado que el rey Juan Carlos le pidió que convenciera a Santiago Carrillo, amigo personal suyo, de que aceptara la monarquía y la bandera rojigualda, a cambio de la promesa de legalizar el PC. Como pago del favor, el rey le invitó a venir a Madrid, primer jefe de estado comunista a quien se recibió oficialmente en España. Aquí una imagen sorprendente, colgada en una página histórica de Rumanía. 


Tanto le halagan que el hombre llega a creerse una especie de superdotado para los negocios políticos. Comienza entonces a desarrollarse en su entorno un culto a la personalidad realmente grotesco y apabullante. Las señales de soberbia asoman pronto. Estos tiranos buscan siempre un calificativo que les describa, enaltezca y singularice: Il Duce, el Fhurer, el Sha, el Caudillo. Ceaucescu se apropia también de uno de estos títulos: el Conducator, el conductor que guía a su pueblo con mano firme.

Le influyen también las malas compañías: el Sha de Persia, el tirano de Corea del Norte (ya no sé si era el abuelo o el padre del actual), se convierten para él en referencias sobre cómo llevar el poder. Tras visitarlos, copia muchas de sus rutinas. En su amplia actividad internacional empieza a cobrar peso su relación con dictadores de todas las calañas. Ceaucescu llega a fabricarse un cetro bañado en oro, con el que empieza a aparecer en los actos más solemnes. Se dice que esta idea la copió de Bedel Bokassa, el Emperador de la República Centroafricana, gran admirador suyo y visitante asiduo de Bucarest, donde no dejaba de acudir al Ballet Nacional a admirar a las blancas y hermosas bailarinas, de las que cada vez elegía una, con la que la Securitate le arreglaba después una cita amorosa. Tras varias visitas del dictador africano, Ceaucescu fue a Bangui a devolverle la cortesía y se trajo la idea de hacerse un cetro como el de Bokassa.

Por cierto que una de estas bailarinas, Gabriela Dramba, se llegó a marchar con el tirano africano a su tierra, seducida por la promesa de matrimonio y posterior título de emperatriz centroafricana. Allí descubrió que el tipo tenía otras dieciocho esposas y que el título estaba reservado para su favorita, que no era ella. También pudo comprobar las prácticas de canibalismo y otras atrocidades del monstruo, así que decidió escapar. Nada más se supo de ella. Algunas versiones dicen que esta chica era en realidad una agente secreta enviada por Ceaucescu. La historia de esta supuesta Mata Hari rumana está llena de nebulosas. Sólo hay dos hechos constatados: que entre las 19 esposas conocidas de Bokassa hubo una blanca, a la que todos llamaban La Rumana, y que parece que finalmente sí que logró escapar, incluso con una cierta fortuna en diamantes. Las revistas del corazón de Bucarest sacan de vez en cuando reportajes en los que proclaman haber descubierto a Gabriela, en la persona de una acomodada marchante de arte local, o una empresaria exitosa, a veces con foto incluida, como ESTE de la revista Cancán, aunque no son informaciones muy fiables. Una curiosa historia colateral.

El culto a la personalidad de Ceaucescu constituye un fenómeno único en el mundo de la Unión Soviética. En ninguno de los otros países tras el telón de acero existió algo siquiera parecido. Los medios de comunicación rumanos tenían orden de no publicar ninguna imagen del dictador y su esposa con más de 40 años, sólo podían mostrar las anteriores, donde aparecían eternamente jóvenes y lozanos. Tampoco se debía apreciar la baja estatura de ambos (1,65). Durante un tiempo, se dio la orden de que a Nicolae se le encuadrara preferentemente de forma que se le vieran las dos orejas (en Rumanía, la expresión estar de un oído significa estar loco). A Elena había que sacarla siempre de frente, para que su gran nariz no destacara demasiado. También estaban vetadas las imágenes que subrayaran demasiado sus rasgos de maruja pueblerina.

Otro aspecto único en toda la Unión Soviética, es precisamente la presencia continua y papel destacado de la esposa del Jefe del Estado al lado de su marido. Parece que esto viene de una visita a China, en la que Elena observó la importancia que tenía la mujer de Mao, a la que se consideraba la Madre de todos los chinos. A la vuelta empieza a cultivar un papel similar. Aunque era casi analfabeta, le inventan una licenciatura en químicas y empieza a acumular doctorados y títulos honoris causa de las universidades extranjeras más prestigiosas. Llega incluso a pronunciar conferencias sobre química, aunque se decía que desconocía que la formula del agua fuera H2O. Y publica un libro sobre polímeros que es editado profusamente y distribuido en todas las librerías rumanas. La gente la llamaba maliciosamente Codoi (doi es dos en rumano). Este apelativo tenía una primera acepción correcta (la número dos del régimen), pero en realidad aludía a su forma de leer CO2 en una de sus conferencias ampliamente difundida por la televisión local, hasta que se dieron cuenta de la coña y la retiraron, a la vez que mandaban al director de la cadena de guardabosques a los Cárpatos.

En todos los locales y comercios de Rumanía colgaban por entonces las fotos de la pareja. Se componían poemas y rapsodias musicales en su honor. Se contaba su historia en las escuelas, debidamente edulcorada. Y en la única cadena de televisión mostraban continuamente sus actividades cotidianas más insignificantes, dotándolas de un aura de magnificencia. Con motivo de la adopción del cetro para presidir los actos solemnes, Salvador Dalí le mandó desde Cadaqués un telegrama de felicitación: “Aprecio profundamente su histórico acto de inaugurar el uso del cetro presidencial”. Uno de los periódicos locales publicó en portada el telegrama ampliado, sin advertir el sarcasmo. En pocos días, todo Bucarest se estaba cachondeando del asunto. Como se imaginarán, el director del periódico fue cesado y enviado a galeras. Lo curioso del caso es que en España, donde conocemos al sujeto, no creo que nadie pusiera la mano en el fuego para asegurar que el gran Dalí estaba de coña y no hablaba en serio.

Como cualquiera podría esperar, los rumanos empezaron a odiar a Elena primero, culpándola de la deriva autoritaria de su marido, sobre el que tanta influencia tenía. Aquí, otro chiste de la época. El matrimonio Ceaucescu duerme. En mitad de la noche Nicolae se despierta sobresaltado: ¡¡Elena!! ¡¡Elena!! Que he soñado que yo era un rey. Respuesta: no te preocupes, Nicolae, ya eres casi un rey. Un rato después, la escena se repite: ¡¡Elena!! ¡¡Elena!! Que he soñado que yo era un emperador. Respuesta: no te preocupes, Nicolae, ya eres casi un emperador. Tercer acto. ¡¡Elena!! ¡¡Elena!! Que he soñado que yo era Dios. Respuesta airada: ¡¡Pero qué tontería es esa!! ¡¡Sabes perfectamente que Dios soy yo!!
 
En fin, historias chuscas que suscitan una cierta sonrisa, sobre todo porque nos recuerdan los tiempos pasados, los años de La Caudilla y los chistes de Franco. Pero en paralelo a esto, la sociedad rumana sufría hasta unos extremos que resultan difíciles de imaginar. El drama insólito de los rumanos en los llamados años de oro, es un tema terrorífico y muy triste, que dejaré para el post siguiente. Para terminar les pongo una imagen actual de la que se llamó Casa de la Prensa Libre, construida en los 50 por los arquitectos de Ceaucescu. Tras esa denominación pomposa se escondía el lugar en que operaba la censura, sometiendo a un minucioso escrutinio cualquier texto o imagen susceptible de ser publicado. Un ejemplo de la arquitectura soviética más refinada: la de los edificios oficiales. Que pasen una buena tarde.





miércoles, 3 de septiembre de 2014

280. Ceaucescu I. El disidente

El otro día, respondiendo a un comentarista de mi primer post sobre Rumanía, conté lo que decía mi amiga rumana L: ella y los suyos no podían esperar a que su tierra alcanzara el nivel de desarrollo de Europa, una meta que, según ellos, requeriría unos 50 o 60 años. Ellos no podían esperar tanto. Ellos querían vivir bien ya. ¿Cómo fue posible que Rumanía alcanzara un nivel de miseria económica y moral al final del régimen de Ceaucescu, como para acumular un retraso semejante? El tema es muy complejo y excede de las posibilidades de este blog. Yo me voy a limitar a hacer una breve semblanza de la figura de Ceaucescu, y aun así no me alcanza con un solo post. Pero, por si quieren de verdad profundizar en un asunto tan difícil de resumir, les pongo aquí dos links.

El primero, ESTE, es una amplia exposición del profesor rumano Barbu Stefanescu, de 2002, que cuenta la larga historia de los diferentes regímenes que han imperado en Rumanía desde el final de la Gran Guerra. Según este señor, Rumanía no tiene tradición democrática y, desde la monarquía del período de entreguerras, hasta el actual régimen democrático, todos los sucesivos sistemas de gobierno (incluido el período de Ceaucescu) han sido simulaciones: los rumanos hacen como si, para que se les homologue a nivel supranacional, pero en realidad se siguen rigiendo por mecanismos ancestrales de poder y dominación feudal, controlados por las familias que desde el origen de los tiempos han mandado en estas tierras. Lo dice un rumano.

El segundo, ESTE OTRO, es el resumen de un ciclo de conferencias en torno a la transición post-Ceaucescu, con interesantes análisis de Ludolfo Paramio, Petre Roman (senador y exprimer ministro de Rumanía de origen español) y algunos otros expertos. Tanto estos textos como el anterior, son largos y no muy fáciles de leer, así que sólo se los recomiendo a quien de verdad esté interesado en conocer todos los matices de este peliagudo episodio histórico. Unos hechos que tuvieron su punto álgido en lo que los rumanos llaman todavía La Revolución de 1989, aunque, siguiendo al profesor Stefanescu, podría pensarse que se trató de hacer como si hacían una revolución.

Nicolae Ceaucescu es un personaje realmente singular. De familia humilde, nacido en 1918 en un pequeño pueblo de los Cárpatos, a los 11 años se va a Bucarest a trabajar en una fábrica, a los 14 se afilia al clandestino Partido Comunista de Rumanía, a los 15 es detenido por primera vez por participar en algaradas callejeras y comienza un largo rosario de encarcelamientos sucesivos que culmina con el paso por un campo de concentración nazi. Como ven, se trata de un tipo duro, curtido en la lucha desde edades increíbles. En la cárcel conoce a dos personas que resultarán claves en su vida: Elena Petrescu, con la que se casa en 1946 y que permanecerá con él hasta el final y Gheorghe Gheorghiu-Dej, miembro del Comité Central del partido, que lo adopta como ayudante, impresionado por su empuje y juventud. Al final de la Segunda Guerra Mundial, Gheorghiu-Dej se convierte en secretario general y encabeza el movimiento que derrocará al gobierno pro-nazi y repondrá en su puesto al prorruso rey Miguel, al que luego mandará al exilio. Ceaucescu es ya por entonces secretario general de las Juventudes Comunistas y será el flamante Ministro de Agricultura del primer gobierno de Gheorghiu-Dej.

Desde los primeros momentos, Rumanía se empieza a distanciar de la línea oficial de la Unión Sovietica. Kruschev ha sucedido a Stalin en 1953 y tiene sus propia ideas, una de ellas la especialización de los países soviéticos, en la que a Rumanía le tocaría dedicarse en exclusiva a la agricultura y la ganadería para convertirse en el granero y la despensa de toda la Unión. El presidente Gheorghiu-Dej, contrario a esta línea y fiel a los presupuestos estalinistas, decide continuar promoviendo la industrialización del país y le pide a Rusia que retire las tropas de su territorio. A la muerte del presidente en 1965, Ceaucescu le sucede en el cargo. Una de sus primeras decisiones es desmarcarse de la invasión de Checoslovaquia unos años más tarde, y criticar duramente la represión de la llamada Primavera de Praga.

Este desmarque le hace grato a occidente. Estados Unidos le baila el agua y le halaga por todos los medios. Para los yanquis, Ceaucescu es un tesoro: un disidente que puede llegar a ser una fisura en el monolítico bloque soviético. En los años 70, Rumanía (como Yugoslavia) se beneficia de un volumen de crédito de los bancos occidentales que induce una prosperidad desconocida en el país. Ceaucescu piensa que la industrialización liberará a sus compatriotas del atraso secular del mundo rural agrícola. Por eso pone en marcha una serie de planes quinquenales de inequívoco perfume estalinista, en los que no le tiembla la mano a la hora de demoler pueblos enteros para realojar a sus habitantes en barrios de bloques en torno a los nuevos centros productivos creados de prisa y corriendo con el dinero occidental.

En esos momentos, Ceaucescu se convierte en una referencia para los eurocomunistas (Carrillo, Marchais y Berlinguer). Y en un tipo al que se invita a las mejores casas del mundo: le recibe con honores la reina Isabel de Inglaterra, le visita en Bucarest hasta Nixon, el presidente tramposo. Le invitan a Disneyland, a donde acude con Elena y se deja fotografiar al lado de Mickey Mouse. Hay fotos abundantes de todos estos eventos en Internet, al tipo le gustaba fotografiarse. Para los partidos de izquierda de las democracias occidentales, la prosperidad real o ficticia de Rumanía es una demostración de que el socialismo real puede funcionar si se aplica con imaginación y decisión, y sin el corsé que supone la rígida dirección de la URSS. Poco importa la falta de libertad interior, las férreas condiciones de control de la información y otras minucias, comparándolas con la buena marcha de la economía.

En España, algunos popes de la resistencia clandestina al franquismo, con Carrillo a la cabeza, toman por costumbre pasar sus vacaciones de verano en el Mar Negro, donde los tratan como a reyes. Hay un momento en el postureo de la oposición al tardofranquismo, en que a veces sucedía que uno estaba tranquilamente tomándose una copa en alguno de los cenáculos donde se cocía el bacalao y, de pronto, entraba un tipo provisto de una especie de aura, que producía un silencio a su alrededor. Rápidamente, el típico enterado de siempre te susurraba al oído el dato clave que justificaba esa expectación sobre el personaje recién llegado. A estos efectos había dos temas que puntuaban más que los demás: UNO, éste ha estado detenido y lo han torturado y todo, y DOS, éste estuvo en Rumanía el verano pasado. A veces uno descubría después que el tipo no había pisado una comisaría en su vida, ni por supuesto había visto Rumanía más que en el mapa. Los españoles somos también maestros de hacer como si.

El Ceaucescu de los 70 era un personaje aclamado en todas partes como el liberador de su pueblo, el tipo que demostraba que el sistema comunista podía funcionar, el gran estratega que conducía a su rebaño con mano de hierro al paraíso de la igualdad en la prosperidad, al que incluso se recurría para mediar en Oriente Medio, donde conseguía éxitos nunca vistos. Un ejemplo del carácter indiscutible de su figura es su relación privilegiada con el Sha de Persia y el hecho insólito de que esa relación privilegiada se mantenga con Jomeini a partir de 1979. ¿Cómo es posible que este sujeto brillante y triunfador, se convierta en los 80 en un sátrapa despreciable, un tirano que esclavizaba a su pueblo, ejemplo de todo lo que nunca debería hacer un dirigente, hasta terminar fusilado frente a un paredón por sus propios partidarios? Pues, la solución en el texto siguiente. No hace falta que les aclare que en nuestra tierra los antaño visitantes asiduos de las playas del Mar Negro, reales o ficticios, se apresuraron a borrar este episodio de sus currículums, pasando a negar taxativamente que en toda su vida se hubieran acercado siquiera a los dominios del nuevo apestado mundial. Cosas del postureo patrio.