martes, 19 de marzo de 2013

103. Pozos de nieve y comportamientos endorreicos

De regreso después de una gozosa experiencia recreativo-cultural con el grupo Izquierda Senderista, del que ya les he hablado en ocasiones anteriores (#53 y relacionados), entre el recuento de uñas negras, músculos sobrecargados, rasguños producidos por espinos y moratones por alguna caída inoportuna, me quedo con lo aprendido sobre el entorno de Sierra Espuña, con la simple observación de los paisajes y las explicaciones de los más doctos miembros del grupo, que saben un huevo de geología, historia, fauna y flora de la zona.

El domingo terminamos la caminata en el área de los antiguos pozos de nieve que abastecían de hielo a la ciudad de Murcia. Los pozos de nieve, de los que ahora quedan las ruinas, eran construcciones circulares de piedra de entre seis y doce metros de diámetro interior, cubiertas con unas bóvedas de cañón fabricadas con teja y cañizo sobre arcos de la misma piedra. Los primeros se construyeron a finales del XVI y estuvieron en funcionamiento hasta la última década del XIX, cuando se pusieron en marcha las primeras fábricas de hielo industrial. Existen grupos similares en las umbrías de la Sierra de Alcoy, que abastecían a la ciudad de Alicante, y en las montañas cercanas a los demás grandes núcleos de población del Levante.

Cuando llegaba la temporada de nieve, la actividad en torno a estos pozos concentraba a centenares de jornaleros de los pueblos cercanos, que trabajaban en condiciones muy difíciles, tanto los que operaban en los rasos de la sierra, recogiendo la nieve con pala y acarreándola en capazos de esparto, como los que laboraban dentro de los propios pozos, compactando la nieve con pisones de madera y, en ocasiones, con sus mismas botas como la uva en los lagares, para convertirla en hielo organizado en tongadas separadas con paja y ramaje de enebros. Los jornaleros hacían turnos no superiores a dos horas para evitar congelaciones.

Cuando se acababan las nevadas, el hielo era cortado en barras, que se cargaban en carros de mulas para bajarlas a la ciudad de madrugada. En el transporte, se perdía en torno a un treinta por ciento del hielo, que se derretía. El resto se vendía en los mercados para usos sanitarios (los hospitales tenían cupos fijados de antemano), para conservación de alimentos en los domicilios, y también para fabricación de helados y refrescos para las clases pudientes, lo que explica la tradición heladera de la zona, con marcas como La Jijonenca o La Ibense. La umbría de Sierra Espuña llegó a albergar 38 de estos pozos, que pertenecían a los Ayuntamientos de los pueblos del entorno y al Cabildo Eclesiástico.

Cuando yo era un niño en La Coruña, el hielo de fabricación industrial se vendía todavía en los mercados municipales, como el que había delante de mi casa. Aun conservo el recuerdo de los carros de madera arrastrados por mulas, en los que se apilaban las grandes barras de hielo. El tipo que conducía el carro se cubría con una larga capucha de arpillera y cargaba él mismo cada barra ayudándose de un gancho de hierro que manejaba con soltura. Se cargaba la barra al hombro y te la subía hasta la casa a cambio de unas pesetas, que agradecía con un gruñido.

A mí me daba mucho miedo este trasunto del hombre del saco. A veces me comisionaban para entregarle las monedas y podía sentir un instante el tacto helado de sus manazas húmedas. Era un personaje habitual de nuestras vidas, que desapareció con la llegada de los primeros frigoríficos General Electric y Westinghouse. El domingo recordamos todo esto visitando los restos de los pozos de nieve de Sierra Espuña, bajo la lluvia que nos cayó al final del recorrido, una lluvia que nos caló y nos dejó tan ateridos como los temporeros que se afanaban en esta pequeña industria hace poco más de un siglo. 

Ayer lunes, tras dejar el hotel Los Bartolos, fuimos en coche a visitar la zona de los barrancos de Gebas. Se nos explicó que se trata de una cuenca endorreica, adjetivo que caracteriza a las cuencas fluviales que no llegan al mar, porque tienen un obstáculo que no pueden salvar, lo que hace que el agua se quede embalsada de forma natural. Cuando el terreno es compacto y arcilloso, como en Gebas, el agua de lluvia permanece allí indefinidamente, secándose únicamente por evaporación, lo que genera una concentración de sales importante.

Lo que pasa es que el agua busca siempre avanzar y abrirse camino en la búsqueda de su padre el mar. Poco a poco, las lluvias que caen en estas áreas áridas van erosionando la montaña, abriendo surcos característicos, hasta que el agua alcanza algún río y consigue una salida. A pesar de su aspecto reseco, la zona de los barrancos de Gebas ha conseguido llevar sus aguas al río más  cercano, el Guadalentín, y, a través de él, al Segura, después de siglos y siglos de trabajo. El aporte de estos barrancos hizo que el Guadalentín fuera siempre un río de agua muy terrosa, circunstancia que está precisamente en el origen del nombre que le pusieron los árabes: Oued al Lentin, río de fango.


En las fotos vemos el contraste entre las laderas de sombra y las de sol. Las condiciones de temperatura y humedad que sufren estos barrancos son tan extremas que una simple variación de su inclinación determina que pueda haber o no vida vegetal en ellas. En la zona de sombra crecen unos matorrales redondeados y espesos, llenos de espinas fuertes y punzantes, característicos de las sierras de Murcia. Quien se caiga sobre uno de ellos, tiene garantizadas varias horas de sacarse estas espinas una a una. Esta especie se llama con mucha propiedad cojín de monja. Aquí ven la imagen
 
De regreso en Madrid, a punto de empezar a empaquetar mis enseres para la mudanza que por fin llega, me entero de la noticia de que a la Unión Europea se le ha ocurrido la brillante idea de rescatar a Chipre gravando los depósitos de sus pequeños ahorradores con un porcentaje en torno al diez por ciento, que deberán dar por perdido para que el Banco Central les suelte el dinero del rescate. Como cualquiera con dos dedos de frente podría imaginarse, el resultado de semejante decisión es que los mercados se desploman, la economía se tambalea, sube la prima de riesgo, etcétera.

Y digo yo: ¿tan urgente era rescatar ahora mismo a un país enano, que ocupa la mitad de una isla en el extremo del Mediterráneo (la otra mitad es turca), en el que vive un millón de personas, niños incluidos? ¿A cambio de hacer peligrar un pilar de la confianza global en el sistema como es la seguridad de que los depósitos bancarios son sagrados? Empiezo a vislumbrar un matiz sorprendente de mi teoría de que no somos peores que los alemanes y los demás: la señora Merkel y sus corifeos se empeñan en demostrarnos cada día que son tan tontos como Zapatero, Rajoy y los demás. 

Y, encima, para tranquilizarnos, nuestro gobierno saca al amigo Cañete, el de los viñedos de Jerez, a que diga que aquí no va a pasar lo mismo. Ya lo han oído: el tipo ha salido, ha dicho que el asunto “no es absolutamente contagiable” (sic) y todo el mundo ha echado a correr al Banco a sacar su dinero para guardarlo en un calcetín, que es mucho más seguro. Rajoy no puede perder ni un minuto en hablar al pueblo que lo eligió por mayoría absoluta porque, como siempre, anda con prisa. Debe llegar con puntualidad a la coronación del Papa. Le imagino refunfuñando entre dientes: “y mañana, el coñazo de la coronación”.

¡En manos de qué gente estamos! Políticos de comportamiento totalmente endorreico. Dando vueltas y vueltas para llegar a ninguna parte, como burros en la noria, sin conseguir una vía al mar del liderazgo político. Y el pobre presidente de Chipre (Anastasiades, se llama) haciendo el papelón de dirigirse al país para proclamar que no hay otra salida. Como les decía en mi post #45, para políticos, los de antes: si Europa le hubiera propuesto algo tan indigno al Arzobispo Makarios, no duden de que el tipo habría respondido excomulgándolos a todos, si no agarrando su báculo y emprendiéndola a garrotazos con semejante panda de descerebrados. Ya saben que los ortodoxos no son muy partidarios de poner la otra mejilla.

viernes, 15 de marzo de 2013

102. La fumata no nos deja ver los desahucios

Esta tarde me voy de viaje a pasar el puente de San José haciendo senderismo por el Parque Regional de Sierra Espuña en la provincia de Murcia. Regreso el lunes 18 y es posible que hasta la vuelta no suba más entradas al Blog, posibilidad directamente ligada a las condiciones climatológicas. La base de operaciones la tendremos en el hotel Los Bartolos, en Alhama de Murcia, que tiene WiFi. Si el tiempo es bueno, no creo que escriba nada. Sólo en el caso de que se ponga a diluviar y haya que quedarse un día en el hotel, se me ofrecerá la ocasión de confeccionar alguna entrada en el fin de semana.

No se quejen, que la última vez que me fui de viaje (a Viseu), les dejé colgados cuatro días con una página sobre pedos de las que tanto disfrutan en secreto (lo revela la página de seguimiento del Blog, aunque casi nadie me dice nada al respecto). En esta ocasión les he dejado un buen abanico de asuntos variados, divertidos y polémicos. Algunos más trabajados, como el que explica el origen del nombre de Madrid, otros más gamberros como el de la propuesta de Berlusconi para Papa.

Hablando del Papa, pues estoy encantado de que sea un argentino, vih’te, y encima que se ponga Francisco, Paco para los amigos, Curro para los más íntimos. Tal vez el tipo propicie una mayor relación de la Iglesia con el mundo real. Nadie le pide una gran revolución. Ni siquiera que dejen de ser un Estado con presidente elegido por un sistema medieval, que terminen con la ridiculez de la infalibilidad, o que las mujeres pasen a desempeñar un papel similar al que tienen en el resto del mundo occidental. Sería suficiente, por ahora, con que la Iglesia recuperase la función que desempeñaba en sus inicios y para la que fue creada.

No es algo descabellado. En realidad, todo está ya establecido en las conclusiones del Concilio Vaticano Segundo, el que promovió el mejor Papa de todos los que he conocido en mi vida. Juan XXIII fue elegido como un Papa de transición pero les salió rana a los de la curia. Pensaban que el cardenal Roncalli era un simple anciano de pueblo, simpático y buena gente, pero de poco recorrido. Y el tipo tuvo la sabiduría y la decisión suficientes para dar un volantazo y retomar la senda de la humildad y el servicio a los fieles. El problema fue que sus sucesores pasaron de él, recuperaron todas las prerrogativas de la jerarquía y nunca han aplicado las directrices que el Concilio aprobó.

No es este del Papa un tema que me interese especialmente, pero es difícil sustraerse al circo mediático que se ha montado en torno a la fumata. El País le dedicaba ayer diez o doce páginas y parece que todo el mundo tiene ganas de que la iglesia se democratice. El ruido del cónclave ha impedido prestar la debida atención al fallo del Tribunal de Luxemburgo sobre el tema de los desahucios en España. Qué vergüenza que hayamos tenido que recurrir a Europa para tener un punto de apoyo frente a esa norma abusiva que tantos miles de dramas personales y familiares ha causado (además de un buen número de suicidios).

A lo largo de mis más de cien posts he insistido de forma preferente en unas cuantas líneas que me parece importante que mantengamos, y una de ellas es mi obsesión en demostrar que los españoles no somos peores que los ciudadanos de otros países europeos que nos miran por encima del hombro, como si ellos mearan agua bendita y nosotros fuéramos una especie de apestados. Es una tesis sesgada e interesada, esta de los alemanes y sus corifeos: cuanto más nos desanimemos y nos acomplejemos, más nos van a mangonear y a hundir, en definitiva. Por eso yo me esfuerzo en todo lo que pueda ayudar a promocionar la marca España. Somos cojonudos, coño. Que nadie lo dude.

Lo que pasa es que hay unos cuantos asuntos puntuales en los que de verdad somos diferentes y damos bastante vergüenza. Por ejemplo, que surja el caso Bárcenas y no dimita nadie. O que el juez Garzón destape el Gurtel y la justicia lo condene a él, en vez de a los corruptos. Como ya he dicho en algún post anterior, hacemos también el ridículo internacional cuando nuestro himno se silba masivamente en un estadio, algo que no sucede en ninguna parte y que los extranjeros no entienden. Y, desde luego, nos retratamos internacionalmente con una normativa sobre desahucios que no existe en ningún otro país europeo.

Como no soy un experto en este asunto, ayer llamé a Sagrario Pérez, mi asesora para asuntos económicos a la que tengo un poco abandonada últimamente, para que me explicara la trascendencia de esta decisión de la más alta instancia jurídica europea. Me dio tal cantidad de datos que este semi-post se me queda corto. Además, el tema es tan dramático que se merece que me lo estudie más despacio y prepare un texto exclusivo y bien fundamentado. 

Quedémonos por ahora con unos cuantos flashes. Que la norma que se debe reformar no es tanto la Ley Hipotecaria, como la Ley Reguladora del Procedimiento de Ejecución Hipotecaria, un texto de los tiempos de Franco, que ha sido varias veces revisado a peor, a petición de la gran Banca, tanto por gobiernos del PP, como del PSOE. Que el resultado de esa ley requeterreformada, es un marco totalmente asimétrico para el juego entre el ciudadano y la Banca, que incluye cláusulas abusivas, como la que prohíbe que, en caso de desahucio, el afectado recurra la decisión y el juez pueda siquiera escucharlo (créanselo). Hemos convivido con esa norma durante toda la democracia, sin que alcanzara visibilidad hasta que ha llegado la crisis. El Tribunal de Luxemburgo ha dictaminado que ese marco asimétrico y abusivo es contrario a la normativa europea que protege al consumidor frente a eventuales estafas de quien le vende un producto.

El realidad, todos los países europeos cuentan con una ley que podemos llamar de segunda oportunidad, que, con diferentes condiciones, prevé la contingencia de que un propietario con su casa hipotecada se vea en problemas para pagar las letras de su crédito, por un contratiempo sobrevenido (como paro o enfermedad). En esos casos, la ley faculta a la Administración a designar un árbitro, que se estudia el caso concreto y establece cuánto puede pagar la familia amenazada de desahucio y cuanto puede perdonar razonablemente el Banco. La solución pasa a veces por ofrecer al ciudadano un alquiler social alternativo, lo que permite a los afectados rehacer su vida y su economía.

La solución  que decide el árbitro es buena para todos. El ciudadano no se ve en la calle y el Banco recupera una parte sustancial del dinero, en vez de quedarse con un piso que no le sirve para nada. Esta normativa de los demás países europeos, obvia el debate de la famosa “dación en pago”, que ha sido objeto de una iniciativa legislativa popular suscrita por 1,4 millones de ciudadanos, entre los que me cuento. El asunto es complejo y se merece, como digo, que me tome un largo café con Sagrario para cerrar un texto a la altura de este auténtico drama social.

A las puertas de mi desahucio de la oficina en la que he trabajado los últimos 30 años, estoy especialmente sensible a este tipo de temas (mi drama es infinitesimal, lo reconozco, no es comparable con un desahucio real). La cosa ya tiene fecha programada. Cuando regrese de mi excursión senderista, tendré tres días para empaquetar mis enseres más elementales (del resto, una parte está en mi casa y lo demás irá a la hoguera). El jueves 21, por la tarde se iniciará la mudanza, que se completará al día siguiente. El lunes 25 ya debo ir a mi nuevo lugar de trabajo. De esto también hablaremos en estos días. Que lo pasen bien en el puente. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

101. La historia de “My way”

Superada la centena, vuelvo hoy a otra de las líneas esbozadas en entradas anteriores, la de las historias trágicas que afectaron a personajes conocidos del mundo del rock y la canción popular. Mis posts #49 y 61 aludían a la mala suerte de los negros que trataron de entrar en las listas de éxitos de los blancos. Aquí veremos que también algunos blancos tienen mala suerte y otros, incluso, se la buscan. El hilo que enhebra esta historia es la canción My Way (A mi manera), como saben, uno de los mayores éxitos de Frank Sinatra. 

Después de que en estas páginas se haya hablado sin demasiada saña de personajes como Esperanza Aguirre, Urdangarín, Ratzinger o la Duquesa de Alba, no les sorprenderá que diga que Frank Sinatra siempre me cayó fenomenal. Me parece un actor notable (vean, por ejemplo, El hombre del brazo de oro), un cantante dotado de una voz extraordinaria, y un personaje mediático de primer orden. Ya sé que era amigo de gangsters y él mismo un poco gangster también. Pero yo prefiero un gangster prototípico que algunos de los personajes que pululan por nuestro panorama político actual. A este respecto, les recomiendo otra película extraordinaria: Una historia del Bronx, el primer y casi único largometraje dirigido por el actor Robert de Niro. La integridad que transmite el personaje del gangster interpretado por Chazz Palminteri está fuera de toda duda. Escuchen la canción y seguimos.


Bien. Ahora les pregunto: ¿Conocen la historia de esta canción? ¿Saben quién es su autor? ¡¡Hala!! ¡¡Venga, hombre!! No se tiren el rollo. Confiesen que no tienen ni puta idea. Yo tampoco sabía nada al respecto hasta que presencié una actuación del dúo Toubib. Forman este grupo musical amateur dos personas: Raúl de la Torre y una pianista que lo acompaña. Los dos se ganan la vida como médicos (eso es lo que significa, precisamente, la palabra toubib en árabe), pero algunas noches se citan en cualquiera de los viejos cafés del centro de Madrid para cantar canciones en francés, de Brassens, Brel, Boris Vian y otros. Precisamente este viernes, 15 de marzo, pueden ir a verlos al Café La Fídula, en la calle Huertas. Por Raúl de la Torre supe la historia que aquí les cuento.

Para ello hay que remontarse a Claude François, un cantante francés de los años sesenta que llegó a tener un éxito doméstico notable con unas cancioncillas pegadizas y desenfadadas, que volvían locas a las quinceañeras de la época. Tenía una melenita rubia muy cuidada y, cada vez que la movía, sus fans lanzaban agudos chillidos histéricos, a la manera de las inglesas con los Beatles. A partir de 1962, su carrera fue meteórica, inició una relación sentimental con la también exitosa cantante France Gall, la pareja copaba las portadas del Salut les Copains en competencia con Silvie Vartan, Johnny Holliday y Françoise Hardy y la vida les sonreía.

Las cosas empezaron a torcerse en 1967. France Gall se hartó del tipo de la melenita rubia y lo dejó. A nuestro hombre le entró la pena y se encerró durante unos días a componer una canción muy triste, diferente de todo su trabajo anterior. Esta canción se llamaba Comme d’habitude (Como de costumbre), y hablaba de un hombre que repite sus rutinas de cada día, pero las siente vacías y sin contenido, después de que su pareja le ha informado de que se larga. A ver si les suena.


Enternecedor, ¿verdad? La cosa es que esta canción no tuvo apenas éxito en Francia, porque la gente identificaba al tipo de la melenita con otra clase de temas más alegres. Para tristes ya tenían a Charles Aznavour. Pero llegó a los oídos de un artista americano en decadencia, cuya inspiración flaqueaba, pero que siempre fue un águila para los negocios: el gran Paul Anka. Este hombre vio en la melodía algo que nadie más supo captar y le compró a Claude François los derechos para el mercado anglosajón por cuatro duros. Los tristes es lo que tienen: negocio que hacen, negocio que les sale mal. El espabilado de Paul Anka, que no sabía francés, decidió escribir una letra adecuada a la melodía y se le ocurrió ese motivo del hombre al final de su vida que mira atrás viendo sus éxitos y sus fracasos, asumiendo sus errores y proclamando que todo eso lo hizo “a su manera”. 

Cuando la tocó por primera vez al piano, se dio cuenta de que aquello tenía un potencial extraordinario y que pedía una voz más intensa y potente que la suya. Entonces llamó a Frank Sinatra, que se apuntó al asunto de forma entusiasta y consiguió un verdadero bombazo en 1969. En cuanto a Claude François, logró rehacerse anímicamente, retomó su carrera, pero ya no volvió a ser un cantante de éxito y se limitó a hacer galas televisivas en las que repetía sus canciones de siempre, para unas seguidoras que se habían hecho mayores y ya no daban chillidos histéricos.

Pero el destino le reservaba todavía una última faena. El 11 de marzo de 1978, nuestro hombre se levantó comme d’habitude en su casa de París. También comme d’habitude, entró en el baño y se dio una larga ducha. Aunque ya no volvía locas a las jovencitas, su melenita rubia seguía siendo el elemento central de su imagen y tenía que cuidarla. Así que tomó el secador de pelo y lo enchufó. Para su desgracia, ese día no se había puesto comme d’habitude las zapatillas. Acababa de cumplir 39 años. Sus fans no lloraron mucho su muerte y esa misma indiferencia que sintieron fue su forma de constatar que el tiempo de la juventud había pasado y nunca regresaría.

Como ven, también algunos blancos tienen mala suerte. Y otros se la buscan, caso de Syd Vicious, un personaje que me repele poderosamente. Un hooligan sin la menor sensibilidad, que apenas sabía leer y que todo lo solucionaba a bofetada limpia. Lo traigo aquí porque es el responsable de haber perpetrado una versión delirante del My Way, que abajo les ofrezco. No merece la pena perder mucho tiempo hablando de este animal de pezuña. Hijo de una yonky que se arrastraba por Ibiza vendiendo su cuerpo para pagarse el vicio, el nene salió como salió. A los 14 años vendía droga a sus compañeros de colegio. Aquí tienen una imagen suya con el único gesto que sabía hacer.
 
A los 17 se convirtió en fan de los Sex Pistols, los supuestos inventores del punk (yo sostengo que se lo copiaron a Los Ramones). Iba a todos sus conciertos, en donde organizaba peleas con navajas, botellas rotas, etc. Al manager del grupo se le ocurrió la brillante idea de contratarlo como bajo, aunque no sabía tocar. El tipo daba saltos aporreando el bajo, cuyo amplificador le desconectaban al principio de los conciertos (no se sabe si era consciente de ello). Los llevaron de gira por USA y aquello acabó como el rosario de la aurora, porque el angelito Vicious provocaba al público de la América profunda con gritos como “vosotros cowboys sois todos maricones”, de modo que los conciertos acababan en peleas multitudinarias. Llegados a San Francisco, el grupo se disolvió para siempre sin llegar a tocar.

Syd Vicious era ya presa del personaje público lamentable que habían creado con él, a fuerza de reírle la gracia que no tenía. Grabó el My Way en París y se fue a Nueva York con su novia Nancy Spungen, otra yonky como él. Se alojaron en el Chelsea Hotel, un establecimiento mítico, que se merece una entrada exclusiva en este Blog (y la tendrá). Tras una noche de desmadre, los empleados los encontraron por la mañana, ella muerta de una puñalada y él inconsciente y diciendo que no se acordaba de nada. Lo acusaron de homicidio y entró en la cárcel, de donde lo sacó su discográfica pagando una elevada fianza. El día en que recuperó la libertad, lo celebró organizando una fiesta al límite con sus amigotes. A la mañana siguiente lo encontraron muerto por sobredosis de heroína. Tenía 21 años. Aquí tienen la versión de My Way a cargo de este angelito de vida realmente ejemplar. Ya sé que es vomitiva, pero les pido que la vean hasta el final, porque tiene sorpresa. Además, después de verla, querrán más a sus hijos, por no haber salido así.