jueves, 5 de octubre de 2023

1.250. Batiburrillo indecente

Lo de indecente lo digo sin que la cosa tenga que ver nada con la decencia o no de los conceptos expuestos, sino más bien por el carácter impresentable o indudable de su condición de cajón de sastre de historias que no tienen nada que ver entre sí (como siempre, por otro lado, en este foro), pero esta vez sin que me haya preocupado por hilvanarlas mínimamente con conectores más o menos disimulados. De jueves a jueves, he tenido una semana bastante intensa y llena de citas menos habituales que las del yoga, guitarra, inglés y running. También han llegado a mis ojos y oídos algunos temas que creo que se merecen aparecer aquí, por derecho propio. Por ejemplo, esta carta olvidada en los archivos literarios de un escritor que adoro. Les pido que la lean.

                              París, 19 de noviembre de 1957

                              Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido de todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero, cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin su enseñanza, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero me ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello, continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares que, pese a los años, no ha dejado de ser un alumno agradecido. Un abrazo con todas mis fuerzas.

Albert Camus

(Carta enviada a su profesor de primaria cuando obtuvo el premio Nobel)

Tal vez podríamos acabar el post aquí, es imposible mantener el nivel de emoción y grandeza. Pero es tradición de este blog que los textos sean más largos. Así que continuaré, como de costumbre con el relato de mi atareada vida de jubilado hiperactivo en esta última semana de auténtico Veranillo de San Miguel (al que no hay que confundir con el del Membrillo, si bien en este año tan cálido prácticamente se han superpuesto ambos). El sábado pasado, último día de septiembre, después de correr mis seis kilómetros y medio por el Retiro, desayunar, ducharme y descansar un buen rato, cogí mi coche y me subí a Torrelodones, en donde había quedado a comer en una fresca terraza con mi amigo A., con quien mantengo la relación, unidos por la circunstancia de estar también él separado. Después de una comilona de las buenas, subimos a su pequeño apartamento a echarnos una siesta en sus sofás, para poder yo conducir luego de vuelta con garantías y sin riesgo de que los del antidoping me den un nuevo disgusto, que ya saben ustedes que no está el horno para bollos.

Pero, de vuelta de Torrelodones, no pasé siquiera por casa, puesto que tenía que ir a Palomeras a recoger a mis amigos Henry Guitar y Críspulo, para llevarlos al parque Cuña Verde de Moratalaz. Allí, a las nueve de la noche se celebraba el tercer Festival de Blues de Moratalaz, un evento al aire libre que es de entrada gratuita, puesto que está organizado por la Junta de Distrito y financiado con los presupuestos participativos, una figura que creó Carmena y que el insecto Almeida no ha derogado, al menos por ahora. Con esas premisas, comprenderán que los tres artistas contratados no eran de primera fila, así que me abstendré de aburrirles con los nombres. En la última clase de guitarra, Henry Guitar había comentado como de pasada que la mejor manera de llegar al parque era en coche. La indirecta era obvia, dado que ni él ni Críspulo conducen, pero no tuvo que insistirme para que entrara al trapo.  

Conseguimos aparcar bastante cerca de la entrada del parque y nos dirigimos al escenario. Allí nos juntamos con un cuarto elemento, que vive en Moratalaz y había venido andando, al que se conoce como El Bruja, un argentino mayor que nosotros, también batería y con unas trenzas largas, que nos contó que está casi esperando su primer bisnieto. Encontramos también a otros amigos y amigas y pasamos una noche muy divertida, haciendo uso de los food-tracks, en donde se despachaban perritos calientes, quesadillas y otras delicatessen suburbiales, además de latas de cerveza bien frías. Antes de encontrar al Bruja y a los demás, nos hicimos un selfi los tres colegas, dispuestos a fundirnos la noche de Moratalaz.

Abrió el programa un norteamericano que dijo llevar viviendo en Málaga más de 40 años, por lo que puede deducirse que salió pitando de su país para que no lo mandasen a Vietnam, y ya se quedó, como hacen tantos, encantado de lo bien que se vive por aquí y de poder llevar a los niños al colegio sin miedo a que aparezca un ex-alumno provisto de un fusil de asalto y organice una escabechina. Tocaba él solo una guitarra acústica a mano abierta, sin púa; era un poco cansino, todo el rato insistiendo en los mismos acordes, pero tenía bastante mérito y no me extrañaría que también esté esperando algún bisnieto. Le grabé un pequeño clip, que les pongo abajo, para que vean de qué les hablo. El tipo se daba un aire a mi amigo el Coronel Groucho y tocaba un blues ortodoxo, interpretado con mucho oficio, lo que pasa es que hora y media con ese ritmillo era un poco excesivo.

Siguieron un par de jovencitos multi-instrumentistas de Nueva Orleans, que resultaron también bastante monocordes, con un soniquete de fondo sobre el que improvisaban una especie de rap interminable. Al Bruja ya lo acabaron de rematar y se fue caminando a su casa. Nosotros nos quedamos, aunque era tarde, y bien que mereció la pena, porque la tercera y última actuación corrió a cargo de un guitarrista y cantante danés veterano, con un grupo muy sólido, que hacía un blues fabuloso. El tipo se llama Kenn Lending e hizo las delicias del público, también veterano, que suele acudir a estos saraos. De vuelta con el coche, en dirección a Palomeras, vimos una terracita de lo más coqueta en un parque a medio camino y paramos a tomarnos un vino a la luz de la luna llena. Un momento realmente singular, de esos en que piensas que todo está bien y no hay por qué preocuparse. Yo llevaba ya tres latas de cerveza al cuerpo, pero me tomé mi rioja y tuve la presencia de ánimo suficiente como para llevar a mis colegas a sus respectivos domicilios y conducir luego hasta mi casa sin ningún encuentro desagradable.

El domingo por la mañana, había quedado con mi amiga Claudia Capuleto, compañera del curre en las tareas de participación ciudadana, a la que no veía desde hace año y medio, tiempo que ha estado fuera de Madrid para tener un niño y estirar la baja de maternidad todo lo que ha podido, hasta que ya le han dicho que se incorpore, porque en caso contrario perdería la plaza. Lo malo del tema es que el Área de Urbanismo que ella dejó hace tanto tiempo, ya no existe: ahora la gobierna el señor Borja Carburante, al que el urbanismo como concepto no parece interesarle mucho, y todavía menos su enfoque participativo. Quedamos por el Retiro, para que el niño correteara por allí y se lo pasara pipa, mientras nosotros hablábamos de lo divino y lo humano. Yo creo que no es sólo el Área Municipal de Urbanismo lo que se ha deteriorado, sino la ciudad en su conjunto. A la vuelta de la pandemia, esta ciudad se ha vuelto antipática, está muy sobrecargada de tráfico y turistas y sufrimos a un Alcalde que no tiene la menor idea de a dónde vamos. En fin, el niño es guapísimo y nos hicimos diversas fotos, que su madre y yo hemos decidido no publicar en el blog para preservar su intimidad, puesto que no podemos preguntarle qué opina al respecto.

La tarde del domingo me la pasé en casa descansando en compañía de Tarik Marcelino Martínez, y preparando la charla que debía dar el lunes por la mañana, para la que estaba citado a las 10.00 en la cafetería de profesores de la ETSAM con mi amiga Sonia de Gregorio que, un año más, me ha requerido para que les cuente a los alumnos de su máster el proceso de realojo de Palomeras y otros barrios de Madrid. El lunes me tomé mi correspondiente té de ginseng rojo coreano y cogí el coche para acercarme a la escuela. Mi clase duró dos horas, hasta las 12.30 y quedó muy bien como suele suceder; es este un tema muy vistoso, del que los chavales no saben nada y Sonia me deja espacio para contarlo en profundidad, lo que siempre es de agradecer.

Volví a casa y me comí un par de tostadas con tomate y jamón, para no tener el estómago muy lleno para el yoga de las 19.30, tras el que me pasé por la Cervecería de Santa Ana a tomarme una ración de ensaladilla rusa. El martes tuve mi clase mañanera de inglés y luego me acerqué a la zona de Concha Espina, en donde habíamos quedado unos cuantos ex-compañeros de curre, que mantenemos la buena costumbre de seguirnos viendo, una peña en la que están África y el Ateo Piadoso, entre otras colegas. Y por la tarde, volví enseguida a casa, porque tenía la sesión inaugural de curso de Billar de Letras, en torno a la novela de Lara Moreno La Ciudad, recién publicada por Lumen. Es una novela magnífica que cuenta la vida angustiada de tres mujeres que viven en el mismo portal de la Plaza de la Paja. Una chica de buena familia que vive una relación tóxica, una colombiana que trabaja de asistenta en otra de las casas y una marroquí, la que tiene la vida más aperreada de las tres, porque ha encontrado un curre como portera mientras busca a su hijo que vino de emigrante y no sabe siquiera si consiguió cruzar el mar en la patera.

Lara Moreno es una escritora bastante joven, natural de Huelva, pero que vive en Madrid hace años. Esta es su tercera novela, aunque tiene varios libros de relatos y escribe columnas breves en El País, con bastante sentido común, siempre con mucha empatía con la gente que sufre. Su primera novela, Por si se va la luz, se comentó también en Billar de Letras y, tanto ella como Ronaldo se acordaban de los comentarios que yo hice en aquella ocasión, hace como cuatro años, puesto que yo creo que fue antes de la pandemia. Fue una sesión muy interesante del que por algunos está considerado como el mejor club de lectura de España y así se ha dicho en algunas revistas.

Lo que nos lleva a ayer, miércoles, día en que llegaba mi hijo Kike a Madrid, para trabajar en la sucursal de su empresa en Torrejón de Ardoz durante todo el día. Yo tenía mi clase de guitarra en la que me suelo quedar después de las 19.30 haciendo tríos con los alumnos de los turnos siguientes, pero esta vez me fui a la hora exacta, porque tenía entradas para ver a Frank Turner, un cantautor británico bastante exitoso. Kike me dijo inicialmente que se vendría conmigo, pero luego se le complicó el día y yo terminé por ir con una amiga. El concierto era en la sala Nazca, que está en el centro comercial AZCA y es un lugar de tamaño medio, bastante agradable para escuchar música en directo. El tal Frank Turner es un fornido y enérgico mocetón, que acompaña con una guitarra acústica sus canciones de aire irlandés, arropado únicamente por un colega provisto de una mandolina.

El tipo empezó en la música como cantante de un grupo de hardcore rock que se disolvió en 2005, momento en que inició su carrera de cantautor, de la que lleva ya nueve álbumes publicados. Es muy simpático y explica cada vez el sentido de la canción siguiente, o las circunstancias en que la compuso. Y lo sorprendente es que el público se sabía todas sus letras y las coreaba a voz en grito, entusiasmo que se mantuvo durante las casi dos horas de concierto. El más peculiar de sus temas es la canción Miranda. En ella habla de su padre, con el que se llevaba fatal, estaban todo el día peleándose, hasta el punto de que se pasó seis años sin hablarse con él ni saber nada de su vida. Tras esos seis años, su padre le llamó un día y le contó que se había cambiado de sexo y ahora se llama Miranda. Desde entonces se llevan fenomenal y por eso le compuso la canción. Interesado en saber si esta historia es cierta, he encontrado una entrevista con él en la que se ve una foto de la tal Miranda, con un vestido azul. Pueden verla abajo. Pónganle los subtítulos.

Se cuenta en esta entrevista que Frank tuvo una infancia difícil, con miseria, malos tratos y disfunciones familiares diversas que le llevaron a la droga y al punk extremo. Ahora parece rehabilitado, contó que se ha casado el año pasado y que espera componer una familia mejor que la suya. Aproximadamente a un tercio de concierto irrumpió en la sala un grupo ruidoso que venían de ver la victoria del Atlético de Madrid en la Champions y que empezaron a dar botes con la música, montando el típico exceso del baile que se denomina pogo, consistente en empujarse, darse codazos y golpes y aguantar todo eso con una sonrisa en la boca: no pasa nada, es pogo. El más follonero de los que entraron, vestido con una camiseta del Aleti con el nombre de Morata, de pronto me reconoció (era mi amigo Felipe) y me llenó de abrazos y besos sin dejar de saltar, lo que me terminó de joder el prestigio con la chica que me acompañaba, a la que ya no se le quitó la cara de asco hasta el final del show. Entre medias le grabé también un clip a este curioso cantautor.

Cosas que pasan en la ciudad. Llegado a casa, me esperaba Kike a quien le había hecho los honores el gato Tarik, que se lo pasa en grande cuando viene algún visitante a casa. Hablando de Tarik he descubierto un rasgo de conducta típicamente felino, que distancia definitivamente a estos animalitos de los perros. A un perro, cuando hace una trastada y le regañas mucho, lo entiende y trata de no hacerlo más. Para un gato es incluso un acicate: a la travesura, además de la diversión intrínseca que tiene, se le añade el interés de que le persigas y se escape, doble motivo de satisfacción. Por ejemplo, Tarik agarra en la boca una de mis zapatillas de casa y la sube encima de la cama. Yo le regaño: cabrón, marrano, eso no se hace, le enseño la zapatilla y a lo mejor hasta le doy un cachete. En pocos segundos, coge otra vez la zapatilla y, asegurándose  de que lo estoy viendo, la sube a la  cama y espera alerta a que vaya a reñirle. Antes de que llegue, sale cagando leches a esconderse. Adrenalina gratis. 

Tarik carece de bases conceptuales de lo que podemos llamar comportamientos éticos o morales. O sea, que estos conceptos se adquieren por educación (entre los humanos) o a la fuerza (los perros). No me extraña que los gatos caseros sean seres tan felices. Tienen todo el día para dormitar, rascarse la barriga, acicalarse, divertirse y reclamar comida a su amo-mayordomo. Dice África que Tarik es fotogénico y lo sabe, por eso posa con tanta naturalidad. Les dejaré con uno de sus últimos retratos. Sean buenos.

jueves, 28 de septiembre de 2023

1.249. Mi carta abierta al Defensor del Pueblo

En la larga lista de textos que tengo pendientes de escribir para ustedes (incluyendo dos necrológicas ineludibles de los dos amigos que he perdido recientemente), hay un tema que hace ya tiempo que tengo en cartera, aunque quizá hasta ahora no he tenido la suficiente perspectiva para verlo con ánimos calmados. En el mes de marzo fui objeto de una actuación en mi opinión injusta e inadecuada por parte de un servidor de la Ley. Haciendo uso de mis derechos, escribí al Defensor del Pueblo y creo que lo mejor es que transcriba aquí esa carta, donde se describen los hechos, para seguir más abajo con los correlatos e historietas derivadas. Vamos, pues, a ello. Como digo en el texto, tuve la oportunidad de conocer un día al señor Gabilondo, lo que me lleva a caer en un cierto colegueo un tanto almibarado e indecente, del que les pido disculpas, únicamente destinado a que el tipo me hiciera más caso, con los resultados que se verán.

                              Carta abierta al Defensor del Pueblo

En Madrid, a 21 de mayo de 2023

Estimado Ángel, perdona que me dirija a ti directamente, ya sé que seguramente esta carta será leída inicialmente por alguno de tus ayudantes, pero es que se da la circunstancia de que tuve el privilegio de saludarte en una ocasión. Siendo todavía funcionario municipal en activo, mi amigo Antonio Lucio, letrado de la Asamblea de Madrid, me invitó a comer con él en la cafetería del edificio. A medio almuerzo apareciste por allí y saludaste a Antonio, que nos presentó de inmediato. Te diré también que he servido en el Área de Urbanismo del Ayuntamiento de Madrid durante casi 40 años, hasta que cumplí los 70 (ahora tengo 72).

Al saludarte, supe al instante que eres un buen lector; yo soy escritor, estoy en posesión de un premio de novela corta y tú sabes que el hecho de la literatura se produce cuando alguien escribe algo y otra persona lo lee y disfruta con ello. Por eso me gustaría que leyeras esto, no vas a perder mucho tiempo en ello. Ciertamente he sido objeto de un trato inadecuado, en mi opinión, por parte de alguien que representa a la autoridad municipal, un asunto nimio, pero del que creo que es mi deber como ciudadano defenderme. Vamos a los hechos.

Por circunstancias, he terminado por vivir solo en el centro de Madrid y llevaba tiempo intentando hacerme con un gato, animales por los que siento una gran afinidad. Por fin me anunciaron que me traían el ansiado gato el 28 de marzo pasado. El día anterior, lunes 27, cogí mi coche para acercarme a la tienda Kiwoko de la Avenida de los Toreros. De allí salí cargado con una serie de pertrechos voluminosos y pesados. Un saco de arena de 16 kilos, otro de comida para gatos jóvenes más o menos del mismo porte y peso, un arenero con caperuza, un poste de cuerda con su base para el afilado de uñas, una camita acolchada y algunos objetos más. Debía descargar todo ello a la puerta de mi casa, calle Alameda 22, porque mi plaza de garaje está muy lejos, y avisé por teléfono al portero de la finca para que me ayudara y no tuviera que tener mucho tiempo el coche detenido frente al portal, estorbando el posible tráfico.

Frente al número 22 está la llamada Plaza de las Letras, urbanizada en tiempos de Ruiz-Gallardón. Esta plaza estaba originalmente rodeada de bolardos, pero los dos de la esquina fueron arrancados por los vecinos hasta tres veces, momento en que el Ayuntamiento decidió no reponerlos más. La falta de esos bolardos permite meter un coche o furgoneta en la esquina para descargas más complicadas, como en una mudanza. Desde entonces los vecinos utilizamos la esquina de esta forma de manera natural. Cuando tuve que prepararme mi oposición de funcionario TAE del Área de Urbanismo, aprendí que las fuentes de la Justicia son tres: las leyes (los textos escritos y aprobados como tales), la jurisprudencia (resoluciones anteriores de casos similares) y la costumbre. Después de años de actuar así, los vecinos de la zona hemos hecho de la costumbre de descargar en ese lugar un asunto de justicia.

Llegué al lugar, hube de maniobrar para meter mi coche en el rincón citado y, cuando ya me iba a bajar, por el retrovisor vi a un joven enfundado en un chaleco naranja reflectante, provisto de gafas negras, casco y numerosos pertrechos colgantes de la pechera que, medio subido a una bicicleta, me hacía gestos negativos con el índice a guisa de limpiaparabrisas: que no, que no, que no. Bajé el cristal, le aclaré que era sólo un segundo para descargar unos bultos muy pesados (el portero ya andaba por allí al quite). Me dijo que no se podía aparcar allí y que por favor sacara el coche inmediatamente. Bajé la cabeza, metí la marcha atrás y desde el asiento le dije: Entonces, si no me deja usted utilizar la esquina, tendré que descargar en la calle. Reconozco que esto fue un error, pero a mí no me enseñaron de pequeño a ser sumiso cuando alguien me atropella. Tal vez debería haber dicho algo así: Cómo no, señor agente de movilidad, agradecido de cumplir sus órdenes que tanto ayudan a los ciudadanos.

Dije, sin embargo lo otro. El señor agente se puso inmediatamente muy tenso: ¿Eso es una amenaza? No, no, no señor agente, para nada, sólo es el anuncio de lo que voy a hacer. El tipo se puso histérico, y empezó a gritarme: −Es que no se puede parar ahí, váyase, váyase. Yo ya me afanaba con el portero en bajar todas las cosas, con la mayor presteza, diciendo: ya me voy, ya me voy. Subí al coche y, desde atrás, el enfurecido agente gritó: −¡¡Ya se acordará usted de mí cuando le llegue una multa de 200€ por pararse en medio de la calle!! ¡¡Y otros 200 por desobediencia!! Por cierto, el agente tenía una compañera, que durante todo el episodio miraba al suelo y movía la cabeza negativamente, tal vez desolada ante el cirio que estábamos montando. Pero así fueron las cosas y el portero (que está más indignado por todo esto que yo) me dice que él iría a ratificar mi versión donde hiciera falta.

En realidad, lo que hice fue una operación mucho más rápida que la que hace, por ejemplo, un taxi que trae a un vecino desde el aeropuerto con sus maletas, o alguna señora impedida a la que han de ayudar a bajarse. Es algo permitido y yo no estorbaba a nadie, puesto que ningún vehículo venía por la calle. ¿Estoy obligado a obedecer una orden injusta o desproporcionada? Yo creo que estos agentes de movilidad están para ayudar; en realidad, lo que tendría que haber hecho este señor es facilitarme la descarga, tengo 72 años y los aparento. Como conservo contactos en el Ayuntamiento, unos días más tarde conecté con gente del Área de Seguridad, a los que ingenuamente les planteé que tal vez las amenazas de este señor fueran de farol y, una vez desahogado, se abstuviera de tramitar las sanciones indicadas. Mi colega me desengañó. Un tipo que se ha portado de esa manera contigo –me dijo– revela ser una clase de persona; ni lo dudes que te pondrá la mayor sanción que pueda.  

Un mes después me llegaron los dos temidos sobres. Con dos sorpresas, una agradable y la otra no. La agradable era que la multa primera, por estacionar en vía pública de tránsito (sic), era sólo de 90€. He de decirle que la pagué inmediatamente, como tengo por costumbre: por 45€ se terminó el problema. Eso no quiere decir que esté de acuerdo. Según el código de la circulación, que tuve que aprenderme para sacarme el carné, yo no estacioné el coche, sino que me detuve. Me baso para afirmar eso en que no apagué el motor ni cerré la puerta del conductor durante todo el trámite, el portero puede certificarlo. Eso es detenerse, no estacionar. Pero ya está pagada y punto. La sorpresa desagradable venía en el otro sobre. No por la cuantía de la sanción por desobediencia (los 200€ previstos), sino porque comporta la pérdida de 4 puntos del carné.

Francamente, a mi edad y con mi forma de conducir ultraprudente, no voy a tener tiempo de perder los once puntos que me quedan. Pero otra de las cosas que he aprendido en mi larga vida funcionarial es que las sanciones tienen que ser proporcionales a los delitos sancionados. Quitarme 4 puntos por esta historia es tan desproporcionado como ahorcar a manifestantes iraníes, con perdón de la comparación. La carta me instaba a identificar al conductor, cosa que hice enseguida. Ahora estoy a la espera de que me llegue la sanción y, salvo que tú me indiques lo contrario, pagaré la cuantía reducida, 100€, cuyo ahorro no me sacaría de pobre. Mi experiencia con los recursos a las multas es que no sirven para nada, sólo para alargar el tema y terminar pagando el doble, así está organizado.

¿Por qué te escribo entonces? Pues tengo cuatro razones. La primera es obvia: soy escritor y tengo la rutina compulsiva de, cuando me sucede algo como esto, escribirlo. No lo puedo evitar. Segunda razón: como ciudadano de Madrid, creo que es mi deber denunciar un comportamiento de un supuesto servidor del orden que me parece inapropiado, excesivo y bordeando el acoso a un pacífico ciudadano de edad avanzada. Tercero: como he dicho, la circunstancia de que me quiten cuatro puntos del carné por esa mamarrachada es algo que añade al tema un punto humillante del que entiendo que me debo defender con mis armas, que son las de la escritura.

Pero la razón número cuatro es la fundamental y es por la que me dirijo a ti. Porque quisiera pedirte, respetuosamente, que indagues sobre este asunto y que hagas por ponerlo en conocimiento de los superiores del agente de movilidad de marras. Creo que este suceso revela un talante muy distinto del que debe tener un servidor público y me gustaría que este asunto, previas las comprobaciones que correspondan, cristalizara en una anotación en su expediente. ¿Con qué objeto? Bueno, creo que lo más probable es que este señor no sea objeto de nuevas quejas o denuncias. En ese caso, quedará acreditado que es un buen agente de movilidad, que simplemente el 27 de marzo tenía un mal día, algo que nos puede pasar a cualquiera. Tal vez padece del estómago, tenía acidez o reflujo, o su señora no le había prestado la atención que él esperaba la noche anterior. O estaba luciéndose ante su compañera, como me pareció intuir. Todo esto son fabulaciones, discúlpame, los escritores traemos de serie una cierta capacidad de fabular.

Pero también es posible que este señor induzca más sucesos como el relatado, que indignen a otros ciudadanos. En ese caso, ya no se trataría de alguien con un mal día, sino de una pauta de comportamiento. Y creo que, ante un agente con pautas como esa, sus superiores sabrían enseguida lo que hacer. Perdona la longitud de este texto, no tengo facilidad para el microrrelato, esto es casi un desahogo, y me da apuro distraer tu tiempo de asuntos imagino que más graves que llegarán a tu escritorio. Sí me gustaría que me contestes, y no con una respuesta automática, de las que elabora el algoritmo correspondiente, sino con algo más personal, si ello es posible. En cualquier caso, aprovecho para enviarte un fuerte abrazo.

Hasta aquí la carta. Recapitulemos. Recién sucedido el asunto que he contado, yo estaba súper indignado. El dinero pagado por las multas lo daba por perdido y creo que bien empleado, como una especie de impuesto adicional. Pero lo de que me quitaran cuatro puntos del carné, me parecía (y me sigue pareciendo) un despropósito. Como suelo hacer en estos casos, yo se lo contaba a todo el mundo: a los del grupo de inglés, a los vecinos, a los del Ricla, a mis amigos. Un día bajé a la calle y vi un coche de policía municipal estacionado en la plaza (los polis también conocen el rincón de marras), seguramente controlando que no se vendiera droga por allí. Me acerqué y les conté el incidente, señalando los diferentes lugares. Me escucharon y me dijeron que yo tenía derecho a denunciar cualquier actuación que considerase injusta, llamando al 010. Así lo hice y la chica que me atendió no se lo podía creer. Me pidió que le dictara un escrito contando lo que me había pasado, me lo leyó y me dijo que inmediatamente lo mandaba al sistema SyR de Sugerencias y Reclamaciones.

En ese momento supe que esa gestión no serviría para nada. Antes de los brillantes últimos cinco años de mi carrera administrativa, me tuvieron un tiempo semidefenestrado, durante el cual me ocupaba, entre otras tareas coñazo, de coordinar las respuestas del SyR que enviaban al Área de Urbanismo. Por decirlo con crudeza, el SyR es un sistema que creó Ruiz-Gallardón para simular una especie de participación ciudadana, que brillaba por su ausencia hasta que llegó la señora Carmena, que no lo suprimió porque se supone que algo hace, o al menos es una vía para que el ciudadano se desahogue. Les diré que yo no pensé en quejarme hasta que me comunicaron que me quitaban cuatro puntos del carné. Entonces abrí la vía del SyR y la del Defensor del Pueblo. Y esperé. Como vi que nadie me contestaba y que se me acababa el plazo para pagar la multa al cincuenta por ciento, la pagué también, como la primera:100€.

Mucho después, me llegó la respuesta del Defensor del Pueblo. Ciertamente elaborada por un algoritmo: esa institución interviene únicamente cuando el afectado ha agotado las vías de reclamación pertinentes, en este caso las del Ayuntamiento de Madrid, a quien debía dirigirme primero. La verdad es que no esperaba mucho más del señor Gabilondo, a quien en este foro se ha calificado reiteradamente de mandiles y que fue el responsable de aupar a la presidencia de la región madrileña a la señora Ayuso, haciendo una campaña electoral blandita y floja, que no ilusionaba a nadie. Para responderme con eso no hacía falta tenerme esperando un mes. Algo más tardó la respuesta del SyR, y esta sí que tenía un poco más de chicha.

Para empezar, se disculpaban por la tardanza en responder, que justificaban por haber requerido la versión del agente de movilidad implicado en el incidente. Le localizaron, hablaron con él y el tipo les dijo que yo había desobedecido su orden de detenerme en una zona peatonal para descargar unos bultos. En consecuencia, su actuación se consideraba correcta. Supongo que pillan los matices. Este señor miente como un bellaco. Es lógico y es humano: si admitiera que las cosas fueron como yo las cuento, no tendría agarradera ninguna. Para empezar este señor unifica en un solo incidente, un suceso que tuvo dos partes, como los partidos de futbol. En el primer tiempo, yo intento ciertamente detenerme en una zona peatonal y el agente, que es un novato en el barrio y desconoce que todos los vecinos lo hacemos así, me da la orden de quitarme de allí, orden que yo obedezco (no de buen grado, pero refunfuñando con educación).

Eso abre el segundo tiempo del partido, en el que el agente, histérico perdido, me da una orden injusta, tratando de impedirme descargar en la calle. Esta orden injusta yo la desobedezco. Aunque un abogado hábil podría argumentar que en realidad la cumplí, si bien no a la velocidad que me pedía el agente. O sea que lo que dice este señor es mentira. Pero en esa mentira, dice una cosa cierta: lo que yo intentaba era detenerme. Sin embargo, a mí me han multado por estacionar. Unas contradicciones suficientes como para que yo reclamara de nuevo al SyR y pidiera un careo con este señor. Esta contestación denegatoria también me abría la puerta a volver a escribir al Mandiles, tras haber agotado aparentemente la vía reclamatoria municipal. Pero aquí se me planteó una cuestión de tipo ético-práctico, que voy a tratar de explicarles.

En el mundo hay dos clases de personas. La clase 1 está básicamente disconforme con el mundo en que le ha tocado vivir, acumula un rencor sordo en su alma y sale cada mañana de su casa decidido a buscar ocasiones en las que alguien le ofenda, para lanzarse a protestar a gritos echando fuera su frustración acumulada. Eso explica la cantidad de tipos que se vuelven auténticos energúmenos al volante, tocan la bocina reiteradamente, o proclaman al mundo la injusticia que acaban de sufrir, con grandes aspavientos dedicados a un público muchas veces inexistente. Yo claramente pertenezco a la clase 2, la de los que no salen de su casa vigilando a ver si alguien les falta o les ofende, porque están básicamente a gusto en el mundo. Para un tipo de la clase 1, un incidente como el que a mí me sucedió, sería un auténtico tesoro. Con un punto de partida como el que yo tengo (dos vía de reclamar, sobre la base de que el agente de movilidad miente), este hipotético indignado presunto, tendría un entretenimiento maravilloso en el que centrar su esfuerzo y su vida, al menos hasta Navidad, si no más.

Yo sin embargo, no soy amante de estas pendencias. A mí perder el tiempo en semejantes gestiones me resulta aburrido y lamentable. Pero, por ejemplo, mi querida África, a quien he comentado por encima los hechos, me dice que, si está convencida de tener la razón en un asunto de este tipo, ella va a seguir peleando hasta el final. Una opinión respetable. Pero, vayamos a lo práctico. Este incidente ha tenido sobre mí tres efectos. UNO: he pagado injustamente 145€. Estoy convencido de que es imposible recuperarlos y en caso de que lo imposible fuera posible (Rajoy dixit), recuperar esa cantidad no me iba a secar de pobre. DOS: la pérdida de cuatro puntos del carné. En relación con este tema le digo al Defensor del Pueblo una pequeña mentira. No tengo once puntos sino nueve. Me quitaron dos hace casi dos años por un exceso de velocidad anterior a mi operación de cataratas y estaba a punto de recuperarlos.

Pero he entrado en la página de la Dirección General de Tráfico a informarme de los detalles. Los cuatro puntos me los han quitado en julio. Y, si durante dos años no me pillan en ninguna otra infracción, automáticamente recupero los 12 iniciales del carné por puntos. Con otros dos años limpios volvería a 14 y con otros dos más a los 15. Con la forma que tengo de conducir, prudente y respetuosa de las señales ahora que vuelvo a verlas con nitidez, lo normal es que vuelva a recuperarlos. Así que tampoco es para tanto. Quedaría sólo el efecto TRES: la humillación que todo esto me supone. Por un lado, estos sentimientos se van disipando con el tiempo. Pero además, es que la diferencia de talla y de trayectoria de los dos implicados en el incidente es descomunal.

De un lado, un señor que ha trabajado casi 40 años al servicio de la ciudad, con un desempeño excelente reconocido por todos; que además ha logrado un premio de novela corta dotado con 6.000€, ha corrido diez maratones y tiene dos hijos cojonudos que se ganan la vida por sí mismos en plazas tan prestigiosas como Londres y París. Y lleva once años manteniendo un blog de puta madre, tiene un gato maravilloso, da conferencias en tres idiomas, hace yoga y toca blues con bastante hondura. Y que no tiene abuela, como saben. ¿Quién hay al otro lado? Pues discúlpenme, pero al otro lado hay un mierda. Un tipo de unos 30 años que no ha sido capaz de estudiar carrera o profesión alguna y se ha de conformar siendo un simple agente de movilidad y ni siquiera eso lo hace bien. Decía yo al Defensor del Pueblo que este señor tal vez era una buena persona que tuvo un mal día. Su mentira posterior me hace pensar que es un mierda. Su incidente conmigo es similar a que me picara un mosquito, algo molesto sin duda, pero con similar diferencia de tallas.

Así que he decidido no hacer nada más y estoy feliz de haber terminado con este enojoso y aburrido tema. Para el efecto TRES, basta con desahogarse y eso es lo que estoy haciendo yo con este texto. Además, es bueno aprender a gestionar las decepciones, ejercer la tolerancia a la frustración, que dicen los psicólogos. No siempre se puede tener lo que se quiere, a veces uno se frustra y debe gestionarlo de alguna manera. A mí me gustaría que mis dos amigos recién perdidos no se hubieran muerto, pero tengo que convivir con ello y tratar de que no me afecte demasiado. Ese sí es un tema grave y trascendente. En cualquier caso, me gustaría que mis lectores aportaran su opinión. El Ateo Piadoso, por ejemplo, que ha reaparecido después del verano, seguro que tiene sabias aportaciones al respecto. En fin, hablando de asumir las frustraciones, creo que viene al pelo un blues que les voy a dejar de propina, para que se relajen. El tipo que lo interpreta es inglés, muy joven y muy bueno. Se llama Connor Selby y cuenta su historia con una sensibilidad realmente conmovedora. Disfrútenlo, sean buenos y tengan cuidado con los agentes de movilidad.

domingo, 24 de septiembre de 2023

1.248 En un mundo ajeno

Ayer todos los diarios generalistas dedicaron amplios reportajes al celebrar el 80 cumpleaños de Julio Iglesias. Entiendo que a este señor se le homenajee en los medios llamados del corazón (que yo llamo de melón), pero: qué importancia tiene esta efeméride para que aparezca en lugar destacado en El País y los demás. Para colmo, resulta que también ayer era el 74 cumpleaños de Bruce Springsteen y hubiera sido el 97avo de John Coltrane, conmemoraciones a las que la prensa no dedicó ni un renglón. Cosas como esta explican que en mi ciudad acabe de ganar por mayoría absoluta el señor Almeida, un enano físico y político, secundado por su hombre fuerte Borja Carburante, también enano de estatura, aunque más formadito, como solía decirse. Es que está claro que el que está descolocado en este mundo de mierda soy yo, los demás están encantados de que los hayan parido y se sienten muy protegidos en este entorno dominado por los Rubiales y similares.

Escribo esto con inusual amargura, después de que anoche falleciera mi queridísimo amigo X, el segundo de los ilustres seguidores de este blog que pierdo en un mes y estoy de un humor de perros. Ambos, Mariano y X, hacían el mundo más agradable y divertido, ambos terminaron sus días con una dignidad pasmosa y los voy a echar mucho de menos. A los dos les debo sendos posts exclusivos, que antes o después publicaré. Y maldita la gana que tengo hoy de escribir un post. Lo que pasa es que, si no dejé de escribir cuando falleció mi hermano Viti hace ya cerca de diez años, pues está claro que tengo que seguir manteniendo vivo este blog. The show must go on. Y, como tampoco tengo muchos ánimos para otras digresiones, pues dejaré fluir la pluma un poco al tuntún, empezando por contar algunas cosas que me han mantenido entretenido en esta semana desde mi texto anterior.

El martes, quedé a comer con mi última jefa del trabajo y mi compañera M. iniciativa que partió de mí para ver si las animaba un poco, puesto que a la primera la ha cesado el Carburante y la segunda está bastante huérfana de trabajos y objetivos también. No tenía muchas ganas de volver a la oficina, la última vez que les visité fue cuando fui a recopilar firmas para que se pudiera presentar a las elecciones locales mi amigo Luis Cueto y me tocó aguantar que me dieran lecciones de izquierdismo determinados compañeros que iban en pantalón corto cuando yo me estaba pegando con los grises en los campus universitarios y las calles de la dictadura. La posterior debacle de la izquierda y el desembarco del Carburante terminaron por echarme un poco más de ese lugar donde cada vez conozco a menos gente.

Pero sucedió que, desacostumbrado de ir en coche a los Recintos Feriales, junto a los cuales está mi oficina, calculé mal y llegué con mucha antelación. Así que decidí subir un rato a la planta en la que trabajé siete u ocho años. Me pareció que el lugar estaba muerto. No se escuchaba ni el runrún típico de los lugares de trabajo. Vi muchas caras desconocidas y muchos cambios de personas en los despachos. Por fin encontré a un par de delineantes de los que estuvieron un día a mis órdenes y les pregunté qué tal con la nueva jefa. Me desvelaron el chiste que circula por la planta: han cambiado un Ferrari por un Twingo. Salí rápido de allí y me fui a tomar una caña donde mis amigos Sonia y Mon, que estaban ocupadísimos porque había una feria importante ese día. Desde allí caminé hasta el restaurante donde había quedado con mis amigas. Lo que hablé con ellas es ya secreto del sumario. Sólo diré que no conseguí grandes logros en mi empeño de animarlas.

El miércoles reanudé mis clases de guitarra. Henry y yo veníamos los dos con ganas de hablar un poco para plantear el nuevo curso. Yo intervine primero. Le dije que tengo muy claro que lo que yo quiero tocar es blues y para eso tengo que pasarme a la guitarra eléctrica y aprender a tocar con púa. Estuvo de acuerdo, pero él iba más allá. En el curso anterior, cada alumno disponía de media hora de clase en exclusiva pero, a medida que avanzaba el año, todos empezamos a quedarnos más tiempo para tocar un rato juntos, hacer tríos e incorporar una batería que Henry tiene por allí. La cosa culminó en la audición que hicimos el último día para los familiares de algunos de los alumnos. La cosa nos salió tan bien, que Henry quiere profundizar en esa línea, con la idea de ir montando una especie de combo.

Para ello, yo tengo dos guitarras eléctricas en casa y me vendría bien llevarme una a la escuela y dejarla allí, para tener la otra en casa para practicar. También nos vendría bien hacernos con un bajo para completar el aparataje del combo. Entonces recordé. En mi casa hay ahora mismo cuatro guitarras: una eléctrica que me regaló mi amigo P. y otras tres que son de mi hijo Kike: una española, una eléctrica y un bajo. Recordarán que Kike tocó en un grupo de hardcore rock durante cinco años y que por esas fechas vivía en mi casa. Cuando el grupo se disolvió y él se fue a París, dejó los instrumentos en su cuarto. Así que le llamé para preguntarle si podía hacer uso libremente de todo ello: Me dijo que por supuesto y se sorprendió de mi pregunta. Desde luego, los instrumentos citados son de su propiedad y van a seguirlo siendo y entiendo que yo no puedo hacer nada con ellos sin preguntarle primero. Qué menos.

Así que, el próximo miércoles me iré con una de las guitarras eléctricas, además del pequeño amplificador que me compré hace más de un años, a ver si lo ponemos en carga. Hasta que reabran la Línea 1 de Metro, tengo que ir a Palomeras en coche, lo que me viene bien para estos traslados de los pesados aparatos. El jueves, como acostumbro últimamente, comí un pequeño sándwich para llegar a mi clase de yoga con el estómago vacío. Y sucedió que mi profesora no estaba y la sustituía el director de la escuela. Aproveché para cantarle las cuarenta y decirle que todos los cambios que han introducido me van mal. Que el yoga a mediodía era perfecto. Que eso de parar dos semanas en Navidad, otra en Semana Santa y un mes entero en agosto es una faena para mí. Y que la supresión de las clases on line me impide seguir asistiendo virtualmente cuando esté en París o Londres.

Me habló de razones económicas. La clase del mediodía apenas tenía alumnos y perdía dinero con ella. Claro, a esa clase íbamos cuatro gatos y teníamos mucha más atención personalizada del profesor de turno. Realmente era un lujazo, completado con mis comidas en el Ricla, tras las que volvía a casa con una sensación de paz notable. Ahora voy a las 19.30, estoy hasta las 21.00 y salgo a comerme algo al Ricla los jueves. Los lunes está cerrado, lo mismo que el Revuelta, el Parrondo y otros lugares de mi gusto. Estoy yendo a la Cervecería Santa Ana, no sé si encontraré algo mejor. Para la cuestión de los biorritmos y los ciclos digestivos, me sugirió encarecidamente que me pase al turno de por la mañana, argumentando que el yoga en ayunas de toda la noche es perfecto.

El problema es que el turno de por la mañana empieza a las 6.45 y yo necesito media hora de caminar para llegar a la academia. No sé a qué hora me tendría que levantar, tal vez a las cinco y pico. Así que le dije que ni de coña. Desde que me he jubilado, uno de los mayores placeres que disfruto es el de no madrugar y dejar que la luz del sol y el gato me despierten sin apuros. Estaría loco si renunciara a eso. En definitiva, desde que se ha ido Elena que era el sostén de la academia, los demás profesores han adaptado sus rutinas para seguir trabajando en otras cosas y ofrecer clases para gente que también trabaja: un turno tempranísimo, desde el que la gente se va a la oficina y otro a última hora de la tarde para después del curre. Yo, que soy el único alumno jubilado, he de adaptarme. En cuanto a lo de las clases on line, me dijo que había sido una solución de emergencia para no cerrar la academia en los momentos peores de la pandemia y ya no tiene sentido mantenerlo.

En fin, ayer sábado  me fui a las ocho a la parroquia alemana cercana a Colón para asistir a un concierto al aire libre en el que tocaban tres bandas de dixieland jazz muy buenas, aderezado con salchichas bratwurst, bretzels y cerveza de trigo, llamada en alemán Weiss Beer. Acabamos todos bastante briagos bailando la conga hasta altas horas de la mañana. Los tres grupos que tocaban tenían un elemento en común: un  tipo que tocaba la tuba y que se cambiaba de vestuario para adaptarse al de cada grupo, pero era el mismo. Estuvo varias horas haciendo el bajo con la tuba pequeña que tenía, en la que tenía una pinza con la que sujetaba pequeñas partituras, o incluso el móvil para ayudarse con las armonías. Era inglés, bastante mayor, con aires de profesor de química y tocó toda la noche sin fallar una sola nota. Al final hasta se animó a cantar. Vean un vídeo que les grabé cuando aún estaba sobrio.

Caminé desde Colón y, cuando llegué a casa estaban transmitiendo el Crossroads para el que me había sacado un ticket, pero estaba muy cansado y me fui a dormir, con la intención de ver hoy o mañana la primera jornada, de unas siete horas, en la que ha intervenido Samantha un poquito, lo mismo que el gordo Kingfish. No sé si en la segunda jornada, que se retransmite esta noche tendrán otra oportunidad de lucirse. El mundo del rock es muy clasista y estos artistas que tanto me gustan son las estrellas de un universo más modesto, el del blues, que es como una segunda división entre las grandes discográficas. Al final, hoy me he levantado con la mala noticia que les he comunicado al principio, he tenido que ir al tanatorio y eso me ha descabalado un poco el programa. Ya les informaré en detalle del Crossroads.

Por cierto, camino del tanatorio me he encontrado con un atasco morrocotudo, motivado por el aquelarre del facherío de esta mañana. Era en Felipe II, pero ya saben que estos fachas no saben ni cómo se entra en el Metro, así que se van todos en sus todoterrenos, con las banderas al viento y las bocinas a todo trapo y se quedan atrapados en su propia trampa. Con la política de movilidad (o más bien de inmovilidad) del señor Carburante, esto está a la orden del día. Pero no hay que preocuparse: la libertad-libertad-libertad de la señora Ayuso nos permite tomar cañas en las terrazas petadas y dejar el coche en doble fila sin mayores apuros. Con ese mensaje han ganado por mayoría absoluta y están como gorrinos en charca recién llovida. Esta claro que el raro soy yo. Vean abajo una foto de todo este personal, de cuando se conocieron en el colegio concertado. A ver a cuántos reconocen.

Lo de las fotos trucadas con inteligencia artificial, es lo que tiene. Dice un articulista al que sigo que este personal, en vez del Chat GPT, usa el Chat Mireusté. Detrás de todo este runrún está El Del Bigote, también conocido como Stiff Upper Lip. Que, por cierto, cada día está más feo. Vean una foto reciente y verán que no les engaño. 

Mientras tanto, los puigdemoníacos siguen dando mucho por culo. Es muy triste que, para que en nuestro país continúe un gobierno progresista, tengamos que depender de estos mamoneos, que un muralista callejero ha sintetizado en la imagen que les dejo de cierre. Sean buenos.