miércoles, 10 de febrero de 2021

1.022. Tiempos infames

Tiempos infames y extraños estos que nos ha tocado vivir desde la irrupción del virus. Uno trata de mostrarse animoso, pero no siempre es fácil. Cuando inicié este blog hace más de ocho años, me impuse la obligación de ser positivo y optimista, porque ya las redes están llenas de cenizos y agoreros y yo no quería transitar por esa senda, entre otras cosas, porque a los tristes no los sigue nadie. La autocompasión es una pulsión destructiva que no te ayuda a superar los malos momentos y finalmente te termina por hundir aún un poco más. Casi todo el tiempo he mantenido ese tono alegre y desenfadado, lo que no me ha impedido analizar en profundidad temas de los más variados, pero sin perder casi nunca el buen humor. Pero hay veces en que te atrapa el bajón y, cuando te quieres dar cuenta estás en un agujero, del que hay que intentar salir cuanto antes. Yo he tenido mi pequeño bache, como les contaré, mi tiempo de fundido en negro, y he de reconocer que mi trabajo con los cuatro posts sobre Samantha Fish me ha ayudado mucho a sostenerme y contar con un punto de apoyo desde el que reiniciarme.

No es algo tan sencillo como parece, en estos momentos de encierro y aislamiento social, en medio de esta situación como en penumbra en la que, como definió con precisión mi amiga indonesia Tantri, el tiempo pasa despacio y deprisa a la vez. Por cierto, mi amiga me ha mandado una foto suya de un día en que ya no aguantaba más en Yakarta, esa ciudad que se hunde poco a poco en el mar, por lo que decidió subir con un par de amigos a una montaña cercana, para descomprimir archivos y respirar un poco de aire limpio. La foto es de antes de empezar la ascensión porque, me precisa, después estaba sudorosa y desarreglada. Véanla, y entenderán por qué me gusta tanto esta mujer que vive en las antípodas, en un país de una cultura tan diferente a la nuestra. Pero el estilo y la elegancia natural son universales y, si no me creen, vayan a ver alguna de las películas de Wong Kar-wai que se están reestrenando en estos días. Aquí la foto de marras.  

Pues en medio de este tiempo que transcurre deprisa y despacio a la vez, los sentimientos están tan al límite que una pequeña contrariedad puede inducir un giro en tu trayectoria que te jode y te hunde en el desánimo, sin que siquiera te des cuenta. A mí me sucedió justo el 12 de enero en un incidente del que conté en el blog sólo la parte buena, por ese prurito de no usar esta tribuna para dar pena ni regodearme en la autocompasión, ya saben: al blog se viene llorado. Ese día, poco después de la gran nevada de Filomena, salí a comprar al Alcampo unas cosas de comer que necesitaba, y regresaba con dos bolsas en las manos por el caminito que habían abierto los vecinos entre la nieve helada, por el centro de la calle Almadén, que es una cuesta abajo paralela a Huertas. Lo conté de forma veraz en su primera parte. Yo bajaba tan tranquilo por la calle, pisando con cuidado, pero en un momento dado pisé una placa de hielo con la pierna derecha, la pierna se me fue hacia adelante culebreando y me encontré en el aire en posición horizontal un segundo, como esos dibujos animados que miran con terror a la cámara antes de darse el batacazo.

Caí con toda la espalda, pero por un reflejo de proteger mis compras levanté los brazos hacia arriba y también la cabeza, por el mismo movimiento de protección. Caí, pues, sobre la espalda y el culo, pero no me di en cabeza, brazos ni piernas. Hasta aquí lo conté de forma veraz. Saben que soy corredor y que me he caído muchas veces. Lo primero que te viene a la cabeza en estas situaciones es un sentimiento de vergüenza, pero no había nadie en la calle que pudiera haberme visto. Enseguida, la mente se apresura a hacer un inventario de daños sufridos. Y a mí no me dolía nada de la zona golpeada. Pero sí tenía un dolor intenso en la rodilla derecha, en la que no me había dado ningún golpe. Eso tiene una explicación. A mí hace muchos años que me diagnosticaron una condromalacia de grado 3 en esa rodilla e incluso me dijeron que no podría seguir corriendo. Pero ya saben que soy cabezota y tengo recursos de corredor veterano. Por eso empecé entrenando muy suavemente, fortaleciendo las articulaciones rotulares y tomando Amedial-plus, que dicen los médicos que, para una dolencia como la mía, no vale para nada.

Los cristianos dicen que las cosas o se hacen con fe o no funcionan. Y yo hice todo ese proceso con muchísima fe y estaba, como saben, corriendo con total regularidad desde hace casi un año. La condromalacia grado 3 consiste en que la cápsula rotular se ha quedado tan fina como los codos de un jersey gastado, con agujeros incluidos. Y esa fue la pierna con la que hice el gesto raro al resbalarme, pero no me la golpeé al caer. Ustedes pueden entender que si se dan una hostia contra el suelo, con un jersey de codos gastados, los agujeros se amplíen aunque no se hayan dado precisamente con ese codo en el suelo. Eso es lo que me sucedió a mí. ¿Y qué fue lo que hice? Pues aquí entra también mi veteranía de corredor de fondo.

Primero me senté, comprobé el recuento de daños, probé a mover la pierna y vi que tenía todas las funcionalidades de la articulación en orden. Me levanté, recogí las naranjas que habían rodado cuesta abajo y caminé cojeando hasta mi casa. Nada más entrar, dejé la compra en el suelo y me apresuré a coger una bolsa de plástico, que llené con los hielos de las dos cubiteras que tengo en el congelador. Le di a la bolsa de hielo unos golpes enérgicos contra la encimera, cual si de un pulpo recién pescado se tratara, con la técnica que usan los expertos en cócteles para conseguir el efecto pilé (también puede servir para esto un paquete de guisantes congelados, pero yo no tenía). Me apliqué la bolsa de hielo picado en la rodilla, la sellé bien y la aseguré con cinta americana. Entonces recogí y ordené la compra, me hice la comida y me la comí tranquilamente.

Después me dispuse a echarme mi siesta de rigor, pero ya me quité la bolsa, que empezaba a churretear agua por la pata abajo. Tras la siesta, pasé a la fase B. Me di bien de traumel en la zona dolorida con la ayuda de mi secador de pelo, al máximo de temperatura y a todo lo que aguantara sin quemarme. Por la noche, repetí la jugada y al día siguiente. Estuve así varios días. No podía casi andar y veía las estrellas si tenía que bajar unas escaleras. Como no mejoraba, pasé a tomar ibuprofeno pautado, cada ocho horas, ya saben que es anti-inflamatorio. Y ya con la acción combinada del reposo, el traumel y el ibuprofeno, la cosa fue mejorando. Como debe hacerse cuando se toma ibuprofeno de forma continuada, cada mañana empezaba por tomarme un omeprazol para proteger el tracto digestivo. Días después, a medida que iba mejorando, pasé a tomar el ibuprofeno cada doce horas, al levantarme y al acostarme y luego suprimí el de la noche. Pero seguía sin entrenar.

Y aquí, igual que le preguntan a Samantha Fish, el periodista imaginario me dice: ¿y no se te ocurrió ir a un médico? Respuesta: no. ¿Y cómo así? Pues porque hay dos clases de traumatólogos, los antideporte, que me hubieran dicho sin dudarlo: deje usted de correr, y los deportistas, que me hubieran aconsejado hacer exactamente lo que hice; porque este es un protocolo que no me lo he inventado yo, es lo que cualquier deportista sabe que tiene que hacer ante una lesión menor. Si no hubiera funcionado, entonces sí que habría recurrido a un médico. Pero en este post nos estábamos refiriendo a otra clase de lesiones, las lesiones anímicas, y no se irán a creer que solamente por una afección menor de rodilla me iba a venir abajo, con todos los incidentes similares (y más graves) que he sufrido a lo largo de mi carrera de corredor.

Había más cosas. Además del incordio de tener que parar de correr, estaba el hecho de que la tercera ola del Covid remontaba hasta extremos que no se habían alcanzado desde marzo. Yo estaba yendo al edificio APOT de mi curre un par de veces por semana y tuve que dejar de ir, porque me dolía la rodilla. Además, el señor alcalde envió un comunicado interno a todos los funcionarios instando a que durante dos semanas se priorizara el teletrabajo para todos, como ya les conté. Entre medias, el covid afectó a un montón de gente cercana, desde parientes hasta la señora que viene a limpiar a casa. Se murieron por culpa del virus dos personas a las que apreciaba mucho. Así que todo me empujaba a encerrarme en casa y dejar mis actividades anteriores. Por si eso fuera poco, venía de casi un mes de tener la casa llena de hijos y tenía un poco la sensación del nido vacío. Y encima, el tiempo en Madrid lleva oscuro y cargado desde la nevada, el cielo está todo el día plomizo y casi no hemos vuelto a ver el sol. A mi no me importa que llueva o que haga frío, pero lo que sí me afecta es la falta de luz. Ya saben que en países como Noruega o Finlandia hay una alta tasa de suicidios debido a la falta de luz, a lo cortos que son los días la mayor parte del año.

Pero uno se encierra y no es consciente de los riesgos que comporta ese encierro. Los días se iban sucediendo. El 26 di mi clase en inglés para la Universidad de Lille, que fue todo un éxito y prometieron llamarme más veces. El viernes 29 a mediodía asistí a la lectura de la tesis de mi hijo Lucas, que salió a hombros por la puerta grande y ya es doctor. Y a las 5 de la tarde vi un concierto de Samantha Fish que se ofrecía de forma gratuita para celebrar su cumpleaños el día siguiente. Fue un concierto de una hora, ella sola en su casa con la guitarra acústica. Como ven, todo actividades para las que ni siquiera tenía que quitarme el pantalón del pijama (la parte de arriba sí, por el qué dirán). Esa misma noche, me llamó una de mis amigas colombianas, para avisarme de que al día siguiente firmaba libros Héctor Abad en la librería Tipos Infames.

Así de primeras le dije que no iría, que estaba encerrado en mi casa, que llevaba un tiempo sin salir y que, por primera vez en la pandemia, estaba de verdad asustado. Se quedó de piedra, me regañó enérgicamente y se echó la culpa por no haberme llamado en tanto tiempo. ¿Desde cuándo llevas sin salir? decía−, tienes que bajar a la calle, que te dé el aire; las cosas no están peor, no puedes venirte abajo después de casi un año de resistir. Le pregunté si ella iba a ir al evento y me dijo que no, que tenía otros planes y que además es amiga del autor y tiene todos sus libros dedicados de su puño y letra. Me hizo prometerle que iría y me insistió en que le dijera que éramos amigos.

A veces necesitas que alguien desde fuera te vea y te oiga para darte cuenta de que has cambiado. En esos días había salido alguna vez, al Alcampo o a la farmacia, pero con dolor todavía en la rodilla y refugiándome enseguida en casa. El sábado 30 estuve todavía dudando seriamente qué hacer. Pero me armé de valor y salí. Eché a andar por mi camino habitual cuando iba a las sesiones de Billar de Letras en formato presencial. Las calles estaban llenas de gente. Las terrazas abarrotadas. La calle Fuencarral, que no había visto desde la nevada (recuerden la foto con todos los árboles derrumbados), estaba a tope de actividad y con todos los restos recogidos. Si no te lo sabías y no mirabas para arriba a los árboles, parecía que no hubiera pasado nada (en las copas se veías algunas ramas tronchadas). Fue como una revelación, como descubrir de nuevo la ciudad, con su trajín cotidiano.

La librería no estaba muy llena de gente, tuve que hacer una pequeña cola. Héctor Abad estaba firmando pacientemente a todos los que se lo pedían, con una caligrafía cuidadosa, casi infantil. Le llevé dos libros que tenía desde hace más de una década y le conté que Angosta me había gustado por el componente urbanístico, porque era arquitecto. −¡Ah! −comentó−, igual que mi hijo. También le cité el nombre de nuestra amiga común y me dijo que le diera recuerdos suyos. Y charlamos un rato sobre las ciudades colombianas y sobre Madrid, una ciudad que le parece espléndida y para la que le conté que trabajaba. Abajo pueden ver las dos dedicatorias.


Pasé un rato muy grato y regresé caminando de nuevo. Y ya había roto el fuego. A partir de aquí reanudé el discurrir de mis actividades normales. El domingo 31 corrí por primera vez después del golpe, dentro de casa por supuesto (el Retiro va a seguir cerrado hasta marzo). Me apliqué hielo en la rodilla antes y después de correr 40 minutos, en vez de los 50 que estaba haciendo. Por la tarde me subí al FNAC, también andando, y me compré dos libros de Chris Offut, un escritor actual de Kentucky que cuenta historias de los desheredados del progreso en su tierra, esos garrulos que se supone que han votado a Trump. Los libros se llaman Kentucky Seco y Noche cerrada. El primero es de cuentos y toma el nombre del Kentucky Dry, el aguardiente que destilan en la zona con alambiques caseros, como en Galicia. El otro es una novela. Ya les diré si me gustan cuando los lea.

El martes 2 caminé hasta el restaurante Casa Tomás y entré en un bar por primera vez en este año. Mis amigos me recibieron con abrazos cariñosos, eso sí, con mascarilla. Comí estupendamente y volví también andando. El miércoles ya corrí 45 minutos y sin hielo. El jueves quedé con una amiga para dar una vuelta por el centro. En la plaza de Santa Ana había muchísima gente joven en las terrazas y se escuchaba hablar francés e inglés. Y vimos a más de uno arrastrando maletas con trolleys como en los viejos tiempos. Parece que Madrid es la única ciudad de Europa en la que se puede hacer eso ahora mismo y se ha convertido en la meca de los jóvenes de toda Europa, generando un tráfico de aviones que llegan repletos de chavales de todos los países, que vienen a pasar aquí dos o tres días para tomarse tranquilamente una cerveza en una terraza y descomprimir archivos. Alguien me comenta que la señora Ayuso está empleando en esta región la receta que Boris Jonhnson pretendía aplicar inicialmente a Gran Bretaña, hasta que se contagió él mismo, las pasó canutas y le entró la cagalera, lo que le llevó ya a adoptar las medidas que se tomaban en todo el mundo.

Lo cierto es que Madrid tiene una actividad callejera notable y que bares y comercios sobreviven gracias a ello. Veremos a ver cómo acaba. ¡Mira que si al final tiene razón la señora Ayuso, a la que llamamos en este blog La Cenacha! Si es así, yo estoy dispuesto a tirarme al suelo a sus pies y lanzarle azucenas y claveles, mientras le grito tres veces guapa. En fin, con mi amiga atravesamos Sol y seguimos por la Gran Vía hasta acabar en la plaza de España, donde subimos a la terraza del Hotel Riu, a ver el panorama desde arriba. Es espectacular, como comprobaron ustedes en el vídeo que utilizó José Luis Perales para concurrir a los Grammys. Luego a la vuelta recalamos en Casa Labra para una caña y una tajada de bacalao rebozado. 

El sábado ya saben que fui al cine. Y el domingo ya hice normalmente mis 50 minutos de carrera a buen ritmo, entrenamiento que he repetido esta mañana. Con una particularidad. Cuando estaba desesperado con mi rodilla, me llegó la propaganda de una rodillera china aerodinámica, fabricada con tecnología aeroespacial y diseñada por inteligencia artificial (nada menos). La encargué, me llegó el otro día, directamente desde Shenzhen, y la he estrenado esta mañana: es verdaderamente milagrosa, a este paso no me la quito ni para ducharme. Vean aquí una imagen del portento. Observarán que, además, llevaba la camiseta de my dream girl, lo que también ayuda a volar.

Vamos con la moraleja. Estamos viviendo unos tiempos infames. Tan infames como los tipos que dan nombre a la librería. Pero no se puede uno encerrar. Sin darme cuenta yo había caído en una rutina de miedo y aislamiento y esas rutinas se pueden convertir en crónicas. Y ese es un virus también muy malo, porque es un virus mental del que cuesta salir. Yo no era consciente del tema, tuvo que venir una amiga a darse cuenta de mi miseria para sacarme del hoyo. Ella sabe que yo entro a todos los trapos que me proponga y le sonó extraño que le dijera que no iba a ir a la librería porque tenía miedo. Yo estaba entonces protegiéndome de la soledad con mi relato en cuatro entregas sobre Samantha Fish y no era consciente de que tenía que recuperar mi vida normal. 

En cuanto a Samantha, ya les digo que ha venido a este blog para quedarse, porque es una fuente de inspiración para mí y genera noticias todo el rato. Desde el otro día hay una nueva: para los Premios del Blues de este año, que se concederán en junio, cuenta con una nominación como mejor artista femenina del blues. Como este año no tiene disco, está nominada para este galardón que valora el conjunto de su carrera. Como el que casi obtiene José Luis Perales en los Grammys. Sólo que Perales tiene 76 tacos y Sam 32. Sam es una estrella de futuro, como dice el título de esta imagen de sus manos.

Pero hay aun otra moraleja. Cuiden a sus amigos y amigas. Los amigos son clave en tiempos infames como estos, pero las amigas aún más. Yo tengo la suerte de tener muchas. En lo que he contado en este post han intervenido tres: la colombiana, la que subió conmigo al Hotel Riu y la que me acompañó al cine, de las que no digo ni las iniciales para preservar su intimidad. También me he referido a una cuarta, mi amiga indonesia Tantri. Y les voy a dejar con una quinta, un regalo para mis seguidores más fieles. De esta sí que voy a decir el nombre, por si eso ayuda a su promoción. Se llama Elena González del Pino y es escritora, bailarina, gimnasta y amante del yoga. Además de todo esto es una experta en narración oral, un arte que hace tiempo que no practicaba. Ahora ha decidido reanudar su producción de cuentos narrados, bajo el nombre En voz alta y pelo largo. Y ha empezado con un relato precioso de Carson McCullers, un personaje clave de la literatura norteamericana, de la que les hablaré otro día, para no alargar más este post. Siéntense para escucharlo y rodéense de silencio, no está a un volumen muy alto. De veras que merece la pena. Que lo disfruten con salud.


domingo, 7 de febrero de 2021

1.021. Quién es Samantha Fish IV

Termino hoy domingo mi serie sobre esta mujer, a la que empezamos llamando Long Tall Sam, pero que más bien debemos llamar The Lovely Sam. Mi plan inicial era haber cerrado este post el sábado, siguiendo mi ritmo habitual de una entrada cada tres días, pero sucedió que ayer me llamó una amiga muy querida para proponerme que la acompañara al cine y eso descabaló mi planificación. Como pueden imaginarse, en estos momentos de acoso del virus, si una mujer me llama para invitarme a acompañarla al cine, yo voy a entrar al trapo sin dudarlo, y más si se trata, como en este caso, de ver una película de Wong Kar-wai.   

He visto por las estadísticas de seguimiento del blog que las visitas han bajado, lógico, porque no todos mis seguidores son amantes del rock, si bien he de decir que mis lectores más fieles han seguido entrando con la misma regularidad, aunque no sean muy expertos en el tema. Por ejemplo, mi amigo X dice que le encantan mis series de posts enlazados y recuerda mis cinco textos sobre Ceaucescu como uno de los momentos fuertes del blog. También escribí tres entradas sobre David Bowie con motivo de su muerte. Y mi soul sister África todavía está impresionada con las letras del último disco de Sam. Es muy intensa –dice. 

La verdad es que si en alguna materia me precio de tener una opinión autorizada es en el rock y el blues. Y yo, ahora, he visto que Samantha es el futuro inmediato del rock, al frente de un grupo de artistas entre los que están Larkin Poe, Eric Gales y otros, además del precursor Tab Benoit. Ya les he contado que a finales de los 70 tuve una visión parecida con Bruce Springsteen, hasta el punto de que viajé en el tren del rock (fuerte olor a porro durante todo el trayecto) para ver su primer concierto en España en el Palacio de los Deportes de Montjuich, en abril de 1981. Y, a día de hoy, sigo pensando que ese es el mejor concierto que he presenciado en mi vida. Recuerdo mi cabreo cuando leí la crónica de El País.

Por aquel entonces, en El País, la información del rock la cubría un tipo que se llamaba José Manuel Costa, que no sabía nada de rock. Vamos, que no sabía diferenciar una nota mayor de una menor. No digamos ya un bemol o un sostenido. Este sujeto y yo teníamos una amiga común que siempre lo defendía diciendo que era muy buena persona, a lo que yo respondía: ¡joder! sólo faltaría que encima fuera mala gente con lo tonto que es. La crónica de ese caballero sobre el concierto del Boss decía lo típico de alguien que no ha entendido nada, algo así como: los fans de Springsteen alucinaron con su concierto, mientras los no incondicionales se esforzaban por compartir su entusiasmo. Ni siquiera sé si estuvo en el concierto. Lo que yo puedo decir es que allí había unas 7.000 personas y yo no vi a nadie que no entrara en combustión. A lo mejor fue él el único que no participó de la comunión colectiva.

Es que fue hora y media de concierto a toda velocidad, un descanso de 30 minutos y luego otra hora y media de música con la misma intensidad. Los cronistas de los demás periódicos nacionales reflejaron lo que sucedió realmente y el tonto de Costa vio que tenía que cambiar el rollo y, a partir de ese día, cada vez que se refería al Boss en sus artículos, decía: el que todos reconocemos como el mayor ídolo del rock mundial… Se enteró rápido de lo que tenía que opinar para estar en la onda, pero ni siquiera pidió disculpas por su primera crónica tibia de inflagaitas (está en las hemerotecas). Este señor, continuó luego su carrera periodística como crítico de arte del ABC, de cuyo suplemento cultural llegó a ser director. Y nuestra amiga común decía que era muy bueno, porque de eso sí que sabía mucho. Lo que no entiendo es por qué estuvo años escribiendo sobre un tema del que no tenía ni puta idea. Supongo que sería cosa de ganarse el cocido.

Volvamos al presente. Yo he visto lo mismo con Samantha Fish, aunque no la conozca nadie en España y El País no diga nada de ella. He visto otra vez el rock. Y realmente me ofende que algunos de mis seguidores hayan pasado de leer estos posts. ¿Qué pasa, que les tiene que decir el suplemento ICON que esta señora es muy buena, para que empiecen a creérselo? En esta serie de cuatro entradas, creo que estoy haciendo una semblanza bastante completa de Samantha, que es realmente todo un personaje. Una mujer que se ha infiltrado en un mundo tradicionalmente masculino, para ser la mejor a base de determinación, personalidad y calidad. Ella se entrega, lo da todo en los conciertos, derrocha energía y carácter. Además es una auténtica emprendedora, que ha levantado ella sola una empresa independiente de las grandes discográficas, que mantiene en marcha con valentía, trabajo y simpatía.

Y, sin embargo, ella sostiene que sigue siendo una mujer tímida. Dice que, cuando tiene una guitarra en las manos, se siente más segura, como si estuviera protegida por una especie de escudo. Pero que, si no tiene su guitarra, se siente menos cómoda y no sabe qué hacer con las manos. Como le pasaba al primer Julio Iglesias, al que le tenían que hacer chaquetas sin bolsillos para que no metiera las manos dentro todo el rato. Cuando le preguntan por sus influencias como guitarrista, siempre dice varios nombres: Keith Richards (Stones), Angus Young (AC/DC) y el guitarrista de los Heartbreakers de Tom Petty, del que estaba enamorada de quinceañera. No llegó a ver tocar a Stevie Ray Vaughan y no cita nunca a Tab Benoit, pero porque yo creo que lo considera más un colega, a pesar de tener 20 años más.

¿Y en el aspecto vocal? –pregunta el periodista. Respuesta: pues en ese tema, dos personas clave, Bonnie Raitt por su personalidad y Sheryl Crow, por el timbre de voz, de soprano como el mío. Ya lo ven, no podía ser de otra manera. Hasta que conocí a Sam, yo estaba quedadito-quedadito con Sheryl Crow, y lo sigo estando. Pero he de decir que son muy distintas. Sheryl hizo una carrera universitaria, montó su primer grupo de rock en la facultad, es culta, opina de política y de todo lo que se le pregunte y es frecuentemente invitada a debates porque sus opiniones son valoradas. Samantha es un talento natural, está dedicada en exclusiva a su música y a su negocio y sólo habla de sentimientos y de lo que observa en su entorno, jamás de política. Sheryl es cerebro y cultura, Samantha es instinto y un corazón muy grande. Para que me entiendan: si Sheryl es una chica elegante, digamos una chica-barrio-Salamanca, Samantha es puro Vallecas.

Pero sigamos con su historia. En septiembre de 2019 toca en el Blues and Brews de Telluride con su banda. Luego hace su gira americana que culmina en Nueva York y en la que le acompaña el pianista friki Nicholas David, como segundo teclista. Hemos visto algún vídeo de ese último concierto. Para celebrar la Navidad graba dos temas que publica como single de vinilo en una edición limitada de discos firmados por ella, para sus seguidores más incondicionales. ¿Les apetece escuchar la cara A? Se la pueden dejar de fondo, porque tiene una imagen fija. Es una versión deconstruida del clásico Run, Run Rudolph de Chuck Berry, que les traje al blog en una de estas últimas navidades. Chuck Berry escribió esa canción en Mi mayor, y Sam la pasa a Mi menor. 

En enero participa otra vez en el festival de la cigar box guitar de Nueva Orleans que, desde la edición de 2020, pasa a denominarse The Samantha Fish Cigar Box Guitar Festival. Allí es la reina y se dedica a hacer dúos con otros artistas y amigos durante los tres días que dura el evento, como también hemos visto en algunos vídeos. E inmediatamente se sube con toda su banda y sus instrumentos a un avión que la lleva a Gran Bretaña, donde inicia su gira europea de presentación del Kill or be Kind. Tiene conciertos programados por casi toda Europa (no en España ni en Italia) y luego tiene contratada una última tanda de conciertos en Australia. La gira inglesa le ocupará todo el mes de febrero. Por cierto, la foto del disco navideño está sacada de una tomada en Londres el año anterior, que les pongo abajo.  

Salta al continente cuando ya el Covid-19 cabalga desbocado por toda Europa. El 10 de marzo el grupo cumple con su concierto en La Cigale de París. Y todavía el 11 tocan en Leuven (Bélgica). Pero todo se está precipitando y hay que salir por piernas. Así que pillan la furgoneta y se plantan en el aeropuerto de Ámsterdam. Y allí se encuentran con que no hay vuelos directos a su tierra para tanta gente, más los instrumentos. A Sam le ofrecen dos billetes para irse inmediatamente, pero ella jamás dejaría tirada a su banda. Todos juntos consiguen subirse al primer avión disponible, que los lleva a Moscú donde harán una escala de 24 horas en el aeropuerto, para poder pillar un vuelo a los Estados Unidos. Y consiguen llegar por fin a casa.

Aquí quiero detenerme en que comprendan la putada que ha sido para Sam, como para todos los músicos en activo, esto de la pandemia. Samantha perdió la posibilidad de tocar por primera vez en Australia. Su carrera se vio interrumpida en el mejor momento. Después de más de cinco años viviendo prácticamente en la carretera, de gira continua y pasándoselo fenomenal, se ve obligada a recluirse en su casa. Seis meses. Reaparecerá en público el 8 de septiembre con motivo de la gala virtual que organiza la emisora independiente de Nueva Orleans WWOZ, una radio local alternativa que empezó a emitir desde un altillo encima del Tipitina’s, pero luego se hizo con un local propio. Muchos músicos de NOLA se apuntaron a tocar gratis algunas canciones para apoyar a la emisora, con problemas financieros. Samantha acude sola, con dos de sus guitarras, para cantar cuatro o cinco canciones sentada en una silla. Se la ve un tanto entrada en carnes. ¿Qué ha hecho durante esos seis meses de encierro? Pues como a partir de ahí reanuda su vida anterior, matizada por las nuevas precauciones, le vuelven a hacer entrevistas por todas partes y le preguntan precisamente eso. Y ella vuelve a contarlo todo con su peculiar humor, que empieza por reírse de sí misma.

Dice Sam que se tuvo que adaptar al encierro, ella que no es precisamente muy amante de la vida hogareña. Que por supuesto, dedicó mucho tiempo a la música, a practicar, ensayar, componer, para no perder el músculo creativo. Que por primera vez pasó mucho tiempo con sus gatos, que estaban encantados de tenerla siempre en casa. Que al principio llamaba muchas veces al veterinario, para consultarle cosas absurdas, derivadas de su desconocimiento. Mire, es que están todo el día dormidos, ¿no estarán enfermos, verdad? Y el paciente veterinario le explicaba que no, que sus gatos están sanos, que a los gatos les gusta dormir durante el día. También trató de coser, una vieja habilidad. Decidió hacerse sus propios trajes pero, cuando terminó el primero y se lo puso, se vio tan horrorosa que lo acabó tirando a la basura y no insistió en el empeño. Y por supuesto también hizo gimnasia y salió a caminar por los campos del entorno, escondida detrás de unas enormes gafas negras.

Pero todo eso no es nada comparado con el trajín anterior. Por eso engordó y volvió con esos papitos que ven arriba. He de precisar que, durante el encierro, Sam había cosechado un nuevo fan incondicional: yo. A mediados de mayo yo solía buscar en Youtube vídeos de Larkin Poe, de Keb’ Mo’ y otros bluesmans. Y un día me incluyeron en una lista un vídeo de Samantha Fish, el primero que les puse en el blog, en el que interpretaba Bitch on the Run en un estudio. Era un vídeo que acumulaba 2,4 millones de visitas y me picó la curiosidad (ahora tiene ya más de 5 millones). Y, a partir de ahí, todo lo demás, según se ha contado puntualmente en el blog. En agosto me suscribí a su página de Facebook y a una fan page llamada The Samantha Fish Group. Cada una tiene en torno a 14.000 seguidores, que probablemente seamos los mismos.

Empecé a interactuar y subir comentarios y entonces me llegó un mensaje en que me ofrecían entrar en una tercera página que se llama Samantha Fish España, que tenía entonces unos 75 miembros y se había creado en junio. La había abierto un barbas de Cádiz, de aire bonachón, entusiasta de Sam y obsesionado con traerla a España. Accedí a apuntarme y tuve que rellenar y firmar un formulario comprometiéndome a mantener la buena educación y no subir comentarios soeces, machistas, racistas ni políticos en general, documento que firmé encantado. Ahora somos unos 90, ya ven que la cosa no progresa mucho, pero no perdemos la moral, la ilusión, el optimismo ni el buen humor. Por ahí me voy enterando de los conciertos de Samantha que se pueden seguir en directo en streaming. Todos ellos a las cuatro de la mañana, eso es lo peor, aunque también se pueden ver en diferido durante unos días.

Después de su intervención en la emisora de radio, Sam se presentó por primera vez con su nuevo grupo, otra vez en formato power trío, con dos negros cincuentones acreditados como grandes músicos: el batería que solía acompañar a Tab Benoit y el durante años bajo titular de la Allman Betts Band. Tocaron el 12 de septiembre en el Tipitina’s sin público, sólo para la tele, y yo lo vi en directo. Pero en ese momento se da a conocer el mayor reconocimiento al arte de Sam jamás imaginado: en los premios anuales del blues de 2020, se lleva nada menos que diez galardones, entre ellos el de Artista del Año (por tercera vez), el Road Warrior (por cuarta vez) y otros inimaginables unos años antes, como el de Mejor Artista de Soul, o el de Mejor Productor. El mundo del blues se rinde ante la calidad de su disco Kill or be Kind.

El concierto en el Tipitina's fue como un ensayo para la gira que Samantha puso en seguida en marcha, prácticamente el primer músico USA que recuperó los conciertos en directo. Sam es muy valiente y además los conciertos son su vida. Pero son tiempos de apretarse el cinturón y Sam ha debido renunciar a la big band que tanto le gustaba. La gira se llamó la Social Distance Tour y Samantha, que es una sentimental, quiso iniciarla con dos conciertos en el Knuckleheads Saloon de Kansas City, el lugar donde hace nada servía pizzas al público, mientras miraba de reojo a los músicos, soñando con subirse un día a un escenario como ellos.

Vi los dos conciertos en días consecutivos y me pareció admirable que Samantha  se atreviera a cantar en su pueblo las canciones más destacadas de su último trabajo. No olvidemos que Sam sugiere en ese disco que ha tenido una aventura con un hombre casado, al que recrimina todo el rato que no haya dejado a su mujer por ella. Esto, para la puritana sociedad del medio Oeste USA, es algo muy fuerte y corría el riesgo de que le volvieran la espalda. Algo que sería muy malo para su negocio. Pero en su tierra la quieren mucho, la adoran y la despidieron con ovaciones cerradas. Y aquí, en estos primeros conciertos, fue donde empezó a utilizar como tema de cierre el Don’t let it bring you down, no dejen que esto les deprima, la fabulosa canción de Neil Young que resulta ahora tan oportuna, todo un himno a la resiliencia frente a la pandemia. ¿Cómo dicen? ¿Que no saben cuál es? Pues eso tiene solución fácil: aquí la tienen.

Esta sí que no se la esperaban ¿eh? ¿Y ahora qué les pasa? ¿Que prefieren ver cómo la canta Samantha Fish? Nos ha jodido, y quién no. Hombre, yo soy un amateur, que acaba de aprender a tocar con púa y bastante hago. Por cierto, a mitad de su gira, Sam dejó de cerrar sus conciertos con este tema. Le preguntaron qué pasaba y contestó que al principio estaba muy acongojada, que la situación era terrible, con la gente muriéndose por docenas y que ella quiso homenajear de alguna forma a las familias de las víctimas con una canción que les animara. Pero que ahora pensaba que había que mirar hacia el futuro y lanzar mensajes de redención, confiando en recuperar un día alguna forma de normalidad. Bueno, vale, ya les pongo lo que quieren. Así cerraba Sam su concierto al aire libre en un parking de Nebraska. Canela fina. Disfrútenla.

Más adelante, le prestó su batería a Tab Benoit, para animarlo a salir del encierro y compartieron escenario en el Ryman de Nashville en un concierto fabuloso que también seguí en directo. Y continuó con sus conciertos casi hasta Navidad. Es curioso consultar alguna de esas páginas que te dan todos los datos de los famosos. La de Samantha dice que mide 1,70, lo que es correcto, y que pesa 56 kilos. Eso es lo que debía de pesar cuando empezó. Ahora, con los debidos respetos, pesa 56 kilos en cada oreja, como suele decirse. Y también dicen en algunas de esas páginas de cotilleos que está casada en secreto desde hace mucho.

Es tan curioso que se lo han preguntado a ella. Su respuesta: ya me lo han dicho, es una fake, no sé de dónde lo han sacado, yo estoy soltera y lo he estado siempre. ¿Y ahora mismo tiene pareja? No. ¿Pero tiene planeado tenerla algún día? Desde luego que me gustaría pero, cuando surja, surgirá y tendré que tener mucho cuidado de no atufarlo, para que no se agobie y huya, jajaja. Ya lo ven, un comentario que tal vez arroja alguna luz sobre su aventura fallida. ¿Se ha recuperado nuestra musa por completo de ese asunto, sea el que sea? No lo sabemos.

En uno de los conciertos de la Social Distance Tour, sorprendió al público cogiendo su guitarra acústica y marcándose a pelo una versión tremenda del clásico de Gladys Knight de los años 60 If I were your woman. La letra es muy explícita: si yo fuera tu mujer, y tú fueras mi hombre; sigue la larga lista de las cosas que haría, para concluir: and never, NEVER, stop loving you, nunca, NUNCA, pararía de quererte. ¿Un nuevo mensaje pidiendo socorro? Véanlo, es realmente estremecedor escuchar cómo empieza Samantha el tema, con una voz ronca impostada, expresando toda su ansia de amor. Escuchándola, uno piensa: ¿pero dónde están los tíos de 30 o 40 años, a qué coño se dedican? ¿Es que no hay nadie que le dé a esta mujer el amor que demanda de esa manera tan desgarrada? 

Es muy grande Samantha. En el siguiente concierto, en Cincinatti, todo el público le pidió que cantara esa canción entre gritos de we love you, Sam. En fin, los músicos del rock USA se volvieron a recluir para la Navidad y ahora están estirando el descanso hasta ver si pueden empezar sus giras de primavera en mejores condiciones sanitarias. Pero Samantha no para quieta. Ahora mismo está grabando en un estudio las pistas de lo que será su décimo disco, con las canciones que compuso durante los seis meses de encierro. Para ello se ha buscado dos músicos muy buenos, el batería Josh Freese, de casi 60 años y con una larga carrera en el rock y el chicano Diego Navaira, habitual bajo del grupo de Texas The Last Bucaneros. Vean la foto que publicó Sam con ambos, más el productor, que es el de la derecha.

Además de esto, sigue con sus tareas de promocionar a los músicos que produce en la Wild Heart Records, como el estrafalario Johnathon Long. Este ha empezado hace unos días la promoción de su nuevo disco publicando también una foto, embozado con su mascarilla y con la siguiente leyenda: ¿a que no adivinan quién es la que me acompaña en esta foto? Ustedes sí que lo van a saber en cuanto la vean.

Por cierto, dado que esta mujer no usa el Photoshop por principio, esta última foto parece mostrar que está recuperando un poco su figura más estilizada de antes de la pandemia. Claro, en cuanto ha reanudado su vida hiperactiva, ha empezado perder peso. Voy a ir terminando. Esta es Samantha Fish, mi dream girl, la chica del corazón salvaje, una de las mejores guitarras de rock del momento y con un futuro de éxitos por delante. Ella no se pone límites e imagino que su sueño es optar a los Grammys, los premios de la gran industria del disco. Allí han encumbrado a personajes como Rosalía o Billie Eilish, que han entrado por el aro de las discográficas, mientras que Samantha sigue siendo independiente, en todos los sentidos.

Pero ya les he dicho que esta mujer genera noticias continuamente. Mientras escribía este post, me ha llegado la última. Resulta que en Hollywood hay una especie de Premios Óscar del Rock, que se llaman los HMMA, los Hollywood Music in Media Awards. Suele haber una ceremonia a imagen y semejanza de la de los Óscar, pero este año, por motivos obvios, ha tenido que hacerse en formato telemático. Entre los premios que se concedieron estaba el de la mejor canción de blues del año pasado, publicada por un artista independiente. La proclamación de este premio corrió a cargo del director de la serie de animación Los Simpson que, por cierto, aprovecha para decir que el blues americano no le gusta, que le resulta demasiado heavy. Si es así, no sé por qué lo han elegido a él para dar precisamente este premio. Bueno, pues les dejo este breve vídeo a modo de despedida. Que pasen un buen  domingo.  

miércoles, 3 de febrero de 2021

1.020. Quién es Samantha Fish III

Bien, continúo con esta especie de tesis por entregas sobre Samantha Fish, a la que habíamos dejado después de protagonizar un concierto buenísimo en el Telluride Blues and Brews de septiembre de 2016. En esta estación de esquí de Colorado, todavía recuerdan ese concierto en concreto, a pesar de que Samantha no ha dejado de acudir al festival en los años siguientes con su nueva formación. Seis meses después, en marzo de 2017, Samantha reaparece con cambios importantes. Ha grabado un nuevo disco que se llama Chills and Fever (aludiendo a los escalofríos y fiebre que le produce el contacto con la persona amada). En marzo se lanza también el vídeo de la canción que da nombre al álbum, ese en blanco y negro en el que Sam aparece con una imagen sofisticada de rubia de Hitchcock bajándose de un Rolls o tumbada en una cama de la que surgen muchas manos que la acarician. Es una iconografía muy estudiada y lejos de su imagen de unos años antes. Ya han visto ese vídeo en el blog y no se lo voy a repetir, si quieren verlo es sencillo de encontrar en Youtube. Aquí pueden ver una imagen de su nuevo look.

Pero hay más cambios. Samantha ha disuelto su trío y ha decidido montar una súper banda, incorporando una sección de viento, un teclista y una violinista. Y, sorprendentemente, el batería Go-Go Ray se cae de este proyecto, a pesar de que llevaba cinco años con Sam sin faltar a un solo concierto y de que ésta le cantaba en el vídeo que vimos en el post anterior Please don’t ever let go, con cara de enamorada. Samantha no ha dado nunca muchas explicaciones al respecto, alude a cuestiones de contratos y a que sus músicos no son para siempre y hay que evolucionar.

El que sí continúa es el bajo Chris Alexander, el tipo que al final de las actuaciones grita: ¡Ladies and gentlemen, give it up for miss Samantha Fish! Este músico sí que se cogía sus moscosos, como hemos visto, pero Go-Go era fiel a todas las citas. A lo mejor es por eso, seguir el ritmo de Samantha es algo agotador. En los años siguientes encontramos a Go-Go Ray como batería titular de la banda de Paul Nelson, un grupo que apenas sale de Kansas. Además tiene una página de Internet en la que enseña a tocar la batería a los niños de la ciudad. Una vida tranquila, sin duda. Pero estoy seguro de que nunca se divertirá tanto como en los años enloquecidos en que acompañó por todo el mundo a Samantha Fish. Vean aquí una imagen de promoción del nuevo grupo de Sam.  

De izquierda a derecha, el trompetista, la violinista, Chris Alexander, Samantha, el nuevo batería, el pianista y el saxo. Samantha anuncia ya su programa de conciertos para el año y vuelve a superar los 200. Pero hay un cambio mucho más importante en su vida: ya no reside en Kansas City. Necesitaba irse a un lugar más grande y cosmopolita y ha estado dudando entre Chicago y Nueva Orleans, las dos ciudades entre las que gravita Kansas. En ambas tiene Samantha muchos amigos del mundo de la música. Pero estaría por apostar que Sam elige New Orleans por el clima. En Chicago hace un frío que pela y las nevadas como la de Filomena se prodigan durante todo el invierno. La suavidad del clima de NOLA, más la marcha callejera y el cruce de culturas son exactamente lo que Sam necesitaba para huir de su circunstancia. En los años anteriores ha hecho dinero, hemos visto que es un águila para los negocios y eso le permite instalarse en una casa céntrica y cómoda en New Orleans.

Y, realmente, en Nueva Orleans se lo pasa de puta madre. Es una ciudad llena de colorido, de música, de vida nocturna, de cultura, que la acoge con los brazos abiertos. Poco después de llegar, se hace con dos gatos (otra afición que comparto con ella). Además de toda su actividad en directo, Samantha funda una productora musical, a la que bautiza como Wild Heart Records (yo creo que ella es consciente de que ese es su mejor disco hasta el momento). Es una productora pequeña, que por ahora apadrina sólo a dos músicos, dos auténticos frikis a los que ella es tan afín. El pianista Nicholas Davies, que la acompañó en alguna gira, tal vez recuerden aquel vídeo en Nueva York en el que se sienta en perpendicular al teclista del grupo y se dedica a molestarle con el culo como el típico coñazo. El otro es Johnathon Long, un guitarrista muy gesticulante que maneja la cigar box guitar de maravilla. Vean un par de imágenes de estos estrambóticos caballeros.  


La relación de Samantha con toda clase de tipos estrafalarios viene de antiguo. Y van a comprobarlo en el vídeo que les voy a pedir que vean. En general, yo les he hablado en el blog de músicos blancos, pero en New Orleans hay negros de todas las tonalidades. Y, en el mundo del blues negro hay un músico que destaca por encima de todos y es también el más friki. Se llama Eric Gales y ya su aspecto es tremendo: todo el rato hace muecas con sus ojos saltones y tiene una mandíbula inferior prominente que deja pequeña a las de los Austrias, yo creo que lo debe pasar mal cuando llueve, por el riesgo de ahogarse. Además, es zurdo, pero toca una guitarra de diestros (no es el primero que hace eso). Y está tocando en un garito, una noche cualquiera, cuando llega Sam con otro amigo muy friki: el obeso Christon Kingfish Ingram. Este es un chaval de 20 años que toca la guitarra como los ángeles y es el sucesor nato de Samantha y los de su generación. En la secundaria era ya el raro del curso, porque todos sus colegas se dedicaban al rap y al hip hop. Pero él dice que lo suyo es el blues, que es la música de sus abuelos y que no quiere hacer otra cosa.

Samantha y Christone (el mote kingfish imagino que alude a una especie de besugo del Golfo de México) se presentan en el garito, acompañados por un tercero, un negro que va grabando todo con su móvil (lo verán en el vídeo). Y Eric Gales se pone muy contento y les pide que toquen. Pero no traen guitarra. No importa, yo os dejo la mía. Pero es de zurdos. No pasa nada, le das la vuelta y ya. Esta es la conversación que se intuye que tienen al principio. Samantha mira a su amigo y, sólo cuando este accede, dice OK. Le quita el volumen a su móvil, deja el bolso y el abrigo por allí tirados y se dispone a ver a Gales, que se arranca con un clásico del blues: Red House. Eric Gales es un guitarrista muy bueno y todo un showman, feo de cojones y súper expresivo.

Observen que al tener la guitarra al revés, los acordes no los toca con el pulgar hacia abajo, sino con el dedo corazón hacia arriba. Al rato le cede la guitarra a Samantha, que hace lo que van a ver. Gales la acompaña con el bajo, que también toca al revés. Y no se pierdan el letrero del bombo del batería: Life is dope, la vida es droga. Finalmente le toca el turno a Christone y eso ya es la repera. El acabose. El gordo es un guitarrista estratosférico. En este video se hace uno una idea precisa de lo bien que se lo está pasando Sam en NOLA; los negros la han acogido en su mundo y la sienten como uno de los suyos. Y ella está feliz entre ellos. Cuando el gordo acaba, Sam le hace una seña al tercer amigo y los tres se van a otro bar, a seguir la noche. Gales continúa la canción, entre el entusiasmo del público, consciente de que acaban de ver algo realmente especial. Después invita a un rapero que anda también por allí, pero la grabación ya se corta. Esto es la noche de Nueva Orleans.

Samantha Fish al natural, con una camiseta estándar, unos vaqueros y unas botitas de medio tacón, rodeada de sus amigos más frikis y feliz en Nueva Orleans. Muy pronto arranca su temporada de conciertos y todo el mundo puede comprobar que ya apenas usa su guitarra personalizada del pescadito. Ahora su preferida es una Gibson SG blanca de la que saca todas las sonoridades. Pero, como si no estuviera bastante ocupada tocando por todo el país, atendiendo sus tareas de productora y viviendo la noche de New Orleans, todavía le sobra energía para grabar otro disco. Se llama Belle of the West y sale en el mismo año 2017, a finales. Ella lo justifica diciendo que ha grabado canciones de dos estilos, el Chills and Fever es más bien soul, mientras que el Belle of the West es puro country, como el que tocaban su padre y sus tíos.

Pero yo tengo otra explicación. En realidad, creo que Samantha tiene prisa por grabar el quinto de los álbumes que tiene comprometidos con la Ruf Records, para liberarse de su contrato. Pero en cualquier caso, publicar dos discos en el mismo año es algo bastante insólito en el rock de hoy en día. Por esta pareja de álbumes le vuelven a llover los premios. En realidad, Sam ganó el premio de 2012 a la mejor promesa y no volvió a recibir más galardones hasta los cinco de 2016, por Wild Heart. Desde entonces arrasa en todos los certámenes. En especial, el premio Road Warrior lo gana todos los años, yo creo que ya ni se vota, nadie puede discutir que las giras de Samantha no tienen parangón. Y movilizar a tantos músicos con sus instrumentos es algo complejo, que requiere una buena gestión de personal para que todos se sientan a gusto. Sam es una jefa siempre muy pendiente de los problemas de todos, es una empresaria empática que sabe mandar, pero confraterniza hasta con el último currante y empieza por ser ella misma la que más trabaja.

En los años 2018 y 2019, sus giras se extienden a Europa, especialmente Gran Bretaña y Alemania, donde es muy popular (vimos en el blog tres canciones de un concierto en Dortmund). Ahora tiene una variedad de estilos muy grande, se ha soltado como compositora y además está arropada por una verdadera big band, que le permite delegar en otros músicos la mayor parte del sonido del grupo. A la vuelta, sigue haciendo bolos como este que vamos a ver. Es una actuación en directo para una cadena de TV de Memphis. Para el tema de cierre, Sam ha elegido una canción que ya escuchamos en versión acústica en el telesilla de Telluride: Crow Jane. Es un viejo blues primitivo de los años 20, adaptado por ella, con una letra tremenda: Crow Jane, Crow Jane, no deberías ir por ahí con la cabeza tan alta, piensa que un día deberás morir; me has dejado y vas con la cabeza alta, pero yo ya me he hecho con un revólver y te lo digo muy claro, tienes que morir.

Este es un tipo de letras muy propio de los blues primitivos de los negros, con un tinte machista y cruel insoportable. Pero Samantha no tiene inconveniente en cantarlo, ella hace música, como el que rueda una película de crímenes horrendos. E imagina que es una canción que alguien sale a cantar con un megáfono por las calles del pueblo, para aterrorizar a la novia que le ha plantado. Y, para darle la vuelta al sentido de la canción, hace salir a su ayudante precisamente con un megáfono. El tipo se arrodilla y ella, la mujer, es la que domina. Puro espectáculo, esta Samantha sinfónica. Por cierto, al principio presenta a sus músicos, todos de Nueva Orleans, menos Chris Alexander que es texano y el saxo que es de Mobile (Alabama). Disfrútenla.

Ya ven qué energía desarrolla esta mujer en el escenario. Por cierto, aquí la hemos visto con la cigar box guitar de cuatro cuerdas. Ella cuenta que supo de la existencia de estas guitarras artesanales hechas a partir de viejas cajas de puros en una feria que visitó con sus padres, a los que convenció de que le compraran una. O sea que empezó con estas guitarras casi a la vez que con las normales. Saben que está considerada la mejor intérprete mundial de cigar box guitar.

A finales de 2019, Samantha publica su disco número 9, el primero con una productora nueva, Rounder Records. Se llama Kill or be kind. Es el disco que en los premios del blues de 2020 batirá todos los records llevándose nada menos que diez premios. Obviamente es muy bueno, aunque a mí me gusta más el Wild Heart. Pero tiene una circunstancia curiosa: las letras de las once canciones giran sobre el mismo tema y forman un ciclo. La secuencia que componen parece sugerir que Sam ha tenido una historia con un hombre casado, y ha sufrido al tener que renunciar a su amor porque el tipo no termina de dejar a su mujer. ¿Le ha sucedido a ella? ¿O a alguna amiga? ¿Es todo una fábula? De ser algo vivido, ¿cuánto ha durado? Imagino que no mucho, porque Sam es una mujer muy práctica. Pero parece saber de lo que habla. Veamos algunos extractos de estas letras.

La primera canción, Bulletproof, a prueba de balas, es una descarga de ira, incluso en lo músical: me entrenaste para estar en un escenario, sin mostrar mi rabia hacia ti, tienes mi amor, pero no es bastante, necesito demostrártelo, ¿cuál es la diferencia? puedo cambiar, pero dime cómo. Podría encenderte, podría encenderte, pero tú eres a prueba de balas, rompo cosas, pateo y grito, eres un retorcido, y al final soy yo la belicosa. La segunda, Kill or be kind, es todavía más explícita: antes de ser una destrozahogares, yo era una chica buena-buena-buena, antes de ser tu rompecorazones, yo era alguien a quien podías adorar, antes de que hacer el amor contigo me convirtiera en una idiota, yo buscaba algo más, ahora decídete, decídete de una vez, porque yo puedo matar o ser amable. Samantha hace un juego de palabras con la alternativa clásica de la guerra kill or be killed.

Seguimos. La canción 3, Love Letters dice: por qué no puedes dormir a mi lado, un paquete de cigarrillos y tu dinero suelto son todo lo que tengo cuando te vas, me estoy ahogando en cartas de amor, un amor que no puedo medir, tú y yo podríamos gobernar el mundo juntos, yo te impulsaría, lo sé bien, pero me rompo en pedazos cada vez que te vas. Canción 4, el receptor sigue tomando, pero el donante ha renunciado, cada palabra es un ladrillo, estás construyendo un muro, pidiéndome respuestas, pero ya las has escuchado todas. Canción 5, este flirt es como estar volando, más alto de lo que debería, dos corazones prestados perdidos en el mar, flotando como maderos, lo intentaré, lo intentaré, lo intentaré, no enamorarme de ti. Canción 6: un vínculo simple, que pensé que era cierto, un corazón ingenuo que lo malinterpreta, por qué me acerqué tanto a ti, un final amargo, un cliché triste, adiós a mis buenos tiempos, adiós ya para siempre, adiós a un capricho pasajero, todo lo que pasamos juntos no significa nada para ti, algún día tal vez veas la verdad.

Canción número 7: mi mejor amigo, mi amante, veo que estás atado a otra, me abrazaste tan de cerca, estaba tan vacía cuando me elegiste, tal vez te las apañes solo, y tal vez yo aprenda esta vez, o quizá esté viviendo en otra mentira. En las sucesivas letras vemos que la narración ha pasado de la ira al desanimo respecto a un tema que parece irrecuperable. Y entonces llegamos a la canción que más me gusta de este disco, y quizá una de las cumbres de toda la obra de Samantha Fish: Dream Girl, la chica de tus sueños. Aquí ya no es que dé el tema por perdido, es que sublima la historia en una letra desolada y preciosa: soy la chica de tus sueños, juntos surcamos los vientos y volamos hasta donde podemos ver, pero luego tú vuelves a la tierra y yo ya no puedo bajar. Les voy a poner un vídeo de esta preciosa canción. No dejen de reparar en la delicadeza de la triple percusión, con cadenita incluida.

Pero aún quedan tres canciones. En la siguiente, She don´t live around here, ella ya no vive por aquí, Sam pone la voz narrativa en una tercera persona, quizá una vecina, que ve llegar al amante que vuelve y le dice: otra vez subes esos escalones, pero ella ya no vive aquí, perdiste demasiado tiempo, el tiempo puede cambiar los corazones y las invitaciones caducan. Está bien claro. La número 10 es Dirty, Sucio, cuya letra ya les traje al blog: sola en un cuarto de hotel, tus pasos se desvanecen, un reflejo en mi ventana confirma que te has ido, ¿cómo puedes dormir por la noche a su lado, si soy yo la que está en tu mente? Tu amor es sucio, mancha mi corazón, me hace sentir indigna. Tremendo. Quizá no haya peor humillación para una mujer que ir a un motel, echar un polvo y que, nada más terminar, el tipo empiece a mirar el reloj porque se tiene que ir con su mujer. Y de la última canción basta con el título: You got it bad, te lo has hecho muy mal. Es el colofón.

¿Qué es esto, un disco o una venganza? Si todo es una fabulación de Sam (a lo mejor sólo le ha pasado una vez), entonces tendría un pase. Si ha sido una historia más larga y profunda, entonces al tipo se lo tienen que estar llevando los demonios. Lo cierto es que Samantha parece haber tenido un desengaño amoroso de alguna clase y lo ha superado de la forma más inteligente: aprovechando la intensidad de sus sentimientos para componer un disco cojonudo, grabarlo, publicarlo y llevarse todos los premios del mundo. Y saliendo enseguida de gira. El trabajo intenso es la mejor terapia tras una historia de amor roto. Pero esta gira se verá interrumpida por el Covid-19 y eso se lo contaré en el siguiente post, que tal vez sea de poco texto y muchas imágenes de esta mujer siempre tan fotogénica. Échenle paciencia, que todo acaba por llegar a su fin. Como pasará con el virus.