martes, 9 de marzo de 2021

1.030. Prodigios y portentos

No vengan ahora de listillos, que prodigios y portentos no son la misma cosa: prodigio sólo tiene una acepción (suceso extraño, que excede de los límites de la naturaleza, o bien, algo que sobresale dentro de una disciplina o materia), mientras que portento es algo parecido en segunda acepción, pero en primera se refiere a una persona capaz de hacer cosas portentosas o prodigiosas. Por eso se dice: Fulanito es un portento. Hay, obviamente, una derivación irónica, que nos llevaría a decir que la señora Ayuso es un portento (o Pedro Sánchez, si es usted de los que marca paquete del lado contrario). Dicho esto último a título únicamente metafórico, sin ánimo de faltar a los lectores y lectoras más sensibles de esta tribuna, precisamente a la vuelta del Día de la Mujer en el que la Marcha Feminista de todos los 8 de marzo fue prohibida este año por el mismo Delegado del Gobierno de Sánchez que no hace mucho autorizó un concierto de Raphael. Un portento de coherencia este señor.

Pero hemos dicho que un prodigio es algo que excede de los límites normales de la naturaleza. Que se lo pregunten a David Morris, un promotor inmobiliario de 52 años que vive cerca del punto más meridional de Gran Bretaña, el pueblo de Lizard, en la punta de la península de Cornualles desde la que vigila la cabecera del Canal de la Mancha, más o menos enfrente de Brest, en la Bretaña francesa, cuyas costas se alcanzan a ver al fondo en el horizonte, en los atardeceres despejados cuando el sol poniente las ilumina desde atrás, antes de fundirse en la neblina que flota sobre el mar. Este señor gusta de salir por los acantilados tanto al amanecer, antes de irse al trabajo, como al anochecer, cuando vuelve de su actividad laboral cotidiana. La excusa en ambos casos es pasear a su perro, un viejo terrier que agradece estas excursiones para aliviar la vejiga, marcar su zona de dominio y corretear aquí y allá.

Hace unos días, Morris se despertó animoso como casi siempre, descorrió las cortinas y vio que hacía un día precioso. Un sol de justicia se elevaba sobre el cielo, lo que garantizaba unas buenas vistas del Canal, siempre surcado por petroleros y cargueros de todo tipo en dirección a los puertos de El Havre y Rotterdam. El perro lo aguardaba ya nervioso y salieron enseguida, sin desayunar ni apenas lavarse la cara. Llegó a su acantilado favorito, miró al mar y vio algo inesperado. No daba crédito. Pensó que todo se debía a que no se había lavado los ojos, o que la noche anterior se había pasado de cerveza. Miró otra vez y se dijo: no puede ser, es imposible, mi cabeza o mis ojos me están jugando una mala pasada. Llevaba su móvil y decidió hacer una foto del prodigio, a ver si el aparato procesaba la imagen mejor que su cerebro. Pero nada: la foto coincidía con lo que él veía. Así que decidió continuar con su paseo y no darle más vueltas al tema. Por la tarde colgó la foto en su perfil de Facebook. Y esa noche ya se había vuelto viral. Véanla.

Lo primero que pensaron los listillos fue que era un truco, un Photoshop o similar. Pero enseguida entraron expertos que certificaron que la foto era real y no había sido manipulada. ¿Cómo se explica el portento? Hace unos cuantos siglos eso hubiera sido considerado un milagro divino. Pero ahora la ciencia tiene explicaciones para todo. La doctora Claire Cisowsky, investigadora de óptica de la universidad de Glasgow, lo explica en términos sencillos: se trata de un ejemplo típico de espejismo superior, un fenómeno poco corriente, parece que son más frecuentes los llamados espejismos inferiores. Todo se debe a que la luz que viene de lejos, no siempre sigue una trayectoria recta. Cuando atraviesa capas de aire a diferente temperatura, su trayectoria se dobla. Pero el cerebro (y, al parecer, la lente óptica de una cámara también) procesa la imagen como si la trayectoria de los rayos de luz fuera recta.

Es el mismo fundamento por el que una pajita metida en el agua se ve como doblada aunque sigue siendo recta, o una mano bajo el mar se percibe desalineada: la luz viaja a distinta velocidad por el aire que por el agua, pero nuestro cerebro se despista. Y es sabido que el aire frío es mucho más denso que el aire caliente. En los espejismos inferiores, los más comunes, la imagen que viene de lejos atraviesa dos capas de aire a muy diferente temperatura, una muy caliente pegada a la tierra que guarda el calor del día (son frecuentes en el desierto) y otra más fría que se coloca encima de la primera. Una imagen lejana atraviesa ambas capas y su trayectoria se dobla hacia arriba. Por eso vemos en el horizonte un trozo de cielo que se confunde con agua o aire ardiendo. En el caso de Cornualles, sucedió lo contrario. El sol salió y empezó a calentar el aire superior pero, en pleno invierno, una capa de aire helado se quedó agarrada al mar. Entonces, los rayos de luz se doblaron hacia abajo. Y, en vez de ver un trozo de cielo cayendo sobre la tierra en el horizonte, lo que se vio fue el barco levantado, como si estuviera levitando.

En nuestro entorno más inmediato, suceden también prodigios y portentos. Por ejemplo, mi querida buganvilla está finalmente viva, ya no tengo ninguna duda, todo el tronco bulle de retoños minúsculos que al principio creí que estaban ahí ya en enero y se habían helado. Pero están vivos y crecen de forma imperceptible todavía. Tan seguro estoy, que ayer le di una poda inmisericorde para estimular la fuerza de esos brotes. Eso sí, se lo expliqué pacientemente, le dije que era por su bien y le pedí reiteradamente disculpas. Mi querida buganvilla es muy lista y reaccionó al Filomena tirando todas las hojas y haciéndose la muerta más de dos meses, como hacen algunos insectos. Este es un asunto que me tiene muy contento. 

Y para prodigio el que se necesitaría para que el Dépor se enganchara al tren del ascenso a Segunda División. Lo de mi equipo del alma, del que además soy accionista, es una decadencia de proporciones bíblicas, un auténtico descenso a los infiernos; como se descuide, puede acabar en la cuarta o la quinta de las divisiones nacionales. Me veo al año que viene jugando contra el Polvorín FC. No importa, resurgiremos de nuestras cenizas y volveremos, no lo duden. Lo que más me jode es que en su caída está arrastrando al Dépor Femenino, que se va de cabeza a Segunda. Mi admirada Athenea del Castillo, a la que vemos abajo celebrando un gol, me imagino que terminará en el Real Madrid. Raro será que Florentino no la tenga ya atada.



Y hablando de descensos a los infiernos, qué espectáculo más lamentable el de la izquierda en el Ayuntamiento de Madrid. Ya les anticipé hace mucho tiempo que en Más Madrid, la plataforma que montó la señora Carmena para concurrir a las últimas elecciones (y que habría ganado si Pablo Iglesias hubiera sido menos tonto), existían dos sensibilidades diferentes: los carmenistas y los errejonudos. Los segundos han montado un partido con unos estatutos, tarea en la que están entretenidos desde las elecciones, en vez de dedicarse a hacer de oposición. Se han quedado fuera de ese invento cuatro carmenistas residuales, que han decidido formar una escisión (de Más Madrid que ya era a su vez una escisión de Podemos). Los cuatro se llamarán ahora Recupera Madrid e irán por libre.

Yo tengo más trato y más proximidad con estos cuatro que con el resto del grupo (Calvo fue mi concejal cuatro años, Cueto apoyó Reinventing Cities más que nadie y Felipe Llamas se encargaba de las relaciones internacionales y tuve muy buena relación también con él). Pero esto es un despelote. El eterno problema de las izquierdas. Si la cosa sigue por esos derroteros, lo siguiente será dividirse en dos grupos de dos, que podrían llamarse Recu y Pera. En Recu estarían por ejemplo Calvo y Cueto, aunque siempre podrían luego dividirse de nuevo y quedarse en dos grupos unipersonales, un formato bastante cómodo, ya que evita las discusiones bizantinas prototípicas de estas formaciones y parece constituir la única forma de que un grupo de izquierdas tome decisiones por unanimidad. Un auténtico portento.

Pero aun no les he hablado del prodigio de los prodigios: la página de Facebook Samantha Fish España, que llevaba cerca de dos meses atascada en 99 miembros, ha alcanzado el número 100, lo que ha sido celebrado por todo lo alto por los demás peñistas. ¿Y saben quién es el número 100? Pues nada menos que el gran Paco Couto, uno de los seguidores más ilustres de este blog, que imagino que tras leer mi post anterior quiso echar una mano para qué llegáramos a los tres dígitos. Otra muestra más de que el universo del blog se está imponiendo al mundo real, como les expliqué en dicho post en relación con mi doble personalidad. Bienvenido al grupo, querido amigo, tú sí que eres grande, este blog no sería lo que es sin seguidores tan incondicionales como tú.  

Por hache o por be, ya ven que siempre acabo hablando de Samantha Fish. Es como lo que le pasaba al gran Juan Rulfo que con Pedro Páramo entró directamente en el Olimpo de la gran literatura universal, y ya no escribió nada más. Los editores sólo pudieron sacarle una antología de cuentos que tenía escritos de antes y que se publicó como El llano en llamas. A Rulfo lo invitaban a todos los congresos de escritores en donde era alabado por todos sus colegas. Pero inevitablemente le preguntaban por qué no escribía alguna otra obra, lo tachaban de vago y no entendían qué le pasaba. Entonces él se excusaba: si yo ya lo intento, cuates, lo que pasa es que me pongo a escribir y nomás me sale Pedro Páramo otra vez. Pues yo me pongo a escribir y nomás me sale Sam todo el rato. Sin que pretenda compararme con el maestro.

Como siempre, Samantha sigue generando noticias. El domingo cerró la parte de su gira correspondiente al estado de Florida, con el concierto en Kissimmee. En estos bolos la hemos visto de nuevo en formato power trío, con sus dos negros cincuentones, el bajo Ron Johnson y el batería Terence Higgins, cada vez más conjuntados y con mayor complicidad entre ellos, hasta el punto de que ya se animan a hacerle coros y segundas voces. Hace poco hicieron una encuesta informal en una de las fan pages de Facebook a las que estoy suscrito, para ver cual era el formato de Sam que más gustaba, si el trío, la big band o ella sola cantando con la guitarra acústica. Ganó el trío por mayoría abrumadora. Pero tenía pendiente contarles cómo es que Sam sigue haciendo sus giras en este tiempo de pandemia. Para ello les traigo aquí un artículo recientemente aparecido en la prensa de Nueva Orleans, pero no les pido que lo lean, es muy largo y ya les resumo yo abajo lo principal. Lo encuentran AQUÍ.

Dice el articulista que sólo hay tres artistas que están de momento organizando sus giras por el país: Samantha, Tab Benoit y la Allman Betts Band, el grupo que formaron los hijos de la antigua Allman Brothers Band. Los tres son amigos y tienen el mismo representante, un tipo que se llama Rueben Williams. Rueben es el socio de Samantha en la Wild Heart Records, compañía independiente que por ahora sólo ha producido tres discos (ya hablaremos de ello otro día). Según cuenta el artículo, estas giras han implicado continuas pruebas pcr a los músicos y controles muy estrictos, además de en algunos casos ocupar hoteles sin otros huéspedes, en plan burbuja sanitaria. Además, los músicos han ido combinando conciertos al exterior, por ejemplo en drive-in cinemas, con otros en interiores, con limitación severa de capacidad.

Esto les ha permitido mantener vivos sus negocios y tener ocupados a sus empleados. Dice Samantha que está trabajando el doble de duro y no gana el dinero al que estaba acostumbrada. Pero, añade, están intentando trabajar de forma segura, transitando por la delgada línea que separa la seguridad de la necesidad de salvar una industria a la que muchos como ella han dedicado sus vidas. Rueben es consciente de los riesgos, ha perdido amigos y conocidos por la epidemia y piensa continuamente en los peligros de moverse por todo el país en una burbuja sanitaria con controles permanentes, pero sus músicos y él son conscientes de que nadie les iba a ayudar en este empeño. Y han logrado salvar un sector del negocio que se basa en la fidelidad que suscitan estos músicos. Rueben piensa además que han abierto un camino y que otros músicos que necesitan tocar en directo para ganarse la vida y mantenerse en la onda pueden seguir su senda.

Samantha continuará su gira a finales de este mes por las principales ciudades de Texas. Pero antes hay otra novedad. El Samantha Fish Cigar Box Guitar Festival que cada enero tiene lugar en Nueva Orleans, y que este año se suspendió por la pandemia, se va a celebrar finalmente los días 19 y 20 de marzo, por eso había dejado Sam ese espacio libre en su calendario. ¡Y se podrá ver en streaming! Yo ya tengo mi entrada. Es este el festival al que acuden músicos provistos de instrumentos artesanales de todo el país. Suele ser un evento en parte al aire libre, aunque habrá conciertos en el Chickie Wah Wah, cuya imagen ven abajo, y otras salas de conciertos de NOLA.

Samantha sigue dando entrevistas, donde cuenta que para ella ha sido muy raro estar seis meses encerrada en su casa con sus gatos, después de diez años de prácticamente vivir en la carretera. Que estaba acostumbrada a componer en los ratos libres por las noches en los hoteles y que ahora ha tenido que organizarse de otra manera. El disco que ha grabado con los temas compuestos en su encierro está en fase de post-producción, ella ya ha acabado su trabajo y no sabe cuándo se lanzará. Lo único que ha desvelado es que se trata de un paso adelante en su carrera, igual que los anteriores, en los que no se ha ceñido a los parámetros estrictos del blues de toda la vida, aunque siempre llevará el blues en su alma.

Después del Cigar Box Festival y su gira texana, Sam tocará varios conciertos con Tab Benoit en abril y ya tiene un programa continuo hasta el verano, en función de cómo vaya la pandemia y la vacunación en USA. Lo que les conté de que por la mañana yo podía ver íntegramente el concierto de la noche anterior ya lo han cortado, como no podía ser de otra manera. Su pequeña compañía no se puede permitir esa piratería si no quieren ir a la ruina. No obstante, yo seguiré estando bien informado de sus andanzas, para las que le deseo toda la suerte del mundo.

Me preguntaba una lectora si iba a hacer un post especial sobre el Día de la Mujer, que fue ayer. No lo estimo necesario, porque toda mi actividad a lo largo del año es un continuo homenaje a la mujer y al eterno femenino. Aquí se habla todo el rato de Samantha Fish, de las chicas de Larkin Poe (últimamente las tengo un poco abandonadas, ya saben que soy partidario decidido del poliamor, aunque Sam me está llevando de vuelta a la monogamia), de Jacinda Ardern y Athenea del Castillo y Khatia Buniatishvili y otras guerreras que triunfan en sus respectivas disciplinas a base de esfuerzo, determinación y calidad. Hoy me voy a despedir con otra chica que se acerca a la excelencia en su campo. Hablo de Elena González del Pino, especialista en narración oral.

Elena ha publicado ya su segunda entrega de la serie En voz alta y pelo largo. Y es de verdad espectacular. El problema de Elena es que hace sus grabaciones a un volumen de sonido muy bajo (ya se lo he dicho). Es lo que tienen las producciones artesanales. Para escucharla bien les recomiendo utilizar auriculares si los tienen. En caso contrario, el ruido ambiente les dificultará oír bien lo que dice y esta es una disciplina que requiere una buena audición. Hace diez años Elena se desempeñaba como narradora oral en Libertad-8 y otros locales madrileños. Luego lo dejó para dedicarse a otras experiencias vitales, y ahora lo ha recuperado. El cuento que les propongo escuchar, de Dorothy Parker, es una delicia y no se puede declamar mejor. Les dejo con él, no sin antes desearles que pasen una buena semana. 

sábado, 6 de marzo de 2021

1.029. La consentida, el alter ego y la pescadera

Buenos días nos dé Dios en este fin de semana pre-primaveral. Este era el arranque que escribí esta mañana, cuando hasta vislumbraba la posibilidad de comer en mi terraza al aire libre, algo que sólo había podido hacer en contadas ocasiones desde la tormenta Filomena y su rastro de días grises y desapacibles que durante semanas nos han impedido disfrutar del cielo de Madrid (ya saben: de Madrid, el cielo). Por cierto, la jodida tormenta esparció daños colaterales sobre mi vida y mi entorno. Fiel a mis principios de no utilizar esta tribuna para quejarme y condolerme de desgracias propias (al blog se viene llorado), de primeras no les conté nada al respecto. Saben que me caí y me dañé la rodilla derecha, pero no lo comenté en el blog hasta que pude empezar otra vez a correr, con mi rodillera supersónica diseñada por procedimientos de inteligencia artificial. Pero no fue ese el único daño colateral. Había otros.

Las plantas de mi terraza soportaron estoicamente la nevada desmesurada; luego, el palmo y medio de nieve se heló, lo que me impedía llegar hasta los tiestos para aliviar sus penas y, en esas condiciones, vinieron varias noches de diez bajo cero. Unas temperaturas letales para ciertas especies vegetales. La dipladenia, esa trepadora de hermosas flores rojas con la que me agradeció los servicios prestados un vecino al que le estuve haciendo la compra durante el mes de encierro más severo, falleció por congelación. Era una planta vistosa que no llevaba demasiado tiempo conmigo por lo que apenas se había incorporado a mi vida, así que tengo encargada una sustituta en la tienda de mis amigos floristas que, por cierto, se han recuperado del covid, de lo cual me congratulo. Otra planta que resultó muy afectada fue una pequeña begonia de flor, pero esta es como una especie de hidra, un monstruo doméstico que ya ha sufrido catástrofes de todo tipo, de las que renace siempre con ánimos renovados. Con esta admirable muestra viviente de resiliencia vegetal, ya sé lo que tengo que hacer: cortar todo lo que sobresalga de la tierra, al ras, y esperar una resurrección que todas las veces se produce (ya está brotando desde la misma tierra y estoy convencido de que llegará a tiempo de echar flores para esta primavera que se acerca).

Pero lo peor fue lo de mi querida buganvilla, esa compañera fiel y permanente de todas mis penas y alegrías, que ya estaba en su rincón favorito cuando nació mi hijo Lucas hace 30 años y que ahí seguía tan campante. Era claramente mi consentida y así se lo dije a los floristas cuando les encargué el arreglo de la terraza: podéis hacer lo que queráis, a vuestro gusto, salvo tocar un pelo a mi consentida, que tiene que seguir en su rincón sin que nada la estorbe. Pero, mi querida compañera nunca había sufrido temperaturas de diez bajo cero. Estaba tan contenta que hasta había echado una pequeña floración invernal, por primera vez en sus 30 años de existencia. La calamidad climática la dejó completamente seca, convertida en un conjunto de troncos adornados por dry leaves and dead flowers. Y así sigue dos meses después, como ven en la imagen de abajo.

Como ven, le he quitado todas las hojas secas y la he limpiado de otros restos. Y, dos meses después de la catástrofe, aún albergo esperanzas de que reviva. Si eso sucede, lo celebraré por todo lo alto, como un evidente buen augurio. Cada mañana, en cuanto hago pis y me lavo someramente las manos y la cara, como me enseñó a hacer mi padre, salgo a la terraza y me paso un buen rato con mi consentida. La rocío con un spray de agua templada, reviso todos los rincones en busca de indicios de brotes. Pero sobre todo, le hablo. Le consulto sobre cómo enfocar mi día, cómo ordenar las tareas ingentes que me aguardan en mi jornada de jubilado. Me dirijo a ella con todo el cariño que puedo expresarle y espero que este tratamiento conjunto dé algún resultado. Ya saben que las plantas son seres vivos y mi buganvilla ha de ser sabia, si ha logrado llegar a este punto pasando a través de todo tipo de penalidades y abandonos. Este post es como una especie de exorcismo, para intentar revertir esa inmovilidad mortal que me muestra. Para que todos ustedes unan sus corazones en un impulso vital que insufle de nuevo confianza a mi planta más querida. Entre tanto, las demás plantas se dedican a celebrar por todo lo alto el hecho de que han sobrevivido y las más tempranas ya exhiben sus flores, como esta que ven abajo.

Les he dicho más arriba que tengo un volumen de tareas pendientes ingente. No exagero. Estoy ocupado de cojones. Yo la verdad, no entiendo cómo hay gente que se jubila y se deprime porque no sabe qué hacer. Hace poco, la única hija de Albert Camus, una sesentona de aire radiante, contó en una entrevista en la prensa que, en una ocasión, ella estaba de niña con su padre, que leía tranquilamente un periódico. Para llamar su atención, con la voz nasal y el toque ñoño que saben poner las pre-adolescentes, le soltó: jo, papi, es que me aburro… Su padre, sin despegar la vista del texto que leía, dijo: en este mundo sólo se aburren los imbéciles. Desde ese día, ella ya no se volvió a aburrir. Nunca más. Yo tengo ahora mismo varias tareas pendientes, digamos, profesionales. Por una parte, he de preparar mi clase presencial de hora y media en la ETSAM del próximo día 15. Tengo una serie de imágenes de charlas similares, que he de reordenar y adaptarlas al formato que me piden.

Pero es que al día siguiente, 16 de marzo a mediodía, me conectaré con Bogotá, San Francisco y una tercera ciudad que cada vez que me escriben cambia: ahora parece que puede ser París. La cita la han retrasado para que pueda presidirla la Alcaldesa de Bogotá. Lo mismo hasta tengo que ponerme una corbata. Aquí dispondré de veinte minutos para contar muy brevemente el Madrid Río. Lo que me supone preparar un segundo power point específico para el evento. En ese ecuador del mes de marzo, mi agenda se espesa y genera uno de esos grumos de actividad a los que siempre he respondido sin quejarme. Porque el mismo día 16, a las 19.30 tendré mi sesión de Billar de Letras para analizar el libro Los incendiarios, que me estoy leyendo en estos días. Para acabar de joderla, mi amigo Werner, la última persona a la que visité antes de estos encierros encadenados (inolvidable viaje a Pravia), me ha dicho que viene a Madrid el 14 para un asunto profesional y quiere quedar conmigo antes de volverse a Asturias el 16. La guinda del grumo.

Pero es que además, mis amigas del curre, esas que me quieren tanto y me hacen vídeos tan cariñosos como el que les mostré hace un par de posts, me han pedido que les vaya echando un vistazo a los proyectos presentados a la segunda fase de Reinventing, que son seis. Los puedo ver en pantalla, para lo que C40 me ha facilitado una clave personal, pero también en papel cuando voy al edificio APOT, algo que hice el jueves pasado y repetiré el próximo miércoles. Ellas dos no han podido empezar a ver los proyectos entregados y les viene bien que vaya yo desbrozando el camino. Pero es que, en paralelo, estoy desarrollando otra serie de tareas, digamos, personales que también me ocupan mucho tiempo.

Se las enumero para no ser exhaustivo, ya habrá tiempo de ir narrando los aspectos más blogueros que se vayan suscitando en cada una: gestionar el pago de mi pensión (algo más difícil de lo esperado, porque tengo que pelear contra una máquina), renovar el carné de conducir (hecho), conseguir que me instalen el Internet por fibra, gestionar mis exiguos fondos, que tengo en varias cestas como se aconseja, lo que me supone resistir las presiones de los gestores de cada una de las cestas, que me intentan seducir con todo tipo de halagos y estratagemas para que traslade todos los huevos a la misma cesta, casualmente la suya de cada uno. Tengo también que acabar de ordenar las cajas de libros y documentos que me traje de mi despacho, actualizar mi curriculum, poner al día mi perfil de Linkedin. Más mantener mi jardín y hacerme la comida la mayor parte de los días, y una compra de vez en cuando. También tengo en espera darle un tratamiento con aceite de linaza o similar a las sillas y la mesa de mi terraza, muy afectadas por la nieve de Filomena.

Para cuando termine todo eso, tengo una tarea pendiente, muy de jubilado: repasar mis posts del blog uno por uno desde el #1, para restaurar los videos que la página Youtube tiene a bien suprimirme periódicamente. Eso, siempre que se pueda, porque, como sabrán, hay algunos que han sido eliminados para siempre y con esos no puedo hacer nada. Y, para cuando me vaya quedando más libre de estas ocupaciones, he de pintar y acuchillar en casa, asunto que no es baladí. Además, estoy considerando rescatar mi viejo grupo de conversación inglesa, en versión telemática, con el bueno de Ed, el neoyorkino al que nadie llama por su verdadero nombre, salvo su madre y sólo cuando está enfadada y se dispone a echarle una bronca: ¡¡EDWIN!! Y todo eso hasta que llegue el día en que podamos otra vez viajar por el mundo, momento para el que, al cumplir 70, me he saltado al turno anterior de vacunación.

Además, poco a poco voy recuperando mi vida social perdida, aprovechando que la pandemia parece aflojar un poco (antes de que llegue la cuarta ola); salgo a comer con amigas y algún que otro amigo, tanto en terrazas como en interiores y ayer fui al teatro, a ver Mi amigo Cicerón, ocasión que me permitió encontrarme con mi vieja peña de adictos al teatro; a algunos hacía más de un año que no los veía. Así que ya ven que estoy entretenido, y eso sin contar con la lectura, la guitarra y la propia escritura de posts para el blog. Así que estoy en completo acuerdo con la hija de Camús. Pero, sentado esto, quiero contarles algo. Uno de estos días me encontré con un amigo por la calle; también hacía mucho que no lo veía en persona. Me hizo las preguntas de rigor: ¿qué tal estás? Bien. ¿Y tus hijos? Muy bien también. Hasta aquí lo habitual. Lo raro fue la pregunta siguiente: ¿Y cómo está Samantha Fish? ¿Cómo dices? Sí, que cómo van sus conciertos, qué tal está resultando la nueva gira; Sam es ya como de la familia, los que te seguimos en el blog estamos muy interesados en que continúes contándonos sus novedades.

Algunos de mis lectores se creerán que me lo estoy inventando. Allá ustedes. Sucedió tal cual lo cuento. Y esto me trae a la cabeza una reflexión. Yo empecé este blog hace más de ocho años y fui mejorándolo poco a poco, con historias de todo tipo, valorando qué tipos de rollos gustaban más a mis lectores y cuáles me dejaban a mí más satisfecho. En esa evolución, gradualmente fue surgiendo un personaje de mí mismo que empezó siendo como un espejo de mi verdadera personalidad, pero poco a poco fue cobrando vida propia y disociándose de mí, de forma que llegó a haber dos Emilios bien diferenciados, el real y el del blog. Ambos comparten algunas señas de identidad, como la literatura, el urbanismo, el rock o el running, pero el primero es quien soy de verdad, mientras que el segundo es una especie de alter ego, que se parece más a lo que yo hubiera querido ser. Algunos de mis lectores, que me conocen también en persona, detectaron hace tiempo esa especie de doble personalidad casi esquizoide.

Todo esto es un poco freudiano, pero cierto. Creo que ya les conté que una amiga de mis hijos que me sigue en el blog, quedó conmigo a tomar una cerveza para conocerme en persona. Y luego le comentó a mi hijo que le había sorprendido lo tímido que era, que por el blog me imaginaba como alguien mucho más decidido, seguro de sí mismo y con una personalidad arrolladora. Me parece que está claro lo que quiero decirles. Pero lo curioso es que ese Emilio bloguero ha ido cobrando un peso creciente a medida que iba pasando el tiempo, de forma que ya casi se está comiendo al otro. Ahora mismo yo ya no soy la persona que era antes, sino que ese Emilio bloguero ha ido fagocitando poco a poco mi personalidad, hasta hacerse con el mando de mi persona. Eso explica, por ejemplo el cariño que me han mostrado en el curre en el momento de la jubilación, la proximidad, la admiración, la ternura, el afecto que se trasluce del vídeo que me hicieron, la dedicatoria del libro que me regalaron, las palabras que se pronunciaron en la reunión de homenaje por Teams en la que se conectó toda la Dirección General.

El Emilio hasta ahora real, ese personaje dubitativo y un poco melancólico que era yo cuando inicié el blog, cuyo perfil se ha mantenido en paralelo a esta eclosión de mi nuevo yo, jamás hubiera suscitado semejantes expresiones de cariño, unos parabienes y unos homenajes como los que yo he recibido en estos días. Y en este nuevo escenario, los lectores me preguntan que cómo va Samantha, un personaje directamente nacido en el seno de mi alter ego bloguero. Samantha es alguien que hemos ido ustedes y yo descubriendo post a post en la deriva imparable de este blog. Una mujer que con determinación admirable ha derribado la puerta del viejo mundo del blues, dominado hasta ahora por hombres y en gran medida por negros, para instalarse allí como uno de los mejores, con su melena rubia teñida, su aire Marilyn y su simpatía que no se arredra ante nada. Su gira actual empezó el día 3 en Tallahassee y ha seguido con uno o dos conciertos diarios de hora y cuarto en distintas salas de conciertos de Florida.

Esos conciertos tienen lugar, en horario de Madrid en torno a las cuatro de la mañana. Y cada día, cuando me levanto, ya tengo en mis fan-pages de Facebook la retransmisión entera de al menos uno de esos conciertos, grabada por algún miembro de la red con su móvil. Así que, en estos días pasados, lo segundo que he hecho después de lavarme la cara y las manos y hablar un rato con mi buganvilla pendiente de resurrección, ha sido encender el ordenador, conectarlo con el cable HDMI a la televisión y ponerme a todo volumen el concierto de Sam de la noche anterior, para verlo mientras desayunaba. También me van llegando fotos de los eventos, como estas que les voy a poner. Corresponden a su concierto de anoche, 5 de marzo, en el Funky Biscuit de Boca Ratón, no muy lejos de la mansión de Trump en Mar-a-Lago.





Hoy no les voy a poner muchos deberes en cuanto a ver vídeos de esta artista admirable. Les contaré que Sam tiene ya un cierto estatus de diva, lo que hace que tenga un pequeño equipo a su alrededor que la protege de fans, curiosos, adoradores babosos y pesados. Los que logran atravesar ese filtro, son unánimes en sus opiniones: Samantha es una persona sencilla, cariñosa, vitalista, empática, con un sentido del humor infatigable que empieza por reírse de sí misma y encantada de que todo el mundo quiera estar un rato con ella. Es ya lo que se suele llamar una artista de culto, concepto que implica un carácter minoritario: como saben, Los Ramones no tuvieron nunca un solo éxito discográfico o número uno en las listas. Eran un grupo de culto y tenían seguidores fijos muy fieles que acudían a verlos a todos sus conciertos.

El grupo de Facebook Samantha Fish España, creado en junio por un barbudo gaditano y del que formo parte desde agosto, no consigue alcanzar los 100 miembros; ahora mismo somos 99. Es una consecuencia de que Sam sea una artista independiente, que no ha buscado integrarse en una multinacional discográfica, sino que tiene su propia productora en la que patrocina a cuatro frikis de esos por los que tiene debilidad. Las discográficas son capaces de hacer que todo el mundo hable de sus artistas y eso explica que ahora tengamos a Rosalía, a Billie Eilish, e incluso a C.Tangana (el nombre de artista más ridículo desde Nacha Pop) hasta en la sopa. Pero a Sam ya le llegará su hora. Mientras tanto, ella hace lo que le gusta, ha conseguido vivir del invento y no piensa dejar de ser ella misma, salvo por el hecho de que está más gorda que cuando pesaba 56 kilos y, tal como se la ve, imagino que habrá tenido que cambiar más de una vez la talla de sus pantalones de cuero.

En próximas entradas les explicaré cómo es que esta señora ha empezado (como siempre, la primera) a dar conciertos por USA, cuando la pandemia está todavía en pleno auge. Por hoy les voy a dejar con un vídeo del que sólo quiero que vean los 35 primeros segundos, para que se fijen en un simple gesto (por supuesto, quien quiera que lo vea entero). Les voy a pedir que imaginen una escena. Estamos en el mercado de la Plaza de Lugo, enfrente de la casa donde yo nací. Hemos ido a comprar pescado (fish) y le hemos pedido a la pescadera que nos limpie y nos corte en trozos medianos una pescadilla para hacerla a la gallega. La pescadera es una mujer recia, de la parte de Corme o de Malpica, que lleva desde pequeña trajinando con el pescado, con su juego de cuchillos intimidante, su fuerza natural y una profesionalidad a prueba de bomba, arre carallo.   

Con gesto automático, limpia el más grande de sus cuchillos con el grifo que le cae del techo en el extremo de una manguera plástica, elige una pescadilla mediana y empieza a trabajar con ella. Esta mañana hacía frío y niebla por el Orzán, cuando se ha acercado caminando a La Plaza (así llaman allí al mercado), por lo que se ha puesto una rebequita de lana para no enfriarse. Ahora la lleva puesta todavía, pero con el ejercicio de cortar el pescado con precisión y puntería, para que no se desbaraten los trozos, ha empezado a sudar y le está entrando un calor que amenaza con derivar en sofoco. Valora la posibilidad de terminar con la pescadilla y luego quitarse la rebeca, pero decide que no, que tiene que parar, porque se está asfixiando. Se la quita, pues, y entonces repara en que todos los clientes están mirando cómo lo hace. Es entonces cuando sobreactúa ligeramente, para teatralizar el gesto, quitarle importancia y empatizar con el coro de clientes mirones.

¿Han memorizado ese gesto? Pues van a verlo ahora. Este es un concierto de Samantha Fish en St. Louis (Missouri) en diciembre de 2018. Yo lo he visto entero y he observado cómo Sam ha salido con una especie de toquilla dorada sobre los hombros, que todo el rato se le está descolocando y puede que también le dé calor. Un verdadero coñazo. El vídeo que les pongo es de un trozo de ese concierto y empieza justo en el momento en que Sam se quita la rebeca y, a la vista de todos los asistentes, reproduce el gesto de la pescadera. Esta mujer viene del pueblo, es de Kansas City, que conceptualmente no es un lugar muy diferente de Corme o Malpica, y va a seguir siendo ella misma pase lo que pase, porque no le importa el qué dirán. Por eso la adoramos sus fans.

Antes les diré, a modo de despedida, que esta mañana me he levantado, me he lavado las manos y la cara, como me enseñó a hacer mi padre, luego he desayunado viendo el concierto de Samantha de anoche, el cuarto que daba en Boca Ratón, y enseguida me he puesto a escribirles esta entrada. He hecho una parada a mediodía, justo para comerme un plato del potaje de garbanzos, espinacas y bacalao que me cociné ayer antes de ir al teatro, que estaba de rechupete, y echarme una pequeña siesta. Y ya tengo el trabajo hecho. Me queda tiempo esta tarde para empezar a seleccionar imágenes de Madrid Río para mi presentación en power point para el día 15 y su extracto para el 16. En fin, como van a ver (en pantalla grande, por favor) los 35 primeros segundos del vídeo que les pongo abajo, yo que ustedes ya lo dejaría entero, le subiría el volumen y aprovecharía para bailar un rato, que es tarde de sábado y tenemos que celebrar que aun no nos ha pillado el virus. Sean buenos. Y cuídense.

martes, 2 de marzo de 2021

1.028. Incendiarios

Empezaré por decir que la acogida del post anterior sobre mi año samánthico ha superado todas mis expectativas y reticencias. Cuando empecé la serie de cuatro posts sobre Samantha Fish, detecté un bajón de visitas muy claro y me dio rabia. Luego, es cierto que los cuatro textos han ido recibiendo un goteo continuo de visitas y se han igualado con los demás. Después de eso, el otro día les ataqué con otra entrada samánthica y pensé que no entraría a leerme ni el gato. Para mi sorpresa, ese post ha sido bastante exitoso para lo que suele ser este blog. Me congratulo por ello. Así que, una vez que los tengo en el terreno que quiero, empiezo a dar leña de nuevo, ahora ya como jubilado bloguero y a mi bola (tengo pendiente corregir mi perfil de blogger incorporando las últimas novedades).

Por si alguien no lo tiene claro, voy a decir unas cuantas obviedades preliminares. Este es mi blog y yo aquí digo lo que me da la gana. No todos mis seguidores han de estar de acuerdo con mis opiniones. Como yo no soy el Papa, puedo estar equivocado en algunas de mis afirmaciones y cualquiera de mis lectores puede enmendarme la plana a su gusto; ya saben que las opiniones son como los culos, que cada uno tiene el/la suyo/a. Que yo me manifieste de forma apasionada en algunos de mis discursos no quiere decir que me crea en posesión de la verdad. A veces ni siquiera estoy seguro al cien por cien de mis afirmaciones. Pero, aun en los casos en que estoy segurísimo de lo que digo, cualquiera puede contestarme con su propia opinión al respecto, opuesta a la mía. Sentado esto, vamos con el tema del título, imagino que ya saben por dónde voy y empezaré por una de las fotos que he seleccionado para este texto y que iré intercalando sin pie de foto ni comentario alguno: su contenido es muy claro.

Les diré que todas las fotos corresponden a las revueltas de estos días en la ciudad de Barcelona. Muy bien, pues empiezo: desde esta tribuna proclamo que no pienso mover un solo dedo para pedir la libertad del rapero, o lo que sea, Don Pablo Rivadulla, más conocido por su nombre artístico Pablo Hasél. Vamos, que no pienso mover ni el dedo meñique por este señor, ni el hecho de que esté entre rejas me va a quitar un solo segundo de sueño. Ese sujeto es un violento, que alienta en sus canciones a magnicidios y crueldades diversas y reivindica el tiro en la nuca como forma de acción política. Es más, es que, si de mí dependiera, no sólo lo metía en la cárcel, sino que además lo forraba a hostias. A él y a su amigo Valtonyc, que propugna los mismos métodos. Decir esas barbaridades no es arte rapero, sino incitación al odio (además no sólo las dice en sus canciones sino en sus tweets, que distribuye a diestro y siniestro). Creo que la sociedad se tiene que defender de ese tipo de personajes, con todo el peso de la ley.

Y ahora me adelanto a algunas de las opiniones que tendrán ustedes, porque son las mismas que leo yo en la prensa y escucho por la calle o a mis conocidos. Y se las voy a rebatir una por una. UNO. No se puede meter a nadie en la cárcel por sus opiniones, sólo por decir lo que piensa. NIEGO LA MAYOR. La palabra es una de las armas más peligrosas de que dispone el ser humano. Donald Trump ha sido especialmente dañino para la democracia de su país, simplemente por las cosas que decía. El manifiesto que suscribieron los intelectuales serbios poco antes de que empezara la guerra en Yugoslavia, contribuyó decisivamente a su desencadenamiento. Los discursos de Hitler o Mussolini eran puro veneno. Repito: la sociedad tiene el derecho y el deber de defenderse del poder tóxico de las palabras que salen de la boca de determinados personajes. Y lo que Pablo Hasél sigue esparciendo desde la cárcel (porque Twitter no le ha cortado la cuenta como hizo con Trump) es puro napalm.

DOS. Se empieza encarcelando a raperos antisistema y luego se sigue con los demás: cualquiera que disienta del discurso políticamente admitido como correcto, está en riesgo de ser detenido. Ya lo dijo Bertold Bretch: vinieron a por los socialistas y no me preocupé porque yo no soy socialista; luego vinieron a por los sindicalistas y no me preocupé porque yo no soy sindicalista, luego a por los judíos, etc. NIEGO LA MAYOR. En este caso, el poema sería: vinieron a por los que proponían el tiro en la nuca como solución política y punto. No vinieron a por nadie más, porque la ley ampara la libertad de expresión y nos permite cagarnos en el rey emérito y en la madre que lo parió, por poner un ejemplo de actualidad. Pero no defender el tiro en la nuca. Y, desde luego, cuando detuvieron a este señor yo, no sólo no me preocupé, sino que me sentí más seguro, amparado por un sistema que se toma la molestia de protegerme de semejante energúmeno.

TRES. Con esa postura tan belicosa, te estás poniendo a su nivel, así se empiezan las peleas, dos no se pegan si uno no quiere, tú deberías dar ejemplo de tolerancia y templanza, etc. NIEGO LA MAYOR. Yo no me estoy poniendo a su nivel, porque yo no he dicho en ningún momento que haya que cortarle los cojones. Yo sólo digo que hay que responder a sus afirmaciones con todo el peso de la ley. Como se está haciendo. Bien por la Justicia en este caso. Lo que no puede hacer la sociedad es enfrentar sus exabruptos con razonamientos ni explicaciones de contextos y motivaciones. No, señor. Usted ha aplaudido el sistema del tiro en la nuca, pues ya no hay más que argumentar. Está bien donde está, detrás de las rejas, y yo le deseo que no salga en muchos años. Los que protestan en las calles están en su derecho de hacerlo, aunque no deberían ser tan violentos. El que cae en esos grados de violencia se hace más daño a sí mismo y a su imagen, que al sistema al que dice combatir. El sistema tiene medios para aguantar esa presión, resistiría hasta un nuevo incendio de Roma, como el falsamente atribuido a Nerón.

CUATRO. Este lo he dejado para el final, porque es el más extendido y ha alimentado un número considerable de artículos desde una visión, digamos, de izquierdas. La libertad de expresión es sagrada. En un mundo libre uno debe tener la libertad de decir lo que piense, aunque sea una barbaridad. Yo no suscribo las cosas que dice Hasél, pero no creo que se le deba encarcelar por decirlas. Y aquí se suele traer a colación la cita de Voltaire, que encima resulta que es falsa (jamás la dijo): no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero defendería con mi vida su derecho a decirlo. Pues aquí también: NIEGO LA MAYOR. Los que así se pronuncian, se quedan de puta madre después de decirlo, se sienten magnánimos y encantados de ser tan políticamente correctos.

Hombre, puedo admitir que eso es lo que tiene que decir alguien que escribe en un periódico con miles de lectores. Pero no es mi caso. Yo escribo en algo que cualquier experto calificaría de blog zombie, con unos 40 seguidores fijos y una media de visitas en torno a 60 por entrada, porque algunos entran varias veces, o le pasan a algún amigo un post que les haya gustado especialmente. Así que, como he dicho más arriba, yo me creo en mi derecho de decir lo que me dé la gana. Respecto a esta bienintencionada opinión CUATRO, les diré que, los que así piensan, les hacen el caldo gordo a los violentos y partidarios del tiro en la nuca. O, por decirlo con otras palabras, les sirven de coartada para no sentirse tan unánimemente rechazados, lo que refuerza su posición, Es decir, son los típicos tontos-útiles, caracterización que se usa mucho en Italia (l’utile idiota), aunque fue definida con precisión por el mismísmo Lenin. Les pongo tres ejemplos de tontos útiles.

A.- Los vascos que en los setenta y ochenta decían: yo no comparto los métodos de ETA, pero sí los fines, porque aquí hay un conflicto y hay que resolverlo. Ya les conté que yo perdí a todos mis amigos vascos de esos años, por decirles que yo lo que no compartía de ETA eran los fines, que con semejantes fines sus métodos me parecían de lo más coherente. Los vascos tardaron mucho tiempo en darse cuenta de que, efectivamente, en su tierra había un conflicto: ese conflicto se llamaba ETA. Ellos eran los que sobraban. Ahora los vascos están de puta madre sin semejantes animales.

B.- Los catalanes que dicen: escolti tú, que aquí hay también un conflict. Y yo apoyo que se ejerza el derecho a decidir. Yo quiero seguir en España y será eso lo que vote, pero quiero que se me pregunte. Esto, que lo piensa más gente de la que ustedes se imaginan, es hacerle el caldo gordo a Puigdemont y a Torra (por cierto, ¿dónde está Torra? ¿Sigue todavía cobrando su sueldo, el más alto de todas las administraciones nacionales?). A partir del día en que se hiciera esa consulta, los puigdemoníacos se desentenderían de estos ingenuos, una vez utilizados. En este caso, muchos catalanes de buena fe aún no se han dado cuenta de que hay un conflict, efectivamente, pero ese conflict se llama independentismo. Ese es su peor incendio.



C.- Los países europeos frente a la Guerra Civil española. Supongo que ya saben de qué les hablo. Cuando estalló nuestra guerra en 1936, por un golpe militar contra el gobierno legítimo de la Segunda República, el gobierno francés de Leon Blum promovió la Política de No Intervención, entusiásticamente apoyada por los británicos de Lord Chamberlain. Todos los países europeos apoyaron ese acuerdo y se cerraron las fronteras. Aunque enseguida se supo que Alemania, Italia y Portugal, que habían firmado dicho acuerdo, por detrás estaban apoyando con tropas, munición y dinero al bando de Franco. Pero los franchutes y los británicos mantuvieron esa neutralidad exquisita que quedaba tan bien para contentar a sus conciencias súper correctas.

En la guerra, los alemanes ayudaron a Franco de todas las formas posibles, incluso bombardeando Gernika para probar sus armas sobre una población civil, un ensayo para la inminente guerra mundial a punto de desencadenarse, que ni franceses ni ingleses pudieron parar con esa política tan educada y equidistante. Los italianos también intervinieron, pero su papel fue más bien ridículo: en Guadalajara se enfrentaron a una tropa republicana varias veces inferior en número, les entró la cagalera y echaron a correr abandonando todo su armamento, que le vino muy bien a los republicanos. El señor Oliveira Salazar, desde nuestro país vecino también daba apoyo de todo tipo a Franco. Frente a ese apoyo decisivo al otro bando, a la República sólo la ayudó Rusia que, por cierto, nos mandó un armamento desechado por viejo y una munición caducada, menudos cabrones también, Stalin y compañía. Todo eso está en los libros de Historia, pueden comprobarlo.

A nuestros efectos, tanto los gobernantes de los países de la no intervención, como los catalanes que quieren una consulta para quedarse en España, o los vascos que decían compartir los fines de ETA aunque no los medios, son lo mismo: una gente que toma su decisión equidistante y se sienten de puta madre. Todos ellos piensan o pensaron: qué bien, oyes, qué decisión más justa y más ecuánime he tomado, qué contribución la mía a la concordia, cómo molo yo con este pronunciamiento tan correcto. Pues lo mismo sienten los que toman la opción de pedir que liberen de la cárcel a Pablo Hasél, aunque no suscriban las barbaridades que dice. Estos, como los primeros, son tontos útiles de manual y los violentos los utilizan para reforzar su posición, aunque luego los dejarían tirados cuando ya no les fueran de utilidad.

Desde luego que yo no estoy de acuerdo con ese tipo de posturas. Yo creo que uno debe de portarse bien, ser correcto y educado y tratar bien a todo el mundo. Pero a mí, si me viene un tipo con una pistola y me apunta a la cabeza, lo último que se me ocurriría es decirle: mire usted, caballero, yo comprendo que usted es una buena persona, que si me está intentando robar es por culpa del contexto, por esta sociedad injusta con estas desigualdades sociales que existen, está claro que ese contexto es el que le ha forzado a usted a tomar este camino delictivo en el que yo le comprendo y tiene usted todo mi apoyo. No sé si ustedes harían eso. Yo, no. Yo, desde luego, si viera una mínima oportunidad de darle un rodillazo en los huevos y quitarle el arma, no la iba a desaprovechar. Precisamente por esos paños calientes que se están teniendo con este aquelarre incendiario, es por lo que el vandalismo no cesa en Barcelona, después de más de una semana.  

Pero en esta historia hay más cosas, desde luego. Por un lado, como acertadamente señala Enric Juliana en La Vanguardia, esta pandemia no se vive igual por una persona de 50 o 60 años, con experiencia en la vida y sus cosas más o menos organizadas, que por una persona que tiene ahora 18 años y tiene la sensación de que cada hora que pierde por la pandemia es como si perdiera la vida entera. De acuerdo: la gente joven está frustrada y nerviosa, y no ven horizontes. Eso los hace estar más sensibles, no les gusta el mundo que les hemos dejado y dejan estallar esa frustración saliendo a la calle a protestar porque alguien les ha dicho que han metido en el trullo a un rapero por sus letras y eso no se puede consentir. Eso explicaría el carácter masivo de las manifestaciones, cebadas también por el independentismo, la CUP, etc.

Pero aún hay más. Durante los años duros de la crisis económica de 2008 en adelante, yo solía participar en manifestaciones y marchas contra la situación, que se repetían día a día, como se contó puntualmente en los dos primeros años del blog. Desde entonces no he vuelto a salir a la calle a protestar. Bien, pues de aquellos momentos tengo un recuerdo nítido: las marchas eran casi siempre pacíficas, al final se leía un manifiesto y la gente se dispersaba y se iba a tomarse su vermú o sus cañas, según la hora. A veces, sin embargo, la cosa no acababa bien. A veces había hostias en los momentos finales y más de una vez tuve que correr para llegar sano a casa. Bien, pues TODAS las ocasiones en que eso sucedió, yo tuve la sensación de que iba a haber bofetadas, antes de que sucediera. Yo soy observador, como saben, y todas las veces intuí anticipadamente que se preparaba un final más violento. Y de que lo sabían tanto los manifestantes pacíficos, como los policías.

Ya ven, se creían ustedes que ya habían leído los matices más polémicos y políticamente incorrectos de mi texto, y aún les faltaba lo peor. Esto que les estoy contando era algo que no podía pasar desapercibido para alguien que no fuera un despistado. Es que, en un momento dado, empezaban las miradas nerviosas a todos los lados. El ambiente parecía electrificarse por momentos. Y, de pronto, ya no había niños en el grueso de la mani. Ni casi madres. Ese nerviosismo, esa tensión, se trasladaba a los policías que vigilaban la cosa, que se ponían en alerta. Y entonces empezaba la guerra, siempre con algún chaval que tiraba algún objeto sólido a la pasma. ¿Qué es lo que les estoy tratando de contar? Pues que estoy convencido de que todo lo que sucedía estaba planeado de antemano. Que los organizadores de la marcha habían decidido que por medios pacíficos no estaban logrando nada y decían: hoy vamos a apretar un poco más las tuercas.

Y eso me lleva a otra conclusión obvia: que los violentos eran gente que ya venía preparada para montarla, con proyectiles y pertrechos para la batalla. Y que los promotores de la marcha puede que hasta les hubieran pagado por ello. Desde luego, habían cerrado los detalles concretos del trato: que no haya heridos graves, no empecéis hasta que os demos la señal, y todo lo que se quieran ustedes imaginar. Los pacíficos sabían que eso iba a suceder y protegían a los suyos cuando llegaba el momento. Y la pasma también lo sabía, porque suelen tener gente infiltrada, que les da el cante. Ya sé que esto es muy fuerte, pero así lo sentí yo en varias ocasiones (ya saben que yo espero a que una cosa suceda varias veces antes de decidir que es tendencia). No soy un tipo conspiranoico y creo que lo he demostrado en este blog, pero estoy convencido de que esto que digo sucedía exactamente como lo cuento. Por supuesto, no tengo prueba ninguna, salvo mi intuición.

Pero no me creo que la indignación sea algo que surja siempre de modo espontáneo de la masa, sino que a menudo es algo planificado previamente. ¿Y qué puede impulsar a un chaval a entrar en una banda de la porra, a la que se contrata para que la monte al final de una mani pacífica? Pues muchas cosas. A lo mejor un cierto grado de fanatismo. O una rebeldía muy propia de esas edades. O reafirmar su personalidad para hacerse el macho, o para ligar más. Si es cierto que les pagan por ello, tal vez financiarse alguna adicción. Pero además de todo ello, hay una erótica de la violencia. Es que incendiar un coche tiene que producir una descarga de adrenalina impagable. Yo, que no me he peleado desde los 14 años, lo más parecido a eso que he sentido ha sido las veces que he tirado un tabique, haciendo una reforma doméstica. Es que agarras la maza gigante, le empiezas a arrear a la pared y la adrenalina se te dispara. 




Sobre la etiología de la violencia trata el libro que estoy leyendo para la próxima sesión de Billar de Letras, cuya portada y foto de la autora ven aquí. Se llama precisamente Los incendiarios y es obra de la escritora norirlandesa Jan Carson, que ganó con ella el Premio de Literatura Europea 2019. Cuenta una historia que se desarrolla en la actual Belfast, una ciudad machacada por años de violencia, la división que no cesa entre católicos y unionistas, un clima horrible en el que llueve todo el tiempo y la sensación de miedo y hastío de un conflicto (ese sí es real) que tiene pinta de que no se va a arreglar nunca. En ese ambiente sórdido, transcurren varias historias paralelas, con un componente fantástico alucinante. Y, como telón de fondo, esa ciudad a la que la violencia durante décadas ha dejado tocada ya para siempre. La foto que les pongo abajo es de ahora mismo. Ese no es el muro de Trump. Ese es un muro que existe hoy en la ciudad y separa los barrios católicos de Belfast Oeste, de los protestantes de Belfast Este, para que no se peguen entre ellos.  

Uno de los personajes de la novela es Sammy Agnew, que en su juventud fue paramilitar unionista y se dedicaba con sus colegas a parar los coches que venían por una carretera de las afueras a punta de pistola, y pedirles a los ocupantes que cantaran La Banda, canción popular de los unionistas. Si los del coche no se la saben, es que son católicos y entonces los sacan fuera, les queman el coche y, si protestan, los apalizan con las porras y las culatas de sus pistolas, hasta dejarlos medio muertos en la hierba. Iban con pasamontañas, como los incendiarios de Barna. Sammy cuenta cómo se sentía intocable, como el tener una pistola en la mano le producía una sensación de omnipotencia, de gloria, que no puede compararse con nada. Cómo la ira habitaba en su interior y cómo sólo la sangre y el sonido de huesos rotos calmaban su ansia y le hacían sentirse en paz consigo mismo.

Dice que aquello no era cuestión política o de banderas. Que él tenía que dar salida a esa ira que llevaba dentro. Que no hubiera parado ni por petición de su mujer, de su madre o de sus líderes políticos. Únicamente paró cuando tuvo a su primer hijo y lo sostuvo entre sus brazos. Entonces sintió una especie de epifanía: con ese bebé en brazos era aún más divino que aporreando católicos. Así que decidió cambiar de vida. Desde entonces es un buen ciudadano, aunque a veces siente la vieja ira, como una especie de hielo interior, pero la reprime, porque piensa que se lo debe a su familia. Pero en Belfast hay ahora una fiebre de incendios y Sammy cree ver algo en la mirada de su hijo mayor, que le permite intuir que es el lider de los incendiarios, porque lleva en la sangre la maldición de su estirpe, que viene desde el propio Caín. Y no sabe cómo hacer para que esa pulsión hereditaria deje en paz al chico y le permita reconducir su vida.

Tenía más imágenes de fuegos urbanos, pero voy a terminar con un giro inesperado. Me cuentan de algunos compañeros y amigos que se han jubilado como yo y lo llevan fatal, que están aburridos y enfurruñados. Yo les recomendaría encarecidamente la literatura. Leer es algo muy grato. Un libro como este de Los incendiarios es una maravilla. Es que abres la primera página y ya te engancha, te agarra por el cuello y no te suelta. Yo tengo una lista de libros pendientes tan extensa, que en lo que me quede de vida no me da tiempo suficiente para leerlos todos, así que tengo entretenimiento asegurado. Pero, claro, hay personas que son incapaces de leer nada más largo que un tweet: yo conozco a más de uno que entra en mi blog y se marea, sólo de ver la cantidad de texto escrito. En esas condiciones, no es de extrañar que anden desanimados o cabreados. Especialmente dedicada a los de este estereotipo, aquí va mi imagen de cierre. Sean buenos. Y cuídense.