martes, 27 de octubre de 2020

989. No queremos ser como tú

Vaya, después de un post tan intenso y emotivo como el anterior, vuelvo a mis obsesiones cotidianas: el blues, el virus y las elecciones USA. En orden inverso. Con esto de las elecciones USA, que son dentro de una semana, me estoy poniendo muy nervioso. ¡¡Ay, qué nervios que tengoooo!! Es que no lo veo nada claro. Según las encuestas, sondeos y casas de apuestas, la victoria de Biden en votos populares está cantada. Pero ya saben que Hillary sacó 3 millones de votos más que Trump y perdió. ¿Cómo es posible eso? Pues por el enrevesado sistema electoral americano. Se lo podría explicar, pero yo creo que mejor les pongo un link a un artículo del ABC, donde se explica en detalle, y el que quiera que lo lea. Han de pinchar AQUÍ. Échenle al menos un ojo al mapa de los estados con el número de compromisarios de cada uno. 

Hay un montón de estados que están claramente definidos, unos a favor de Trump, otros de Biden. Así que la lucha está en los llamados swing states. ¿Y cuáles son estos? Pues el más grande Texas, donde parece clara la victoria de Trump, igual que la de Biden en Pensilvania y Wisconsin. Pero, entre unos y otros, hay nada menos que seis estados bastante empatados, con muy ligera ventaja de Biden en Florida, Arizona y Carolina del Norte y lo mismo para Trump en Georgia, Iowa y Ohio. En esta semana que queda, todo puede moverse, pero no parece que las cosas vayan a cambiar mucho. De hecho, ya han votado, anticipadamente o por correo, más de 60 millones de electores, más o menos un 24% del censo de votantes mayores de 18 años, que es de 245 millones. Si tenemos en cuenta que en las Generales USA la participación no suele superar por mucho el 50%, pues parece que ya está todo el pescado vendido. Aquí una imagen de una señora votando anticipadamente en Georgia.

En el último debate no hubo grandes noticias. Hubo que establecer el sistema de que, cuando uno hablaba, se le bloqueaba el micrófono al otro, para evitar que Trump lo convirtiera en un despelote, como el primero. En el fondo, esta medida es una versión suavizada de mi propuesta de que lo llevaran al debate en jaula. Biden aguantó el tipo y Trump se moderó, seguramente aconsejado por su equipo de campaña. El debate tuvo lugar en Nashville, la capital del country, la ciudad musical por excelencia. Está en el estado de Tennessee, en donde la victoria de Trump está cantada. Pudieron ver en los medios las imágenes del circo que montaron sus partidarios a las puertas de la universidad donde se celebraba el debate. Pero no todo el mundo en esa ciudad es partidario de Trump. Allí viven por ejemplo las chicas de Larkin Poe. Y la gran Sheryl Crow. Esta señora de 58 tacos que me sigue gustando un montón, publicó el mismo día del debate un vídeo de mensaje claro, que les pido que vean.

Grabado por Zoom con sus músicos, enlaza dos temas recientes suyos, concebidos con estructura de talking blues. El talking blues es un antecedente del rap, en el que la letra se medio recita, salvo el estribillo que suele ser pegadizo. El primero, se publicó hace un par de años y lo traje al blog. Está claramente dirigido a Trump. El estribillo dice I wouldn’t wanna be like you/No way; es decir: no quisiera ser como tú/ ni de coña. Y luego remata: You tell a lie/you tell a lie/you tell a lie/But that don’t make it true. Dices una mentira/dices una mentira/dices una mentira/pero eso no la convierte en verdad. El segundo tema tiene un estribillo de simple nah-nah-nah-nah. Sheryl se ha disfrazado para la ocasión de dominatrix, en una escenografía bastante BDSM. En ese marco, le vocifera a la cara a Trump la primera canción, como si le diera con un látigo, y directamente se chotea de él en la segunda, en donde hasta parece decirle adiós con la manita y termina con la uve de la victoria. Más explícito, imposible. Véanlo, porfa.

El resto de la letra de estas dos composiciones de Sheryl es también bastante claro, pero búsquenselo ustedes si tienen curiosidad; no se lo voy a dar todo mascado. Y, mientras tanto, ¿qué está sucediendo aquí, en la periferia del imperio? Pues andamos revolucionados con las diferentes modalidades de confinamiento que nos van imponiendo unos y otros. Para mí, lo sucedido es una historia bien clara. Sánchez impuso un estado de alarma a Madrid, porque llevábamos una deriva funesta. Lollipop Ayuso dijo que, en cuanto pasaran los 15 días, abriría otra vez la Comunidad, convencida de que la alarma no se iba a prorrogar; ya se encargaría su partido de evitarlo. Y, cuando se acercaba la fecha del levantamiento, resulta que la mayor parte de las demás comunidades se dirigió a Sánchez para pedirle por favor que las confinara a todas. ¿Por qué? ¿De verdad no lo han pensado? Pues la respuesta es clara y meridiana: en cuanto Lollipop abriera la comunidad, los madrileños se precipitarían a salir a sus segundas residencias o a cualquier parte. Las demás comunidades han implorado a Sánchez un nuevo estado de alarma para que no se les llene todo de madrileños poniéndolo todo perdido de virus y contagios.

La idea de llevar el estado de alarma hasta mayo me parece bien en principio. Ya les dije que en Italia no se ha levantado la alarma desde marzo, sin que la oposición monte ningún aquelarre cacerolero reclamando libertad. Aquí, Sánchez tuvo que sufrir una verdadera tortura con cada petición de prórroga, hasta que ya no resistió la presión y procedió a hacer una desescalada apresurada y chapucera, cuyas consecuencias se están viendo. A Sánchez estuvieron a un tris de derribarlo en uno de esos rifirrafes, pero le salvó la jugada in extremis de Arrimadas. Ahora ha planteado una sesión del Congreso para prorrogarlo de una sola vez hasta mayo. Parece que podría contar con los apoyos necesarios para aprobarlo sin los votos del PP. Si es así, el PP puede hacer dos cosas: UNA, votar en contra o abstenerse. En tal caso demostrará que el discurso del otro día del fraCasado fue pura retórica y una simple trifulca doméstica entre fachas (más abajo hablo de dicho discurso).

DOS, votar a favor, en cuyo caso verificará la voluntad de su partido de iniciar una senda de oposición constructiva, todo lo implacable que quieran, pero presentable. Y de estar donde tienen que estar: en primera línea de las tareas de reconstrucción del país, aportando sus propuestas y su ideología, que es la de muchos millones de votantes, a los que hay que respetar. Si así fuera, prometo dejar de llamarle el fraCasado. Ya le aplaudí cuando le dio la patada a Cayetana (que ha peleado con uñas y dientes por la abstención de su partido en la moción de Vox). Ahora tiene la oportunidad de olvidarse de la bronca y las cacerolas y actuar como un estadista. La que no tiene remedio es Lollipop, con el siniestro MAR en la retaguardia. En fin, si Sheryl se chotea de Trump y le hace nah-nah-nah-nah con la manita, yo también tengo el derecho de chotearme de Lollipop. Y en versión karaoke, para que canten también ustedes, si lo desean. 

Por si no lo han reconocido, el tipo que hace pop con el carrillo es Andy Williams, uno de los crooners más famosos de los USA, fallecido en 2012. La verdad es que nos vendría bien un período largo de cierta estabilidad y que dejen de volvernos locos los políticos. Si se aprueba ese confinamiento extendido, tendremos la ventaja de que nos saltaremos las Navidades y el Año Nuevo. ¿Se imaginan qué maravilla, que llegue el día de Nochebuena y lo celebres tomándote un par de huevos fritos con patatas, con una cerveza Estrella Galicia, escuchando a Bach o a Schubert, sin tener que aguantar a ningún cuñao poniendo verde a Sánchez o cagándose en los catalanes, sin tener que sufrir los villancicos y los petardos por las calles? Una delicia. Yo creo que se tendría que confinar el mundo entero, para calmar al virus. Les recuerdo que ahora mismo, mientras ustedes leen esto, se están produciendo medio millón de contagios diarios. Como lo oyen. La mitad de ellos en Europa. Joder, la economía ya la arreglaremos. Ahora es hora de darle duro y darle rápido al virus, como recomienda Jacinda Ardern.

Pero les había prometido hablar del discurso de Casado (le relevo ya del prefijo fra, provisionalmente, hasta ver qué vota en la petición de prórroga del estado de alarma hasta mayo). Como les conté, el día de la moción de censura de Vox, me dediqué a otras cosas más interesantes, entre ellas escribir un post para ustedes y hacerme una comida apetitosa. Muy pronto me empezaron a llegar noticias de que Casado había hecho un discurso buenísimo, demoledor, que había dejado a Abascal con dos palmos de narices. Fueron tantas las voces y los elogios, que me decidí a escucharlo entero. Y me sucedió como cuando vas a ver una película, después de que todo el mundo te advierta de que es la hostia y que te vas a caer de culo viéndola: que la ves y te parece que no es para tanto. Vamos por partes. A mí me encanta que este señor le haya vuelto la espalda a Vox (como Sheryl Crow, le dijo textualmente a Abascal: en el PP no queremos ser como tú). Era algo que se le estaba pidiendo desde su propio partido. Vox llevaba mucho tiempo marcando la agenda de la derecha, desde la foto de Colón. Lo que ha hecho Casado es borrarse de esa foto, para que no le pasase lo que a Rivera: que, por no quitarse a tiempo, sus votantes lo sacaron a patadas.

De ese nuevo posicionamiento del PP, yo me felicito y me congratulo, si es que es sincero, que pronto lo empezaremos a ver. En segundo lugar, me parece una jugada táctica inteligente. Si, como él piensa, Sánchez se ha escorado a la izquierda, arrastrado por coletas e independentistas diversos, está quedando en el centro un hueco importante de votantes moderados de centro. Como no espabile Casado, ese sector del electorado se lo llevará Arrimadas, que está jugando muy bien sus cartas. Por este lado, también muy bien por Casado. Con lo que ya no comulgo nada es con el fondo ideológico del discurso, debe de ser que finalmente no soy de derechas. Como se ha dicho, es un discurso con tonalidades de Reagan y que marca una falsa equidistancia entre Sánchez y Abascal, para venderse como única opción de centro (a Arrimadas ni la menciona). Si es por puro tacticismo, bien, pero, si de verdad se cree que Sánchez y Abascal son intercambiables, es que no ha progresado mucho. 

A este respecto, no me resisto a traer aquí una frase vitriólica de Alfonso Guerra, de cuando este señor era cáustico y preciso como un cuchillo al rojo. Con motivo de una proclama del PP de que se iba a convertir en un partido de centro, dijo algo así: Desde que lo conocemos, el PP lleva haciendo un viaje al centro, que me parece muy bien. El problema es que nunca llega. Y yo me pregunto ¿de dónde será que vienen, que les cuesta tanto llegar a ese centro que anhelan? Una maravilla (ya no hay parlamentarios como ese, salvo Aitor, el del PNV). Podría decirse ahora lo mismo. ¿Cuál es el talante verdadero del PP? Porque no olvidemos que, en su afán por derribar a Sánchez, han llegado a ir a Bruselas a pedir, en línea con los llamados frugales, que nos jodan aun más a cambio de los fondos que nos han prometido. Ese es un nivel de deslealtad que no debería repetirse y que estará para siempre en el debe de Casado.

Pero hay factor del discurso de Casado que es el que más me ha sorprendido. La calidad oratoria de la pieza es alta. Fue un discurso bien hilvanado y contundente. Y parece demostrado que se lo escribió él solo (nadie sabía lo que iba a hacer), en su casa, con su mujer y un asesor áulico para cuestiones gramaticales y sintácticas. Eso sí revela a un tipo con talla política. Veremos si lo confirma. Casado es un hombre muy joven y nunca había tenido una intervención pública como esa. Su forma de hablar tuvo un cierto deje de mira, mamá, yo solito. Pero, si gana un poco más en serenidad, en aplomo, y se va elaborando un discurso más consistente, tal vez estemos asistiendo al nacimiento de un político sólido de derechas. Algo muy necesario en nuestro país, lo mismo que se necesitaría una figura sólida de la izquierda.

Me queda ponerles al día de las novedades en el mundo del rock. Bruce Springsteen publicó por fin su nuevo disco que es muy bueno. Ya no va a hacer más vídeos, el resto de las canciones se pueden escuchar en Youtube sobre la imagen de una foto suya con nieve cayendo. Ya les traeré alguna al blog. Por otra parte, las chicas de Larkin Poe están muy contentas porque el Boss las ha mencionado en su programa de radio como uno de los nuevos grupos cuya música escucha. Lo han dicho en su perfil de Facebook. Desconozco si ha mencionado a Samantha Fish, ella no ha dicho nada al respecto, está muy ocupada trabajando en su gira, que va como un tiro.

Lo que sí ha anunciado Sam es algo que también la tiene muy contenta. El día 6 participará en el concierto de arranque de la gira de Tab Benoit, del que ya tengo mi entrada para verlo en directo a las 3 de la mañana. Será en el auditorio Ryman ¿saben de dónde? Pues sí, han acertado: de Nashville (Tennessee). En principio, habían acordado que ella subiera al escenario a cantar dos o tres canciones a medias con Tab y su grupo (con el gordo del bajo incluido). Pero ahora han decidido que Samantha tendrá un espacio a su disposición para tocar una parte del concierto con su propio grupo de dos negrazos cincuentones. No sé cómo se repartirán los tiempos, imagino que al final tocarán algunas canciones todos juntos. Ya les contaré.

Podríamos terminar este post con un vídeo de Samantha, tengo una cola importante de vídeos suyos que mostrarles. Pero he pensado en algo más adecuado. Estoy ansioso de que llegue el día de los resultados definitivos de las elecciones USA. Porque, a nivel mundial estamos en un dilema decisivo. Está en juego nada menos que la supervivencia del sistema democrático. Si no queremos que este sistema desaparezca, no puede ser que la nación más poderosa y una de las democracias más antiguas del mundo reelija como presidente a un energúmeno destemplado, fascistoide, sociópata, ridículo, fanfarrón, machista, racista, faltón, abusón, putero, maleducado y patético. 

Gritémosle nosotros también a este señor: NO QUEREMOS SER COMO TÚ. A ver si con los resultados en la mano podemos cantarle todos ese nah-nah-nah-nah moviendo la manita a izquierda y derecha. Dice Muñoz Molina que es triste que el mundo de la normalidad no tenga a nadie mejor que Biden para oponer al fantoche. Pero no por eso debemos dejar de pensar que estamos ante un episodio decisivo en la eterna lucha entre el progreso y la reacción, entre la cultura y la ignorancia, entre la modernidad y la tradición, entre la vanguardia y la caspa. Y aquí viene al pelo el vídeo que les pongo abajo de despedida.

El Lollipop de las Chordettes que les he mostrado arriba, está grabado en 1958 y sintetiza en sí mismo toda esa caspa rancia, toda esa ideología reaccionaria, desde los atuendos de las chicas, sus peinados y sus poses de mujeres florero, hasta la letra glorificando a esa tipología de mujeres dulces como un pastel de manzana, listas para recibir al marido, aflojarle la corbata y soltarle el proverbial ¿te pongo una copa? Pero, en ese mismo tiempo, ya estaba brotando el rock and roll. Y uno de los principales estandartes de ese movimiento renovador de la música era un antiguo camionero de Memphis, la capital del estado trumpista de Tennessee, del que hemos hablado mucho en este post. Se llamaba Elvis Presley y era ya un asiduo del show televisivo semanal de Ed Sullivan. De hecho, el vídeo que les dejo de regalo es incluso anterior, de 1957. Un buen ejemplo, contrapuesto a las Chordettes, de esa dicotomía, de esa misma lucha que seguimos teniendo cada día, aún en medio de una pandemia. No dejen de admirar lo guapo que era este señor, algo que resalta aún más por lo feos que son los que le acompañan. Que tengan una buena semana. 


sábado, 24 de octubre de 2020

988. Sobre la pérdida ambigua y el optimismo trágico

A mi querida África, con todo cariño

Mi admirada Valeria Correa, poetisa y narradora nacida en Rosario (Argentina), acaba de publicar un nuevo poemario, que se titula Museo de Pérdidas, Ediciones La Palma, 12€. Creo que me lo compraré en cuanto pueda, que no viene mal tener a mano algún libro de poesía reciente. Rescato aquí una respuesta que esta mujer dio, así sobre la marcha, durante una entrevista que le hicieron con motivo de la edición de su último libro de relatos, La condición animal, del que se habló largo y tendido en este blog. La pregunta era sobre la costumbre del horror, la tranquilidad con la que convivimos con historias terribles que suceden por el mundo adelante y a las que ya nos hemos habituado. Nos salta a los ojos una noticia tremenda del telediario, detenemos un instante el tenedor, a mitad de camino a la boca, para oírla, y seguimos comiendo tranquilamente con la mente otra vez en la hipoteca, las malas notas de nuestro hijo en el cole, o lo pesado que se está poniendo el jefe últimamente en la oficina. He aquí la respuesta de Valeria.

La verdad es que me gusta confiar en la hospitalidad del azar. Me gustaría vivir más en el asombro, porque pienso que en esas fisuras de lo cotidiano se encuentra lo que vale la pena ser vivido. Pero, como todos, tengo más costumbres que asombros. Vivimos en el horror de la costumbre y en la costumbre del horror también, tolerando la injusticia, la corrupción, la pobreza y un largo etcétera de miserias.

A esta mujer espléndida, la poesía se le cae de la boca de forma aparentemente casual, como el que respira. Viene esta introducción a cuento del tema al que quiero dedicar hoy mi post, un concepto ya más o menos enunciado de forma vaga, pero que hoy quiero formular de manera más concisa y sintética. A ver. Estarán conmigo en una cosa. El viejo mundo que conocíamos, la forma en la que nos hemos desenvuelto durante tantos años, ya no existe, por culpa del virus de los cojones.

Ese mundo ha muerto, de la misma forma en que murió el viejo mundo prusiano cuyos últimos momentos se describen en el libro Todo en vano, del que les hablaba el otro día. Igual que la ciudad alemana de Köningsberg desapareció para siempre y fue sustituida por la nueva ciudad soviética de Kaliningrado (sin iglesias hasta hace muy poco). El mundo ese que llamábamos normal no va a volver. Y cuanto antes nos hagamos a esa idea, mejor para nosotros. Un ejemplo más cercano. Hace un tiempo, todo el mundo iba a sacar dinero al banco, llevaba su libreta o su cheque con el que le habían pagado un trabajo y el cajero de turno tiraba de cajón bajo el mostrador y les sacaba el dinero con sus céntimos a cada uno. Ahora, casi todo eso se hace por vía telemática. Nos hemos tenido que adaptar y ya no vamos al banco para nada.

Yo, de verdad, únicamente voy a los cajeros automáticos y saco dinero de tarde en tarde para tener algo de suelto con que pagarle a la señora que viene una vez por semana a limpiar a casa. Para dárselo exacto, he de bajar un día antes al Alcampo, pagar con un billete y que me den cambio. Dentro de poco no habrá ni cajeros automáticos. ¿Todos nos hemos adaptado? No todos. Quedan algunos recalcitrantes, tipos básicamente entrados en años (me encanta el eufemismo), que aún se manejan con los billetes, las monedas y los céntimos. Son los que se han quedado al otro lado de la llamada brecha digital. Lo descubrí cuando el Ayuntamiento me pagó con tres talones otros tantos viajes al extranjero que me debía, de esos a los que me mandaba en la otra vida y que tenía que pagarme yo para que luego me los reembolsaran. Entonces tuve que ir al banco, ni siquiera a cobrarlos, sino a que me cargaran el importe en mi cuenta, algo que no se puede hacer en los cajeros de la calle.

Descubrí entonces que a esa fauna envejecida y residual que se sigue moviendo en el mundo analógico de los billetes y la calderilla, se la trata a patadas en los bancos. Para empezar, el servicio de caja está abierto sólo hasta las 11.00. A esa hora, el sistema se bloquea de forma centralizada y, aunque sólo hayan pasado dos minutos de la hora, te hacen volver al día siguiente. Además, has de soportar unas colas considerables, porque sólo hay una persona atendiendo y las operaciones de los que aún siguen con la libreta, o los que van a que les abonen su pensión al céntimo, son minuciosas, prolijas e interminables. Pero lo más gordo es que a esta tarea asignan a los empleados más bordes, amargados y siniestros de la plantilla, que suelen ser los que tampoco se han adaptado a los nuevos tiempos. La mecanización creciente de los procesos es arrolladora y castiga por igual a clientes y empleados que no se adapten.

Pues eso es lo que les va a pasar a los que no se adapten al nuevo mundo post-covid, los nostálgicos que se desesperan al ver que pasan los días y la vieja normalidad no se restaura. Digámoslo claro: el mundo anterior a la pandemia ha muerto. No va a volver. Pero, como con toda pérdida, tenemos que pasar el duelo. Y el duelo por una pérdida es algo que tienen muy estudiado los psicólogos y que se desarrolla mediante un proceso clásico, que consta de cinco etapas. La primera es la de la negación. Decimos: no es posible, no me lo creo, no puede ser verdad que me (nos) esté sucediendo esto. Yo tengo algunos conocidos que se han quedado en esta fase y que aún creen que, de forma milagrosa, se va a descubrir un remedio y vamos a volver a vivir sin mascarilla, a ir a los bares, a darles abrazos a las chicas con las que coqueteemos, a correr carreras populares, acudir a manifestaciones y asistir a conciertos de rock. Cada vez hay menos, pero haber haylos.

La segunda fase es la de la ira. Te cagas en todo, han sido los chinos, mira que son inútiles, etc. La ira te suele llevar a buscar culpables, pero es sólo una fase, cuanto más corta mejor, porque estresa y desgasta. La tercera se conoce como la de la negociación, aunque yo la llamaría mejor la del fantaseo. Se te meten cosas en la cabeza, del tipo de: qué hubiera pasado si, casi mejor que haya pasado esto para. Razonamientos de ese estilo. La mente es incontrolable y se entrega obsesivamente a este tipo de especulación retrospectiva tan agotadora e inútil como la ira. La cuarta es la depresión. El desánimo, cuando definitivamente te convences de que la pérdida es irreversible. Se pasa mal, pero es una fase necesaria. Por último, está la aceptación. No es que el tema se nos olvide, siempre lo vamos a recordar, siempre va a estar ahí, presente, en nuestro corazón. Es que de alguna manera lo encapsulamos, lo vamos rodeando de un tejido anímico aislante y lo dejamos ahí guardado.

Es entonces cuando podemos dar por superado el duelo, y eso nos permite experimentar otra vez alegrías y disfrutar del mundo y sus cosas buenas. Bien, esto está en los libros y, en general, se suele entender que tiene lugar especialmente ante la pérdida de un ser querido. Pero la situación actual no es exactamente así. En algunos aspectos es peor. Porque la pérdida de un ser querido es algo terrible sin duda, pero existe un motivo para el duelo que está definido y delimitado. En este momento de segunda ola del covid, lo tremendo es que aún no sabemos cómo va a ser ese mundo que nos aguarda al otro lado del túnel. No tenemos ni idea. Lo único cierto es que no va a ser igual a lo que teníamos.

Y, si no sabemos cómo va a ser el futuro a medio plazo, tampoco podemos delimitar las pérdidas, acotarlas y saber por qué cosas debemos de hacer el duelo. No hemos definido ese catálogo, ese museo de pérdidas del que habla Valeria Correa. Y esto es algo muy desesperante. La psicóloga belga afincada en USA Esther Perel define este sentimiento como la pérdida ambigua. Y lo equipara, no tanto a la muerte de un ser querido, como a su desaparición sin dejar rastro. Eso que sucede en tiempos de guerra (un soldado que no vuelve del frente y nadie sabe si está vivo), o de paz, por ejemplo, frente a un secuestro que se eterniza, o un niño que desaparece. Es una circunstancia terrible, que impide desarrollar el duelo adecuadamente. Los afectados se aferran a la esperanza de que el desaparecido esté vivo, incluso cuando el paso del tiempo hace que esa idea se vaya haciendo prácticamente imposible. A veces la situación no se soluciona nunca. Otras veces aparece el cadáver. Incluso en ocasiones, sucede que el tipo vuelve, pero ya es otra persona, y me viene a la memoria la película de John Ford The Searchers, que en España se llamó Centauros del desierto (1956). Una obra maestra del cine, centrada en el tema de la búsqueda de niños secuestrados por los indios que a veces eran encontrados muchos años después y ya no querían ser blancos.

¿Qué se puede hacer frente a una pérdida ambigua? Difícil cuestión. Perel aporta como remedio otro interesante concepto: el optimismo trágico. Se trata de asumir que no puedes controlar todos los factores que inciden en tu vida, en tu peripecia existencial. Una vez que aceptas el concepto de que no puedes controlarlo todo, has de procurar hacer lo mejor en cada ocasión en que la realidad te permita elegir entre dos opciones. Debes enfrentar los desafíos que se te presenten, a partir de la aceptación del contexto en el que te mueves, un contexto que no puedes cambiar, porque no está en tu mano. Y esa aceptación no es en absoluto debilidad ni resignación. Es sentido práctico y positivo. Estamos hablando de una especie de crecimiento post-traumático. De procurar no estresarte por unas circunstancias que no puedes modificar. Perel dice que para llegar al optimismo trágico, ayuda mucho el yoga, o al menos hacer tandas de respiraciones. Y también recurrir a la música y al disfrute de la literatura y del arte.

Sentado esto, digamos que toda esta calamidad que nos aflige, nos puede llevar a dos tipos de respuesta. Una es la individual. Yo soy autónomo, no necesito a nadie para bajar la basura o salir un momento al colmado a comprar arroz si se me ha terminado. Además, tengo mi pantalla de ordenador que me permite disfrutar de todo y estar al tanto de lo que sucede fuera. A mí no me afecta esto del encierro. Ya les digo que no es una postura aconsejable, que te puede llevar a la locura. Por el contrario, esta situación de excepción nos puede volver más empáticos, impulsarnos a hablar con el vecino y ofrecerle bajar su basura, ya que bajas la tuya; a comer en los restaurantes de los amigos para echarles una mano en su negocio, a quedar para el teatro o para ver la Expo de Reinventing que se cierra oficialmente mañana.

Eso es algo que genera mucha satisfacción, ayuda a mantenerse en el mundo e induce un tráfico mutuo de favores que es muy gratificante. Nos lleva, en suma, a una resiliencia colectiva. Podemos conformarnos con una resiliencia individual, pero es mucho mejor la colectiva. Y, en caso de que la situación empeore (como tiene toda la pinta de suceder), la resiliencia colectiva nos va a dar muchas más armas para defendernos. Así que: respirar hondo, disfrutar del arte y la música, ser sociable y relacionarse en lo posible con los demás y una última cosa, que ya se dijo con motivo de la primera ola del virus: crear rutinas con todo ello. Y, dentro de un orden, convertir esas rutinas en rituales. Con todo este bagaje, yo estoy seguro de que llegaremos al final de esta guerra enteros. Desde luego que en toda guerra hay bajas, toquemos madera. Hagamos votos porque haya suerte y no nos pille el jodío bicho.

A este respecto, miren unos datos. En el mundo hay 42 millones de contagiados. Eso quiere decir que hay 7.658 millones de personas que no nos hemos contagiado. Y hay cerca de 1,2 millones de muertos. Hagan ustedes la cuenta de los vivos. Por cierto, los últimos estudios y prospecciones científicas sobre la población de la Tierra han llegado a la conclusión de que no vamos a alcanzar nunca los 10.000 millones de habitantes. En la Tierra, las cosas se van corrigiendo solas y, si no, pues aparece el virus para ayudar a controlar a esta especie tan tóxica para el mundo (no tengan ninguna duda de que el agente tóxico somos nosotros). Los nuevos estudios tienen en cuenta que la mujer ha cambiado su papel y ha entrado en el mercado de trabajo y que la cultura cada vez llega a más lugares. En estos momentos, la natalidad más alta se da en lugares como Níger o Burkina Faso, 7 hijos por mujer. En el mundo más civilizado la cifra está en torno a 1 y por debajo. Y esos estudios prospectivos vaticinan que se alcanzará un pico de población de 9.700 millones, en torno a 2060. Y luego empezará a bajar. Sin contar con los efectos del virus.

Así que ánimo y a por ellos, oé-oé-oé. No se me desanimen, que el bajón implica el riesgo de caer en la tristeza, la autocompasión y lo que García Márquez llamaba el desgano. Por decirlo en términos de este blog: la pobredumbre mental. No es por presumir y ya sé que no son situaciones comparables, pero hace cerca de cinco años yo me rompí el húmero por la mitad intentando entrar al Metro y fui contando en el blog mis reacciones y mi evolución. Creo que la forma en que respondí entonces a ese accidente fue un ejemplo de optimismo trágico, aunque en aquellos momentos yo ni siquiera sabía que existía ese concepto. Pues es lo que procede ahora. Mantengamos el humor, estemos atentos a lo que sucede por el mundo, valoremos nuestras fuerzas y, de acuerdo con todo ello, redimensionemos nuestros planes y nuestros anhelos.

A Samantha Fish le pilló el desastre de gira por Europa al frente de una big band. Tras siete meses de encierro ha vuelto a la carretera antes que nadie, con una banda redimensionada a la baja: dos negrazos cincuentones y ella misma. Y está teniendo un éxito arrollador. Me he registrado en un club de fans americano de esta artista fabulosa en Facebook, que cada mañana cuelgan fotos y vídeos de la actuación de la noche anterior. Algunos de los vídeos se van colgando también en Youtube. Abajo les pongo una foto de la banda al completo esperando en el office del backstage antes de salir a escena. Contra mi costumbre, he resaltado algunos conceptos de este post en negrita. No los olviden: duelo, pérdida ambigua, optimismo trágico, resiliencia colectiva, rutinas y rituales. Que disfruten de su fin de semana.



 

miércoles, 21 de octubre de 2020

987. Contra la pobredumbre

En fin, les diré que esta mañana he hecho mi entrenamiento dentro de casa, o indoor, que decimos los políglotas, por varios motivos que ahora les detallo. Es sin duda un retroceso, pero únicamente refleja el retroceso general de la lucha contra el virus, en la que vamos perdiendo por goleada y no me refiero a España, sino globalmente a la Humanidad, con pequeñas excepciones como Nueva Zelanda o Uruguay. Lo cierto es que estamos sufriendo el paso de la tormenta semi tropical Bárbara, que lleva dos o tres días lloviendo sin parar (una bendición para el campo y cero inconvenientes para un coruñés, de hecho, ayer fui a mi oficina, fui y volví en coche sin problemas y aparqué en el parque Juan Carlos I, sólo por el gusto de caminar de ida y vuelta hasta el edificio bajo esa lluvia reparadora). Pero eso hace que el Retiro esté seguramente lleno de charcos y posiblemente cerrado por los vientos fuertes que ha habido la noche pasada y que derribaron un par de tiestos de mi terraza.

Así que esa es razón suficiente para correr en casa, un plan B que siempre tendré en la recámara. Además, ahora empiezan a decir que si el virus anda por ahí suelto, que se transmite por el aire a muchos metros, que los corredores deberíamos salir con mascarilla (conmigo que no cuenten). Además, hay por ahí fuera otro virus suelto, el del fascismo. Les recuerdo que, según el Google Maps, vivo exactamente a 1.100 metros (14 minutos a pie) del Palacio de las Cortes, donde se está debatiendo la moción de censura presentada por Vox. Igual que otros dicen que el coronavirus fue un germen creado en un laboratorio de Wuhan, que se escapó de control y se esparció por el entorno, también es posible que el virus del fascismo, liberado de forma experimental dentro de las Cortes, se salga fuera y contamine el aire de mi barrio, ese aire que hoy está limpio por la lluvia. De forma que, si hubiera salido al Retiro me hubiera encontrado charcos, posibilidad de que se me cayera un árbol encima, casi seguridad de que el parque estuviese cerrado, y dos clases de virus potencialmente letales pululando por el aire del parque. Quita, quita.

Cuando salgo afuera, vengo haciendo unos 39 minutos de carrera útil. En casa hago 50, para compensar la ausencia de cuestas, el suelo más regular y el no tener que dar algunos acelerones por incidencias sobrevenidas. En resumidas cuentas, que esto es lo que nos viene. El mundo ha cambiado, aún no sabemos hasta dónde, pero hay que hacerse a las nuevas rutinas. A mí me va bien ir a la oficina a hacer trabajo presencial un día por semana. Ya sé que la cosa tiene sus riesgos, pero es que esto es como volver durante unas horas al pasado feliz, a pesar de las mascarillas y el no poderles dar achuchones a las chicas que más quiero. Pero hay que adaptarse. Otra cosa que ha cambiado, por ejemplo, son las reuniones culturales o de ocio. Ahora hay que hacerlas a través de una pantalla dividida en celditas. Vean, por ejemplo, la foto que Ronaldo subió a las redes de nuestro último Billar de Letras.

¿Cómo dicen? ¿Que por qué llevo sombrerito? Pues no lo duden: por coquetería; ya ven que es un foro lleno de mujeres. Salvo el director, el traductor del alemán Fortea y yo, sólo hay un barbas que se acaba de incorporar al foro, en el que antes Ronaldo y yo éramos los únicos que meábamos de pie. Así que tengo que ponerme guapo, que las mujeres se fijan mucho en los detalles. Además, hasta esta sesión he procurado seguirlas desde la terraza y no me viene mal abrigarme la calva un poco. Hablando de la terraza, el otro día se pasó a verla uno de los dos floristas que me diseñaron el acondicionamiento vegetal, con el que he hecho bastante amistad. Me dijo que la veía espectacular. Únicamente me hizo una recomendación: procura retirar las hojas muertas que caen dentro de los tiestos. Yo solía barrer las que caen fuera y dejaba las otras pensando en que se convirtieran en abono natural. Pero dice mi amigo que no, que sólo son un foco de gérmenes y que generan lo que una señora de su pueblo llamaba la pobredumbre.

Como el término me parece genial, hasta lo he incorporado al título de este post. Queridos lectores y amigos: hemos de guardarnos de la pobredumbre, física y mental. Esto de vivir aislado es muy malo, las almas generan verdín, el ánimo corre el riesgo de llenarse de mugre y eso es peligroso. No debemos descuidarnos, que la soledad es mala consejera y, a edades como la mía, hay que mantener en forma el cuerpo y la mente. Yo llevo desde mediados de marzo entrenando cada tres días sin falta. Bueno, ahora, como tengo que ir a trabajar los martes, he pasado a correr dos veces por semana: miércoles y domingos. Pero esto se acabará y el ritmo de un entrenamiento cada tres días es muy bueno. En cuanto a la mente, pues esto de escribir para el blog (también un día de cada tres) es un masaje mental que me va estupendamente. 

He dicho desde mediados de marzo. Claro, desde el momento en que el virus apareció e hizo pedazos todas nuestras rutinas y nuestros planes. Por ejemplo, teníamos programado hacer una exposición sobre Reinventing Cities, teníamos reservado el lugar (el Museo de la Ciudad, en Tribunal) y preparado el presupuesto para el gran sarao de inauguración, con vino, cerveza y canapés en abundancia. Todo eso ha habido que cancelarlo (menos la propia exposición que, dentro de las circunstancias, está siendo exitosa). Hace una semana la visité con mi amigo X y dos de mis antiguos jefes de la Oficina del Plan. Aquí pueden ver la foto que me hizo X en plena explicación. 

¿Cómo? ¿Que cuánto me gusta salir en las fotos? Están ustedes pesaditos hoy. Ya no sabe uno que hacer. Si subo fotos de Samanta Fish me dicen que soy un pelma. Y si pongo de las mías, que soy un narciso. ¿Qué quieren, que les ponga fotos de Abascal? Pues se van a quedar con las ganas, porque no me sale de los cataplines. Bueno, el día que estuve en la Expo con mis amigos, no nos fijamos en que había una pantalla grande con un vídeo en sinfín. O tal vez lo tenían apagado. Después fui otra vez con un equipo de los ganadores de la primera edición que querían hacer un vídeo y les interesaba que saliera hablando alguien del Ayuntamiento. Ese día, nada más llegar, los del equipo de filmación desconectaron la pantalla del vídeo en sinfín, para que no hubiera interferencias. Así que tampoco lo vi.

Tuvo que ser mi amigo César, que visitó la Expo este lunes, quien me advirtiera de que el vídeo tiene una extensa parte de reportaje sobre el Meet Up, el último sarao que hicimos antes de encerrarnos, en el que ejercí de presentador y parece ser que estoy todo el rato en pantalla. Para demostrármelo, me mandó esta otra foto que pueden ver abajo. Ahí me tienen en plena faena, ese era yo antes de la llegada del virus. Detrás de mí esperan sentados el concejal de urbanismo, que parece divertido de escucharme y mi jefa y nuestra amiga italiana Costanza, del C40, departiendo amigablemente. Eran los tres oradores del primer bloque del acto.

Cualquier tiempo pasado fue mejor, se suele decir. En este caso es literal: antes del virus vivíamos como curas. Pero bueno, a mí me queda dar gracias de haber vivido 69 años sin guerras ni epidemias. Antes, eso era muy difícil. Ahora veremos qué pasa. De momento, lo prioritario es que pierda el señor Trump. Después ya nos podremos dedicar a buscar algo contra el virus. Pero de momento, la prioridad es esa. Les recuerdo que, en el primer debate, Biden aguantó el tipo, lo que ya es bastante en un abuelo como él. En el de los candidatos a vicepresidente, hubo empate: Pence recuperó mucho del terreno que pierde Trump a todas horas, dando una imagen firme pero moderada, lejos del circo de su compañero de ticket. Y Kamala se moderó también, supongo que aconsejada por su equipo, a la vista de que van por delante en las encuestas. El tercer debate se suspendió por el contagio del presidente y su negativa a hacerlo telemático. Y el cuarto será mañana. Cruzo los dedos para que Biden no meta la pata. Trump va a estar muy agresivo, porque no tiene nada que perder y además le encanta dejar fluir sus instintos ante las cámaras de TV.

Las encuestas dan resultados claros a favor de Biden en ambas costas, y también en lugares como Illinois o Colorado, estados tradicionalmente progresistas. Trump vence holgadamente en todos los estados del sur profundo. Y la cosa se juega en los llamados swing states. De estos, yo veo ganador a Trump en Texas (el más grande de los swing) y también en Iowa. Biden parece claro ganador en Florida y Arizona. La cosa está ya más justa en Carolina del Norte y en claro empate en Ohio y Georgia, que pueden ser determinantes para el resultado. No sé ustedes, pero yo me estoy empezando a poner muy nervioso. Va a ser una cita clave para todos. Estamos en un dilema entre dos futuros y todo el mundo contiene la respiración. La Unión Europea prefiere que gane Biden. En cambio, la Gran Bretaña post-Brexit/post-covid, sueña con que Trump revalide; si no, se va a quedar muy sola.

Y en cuanto a las estrellas del blues en las que estoy tan interesado últimamente, les diré que la gira de Samantha Fish sigue viento en popa, con el letrero de sold-out, que dice que se han agotado las entradas presenciales, colgado a la puerta de todos sus conciertos hasta ahora. Tab Benoit no empieza su Social Distance Tour hasta después de las elecciones. Arrancará el viernes 6 de noviembre, con un concierto en Nashville (Tennessee), la ciudad donde viven Sheryl Crow y las chicas de Larkin Poe, entre otros muchos músicos. Después sale casi a concierto diario, como hasta marzo. Para este primer concierto, ha invitado precisamente a Samantha Fish a que suba al escenario con él, a cantar algunas canciones juntos. Tab gusta de cuidar los aspectos simbólicos de su actividad profesional. Y este concierto se podrá ver en streaming. Aun no tengo la entrada (son a 12 dólares) pero creo que también me apuntaré a trasnochar para verlo en directo.

Samantha también cuida sus simbolismos. Por eso termina todos sus conciertos de esta gira, en la que se ha adelantado a todo el mundo, con el tema Don’t let it bring you down de Neil Young, a quien seguramente le habrá tenido que pagar algo por la utilización de esta canción de mensaje tan oportuno en estos momentos: No dejen que esto les deprima. Samantha, como ya les conté, ha vuelto a sus orígenes, ha recuperado el formato power trío y ha contratado para su banda a dos músicos negros cincuentones de reconocido prestigio: el batería Terence Higgins, que ha trabajado para el Doctor John, Tab Benoit y muchas otras bandas de New Orleans, y el bajo Ron Johnson, durante años miembro de la banda de Greg Allman. Abajo tienen sus fotos.









Esto de levantarme a las 3 de la mañana para ver un concierto de rock de 3 a 5 y luego acostarme otra vez, no es sino otra forma de evitar que me arrase la pobredumbre, o la carcoma esta que se está comiendo nuestro mundo. Mañana volveré a la Expo para enseñársela a mis amigas colombianas y después comeremos juntos. Y el viernes iré al teatro del Matadero a ver Las Criadas de Jean Genet. No puedo parar mi vida, aunque procure protegerme. Por cierto, Jean Genet estaba muy loco, como quizá sepan, pero esto de los artistas locos lo voy a reservar para un post específico. De momento, les dejaré con una imagen para la esperanza.

Mi terraza, de la que les he hablado en estos últimos textos, es un lugar que me está ayudando mucho a pasar este trance de encierro y miedo al mundo exterior. Tuve la suerte de hacer unas obras de acondicionamiento hace algo menos de un año, cuando no imaginábamos que nos aguardaba un futuro tan negro. Y ahora está espectacular, como sentenció mi amigo el florista. Una de las plantas que tengo, es una dipladenia, planta de origen peruano, que aparenta estar muy contenta. Tanto que ha ido a crecer hasta un punto mucho más arriba del tiesto y marcar allí, como una pica en Flandes, su hazaña con una de sus preciosas flores rojas. Esto es lo que nosotros necesitamos. Esfuerzo y confianza para llegar al otro lado de este túnel y dejar allí florecer nuestros anhelos. Hace rato que me he desentendido de la actualidad y de la moción de Vox. Me importa un rábano. Cuando me ha entrado el hambre me he frito unas alitas, con sal y romero, acompañadas con pimientos de padrón, que en esta época pican bastante. Luego, una pequeña siestecita y a trabajar hasta la noche, que tengo tarea pendiente. Que lo pasen bien.