miércoles, 9 de septiembre de 2020

974. Pesos y medidas en la zona de penumbra

Tiempos extraños estos que nos toca vivir. Ya les he dicho que no me gusta nada esto de la llamada nueva normalidad. Joder, a mí la que me gustaba era la vieja. No se imaginan cuánto añoro esa vieja normalidad en la que yo vivía feliz (alguna gente se quejaba, pero no era mi caso). Una normalidad que me permitía irme tres semanas a Madagascar, o participar en un workshop en Chicago, o visitar a mi amigo Diego Moreno, con motivo de la presentación de uno de sus libros en una librería de Tijuana. Una normalidad en la que mi amiga África se podía ir un mes entero a Australia y Nueva Zelanda. ¿Volverá eso algún día? Pues no parece muy inmediato. De momento, estamos condenados a repetir hasta la saciedad el Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre.

Desde hace meses yo no diferencio los días de diario de los de fin de semana. Mi vida discurre por un continuo temporal indiferenciado en el que se intercalan trabajo, ocio, relaciones telemáticas y reflexiones inducidas por una actualidad sombría e incierta. Siendo así, no les extrañará saber que he constatado que mis días de vacaciones son prácticamente iguales que los de trabajo, casi no noto la diferencia. Mi amiga Tantri, mi querida soul sister de Yakarta, lo expresa con precisión en un párrafo de su último mensaje: We are all in a bit of a twilight zone; time moves slow and fast at the same time. Es decir: estamos todos un poco como en una zona de penumbra; el tiempo pasa rápido y lento a la vez. No se puede describir mejor.

Si hay algo claro es que la segunda oleada del virus ha empezado por España y no sabemos por qué, puesto que seguimos sin saber cómo funciona y cómo se propaga este bicho tan peligroso. Es posible que en unas semanas en Francia y en Italia estén igual. Y también es posible que no. En este segundo caso habría que hacer un estudio serio de qué es lo que han hecho los demás bien y nosotros mal. Porque en Italia y en el sur de Francia las pautas de conductas sociales son idénticas que en España. ¿Será que el gobierno lo está haciendo todo mal? ¡Anda que no se le iba a subir el pavo al fraCasado! A mí no me entusiasma Sánchez, pero el fraCasado me parece directamente un petimetre, sin ningún tipo de fundamento ideológico ni político. Me gustaría vivir los años suficientes para ver cómo lo echan de su partido y termina de concursante de Master Chef Celebrities, lugar en el que no desentonaría en absoluto.

Todo es incierto, nuestro mundo de certezas se desmorona. Por eso es interesante buscar magnitudes o conceptos invariables, a los que aferrarnos en la penumbra. Por ejemplo, los pesos y medidas. Hay un organismo que se llama la Oficina Internacional de Pesos y Medidas, con sede en un suburbio de París, que se ocupa de asegurar en todo el mundo la fiabilidad de las mediciones y su trazabilidad en el sistema internacional de medidas. Nada menos. La ciencia que se ocupa de estas cosas se llama la Metrología. La oficina se creó en 1875, como garante de la implantación del Sistema Métrico Decimal. Allí se custodian los patrones físicos del metro y del kilo, por ejemplo. Y está claro que a eso no le afecta el Covid-19. Es tranquilizador que el kilo siga pesando un kilo.

El ser humano ha ido acumulando todo un acervo de información custodiada en diferentes archivos que, desde la invención de los ordenadores, ha alcanzado un volumen descomunal, también inmune al Covid-19, aunque sensible a otra clase de virus, como los troyanos y me malicio que también los tirios. La Wikipedia es un portento, además conformada con informaciones que puede subir cualquiera. Y, ya que hablamos de pesos y medidas, no sé si saben que en Internet es posible conocer cuánto pesa y cuánto mide cualquier personaje famoso sobre el que tengamos esa curiosidad. Sólo tienen que preguntárselo al buscador de Google. La estatura dice mucho de la personalidad de las gentes. Por ejemplo, la guapa Daryl Hannah, de apellido capicúa, cuya foto vimos en el post anterior, mide nada menos que 1,78 m. Una altura infrecuente en una dama, pero que no ha sido obstáculo para que se enamore de ella Neil Young, nuestro querido oso canadiense, que mide 1,82, estatura perfectamente compatible con la de ella.

Si no han visto la película Un, dos, tres, splash (que en USA se llamaba simplemente Splash!), se la recomiendo. Daryl Hannah está espectacular, interpretando a la sirena Madison, a la que le crece y le desaparece la gran aleta de la cola por arte de magia, en función de las necesidades del guión. La sirena sale del agua y se afana en enamorar al personaje que interpreta un gran Tom Hanks (que, por cierto, mide 1,83). Es un producto de la factoría Disney, amable, ingenuo y sin pretensiones, nada del otro mundo, pero ya saben que yo soy un poco moñas y me gustan estas cosas. Hay escenas míticas como cuando Tom Hanks invita a su amada a cenar en un restaurante caro, les sacan unas nécoras, y la chica empieza a comerse las patas más grandes con cáscara, como si nada, haciendo un ruido al masticarlas que sobresalta a todo el restaurante.

Sheryl Crow es bajita: 1,61, lo que no le impide seguir siendo una mujer súper atractiva, ya acercándose a los 60. En cuanto a Samantha Fish, su altura es de 1,70. Sigo todo lo relacionado con esta mujer que me fascina y he averiguado que ya no vive en Kansas City, como yo les decía. Ahora vive en Nueva Orleans. Me temo que Kansas se le quedó pequeño y provinciano. Una mujer de su talla musical y su ambición no podía seguir viviendo con su familia. Estoy investigando sobre su vida y ya estoy cerca de tener una tesis, que les expondré a su tiempo. De momento les diré que ha reaparecido en directo en el aniversario de la radio WWOZ, la emisora sin ánimo de lucro de la New Orleans & Heritage Foundation. Vi su intervención en diferido. Cantó tres canciones sentada con su guitarra acústica. Mantiene el ánimo, la simpatía, la destreza vocal e interpretativa y el sentido del humor, pero lamento decir que ha ganado unos kilillos. Nada que no pueda recuperar, espero.


También ha publicado en Facebook la foto que ven arriba. No se aprecia mucho el exceso de peso, pero yo que la he visto cantando en la emisora, les aseguro que ha vuelto del encierro un poco fondona. En las bases de datos de Internet, donde no sólo viene la estatura, sino también el peso de los famosos, le adjudican un peso de 56 kilos. Eso es lo que debía de pesar antes, yo creo que ahora no le valen sus pantalones más ajustados. Les diré que yo, que mido 1,75, en los tiempos en que corría maratones y hacía marcas meritorias, pesaba 59 kilos. Se lo juro. Ya que estamos, hace unos cuantos posts les mostré algunas fotos de mi participación en el Marathon de Nueva York y rompí con ello una de las incertidumbres históricas del blog. Una vez abierto el fuego, quizá es momento ya de que les muestre la imagen de mi llegada a meta el día que hice mi mejor marca histórica. 29 de abril de 1990. Un registro, de verdad, de mucho mérito.


Pero sigamos con esto de las estaturas. ¿Saben cuánto mide Donald Trump? Se lo digo: 1,90. Acojonante. Le saca siete centímetros a Joe Biden, que mide 1,83; es también bastante alto. Otra cosa es la estatura moral o política. La carrera por la presidencia va a estar muy reñida y yo cruzo los dedos. Abajo les pondré el enlace a un retrato muy preciso de Biden, en el que entre los handicaps que se le atribuyen está su mediocre desempeño en los debates. Y, en USA, los debates son clave. Cara a cara los dos candidatos, con un moderador elegido por un organismo independiente de los partidos, cuyo objetivo es escoger a personas neutrales. Como Biden no espabile, Trump lo puede machacar.

El calendario que viene es de aúpa. El 29 de septiembre, primer debate, en Cleveland (Ohio). El 7 de octubre, debate entre los candidatos a vicepresidente, Kamala Harris y Mike Pence, en Salt Lake City (Utah). Aquí podría recuperar mucho terreno la candidatura demócrata, Kamala está a años luz del obtuso Pence. Segundo debate Trump-Biden el 15 de octubre en Miami. Y todavía un tercero, el 22 de octubre, en Nashville (Tennessee), la ciudad donde vive Sheryl Crow. Biden está mayor y su estrategia en los debates debería ser la de dejarle hacer a Trump, pera que él solo se lance y haga el ridículo. Como se le ocurra entrar a fajarse con él, puede acabar agotado y desfondado. Trump es muy hábil en estas lides y puede ser implacable. Además, Biden tiene tendencia a salirse del guión para hacerse el simpático, como le pasaba a la señora Botella, lo que puede resultarle desastroso.


Los moderadores de los tres debates principales ya han sido elegidos, tres veteranos periodistas independientes cuyas imágenes pueden ver arriba, no les pongo los nombres, que no les dirían nada. La del último debate es una mujer y Biden podría encontrar aquí una baza importante, si fuera hábil para provocar alguno de los habituales comentarios machistas de su contrincante el presidente. Como no podría ser de otra manera, Trump ha recibido los nombramientos con descalificaciones: Biden va a tener a alguien de su propio equipo moderando cada debate, etc. Por su parte Biden ha dicho que acepta los nombramientos y no tiene nada que comentar al respecto. Como les decía, he encontrado un retrato muy bueno de Biden, sintetizado en cuatro ventajas y cuatro inconvenientes. Si para hablar del virus en España recurrí al New York Times (aunque me regañara África), aquí también me parece oportuno tomar distancia y ver qué dice la BBC. Para leerlo han de pinchar AQUÍ.

Pero estábamos con estaturas físicas, que no políticas. Curiosamente, hay dos conocidos políticos españoles que comparten estatura con Trump, 1,90. Se trata de Pedro Sánchez y Mariano Rajoy. Quién lo diría. Y, por encima de todos ellos, el rey Felipe VI: 1,97. Un gigante. ¿Cómo dicen? ¿Que quieren saber la altura del fraCasado? Pues mírenla en Internet. Yo ya he dado mi opinión sobre este señor, usando el adjetivo petimetre, que suele aludir tanto a la escasa estatura intelectual como a la física. Otra curiosidad. Dos políticos que también tienen la misma estatura, 1,84, son Zapatero y Gallardón, con los que tuve la oportunidad de compartir un acto bastante exclusivo y con escasos asistentes al que acudieron ambos: la inauguración del Pasillo Verde Ferroviario. No recuerdo el año, pero sí que me acuerdo de andar por allí en medio, a la caza del canapé, y cruzarme con ambos. Me parecieron muy altos, y me impresionó su aspecto, con sus ternos gris marengo impecables.

En fin, pequeñas digresiones sobre curiosidades, para ayudarles a entretener este tiempo de penumbra tan inquietante. Ya saben que, tras el virus, mi preocupación principal son las elecciones USA. Creo que si perdiera Trump sería un paso adelante hacia un mundo en el que no haya revueltas como las que ahora mismo abruman a ciudades como Portland (Oregón), Hong Kong o Minsk en Bielorrusia. Por no hablar de Venezuela, Turquía, la Rusia del envenenador Putin o las Filipinas de Duterte. Mi amiga Shannon, mi soul sister de LA, me ha contestado ya. Está de acuerdo conmigo en que hay que echar a Trump como sea, pero la encuentro un poco desfondada anímicamente. Destaco también una frase suya: It seems like everything is a mess and a lot of corruption. Parece que todo es a mess y un montón de corrupción. ¿Cómo traducir a mess? Pues como un follón, un desastre, un desaguisado, un berenjenal. Todas esas acepciones tiene.

De este mundo absurdo bajo el acoso del virus, nos salvan el encierro casero, la reflexión y la cultura. En el post anterior les recomendé dos libros muy interesantes, de mucha calidad y de lectura fácil, porque enganchan. Pero también el rock es cultura y aquí, discúlpenme, pero yo sigo con Samantha Fish. Todos los vídeos que les he traído hasta ahora de esta artista polifacética eran grabaciones en vivo de sus conciertos o intervenciones en radios o en la góndola de la pista de esquí de Telluride. Samantha tiene un directo tan poderoso que es inevitable acudir a sus actuaciones grabadas en vivo. Hoy, por primera vez, les voy a poner el vídeo promocional de una canción suya, de su puño y letra, que se llama Chills and Fever, Escalofríos y fiebre. Con cierto aire melódico de Amy Winehouse, pero en su estilo inconfundible. 

Estamos ante una nueva faceta suya. Aquí pueden ver el grado de sofisticación y de elegancia que ha alcanzado esta mujer en su última etapa. Ya no es la niña que hacía punteos increíbles por todos los escenarios de América. Ahora es Lady Sam. Una señora. Y además está guapísima, al estilo de las rubias proverbiales de las películas de Hitchcok. El vídeo está lleno de otras referencias cinematográficas, desde el letrero del principio, propio de los carteles clásicos del cine de terror, hasta la escena de los espejos, en la línea de La Dama de Shanghai de Orson Wells, pasando por una recreación magnífica de la escena cumbre de Repulsión de Polansky. Viendo esto, se explica uno que esta mujer se haya trasladado de la provinciana Kansas City a la cosmopolita New Orleans. No les extrañará que me guste tanto. Esto es canela fina. Una delicia para la vista y el oído. Hala, a seguir bien. 


domingo, 6 de septiembre de 2020

973. De cosecha propia

Bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, bueno. Pues resulta que, aquí donde me tienen, estoy de vacaciones. En realidad lo estaba ya formalmente esta semana que termina hoy, pero tenía algunos temas que resolver y he seguido conectado al trabajo, para lo que hiciera falta. Una vez terminados los asuntos pendientes, paso al estatus de funcionario de vacaciones. Que, en este momento, apenas es una variación mínima de mis rutinas. Si hasta ahora me conectaba al trabajo en cuanto desayunaba, a partir de mañana dedicaré la mayor parte de mi tiempo a otros menesteres. Aunque tengo algunas citas de trabajo que intercalaré en el tiempo de descanso, como un webinar el día 9 sobre las ventajas ambientales de la reutilización de edificios, frente a la demolición, y una reunión de trabajo, seguramente presencial, a finales de mes. Y lo que surja. En octubre vuelvo al estatus de funcionario activo, para los cuatro meses y pico que me restan hasta el día D.

Dada la situación sanitaria general, no veo conveniente acercarme a la playa o a la montaña, y tampoco lo echo tanto de menos, yo soy hombre de asfalto, como saben, y estoy bien situado en Madrid, puedo ir al Museo del Prado, o al Jardín Botánico, ambos a cinco minutos de mi casa, y tengo una casa con una estupenda terraza, en la que puedo estar en bañador, o incluso sin, porque nadie me ve. Para qué me voy a mover, si tengo que andar por ahí con mascarilla y encima a los que venimos de Madrid nos miran feo. Los últimos años tampoco había disfrutado de unas vacaciones familiares estándar; siempre las cambiaba por viajes allende los mares, que este año están vetados. Así que mis vacaciones, en principio, en casita, aunque no descarto alguna escapada por el entorno. Cada uno es como es, yo me crié en el asfalto, me formé en futbolines y billares y confieso que lo que sí me hacía mucha compañía era el mar, pero después de más de 50 años en la meseta he aprendido a no echarlo mucho de menos. En este momento, hay que ser prudentes, que lo primero es salvar el pellejo. Ya habrá tiempo de hacer otras cosas cuando la situación se normalice, si-es-que.

Otros, en cambio, son de campo y disfrutan como enanos en medio de los prados y los sembrados. Por ejemplo, el bueno de Neil Young sigue confinado en su rancho canadiense a orillas del lago Ontario. Allí está rodeado de sus pastos y sus animales y, cuando quiere, se graba un vídeo artesanal y lo cuelga en Youtube. Lo escuchamos el otro día cantando Looking for a leader, con la letra alterada para meterse con Trump, a tiempo de incidir en la campaña electoral (¡menos de dos meses ya para el gran día!). Hoy lo vamos a ver con sus gallinas y sus patos, cantando Homegrown, que podemos traducir como De cosecha propia. Les pido que se fijen en su desaliño general, los agujeros de sus pantalones y, de nuevo, el artilugio artesanal para sujetar la armónica, con la ayuda de un par de piedros del lago. Y su última mueca, poniendo cara de pollo.


Neil Young, a sus 74 años sigue siendo, sin duda, uno de los grandes. Y ahí lo tienen tan feliz, con sus gallinas y su vieja guitarra, pasando del progreso y sus comodidades. Hombre, también hay que tener en cuenta que su encierro lo está pasando con su guapa compañera Daryl Hannah, la inolvidable Priss de Blade Runner y la no menos inolvidable sirena de Un, dos, tres, splash. Es normal que Young esté feliz, con semejante mujer a su lado, una dama que luce este aspecto a sus 59 tacos.

El otro día les hablaba yo de Neil Young como alguien cercano a Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez. Es posible que lo sea, pero un lector de los que me hace comentarios por detrás me ha recordado que Young ha ido siempre a su bola, es una especie de ácrata imprevisible, muy condicionado por sus cambios de humor. Deben ustedes saber que ese carácter imprevisible le llevó a apoyar sin condiciones a Ronald Reagan para la presidencia, cosa que puedo entender, yo también creo que fue un buen presidente, muy de derechas pero con cabeza. Más adelante, a raíz del 11-S lanzó mensajes de apoyo al presidente Bush (esto aún lo entiendo más), si bien la absurda guerra de Irak le hizo recapacitar y volverse contra él, hasta el punto de editar una canción que se llamó Let’s impeach the President. Pero estos bandazos hacen que no sea demasiado del agrado de los izquierdistas de manual. 

Para completar el cuadro, en 2015 fue a ver a Donald Trump a pedirle apoyo financiero para sus campañas y giras. Es también comprensible, el rancho hay que mantenerlo y, aunque no te compres pantalones nuevos, tiene muchos gastos. Trump no pensaba por entonces ni dedicarse a la política. Era sólo un empresario de éxito y tenía ya esa tendencia al histrionismo que le hace confundir el mundo con un reality show, como sentenció con precisión Obama. Así que su mayor interés fue hacerse una foto con el músico, que rápidamente colgó en su perfil de Instagram (Young no la publicó en ningún lado). Desconozco si finalmente le ayudó o no.

Por todo eso creo que es muy importante el pronunciamiento anti-Trump de este señor, con su canción Looking for a leader. Porque a nadie le sorprende la postura de Springsteen o la de los Stones. Pero Young podría haber salido por peteneras y no lo ha hecho. Los que queremos que Trump no sea reelegido, no lo deseamos porque sea de derechas. Eso es casi lo de menos. Lo deseamos porque es un racista, machista, grosero y sin control sobre sus emociones. En fin, que les voy a poner aquí la foto de marras. Discúlpenme, ya sé que duele a la vista, pero también intento adelantarme a que algún listillo me la recuerde en sus comentarios. Neil Young será siempre para mí uno de los grandes.  

¡Qué fuerte, gente!. En fin, que hay que echar al del pelo naranja de la presidencia como sea. Esta mañana le he mandado un Whatsapp a mi amiga Shannon de LA, en el que le digo (entre otras cosas de las que no se cuentan aquí): C’MON, LET’S VOTE HIM OUT, it’s crucial for the rest of the world that American voters get it right this time. Aún no me ha contestado. Están las cosas que arden en los USA. Cuando aún no se habían apagado los ecos de la protesta por la muerte de George Floyd bajo la rodilla asesina de un policía de Minneapolis, en Kenosha (Wisconsin) otro policía disparó siete tiros por la espalda a Jakob Blake, otro negro (por cierto, las pistolas de los policías ¿no tenían siempre seis balas?). No se sabe aún por qué acosaban a este señor, sólo que le siguieron dando la vuelta por delante a su coche y le dispararon cuando abrió la puerta delantera. En el asiento trasero estaban sus tres hijos, de 3, 5 y 8 años. Se dice que quien llamó a la policía fue la madre de los críos, en medio de una pelea de pareja.

Lo que yo tengo muy claro es que, si llega a ser un blanco, a lo mejor habían disparado primero al aire. Los disturbios diarios se han exacerbado en Portland, donde nunca se acabaron del todo, y han brotado en Chicago, Nueva York y todo el estado de Wisconsin. Ya saben que un chaval de 17 años, seguidor ferviente de Trump, se fue una noche a Kenosha provisto de un rifle de asalto, comprado en cualquier colmado, para ayudar a la policía en los disturbios. Resultado, disparó a tres manifestantes, matando a dos de ellos. También habrán leído que la protesta estuvo a un tris de acabar con la NBA, la liga de baloncesto, cuyos jugadores se plantaron. Y Trump fue a Kenosha y ni siquiera visitó a la familia de Blake (que está en estado muy grave en un hospital de la ciudad, en donde lo esposaron a los barrotes de la cama para que no se escapara, cuando tiene la columna vertebral rota y no podrá volver a andar salvo milagro). En cambio defendió al del rifle.

Trump se acerca en las encuestas a Biden, que va por delante. No sé, a mí me cuesta creer que un solo negro o una sola mujer le voten, pero hay que esperar a ver qué pasa. El racismo es un ingrediente estructural en la sociedad norteamericana, algo impreso en sus genes desde los tiempos del esclavismo. Tal vez las nuevas generaciones se estén quitando de encima esa lacra, pero hay mucho que trabajar todavía en pos de la igualdad. Les voy a hablar de dos libros que he leído recientemente y que creo que desmenuzan al milímetro el tema del racismo. Y los dos escritos por mujeres negras y galardonados con premios prestigiosos. Dos recomendaciones de cosecha propia. El primero, americano: La canción de los vivos y los muertos (Jesmyn Ward, 2017). Jesmyn Ward es una escritora nacida en Delisle (Mississippi) hace 43 años. Y esta novela le valió ganar el National Book Award, tal vez el premio literario de mayor prestigio de los USA, siendo la primera mujer de la historia que lo gana dos veces, porque ya se lo dieron en 2011 por su segunda novela Quedan los huesos, que no he leído.

Jesmyn Ward, cuya imagen tienen a la izquierda, desarrolla en su novela una historia tremenda, dividida en capítulos contados por diferentes narradores, que se indican en cada encabezamiento. Jojo, el primero, es un chaval de 13 años que vive, junto a una hermana muy pequeña, con sus abuelos maternos, dos negros mayores y súper correctos, dedicados a la agricultura. La madre de los niños, Leonie, es una semi-delincuente, drogadicta recurrente, que no puede con la situación y por eso le ha dejado los niños a sus padres. Todo se torció para esta familia cuando al hermano de Leonie lo matan unos amigos blancos, en medio de una discusión durante una partida de caza. Es decir, ya no estamos en tiempos de linchamientos, ahora hay un chaval negro que forma parte de un grupo de adolescentes blancos y se va con ellos de caza. Pero el accidente se tapa y el culpable, un gilipollas que le ha disparado adrede, nunca es castigado.

Ese incidente es lo que ha llevado a Leonie al mal camino y a sus padres a la tristeza eterna. Para colmo, Leonie, en su desvarío, se enrolló con un blanco, colega de colocones y primo del asesino de su hermano, que es el padre de sus dos hijos. Sus suegros ni les hablan. Y el padre de las criaturas está en la cárcel, por posesión y venta de drogas. Esta es la situación de partida del libro. La acción comienza cuando se anuncia que al preso lo van a poner en libertad. Leonie decide ir a recogerlo en su viejo coche a la cárcel, que está a muchos kilómetros de distancia del pueblo, y llevarse con ella a los niños, contra la opinión furiosa de los abuelos. Más adelante, se va sabiendo que, además de ir a esperar a su marido a la salida de la cárcel, Leonie transporta un alijo importante de droga a distribuir a lo largo del camino, y por eso quiere llevarse a los niños, para que los policías de carretera no la paren para registrarla.

El libro es una extraordinaria road-story, con momentos de una tensión extrema, que se lee del tirón. Y con aspectos sobrenaturales, como no podía ser de otra manera en una historia de negros del sur USA. Richie, el hermano asesinado de Leonie, se le aparece de vez en cuando, en medio de sus ensoñaciones inducidas por la droga y hasta es el narrador de algunos de los capítulos. En conclusión, eso es Estados Unidos ahora, los negros están integrados, los hay que llegan lejos, pero colectivamente son ciudadanos de segunda. Imagino que habrán leído que la incidencia de la Covid-19 es mucho más alta entre la población negra. Jesmyn Ward proviene de una familia humilde, de campo, pero se graduó en arte en Stanford y trabaja y vive en Nueva Orleans, en cuya universidad es profesora de escritura creativa. 

El racismo es un sentimiento fuertemente arraigado, importado de los colonos ingleses. Como dice Spike Lee, Estados Unidos es una nación fundada sobre el genocidio de los indígenas indios y el esclavismo. Pero ya había racismo en Gran Bretaña y de eso va el segundo de los libros de cosecha propia de los que les quiero hablar hoy. Y este se lo recomiendo encarecidamente, les va a encantar. Se trata de Niña, mujer, otras (Bernardine Evaristo, 2019). Este es el libro que vamos a analizar en la sesión inaugural de Billar de Letras 20-21, que será el 22 de este mes, pero ya me lo he terminado, porque no podía parar de leer. Bernardine es británica, 61 años, hija de padre nigeriano y madre inglesa blanca. Es una mujer de una actividad incansable, también licenciada en literatura y profesora de escritura creativa, pero con producción de ensayo, poesía, teatro, crítica literaria en los principales periódicos del país, activista por la igualdad racial, tertuliana, editora y todo lo que se puedan imaginar.

A la derecha, una imagen suya. Dentro de esa actividad frenética, hay que incluir ocho novelas publicadas. Pero esta, que es la última, es sin duda la cumbre de su producción y, como tal, fue premiada con el Man Booker, el premio literario británico de más prestigio. Lo recibió el año pasado, a medias con Margareth Atwood y es la primera mujer negra que se lo lleva, si bien, ya les dije que en los 90 lo recibió Arundathi Roy, india. La novela habla de doce personajes, a los que están dedicados sucesivamente los doce primeros capítulos, al final hay otros dos en los que se remezclan todos ellos. En todos los casos, mujeres. En todos los casos, negras (menos una). O sea, doblemente marginadas. Y, para colmo, algunas de ellas lesbianas, lo que induce un tercer factor de marginación (sorprende que haya también racismo entre las lesbianas blancas y negras).

Se habla de mujeres desde adolescentes hasta nonagenarias, todas las historias están relacionadas, aunque en algunos casos la relación se descubre novela adelante. Y, a medida que vas leyendo, compruebas que cada historia es mejor que la anterior, contadas con un cariño y un optimismo básico invencible: estas mujeres luchan todo el rato por su dignidad, por hacerse un hueco en la sociedad de los blancos, bien estudiando, o bien trabajando como negras (nunca mejor dicho) o buscándose un marido o la compañía de alguien que alivie su soledad. Y algo sorprendente. La autora no usa puntos. Los párrafos se separan con simples saltos de renglón. Algunas comas sí que emplea. Pero el texto tiene una continuidad admirable y no cansa, compuesto por párrafos pequeños, con estructura casi de poema. 

Hala, bájense a la librería más cercana y cómprenselo ya, no sé a qué están esperando. No se van a arrepentir. Bueno, y como hemos empezado con música, vamos a acabar igual. Como no, con Samantha Fish, otra recomendación de cosecha propia. Esta mujer no es muy dada al activismo, pero podría jurar que no es racista. Se ha criado en el estado de Missouri, en el Medio Oeste, que no tiene mucho que ver con el sur profundo. De hecho, desde 2012 hasta 2016 su amigo negro el batería Go Go Ray fue parte de su banda. Durante un lapsus desde mediados de 2016 hasta mediados de 2017 estuvo como en stand by. Y entonces volvió con una big band, como saben, con teclista, sección de viento y, en ocasiones, violinista. 

De esta segunda época es la canción que les dejo de propina. Les advierto que es de las de arrimar cebolleta, así que, si tienen con quién, no se corten. Samantha se ha quitado los zapatos y ya saben que, cuando Samantha se descalza, no hay límite de intensidad. Ella canta con su pasión habitual, expresando toda la frustración del enamorado que quiere tener a su pareja cerca, que no soporta la separación. Hay un momento en que la voz no es bastante para expresar todo ese sentimiento devastador y es entonces cuando ella usa su inimitable técnica con la guitarra solista, con un fraseo en crescendo que lleva al éxtasis, casi a que se te salten las lágrimas. Y lo tiene todo organizado para que le traigan al final la kerosene can guitar, para seguir a toda pastilla con la canción siguiente del show. Disfrútenla. Y sean felices. La vida merece la pena, en todo caso.


jueves, 3 de septiembre de 2020

972. What the fuck's going on?

O dicho en cristiano: qué cojones está pasando. Pues eso digo yo. No se sabe qué pasa con el virus, no nos podemos fiar de la prensa, aun menos de los políticos. Queda poco por hacer: esperar y ver. Ya saben que yo no me quejo, sigo aquí a mi teletrabajo, a mis lecturas, a mis series, a mis cervezas con amigos, a mis carreras por el parque del Retiro, a mis ensueños diversos. Y a mi blog, desde luego. Hace unos días, rebuscando entre mis viejos vinilos encontré este que ven en la foto de abajo, un disco ciertamente histórico: el Electric Warrior de T.Rex, publicado en 1971, hace casi 50 años. Un tesoro que aún conservo.


Por cierto, observarán que la camiseta que llevo acredita mi participación en su día en el Medio Maratón de Fuenlabrada. Esto es para los que dicen que le tengo manía a los de ese pueblo, cuyo equipo ha causado la ruina del Dépor. Falso, falso, yo no les tengo ninguna manía, pobrecitos, bastante tienen con ser de semejante lugar. En cuanto a T.Rex, fueron la banda que acuñó el concepto de glam rock en los 70 y la más brillante de esa tendencia. Y este es su mejor disco, en mi modesta opinión. Empezaron, cuando la moda era ponerles a los grupos nombres largos y pomposos, bajo la denominación Tyrannosaurus Rex, que supieron abreviar a tiempo. El artista barcelonés Loquillo tiene una canción que se llama El Rey del Glam, cuyo estribillo dice: te has quedado en el 73, con Bowie y T.Rex. Es exactamente el punto en el que yo me quedé. ¿Cómo dicen? ¿Que todo esto se la bufa, que lo que quieren es oír la música? No hay problema. Vean como sonaba este vinilo emblemático. Hacer eso en 1971 tiene bastante mérito.


Bien, hecha esta introducción, voy a seguir hablando de mí mismo. ¿Cómo? ¿Que es lo que hago todo el rato? No, no, eso es un infundio, cómo pueden pensar que me gusta hablar de mí mismo, si yo soy un tímido, por favor… Además, en este caso es sólo para mostrarles un ejemplo que les va a ayudar a entender lo que voy a explicarles después. Bueno, va, váyanse a paseo. El caso es que, con motivo de los períodos de confinamiento y desescalada, llevo seis meses seguidos entrenando, primero haciendo 50 minutos en mi casa y luego recorriendo mi circuito de 6,5 kms. por el Retiro. Un día de cada tres, con puntualidad kantiana. No había fallado un solo día. Hasta ahora. El miércoles 26 de agosto terminé mi carrera con un dolor importante en la planta del pié izquierdo. A lo largo de mi carrera de corredor he tenido diversas molestias en rodillas y espalda, que es lo que más procuro cuidar ahora, pero nunca un problema plantar.

Revisé la zona dañada y no me pareció que hubiera ningún callo o dureza de los que suelen llamarse un clavo. Era más adentro. Una contusión en el hueso, o una tendinitis o algo similar. ¿Remedio? Obviamente, lo primero, dejar de correr. Reposo y bien de Traumel, aplicado con el secador de pelo, para que entre más profundamente. ¿Cómo dicen? ¿Que por qué no fui a un médico? Vamos a ver, que yo tengo muchos trucos de veterano, que sé cómo tengo que actuar. Además, los médicos en este momento no están para tonterías. Vale, con el Traumel me mejoró, lo que venía a indicar que la cosa no era demasiado grave. Reposo y a esperar. Me tocaba volver a correr el sábado 29, pero me salté ese entrenamiento. Iban pasando los días y la molestia iba remitiendo muy lentamente. Y ahora van a ver por qué les cuento esto.

El lunes por la noche, me acosté con un dilema en la cabeza. El martes me tocaba correr otra vez. Y la planta me seguía cantando aunque cada vez menos. El dilema es el siguiente. Yo puedo seguir descansando hasta que la molestia haya desaparecido del todo. A lo mejor eso sucede en un mes (si es una tendinitis, más). Dentro de un mes habré perdido la forma (joder, que tengo casi 70 años, no es como si tuviera 30). Es decir, todo este entrenamiento no habrá servido de nada, porque partiré de nuevo prácticamente de cero. Y aquí aparece la otra posibilidad a contemplar. Recuperar el entrenamiento aunque me duela e ir viendo qué pasa. Como hacen los deportistas profesionales, los futbolistas, los tenistas. Es algo que tiene sus riesgos, uno puede hacerse una avería más seria y lo sé, pero ahí entran la veteranía y la intuición.

Decidí que el martes correría otra vez. Antes de salir, me di otra vez bien de Traumel, con mucho masaje y el secador, y me puse enseguida el calcetín, para que no se evaporara. Salí con cautela. Durante el calentamiento hasta el lugar donde hago estiramientos, he de admitir que me dolía bastante, iba prácticamente cojo, pero llegué. Hice mis quince minutos de estiramiento y arranqué. Y ya me dolía menos (buena señal). La zona dañada había entrado en calor y la cosa iba mejor. Un riesgo suplementario de hacer lo que hice es que te lesiones en la pierna contraria, por pisar protegiendo la zona que te duele. Nada de esto sucedió. Completé bien el recorrido (por fallar un día no se pierde forma), llegué a casa, me di una larga ducha y mantuve un rato la cebolla apuntando directamente a la planta dañada, al máximo de temperatura que soportaba. Luego, con el pie aun en caliente, repetí la operación del Traumel. Y, con el desayuno, me tomé un ibuprofeno que es anti-inflamatorio.

Ahora, la dolencia sigue su curso, continúa mejorando lentamente, pero ya he recuperado el ritmo de entrenamiento. Arriesgué, y me ha salido bien. Por cierto, si yo hubiera visto que con esa carrera la lesión empeoraba, entonces hubiera pasado al plan B: parar del todo y probablemente hablar con algún médico. Pero mi remedio funcionó. Y les cuento todo esto para que comparemos con lo que está pasando con el virus. El período de encierro severo fue muy eficaz para frenarlo. Si llegamos a estar un año encerrados así, a lo mejor el virus desaparece del todo Pero, en ese caso, la economía se habría venido aún más abajo, la sociedad se hubiera ido a la mierda, habríamos acabado pasando hambre y a hostias entre nosotros. Por eso había que ir abriendo la mano, arriesgando y haciendo un seguimiento estrecho de lo que iba sucediendo. Así se ha hecho en todos los países. Salvo que ciertos políticos a veces han manejado además otros conceptos, digamos, de oportunidad.

¿Y qué está pasando en España? Pues eso me gustaría saber a mí, y de ahí el título del post. A quién creer. Circulan fake news a cientos, mensajes alarmistas firmados, por ejemplo, por el Jefe del Servicio de Inmunología de la Clínica Puerta de Hierro, por decir algo. Consultas el organigrama de dicho Hospital y resulta que ese señor no existe. A lo mejor ni siquiera existe el servicio. Yo, que por naturaleza soy más dado a los mensajes optimistas, me creo más gráficos como este que les pongo abajo. Es un cuadro comparativo oficial de la Comunidad de Madrid, del número de ingresos por Covid en los hospitales de la provincia en marzo y agosto. Creo que habla por sí solo. 

Que sí, que después del 25 de agosto ha seguido subiendo y todo lo que quieran. No es mi intención entrar en una polémica de cifras con ustedes, queridos lectores, muchos seguro que infinitamente mejor informados que yo. Lo que quiero decir es sólo que no sabemos nada, que no hay de dónde sacar una información fiable. ¿Revisamos la prensa? ¿Para qué? El inMundo, el ABC y la sinRazón exagerarán todo lo que puedan el drama, porque lo que quieren es que se vaya Sánchez, por definición; haga lo que haga estará mal, porque es un okupa de La Moncloa y además se ha aliado con Iglesias, a quién le huele mal la coleta, signo inequívoco de que es un chavista y un bolivariano. Si tienen que mentir, mienten, no pasa nada. El País, tres cuartos de lo mismo, ha caído en manos de la otra banda del PSOE, los felipistas, susanistas y similares, bien conectados con el poder económico, y ya no se puede creer lo que diga.

Un inciso. Todo esto es lamentable. Y lo que produce es que desde el extranjero se nos vea como un país bananero, al que no hay que darle ni agua. Los suizos, los austriacos, los nórdicos y ya no digamos los holandeses, piensan que somos una panda de vagos e imprudentes y encima que estamos todo el día dándonos abrazos y besos, bebiendo y bailando el tirititran-tran-tran. Y luego, a la hora de las ayudas nos las regatean para ahorrarse el dinero, porque son unos usureros y unos roñas. El perverso cainismo patrio alimenta la famosa leyenda negra, hagamos lo que hagamos los de a pie. No digo que no estemos mal con el virus, pero en todas partes cuecen habas. En Francia también, aunque las llamen cassoulet. Pero en Francia no hay unos políticos tan nefastos como los nuestros, ni una prensa tal mala.

Y lo mismo sucede en el resto de países de Europa. Por cierto, los que las van a pasar canutas son los británicos, porque al covid tienen que sumarle otro virus horroroso: el del Brexit. Se acordarán siempre de cómo dejaron que una decisión tan importante se adoptara a partir de un 51% de votos favorables en un referéndum con trampa. Y, también por cierto, en Alemania hubo el otro día una manifestación monstruosa de negacionistas pedorros, sin que los demás países miren a los alemanes en su conjunto como apestados. Algo parecido hubo en Madrid, pero no fue ni el Tato. Ni siquiera fue Miguel Bosé. Aaaaayyyy, cómo se le ha ido la olla a este hombre ¿verdá-usté payo? Con lo sensato y lo leído que parecía. Porque el Bumbury ya era tonto de origen... ¿pero el Bosé? Qué pena, qué pena.

Pero volvamos a la línea por la que íbamos. ¿Es posible saber algo de lo que está pasando de verdad? Pues, como ya saben que soy un proyanqui de mierda, me he acercado a ver qué dice el New York Times, que siempre es una referencia. Y que por la lejanía no tiene interés concreto de jodernos o regatearnos ayudas. Que conste que a mí no me gusta Pedro Sánchez, como he escrito muchas veces en el blog, lo único que digo es que las críticas que se le hacen desde la derecha, desde los nacionalismos y desde la prensa local no me valen. Así que me he acercado al New York Times, limpio de prejuicios, con la sana intención de ver qué dicen y contárselo a ustedes. Les resumo el reportaje que publicaron el martes.

Titular del artículo: Una segunda ola de coronavirus azota España. Subtítulo: Si Italia fue la avanzadilla de la primera ola de la pandemia, España parece serlo de la segunda. Datos: España es uno de los países más afectados de Europa. La semana pasada se registraron 53.000 nuevos casos y se alcanzó un ratio de 114 nuevas infecciones por cada 100.000 habitantes. El virus se está expandiendo ahora mismo algo más rápido que en los USA, unas ocho veces más rápido que en Francia o en Italia y diez veces más que en Alemania. Hasta aquí la información con los datos de la última semana, piensen que esto cambia por días. Pero lo más importante: ¿Por qué España está peor que los otros países de nuestro entorno? Pues el diario aventura cuatro posibles causas principales.

1.- Una desescalada prematura y quizá precipitada. 2.- La proliferación de reuniones familiares grandes: familias extensas, mucha afectividad, carácter latino, etc. 3.- La apertura al turismo. Y 4.- Las malas condiciones de vivienda y sanidad de la población inmigrante, de los que trabajan en el campo como temporeros. Sólo después de estas cuatro causas principales sitúa como un motivo adicional la vuelta de la vida nocturna, el botellón, etc. que no considera tan significativo.  Muy bien. Todo esto nos lo podemos creer, pero no porque lo vocifere el fraCasado, lo escupa Abascal, lo eructe Rufián o lo magnifiquen los panfletos de la derechona y de Cebrián y Felipe. Sino porque lo dice un periódico serio del extranjero, sin interés de jodernos como algunos europeos.

¿Tiene la culpa de esto el gobierno? Pues sí, en buena parte, por no aplicar unas normas más estrictas y vigilar su cumplimiento. Y también la gente que se cree que el problema ha pasado y ya podemos vivir como antes. Pero recuerden: a Sánchez se le sometió a una verdadera tortura con las prórrogas del estado de alarma, sólo por joderle (no sé si lo saben, pero en Italia el estado de alarma se mantiene, hoy, ahora, mientras ustedes leen este post). Le atacaron por todos los lados los de siempre: la derecha y los nacionalistas de todo signo, haciendo pinza. Que si quería tenernos encerrados para crear una sociedad comunista, que si quería recentralizar el estado (mejor nos iría sin duda con una sanidad y una enseñanza centralizadas). Con esto no quiero exculparlo de haberse precipitado con el desconfinamiento (si es que se dictamina que así ha sido). Si tuviera un poco más de talla política y de fondo ideológico hubiera resistido las presiones. ¿No tiene un libro que se llama Manual de resistencia? Pues resista, coño.

Por ejemplo, al alcalde de Madrid lo estuvieron presionando de todas las formas imaginables para que abriera los grandes parques. La presión venía de su propio partido, de Vox  y de los revoltosos de Núñez de Balboa, que pedían a gritos libertad. Pues el tipo aguantó la presión, y no abrió el Retiro hasta que el gobierno central cambió de fase, a pesar de que uno de estos energúmenos que querían correr por el parque o tomarse el vermú en una terraza, lo denunció en un juzgado por prevaricación. Es lo mínimo que se pide a un político. Por cierto, como yo no soy igual que el fraCasado, no estoy predispuesto a que me tenga que parecer mal todo lo que hace. Así que, sin ningún problema, aplaudo que le haya dado una patada en el culo a Cayetana y haya mejorado la posición de Ana Pastor y de Almeida. A ver si ahora empieza a hacer caso de sus consejos. 

En cualquier caso, igual que con mi dolencia plantar, había que arriesgar. Lo están haciendo todos los países. Si nos quedamos un año encerrados, nos vamos a la mierda, el virus y nosotros. Todavía no se sabe si la hemos cagado o no del todo. Según el New York Times, ahora vamos de farolillo rojo. Pero esto del virus cambia de un día para otro. Nos movemos sobre un delgado filo. Y otra cosa en que todos los agoreros están de acuerdo: el sitio más horrible del país es Madrid. ¡Hala, a por nosotros! Esa es otra variante del cainismo hispano, el odio a la capital. Pues aquí me tienen a mí, en el puto centro de la ciudad más horrible del país más lamentable, y tan contento. Haciendo la misma vida desde que se acabó el confinamiento severo. Salgo a hacer los recados que tengo que hacer, me tomo mis cervezas con amigos y corro por el parque. Salvo para correr, me pongo siempre mascarilla. Y doy abrazos con cuidado a quien se los tengo que dar.

Y procuro ventilar bien mi casa y relajarme leyendo o escuchando música. Sigo enganchado a Samantha Fish, pero no me olvido de Sheryl Crow, ya saben que soy partidario acérrimo del poliamor. Sheryl continúa con su producción de nuevos vídeos rescatando sus canciones de más claro mensaje político. Las suele publicar en dos versiones, una de animación y otra con sus músicos en multipantalla. Yo, en general prefiero verla en persona. Esta nueva actividad frenética, claramente enfocada a la carrera hacia las elecciones presidenciales, parece haber revivido a esta mujer espléndida de 58 años, que ya no tiene la cara de mala uva de alguno de sus vídeos intermedios del encierro. Les dejo su última producción. Cuídense y procuren ser felices. Y no tengan miedo. El miedo es un virus más letal que el Covid 19.