lunes, 4 de noviembre de 2019

882. Mdgscr 7: el túzaro, el zangolotino y unas alitas

Empiezo hoy con una preciosa foto que también podría ser obra de arte (en este caso impresionista) y tener título: Otoño en el APOT. El APOT es el nombre técnico del edificio en el que están las oficinas municipales de urbanismo donde trabajo, aunque en este blog se le suele llamar La Isla de Alcatraz. Pero aquí tenemos otro ejemplo de que todas las cosas que yo cuento están relacionadas. Porque, después de mi foto del otro día sobre los Pacos Culiaos, los disturbios en Chile se han recrudecido (El País de anteayer publicaba la foto de una pintada en la que se leía Paco asesino, y sólo ustedes mis queridos lectores supieron que no se trataba del insulto a ningún Francisco). Y esos disturbios han provocado la renuncia de Chile a albergar la conferencia del clima COP25. Y ya saben, supongo, dónde se va a celebrar: en Madrid, en concreto en el IFEMA, justo al lado de los hermosos tilos que se ven en la foto de arriba. Para cuando lleguen los delegados, ya habrán perdido toda la hoja. Esta imagen del otoño ha durado apenas dos días, pero allí estaba yo para inmortalizarla.

El decimoquinto día del viaje a Madagascar fue una jornada fallida. Teníamos el programa de ver unos cuantos lugares y pueblos interesantes de camino a la ciudad de Tulear, el punto más meridional de nuestro periplo, y otros tantos ya en la carretera nacional 7, por donde regresaríamos hacia el norte por el interior de la isla. No pudimos hacer ni una cosa ni la otra. Por la mañana, se volvió a averiar un coche, esta vez el que circulaba en tercer lugar y en el que yo iba. Y los dos primeros no se dieron cuenta. Tratamos de avisarles, pero no había cobertura. De pronto hubo un relámpago de conexión y nuestro mensaje salió. Pero entonces no tenían cobertura ellos. Hubo que que esperar a que llegaran a un sitio con cobertura para que les entrase nuestro mensaje y volvieran, porque nuestro conductor no tenía la menor idea de cómo arreglar el coche.

Con el conocimiento y buenos oficios de Le Pepé, logramos por fin repararlo, pero ya tuvimos que renunciar a las paradas previstas antes de Tulear. Es esta una ciudad bastante fea, a la que llegamos ya a mediodía, justo para comer, comprar algún souvenir y cambiar de vehículo, porque a partir de este punto nuestra ruta continuaba por carretera. Nos estaba esperando un minibús similar al de nuestros tres primeros días, con un conductor imperturbable y un ayudante zangolotino, que ni siquiera contestaron a nuestros saludos, lo que ya nos dio bastante mala espina. Nos despedimos efusivamente de Le Pepé y sus dos colegas, que realmente habían mostrado ser grandes conductores y compañeros cordiales. Comimos en un restaurante del centro, enredamos un rato por la zona de tiendas y nos montamos ya en el minibús. Empezó entonces una deriva desesperante. Porque el imperturbable iba a unos 30 kms/hora. La carretera estaba bien, con el firme recién reparado, pero el tipo no pasaba de esa velocidad. En las cuestas arriba se quedaba, no podía, y era incapaz de hacer un adelantamiento.

Nuestro destino era Ranohira y, si ustedes buscan en Google cuánto se tarda en hacer los 237 kms entre Tulear y Ranohira, encontrarán una respuesta precisa: 3 horas y 37 minutos. Salimos como a las 14.30, o sea que tendríamos que haber llegado en torno a las seis de la tarde. ¿Saben cuándo llegamos? Pues a las nueve. Se lo juro. Antes intentamos de mil maneras hacerle saber al conductor que queríamos ir más rápido, que nos estábamos poniendo muy nerviosos. Nada. Le rogamos a Alain que se lo dijera, que le hablara en malagasi, que le suplicara, que le pidiera por favor acelerar un poco. Nada. Es que ni le contestaba. Ni movía un músculo. Él a conducir y a callar. Diré que este es también un espécimen puramente africano. Un estereotipo. El sujeto que no se comunica con el hombre blanco de ninguna forma. Que piensa que el hombre blanco está loco y no quiere más líos mentales. Para gente como esta se queda corto el calificativo local de matiti. En gallego hay un adjetivo más preciso: túzaro. El túzaro es ese tipo al que conoces y ves venir por la calle a lo lejos. Y observas como, cuando te ve, se cambia de acera para no tener que saludarte. Es mezcla de tímido, paleto y raro. Y encima cabezota.

De este túzaro he de reconocer que iba impecablemente vestido con una camiseta blanca marcando musculatura, perfectamente afeitado, con el pelo recién cortado y gafas negras. Un perfecto imitador de la estética occidental. Pero, tras esa fachada, había un pedazo de carne con ojos, alguien incapacitado para relacionarse con los demás. Un auténtico zoquete. Un túzaro genuino. En cuanto al zangolotino, nada más arrancar se durmió profundamente y empezó a dar unas cabezadas como yo nunca había visto dar a nadie. Es que se caía de lado, sujetado apenas por el cinturón de seguridad, es que su cabeza estaba cada vez a punto de rozar el freno de mano. Es que era increíble que no se partiera el cuello. Uno de nuestro grupo comentó en voz alta: –No, si a este lo han debido de traer para que le dé conversación al chofer. Y nos entró la risa floja. Teníamos que relajarnos. Murra, murra. No estábamos en Madagascar para sufrir o para mosquearnos.

Así que nos perdimos también íntegramente los lugares que habíamos previsto visitar por la tarde (una sola parada y hubiéramos llegado a las 12 de la noche y todas las guías desaconsejaban por peligroso circular en vehículos por la noche). Temimos quedarnos también sin cenar, porque después de las 6 está todo cerrado. Alain contactó por teléfono con el hotel al que íbamos, para que nos esperasen. Y por teléfono hicimos el pedido para todos dentro de las opciones del menú. Nos estaban esperando, efectivamente, cuando llegamos, y finalmente cenamos bien. Pero allí nos plantamos. Le dijimos a Alain que esto era la gota que colmaba el vaso. Los tres todoterrenos que nos habían asignado, habían sido como una tortura, se averiaban todo el rato. Bueno, los tres no; dos de ellos. El otro no había tenido ni un ruido. ¿Saben cuál era? Pues precisamente aquel cuyo aire acondicionado funcionaba perfectamente. Y el que tuvo el mismo conductor todo el tiempo. Estaba claro que la agencia nos había dado un todoterreno nuevo y dos viejos, hechos polvo a fuerza de recorrer una y otra vez esas pistas intransitables. Tal vez por tres nuevos el precio total hubiera sido más alto. Pero tenían que habernos avisado.

En cuanto al nuevo minibús, concluimos que se trataba también de un vehículo viejo. Como teníamos dos noches en el hotel H-1 de Ranohira, porque al día siguiente íbamos a visitar un parque nacional, le comunicamos a Alain que para pasado mañana nos tenían que tener listo un bus distinto, a ser posible el mismo que nos había recogido en el aeropuerto de Antananarivo. Y con otro conductor. Si nos traían otra vez aquella tartana, con ese chofer que no pasaba de treinta por hora por una carretera recién arreglada, nos negaríamos a subirnos. Y nos fuimos a dormir. Estábamos ya en el interior del país, la noche era fresca y el cielo se veía lleno de estrellas, cuando nos dirigimos a los bungalows. Es una maravilla este cielo del hemisferio sur, en el que la luna no es mentirosa y los expertos pueden identificar la Cruz del Sur. Estábamos rendidos y cabreados después de ese día perdido. Menos mal que el hotel H-1 era excelente.

El decimosexto día de viaje desayunamos bien y nos dispusimos a visitar el Parque Isalo, uno de los más valorados de Madagascar, en donde teníamos programada una marcha senderista de unas cinco horas. El túzaro y su socio zangolotino nos acercaron en la tartana hasta la entrada del parque, al otro lado del pueblo, en donde a Alain se le sumó un guía local. El parque de Isalo, en una zona ya abiertamente de secarral, es muy interesante y bastante variado. Ya en la tarde anterior habíamos notado que las condiciones de vida en el interior son más míseras que en la costa y, desde luego, que la gente de esta comarca es mucho menos guapa que los sakalava y los vezo con los que habíamos convivido más de una semana. Por aquí la etnia más común son los bara, que viven de la ganadería y tienen también la costumbre de enterrar a sus muertos en tumbas provisionales en lugares inaccesibles, para darles definitiva sepultura cinco años después, con su fiesta correspondiente. Lo mejor es que les ponga unas imágenes de la ruta senderista que hicimos y que nos ocupó todo el día.


De camino a la zona más escarpada


Las formaciones rocosas del parque Isalo. Un compañero señala la zona a la que hay que subir

Formas esculpidas en la piedra arenisca


Una tumba provisional  de los bara tapada con piedras en una pared inaccesible


Bajando por una garganta empinadísima, accedimos a la llamada Laguna Blanca, en donde nos dimos un merecido chapuzón en un agua helada. Subimos y retomamos nuestro camino bajo un sol bastante potente, pero poco a poco el valle se iba encajonando, convirtiéndose en cañón entre dos muros laterales escarpados. Surgió un arroyo en el centro y la vegetación hizo su aparición. El arroyo vertía sus aguas al río Mamasá y en el punto de unión de ambos ríos el paisaje era ya un puro bosque. Había allí un camping muy amplio y bastante ocupado por remolques y tiendas de campaña, dentro del recinto del parque. Estábamos en el llamado cañón del Mamasá, la zona más feraz del parque Isalo. En el bar del camping habíamos reservado para comer y todo lo que nos sacaron nos supo a gloria. Por allí menudeaban los lémures de la especie miska cat, que se acercaban descarados a tratar de hacerse con las sobras de la comida de la gente. Tras tumbarnos en el suelo a la sombra del frondoso arbolado para una mínima cabezadita, nos pusimos otra vez en marcha para remontar el cañón del Mamasá. Río arriba hay otra gran charca, la llamada Laguna Negra, en donde nos dimos el segundo chapuzón del día. Abajo pueden ver una familia de lémures con sus crías y unas vistas de la subida hacia la Laguna Negra.

 





Después de secarnos, descendimos hasta la puerta del camping. En el parking exterior nos esperaban el túzaro y el zangolotino, dormidos dentro del minibus defectuoso. Alain propuso llegar a un lugar llamado la Ventana de Ranohira, donde se puede ver la puesta de sol a través de un agujero en la piedra, un punto muy demandado por el turismo. Pero íbamos justos de tiempo. Atravesamos el pueblo y, entonces, de forma asombrosa, el túzaro se puso a correr y a adelantar a todo el mundo. Era algo inaudito. Todos nos mirábamos incrédulos. El minibús no era viejo ni estaba averiado. Estaba perfecto y aceleraba como ninguno. Alain nos dijo que el tipo había estado todo el día arreglando el vehículo, pero no nos lo creímos. Sólo trataba de echarle un capote. Para mí la explicación es otra. Sabemos que la agencia contrata los vehículos por un lado y los conductores por otro. Y los conductores se los proporciona un intermediario que a su vez los tiene subcontratados. Y este zoquete, como buen túzaro, es un tipo que hace sólo lo que le dice su jefe, no escucha a nadie más.

Nosotros nos habíamos quejado a la agencia a través de Alain y por la mañana nos habían prometido que nos cambiarían de vehículo para el día siguiente. A partir de eso, imagino que la agencia le dijo al intermediario que su contrato quedaba cancelado porque los pasajeros se habían quejado de que el chofer que les habían puesto era un lento y un manta. Y el tipo le llamó colérico al túzaro, le dijo que era un inútil y le echó una bronca monumental por haber perdido el contrato. Es decir, el tipo iba lento el primer día porque creía que era así como tenía que ir. Tal vez en algún viaje anterior los pasajeros le habían pedido eso, para ver el paisaje, o para no tener sobresaltos, yo qué sé. Pero era tan zoquete que no pensó que a nosotros nos estaba poniendo freneticos convertir tres horas de viaje en seis, la mayor parte de noche. Y ahora iba deprisa porque se lo había dicho a gritos su jefe, el único interlocutor al que escuchaba. Es lo que pasa con gente que no escucha, que no empatiza con el cliente ni se esfuerza en saber lo que quiere. Con la diferencia de culturas y de lenguas es lógico que haya pequeñas disfunciones, pero hay que ser muy ceporro para llevar a un grupo a paso de tortuga, de noche, y no enterarte de que se están poniendo de los nervios.

Llegamos a tiempo a la Ventana de Ranohira, llena de japoneses con sus cámaras listas, pero al final  aparecieron unas nubes en el horizonte que nos impidieron ver la puesta de sol. Y el zoquete nos llevó de vuelta a la misma velocidad supersónica a pesar de que ya era de noche y la visibilidad era escasa. Le dijimos que nos dejara en el pueblo, porque teníamos un viejo anhelo desde el primer día de viaje: cenar una noche en uno de los hotelys, los lugares súper cutres donde comen los locales, y antes habíamos visto uno con una terraza exterior enorme. Estaba efectivamente muy concurrido, a pesar de que no había luz. Nos acomodamos por allí como pudimos y pedimos las cervezas, lo único que te servían. Y estaban heladas. Para la comida, había que acercarse a cada una de las tres parrillas en las que estaban friendo verduras rebozadas, pollo y brochetas de zebú. Las señoras que cuidaban los fuegos, no entendían nada de francés. Por señas se les señalaba lo que quería cada uno. El problema es que no se veía ni torta.

Eso propició otra de las escenas chuscas más recordadas del viaje, porque el compañero que se acercó a la parrilla donde hacían el pollo, señaló varias piezas, entre ellas dos que creyó que eran alitas. Pero resultaron ser cabezas de gallina, algo imposible de hincarle el diente, aunque lo intentamos. Durante el resto del viaje le estuvimos martirizando por su error, con el proverbial humor manchego del grupo. La alitas aparecían en la conversación aunque no vinieran a cuento y en todos los restaurantes posteriores preguntamos si tenían alitas. Imagino que mis colegas siguen con la coña en Ciudad Real. Ese día habíamos comido bien en el camping y no teníamos mucha hambre, así que nos arreglamos con varios platos de cacahuetes locales fritos que estaban buenísimos, unas mini-brochetas de zebú, unas verduras rebozadas y los trozos de pollo aprovechables. Suficiente para acompañar las cervezas. Y nos volvimos a través del pueblo guiándonos con nuestras linternas, hasta llegar al estupendo hotel H-1, que estaba justo al otro lado, en busca de un más que merecido descanso.

viernes, 1 de noviembre de 2019

881. Mdgscr 6: una jornada de pesca en Salary Bay



Como en posts anteriores, empiezo este con dos cosas ajenas a Madagascar. La primera me la manda un amigo desde Chile y es la foto que pueden ver arriba. Una imagen que, por su expresividad y rotundidad, se ha convertido ya en obra de arte fotográfico y, como tal, tiene título y todo. El título es Pacos culiaos. Pacos es como llaman allí coloquialmente a los policías (como aquí maderos o pitufos, en función del color de sus uniformes). Y culiaos es un adjetivo que, a la vista de la imagen, no creo que necesite mayor traducción, además del evidente origen etimológico de la palabreja. Mi amigo entiende que la reivindicación de sus compatriotas en la calle es justa y por eso se congratula de que a los pacos los culieen.

No creo que la imagen de los mossos de Barcelona al final de alguna de las algaradas de la semana pasada fuera muy diferente de esta. Sin embargo, yo no me congratulo de los ataques sufridos por estos señores. ¿Por qué? Pues porque la lucha de los catalonios independentistas no me parece justa. Ya he proclamado y repetido mi convencimiento de que este es un movimiento retrógrado y supremacista, alentado por unos personajes bastante turbios. El hecho de que mimeticen la retórica de otros levantamientos o movimientos populares (Hong Kong, Moscú, Beirut o Santiago de Chile) no debe hacernos olvidar el signo y el origen de su protesta. Para que no se nos olvide, creo que viene a cuento un artículo publicado el otro día en El País por Maite Pagazaurtundua, que me parece de obligada lectura. Pueden hacerla pinchando AQUÍ.

El decimocuarto día de viaje pudimos levantarnos más tarde. La víspera, nuestro guía Alain se había acercado a la aldea vezo y había negociado para nosotros una actividad para este día: salir a mar abierto con los pescadores de la aldea. Navegar un rato, bañarnos, hacer algo de snorkel y ver cómo pescan estos señores. Había cerrado también un precio para todo el grupo y una cita: a las diez de la mañana vendría a buscarnos un tal Fali, bajo cuya custodia quedaríamos durante la actividad. En una tierra en la que amanece a las 5.30, empezar a las 10 no era aprovechar el tiempo de la forma en que le gustaba al grupo, pero Fali no quería madrugar más, así que tuvimos margen para desayunar sin prisas. Fali resultó ser un chaval tranquilo y sonriente, que caminaba despacio con pisada felina y era la viva imagen del hombre feliz. Muy negro, musculoso y no muy alto, como toda la población de esta zona de Madagascar. Apareció puntual, nos despedimos de Alain y le seguimos en hilera por el camino del interior (también se podía llegar a la aldea por la playa).

El habitual enjambre de niños nos asaltó al llegar al poblado, pero en plan amistoso, sin presionar demasiado. A uno que me dijo eso de vasaha bombón le contesté muy serio: Moi, je ne donne rien, parce que je suis matiti, lo que generó la estruendosa carcajada de todo el grupo. Les sorprendía que hubiera captado el humor africano de esa manera. El mar estaba en calma, hacía un día maravilloso, la luz era preciosa y el ambiente en el poblado, sereno y expectante. Caminamos todos hacia la playa, donde nos esperaban las canoas, rodeadas de gente del pueblo por allí pululando, ocupados en mil tareas y negocios. La playa es la vida de esta aldea. Las canoas eran de una sola pieza, hechas con un árbol ahuecado, como las que nos habían llevado al manglar y la isla frente a la ciudad de Morondava, con un estabilizador a un lado, hecho con un tronco macizo, a modo de catamarán artesanal. Pero con una diferencia importante: tenían una vela cuadrada, lo que se conoce como vela latina.

Estas velas eran de reciclaje, estaban hechas con sacos de suministros, de ese material que se conoce como rafia sintética, que en realidad es un hilo de plástico, a menudo de color verde o blanco. Con ocho o diez de estos sacos reutilizados, fuertemente cosidos entre ellos, hacían una vela estupenda. Íbamos en bañador y camiseta y llevábamos lo mínimo, incluyendo el móvil para hacer fotos, metido en una funda plástica para que no se mojara. Nos montamos tres o cuatro pasajeros en cada canoa, guiada por dos tripulantes en los extremos, que manejaban las velas con unos cabos súper cutres del mismo hilo de rafia verde. Pero no se imaginan qué velocidad cogían aquellas barcas. En cuanto estuvimos acomodados, le abrieron aire a las velas y salimos a toda pastilla, en perpendicular a la playa, en dirección a un pequeño arrecife de coral que se intuía al fondo, en el horizonte, donde rompía el oleaje. Fali comandaba una de las canoas y en total venían con nosotros seis lugareños, al cargo de las tres lanchas. Cuando Fali estimó que habíamos llegado al lugar correcto, dio una voz y las tres canoas a una se pararon en seco en un instante. Clavadas. Inmediatamente arriaron las velas y nos aprestamos a zambullirnos en el agua, donde estuvimos un rato nadando, viendo fondos con gafas de bucear y enredando alrededor de las barcas. Unas imágenes.

 De camino a la orilla

El ambiente en la playa, y las canoas preparadas con sus velas de reciclaje al viento

El timonel de mi canoa, con una camiseta que no es del Dépor. Al fondo otra nave del grupo, un poco adelantada.


Y aquí los bañistas, obscenamente blancos

Enseguida empezó lo más asombroso. Los seis marineros se calzaron unas gafas de buceo y unas aletas de las buenas y empezaron a escudriñar los fondos. Iban provistos de unos fusiles de pesca submarina totalmente artesanales, como tirachinas gigantes, con la goma sacada de la rueda de una bicicleta, que estaban listos para lanzar una flecha de acero, sujeta con un cable también de rafia. Cuando descubrían en los fondos un pez que nadie más veíamos, con un golpe de riñones se sumergían en perpendicular al agua. Estaban debajo un tiempo increíblemente largo. Y luego salían a la superficie con un pez enorme ensartado en la lanza, que levantaban en alto para recibir la ovación de los atónitos blancos.

Uno tenía una lanza de tres puntas, como un tenedor, y salía a la superficie con sus trofeos como un Neptuno negro triunfante. Al rato, se captó un cierto nerviosismo en el grupo. Algo inusual estaba sucediendo. Uno de los pescadores había alanceado un pez mucho más grande y todos nadaron deprisa en su dirección para ayudarle, porque el animal se resistía con todas sus fuerzas. Lograron subirlo trabajosamente a la lancha, donde continuó un rato dando peligrosos coletazos a todo el que se acercara. Luego comprobamos que se trataba de lo que días antes habían llamado atún blanco, con el que habíamos cenado diez personas y aún nos había sobrado. La pesca continuó un buen rato, hasta que, sumando las capturas de las tres canoas, teníamos unos doce o trece pescados, uno de ellos muy grande. Entonces, Fali dio la orden de regresar.

Muchas veces he soñado con acompañar a los pescadores gallegos en una expedición, especialmente desde que leí la extraordinaria novela Gran Sol (1958), de Ignacio Aldecoa, ejemplo excelso del neorrealismo de la generación literaria de la posguerra, que con Aldecoa integraban Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite, el primer Ferlosio e incluso Alfonso Sastre, quien con los años se volvió batasuno, mutación que sólo cabe atribuir a la locura senil. Gran Sol relata la aventura de un pesquero que sale a alta mar durante un mes largo, una peripecia intensa y trágica. Para documentarse, Aldecoa se subió a uno de esos barcos y convivió con los marineros hasta su vuelta. Entre los personajes, uno inolvidable: el cocinero Macario, a quien sus compañeros apodan El Matao, por su frase favorita que aplica a todas las situaciones: como se te ocurra hacer esto (o lo otro), te han matao. Alguna foto más.

Iniciando el regreso, nuestro piloto se sube al estabilizador para hacer contrapeso


Un selfie con el copiloto trasero


Otra imagen, también muy plástica, del piloto durante el regreso, mientras observa la playa a la que nos dirigimos, al fondo.



Con la playa a la vista, una compañera del grupo se hace fotos sosteniendo el atún blanco (ya definitivamente muerto)

Ya de vuelta, grandes enhorabuenas, abrazos a diestro y siniestro y fotos con la captura. Se planteó entonces un asunto sobre el que había que decidir. Fali, nos preguntó si nos había gustado la experiencia. ¡¡SÍÍÍÍÍÍÍ!! Luego, muy educadamente, nos explicó que, según sus normas, la pesca se reparte. Después de la correspondiente deliberación, hicieron dos lotes, uno para ellos y otro para nosotros (el atún blanco quedó excluido del reparto, imagino que lo reservaban para vendérselo a algún restaurante del entorno). Y añadió –Si queréis, os podemos llevar vuestros pescados hasta el hotel, para que os los cocinen allí para cenar. Es lo que se acostumbra. Traduje la proposición al grupo y la respuesta fue inmediata y unánime: –¡¡No, no!! Nosotros lo que querríamos es comérnoslos en el pueblo, con vosotros, de la forma en que los cocinéis habitualmente. –¿De verdad? No salían de su asombro. Ellos están acostumbrados al turista occidental, alguien que no se mezcla con la gente. Pero nosotros éramos viajeros, no turistas –les aclaramos.  

Subimos pues hacia el poblado y nos concentramos en torno a lo que podríamos llamar el club social de la aldea, al lado del caserío pero aun en la playa, un espacio abierto bajo un tejadillo de paja sostenido por pilares de madera. Inmediatamente se generó una actividad frenética. Dos de los chicos sacaron de alguna parte sendos cepillos y se pusieron a barrer el suelo, para echar fuera toda la arena. Otros dos trajeron un par de mesas, de esas antiguas de madera oscura torneada y barnizada, seguramente provenientes de alguna casa colonial francesa. Y todas las sillas desparejadas que encontraron en el poblado (no había bastantes, por lo que algunos nos sentamos en un poyete a un lado). A las mesas les echaron por encima un mantel azul a cuadros, para que nada faltase. Luego sacaron unos pocos platos de duralex y tenedores. Mientras tanto, sobre un entramado de madera en el exterior, a modo de mesa auxiliar, Fali y los demás se pusieron a limpiar el pescado con unos cuchillos muy afilados, quitándoles con mucho cuidado la piel, las espinas y las tripas (que tiraron a la arena, imagino que las recogerían después) para dejar solo los lomos limpios. Una vez que vimos cómo lo hacían, les ayudamos con los últimos, lo que también les hizo bastante gracia.

Al otro lado del club social o centro cívico, otros habían encendido el fuego y preparaban la brasa. Y empezaron a hacer los trozos de pescado a la parrilla. En paralelo, unas mujeres pelaban ajos y otras los majaban en un mortero artesano hasta convertirlos en una pasta. A esta pasta le añadieron un concentrado de tomate que venía en una lata pequeña y que luego constatamos que se vendía en todas partes. Con eso elaboraron una pasta rojiza. Cada trozo que salía ya cocinado de la lumbre, lo pintaban muy ligeramente con esa pasta. Estaba exquisito. Creo que pocas veces he comido un pescado tan rico. Y sin nada de sal (en mi cabeza resonó el consejo del gran Macario: como le pongas sal a esto, te han matao). Para completar la cadena laboral, en una esquina había otro chaval con una cubeta plástica con agua y detergente, que iba fregando los platos a medida que se iban usando, para volverlos a utilizar, porque sólo tenían cuatro. Estábamos allí todos los blancos extasiados, en una escena realmente mágica, y los negros felices de vernos tan contentos. Más imágenes de esos momentos únicos.


Algunos peces recién pescados, expuestos sobre la misma canoa


En pleno reparto, un chaval con la camiseta del presidente se desentiende del tema y posa para mí


Barriendo y acondicionando el centro cívico-social


La limpieza del pescado (aquí las camisetas son del Barça)


El encargado de la brasa cuidando de darle el punto perfecto al pescado


Y aquí el primer plato de pescado tal como nos lo sacaron. Por cierto, los tenedores no se usaron, comimos con la mano, como ellos.

Cuando ya estábamos llenos (no comimos otra cosa que pescado ese mediodía) se generó un momento de esos en que suele decirse que ha pasado un ángel. Todos estábamos felices, pero la cosa se había acabado. Yo pensé que ellos estaban esperando a que nos fuéramos, para comer a su vez, y así se lo dije a mis compañeros. Así que nos pusimos de pié, les pagamos lo acordado, nos dimos más abrazos y apretones y, cuando ya nos íbamos, se nos ocurrió cantarles alguna canción de despedida. Improvisamos un coro de cámara, especie de ochote ampliado, y les obsequiamos con Oliñas veñen e van y Adiós con el corazón, que con el alma no puedo, bien entonadas y con potencia. Eso dio pie a otra tanda de abrazos y efusiones varias. Y nos fuimos caminando, esta vez por la playa, en dirección al hotel.

Aquella tarde no hicimos nada, estábamos cansados y necesitábamos un tiempo para asimilar el portento que habíamos vivido por la mañana. Quedamos para cenar en el hotel y nos dispersamos. Algunos se echaron una merecida siesta, otros se fueron a la playa a seguir tomando el sol y darse algún chapuzón extra, otros más salieron a hacer fotos por el entorno o a caminar por la playa. Por mi parte, aproveché para descansar un rato y luego me puse a escribir un nuevo post que se llamó África es diferente. Y salí a publicarlo a la recepción. Esa noche, hicimos una cena más variada y completa que la comida, con arroz, ensalada y fruta. Y nos fuimos dormir. Y eso fue lo que dio de sí la jornada 14 de este nuestro viaje, una singladura llena de pasajes asombrosos: los lémures, el tsingy, los baobabs, el descenso del Tsiribihina, el cruce de ríos a brazo de sirgadores, o el hotel del deputé con overbooking.

Y por supuesto nuestra prodigiosa salida a pescar junto a la barrera de coral que protege de los rigores del Océano Indico a toda esa playa gigantesca que bordea Madagascar por el suroeste. Sin duda el punto culminante de nuestras andanzas. Nos quedaban otros ocho días de viaje y ya les adelanto que no fueron tan portentosos. Diría que tuvimos aventuras interesantes, pero más previsibles, más en la línea de lo que puede esperarse de un viaje como este. Pero yo tengo el compromiso de contarles el viaje completo y seguiré con ello, aunque creo que a partir de ahora abreviaré un poco más y eso que salen ustedes ganando. Sean felices y disfruten del puente. 

martes, 29 de octubre de 2019

880. Mdgscr 5: los sirgadores y un hotel de ensueño

Como en toda esta serie, dedico un párrafo a un tema ajeno a Madagascar, a modo de prólogo. Continúo desbrozando el extraordinario disco de Sheryl Crow, pleno de maravillas como las que ya les he traído al blog, o esta que tengo hoy para ustedes. En compañía de otro guitarrista de la zona de Nashville, totalmente desconocido para mí, Sheryl interpreta otra de sus composiciones del álbum, esta vez dedicada a un sentimiento muy definido: el despecho frente a la pareja que se va, un tema que ella conoce muy bien por desgracia. El estribillo es demoledor: avísame cuando se haya acabado (Tell me when it’s over), que no quiero ser la última en enterarme. Más dardos: teníamos aquí un rollo bueno, estábamos bien, pero tú necesitabas seguir corriendo, así que corre, corre lejos, lárgate. La música se adecua a esa letra y Sheryl la canta con la pasión y el gesto que corresponde. La grabación de esta actuación tuvo lugar el 27 de septiembre. Disfruten de ella antes de seguir con Madagascar.


El duodécimo día de viaje me despertaron las urgencias de la diarrea en las horas finales de la noche, en el cuarto que compartía con un compañero en el Anexo del Hotel Kanto (así se llamaba el negocio del député national de Manja). Un rato después, cuando ya empezaba a clarear el cielo lleno de estrellas, salí al exterior, a ver si alguien del bar me prestaba un vaso para prepararme mi sobrecito de Vitanatur Symbiotic C (no había vasos en el lavabo de mi cuarto de este hotel súper cutre). Encontré, efectivamente, a una persona en el bar. ¿Adivinan a quién? Sí, han acertado. El député estaba ya por allí preparando los pertrechos para el desayuno de los huéspedes. Si de algo no se puede dudar es de que este señor se ocupaba de su negocio. La noche anterior se había retirado el último y allí estaba el primero. Hube de ducharme con agua fría, como cabía esperar, y el desayuno fue también magro y escaso en consonancia. 


Salimos de Manja por nuevas pistas de tierra. Al parecer había llovido toda la noche, lo que hacía la pista mucho más difícil, como ven en la foto de arriba, correspondiente a un tramo en el que hubimos de bajarnos todos los viajeros. Le Pepé guiaba con maestría, a base de salirse del camino cuando había demasiado barro, y los otros seguían su rueda fielmente. La cuadrilla de motards, émulos de Mad Max, que se habían levantado cuando ya nos íbamos del hotel, nos adelantaron a toda pastilla por ambos lados, dando botes por el terreno lleno de baches. Entendimos su prisa cuando, casi a mediodía, llegamos a la orilla del río Mangoky, otro de los grandes cursos fluviales de la isla. Los conductores y el guía nos habían advertido de que se tardaban al menos dos horas para hacer el cruce del río y enseguida supimos por qué.

El ferry que trasladaba los coches al otro lado del río, no funcionaba. Estaba averiado, o se había terminado la gasolina, o el gobierno la había subido y no les salía rentable usar el motor, que las tres explicaciones se nos dieron. El caso es que el ingenio, compuesto por varias canoas unidas por un entramado superior de madera, con capacidad exactamente para llevar tres jeeps bien apretados, debía ser remolcado a brazo por una cuadrilla de negros musculosos hundidos en el agua hasta la cintura por una parte en la que cubría poco y luego medio a nado, aprovechando el impulso cobrado y la ayuda de la corriente. Increíble pero cierto. Cuando llegamos, los moteros ya estaban cruzando en el ferry. En este lado aguardaban cola una especie de remolque con varias motos de refresco, además del coche escoba y un todoterreno de unos negros. Y, en cada viaje de vuelta, aquella especie de almadía traía tractores y sacos de provisiones que luego se descargaban también a brazo. Lo mejor es que vean unas imágenes.


El ferry de vuelta con un tractor y un montón de sacos de suministros.


Los braceros se aprestan a acercarlo al muelle, porque la corriente lo ha llevado más allá de lo conveniente.


Descargando la mercancía.


Los coches auxiliares de los moteros, listos para iniciar la travesía.


Los moteros río adentro. Una doble canoa llega con más suministros para descargar.


Mucho después: dos de nuestros coches colocados, dejando en medio hueco para el tercero.

Y aquí nuestros braceros en plena faena, uno de ellos con la camiseta del presidente.

En el otro lado, para ahorrarse parte del trabajo, se bajaban los coches en una zona con dos palmos de agua de modo que, nada más caer, el conductor ponía la primera a tope y la tracción en las cuatro ruedas y salía zingando hasta la orilla. Una maniobra que requería una perfecta coordinación. El problema es que, cuando bajaron el remolque de las motos de refresco, algo salió mal y el vehículo se les quedó clavado en la arena del fondo. Se las vieron y desearon para desencallarlo, lo que aún retrasó más nuestra travesía. Desde nuestro lado intuimos a lo lejos el caos causado por el imprevisto. Todo este trajín trajo a mi memoria la técnica tradicional de la sirga, que permitía el remolque de barcos desde las orillas de los ríos navegables, a cargo de cuadrillas de desgraciados sin oportunidad de encontrar otro trabajo más remunerado, que tiraban del barco por ambos lados, desde lo que se dio en llamar los caminos de sirga, precedente de las servidumbres fluviales. Tal vez conozcan este cuadro: Los sirgadores del Volga, de un poco conocido pintor ruso del XIX. Se puede ver en el Museo Estatal de San Petersburgo.







Si miran ustedes un mapa de Madagascar, verán el camino desde Manja hasta el cruce del río Mangoky señalado como RN7. Tiene cojones que eso sea la ruta nacional 7. Pero es que, después del cruce del río, dejamos esa supuesta pista nacional, que continuaba al sur hacia la ciudad de Tulear, para tirar hacia el oeste, en perpendicular al mar, lo que nos llevó a internarnos por un dédalo de caminos de cabras. El sufrimiento de coches y pasajeros se multiplicó a partir de ese momento. Tuvimos un pinchazo que hubo que arreglar y pasamos varias barreras de peajes espontáneos. El último, casi enseguida del anterior, vigilado por un anciano depauperado, derrengado y bronquítico, que se encargaba él solo de la extorsión. Yo creo que se había puesto un poco más allá, a escondidas de sus vecinos, por ver si se sacaba un dinerillo para financiarse un trago esa noche. Los conductores protestaron, dijeron que ya le habían pagado al anterior, pero al final les dio pena, le soltaron un billete y el tipo se apresuró a levantar la barrera. Pregunté cuánto le habían dado: 500 ariarys. Es decir, unos diez céntimos de euro. Ya ven ustedes el nivel del pobre abuelo. Por esta zona encontramos algunos baobabs gigantes, como el que ven en la foto de abajo, ya mostrada en el blog. Es un árbol que tiene más de mil años y la figura que aparece al pie no es un grillo ni ningún otro insecto minúsculo, sino que soy yo mismo. Me situé allí para dar la escala del baobab, a ver si van a pensar ahora que me gusta salir en todas las fotos…


Cuando uno viaja en jeep por pistas africanas polvorientas, al principio se siente como si estuviera en la película Hatari, ayudando a John Wayne. Pero, después de una jornada de seis horas de pista, el glamour se  pierde y la cosa deja de ser divertida (tampoco está Elsa Martinelli para endulzar el trago). Habíamos comido algo en el lapsus del cruce del río, pero estábamos ya cansados y hambrientos cuando cayó la noche. Seguimos todavía un buen rato, aparentemente orientados, hasta que lisa y llanamente nos confesaron que estaban perdidos. Nos paramos en un descampado y Le Pepé se bajó del coche y estuvo un tiempo oteando el entorno. Sacó el móvil para pedir ayuda, pero tampoco había cobertura. Así que seguimos, despacio y medio a ciegas. Buscábamos una aldea llamada Andavadoaka, de nuevo en la costa. Y en ella un hotel con el llamativo nombre de Laguna Blu. Finalmente, cuando ya desesperábamos, de forma casi milagrosa nos encontramos en la entrada del hotel y Le Pepé se llevó un unánime y merecido aplauso. Yo le dije: Vous n’êtes pas Le Pepé, vous êtes Yi-Pi-Es-Man, parce que vous avez un GPS à la tête. Comentario que le hizo inflarse de orgullo. El hotel era un auténtico lujo. Junto a la recepción, el restaurante, en el que estaban sirviendo una cena de buffet extraordinaria. Veníamos de pasar un día duro y fue como llegar al paraíso después de un día de purgatorio.

Podría dedicar un post entero a describir las delicias del buffet: espinacas con bechamel, acelgas rehogadas, varias clases de patatas, pastas y arroces para aderezo de diversas carnes, pescados y hasta setas. Y toda clase de frutas de la zona. Regentaba el lugar una señora italiana, de pelo blanco corto, que se llama Emanuela Gottardi y estaba todo el rato dirigiendo a las chicas que tenía a su servicio, a las que seguramente había enseñado hasta cómo doblar las servilletas. Yo advertí de que la cena nos iba a resultar cara, pero teníamos un hambre canina. El hotel imagino que también sería caro, pero lo teníamos incluido en el paquete del viaje, en el que se iban compensando unos lugares con otros. Después de la cutrez del Hotel Kanto, el Laguna Blu era una maravilla. Los bungalows estaban perfectos, todos los detalles bien diseñados y cuidados. La ducha y el lavabo en el exterior, al aire libre en la trasera del cuarto. Y por delante la playa. Unas imágenes.



El decimotercer día de viaje, fue una jornada de transición, iniciada con una ducha magnífica al sol entre cocoteros y un desayuno fastuoso, que estaba incluido también en el precio pagado. Y siguió con una mala noticia: uno de los coches estaba averiado y teníamos que esperar por una pieza que estaba en camino. Pedimos la nota de la cena y ascendía a unos 20 euros por cabeza, incluyendo bebida y postres sin cuento, una barbaridad para Madagascar, desde luego, pero yo la di por buena; no tanto mis compañeros, que pusieron a la italiana de estafadora para arriba. Como no podíamos salir hasta que el coche estuviera listo, disponíamos de una mañana libre. El grupo se dividió. Cuatro de los nuestros optaron por acercarse a visitar el pueblo de Andavadoaka, a donde les llevó uno de los conductores que tenía el coche en orden. El resto nos quedamos por allí, enredando, haciendo uso de las tumbonas, dándonos algún chapuzón en el mar o, en mi caso, dando un largo paseo hacia el sur por la playa interminable. Caminar descalzo por el borde del mar, dejando que el agua me bañe los tobillos, es una de las cosas que más me gusta hacer en los lugares de playa.

Los del primer grupo volvieron después con informaciones. El pueblo, situado al norte del hotel, no sólo estaba muy arregladito, sino que ¡tenía luz y un sistema para depurar el agua que sacaban del pozo! ¡Y un hospital! ¿Y cómo era eso posible? Pues por los esfuerzos de la señora italiana. Al parecer, Emanuela Gottardi era médico y había llegado a la zona como cooperante hacía unos treinta años. Y ya no se había marchado. Con un dinero que había heredado, había construido el hotel y el hospital, que había dirigido durante años. Ahora estaba jubilada como médico y se dedicaba en cuerpo y alma al hotel, aunque todavía la llamaban del hospital para pedirle asesoramiento profesional en ciertas ocasiones. Es decir, esta señora era una especie de Robin Hood femenino. Tenía un hotel de lujo, en el que ofrecía comodidades occidentales a turistas ricos, a los que les pegaba unas clavadas monumentales, les sacaba una pasta gansa que reinvertía íntegramente en el hospital y con la que había conseguido traer la luz y el agua al pueblo del que se había enamorado en su juventud. No hace falta decir que los habitantes de Andavadoaka la adoraban, era su gran benefactora. Así que ya no nos cayó tan mal esta señora, sino al contrario. Salimos, en fin, casi a mediodía, con los coches a punto y de camino al sur nos tocó ver una formación de otra especie diferente de baobabs, también exclusiva de Madagascar: el llamado baobab nano, del que pueden ver aquí unas imágenes.



El trayecto para la jornada 13 no era demasiado largo. Nos dirigíamos hacia el pequeño asentamiento vezo de Salary, también situado sobre la playa interminable. A un kilómetro al norte de esa aldea, estaba el hotel Salary Bay que, según la información de que disponíamos, era aun mejor que el Laguna Blu. Llegamos y, en mi opinión, el lugar no era ni de lejos tan bonito. Estaba bien, pero no tenía los detalles tan cuidados como el otro. Lo llevaba una señora francesa mayor, un tanto bruta, pero eficiente, y era también de bungalows y con un buen restaurante. El típico modelo de resort turístico que parecía funcionar en la zona. Habíamos reservado aquí dos noches, para dedicar el día decimocuarto a otro de los puntos fuertes del viaje, que ya les detallo en la entrega siguiente. 

Les contaré, para cerrar, que hace unos días recogí un papelito del buzón de correos. Era la tarjeta censal. Y mi pensamiento automático inconsciente fue: –Pero si ya hemos votado... Sí, estoy de acuerdo con ustedes, esto es una mierda, pero habrá que votar de nuevo, digo yo, y tenemos que ir pensando a quién. ¡Ay! ¡Yo me quiero volver a Madagascar! Que tengan ustedes una buena semana.